Trabajadores anticapitalistas activos del movimiento por la abolición del trabajo asalariado
18 de Dey de 1404 (8 de enero de 2026)
Todo el mundo habla de lo que no queremos, pero la cuestión vital es: ¿qué queremos y cómo lograrlo?
El “qué no queremos”, tal como lo gritan los insurgentes en las calles, es una lista larga: hambre, desnudez, falta de vivienda, asesinato de las libertades y de los derechos fundamentales, apartheid de género, contaminación ambiental, privación de medicamentos, atención médica y educación. Todos estos encabezan la lista de lo que “no queremos”.
Pero estos “no queremos” se cruzan en su camino hacia la explosión con ejércitos de salteadores: saqueadores que los devoran, los tergiversan, los transforman en demandas antihumanas de su propia clase y grupo; les estampan el sello de la democracia y la civilización de la esclavitud salarial; los convierten en alimento mental de la masa trabajadora; los transforman en el eje de sus levantamientos; someten a la masa rebelde y maldita para proclamarse ellos vencedores.
Así ha sido toda la historia del capitalismo. Cuanto más nos alejamos en el tiempo, más dolorosa ha sido la situación, más terrible el sacrificio de los trabajadores. Hoy mismo estamos al borde de repetir esta tragedia.
Se dirigen a los insurgentes y les gritan: “Vosotros sois los conquistadores de las ciudades, los dueños de las calles; solo quedan unos pasos para la victoria. Derribad el régimen religioso y nosotros instauraremos el poder moderno del capital. ¡Lloveremos democracia por todas partes!”
¡No digáis qué queremos!
“¡Va contra el juicio de los sabios!”
“¡Es divisivo!”
“¡Hay que lavar el cerebro de quien lo dice!”
El grito correcto —dicen— es solo “¡qué no queremos!”.
Eso es lo que debe hacer la masa; los “competentes” decidirán qué hay que querer.
Eso dice la oposición existente. Pero toda la cuestión gira precisamente en torno a qué queremos y cómo conseguirlo.
La respuesta que brota del corazón y del grito existencial de la masa trabajadora es esta:
el régimen debe ser derrocado para que, de inmediato:
Primero: demandas y expectativas
1. Alimentación, vestimenta, vivienda con todas sus condiciones, medicamentos, atención sanitaria, educación, agua, electricidad, gas, internet, transporte, ocio, viajes y todos los bienes básicos de la vida deben ser completamente sustraídos del dominio del intercambio mercantil y monetario, y ponerse a disposición de todas las personas, en todos los lugares, sin exigir ningún pago.
2. Prohibir cualquier intervención del Estado en cualquier ámbito de la vida humana: desde la vestimenta, la vida en pareja, las relaciones entre mujeres y hombres, chicas y chicos, hasta las creencias, la cultura, las costumbres, las tradiciones y la actividad política.
3. Abolir el trabajo doméstico y sustituirlo por servicios sociales fuera de cualquier forma de intercambio monetario.
4. Liberar a todos los presos y destruir de raíz la institución misma de la prisión.
5. Prohibir absolutamente toda forma de pena de muerte.
Segundo: estrategia de realización
Organizarnos de manera cada vez más amplia, más consejista, más anticapitalista.
No supeditar la obtención de nuestras demandas a una expresión perfectamente unificada y totalmente organizada de nuestra existencia colectiva. En cada momento, utilizar la fuerza unida de la que dispongamos para imponer las demandas a la clase capitalista y a su Estado. A medida que crecemos, debilitar al enemigo, imponer paso a paso expectativas cada vez más grandes a los capitalistas y a su Estado feroz, y reducir su capacidad de enfrentarse a nosotros.
Tercero: vías y tácticas
El alarido de que “la calle es la verdadera trinchera de la lucha” es un engaño de las oposiciones internas de la clase capitalista.
La calle es importante, pero no es en absoluto el campo principal. Hay que paralizar de la forma más generalizada posible el ciclo del trabajo y la producción; desafiar el orden económico, político, civil y jurídico del capital en todos los niveles.
Ocupar las propiedades vacías de los capitalistas y ponerlas a disposición de las personas sin hogar.
Arrebatar los centros de trabajo a la clase capitalista y colocarlos bajo el control de consejos obreros capaces de planificar libremente, fuera de la esclavitud salarial.
Avanzar por el camino de la hegemonía de un movimiento consejista generalizado, contrario al trabajo asalariado, sobre todo el ciclo del trabajo, la producción y la vida.
Apropiarse de los centros comerciales y de las cadenas de tiendas, y convertirlos en centros de distribución de los bienes básicos de la población sin ningún tipo de intercambio mercantil.
Cuarto: rechazar a los oportunistas mercaderes del poder
Con el terremoto del levantamiento de la masa trabajadora y de millones de hijos e hijas de trabajadores, se han abierto también viejas tumbas. De ellas salen murciélagos fosilizados que se deslizan entre la multitud. Estos desenterradores de la monarquía envenenan el ambiente con sus lamentos.
No se trata de expulsarlos, pero hay que decirle al mundo entero que no son nada.
¡Abajo el capitalismo, la República Islámica y todo Estado capitalista!
¡Viva una sociedad consejista sin explotación, sin clases, sin esclavitud salarial!