lunes, 26 de abril de 2021

Conspiracionismo en general y la pandemia en particular

Théorie Communiste
Enero de 2021
Original en francés: https://dndf.org/?p=19292
Traducción: https://edicionesextaticas.noblogs.org/post/textos-y-traducciones/conspiracionismo-en-general-y-la-pandemia-en-particular/


Nos ocultan todo, no nos dicen nada
Cuanto más aprendemos, menos sabemos
Realmente no nos informan de nada
¿Tenía Adán un ombligo?
Nos ocultan todo, no nos dicen nada
[…]
El caso de fulano y el caso de mengana
Cuyo asesino no se encuentra
Nos ocultan todo, no nos dicen nada
Nos lo ocultan a nosotros y te lo ocultan a ti
Somos el escondite y frío-caliente
La gallinita ciega y fulano
Son los reyes de la información.
Jacques Dutronc, 1967

Imagina que nos han mentido, durante siglos y siglos / Que ciertas comunidades de alto rango conocen las recetas / Los secretos de la vida, no la que nos dejan ver.
Keny Arkana

Algunas consideraciones preliminares

En el modo de producción capitalista, la población no es un hecho de la «naturaleza», su producción, reproducción, gestión y las categorías que la constituyen son producto de las relaciones de clase y de género que estructuran su conformación y evolución. Esta población sólo existe socialmente y se reproduce en función del capital. No hay un sustrato intacto o puro que pueda servir de prefiguración de nada, no hay felicidad o sufrimiento, ni buena salud o enfermedad, ni forma de vivir o morir que pueda entenderse como algo distinto a una expresión de estas relaciones de clase y de género. Hay que añadir, dado el tema, que esta expresión constantemente renovada —porque es un producto histórico— de las relaciones de clase y de género existe en la vida cotidiana del pensamiento y de la acción de todas las clases, y más aún sin el conocimiento (pero «por propia voluntad») de sus actores en lo que respecta a las clases dominantes o superiores.

Esta reproducción no es una mecánica ideal y fría de las relaciones de producción que pone en movimiento sus propios materiales ideales. Las relaciones de clase y de género como relaciones de producción no están dadas, existen en una complejidad que puede entenderse conceptualmente como un despliegue dinámico de las categorías de explotación (la relación del trabajo excedente con el trabajo necesario) sobre todas las facetas de la existencia que el modo de producción capitalista pone en marcha por su carácter total. Así, la población se produce y existe, por supuesto, en las relaciones de producción propiamente dichas, pero, por lo mismo, en la existencia cotidiana a través de la cual se constituye la (re)producción de la relación de explotación en su conjunto como condición de la existencia de esas relaciones de producción estrictas (a través de las ideologías, los pensamientos, la afectividad, la sociabilidad, el ocio, la salud, la relación con el hábitat, la alimentación, los síntomas, el registro institucional, la identificación de género en la tarjeta de la seguridad social…).

Hacer encajar estos elementos aparentemente dispares o heterogéneos no es obra de un Macron o de un lobby, aunque sea poderoso, ni es fruto de la casualidad ni está desprovisto de intenciones, voluntades y decisiones. Pero las estructuras que siempre dominan a los individuos o grupos de individuos y sus acciones, pensamientos, ideologías, etc. son en sí mismas la expresión de esas relaciones de clase y de género que producen y reproducen, y que también se ven reproducidas por ellas.(1)

Empecemos con una idea sencilla, incluso simplista

Ningún Estado, ninguna burguesía va a fastidiar su economía (que ya no es ejemplar) para reforzar el «control» y la «esclavización» de la población o para favorecer a los laboratorios y los gigantes tecnológicos. Como mínimo, puede ser una oportunidad, pero debe ser manejada con extremo cuidado por esta clase dominante para evitar los efectos perversos sobre el trabajo, la producción general, la reproducción de la fuerza de trabajo, la circulación, el consumo y, de manera global, la vida social cotidiana que alimenta el modo de producción.

Un nivel un poco más elaborado, relativo a la mecánica del discurso conspiracionista

  •     Nunca acusar a la institución, al poder o al objetivo general de «conspiración». No utilizar nunca el término.
  •     Posicionarse como una vanguardia ilustrada.
  •     Apoyarse en la ciencia y la razón (proliferación de notas a pie de página, oscuras referencias académicas, hipervínculos, gráficos, mapas, etc.).
  •     Plantear siempre la pregunta: «¿quién se beneficia del delito?» Designar para cada suceso un líder, una organización (a ser posible una cábala) y una causa única. Así, podría decirse que, dado que la revolución bolchevique de 1917 deriva en parte de las condiciones de la Primera Guerra Mundial, el nacionalista serbio que asesinó al archiduque de Austria en Sarajevo era un agente de Lenin.
  •     Acumular «detalles inquietantes», conectándolos.
  •     Rechazar la casualidad, viendo sólo las correlaciones necesarias («¿Sabes que…?»; «No es una casualidad que…»).
  •     Apoyarse en la historia y encontrar todo tipo de acontecimientos similares como dispares, pero «parecidos» entre sí.
  •     Considerar que el enemigo (organizaciones ocultas, servicios secretos, Goldman Sachs, etc.) nunca se equivoca. Todo lo que ocurre es deliberado y no se puede evitar.
  •     Considerar lo contrario, que el enemigo comete errores de principiante (aquí volvemos a los «detalles preocupantes»).
  •     Rechazar la contradicción descalificándola automáticamente en la medida en que sólo puede provenir de fuentes con intereses vinculados al gobernante o gobernantes que la orquestan.
  •     Construir el mundo como una «totalidad expresiva» (la totalidad está presente en todos sus elementos y partes). Pero, por desgracia, no todo el mundo es Leibniz, por lo que debemos conformarnos con algunas correlaciones poco razonables.
  •     La totalidad expresiva se expresa en una «teoría del caos» (el revoloteo de las alas de una mariposa australiana y un huracán en Jamaica), pero sin entropía, ya que todo se resuelve en la realización de un objetivo único y bien concebido.


Concluyamos aquí: el sistema es cerrado, infalsificable y teleológico.

Vayamos a los hechos

Más concretamente, en el contexto de la actual pandemia, la ira inspirada en la conspiración tiene varias fases:

  1.     La ira contra ciertas medidas sanitarias adoptadas por los gobiernos y consideradas como liberticidas. Estas medidas son: el uso de mascarillas —especialmente para los niños—, el cierre de negocios «no esenciales» con la suave crítica de la división esencial/no esencial, las restricciones a la movilidad, el control policial mediante atestados, la implementación de la aplicación gubernamental Stop Covid y otra versión, la marginación de los investigadores que cuestionan las estrategias gubernamentales contra la epidemia, la creación de un Consejo de Defensa y el estado de emergencia para evitar pasar por la Asamblea, los toques de queda, la perspectiva de la vacunación obligatoria en nombre de la libertad de tratamiento, pero al mismo tiempo la crítica a la negativa de las autoridades médicas a suministrar sistemáticamente hidroxicloroquina y otros tratamientos antibióticos utilizados a veces, especialmente en los Estados Unidos.
  2.     Esta ira crea vínculos con toda una serie de fuentes de información, intelectuales e investigadores diversos y variados cuyo punto común es dar un punto de vista disonante pero revanchista hacia los intelectuales mainstream.
  3.     La explicación por una voluntad deliberada del gobierno de esclavizar a la gente a través de las llamadas medidas liberticidas y de hacerla servil a través del miedo coagula todos los elementos dispares. El miedo se convierte, por lo general, en la emoción más burlada y denigrante para los que no temen a la covid.
  4.     La conclusión es que el gobierno y los lobbies forman una camarilla prepotente que consigue dirigir a la población aturdida por el miedo sobre un virus que apenas existe, manipular las cifras, paralizar la economía con el simple objetivo de esclavizar a la población con el único propósito de enriquecer a la industria farmacéutica.

Sin embargo,

  •     Este apego y promoción de las libertades individuales,
  •     este reflejo de afirmar la legitimidad de un punto de vista por referencia a un mundo de intelectuales más o menos en marcha, pero siempre revestido de títulos más prestigiosos que los demás,
  •     este énfasis en la esclavitud de todos y en el miedo que los atenaza y del que esta vanguardia ilustrada logra escapar para llevar valientemente la palabra libre y desenmascarada contra todos los peligros,
  •     y, por último, esta visión de la población como mero forraje de consumo para algún lobby industrial, mediático y farmacéutico.


Todos estos elementos indican violentamente hasta qué punto este pensamiento sólo puede provenir de una categoría de la población cuya existencia entera se basa en su capacidad de producir y reproducir una parte de la ideología capitalista tomándola literalmente. Es decir, en una versión que se ajusta y no contradice su propia existencia, que se refiere al lugar que ocupa en las relaciones de producción.

La experiencia de esta categoría en cuanto a su inscripción social es :

  •     Una relación que no es contradictoria con la libertad individual de la que gozan. Su inscripción en la comunidad del capital como sociedad capitalista es tal que su existencia como individuos aislados no es contradictoria con su dependencia de esta comunidad, porque esta dependencia no existe sobre todo como una coacción violenta, sino espontáneamente como una participación, como una solidaridad total con sus instituciones (véase más adelante sobre los órganos del aparato de Estado). Es el individuo aislado de la libertad y la elección lo que tenemos aquí y no el individuo aislado cuya libertad de elección se convierte inmediatamente en vagabundeo, desafiliación, precariedad.
  •     Una visión normativa de la sociedad que debe promover el libre desarrollo del individuo, a través de la libertad educativa, la libertad sanitaria, la libertad alimentaria, la libertad artística, con una intervención del Estado, en el peor de los casos, reducida al mínimo en estos ámbitos, que son los que les permiten reproducirse como individuos aislados en conformidad con la ideología capitalista. En efecto, es el ideal capitalista el que remite la reproducción de los trabajadores a su cuidado privado. Salvo que, para el proletariado, esta asunción privada de responsabilidad no funciona, para las clases altas tampoco, pero ahí se basa en la posibilidad de un libre albedrío realmente vivido. Es gracias a esta seguridad y a esta homogeneidad de reproducción que este pensamiento puede denunciar la intervención del Estado como un sistema totalitario y engañoso.

Este libre desarrollo del individuo en la sociedad se enfrenta a la pertenencia de clase como una restricción internalizada que es efectivamente liberticida en su base contractual de compra y venta de fuerza de trabajo libre. Así, el chantaje de retirar a los hijos de la escuela, o de oponerse a una política sanitaria, sólo existe para las personas cuya afiliación social no sólo está garantizada de hecho, sino también en su plena adhesión a la ideología del contrato social capitalista y en la función que tienen como cemento en la reproducción de las relaciones sociales capitalistas. Algunos pueden permitirse el lujo de amenazar con retirar a sus hijos de la escuela cuando otros saben que las murallas hacia el destierro de la escuela republicana se están reduciendo por la falta de medios, la falta de control del «mapa escolar» y/o por el paso de las políticas de integración a las de lucha contra la «radicalización» y el «separatismo».

Esta visión de las poblaciones como masas atontadas de consumidores cautivos de los lobbies muestra lo ideológicamente dominantes, productivamente inútiles y tan estúpidos que son los que la defienden que están ciegos ante el hecho de que es el trabajo productivo el que está en la base del mundo que celebran con sus denuncias.

Hay que tener cierta relación con la existencia para afirmar que el miedo es un freno, como si fuera una elección. No hay que saber nada de los meandros más o menos violentos y «aprisionantes» de la pertenencia de clase para verlo como una cuestión de manipulación ideológica. Por último, hay que ser capaz de vivir una existencia mareada en la que la indignación intenta hacerse pasar por lucha social para pensar que el miedo impide pensar.

Vayamos a la razón de ser externa de la ideología conspirativa

La sociedad se descompone en una suma de elementos discretos, separados e independientes: el trabajo, la educación, la salud, el salario, el consumo, el ocio, la intimidad, la familia, las relaciones amorosas, etc., como lo son ahora. Hay que considerar entonces que estos elementos y funciones, tal y como son en la actualidad, no estarían organizados como deberían debido a la actividad, las prácticas, las intenciones, la manipulación, la publicidad y los intereses malintencionados de un cierto número de individuos que forman una casta que incluye a los bancos, a los grandes patronos, a los medios de comunicación, a los laboratorios farmacéuticos, a los gobiernos no como un Estado sino como una banda organizada. En una palabra: las élites. El orden que emana espontáneamente de estos elementos es una versión corrupta del orden necesario.

El conspiracionismo opera sobre una concepción bastante banal del Estado, que es el fundamento de la ideología jurídica y democrática, pero que es nuestra suerte cotidiana. Por un lado, está el poder del Estado, por otro el aparato del Estado o la máquina del Estado como la llama Marx. El problema radica en que el aparato estatal, que materializa en sus órganos, su división, su organización, su jerarquía, el poder estatal de una clase (y de una sola clase), es al mismo tiempo la organización de la clase dominante (como poder estatal detentado por la fracción momentáneamente hegemónica de la clase dominante en nombre de toda esta clase) y la organización de toda la sociedad bajo la dominación de esta clase. Pero, si por un lado, el estado del modo de producción capitalista realiza completamente la fusión de estas dos funciones,(2) por otro lado se convierte en la necesidad «natural» de toda reproducción social. Mientras que es su propia división y su separación fundamental (real e ideológica) de las relaciones de producción lo que los convierte en los órganos de un aparato de Estado que es necesariamente un aparato de clase (véase Marx, La guerra civil en Francia), todos los órganos del aparato de Estado (ejército, policía, administración, tribunales, parlamento, burocracia, educación, bienestar social, información, partidos, sindicatos, etc.) sólo aparecen como instrumentos que pueden plegarse a la voluntad de quienes son sus amos. De esta doble función del aparato estatal (no dos funciones, sino una doble función) como dictadura de una clase y reproducción del conjunto de la sociedad nacen tanto su fusión como la neutralidad de los órganos. Para el conspirador, respondiendo al pensamiento espontáneo, estos órganos son neutrales y no, en su propia existencia y forma, los de una dictadura de clase. En consecuencia, si no funcionan «como deben», como «servicio público», como «bien común», es porque están aventajados, secuestrados y pervertidos por una camarilla, una casta. El conspiracionista es el ciudadano ideal.

Según esta concepción «natural» del Estado, la conspiración no es la «psicopatología de unos pocos descarriados», es el «síntoma necesario de la desposesión política» y de la «confiscación del debate público». Responde a la «monopolización del discurso legítimo» por parte de «representantes» asistidos por «expertos», cualquier crítica se convierte en una aberración mental inmediatamente descalificada como «conspiración». Es cierto que si la conspiración se ha convertido en el nuevo índice del imbécil, es porque es el nuevo lugar común de la estupidez periodística y de muchos filósofos y sociólogos que todavía se cuidan de no inmovilizar a un presidente de la República sosteniendo que los Chalecos Amarillos son el resultado de una maniobra de Moscú (Le Point, febrero 2019). Lordon, que vuelve regularmente sobre el tema en Le Monde diplomatique, lo resume así: «Pero más que la desposesión, la conspiración, que las élites convierten en el signo de una minoría irremediable, podría ser el signo paradójico de que el pueblo, de hecho, se acerca a la mayoría, ya que está cansado de escuchar con deferencia a las autoridades y se compromete a imaginar el mundo sin ellas.» (Diplo, junio de 2015).

El conspiracionismo no sería un sistema de respuestas con determinaciones sociales propias, sino una simple reacción justificada negativamente. Esto no puede ser suficiente, hay que captar la naturaleza de la «reacción» positivamente como un sistema de respuestas adecuadas a lo que la provoca.

El conspiracionismo aparece entonces como un desafío al orden dominante, casi como una lucha de clases. Pero no lo es. Al igual que el antisemitismo era el socialismo de los tontos, la conspiración es la lucha de clases de los expertos en pericia que no están ubicados en ningún lugar, ni en la sociedad ni en el espectro político-ideológico.

La «respuesta conspirativa» quiere exactamente el mismo mundo, el mismo Estado, pero liberado de la «casta»: «imagina el mundo sin ella». Sólo se trata de preservar todos los elementos de esta sociedad apartándolos de las prácticas de estos individuos «malévolos» y «manipuladores» que los pervierten y corrompen. Un verdadero asalariado, una verdadera educación, una verdadera política sanitaria, una verdadera democracia, una verdadera información, una verdadera agricultura, un verdadero consumo, una verdadera economía, un verdadero Estado.

El conspiracionismo critica todo, queriendo que lo que existe se convierta en «verdad». Pero al concebir su objeto como un «lado oscuro» y un secuestro demoníaco, esta crítica hace de este objeto un mero accidente de este mismo mundo. De este modo, afirma que sólo desea la continuación del mundo tal y como es. El conjunto de lo que existe podría ser tan hermoso si no estuviera manipulado, secuestrado. La clase dominante, su reproducción, sus prácticas, la persecución de sus intereses, la producción ideológica ya no son el producto natural de todas las relaciones sociales que el conspiracionista quiere preservar, sino la obra de un grupo de matones que intentan tomarnos por tontos. El teórico de la conspiración es un tipo inteligente y es un experto en todo. Es notable observar (ha habido algunos estudios al respecto) que la teoría de la conspiración afecta en primer lugar a la clase media educada, a los que aman su «espíritu crítico», presumen de él y lo llevan a todas partes. Para quienes viven a diario con todas las humillaciones y la miseria de las relaciones sociales capitalistas, las «conspiraciones» destinadas a esclavizar nuestra libertad para controlarnos tienen poco sentido. Hay que amar este mundo para no querer que te mienta.

¿A qué generalidad se refiere la conspiración?

Lo anterior es un pequeño análisis del discurso conspirativo como sistema crítico proveniente de una parte, que se considera desatendida, de las categorías dominantes de la población sobre la gestión estatal y más ampliamente sobre el mundo circundante. Una vez hecho esto, hay que reconocer que muchos temas y características del discurso conspirativo se movilizan de forma más o menos dispersa mucho más allá de estas categorías dominantes. Por lo tanto, la cuestión es también saber qué estatus adquiere esta crítica no sistematizada cuando es llevada por una franja significativa de las clases proletarias. ¿De dónde viene este deseo de «rescatar» al Estado capitalista, y es del mismo orden que el descrito anteriormente? Pero esta cuestión, para ser correctamente planteada, debe entender también que estos temas tomados aisladamente tienen un significado diferente al que les da el sistema conspirativo precisamente por el bucle propio de este sistema y que, en última instancia, hace del conspiracionista el ciudadano ideal, como defensor del Estado democrático y del trabajador libre.

No vamos a dar una respuesta, sólo algunas pistas, algunas de las cuales ya están dispersas en estas notas.

Hay ladrillos en la teoría de la conspiración que recuerdan al democratismo radical: la comunidad de ciudadanos en el Estado como forma concreta y participativa de su comunidad de individuos aislados. Pero la situación ha cambiado desde los años 90 y principios de los 2000.

En el capitalismo surgido de la reestructuración de los años 70 y 80, la reproducción de la fuerza de trabajo ha sido objeto de una doble desconexión. Por un lado, hay una desconexión entre la valorización del capital y la reproducción de la fuerza de trabajo, y por otro lado, hay una desconexión entre el consumo y el salario como ingreso.

La ruptura de una relación necesaria entre la valorización del capital y la reproducción de la fuerza de trabajo rompe los ámbitos coherentes de reproducción en su delimitación nacional o incluso regional. De lo que se trata es de separar, por un lado, la reproducción y la circulación del capital y, por otro, la reproducción y la circulación de la fuerza de trabajo.

Como identidad de una crisis de sobreacumulación y subconsumo, la crisis de 2008 fue una crisis de la relación salarial que se convirtió en una crisis de la sociedad salarial al poner en movimiento a todas las capas y clases de la sociedad que viven del salario. En todas partes, la sociedad salarial tiene que ver con la política y la distribución. Como precio del trabajo (forma fetiche), el salario apela a la injusticia de la distribución, que es normal. La injusticia de la distribución tiene un responsable que ha «fracasado en su misión»: el Estado. Lo que está en juego es la legitimidad del Estado frente a su sociedad. El proletariado participa en todo esto, su propia estructuración como clase lo embarca.

En la crisis de la sociedad salarial, las luchas que tienen lugar en torno a la distribución designan al Estado como responsable de la injusticia. Este estado es el estado desnacionalizado, atravesado por y agente de la globalización. En contraste con la «desnacionalización», las políticas keynesianas se basaban en un nacional integrado: una combinación de economía nacional, consumo nacional, formación y educación de la mano de obra nacional y control del dinero y el crédito. En el «periodo fordista», el Estado también se había convertido en «la llave del bienestar», y fue esta ciudadanía la que se perdió en la reestructuración de los años 70 y 80. Si la ciudadanía es una abstracción, se refiere a contenidos muy concretos: pleno empleo, familia nuclear, orden-proximidad-seguridad, heterosexualidad, trabajo, nación. Es en torno a estos temas que, en la crisis de la sociedad salarial, se reconstruyen ideológicamente los conflictos de clase y se deslegitiman todos los discursos oficiales. La ciudadanía se convierte entonces en la ideología bajo la que se desarrolla la lucha de clases. Hay una relación evidente entre el éxito de las teorías conspirativas y buena parte de las expresiones, por ejemplo, de los Chalecos Amarillos. Además de las similitudes de forma en los discursos, encontramos un cuestionamiento de la incompetencia del Estado, la crítica a la globalización y el Estado desnacionalizado.

A primera vista, esta deslegitimación e ideología ciudadana (pues el conspiracionista es el arquetipo del buen ciudadano) es crítica, pero sólo en la medida en que es el lenguaje de la reivindicación en el espejo que le tiende la lógica de la distribución y la necesidad del Estado. Las prácticas que operan bajo esta ideología son eficaces porque reflejan a los individuos una imagen plausible y una explicación creíble de lo que son y lo que experimentan, son constitutivas de la realidad de su vida cotidiana. La reconstrucción ideológica de los conflictos de clase pasa a ser el pueblo frente a las élites que monopolizan el discurso legítimo (que siempre ha sido así), pero un discurso que ya no tiene sentido. El conflicto muta en un conflicto cultural llevado a cabo en nombre de los valores: el artificio y la mentira frente a la autenticidad y la verdad (lo que se nos oculta, como cantaba irónicamente Dutronc y como tontamente canta hoy Arkana).

Lo que, en la conspiración, se juega de forma totalmente perversa como «conflicto» es la relación del Estado —de todos sus aparatos ideológicos, de la clase dominante en su conjunto— con su sociedad. En la crisis de los Estados y de todos sus aparatos frente a la sociedad, el descrédito social en el que ha caído esta relación confiere una generalidad a las denuncias de tipo conspirativo. De forma totalmente perversa, porque el propio funcionamiento de la conspiración se basa en el deseo de preservar esta sociedad tal y como es. Esto, en la medida en que la clase dominante sólo sería una élite parasitaria que se mantiene a través de la mentira, y no, como clase dominante, la necesidad misma de esta sociedad y de todas sus relaciones.

Que las principales empresas de Wall Street se dirijan a la agencia reguladora del mercado de capitales en Estados Unidos para obtener un cambio en una ley o alguna otra ventaja no es una «conspiración», aunque la acción sea concertada y encubierta. Que los representantes económicos generales de la clase capitalista americana (y mundial) se dirijan a los representantes generales de la legalidad de la misma clase no es una «conspiración», es el Estado. O se imagina que el Estado es o debería ser «otra cosa». En lugar de las relaciones sociales capitalistas (que queremos preservar), sólo habría un pequeño número de hombres cínicos que establecen su dominación y su explotación del «pueblo» mediante una representación distorsionada del mundo que han imaginado para esclavizar sus mentes. Hace falta esta concepción simplista de la ideología, del modo de producción y del Estado para que la teoría de la conspiración sea lo que es: la apología y la conservación de las condiciones actuales de existencia. Por desgracia, o por suerte, como práctica cotidiana, la ideología es otra cosa: la práctica de los sujetos que, como tales, pueden imaginarse engañados y ser engañados (lo que es evidente para un sujeto). El modo de producción, algo distinto a la búsqueda del «máximo beneficio». El Estado, a través de su aparato, algo más que una «camarilla».

La conspiración es un enfoque global de la sociedad. Para responder a la pregunta de la generalidad de algunas de sus características, los desarrollos anteriores presentan algunas pistas, rastros y elementos de comprensión que sólo buscan plantear la pregunta «correctamente» sin lograr aún formalizar la respuesta.
 

Concluyamos (de momento)

Las maniobras, las intrigas, los giros de la mesa de billar de tres pisos existen pero no explican nada; ellas mismas deben ser explicadas como acontecimientos históricos intersticiales. En la historia, a la teoría de la conspiración no le gusta el «largo plazo». Davos es un escenario decisivo de la globalización, pero es la globalización la que ha hecho Davos, no al revés. Si, contrariamente a lo que nos dicen Marx y Engels en las primeras páginas de La ideología alemana, el «mundo» no es un «libro abierto», es porque su comprensión requiere la producción de conceptos y no porque oculte una corporación, una casta de gobernantes e Illuminati.

Notas:
1.     Como anécdota a estas consideraciones sobre la población, durante esta festividad de Todos los Santos 2020, dos hechos llamativos —el segundo confinamiento y el asesinato de Samuel Paty— pusieron en primer plano dos tipos de agentes fundamentales en esta reproducción de las categorías de la población que son los padres: los que se indignaron contra la voluntad de esclavizar y deshumanizar a sus vástagos mediante el uso de mascarillas en la escuela a partir de los 6 años, amenazando con dejar de enviar a sus hijos a la escuela; otros para los que la prioridad era defender a la desesperada la conformidad de sus vástagos con la escuela republicana a través de una necesidad urgente de hacer que sus hijos —digamos de origen inmigrante— entendieran la prohibición de hablar, de reaccionar, de referirse, al asesinato del profesor al inicio del curso escolar, a riesgo de expulsión y de multas institucionales y financieras para las familias afectadas.
2.     En esto se diferencia del estadio feudal o del «Antiguo Régimen».