martes, 19 de mayo de 2020

[Chile] Ya no hay vuelta atrás nro.3

Mayo de 2020

El boletín “Ya no hay vuelta atrás” tiene su origen en la revuelta proletaria que incendió la región chilena a partir del 18 de octubre de 2019. El estallido de la revuelta y su desenvolvimiento histórico en los meses siguientes nos llevó a crear un espacio de reflexión, análisis y crítica del desarrollo de esta nueva etapa de la lucha de clases.

Índice:
- Coronavirus, catástrofe capitalista y revuelta
- Entrevista a un compañero anarquista detenido por su actividad en la revuelta

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https://hacialavida.noblogs.org/post/2020/05/19/ya-no-hay-vuelta-atras-n3-reflexiones-en-torno-a-la-lucha-de-clases

Instauración del riesgo de extinción


Jacques Camatte
30 de abril de 2020
Traducción: Hacia la vida

Lo  fundamental  en  el  caso  de  la  pandemia no es el virus sino el estado de descalabro en el que se encuentra la especie después de miles de años fuera de la naturaleza, entra en conflicto con ella y su destrucción, que es también la destrucción de la naturalidad de cada uno, fenómeno que se ha acelerado en los dos últimos siglos y que se ha autonomizado desde los años ochenta del siglo pasado, podemos afirmar que es como si el cuerpo de la especie nos dijera que ya no puede soportar lo que se le inflige, que ya no puede asegurar la guerra, que está entran-do  en  una  depresión  y  que  ya  no  puede soportar la artificialización.

>> Leer artículo completo:
https://hacialavida.noblogs.org/files/2020/05/Jacques-Camatte-Instauraci%C3%B3n-del-riesgo-de-extinci%C3%B3n-2020.pdf

DECRETEMOS LA AUTODEFENSA SANITARIA


Raoul Vaneigem
17 de mayo de 2020
Traducción Miguel Amorós

La amenaza del coronavirus que pesa sobre la salud de la población del mundo entero ha demostrado que el verdadero peligro proviene de la degradación de los servicios médicos. No cabe duda de que los imperativos del beneficio privado, que dominan en todas partes, acelerarán dicha degradación.

Administrar los hospitales como si fueran empresas que han de resultar rentables, implica malpagar y sobreexplotar al personal, disminuir el número de camas y de medios técnicos. Las grandes firmas farmacéuticas paralizan la auténtica investigación, persiguen con el descrédito a los mismos científicos que subvencionan, prohiben medicamentos baratos con buenos resultados probados para vender dudosas vacunas cuya única eficacia garantizada es el interés financiero que van a producir.

Es obvio que los Estados no dudarán en reiterar el golpe a las libertades restringidas que tan bien les ha ido. A la vez que dejan extenderse los virus salidos de la fusión del permafrost, se sirven sin escrúpulo del mismo pretexto epidémico para confinar preventivamente a todos y todas las que se insurgen contra su política criminal. Es necesario que desenmascaremos ya esa maniobra.

Nos jugamos la vida y la de nuestros hijos: decretemos la autodefensa sanitaria. En las calles, las ciudades, los campos, pongámonos la blusa blanca del personal sanitario. ¡Seamos todos cuidadores y sanadores!

La morbilidad del Estado y de las instituciones supranacionales es permanente. Contra ellas impongamos gracias a la permanencia y la intransigencia de nuestras luchas, el derecho imprescriptible a la vida.

Chalecos amarillos, negros, rojos, multicolores, no son más que los hábitos de una revolución de la que pende el porvenir de la humanidad. La blusa blanca es más una práctica que un símbolo. Si se adueña de las calles ¿Como se saldrá con la suya el Estado policial?

Toca a los pueblos, principales víctimas de las medidas coercitivas y de las malversaciones presupuestarias, el crear las condiciones capaces de asegurar a todos y todas la erradicación de la enfermedad cuyo virus más implacable es el capitalismo. Desobediencia civil, resistencia a la opresión, solidaridad festiva, ¿qué mejor garantía de salud?

Todos somos cuidadores. El combate existe en los lugares donde el poder de las Comunas prohibe los plaguicidas y la nocividad ambiental, reinventa la escuela, los transportes, las estructuras sanitarias, la existencia cotidiana. Un conocido refrán médico dice que la mayoría de los males se curan solos si se les concede un tiempo suficiente. Nosotros somos ese tiempo.

domingo, 17 de mayo de 2020

[Chile] De mal en peor gracias a su medidas


Anónimo
15 de mayo de 2020

En un 60% aumentaron los casos positivos de COVID-19 el miércoles 13 de mayo respecto al informe del día anterior, alcanzando la cifra récord de 2.660 personas contagiadas. Hoy jueves, esta cantidad se mantiene casi idéntica: 2.659 casos nuevos, y 22 personas fallecidas (el número más alto de muertes diarias hasta ahora). Este explosivo incremento viene signado por el uso masivo de las mascarillas, los mensajes desde el poder clamando por el retorno a la «normalidad» y el endurecimiento del discurso y accionar represivo del Estado, encarnado en una cada vez mayor y más agresiva presencia militar en las calles.

Cuando por parte de varixs expertxs y organismos de salud pública se desaconsejaba la utilización de mascarillas como medio por sí mismo efectivo para la prevención de la expansión del virus, era precisamente para evitar escenarios como el actual. Si bien éstas sirven como una barrera física, su efectividad depende de varias otras medidas concretas relevantes, principalmente el lavado correcto de manos, el distanciamiento espacial y evitar tocarse la cara. Es sabido que el cumplimiento de estas medidas se relaja cuando se portan mascarillas. Es decir que, en general, entregan una sensación de falsa seguridad, conduciendo a resultados contrarios a los perseguidos. De poco sirve culpar individualmente a las personas por no seguir todas las indicaciones para su uso adecuado, cuando este comportamiento social debe ser considerado de entrada para el manejo de estas situaciones.

Pero Piñera y cía. comenzaron a afirmar hace unas semanas que lo peor ya había pasado, que se podía ir retomando las actividades vitales para SU sociedad, como la reapertura de los centros comerciales y la vuelta de escolares a clases. De esta forma, el uso obligatorio de esta prenda decretado por el gobierno (medida que se replica en varios otros países), tan solo unas semanas después de haber públicamente cuestionado su efectividad, no constituye sino una medida parche o incluso perniciosa para evitar los contagios y las subsecuentes muertes, principalmente fundamentada en la necesidad de reactivar la circulación de mercancías y, en particular, de la mercancía “fuerza de trabajo”; Es decir, nosotrxs mismxs. Medidas sanitarias precarias y hasta contraproducentes para que no dejemos de trabajar y consumir.

Sin las aglomeraciones que se derivan directamente de las dinámicas del trabajo, necesarias para mantener con vida a la economía, no observaríamos estos niveles de contagio. En tal hipotético contexto, la utilización de utensilios como guantes y mascarillas se encontraría acotado a situaciones específicas en las que realmente contribuyera a evitar la transmisión del virus.

Por otra parte, la militarización de los espacios públicos es un fenómeno que llegó para quedarse. Queda claro que estos esfuerzos gubernamentales (en todo el mundo) no están enfocados en el control de la pandemia, sino en la represión de los efectos sociales que se ven venir producto de la crisis sanitaria y económica. Un clima social aún más hostil que el “normal”, plagado de desconfianza entre las personas, simbolizado con el uso obligatorio y generalizado de mascarillas (en Argentina se les llama sin tapujos “tapabocas”), es el que preparan para asegurar la continuidad de la explotación capitalista.

Evidentemente, a nivel individual debemos hacernos cargo de las responsabilidades que se desprenden de este contexto. El coronavirus es algo real, que está causando millares de muertes por todo el mundo. No podemos descansar en la mera denuncia de la desidia (voluntaria) de los gobiernos de turno. La aplicación de medidas concretas en nuestro diario vivir se torna imprescindible. En tal caso, el uso adecuado de mascarillas sí puede jugar un rol importante para evitar contagiarnos o contagiar al resto. Pero no debemos caer en la falsa disyuntiva de oponer a nuestros intereses generales las necesidades que se nos presentan como más urgentes y prácticas. Intentemos no secundar los discursos inquisitoriales del poder, el que señalará las culpas en la supuesta irresponsabilidad de la gente. También debemos resistir las medidas que, justificadas en la prevención del contagio, no hacen sino promover la reactivación de las lógicas que originan y expanden crisis sanitarias como la actual.

Por lo demás, muchas de estas medidas públicas son inéditas en su magnitud para el combate de epidemias. Según la OMS, la gripe estacional causa entre 290.000 y 650.000 muertes en todo el mundo cada año [1]. De las muertes en niños y niñas menores de 5 años con infecciones en las vías respiratorias inferiores, asociadas a estas gripes, el 99% de ellas ocurre en los llamados “países en vías de desarrollo” [2]. El año 2016, se calculó en 652.572 las muertes de niñxs por este tipo de enfermedades [3]. Muertes que, por una parte, son en su inmensa mayoría evitables con un acceso a tratamientos adecuados, y por otra, aún más importante, son producidas por las condiciones materiales impuestas por esta sociedad del Capital, por ejemplo, en materia de higiene, polución del aire dentro y fuera de los hogares, hacinamiento, etc. Estas horribles cifras no se corresponden sin embargo con el desarrollo de políticas del nivel que estamos presenciando hoy frente al coronavirus. Si bien las muertes proyectadas a causa del COVID-19 están en el orden de cientos de miles e incluso millones, lo anterior pone en evidencia el hecho de que no es la vida humana la que realmente importa al momento de tomar medidas. Con todo esto no queremos decir que se deba relajar nuestra actitud frente a la actual pandemia, sino dejar en claro que fenómenos equivalentes en sus efectos sobre la salud humana fueron, son y seguirán siendo integrados como necesarios dentro del funcionamiento normal de la economía.

Las gripes comunes que enferman y matan a millones de personas cada año, seguirán produciendo su devastador efecto mientras las necesidades de acumulación capitalista sigan exigiendo que vivamos hacinadxs, viajemos en transportes colmados de gente, trabajemos bajo condiciones insalubres y debamos asistir a centros de salud normalmente colapsados. Y esta es solo una entre muchas otras causas de enfermedad y mortalidad en el género humano bajo las condiciones de sobrevivencia que el modo de producción capitalista produce y expande.

Por todas estas razones, plantear la perspectiva de un cambio radical del modo en que vivimos es una necesidad vital. Muchos podrán escamotear el asunto en nombre de medidas más “concretas” e “inmediatas”. Algunxs querrán calificar estas palabras como idealistas o “ideológicas”. Pero no hay nada más ideológico e idealista que suponer que alguna mejora significativa, o tan solo algún alivio momentáneo, podrá surgir de este sistema capitalista que no hace otra cosa que dar cada día más pruebas de la catástrofe cotidiana que significa su existencia.

Notas:
[1] https://www.who.int/es/news-room/detail/14-12-2017-up-to-650-000-people-die-of-respiratory-diseases-linked-to-seasonal-flu-each-year
[2] https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pubmed/22078723
[3] https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC6202443

miércoles, 13 de mayo de 2020

Sitio web: The Plague And The Fire


Ante una plaga mundial sentimos la necesidad de conpartir reflexiones radicales más allá de las fronteras lingüísticas y nacionales.
Porque de la plaga puede nacer el fuego.
Y el fuego puede traer la libertad.

Este sitio nace con la intención de compartir reflexiones y materiales acerca de las consecuencias de esta epidemia. Alimentar una discusión que permita confrontar instrumentos críticos que nos ofrezcan la posibilidad de actuar en el presente.

Actuar con el objetivo de subvertir el orden social actual, para liberar al planeta y a todo lo viviente de la plaga de esta sociedad.

Como nos recuerda la historia de Londres, de la plaga puede nacer el fuego y del fuego la demolición de las estructuras del dominio. En el incendio de 1666, durante la epidemia de la peste, quemaron decenas de iglesias y una buena parte de los edificios públicos. Después de ese gran incendio, Londres fue reconstruída de modo que facilitara el control social y el gobierno de la ciudad. Esta vez queremos evitar que el momento de crisis nos lleve a una reestruccturación del sistema actual.
Porque sólo podría ocurrir en un sentido principalmente autoritario y securitario.

Nos encontramos ante una de las mayores crisis que la estructura social dominante haya conocido nunca: el aparato ideológico que intenta justificarla se derrumba ante la evidencia de un desastre ecológico que se agrava constantemente en un planeta superpoblado, completamente habitado y colonizado por los seres humanos.

Éste es el trasfondo de la pandemia actual, un hecho claramente predecible, casi esperado, que damos por hecho que muy probablemente se repita en el futuro, con diferentes actores, ya sean virus, hambrunas o acontecimientos climáticos catastróficos.

La consecuente reclusión de una buena parte de la población, causada por el ecofascismo de turno, podría conducir a situaciones de intolerancia, rebelión, revuelta.

Así, quien ha dedicado la vida a practicar la obediencia a cambio de la seguridad de la restricción y la obligación, de repente descubre que un estornudo le puede llevar a un final inesperado.
Sin esa seguridad, elegir seguir el camino de la obediencia no puede sino ofrecer la misma incertidumbre que nos ofrece su deserción, esa arriesgada elección del camino que lleva a la revuelta. Un sendero todavía sin trazar, que deje a sus espaldas siglos de dominación para explorar un futuro de liberación.

Para trazar este camino, o por lo menos para intentar seguirlo, es necesario abrir un debate, estudiar y comparar continuamente cómo reacciona el dominio ante la evolución de los acontecimientos, aprender cómo golpearlo y como apoyar las revueltas que vendrán.

Más allá de idiomas y fronteras.

Sección en español del sitio: https://plagueandfire.noblogs.org/es

Artículos anarquistas


La inmunidad es liberar nuestra actitud sediciosa
Anónimo. Mayo de 2020
https://contramadriz.espivblogs.net/2020/05/08/la-inmunidad-es-liberar-nuestra-actitud-sediciosa

¿¡Cuarentena o muerte!?
Finimondo. Mayo de 2020
https://contramadriz.espivblogs.net/2020/05/07/analisis-cuarentena-o-muerte
Original en italiano: https://finimondo.org/node/2472

martes, 12 de mayo de 2020

[España] La pandemia de la represión y el estado de alarma

Extraído del periódico anarquista Aquí y ahora nro.9
Mayo de 2020

Para la inmensa mayoría de nosotros, esta es nuestra primera pandemia. Somos novatos en cuarentenas y en estados de alarma y, este nuevo escenario que ha ido avanzando a ritmos vertiginosos, ha implantando medidas nuevas prácticamente a diario, con la justificación de que, poco menos, que un virus está arrasando con la humanidad.

Estado de alarma

El estado de alarma se declara por el gobierno mediante real decreto acordado por el Consejo de Ministros y dando cuenta al Congreso de los Diputados. Esta situación se puede dar en caso de catástrofes, terremotos, inundaciones, accidentes de gran magnitud, incendios forestales o urbanos, crisis sanitarias, paralización de servicios públicos esenciales para la comunidad o desabastecimiento de productos de primera necesidad.

En este país, el precedente que teníamos era la huelga de controladores aéreos en el año 2010, cuando se declaró el estado de alarma por primera vez en 35 años y el ejército asumió los mandos del servicio al verse paralizado el tráfico aéreo por la huelga y obligando a regresar a sus puestos a los trabajadores con penas de prisión por un delito de rebelión.

Hoy, nos encontramos de nuevo con la aplicación del estado de alarma pero con consecuencias globales y repercusiones para absolutamente toda la población. A penas teníamos tiempo de asimilar una nueva medida del gobierno, cuando decidían comunicarnos la siguiente, pero al mismo tiempo, no ha sido difícil conectar dichas prohibiciones con la inevitable consecuencia de que nuestras libertades más básicas se iban a ver considerablemente reducidas. Y no estábamos equivocados pues, ya desde muchos sectores distintos de la sociedad, se venía señalando que utilizar el pánico social, el aislamiento y el castigo a quien lo incumpliera, traería consigo innumerables consecuencias sociales, personales, físicas y mentales.

El ejército en la calle

¿Acaso se lucha contra un virus con militares en las calles? ¿A una enfermedad se le combate con armas, tanques, jeeps, helicópteros, camiones y todo tipo de parafernalia militar? ¿Qué sentido tiene la presencia de los militares en una situación como la que estamos viviendo?

Como ya hemos mencionado, si un servicio público esencial se pone en huelga y afecta al conjunto de la población, el ejército puede hacer las veces de esquirol y tomar las riendas. En este caso, no se trata de una situación ni parecida, ya que los servicios esenciales son precisamente los que se han quedado funcionando mientras hemos prescindido de prácticamente la totalidad de la producción y del consumo de este país (por otro lado, nos hemos dado cuenta de lo inservible que es prácticamente todo lo que producimos y consumimos). Por lo tanto, en un contexto como el que estamos, que nada justifica la presencia militar para tomar los mandos de nada, se nos viene a la cabeza informaciones que van encajando perfectamente. Estados Unidos ha enviado a Europa 20.000 militares con miras a enviar a otros 10.000 en una operación que se llama “Europe Defender 20” que tienen la intención de comprobar las estrategias que se deben utilizar en Estados Unidos y Europa en caso de que se produzcan amenazas que puedan llevar a una hipotética guerra, revueltas, insurrecciones, etc. De la misma forma que, en el sur de Italia, se han desplegado 7.000 soldados con la intención de “contener y repeler las posibles revueltas que se preven que ocurran a causa de la crisis económica” o en España, donde se están ya anunciando distintas movilizaciones sociales, huelgas, etc. (que se han venido dando desde el inicio de esta pandemia). Políticos y “expertos” de distinto calado ya vienen avisando de que es más que posible que se avecine un escenario de enfrentamientos en las calles y, esta vez, quienes nos contengan podrían ser los militares junto con la policía.

Estado policial y militar

Si hay algo que se nos va a quedar grabado a fuego de estos dos meses de cuarentena, es el estado policial al que hemos sido sometidos a diario. Y es que “la letra con sangre entra” y, en clave de castigo y autoridad exacerbadas, se nos han impuesto unas normas de comportamiento y de confinamiento nunca antes vividas.

La presencia policial en forma de sanciones y arrestos, se saldan con estas cifras (por el momento): más de 740.000 multas y más de 5.500 detenciones y, este número de denuncias, se acerca al total de sanciones impuestas entre 2015 y 2018 por la ley mordaza, cuando sumaron 765.416, según el Portal Estadístico de Criminalidad de Interior.

La Comunidad de Madrid ha pedido en varias ocasiones que los militares se desplieguen en la Cañada Real para hacer que se cumpla el confinamiento, de la misma forma que en un barrio de Málaga el ejército de tierra con tanques hacía las veces de policía hace semanas con la misma intención, por poner sólo dos ejemplos. Ambos barrios, son considerados “conflictivos” según la catalogación normativa que se suele utilizar, o lo que nosotros preferimos decir, con un alto índice de pobreza, marginalidad y falta de medidas de todo tipo, inclusive, para seguir el confinamiento impuesto tal y como se obligaba a cumplir.

La tecnología: una gran aliada de la represión

El gobierno ha puesto en marcha “DaraCovid-19”, un plan para rastrear los movimientos de la población a través de una aplicación de descarga gratuita en los teléfonos móviles. La excusa es que se usarán los datos unicamente durante la emergencia sanitaria, siendo borrados después y permaneciendo en el anonimato durante todo el proceso. La intención es trazar un mapa territorial en el que se puedan dibujar zonas diferenciadas con sus respectivos patrones de comportamiento respecto a la cuarentena para saber qué barrios o zonas de las ciudades tienen “comportamientos tipo” no deseados y, por lo tanto, se podrían aplicar medidas excepcionales. La intención de este plan no es sanitaria: pretenden saber los movimientos de la población por horarios y zonas para poder prever qué zonas serán las más “complicadas” en caso de continuar endureciendo las medidas o en caso de que las protestas sociales empiecen a tener cabida en cualquier momento.

Paralelamente y con algo de posterioridad, apareció “Covid Monitor”, una app desarrollada por Minsait, la filial de tecnologías de la información de Indra, que permite al usuario conocer en cada momento su nivel de exposición al virus dependiendo del lugar donde se encuentre y, al mismo tiempo, proporciona información a las autoridades sanitarias sobre de los comportamientos individuales de los ciudadanos de cara a “combatir la pandemia”. La aplicación permitirá la geolocalización del usuario para verificar que se encuentra en la comunidad autónoma en la que declara estar, entre otras decenas de funciones que permiten conocer al usuario, de forma no anónima, y establecer así un registro completo con todo tipo de información, patrones de conducta, hábitos, etc.

El Reglamento Europeo de Protección de Datos ampara y da luz verde a todas estas medidas por deberse a una “situación excepcional” que busca “garantizar los intereses vitales de los afectados y de terceros”. De hecho, el reglamento autoriza este tratamiento de datos “para fines humanitarios, incluidos epidemias o situaciones de emergencia en caso de catástrofes naturales o de origen humano”.

También nos referimos a los drones, códigos QR que nos dirán dónde y como podemos acceder a zonas de la ciudad, chips, sistemas de reconocimiento facial, etc. Aún nos quedan muchas nuevas medidas por ver que formarán parte de la “nueva normalidad” que ya nos están avisando y, casi la totalidad de las mismas, pasan por implantaciones tecnológicas más sofisticadas y perfeccionadas para el control de movimientos de población y de la consiguiente aplicación de una represión más tecnológica y efectiva.

El miedo como justificación para reprimir

“Tranquilos, todo va a salir bien, no hay de que temer, pero vamos a morir todos”. Prácticamente, ese es el mensaje que se nos ha estado transmitiendo durante todo el tiempo. Falsas intenciones de tranquilizar a la gente, mensajes alarmantes, contadores de muertos, estado policial, señalamiento y castigo a quiénes no cumplen con la cuarentena, nula información real, sensacionalismo… Pero, todo esto forma parte de una campaña de pánico social que tiene como propósito generar auto-control, auto-aislamiento y señalamiento con el pretexto del contagio, de las muertes, de la expansión de la pandemia y de la responsabilidad personal como casi única forma de parar al virus; responsabilidad personal cubierta de desinformación y de miedo como forma de hacer política. Qué mejor forma para controlar a la gente que haciéndoles sentir que cualquier movimiento fuera de la cuarentena, atenta directamente contra su salud y contra la de sus seres queridos. Partiendo de esa base, el control social y la represión a uno mismo, están servidos.

Más autoritarismo

Esta situación pone de manifiesto una realidad que se plantea mucho más inmediata de lo que pensábamos. Más o menos todo el mundo era consciente de que la tecnología estaba avanzando a pasos agigantados y venía para quedarse y para sustituirnos en buena parte de nuestros espacios de actuación. Sabíamos que los recortes de libertades y de actuaciones que veníamos viviendo en los últimos años, seguirían aumentando a causa de una posible nueva crisis inmobiliaria. Sabíamos que cada vez veíamos más policía en las calles, más castigo, más delitos sancionables que antes no lo eran, más hostilidad y austeridad, más condenas. Sabíamos que el empobrecimiento de la población, incluso de ciertos sectores que estaban más alejados de esta situación, podría ser un hecho real con el paso del tiempo y sabíamos que, de alguna u otra forma, estas y otras muchas consecuencias del capitalismo nos las íbamos a tener que comer los mismos de siempre. Lo que no teníamos tan claro es que fuera a ser todo tan rápido, de la noche a la mañana, porque en nuestra mentalidad etapista, pensábamos que todos estos cambios se iban a ir dando paulatinamente. Un virus ha llegado para arrasar la economía, para acabar con las personas mas improductivas y que más dinero cuestan, para reajustar otra vez el capitalismo, para implantar medidas laborales más esclavistas que las anteriores, para echarnos nuevamente de nuestras casas, para convertir las ciudades en espacios todavía más hostiles, para prohibir todavía más cosas relacionadas con la libertad, el movimiento, la expresión, el desacuerdo político. Para endurecer aún más las leyes y aplicarlas contra quienes ser rebelan, para renunciar a muchas de las conquistas sociales que se consiguieron a base de huelgas, ataques, sabotajes, auto-organización, acción directa, personas presas y asesinadas.

Hay una clara tendencia a tornar los sistemas en los que vivimos más autoritarios y cercanos a actitudes fascistas, más censores, restrictivos y represivos.

Pero no todo está perdido, como desde ciertos sectores nos hacen creer, y no precisamente sectores del poder. La diferencia entre nosotros y quienes sólo ven el fin del mundo, es que nosotros planteamos escenarios de lucha y extraemos conclusiones a raíz de esta situación. La conspiración se aliá con el poder para desmovilizar a la gente.

Que no nos la cuelen. Vienen tiempos difíciles pero también luchas y resistencias. Nos veremos en las calles.

[España] La salud como proceso: carta de una enfermera familiar y comunitaria

Extraído del periódico anarquista Aquí y ahora nro.9
ACL. Enfermera Familiar y Comunitaria.
Mayo de 2020

No. Los profesionales sanitarios no somos superhéroes ni superheroínas. Para el estado, los profesionales sanitarios mantenemos los cuerpos productivos del sistema capitalista lo más “sanos” posibles” para que sigan siendo fuerzas del trabajo y sigan produciendo capital.

El sistema sanitario no se ha saturado ahora. El sistema sanitario ya estaba saturado antes del coronavirus y la pandemia del miedo. Esta situación excepcional, ha hecho que la saturación culmine. Los recortes y la falta de valor que El Estado ha venido poniendo al proceso de salud, a la promoción de entornos saludables, a la sanidad y a sus profesionales ha hecho que la situación nos sobrepase.

No es lícito que sigamos manteniendo este sistema sin las condiciones pertinentes para protegernos, sin los equipos de protección adecuados para poder evitar más contagios. Si nosotras nos infectamos, infectaremos al resto. Y no es la caridad quien tiene que abastecernos de mascarillas artesanales. Nos jugamos nuestras vidas, las de nuestras familias y las de las personas con las que convivimos. La caridad es un parche que legitimará que los de arriba sigan manteniendo su poder. Se aprovechan de la solidaridad del pueblo para seguir manteniendo sus políticas basura.

Los medios de comunicación nos inyectan la enfermedad del miedo y, a cambio, glorifican a las personas que trabajan como voluntarias. No puede ser la caridad lo que sustente al sistema, aunque estemos en una situación excepcional o “estado de alarma”. El capitalismo, el estado y la corona nos tienen explotadas y engañadas. Sobreviven y se enriquecen a nuestra costa.

La salud como proceso: Nos quieren enfermos

El proceso de salud es un proceso, tal cual. Un proceso que depende de entornos saludables. Cuando hablo de entornos saludables me refiero a la calidad de los cuidados que podamos dar a nuestros seres queridos, en los que se incluye el tiempo y el espacio dedicado a la alimentación y a escoger los alimentos que comemos.

Cada anuncio publicitario nos incita a “consumir enfermedad” para obtener placer. Es tan accesible acceder a la enfermedad que nos la venden en máquinas expendedoras de productos comestibles y refrescos en las instituciones sanitarias, educativas y laborales. No tiene sentido que cueste menos una Coca Cola o cualquier chocolatina que dos piezas de fruta que tengan algo de sabor. La crisis del sabor que promueve y legitima la industria alimentaria tiene un gran impacto en nuestro proceso de salud, en la capacidad a la hora de tomar decisiones sobre qué comemos y en las adicciones que nos generan a ciertos alimentos cuyo ingrediente principal es el azúcar. Nos quieren adictos desde bien pequeños. Sólo hay que ver la publicidad y el marketing publicitarios de los productos comestibles dirigidos a niñas y niños, desde bollería hasta “yogures” y zumos que generarán potenciales enfermos que, antes o después, serán carne de la industria farmacéutica.

Es bien sabido que ambas industrias van de la mano y tienen muy buena relación con el estado y sus políticas “promotoras de salud”. Cabe destacar aquí también los conflictos de intereses entre la industria alimentaria, universidades y asociaciones médicas “científicas”, como la Asociación Española de Pediatría, la Fundación Española de Nutrición, la Fundación Española del Corazón (promovida por la sociedad española de Cardiología), la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria, la Fundación para la Diabetes y la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, entre otras. La industria inyecta dinero y estas sociedades y/o fundaciones celebran sus congresos a cambio de legitimar sus productos a costa de nuestra salud.

Ansiedad y depresión en la sociedad del hiperrendimiento. La violencia neuronal es sistémica, es una violencia inmanente al sistema.

El tiempo y espacio para construir vínculos reales también es salud. Una salud a la que cada vez nos es más difícil acceder. Los ritmos de vida tan acelerados que llevamos, el multitasking, llegar a tiempo a todo: ser una super madre, super trabajadora, comer super sano, hacer ejercicio, cumplir con los ideales de belleza, trabajar la mayor parte de tu tiempo y aguantar las presiones de tu trabajo y de tu jefe/a, supone un estrés que también tendrá un impacto en nuestros procesos de salud y nuestro sistema inmunitario.

Esto lo define muy bien Byung-Chu Han en su libro “La sociedad del cansancio”, en el que distingue la interpretación inmunológica de la enfermedad de hace unos años – en la que se declaraba la guerra a todo lo que era extraño (virus y bacterias) – de la “enfermedad neurológica” actual – que nos viene dada intrínsecamente por la superproducción, el superrendimiento (laboral, lúdico y sexual) o la supercomunicación.

La violencia neuronal es sistémica, es una violencia inmanente al sistema. Una violencia que nos lleva a que la mayor causa de muerte externa sea el suicidio. En el estado español, en 2019, se suicidaron una media de 10 personas al día, tendencia que va en aumento desde el año 2018. ¿Son suicidios o asesinatos del propio sistema en el que vivimos? Actualmente, la ansiedad y la depresión no son problemas individuales ni aislados, son una auténtica pandemia que crece de forma descontrolada en todo el mundo.

La ansiedad y la depresión nos vienen dadas por la presión de la productividad y el consumo. El capitalismo nos incita a la productividad constante, a aprovechar bien el tiempo, a “no parar de hacer” y “estar felices siempre”. Si estas triste, no serás productivo. Por otro lado, querer llegar a “todo lo que podríamos hacer”, “todo lo que el capitalismo nos ofrece”, es lo que nos evoca a la ansiedad. Nos auto explotamos con nuestra necesidad impuesta de hiperrendimiento. Si no llegamos a todo – obviamente es imposible – nos viene la frustración y, con ello, la depresión.

La ansiedad y la depresión junto con otras patologías relacionadas con la alimentación y el estilo de vida, como son la obesidad, hipertensión, diabetes, y las comorbilidades que generan, no son problemas individuales ni aislados; son problemas colectivos que cada vez están más extendidos a nivel mundial. Son una auténtica pandemia provocada por el capitalismo. Estos cuerpos, sometidos a tanta violencia, ¿Cómo podrán responder ante un virus?

El aislamiento no es salud. Relacionarse a través de pantallas, tampoco.

Antes que el capitalismo impusiera la familia como modelo organizativo, aisló a los individuos para mecanizar sus cuerpos como fuerzas de trabajo. La población moría por semejante esclavitud y apenas tenían descendencia. Las fuerzas productivas de trabajo cada vez eran menos. Fue entonces cuando el capitalismo organizó a los individuos aislados en familias. El capitalismo creó el modelo de familia para poder controlar más fácilmente a la población, aboliendo así cualquier forma de asociacionismo comunitario que había existido hasta entonces. También separó los territorios comunales – de la comunidad – en propiedades privadas que cada familia trabajaría a cambio de dinero. Cualquier disidencia en los modelos impuestos, como negarse a trabajar y a mercantilizar sus vidas, llevó a nuestros antepasados a ser quemadas en la hoguera, sobre todo a las mujeres que fueron consideradas brujas. Este modelo, que empezó a imponerse alrededor del s. XV se perpetúa hasta la actualidad. En estos momentos, muchas personas están ahora forzadas por el Estado a convivir con sus abusadores. Ahora, quien tenga familia, quedará recluido, confinado en su casa (quien la tenga), independientemente de que el entorno en el que nos obligan a confinarnos sea más o menos violento.

Nos imponen el aislamiento y el individualismo e imposibilitan cualquier tipo de sentimiento comunitario. No les interesa. Haciendo referencia a Devorad, en La Sociedad del Espectáculo:

“El sistema económico basado en el aislamiento, es una producción circular de aislamiento. El aislamiento funda la técnica y, en consecuencia, el proceso técnico aísla. Desde el automóvil a la televisión, todos los bienes seleccionados por el sistema espectacular constituyen sus armas para el refuerzo constante de las condiciones de aislamiento de las muchedumbres solitarias.”

La salud es un proceso que va mucho más allá que la guerra contra un virus. El virus del capitalismo es una auténtica pandemia. Junto con el coronavirus nos inyectan el virus del miedo, de la separación: el virus del rechazo a lo humano, de la individualidad y el individualismo. Quieren que tengamos una distancia mayor de 1 metro para poner una pantalla en el medio y que cada vez sea más difícil crear vínculos reales. Siembran el miedo para imponernos las relaciones virtuales a través de las pantallas, haciendo las relaciones cada vez menos humanas. ¿Tenemos entornos que realmente promuevan la salud? O, por el contrario, ¿nos inyectan la enfermedad en vena? Nos inyectan la enfermedad a través del miedo, de la esclavitud del trabajo y del consumo. Las condiciones en las que nos obligan a vivir son insalubres. Las necesidades básicas de gran parte de la población están sin cubrir, y para poder cubrirlas, nos obligan a esclavizar nuestras vidas. El acceso a la vivienda es la necesidad más básica y la más difícil de tener cubierta. Crear las vidas que queremos vivir es algo impensable. Trabajar para poder consumir en los ratos libres es el modelo que nos imponen. Crear vínculos reales es cada vez más difícil, ya que el tiempo “libre” se ha convertido también un espacio de consumo. Nada de esto generará nunca salud.

Estado del bienestar: esclavitud y ocio de consumo.

El estado del bienestar nos garantiza tener las necesidades más básicas “cubiertas” a cambio de esclavizarnos. No nos sale gratis mantenerlo, se nos van nuestras vidas en ello. El sistema capitalista nos impone cuándo hemos de ser productivas y cuándo podemos disfrutar de un ocio de consumo. Esto no entra en ningún parámetro de libertad más allá que la libertad para producir y para mantener este modelo de sistema, que no nos favorece en absoluto. ¿En qué sistema vivimos que no es capaz de sobrevivir a unos días de inactividad productiva?

Es momento de parar y de pensar qué estamos haciendo. De bajar de la rueda del hámster y de ser creativas para crear la vida que queremos vivir, y no la que nos imponen. La vida que nos imponen es la que les sostiene, es la que nos enferma manteniendo el capital. Se trata de compartir la libertad, aunque estemos en una celda.

El pueblo organizado es mucho más potente que un Estado. Al pueblo organizado, cuando le dejan tiempo y espacio para generar consciencia sobre la vida que le imponen, puede llegar a conocer qué necesidades tiene y, si elegimos el camino de la cooperación y la organización, podremos aprender a cómo resolverlas sin la necesidad de un ente paternalista y protector: el estado del bienestar. En estos días de confinamiento, pensemos qué vida estamos llevando y pensemos en qué vida queremos crear, más allá de los límites que nos han impuesto y que tenemos tan interiorizados. Los lemas “trabajar es salud” y “el trabajo dignifica” ya han pasado a la historia. El trabajo nos esclaviza. La responsabilidad social, la cooperación y el apoyo mutuo y la autoorganización será lo que deslegitime al estado y al sistema capitalista, creando un modelo de vida nuevo y desconocido, que, aunque de miedo, si lo caminamos juntas, estaremos cada día un poco más cerca de la libertad.

viernes, 8 de mayo de 2020

No es la crisis del virus, es la crisis del capital

Barbaria
8 mayo de 2020

Con más de un tercio de la población mundial en confinamiento y buena parte de la producción y circulación de mercancías detenida a nivel mundial, nos situamos en un contexto que pareciera completamente nuevo. Sin embargo, sería imposible tratar de explicar la situación actual sin comprender la crisis irresoluble en la que se encuentra el sistema capitalista. Crisis tras crisis este sistema ha dado salidas inmediatistas a los obstáculos a los que se ha ido enfrentando. Estas salidas van acumulando una serie de contradicciones en el seno del capitalismo que antes o después saltarán por los aires. Es imprescindible acercarnos al análisis del contexto actual desde una perspectiva que sitúe la crisis del coronavirus como otro hito histórico más que se amontona a todas las cuentas pendientes que se han ido dejando por el camino.

>> leer artículo completo:
http://barbaria.net/2020/05/08/no-es-la-crisis-del-virus-es-la-crisis-del-capital

[Chile] ¿NO TENEMOS MINISTRA? ¡NO QUEREMOS MINISTRA!

Proletarixs en revuelta
8 de mayo de 2020

Estas últimas horas hemos visto como el hashtag #Notenemosministra se ha tomado el espacio virtual como medio de denuncia ante la reciente designación de la sobrina nieta de Pinochet, Macarena Santelices Cañas, como Ministra de la Mujer y Equidad de Género, luego de 50 días de que la titular anterior (Isabel Plá) dejara el cargo. Se argumenta que esto corresponde a un insulto al movimiento feminista, puesto que “El Ministerio de la Mujer y Equidad de Género es una institución que fue el resultado de la lucha histórica de organizaciones de mujeres y feministas”.

Frente a esto nuestra pregunta es clara, ¿cuál es el camino que está tomando la crítica feminista como parte del movimiento real en contra de esta forma de vida durante los últimos meses?

Hasta el momento, existe una tendencia general del movimiento que está demostrando una clara inclinación por el camino institucional “desde abajo”, desarrollando una ferviente campaña por el apruebo de la nueva constitución, una nueva “Constitución feminista”, que busca garantizar algunos derechos fundamentales a las mujeres y disidencias, revindicando el acceso parcial y abstracto a un Estado que, sea del color que sea, siempre mantiene en pie el mundo de las mercancías, que es el mundo concreto de nuestra explotación.

Esto nos parece penoso puesto que es proporcional a reivindicar el acceso universal de las mujeres al trabajo asalariado o al voto que legitima el poder. Anteriores pasos que han develado la profunda potencialidad del feminismo como discurso recuperable e institucionalizable. Aun así, no es nuevo, lo han advertido organizaciones de mujeres en el pasado.

Frente a esto, el debate en el medio feminista anticapitalista se ha tornado paupérrimo, tras los surgimientos de académicos discursos liberales travestidos de emancipadores, avalados e impulsados incluso por la ONU -hecho frente al cual nos parece irrisoria la falta de, a lo menos, un cuestionamiento-. Nos referimos a la ostensible variante interseccional del feminismo actual, que bebe de los discursos posmodernos, y que se posiciona como solución a los problemas inmediatos mediante la visibilización de distintas opresiones que suscriben a los cuerpos que habitamos los distintos rincones del planeta. En algunos casos, la consecuencia es devastadora; la crítica anticapitalista se empobrece, puesto que reduce a la clase como una categoría más dentro de las opresiones que coaccionan a los sujetos, reafirmando una noción de clase como sinónimo de clasismo, como una circunstancia, lo que relativiza la condición proletaria. De esta manera, aspectos fundamentales de la crítica a la sociedad capitalista son vistos como “abstracciones lejanas” en comparación a la “inmediatez” de replantearse el lenguaje o la deconstruccón de los roles sociales.

Adjudicándose la bandera de la crítica real y profunda, radical, se sostiene que el patriarcado es el origen de todos los males de la humanidad y el “hombre blanco hetero cis”, el opresor, por lo tanto, todo lo producido por este sujeto, debe ser sistemáticamente anulado, llegando incluso, en algunos espacios, a desechar la posibilidad de la revolución social, por ser considerada una “utopía” promulgada por hombres. De esta manera, la salida que se postula es a través de pequeñas revoluciones individuales en espacios de permanente separatismo, ficticiamente “seguros”, -que la deconstrucción personal posibilitaría-, como caminos generales para sortear la aguda crisis de relaciones humanas a la que el capitalismo nos ha arrastrado.

Claramente los debates están siendo coartados en unos espacios por un implacable discurso disfrazado de empatía, pero repleto de la más abrasadora moralidad y, en otros, por la cantinela socialdemócrata de “buscar soluciones reales a los problemas”. En este escenario, donde la crítica es recibida con hostilidad, es esperable que cada unx se reivindique así mismx desde el espacio que habita como ser oprimidx, pero dejando de lado debates fundamentales que evitarían afirmaciones como aquella de “No es una democracia, sino una dictadura” frente a la proclamación de la nueva ministra. No, muchachas, esto es la democracia, les guste o no. Es primordial que se destruya la inmaculada esperanza que se deposita en un eventual “gobierno del pueblo”.

En el mismo nivel, tenemos que comprender que la dictadura y la democracia son dos formas de administrar la vida social en el capitalismo y que ninguna es deseable. La campaña contra el fascismo, contra el fantasma que nos atormenta desde hace cuarenta y siete años, es una excelente jugada para recuperar la fuerza crítica que podemos generar ante este orden. Debemos negarnos a ser guiadxs por el transitado camino del rebaño que consiste en nuevamente unir a la clase solo para que esta admire la democracia como la mejor forma posible y deseable de organización social.

El nombramiento de la Ministra es una clara advertencia para quienes luchan de la presencia y mirada constante del brazo más despótico del capital mundial, que aún existe. Y, en respuesta, debemos lograr generar la reflexión suficiente para enfrentarnos a cualquier escenario posible.

La pandemia global ha agudizado la sistemática violencia machista en los hogares, eso es una realidad incuestionable, como lo es, también, que la vida en su totalidad es violenta en el capitalismo, minuto tras minuto. El feminismo es una manifestación más de cómo la humanidad en resistencia le disputamos la vida al capital, es la manifestación patente de la pulsión de vida de las mujeres. Sin embargo, como crítica está anquilosada en los debates identitarios y completamente coaptada por los discursos de rebeldía liberal.

Frente a esto, creemos que es fundamental reencontrarnos como clase en lo que nos une, retomar la perspectiva de la revolución social, una vez comprendido el origen material de nuestras diferencias y este es la explotación totalizadora y planetaria a la que estamos sometidxs todxs lxs habitantes de la tierra. Urge una lucha integral y unitaria contra el estado, el Capital y el Patriarcado.

La revolución debe ser a título humano y planetario.

La vida en la tierra en su conjunto es la que está en amenaza constante por el capitalismo asesino.

NO NECESITAMOS UN MINISTERIO DE LA MUJER NI UNA CONSTITUCIÓN FEMINISTA.

¡Vamos hacia la vida!

jueves, 7 de mayo de 2020

Por la vida, por la lucha proletaria

Contra el confinamiento
1 de mayo de 2020

Contra el confinamiento, contra la cuarentena, contra quienes pretenden taparnos la boca, contra los barbijos que hacen la vida irrespirable y que destruyen lo humano. Contra la tiranía sanitaria impuesta por el capitalismo mundial.

Contra el nuevo orden mundial de sumisión, esclavitud y control creado por la bancocracia mundial a través de la producción de dinero de la nada, la reducción de la población (genocidio) y su sometimiento a la dictadura químico farmacéutica justificada por la ciencia médica y su “vaticano”: la Organización Mundial de la Salud.

Contra la guerra de sometimiento de la humanidad bajo el pretexto de guerra contra el virus o la pandemia. Así como la guerra contra el terrorismo, la supuesta guerra contra la pandemia, es en realidad, una guerra contra nosotros, es una guerra contra el proletariado mundial, es una guerra del dinero de los Bancos centrales emisores (de dólares, euros, yuan…) contra la humanidad.

Contra el terror de la enfermedad, impuesto por el poder (científico, económico, militar, policial, propagandístico) y las consecuentes medidas de represión, confinamiento y terrorismo de Estado.

Contra el pánico creado por el poder, que tiene como objetivo encubierto el destruir la salud global de la población, separar al ser humano del ser humano y de la vida sana (aire, agua, tierra…) imponiendo a la ciencia y la medicina como intermediarios obligatorios y confinantes.

Contra esa dictadura sanitaria que destruye la vida humana, al privarnos del contacto humano, del amor, del placer. Esa imposición del dogmatismo pasteuriano, enfermizo y enfermante, es el que deteriora el estado físico y mental de los seres humanos al condenar el beso y la caricia, al penalizar el ejercicio y la vida al aire libre, al impedir la respiración a pulmones llenos y el movimiento vital, con tóxicos y tapabocas (igualmente tóxicos)

Contra el salto cualitativo en el despotismo internacional del Estado mundial, que, con el pretexto del virus y la pandemia, ataca a la totalidad de la población mundial considerada sospechosa de subversión o de contagiar, aunque sea sana. Ya no se encierra a quienes cometieron delito y/o a quienes el poder define como terrorista, pretenden que nos confinemos nosotros mismos. No solo se confina a quien está enfermo y es contagioso sino que, por primera vez en la historia, se encierra a cualquiera que está sano, se criminaliza a cualquiera que protesta, porque, tal vez, mañana esté enfermo o por porte de “cara fea” o por ser posible portador sano y para ello se considera sospechoso a todo ser humano. Todo el proletariado es sospechoso al protestar, de trasmitir subversión y/o enfermedad, agitación, protesta…y quizás, lo peor, para esta sociedad enferma de egoísmo: hermandad y amor.

Contra todas las medidas de dictadura medical, contra el confinamiento, contra el tapado de boca, contra que te tapen la nariz, contra todo límite a amarnos, a tocarnos, a tomar mate juntos, a hacerse un asadito, o una olla popular.

¡Contra el hambre, contra la limitación de producir e intercambiar, contra toda limitación al desplazamiento, a lo colectivo, al viaje, a la diversión, al goce y al disfrute de la vida comunitaria, a la práctica colectiva de juegos y placeres…!

Contra quienes, a pesar de hablar de “pandemia del capital” y de “lucha contra el modo de producción capitalista”, aceptan la pandemia como tal, como si efectivamente fuese una “realidad sanitaria” y no puramente ideológico/represiva y desde ese estrado estatista, contribuyen a la gestión y manipulación de la población, opinando, desde la aceptación de las medidas de represión y destrucción humana, como el confinamiento, el tapado de boca y de nariz, el aislamiento y el encierro de los ancianos y niños, la cuarentena, el distanciamiento físico y corporal…, solo agregando consignas burguesas y sindicalistas como que “la crisis (¡o los test sanitarios!) la paguen los ricos” o “anulación de la deuda….externa” y hasta que “el confinamiento de la clase trabajadora sea total y lo paguen los dueños de las fábricas”

Contra el aislamiento humano y por la comunidad de vida y de lucha del proletariado mundial contra este nuevo orden esclavista impuesto por la bancocracia internacional y el gobierno en las sombras.

Contra la dictadura medical y sanitaria, contra la dictadura vacinal, contra los venenos medicamentosos y tóxicos de la dictadura químico farmacéutica, contra la virusfobia y el pánico creado contra los virus, que no tiene otro fundamento (ni otra concepción) que el interés económico del gran capital químico farmacéutico, contra la oposición absurda entre ser humano y naturaleza. Por la destrucción del capitalismo, la fraternidad y el amor entre seres humanos y la producción de lo que los seres humanos necesitan sin intoxicar animales, plantas, suelos, aire, agua, tierra…

Contra la dictadura del dinero (fabricado ilimitadamente por los bancos centrales), la bancarización y la tiranía digital.  Por la destrucción de la dictadura de la tasa de ganancia que rige la producción y distribución de “bienes y servicios” y la reorganización de la producción basada exclusivamente en las necesidades naturales de los seres humanos.

Contra el monstruo de las tres cabezas, el Capital, el Estado, la Religión (incluyendo muy especialmente la religión científico medical y sanitaria), contra la dictadura del dinero, los bancos y los Estados, por la revolución social internacionalista y la comunidad humana mundial.

CONTRA EL CAPITAL Y EL ESTADO, POR LA REVOLUCIÓN TOTAL.

viernes, 1 de mayo de 2020

[Argentina] 1° DE MAYO: EL TRABAJO ES LA PESTE

Boletín La Oveja Negra 
1 de mayo
 
El trabajo mata. El trabajo enferma. «Me matan si no trabajo y si trabajo me matan.» La existencia del trabajo mata, tengamos o no un empleo. Matan e invalidan los automóviles que transportan o van y vienen del trabajo. Matan, invalidan y enferman las máquinas del taller y la fábrica. Mata, golpea y humilla la división sexual del trabajo. Mata y envenena la producción de alimentos y materias primas. Mata y hambrea y la falta de trabajo. Mata mediante suicidio y enferma la falta de trabajo.

En un mundo con trabajo jamás habrá suficiente para todos. El desempleo es una condición del mundo del trabajo. El desempleo es un rasgo permanente y estructural de la sociedad capitalista, que precisa de una masa de desocupados para garantizar bajos costos salariales y condiciones laborales siempre deficientes. En otras palabras, si todos estuviésemos empleados o tuviésemos la posibilidad de cambiar de un empleo a otro podríamos exigir siempre mejores sueldos o mejores condiciones laborales sin el fantasma del desempleo pisándonos los talones.

Sin embargo, nuestra realidad es que quienes somos privados de nuestros medios de producción generalmente debemos vender nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir. Aunque existen otras posibilidades como sobrevivir a costa de ayudas estatales o del robo o la estafa, lo cual se asemeja bastante a un laburo.

El término proletariado es relativamente antiguo, tiene más de 2000 años y se rastrean sus orígenes en el Imperio romano. Los proletarii (los que crían hijos) eran quienes conformaban la clase social más baja (la sexta clase), los pobres sin tierra. Exentos del servicio militar y de impuestos, carecían de propiedades y solamente podían aportar prole (hijos) para engrosar los ejércitos del imperio. El término fue rescatado por Karl Marx, seguramente en sus estudios de Derecho romano, para identificar en el capitalismo a la clase sin propiedades ni recursos más que su fuerza de trabajo y sus hijos. Los proletarios modernos que, privados de medios de producción propios, nos vemos obligados a vender nuestra fuerza de trabajo para poder existir.

En unos viejos manuscritos de Marx, de 1844, señalaba que: «en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. (…) Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a sí mismo, sino a otro.»

Por tanto, es evidente que cuando insistimos otro 1° de mayo con la consigna «¡Abajo el trabajo!» no estamos proponiendo abandonar el empleo mientras existe el mundo del trabajo, sino que proponemos la lucha por abolir la sociedad del trabajo, y por tanto de la propiedad y de su administrador: el Estado. No proponemos dejarnos morir de frío y hambre sino luchar por un mundo sin dinero: el comunismo. Para que nuestra especie pueda satisfacer en común sus necesidades de alimento y techo, así como de goce y creatividad sin convertirlas en una coartada para generar ganancias y jerarquías sociales.

Índice de mortalidad

De acuerdo al Informe Anual de Asesinatos Laborales en Argentina ha muerto más de un trabajador por día en su puesto de trabajo en el año 2019: «Considerando los días laborables, es decir quitando domingos y feriados, la recurrencia se traduce en una trabajadora o trabajador cada 14 horas.»

El espacio Basta de Asesinatos Laborales (BAL), desde el año 2018 y mediante un observatorio propio, realiza un relevamiento de los asesinatos laborales en Argentina, recopilando todas las noticias publicadas por medios de comunicación y relevando las cifras oficiales que publica la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT). Desde el espacio señalan a su vez que en el último informe han logrado incluir buena parte de aquellos perpetrados sobre trabajadores no formales, a la vez que comenzaron a analizar los casos de enfermedades laborales que no concluyen en muertes.(1)

Estiman que aproximadamente 200 de los 534 casos relevados en el presente informe no fueron reconocidos por ninguna patronal ni cubiertos por ninguna Aseguradora de Riegos de Trabajo (ART).

Es importante recordar que en este informe sólo se incluyen las muertes en el lugar de trabajo, excluyéndose los asesinatos llamados in itinere (en el desplazamiento de la casa al trabajo y del trabajo a la casa). Históricamente, sabemos, esos asesinatos, que tampoco accidentes, son de una magnitud semejante a los ocurridos en el trabajo.

La causa más numerosa de muertes laborales es el choque de vehículos. Esto se da especialmente en transporte de cargas pero afecta también a otros trabajadores que desarrollan sus tareas en la vía pública. Y nos es imposible separar esto de la peste urbanística. Los denominados accidentes de tránsito son una de las principales causas de muerte en el mundo entero. La experiencia nos demuestra que mientras existan ciudades y automóviles no se podrán evitar, por más campañas de concientización que se realicen. El automóvil se apropia de las calles de la ciudad con una agresividad comparable a los tanques de guerra en territorio enemigo. No solo las rutas y autopistas, la ciudad está diseñada para el transporte, por tanto es más bien excluyente de los seres vivos o los incluye en tanto que transporte de la mercancía fuerza de trabajo.

Debemos señalar la falta de descanso, el apremio por los tiempos, la falta de personal, el no respeto por el descanso entre jornadas, así como la falta de mantenimiento de los vehículos. Pero tampoco podemos plantear aisladamente el problema del transporte, debemos ligarlo siempre al problema de la ciudad, de la división social del trabajo y la división del espacio capitalista: un lugar para trabajar, otro lugar para alojarse, otro para aprovisionarse, otro para instruirse y otro para divertirse.

En segundo lugar se encuentra la construcción, donde son altamente frecuentes los “accidentes” de todo tipo. Y aquí se deben hacer algunas precisiones. En esta rama, el trabajo no registrado es mucho mayor que en la mayoría de las actividades (abarca más del 40% de los trabajadores asalariados), y además hay un alto porcentaje de falsos cuentapropistas que en realidad trabajan para empresas constructoras. Las principales causas de muerte suelen ser el derrumbe o desplome de edificios y las caídas de altura. Ambas formas son indicadores claros de trabajo en condiciones precarias, sin equipamiento ni instalaciones seguras.

En tercer lugar, nos encontramos con la actividad agropecuaria, donde el trabajo precario es moneda corriente. Aquí debemos tener en cuenta que, al igual que en la construcción, el trabajo no registrado es muy elevado (llegando a casi al 50%), de modo que el subregistro de las muertes también es muy pronunciado en este sector.

También cabe señalar la importante, e inesperada, cantidad de muertes detectadas en la rama de la administración pública y la educación. Demostrando que los asesinatos laborales no se dan sólo en el ámbito privado sino también entre los trabajadores del Estado, y que no es necesario estar en zonas o trabajos de riesgo para morir por las ganancias de un burgués y por el mantenimiento del orden capitalista.

En base al relevamiento del Informe de BAL cerca de la mitad de los trabajadores muertos eran personas jóvenes, menores a los 40 años. La edad promedio es de 42 años. Pero también resaltan aquellos casos de personas de edad avanzada, que deberían estar jubiladas y murieron trabajando para, contradictoriamente, ganarse la vida. Además, como se señaló en el anuario 2019, se conocen casos de personas jóvenes, en su primer empleo o sus primeros días de trabajo, que fueron enviadas por las jefaturas a realizar tareas muy peligrosas, sin la capacitación adecuada y los elementos de seguridad necesarios.

En este marco, quienes confeccionaron el Informe comparten una inquietud respecto de los datos de su observatorio: la baja proporción de mujeres que hay en la totalidad de los asesinatos laborales relevados, los cuales constituyen el 10% de los casos. Señalan también que, al ser mayormente elaborados a partir de las noticias publicadas en distintos medios de comunicación, lamentablemente los datos reproducen la carencia de información sobre otras identidades de género que pueden ser invisibilizadas en la construcción de las noticias.

Podemos agregar que, en Argentina, según datos del 2015, el porcentaje de las mujeres que trabajan o buscan hacerlo se ubicó en 66,6% si se considera a la población de entre 25 y 54 años. Entre los hombres, en cambio, en ese rango de edades el índice llega a 94,3%.

Las cifras en Argentina son muy ilustrativas: en cuanto a las denominadas actividades primarias (agricultura, ganadería, pesca, caza, forestal, minería) la participación de mujeres es mucho menor, al igual que en la industria, el sector de electricidad, agua y gas, así como en la construcción. En el comercio la relación no es tan drástica, y aún más equilibrada en lo que refiere a servicios. En salud y educación la proporción de mujeres es mayor, y alcanza el 99% en el trabajo doméstico. Del mismo modo en la prostituciín la amplia mayoría de quienes la ejercen no son hombres.

Donde sea que miremos podemos observar que los trabajos llevados a cabo por mujeres son generalmente aquellos considerados “femeninos”. Por otra parte, ya que algunas mujeres tienen bebés en algún momento de sus vidas, el mercado considera que todas las mujeres pueden tener bebés y van al mercado de trabajo con una desventaja potencial. En la sociedad capitalista la exaltación de la maternidad convive con su consideración como un obstáculo.(2)

Enfermedad laboral

Así como el trabajo fulmina en minutos o segundos, hay muertes que se producen lentamente. La explotación nos daña física y psíquicamente, si es que vale la pena hacer tal diferencia.

En dicho Informe señalan que el patrón de desgaste, o sea el modo y la velocidad con que las patronales nos enferman, nos accidentan e incluso nos matan, depende del lugar y la forma en que participamos en la producción.

En Argentina la mayoría de las denuncias de enfermedades laborales hechas a las ART son negadas, dadas por preexistentes o se culpabiliza a los mismos trabajadores de sus enfermedades. Del mismo modo que se culpa a los trabajadores en los “accidentes”. Las empresas de salud así como los sindicatos también tienen como prioridad la ganancia ante la vida, esto no hay que olvidarlo jamás. Y cuando se hacen cargo monetarizan las muertes, las mutilaciones, las enfermedades, nada escapa de la lógica capitalista, de la cual son aguerridos defensores.

Y la moral del trabajo naturaliza nuestras molestias y lesiones: “son gajes del oficio”, “no te quejes que este es un trabajo de hombres”, “se queja porque es una histérica”, “el trabajo no es pesado, son vagos”, “le pasó porque se descuidó”, “ya vino loco de antes”.

Y cuando se atienden las enfermedades o lesiones la medicina lo hace, cómo no, desde la ideología dominante. La forma de atender y entender las enfermedades por parte de este modelo es fundamentalmente biologicista, individualista y ahistórica. Y esta concepción no es inocente ni está aislada del resto de explicaciones de la realidad que el capitalismo pretende imponer. No puede más que fundamentar técnicamente la idea de que la enfermedad está causada por agentes externos que causan daños sobre un huésped en un ambiente dado. Es decir, los fenómenos se consideran aislables y de carácter individual lo cual permite identificar los agentes presentes en un ambiente para buscar la corrección de su incidencia. Pero son las condiciones laborales las que nos enferman, su exigencia, su inestabilidad, su rutina, su esfuerzo desmedido, su violencia institucional, sus movimientos repetitivos, sus acosos sexuales, las largas jornadas, el salario que nunca alcanza, la mierda que generalmente producimos.

¡Abajo el trabajo!

Desde el comienzo dijimos que no se trata de accidentes. Porque hay desidia y desprecio de los patrones, sea este un particular o el mismísimo Estado. Estos “accidentes” son responsabilidad absoluta de quienes mantienen y se benefician de este orden capitalista: patrones, empresarios, sindicalistas y gobernantes. Ellos son quienes calculan las pérdidas en dinero, se rompa una maquinaria, se pierda una licitación, pierdan un juicio o se muera un trabajador.

No fueron hechos aislados, son el resultado del ahorro patronal, de la falta de control estatal en connivencia con los sindicatos. Podemos afirmar que si pudieron evitarse no son accidentes, son asesinatos. Pero ¿pueden evitarse completamente? La triste realidad es que no, porque como señalábamos al comienzo de eso se trata el mundo del trabajo: de generar ganancias y no de crear lo necesario para vivir y cuidar a quienes trabajamos. Esto queda demostrado en las denominadas “huelgas a reglamento” (o “huelgas de celo”), la cual consiste en que los trabajadores cumplan estrictamente la normativa laboral de salud e higiene, y con rigurosa aplicación de las disposiciones de los convenios laborales. Esto causa una paralización de la actividad, dejando en evidencia que el trabajo precisa hacerse mal, rápido y a lo bruto para que funcione y genere las ganancias necesarias.

Hay, entonces, una necesidad que nos lleva más allá del trabajo, y es la de generar una profunda transformación social.

Es a partir de nuestras condiciones de existencia que sacamos las lecciones para “hacer teoría” y no tenemos “principios” previos a los hechos. El malestar y la necesidad que padecemos quienes trabajamos, las situaciones de precariedad y peligro a las que nos vemos sometidos, nos fuerzan a tomar conciencia de la sociedad en la que estamos y a la cual contribuimos día a día a mantener. De nosotros depende ampararnos en personajes que nos quieren dirigir y nos llevan a diversos callejones sin salida o comenzar a pensar y explorar otras posibilidades. Para esto es importante que no confundamos la defensa de la fuerza de trabajo con la defensa de la fuente de trabajo. Ni defendamos la ganancia de los explotadores. Ni confiemos en quienes viven de nuestro esfuerzo. No sirve atacar individuos sin atacar su rol social. Es cierto que la injusticia no es anónima, tiene nombre y dirección, pero cambiarle el rostro y mudarla no acaba con la injusticia.

En 1886, los proletarios revolucionarios recordados como “los mártires de Chicago” luchaban en lo inmediato por las 8 horas, es decir, por trabajar menos. Y luchaban también por la revolución social, por el comunismo y la anarquía. La revolución social no es algo diferente de nuestras necesidades urgentes, aunque tampoco es simplemente la suma de nuestras reivindicaciones inmediatas. Las reivindicaciones por menos horas de trabajo o para no exponernos a determinados riesgos en nuestros lugares de trabajo, manteniendo el mismo salario, son un ataque directo a nuestros explotadores, a su ganancia. Asumamos esa lucha hasta el final.

Y eso significa reapropiarnos de los medios para la satisfacción de las necesidades de alimento, techo, vestimenta, placer, comunicación y transporte, con el objetivo de atacar al Capital y abolir las clases sociales y el Estado. El salto entre las revueltas y la revolución no se resuelve con una unificación política o sindical del proletariado sino por las rupturas necesarias con el orden existente.

¡Viva el 1° de mayo! ¡Viva la revolución social!
Notas:
1. Sin embargo también señalan que, según datos del INDEC del tercer trimestre de 2019, el 35% del total de los asalariados del país tiene empleos no registrados (sin aportes jubilatorios). A eso hay que sumarle un 9,7% de “cuentapropistas” en la población activa que en muchos casos no son más que asalariados no blanqueados por sus patrones. Estas cifras nos permiten aproximarnos a la dimensión del problema, ya que no existe ningún organismo estatal que se ocupe de las muertes y enfermedades de esta enorme masa de trabajadores. Estas personas no sólo se ven expuestas a una gran pérdida de derechos laborales básicos (como los aportes sociales) sino que además sus vidas se encuentran en riesgo constante sin que “cuenten” en ninguna estadística oficial.
2. Respecto a la división sexual del trabajo y el trabajo doméstico, recomendamos la lectura de los nro. 13 y 14 de la revista Cuadernos de Negación: Notas sobre el patriarcado y Notas sobre trabajo doméstico.
 

[Chile] 1 DE MAYO: “ME MATAN SI NO TRABAJO, Y SI TRABAJO ME MATAN”

Proletarixs en revuelta
1 de mayo.

Levantarse en una mañana fría, sin haber descansado bien, pensando con angustia sobre el futuro. Ir a esperar micro o metro, junto a una gran cantidad de personas que, al igual que unx, deben ir al trabajo. El transporte también va lleno. ¿Cuál era la distancia segura? ¿Un metro y medio? ¿Dos metros? Lo único seguro es que es imposible mantenerla. La locomoción colectiva está hecha para transportarnos hacinadxs. Mientras más personas entren en un menor espacio, mejor. Mejor para los que lucran con ello, claro. Pero no importa. Debemos seguir. Llegar al puesto de trabajo, probablemente en un espacio cerrado, con mala ventilación, pocas y limitadas medidas de resguardo, exceptuando las que nacen de la propia iniciativa individual o colectiva. Y así toda la jornada laboral, expuestxs al riesgo que los medios se encargan de convertir en paranoia. Termina el día, vuelta a casa. Una hora o más viajando. Mismas condiciones insalubres que en la mañana. Y el hogar, que por todos los medios oficiales se publicita como un lugar seguro, en el que debiéramos encontrar cariño y refugio, a menudo no es más que una fría reanudación de las relaciones opresivas y mercantilizadas de la sociedad entera. Los casos de violencia y abuso contra mujeres y niñxs se multiplican. Pero no se puede escapar. Afuera, el toque de queda, la amenaza uniformada que hace unos meses ha vigorizado su impune brutalidad. ¿Dejarlo todo? Significaría asumir el hambre, quedarse sin techo, sin acceso a los mínimos servicios que este sistema puede ofrecer. Sí, el trabajo nos mata por acción u omisión. Y esta realidad, atenuados unos aspectos, recrudecidos otros, se repite en todo el país. En todo el planeta.

Y es que este mundo gira en torno al trabajo. Nuestro trabajo. Es decir, nuestra explotación. El riesgo de contagiarnos por COVID-19, de esparcir el virus en la población, no puede poner en riesgo la “vida” de la economía. Así lo han reconocido abiertamente empresarios y políticos. “Hemos optado por seguir operando, (…) parar es una sobrerreacción que no tiene sentido” (Arturo Clement, presidente de SalmonChile). “No podemos matar la actividad económica por salvar vidas” (Carlos Soublette, presidente de la Cámara de Comercio de Santiago). Arranques de honestidad de la clase dominante, que confirman lo que todxs, de una u otra manera, ya sabemos.

Para asegurar la continuidad de este modo de vida basado en la explotación, el trabajado ha sido revestido de un aura de santidad. Existe toda una moral construida en torno a él. Pareciera ser lo más natural del mundo: que nuestras vidas sean consumidas en labores la mayor parte del tiempo desagradables, cuya utilidad desconocemos o no nos interesa conocer, con el único fin de asegurarnos lo mínimo para sobrevivir y volver al día siguiente a producir. Y consumir. Sin parar.

Pero la actividad humana creativa, intelectual y física, no se despliega bajo la forma del trabajo como se nos presenta hoy. Todo lo contrario. Se encuentra secuestrada y sofocada por este. La función del trabajo en la sociedad capitalista es solo generar ganancias para la clase propietaria. De esta forma, la humanidad queda despojada de la capacidad de decidir sobre su presente y porvenir. Se encuentra alienada. Física y mentalmente. Son las cosas que producimos en la explotación del trabajo, las mercancías, las que finalmente nos poseen. No nosotrxs a ellas, aunque paguemos por tenerlas. El salario con el que pagamos es la fracción que la clase capitalista nos asigna, luego de quedarse con buena parte del valor que generamos (plusvalor), para que sobrevivamos y mantengamos en circulación las mercancías y el dinero. A su vez, el trabajo determina roles en la sociedad dependiendo de nuestras características biológicas (sexo, “raza”), que perpetúan y maximizan sus beneficios.

Ahora, quieren acostumbrarnos a su desvergonzadamente anunciada “nueva normalidad”. El show debe continuar, la economía no puede verse amenazada, tenemos que volver a nuestros puestos de trabajo, aunque bajo anuncios de planes de “retorno seguro”.

Son las aglomeraciones directamente relacionadas con la dinámica del trabajo las que concentran el mayor riesgo de contagio de COVID-19: en el transporte público y en los mismos centros laborales. Estos sitios no han detenido su continuidad. Sin embargo, se restringen aquellas actividades que conllevan menos peligro de contagio, como paseos por parques o plazas, que no exigen hacinamiento alguno. Se endurece la dictadura de la economía. Se implementan por la fuerza los sueños de nuestros patrones: de la casa al trabajo, del trabajo a la casa. Se permite en el intertanto un paseo por los templos de consumo. Producir y consumir. Militares en las calles. Aislamiento social. Que no quede rastro de comunidad.

La pandemia del coronavirus ya no deja espacio para dudas. La naturaleza asesina del trabajo ha quedado totalmente al descubierto.

Pero también hace solo unas semanas colmábamos las calles de vitalidad subversiva. No nos hemos olvidado de aquello. La normalidad que nos condena a la enfermedad y la muerte parecía saltar por los aires. Ni la represión ni el encuadramiento demócrata lograban plenamente su objetivo de desactivar la revuelta. Hoy debemos prepararnos para protagonizar un nuevo capítulo en la lucha por recuperar nuestras vidas contra la dictadura del Capital.

Tal como hace más de un siglo el movimiento obrero se alzó en Estados Unidos, como lo hacía en todo el mundo, contra la explotación, exigiendo trabajar menos, hoy retomaremos una nueva oleada revolucionaria, por emanciparnos de nuestra condición de esclavxs asalariadxs.

Combatamos las medidas del Capital, que solo aplicarán represión para intentar contener una crisis que le es inmanente e inevitable. Defendamos la autonomía de clase frente a toda la institucionalidad burguesa y sus agentes que pretenden erigirse como nuestrxs representantes.
No por nada la palabra “trabajo” deriva del latín “tripalium”, instrumento de tortura similar a un cepo. Abajo el trabajo. Viva la actividad humana libre de toda explotación y mercantilización, solidaria, comunitaria y creativa.

¡ABOLICIÓN DEL TRABAJO!

jueves, 30 de abril de 2020

Coyuntura epidémica. Crisis ecológica, crisis económica y comunización

FD
11 de abril de 2020

La producción capitalista, que nunca ha sido «respetuosa» con los seres vivos, acabó produciendo en los años setenta y ochenta —es decir, mucho antes de la epidemia que apareció en China en el otoño de 2019— una crisis ecológica a la vez global y permanente(1) en forma de contaminación generalizada y cambio climático. Dicha crisis es global en la medida en que amenaza a largo plazo la reproducción de la biosfera terrestre, de la que también depende la vida humana. Es permanente en la medida en que es intrínseca a la subsunción real del trabajo y de la naturaleza bajo el capital. En otras palabras, pese a que representa un problema importante desde el punto de vista de la clase capitalista en todos sus Estados y bloques, no puede ser superada efectivamente en el marco de una nueva y superior reestructuración de la relación de explotación a escala mundial. Por otra parte, una reestructuración superior de esa relación, que integre mejor el discurso ecologista con pretensiones radicales, sigue siendo posible, al igual que una ruptura comunista en y en contra de esta reestructuración que la clase capitalista va a tratar de imponer.

En la pandemia del coronavirus confluyen dos procesos en principio autónomos, ya que desde los años setenta las crisis económicas y la continua destrucción de lo viviente no habían estado vinculados de forma inmediata. Sin embargo, entre noviembre de 2019 y marzo de 2020, una epidemia surgida en la ciudad de Wuhan se propagó muy rápidamente por todo el mundo, poniendo de manifiesto una vez más la gravedad de la crisis ecológica y precipitando al mismo tiempo el estallido de una crisis económica de gran envergadura, cuyo advenimiento se preveía desde la anterior, contenida pero no superada. Por una parte, la creciente contaminación de la tierra, del mar y del aire, el calentamiento global, el agotamiento del suelo y la deforestación masiva, la urbanización enloquecida que esteriliza la tierra y hace cada vez más inhabitables todas las ciudades, las epidemias cuya propagación facilita la destrucción de las barreras naturales que antaño limitaban la circulación de los virus, y la destrucción objetiva del material humano por parte de la industria farmacéutica son otros tantos aspectos de la crisis ecológica permanente, que es insuperable en el marco de los límites de la reproducción ampliada del capital. Por otra, en esta primavera de 2020, la ya notable desaceleración de la producción y el comercio, la exacerbación de las tensiones entre los Estados y los bloques, la necesidad de que esta vez todas las fracciones de la clase dominante tomen medidas radicales para relanzar la acumulación sobre una base más «sana», y sus previsibles tentativas de embarcarnos en sus conflictos internos definen la crisis económica en curso, que en cualquier caso marcará el fin del ciclo abierto en los años 70, si no la «crisis final» del sistema. Porque es a nosotros, proletarios y comunistas, a quienes corresponde sobre todo afrontar —tanto en la teoría como en la práctica— esta coyuntura epidémica de la destrucción continua de la vida y de crisis actual de reproducción del capital. No porque seamos revolucionarios por naturaleza, sino porque en esta coyuntura estamos todos en su punto de mira.

Frente a lo que sostuvo Camatte cuando teorizó la fuga de la comunidad material del capital, no existe una errancia de la humanidad (2), porque los seres humanos, divididos en primer lugar por la relación social de género, jamás han existido sino bajo modos y relaciones de producción de vida material determinados socio-históricamente. La degradación del medio ambiente natural terrestre hizo su aparición, en formas limitadas, en territorios a veces muy extensos, pero a un ritmo muy lento, mucho antes de la constitución del modo de producción capitalista. Sin embargo, para que la producción de la vida material de los numerosos grupos humanos que han poblado la Tierra llegase a ser tendencialmente destructiva de este medio ambiente, el capital tuvo que afirmarse como modo de producción dominante e imponer su desarrollo a todo el planeta, al precio de la destrucción de los antiguos modos de producción y de la integración o el exterminio de los pueblos que aún no habían sido formalmente sometidos a la esclavitud asalariada. En el transcurso de este proceso, que comenzó con la acumulación primitiva de capital pero que sólo se desarrolló a partir del afianzamiento de la producción capitalista en Europa Occidental y Norteamérica a principios del siglo XIX, cabe identificar dos momentos decisivos. En primer lugar, la subsunción real del trabajo y de la naturaleza por el capital, que tuvo lugar en torno a la Primera Guerra Mundial, con el establecimiento de la organización científica del trabajo en todos los países desarrollados y la finalización de la colonización del mundo por las potencias europeas. Después, la producción de la crisis ecológica mundial, que corresponde al desarrollo de un nuevo ciclo de acumulación y de luchas, es decir, a una reestructuración global de la relación de explotación en los años 70 y 80, que suprimió todo lo que fundamentaba aún la identidad obrera y, por tanto, la afirmación de la clase, tanto a nivel de la fábrica como de la sociedad.

Ahora bien, si la crisis ecológica se produjo en el transcurso de la última reestructuración capitalista, cabe preguntarse por qué los grupos surgidos de la ultraizquierda francesa a partir de 1968 no la integraron en la problemática de la comunización como abolición revolucionaria sin transiciones del capitalismo. Fundado en 1977, el grupo Théorie Communiste entendió perfectamente que esta reestructuración destructiva del «viejo movimiento obrero» implicaba la reproducción de la contradicción proletariado/capital bajo una forma en la que el proletariado tiende a producir su existencia de clase como una restricción exteriorizada en la clase capitalista (3). Pero ni TC ni ningún otro grupo que teorizara la comunización entendió que la reestructuración incluía desde el principio la producción de una crisis ecológica a la vez global y permanente. En efecto, tanto la forma en que se presentó de entrada el contraataque capitalista como el rechazo generalizado que se desarrolló tras la derrota obrera hicieron, por así decirlo, que el problema desapareciera antes de ser planteado. Por una parte, la clase capitalista ignoró el informe de los expertos publicado en 1972 bajo el título The Limits To Growth («Los límites al crecimiento»): relanzó la acumulación atacando primero las rigideces del trabajo en la cadena global, sin preocuparse ni por el agotamiento de los recursos (materiales + energía necesarios para la producción) ni por la contaminación generalizada (la tendencia a la destrucción de la biosfera). Por otra, las luchas (interclasistas) en el frente de la ecología política —en particular contra la producción de energía nuclear— se empantanaron rápidamente en la ideología reformista del decrecimiento, porque ponían abstractamente en tela de juicio el productivismo, no la producción de plusvalor, el capital como valor en proceso. Por último, hay que añadir a estos dos factores específicos otro más general. Al pensar la comunización en el presente de las luchas cotidianas de un proletariado actuando estrictamente como clase, TC no sólo tuvo que combatir la ideología burguesa del fin del proletariado sino también la ideología revolucionaria de la comunización a título humano, lo que le impidió, al menos en un primer momento, integrar en su labor un problema susceptible de poner a priori en tela de juicio la coherencia de la teoría que estaba elaborando.

En el seno de los límites de la reproducción ampliada del capital, la crisis ecológica no es superable. En efecto, el capital es producción por la producción misma, tendencia que las grandes crisis económicas que marcan la sucesión de los ciclos de acumulación corrigen de manera recurrente pero que reafirmada de nuevo en cada reestructuración. En otras palabras, la reproducción ampliada del valor del capital en proceso implica una producción creciente de materiales y energía (capital constante = medios de producción, especialmente maquinaria) y productos de consumo (capital variable = salarios = productos necesarios para los trabajadores). Y como la disminución tendencial de la tasa de ganancia promedio se compensa con el aumento tendencial de la tasa de explotación sólo al precio de un aumento relativo del capital constante muy superior al del capital variable, el resultado es simultáneamente un agravamiento constante de la degradación del medio natural y un empeoramiento constante de la situación social del proletariado en relación con la clase que lo explota. Cierto, la clase explotadora no puede evitar integrar en sus cálculos, al menos formalmente, la degradación catastrófica de la biosfera, y ante todo en la medida en que esta degradación afecta al trabajo global que requiere para valorizar al máximo el capital global acumulado. Por ejemplo, debe reflexionar sobre las formas de conservar la fuerza de trabajo y limitar así el impacto de futuras epidemias, sabedora de que ya no puede impedir la propagación acelerada de los virus. Igualmente, debe reflexionar acerca de la forma de limitar el impacto, ya significativo, de la urbanización y el agotamiento del suelo como consecuencia de la producción de alimentos. Ahora bien, su comprensión de todos los llamados problemas ecológicos es sólo formal, ya que no puede cuestionar la producción continuada de plusvalor. La crisis ecológica no es la contradicción del capital, que sigue siendo la explotación —o más bien las dos contradicciones mutuamente entrelazadas de la explotación de clase y la división de género— pero la lucha de clase del proletariado, siempre entorpecida por sobredeterminaciones (como la racialización), también está sobredeterminada ahora por el hecho de que la reproducción del capital amenaza la reproducción de la vida humana.

En la actual coyuntura epidémica, los comunistas necesitan, claro está, una visión políticamente activa de la fractura que puede producirse, a nivel de la experiencia vivida, entre clases (4). La fractura en el seno de las poblaciones confinadas, entre los proletarios, hombres y mujeres, gran parte de los cuales ha sido requisada en todos los países para dar el callo —en la fábrica, en el supermercado, en el hospital— y los capitalistas, que se esfuerzan por preservar sus condiciones inmediatas de explotación la que vez que cavilan sobre los medios de relanzar la acumulación más allá de la necesaria purga del capital ficticio. No obstante, no podemos ir más rápido que el viento, pese a que ya esté soplando con mucha fuerza. Por un lado, la epidemia de Covid se presenta inmediatamente como una perturbación exterior a la sociedad global, no sólo para la clase capitalista, sino también para la masa del proletariado e incluso para la mayoría de los revolucionarios. De ahí la adhesión formal de los proletarios al confinamiento, criticable no sólo desde un punto de vista comunista, sino incluso desde un punto de vista científico, y las fórmulas abstractas radicales del tipo «todo está ligado al modo de producción capitalista» (5). Desde un punto de vista comunista, el deseo de los proletarios cuyo trabajo se considera esencial de quedarse en casa, de recibir su salario sin trabajar, es muy comprensible, pero participa de la atomización del proletariado, y por tanto de la paz social que la clase enemiga necesita para reestructurar. Desde un punto de vista científico, cabe preguntarse si el confinamiento es realmente útil para contener una epidemia, plantear que en principio todavía hay que identificar muy rápidamente a los portadores del virus e imponer cuarentenas selectivas, y constatar que, de hecho, las autoridades sanitarias, pasando de la inacción al pánico, han confinado a falta de algo mejor (6). Por otra parte, si el confinamiento más o menos general de las poblaciones tiene más de confesión del fracaso sanitario de los Estados que de respuesta racional a la epidemia y si no puede ser mantenido indefinidamente al mismo nivel —muy elevado— que se ha alcanzado en China e incluso, en menor medida, en varios Estados europeos, existe el riesgo de que el desconfinamiento sea parcial y selectivo. A este respecto, la crítica del análisis de los camaradas chinos de Chuang por los camaradas italianos de Il Lato Cattivo (7) es criticable a su vez: bajo las condiciones de la epidemia se puede realizar un experimento de contrainsurgencia a título preventivo. Tanto en China como en Europa o en Estados Unidos (not so great again), el Estado, separado de la lucha de clases para mejor intervenir en ella, no necesita tener una estrategia perfectamente a punto: la contrainsurgencia es como la reestructuración: se improvisa contra los proletarios en el transcurso de las luchas.

«¿Quieres saber si tienes el coronavirus? ¡Escúpele a un burgués y espera los resultados! Solidaridad con los trabajadores.» Este mensaje, pintado en una sábana en el centro de Marsella anuncia muy bien el rumbo que estamos obligados a tomar, so pena de muerte, no debido al «enemigo invisible» sino debido a nuestro enemigo más visible y activo: la clase capitalista. Todos y todas tenemos una gran necesidad de salir. No sólo para ir a currar, hacer cola ante la puerta del supermercado o hacer un poco de ejercicio cada cual en su rincón, y ni siquiera para hacernos tests (aunque eso no estaría de más), sino para luchar juntos contra la explotación agravada que nos están imponiendo. ¡Un poco de aire! ¡Muerte al miedo! ¡Muerte a la Unión Sagrada Sanitaria!


Notas:
1 Concepto a construir, en la perspectiva de la comunización.

2 Errancia de la humanidad, 1973, en la red.

3 Véanse los análisis de Théorie Communiste, en su sitio.
4 Roland Simon sobre el texto de Chuang, Social Contagion, en el sitio https://dndf.org

5 Coronavirus, croissance de l’État, et reproduction, https://dndf.org

6 Lorgeril, Science du confinement ou Confinement de la science ?, en la red.

7 Covid-19 et au-delà, en https://dndf.org

Extraído de https://www.facebook.com/communisation
Original: https://dndf.org/?p=18482

lunes, 27 de abril de 2020

¡Esperemos mantener los aspectos positivos de esta crisis!

Anselm Jappe
(Traducción automática)
6 de abril de 2020

Frente a la pandemia de coronavirus, Le Temps du Débat había previsto una serie de programas especiales titulados "Coronavirus: una conversación mundial" para reflexionar sobre los temas en juego en esta epidemia, reuniendo los conocimientos y las creaciones de intelectuales, artistas y escritores de todo el mundo. Desafortunadamente, esta serie tuvo que terminar después del primer episodio: "¿Qué nos hace el confinamiento? ». Por ello hemos decidido continuar esta conversación mundial en línea ofreciéndoles cada día, en la página web de France Culture, la visión inédita de un intelectual extranjero sobre la crisis que estamos atravesando. 

***

¿Sonará la crisis del coronavirus la sentencia de muerte para el capitalismo, provocará el fin de la sociedad industrial y consumista? Algunos temen que lo haga, otros lo esperan. Es demasiado pronto para decirlo. La "reconstrucción" económica y social puede resultar tan difícil como el momento de la epidemia en otros aspectos. Lo que es seguro es que estamos experimentando, al menos en Europa, lo que es lo más cerca que hemos estado de un "colapso" desde 1945 - un colapso evocado tantas veces en el cine y la literatura llamados "post-apocalípticos", pero también por la crítica radical de la sociedad capitalista e industrial.

Sin embargo, la gravedad de esta crisis de la sociedad capitalista mundial no es una consecuencia directa y proporcionada de la escala de la enfermedad. Más bien, es la consecuencia de la extrema fragilidad de esta sociedad y una revelación de su estado real. La economía capitalista es una locura en sus cimientos, y no sólo en su versión neoliberal. Su único objetivo es multiplicar el "valor" creado por la simple cantidad de trabajo ("trabajo abstracto", como lo llama Marx) y representado en el dinero, sin tener en cuenta las necesidades y deseos reales de los seres humanos y las consecuencias para la naturaleza. El capitalismo industrial ha estado devastando el mundo por más de dos siglos. Está minado por contradicciones internas, la primera de las cuales es el uso de tecnologías que, al sustituir a los trabajadores, aumentan los beneficios a corto plazo, pero agotan la fuente última de todo beneficio: la explotación de la fuerza de trabajo. Durante cincuenta años, el capitalismo ha sobrevivido esencialmente gracias a la deuda, que ha alcanzado proporciones astronómicas. Las finanzas no son la causa de la crisis del capitalismo; al contrario, le ayudan a ocultar su falta de rentabilidad real, pero al precio de construir un castillo de naipes cada vez más inestable. Uno podría entonces preguntarse si el colapso de este castillo de naipes se debe a causas "económicas", como en 2008, o más bien ecológicas.

Con la epidemia, ha surgido un factor de crisis inesperado - lo principal, sin embargo, no es el virus, sino la sociedad que lo recibe. Ya se trate de la insuficiencia de las estructuras sanitarias afectadas por los recortes presupuestarios o del papel de la agricultura industrializada en la génesis de nuevos virus de origen animal, ya sea el increíble darwinismo social que propone (y no sólo en los países anglosajones) sacrificar lo "inútil" para la economía o la tentación de los Estados de desplegar sus arsenales de vigilancia: el virus arroja una luz cruel sobre los rincones oscuros de la sociedad.

En todas partes también, los efectos del virus muestran cuán peor será la situación de la burguesía mundial como clase con fines de lucro que la de los millones de habitantes de las barriadas, los Estados fallidos, las periferias o las clases más pobres abandonadas a su suerte en los centros capitalistas. ¿Promoverá también el asentimiento colectivo? Nadie lo sabe. Sin embargo, muchas personas ya están experimentando que hay mucho que se puede hacer sin perder nada esencial. Menos trabajo, menos consumo, menos viajes frenéticos, menos contaminación, menos ruido... ¡esperemos mantener los aspectos positivos de esta crisis! Estamos escuchando muchas conversaciones razonables estos días, en todas las áreas. Veremos si son similares a las resoluciones del Capitán Haddock cuando promete no beber más whisky si sale del presente peligro.

Tomado de: http://www.palim-psao.fr/2020/04/esperons-de-garder-ce-que-cette-crise-a-de-positif-par-anselm-jappe.html

Coronavirus y el colapso de la modernización

Roswitha Scholz & Herbert Böttcher
(traducción de Emilio Guzmán Lagreze)
Marzo de 2020

El coronavirus es el detonante, pero no la causa de la profundización en la actual situación de crisis. Este virus acelera la desintegración de la economía capitalista. Al contrario de la crisis del 2007/2008, que ha logrado su paroxismo al nivel de los bancos de “importancia sistémica”, la economía real, por su parte, en este momento debe recibir millones en ayuda económica. Se solicita de nuevo al Estado (social) el cual durante el triunfo del neoliberalismo ha sido desacreditado como hamaca social y como lastre dentro de la competencia entre territorios, centros y metrópolis. Aquello que se había impuesto como modelo exitoso del capitalismo enfocado en la competencia entre territorios e impulsado mediante la finanza no era en sí más que una estrategia para extender la crisis del capitalismo. No es por azar que el coronavirus se estrella contra un sistema de salud parcialmente privatizado y deteriorado por los recortes presupuestarios, así como dentro de las regiones en crisis, sobre una situación de derrumbe a veces completo de las estructuras del mercado y del Estado.

Ya durante las primeras experimentaciones neoliberales de la década de 1970, que Augusto Pinochet ‒ apoyado por los Chicago Boys en torno a la figura de Milton Friedman ‒ había llevado a Chile bajo una dictadura militar asesina, las críticas habían remarcado que el lema era en aquel entonces: “El estado de bienestar esclaviza. El estado policial libera”. En efecto, los pasos siguientes de la historia del neoliberalismo ha estado marcada de igual forma por un recrudecimiento de la represión, sobretodo de aquellas personas que han pasado a ser innecesarias para la valorización del capital: los cesantes y los trabajadores precarizados, pasando por los refugiados, los enfermos y los ancianos no rentables. La exclusión y la represión no son simples productos del capitalismo neoliberal, sino que también se deben al vínculo entre el capitalismo y la democracia, el liberalismo y la represión, que está a la base del “estado de excepción”. A lo largo de las últimas décadas, el “estado de excepción” se ha vuelto un “estado normal”, particularmente para los refugiados[1]. Bajo la presión de la crisis del coronavirus, han habido deportaciones colectivas forzadas desde Grecia hacia Turquía. Existe el temor que durante la crisis capitalista, agravada por la crisis pandémica, las represiones estatales experimentadas durante la epidemia del coronavirus se vayan intensificando ‒ combinadas con una barbarización creciente de la policía y de la justicia (corrupción, vínculos mafiosos, etc.).

Como durante la “cultura de la recepción” de 2015, esta vez no se puede todavía tener confianza sobre los llamados a la solidaridad. Nadie de los medios políticos ha tenido la idea de mejorar los “ingresos” de los indigentes ni de los mendigos en el marco de la crisis del coronavirus. Sus oportunidades de recibir donaciones de los transeúntes y/o de recolectar botellas[2] han sido considerablemente reducidas. Ninguna reflexión política ha sido llevada a cabo para apoyar a las personas que dependen de Hartz IV[3] y del subsidio de solidaridad a los adultos mayores y que se ven enfrentados a un empeoramiento de su situación alimenticia en razón del acaparamiento de los productos de bajo costo y del cierre de los comedores de beneficencia y de las sopas populares. La solidaridad política se extiende, a lo más, hacia aquellos que son valorizables y aún tienen una “importancia sistémica” y, si todo sale bien, se extiende a los adultos mayores que deben pasar su merecida jubilación posterior a una larga vida de actividad.

En esta situación, las mujeres han sido particularmente solicitadas como “limpiadoras” de la crisis. En tal rol, han sido objeto de una gran atención. No obstante, hay que recordar que este reconocimiento interviene al momento de la desintegración del patriarcado capitalista[4]. En esta fase, las mujeres han sido cada vez más llamadas a ocuparse de la lucha por la supervivencia. Su importancia y su función debería por tanto ser percibida en este contexto, en vez de exigir simplemente la revalorización del trabajo de las mujeres y una remuneración apropiada. El conjunto de procesos de crisis fundamental debe ser el punto de partida del análisis y de la reflexión sobre las acciones apropiadas.

Mientras tanto, cada vez se elevan más voces para pedir libertades civiles liberales, destacando al mismo tiempo que para los intereses económicos, es necesario preparar la vuelta a la normalidad. A este efecto, sacado de la locura social-darwiniana, se está dispuesto a sacrificar seres humanos. Son precisamente los ancianos que se le niega el derecho a la vida[5]. No es sorprendente los auto denominados “especialistas de la ética de negocios” tales como Dominik H. Enste en el Tagesspielgel (24.3.2020) tengan igualmente algo que decir. En una lógica utilitarista, advierte que la salud no debe ser muy costosa. Cita como ejemplo a los británicos: Ellos han “definido claramente que la extensión de una vida tiene el derecho de costar: 30 000 libras, con excepciones que llegan a 70 000 o 80 000 libras”. No se requiere mucha imaginación para entender que las reivindicaciones en materia de selección según “factores de costo humano” van a seguir multiplicándose de aquí en adelante.

Lo que se debe preparar, es el momento de reactivación de la supuesta normalidad del capitalismo y de la economía. Existe la preocupación que ella no dé lugar a nuevas restricciones y nuevas transformaciones sociales, lo que también podría conducir a disturbios y saqueos, como el caso de Sicilia. Para hacerles frente, la policía y la armada están dispuestas a la aplicación del estado de excepción. El ministerio americano de justicia contempla poder retener a las personas en un tiempo indefinido y sin proceso judicial alguno[6]. Las discusiones actuales en Alemania demuestran una tendencia a partir de la cual la flexibilización del estado de excepción social global tendrá que acompañarse con una extensión del estado de excepción para los adultos mayores y los grupos de riesgo vital, vale decir para su aislamiento.

Son personas que han sido reducidas a “empresarios-de-sí-mismos”[7] competitivos dentro del marco de la individualización y que son expuestos al aislamiento, así como a nuevas oleadas de empobrecimiento, de represión y de salvajismo. La gente de clase media en particular está destruida por el stress, que ha mutado siendo ahora un símbolo de éxito, y los imperativos de relajación de la industria del descubrimiento personal, en la cual la relajación deviene una performance de alto nivel, sin que ellas puedan recuperar a un sí mismo como prueba de recuperación. Las consecuencias socio-psicológicas del aislamiento ya se manifiestan bajo la forma depresiva y de una escalada en la violencia, específicamente respecto a aquella ejercida hacia las mujeres, en situaciones en las que las personas son remitidas a sí mismas y a su entorno inmediato. A menor vuelta a la normalidad cotidiana, mayor es la difusión del empobrecimiento y la decadencia social, mientras más el sujeto competitivo orientado hacia la “lucha de todos contra todos” corre el peligro de encontrarse en una lucha de darwinismo social sin importarle las víctimas que ella implica.

Aquello que Robert Kurz ha descrito en varios de sus libros y lo que sabemos sobre todo de las regiones en descomposición del mundo globalizado, probablemente se tornará también para nosotros muy perceptible. Los movimientos sociales hacia la izquierda, las posiciones en materia de crisis y de colapso como aquellos de la crítica del valor-disociación no han sido y no son tomados en serio e inclusive son completamente ignorados. Ahora bien, los fantasmas de la conspiración sospechosos como los de Dirk Müller (“Mr. Dax”) así como los análisis del colapso como aquellos de Friedrich y Weik[8], quienes después de la “crisis más grande de todos los tiempos” ahora intentan poner en circulación la idea de desarrollar un nuevo capitalismo que funcione de mejor forma. Los izquierdistas se involucran en un hiper-social-democratismo con el Green New Deal, la redistribución, la expropiación, etc. que se mantiene dentro de los marcos de dicha forma capitalista. O también: toda la humanidad se ha declarado como clase obrera contra aquel “1%” quienes poseen los medios de producción y son dueños de todo, y todo el desastre no se entiende como algo inmerso dentro del marco del capitalismo y de su “contradicción en curso”, sino que es comprendido dentro del propio marco del neoliberalismo.

La recomposición siempre cambiante de los polos del mercado y el Estado en función del curso de la crisis es cada vez menos posible, ya que a medida que esta empeora, dicha alternancia llega cada vez más rápidamente a sus límites internos. Una vuelta al Estado-Nación sería fatal. El cierre de las fronteras refleja lo impotente que es dicho modelo y constituye una medida de substitución. Mejor habría que dar muestras de pragmatismo y de cooperación a escala internacional para así poder contener la actual crisis que finaliza nada más ni nada menos que con la pandemia del Coronavirus. La investigación, los intercambios de mercancías, etc., la producción de bienes vitales deberían de organizarse más allá de las fronteras nacionales desde una forma no burocratizada y libre para hacerle frente a otras consecuencias bárbaras de este período del capitalismo. La situación actual de fuerza mayor exige apoyo mutuo y cooperación. No obstante, tal pragmatismo y esta cooperación no deben ser confundidos de manera kitsch con la figuración de una sociedad distinta que se está diseñando. Esta no podrá aparecer más que en el momento en el que reflexión y acción conduzcan hacia una ruptura con las formas societales propias del valor-disociación.


Notas:

[1] Podemos referirnos sobre esta temática de la teorización desarrollada en torno al estado de excepción desde un punto de vista de la wert kritisch, comprendiendo una crítica a aquella realizada por Giorgio Agamben, sobre este tema, véase a Robert Kurz, Impérialisme d’exclusion et état d’exception [Imperialismo de exclusión y estado de excepción]. (Paris, Divergences, 2018) (NdE).

[2] En Alemania, gracias al sistema de consignas de personas – a menudo adultos/as mayores- difícilmente pueden hacerse algunas monedas juntando botellas vacías y llevándolas a los puntos de venta. (NdT)

[3] Las reformas Hartz son las reformas del mercado del trabajo que tuvieron lugar en Alemania, entre los años 2003 y 2005, bajo el mando del canciller Gerhard Schröder (SPD). El inspirador de aquellas reformas, Peter Hartz, era el director del personal de Volkswagen, donde negociaba los acuerdos sobre la flexibilidad horaria […] Estas controversiales reformas, oficialmente, apuntaban a adaptar el derecho (del trabajo fiscal) alemán en la nueva situación económica del sector de servicios. Las reformas se han implementado progresivamente, bajo la forma de las cuatro leyes, pero la más importante es la ley de Hartz IV. Esta fusiona las ayudas sociales y las indemnizaciones de desempleo -de más de un año- en una única alocación indemnizada. La baja cantidad de este presupuesto – 409 euros por mes en 2017 para una persona sola- se supone que motiva al beneficiado a buscar más rápido un empleo, tan mal remunerado y poco conforme a sus expectativas o habilidades como lo es dicho salario. Su atribución está condicionada por un régimen de control de los más coercitivos de Europa. (wikipedia, extracto de la página: https://fr.wikipedia.org/wiki/R%C3%A9formes_Hartz).

[4] Ver Roswitha Scholz, Le Sexe du capitalisme. “Masculinité” et “féminité” comme piliers du patriarcat producteur de marchandises [El sexo del capitalismo -masculinidad- y -femineidad- como pilar del patriarcado productor de mercancías], Albi, Crise & Critique, 2019 (N.d.E).

[5] Ver Klaus Benesch: “Money before Lives” [El dinero antes que la vida], Telepolis, 26.3.2020

[6] Ver Florian Rötzer: “US-Justizministerium will im Notstand unbegrenzt ohne Prozess inhaftieren können” [El ministerio de justicia americano quiere la potestad de encarcelar gente sin proceso alguno y por un período ilimitado de tiempo durante el estado de urgencia sanitaria], (Telepolis, 23.3.2020.)

[7] La “Ich-AG” que se podría traducir también como “Yo-S.A.” no guarda relación con un estatuto jurídico como emprendimiento autónomo en Francia, sino que una actitud individual requerida en el mercado laboral (N.d.T.).

[8] Marc Friedrch y Matthias Weik se han hecho famosos durante los últimos años con libros tales como Sonst knallt`s `- Warum wir Wirtschaft und Politik neu denken müssen [Sino esto va a estallar – por qué debemos repensar la economía y la política] (2017) y Der größte Crash aller Zeiten [La crisis más grande de la historia]. Dirk Müller, corredor de bolsa, gestionario y fondos ey autor de libros, también se ha hecho famoso en Alemania bajo el apodo de Mr. Dax, y después de la crisis financiera del 2008, ha publicado un libro titulado Crash-Kurs [En curso hacia la crisis], en el que también destaca en tanto que teórico del complot. Estos autores parten desde hipótesis no marxistas sobre la crisis y permanecen sustancialmente en el plano socio-económico. Son invitados a los talk-shows así como miembros asociados en entrevistas populares ; por otra parte,a menudo han sido tratados como dudosos “profetas de la crisis”


Original en alemán: https://exit-online.org/textanz1.php?tabelle=aktuelles&index=3&posnr=731
Traducción al francés: http://www.palim-psao.fr/2020/04/le-coronavirus-et-l-effondrement-de-la-modernisation-par-roswitha-scholz-et-herbert-bottcher.html
Tomado de: http://www.revistarosa.cl/2020/04/27/coronavirus-y-el-colapso-de-la-modernizacion