domingo, 2 de junio de 2019

No solo arde París... Anotaciones sobre los chalecos amarillos


Los chalecos amarillos son ―por si alguien lo dudaba todavía― un movimiento proletario. Como en todo movimiento proletario, en él se expresa a la vez el proletariado realmente existente y el mundo que éste anticipa. El primero parte de la confusión actual, de nuestra debilidad como clase, de la falta de memoria que los vencedores nos expropiaron a los vencidos. Pero parte también de la defensa instintiva, inevitable, de unas necesidades que el capital debe negar para poder reproducirse. Esta defensa de sus necesidades empuja al proletariado a negar a su vez al capital y su dominio sobre nuestras vidas, y no sólo, porque en ese proceso el proletariado también se niega, se reafirma como comunidad de lucha en contra de su propia existencia aislada, ciudadana, democrática. Esta contradicción esencial al capitalismo, inherente a su propia reproducción, es lo que determina la posibilidad de la revolución. Hace de ella algo material, físico, ajeno a nuestras voluntades y conciencias individuales. Es así como el proletariado anticipa en su combate otro mundo distinto, al mismo tiempo que sigue arrastrando una parte de la mierda de éste, que se constituirá en la base de su propia derrota si no consigue superarla en el proceso.

  • Presentación
  • Lo que movimiento hace
  • Palo y zanahoria
  • Lo quel movimiento dice
  • Algunas perspectivas provisionales
Leer completo y/o descargar en formato PDF

28 de mayo de 2019
por Proletarios Internacionalistas


Guerra de Clases 09/2019: “Chalecos amarillos”

“¿Es una revuelta?”
“¡No, Sire, es una revolución!”
(duque de La Rochefoucauld-Liancourt a Luis XVI, rey de Francia, 15 de julio de 1789, después de la toma de la Bastilla)

Recientemente publicamos en nuestro blog, ya que tuvimos acceso a ellos y otros nos llegaron, algunos documentos producidos por y alrededor del movimiento “chalecos amarillos” que sacude a Francia desde hace varias semanas. Lo que sigue es una especie de introducción a todos ellos (una introducción que normalmente publicamos antes, ciertamente).

No volveremos a la historia del movimiento, a acontecimientos o expresiones particulares, ya que podemos referir a los lectores interesados en esto a diferentes sitios web y blogs que asumen muy bien esta tarea.

Lo que nos gustaría tratar aquí es la forma en que nos aproximamos a este movimiento, cómo lo analizamos, cómo evaluamos su importancia en el marco de la lucha de clases. Y no queremos ocultar que varios artículos que escupen sobre este movimiento, producidos y reproducidos por demasiados grupos de ultra-izquierda, fueron una inspiración (negativa) para esta contribución, lo que podemos llamar: “Qué NO hacer”.

Aunque somos conscientes de muchas debilidades expresadas por el movimiento y somos los primeros en criticarlas, difícilmente podemos estar de acuerdo con la metodología utilizada por esos grupos, metodología que limita el movimiento sólo a esas debilidades, que generaliza esos puntos débiles e ilusiones expresadas sólo por una parte de los “chalecos amarillos” como si fuera la naturaleza del movimiento, un análisis que capta a la clase como algo estático, sociológico, mecánico…

No vamos a repasar todos los argumentos de la ultra-izquierda contra los “chalecos amarillos”, pero al menos tenemos que mencionar los más absurdos para responder a ellos, para situar este movimiento en el lugar correcto en la lucha de clases, para ponerlo de nuevo a caminar de pies y que no ande de cabeza…

>> continuar leyendo y/o descargar revista en pdf

Tridni Valka, 2019

lunes, 15 de abril de 2019

ABAJO EL PROLETARIADO, VIVA EL COMUNISMO


Les amis du potlatch. Francia, 1979
Traducido y reproducido por Proletarios Internacionalistas para el 1° de mayo de 2019


ABAJO EL PROLETARIADO


Quienes no buscan convertirse en una potencia más entre todas las potencias de este mundo, quienes aspiran a destruir todas esas potencias, podrían resumir su programa así: «Abajo el proletariado».

Evidentemente, no en el sentido de una oposición a los proletarios en cuanto seres humanos; sino precisamente porque solo rechazando ser un proletario es que se puede pensar en ser un ser humano. Los revolucionarios no proponen la mejora de la condición proletaria. Proponen su supresión. La revolución será proletaria por quienes la realicen y antiproletaria por su contenido.

La adhesión a la servidumbre


El proletario encuentra en sí mismo el mayor obstáculo para su emancipación. Para el obrero, el verdadero desastre es su complacencia ante la realidad de su miseria, su forma de ir acomodándose encontrando consuelos para su impotencia. No obstante, la experiencia le ha enseñado que no existe ningún recurso frente al sistema que lo oprime y que no sabría cómo poder quitárselo de encima si no fuera por medio de la lucha. Pero no, prefiere desahogarse en el vacío, travistiendo su pasividad en bronca mal dirigida.

El fatalismo y la resignación reinan entre los trabajadores. Por eso se dice: «siempre habrá patrones». De hecho, siempre los ha habido; no hay mucha esperanza si se tuvo la mala suerte de haber nacido en el lado equivocado de la sociedad. Es cierto que el proletario se enoja y que, de buenas a primeras, no acepta más una situación que él juzga insoportable ¿Pero lo hace con el objetivo de preparar un plan de acción determinado? ¡Para nada! A falta de poder siquiera alcanzar a los que prosperan pasándole por encima, el proletario descarga todo su resentimiento en aquellos a los que puede encontrar en cualquier esquina: jefes de poca monta, lúmpenes, desclasados y extranjeros. Se queja de que es él quien los mantiene, eso es lo que siente. Por esas mismas razones, se embronca con su pareja e hijos si no le dan las satisfacciones que espera y también si no logran compensar, a través de un hogar impecable o por resultados escolares apropiados, su sentimiento de inferioridad social. El empleado se distanciará y diferenciará con orgullo del obrero, porque éste se ensucia las manos. Pero, en compensación, él mismo será despreciado y puesto en la categoría de parásito chupasangre. Aquel que está en el sindicato se sentirá superior al que no lo está todavía pero que conviene concientizar. En compensación, proporcionará al mundo un tema de burla bastante fácil.

Incluso cuando no está amargado, incapaz de reconocer lo que hay de bueno en la vida, así como su propia cuota de suerte, el proletario, de todas formas, sigue siendo prisionero de su modo de vida limitado. Acepta su servidumbre hasta el punto de reconocer, a determinada edad, que las cosas se mejoran progresivamente, que la juventud descontenta debería saber reconocer los “logros obtenidos”.

Hay un sentimiento, aceptado en general, por los proletarios de todos los países. No es el internacionalismo, todo lo contrario, es el sentimiento de que se estaría peor en otra parte… «Más vale aferrarse a lo que uno tiene, a su lugar, ya que “al lado”, y por el mismo trabajo…» El trabajador encuentra consuelo en la idea de haber encontrado, en medio de la infelicidad general, su madriguera, su abrigo.
El trabajador lee poco y prefiere dejar que los demás lean en su lugar. Llega al punto, incluso, de darse el lujo de despreciar a los intelectuales. Les tiene recelo porque deben saber mucho —por lo que obtienen una suerte de superioridad— o porque no tienen los pies puestos sobre la tierra. Pero es raro que se considere a los intelectuales por lo que, con frecuencia, son: cretinos diplomados y defensores del sistema. El trabajador se da por satisfecho consumiendo por las mañanas, mientras va a su trabajo, o por las noches frente a la pantalla, las mierdas periodísticas hechas para él. Exige que se pongan a su nivel.
Aceptar el sentido común realista y práctico, es remitirnos a las condiciones limitadas de existencia que producen ese sentido común y no comprender qué es lo que produce y disuelve esas mismas condiciones de existencia limitada. La teoría revolucionaria no tiene que alinearse en la experiencia de los trabajadores, sino ser su superación. Más que una manifestación de impaciencia es una fuerza de anticipación.
El trabajo sigue siendo la mejor policía. Mantiene a todo el mundo a raya, embrutece e impide el desarrollo de la razón, de los deseos, del gusto por la independencia. Esto es así porque el trabajo consume una extraordinaria cantidad de fuerza nerviosa, fuerza que es extraída de la actividad reflexiva, de los anhelos, del amor. El trabajo presenta constantemente ante los ojos del trabajador un objetivo mezquino, asegurando satisfacciones mediocres pero regulares. En consecuencia, en una sociedad donde siempre se trabaja duro se tendrá mayor seguridad: hoy en día se adora a la seguridad como divinidad suprema.

Existen todavía imbéciles que hoy día hacen la apología repugnante del yugo laboral y que ni siquiera les sale de las tripas rechazarlo. Aquel que se va moliendo la salud día tras día estará orgulloso de sus bíceps y se regocijará por no tener la necesidad de practicar deporte para conservar la forma. En algunos talleres reina una verdadera mentalidad olímpica. El salario a destajo y los bonos de motivación no son siquiera necesarios para que cada uno corra atrás de su pequeño récord. Abierto desprecio o paternalismo para aquél que no es capaz o que simplemente le importa una mierda. Sin embargo, es cada vez más difícil creer que lo que se hace sirve para algo, y la indiferencia, incluso el asco por el trabajo, van ganando terreno.

Pero aquel que deja de trabajar, con frecuencia, se las tiene que ver con su sentimiento de culpa. Enfermos o desocupados, muchos tienen miedo de no estar a la altura, vergüenza de dejarse estar. Aquel que se mide a sí mismo con la vara del trabajo cree tener que probar al mundo que no es un miserable y que tiene una utilidad social. En esto se pone el dedo en el carácter fundamentalmente miserable de la vida humana: sin el trabajo la vida ya no tiene consistencia, ya no tiene sentido ni realidad.

No es el interés por el trabajo lo que lleva al ser humano a vender su fuerza de trabajo resignándose a no hacer nada más de su tiempo, sino la necesidad de un salario. El peso de la vida cotidiana puede hacer creer que el acceso a las horas de esparcimiento después del trabajo, e incluso la desocupación, son al fin y al cabo una liberación. Basta con volverse desocupado o jubilado para constatar todo lo contrario. La jubilación o la desocupación son el trabajo humano a nivel cero.

La miseria moderna no se expresa por la falta de ocio o por la penuria en bienes de consumo, sino por la separación forzada de todas las actividades, la división del tiempo y el aislamiento de los seres humanos. Por un lado, la actividad productiva frecuentemente frenética, fraccionada —las necesidades de la producción de capital— que hace del ser humano la carcasa del tiempo, un instrumento más entre todos los instrumentos disponibles. Por otro lado, el tiempo libre, adonde se supone que el ser humano debe encontrar un sentido de pertenencia a sí mismo pero donde en realidad, domesticado por la educación y embrutecido por el trabajo, se ve amputado de todo disfrute por la obligación de pagar.

El consumo, y sobretodo los sueños, que sí pueden permitirse quedan fijados como el último de los consuelos. La obrera, la vendedora o la secretaria, fuera del tiempo consagrado a lamer vidrieras y a la lectura de fotonovelas, sacrifica toda su vitalidad en elevar su rango social por medio de visibles esfuerzos de tocador ¡La “feminidad” puede lograrse con plenitud y gozo gracias a los milagros de todas las mercancías accesibles! El deseo de ser tomada en consideración y la sumisa adhesión a las representaciones serviles que se hacen de la mujer se entremezclan para engañarla mejor sobre la realidad de su destino.

El “hogar” obrero acaricia la idea de la morada en un barrio residencial que algún día le pertenecerá y donde se encontrará, por fin, “su techo”. Pero antes que nada está el automóvil. Sueña con comprarlo, y después con cambiarlo. Es una medida de la riqueza y del saber vivir, además provee un inagotable tema de conversación. Incluso si el obrero prefiere hablar con el mozo acerca de los sinsabores que experimenta con su esposa mientras le muestra las fotos de sus hijos, es el mecánico, quien, en última instancia, va a ocupar el rol de su verdadero confidente.
«Se trata de no conceder a los proletarios ni un solo instante de ilusión o de resignación. Hay que hacer que la vergüenza se vuelva aún más vergonzosa , exponiéndola. Debemos poner a bailar juntas estas relaciones petrificadas bajo los dictados de su propia melodía. Hay que enseñarle al proletario a tener miedo de sí mismo con el fin de darle coraje.»
(Marx, Manuscritos de 1844)
El obrero desconfía de la política con frecuencia, pero muy rara vez decide elevarse a la crítica de la política y de los políticos. Inflado en su orgullo por la importancia momentánea que la política le confiere y excitado por el cariz deportivo que toma el asunto, no rechaza hacer la cola y depositar su voto. Basta con que el viento de “la unión nacional” comience a soplar para que todas sus ilusiones, aparentemente extinguidas, se reaviven. Poco importa que la izquierda haya regularmente traicionado las esperanzas que las masas depositaban en ella, que los socialdemócratas las hayan enviado a la guerra, que haya participado de las peores maquinaciones burguesas, o apoyado la represión colonial. En cuanto a los pretendidos comunistas, desde el momento que llegan al poder, no hacen más que desatender y abandonar la defensa de los intereses obreros: apelan a arremangarse  y no dudan en reprimir físicamente al proletariado, como en Kronstadt, Barcelona, Budapest… ¿Pero qué sabe el obrero sobre la historia de las luchas proletarias? Sobre la Comuna de París, sobre la revolución rusa, sobre las huelgas bajo el régimen del Frente Popular apenas conoce las caricaturas y los cuentos de hadas que el aparato político y los maestros de izquierda tramaron y compusieron para su propio uso.

Si adhiere a un partido estalinista, el “trabajador” denunciará la ganancia desmedida de los monopolios y las especulaciones descaradas de los promotores inmobiliarios. Pero nunca entiende el verdadero papel social del patrón y la ganancia del capital. No verá más que robos, parasitismo, abusos de las “doscientas familias”, pero para nada, las funciones económicas que se deben liquidar socavando sus bases: el capital y el trabajo asalariado. Desde el momento en que exista un país modelo y socialista, Suecia o Cuba dependiendo de los gustos, las fastuosidades, las oficinas suntuosas, las dachas al servicio del pueblo enseguida le parecerán más honestas. No importa cuál burócrata grasiento sea un “dirigente obrero”, ese modo de vida se convertirá en una cuestión de dignidad obrera. En los países donde el proletariado ejerce su dictadura ¿cuál no será la satisfacción del obrero, por la mañana en la fábrica cuando levanta su gorra delante del capataz, sabiendo que de hecho es propietario de su empresa, y, en última instancia, el superior de sus superiores?

El enemigo del proletariado no es tanto el poder de los capitalistas o de los burócratas como la propia dictadura de las leyes de la economía sobre las necesidades, las actividades y la vida de los seres humanos. La contrarrevolución moderna se centra en la defensa de la condición proletaria y no tanto en el mantenimiento de los privilegios burgueses. Con la ayuda de sus representantes políticos y sindicales, y en nombre del proletariado, se intenta salvar a la sociedad capitalista.
«Pero para los proletarios que se dejan entretener
con ridículos paseos por las calles,
con plantaciones de árboles de la libertad,
con resonantes frases de abogados,
habrá, de primero agua bendita, luego injurias,
y finalmente metralletas, la miseria siempre.»
(A. Blanqui)

El diseño de la servidumbre


Protestar y reivindicar también son parte del rol del obrero y de su impotencia. Impotencia, desconexión de la realidad y falta de perspectiva a los que su trabajo lo condiciona. Pasivo y aislado, acepta entregarse a los aparatos burocráticos con la esperanza de encontrar la conexión de la que carece.

El trabajador, cuando reivindica algo en el seno de esas “organizaciones responsables”, está reafirmando el fundamento de su propia miseria ¿Qué reclama? ¿Pan? ¿Espacio? ¿Máquinas que hagan el trabajo? ¿Los medios necesarios para gozar de su vida, encontrarse con amigos, actuar y producir para ellos y con ellos? No. Lo que reclama tozudamente es la garantía de poder trabajar, de dejarse explotar en los trabajos forzados del sistema asalariado y, en compensación, una disminución de la edad jubilatoria, para que los jóvenes puedan también hacer uso de su derecho al trabajo mientras los viejos pueden ir preparando tranquilos su entierro. Reclama que el obrero llegue a tener que venderse para obtener con lo que subsistir, obligado y constreñido por el entorno económico; o sea, que una vez en el trabajo, tenga que hacer todo lo que está a su alcance para no dejarse arruinar la salud, que tenga que pelear constantemente persiguiendo actividades que le sean más provechosas y para reducir el tiempo durante el cual es explotado, evidentemente. Estas actitudes, que de hecho tienen que tener en cuenta el medio capitalista, no tienen nada que ver con el derecho al trabajo y el derecho a la jubilación.

Las reformas no son conquistas del proletariado sino mejoras, un rediseño ¿reajuste? que el sistema se ve en la necesidad de ejecutar para asegurar su supervivencia y progresión en el tiempo. Generalmente, lo que hace —a veces sometido a la presión de las masas— no es más que liquidar sus anacronismos. El reformismo obrero solo cubre las necesidades de desarrollo del capital, en particular aquella de tener que tratar relativamente bien a la fuerza de trabajo para poder explotarla con mayor saña.
La crisis, con los conflictos que trae aparejados, constituye un momento de esperanza para arribistas y burócratas, que intentan, entonces, hacerse de los mejores puestos que la acción del proletariado deja libres. Esto podemos constatarlo en la revolución rusa donde el partido bolchevique hizo recular, algunas veces militarmente, a las fuerzas vivas de la revolución hasta restaurar el orden capitalista y la disciplina en las fábricas; así como en las revoluciones alemana (1918/1923), española (1936/1937)…

Aquellos que encuentran en la impotencia y la atomización de los proletarios los cimientos de su poder de negociadores de la fuerza de trabajo son los mejores defensores de la sociedad de explotación. Su programa es la gestión de la condición proletaria. Bien pueden gritar a los cuatro vientos “¡Viva el proletariado!” ya que, precisamente ¡viven del proletariado! Y si estos herederos del fracaso de las insurrecciones proletarias pueden darse a publicidad sin vergüenza es porque han prosperado gracias a haber sepultado a aquellas.

Los obreros ocupaban las fábricas «pero la fábrica ocupaba a los obreros, 
quienes, de este modo, no eran arrojados a la calle para terminar 
arropados por esos cortejos que derivaban, a veces, 
en incidentes violentos y sangrientos.» (L. Blum)

Una gran ilusión, la autogestión


El capital ha mercantilizado todas las relaciones sociales. Pero este mismo movimiento ha tornado frágiles los mecanismos de regulación del sistema e inestables los equilibrios sobre los que descansa la acumulación, sean éstos monetarios, sociales, demográficos o ecológicos. La crisis de 1929 llegó luego del aplastamiento del proletariado (fracaso del período revolucionario de la década del 20), sin embargo, la que hoy vivimos llega en una época en la cual el proletariado redescubre su fuerza. Un enfrentamiento decisivo se prepara.

El sistema capitalista vive del proletariado como ninguna otra sociedad de clase lo hizo con sus esclavos. La clase fundamental del capitalismo es el proletariado y no la burguesía. En tanto haya proletariado, habrá capitalismo y, de hecho, el carácter revolucionario del capitalismo es extender el proletariado, es decir la expansión de la clase que es la disolución de todas las clases, la clase que solo puede reconquistar su humanidad y apropiarse de su mundo, disolviendo su propia esencia y destruyendo el capital. El proletariado es empujado a la acción especialmente porque, con la crisis, el movimiento obrero se vuelve incapaz de seguir reformando el trabajo asalariado. En relación con sus ancestros y con quienes viven en la miseria en el tercer mundo, los explotados de los países desarrollados son relativamente mimados. Sin embargo, la transformación revolucionaria que vendrá dependerá de ellos, porque la distancia entre lo que es y lo que podría ser posible es mayor que nunca. Esta distancia, tengan o no los proletarios alguna consciencia de ella, es de todas formas una contradicción que los incita y los incitará cada vez más a actuar para salir de tal situación.

A falta de poder ofrecer a los desposeídos una ideología burguesa, propietaria, moral o religiosa, se les presenta una ideología proletaria: el socialismo, la autogestión. La generalización del trabajo asalariado ha destruido los viejos valores de la propiedad y obliga al capital a priorizar el acceso a responsabilidades, el enriquecimiento de tareas, la democratización del poder en la empresa, la participación. Sobretodo cuando las dificultades económicas hacen más dolorosas las compensaciones a los trabajadores en dinero constante y sonante.

El problema de la gestión solo puede ser central en un universo parcializado, fraccionado y atomizado, donde los seres humanos se ven impotentes frente a la necesidad económica. Los autogestionistas y otros apóstoles del control obrero buscan atar a los trabajadores a “su” empresa. Concretamente, esto se traduce en la acción de comités examinando las cuentas, dentro de cada empresa, controlando al patrón o a la dirección, vigilando la producción y las actividades comerciales todo a la vez. Con esto se da por supuesta una suerte de economía eterna cuyas leyes serían más o menos idénticas tanto en el capitalismo como en el comunismo: los trabajadores tendrían entonces que aprender las reglas de la administración y del comercio. La lógica de la mercancía se impone, lo determina todo: qué se fabricará, cómo, etc… Pero para el proletariado el problema no es reivindicar la “concepción” de lo que hoy solamente se encargaría de “fabricar”.

En el mejor de los casos la solución sería sinónimo de autogestión del capital. El ejemplo de Lip es elocuente: hasta las tareas del patrón se convirtieron en tareas de los obreros. Además del proceso material, se encargaron de la comercialización. Justamente los problemas que puede traer la “gestión”, en una sociedad no mercantil, no tienen nada en común con ello. Pretender que los trabajadores puedan aprender algo gracias al control obrero es un absurdo: el mismo solo puede enseñarle gestión capitalista, sean las que sean las intenciones de quienes lo hacen.

Promocionada por los ideólogos de la nueva ola, la autogestión se engalana con el atractivo de la utopía. Pero que triste utopía es que la confusión de un capitalismo sin capitalista se sume al ridículo de trabajadores entusiasmándose mañana por lo que hoy les es indiferente: el trabajo asalariado… De cara a futuros desbordes, la izquierda democrática ve en la autogestión un discurso que la fortifica, que le permite aparecer más acabada para reabsorber un movimiento que se anuncia amenazante.


VIVA EL COMUNISMO


Las escaramuzas de la guerra social de los últimos diez años hacen crecer la amenaza que pesa sobre la miseria del trabajo asalariado. La crisis se seguirá agravando, lo que excluye una solución pacífica.

De momento las fuerzas del viejo mundo están forzadas a mantener la ofensiva. Pero las cartas aún no están echadas.

Rechacemos el juego del enemigo, que consiste en reformar para conservar el mundo de la economía.

Reconocernos en nuestro terreno: poniendo en primer plano la posibilidad del comunismo, a lo que contribuye la teoría de la revolución comunista. Démonos entonces las armas para la conflagración que se viene.

El comunismo balbuceante


Lo que la prensa y la televisión presentan como “lucha de clases”, el combate de los trabajadores, suele ser en realidad un espectáculo político–sindical prefabricado. La fuerza real de la clase trabajadora y el temor que puede inspirar se expresan de forma más eficaz y más subterránea. Las actitudes de indocilidad y de rechazo al trabajo inciden más, incluso en el nivel de los salarios, que los desfiles rituales del Primero de Mayo. Existe una complicidad entre los diferentes poderes que se reparten la sociedad para disimular la guerra social que los amenaza.

Los trabajadores, a raíz de su situación, gracias a las enormes masas de capital que están encargados de accionar, por el nivel de integración de todos los actos productivos y económicos, disponen de formidables métodos de acción y de presión. Métodos incomparablemente más poderosos a los que tenían los oprimidos de otras épocas, y, sin embargo, carecen frecuentemente de la conciencia de esta fuerza. No se trata de un poder abstracto que poseería la clase trabajadora en su conjunto, sino de los medios que detentan concretamente, incluso grupos restringidos en virtud de su situación de clase. Por la huelga, por el sabotaje, por desobediencias de toda índole, los trabajadores pueden amenazar la valorización del capital. Pueden llegar a bloquear la producción de tal bien o tal servicio de carácter indispensables, pueden hacer que dejen de funcionar grandes conjuntos, pueden desviar la producción para su propio uso y cuenta.

Esta potencia puede ser utilizada a un nivel mucho más elevado todavía para evitarle disgustos a otros. Una huelga de transportes hace perder días de trabajo. ¡Qué se jodan los fanáticos del trabajo! Existen varios medios de presión para lograr que estas jornadas de todos modos sean pagadas. Algunas huelgas de transporte se han concretado cesando todo control de pago e imponiendo la gratuidad. ¿Cuál sería el efecto social de la distribución gratuita de ciertos productos, de carteros que no obliterarían más la correspondencia, de cajeras que pararían el trabajo permitiendo a los clientes irse sin pagar, de empleados que destruirían los papeles importantes? Posibilidades de acción extraordinarias existen prácticamente por todas partes. Lo que falta es la audacia, el acuerdo, el verdadero gusto por la eficacia y el juego. Es significativo que los disturbios de nuestro tiempo sea en Estados Unidos, Polonia, Londres o El Cairo, desemboquen regularmente en asaltos a comercios y saqueos en tiendas y supermercados. Bastó un corte de luz en Nueva York, en Julio de 1977, para que respetables padres de familia participen del saqueo codo a codo con los “delincuentes”.

Defender bajo cualquier circunstancia el instrumento de trabajo, como hacen los sindicalistas, o avisar antes de realizar una huelga, o realizar huelgas de advertencia, o proteger la propiedad patronal o estatal, es ceder ante el fetichismo del capital y ser su prisionero; es no usar positivamente lo que el mismo capital concentró en manos de los proletarios. Los trabajadores para los que el instrumento de trabajo deje de ser una cosa sagrada que no hay que desviar de ningún modo de su función primera —aquellos que no acepten más sacrificar su vida a los fetiches— sabrán, llegado el momento, utilizar de la mejor manera los instrumentos que el capital les legó. Sabrán poner en marcha todo lo que sea necesario para asegurar las tareas revolucionarias: vestirse, alimentarse, asociarse, armarse… vivir.

«Los precios han aumentado mucho, 
y ahora, no habra más precios. Cuando
acabemos, Broadway no va a existir más.» 
Un joven de Buswick (Time, 25 de julio de 1977)
En el trabajo por y para su propio uso y cuenta, cuando los obreros utilizan las máquinas para sus propios fines, se están dotando de una actividad que escapa al trabajo asalariado. La orden de “hay que hacer esto” es reemplazada por una pregunta: “¿Qué es posible hacer?” Este trabajo, si bien es un fin en sí mismo, no carece por ello de objetivos. Las posibilidades en este sentido no son ilimitadas, pero el obrero que se entrega al trabajo por su cuenta hace funcionar la cabeza y se informa. Pasa revista al material que tiene a su alrededor, examina las posibilidades no utilizadas más allá de las que le ofrece su única máquina: las de las pequeñas máquinas auxiliares, las de la máquina para cizallar placas que está en el rincón del taller, las de la piedra de amolar, todos útiles que están a su disposición; y decide. Este trabajo por y para su cuenta, humilde, ejecutado en secreto, es el germen de un trabajo libre y creativo: es el secreto de esta pasión.

Cuando los trabajadores la emprenden contra el capital sus acciones no constituyen simplemente un medio, son, además, el esbozo de otra cosa, de un mundo donde la actividad humana no estaría más encadenada sino liberada, nunca más sometida a la producción de riquezas sino enriquecida, siendo la expresión misma de la riqueza humana. Durante la lucha, el trabajador se convierte en amo de sí mismo y retoma el control de sus propios gestos. El carácter sagrado del instrumento de trabajo, el costado serio y opresor de la realidad de la fábrica se derrumban. Con el sabotaje, y en forma más general con todo lo que ataca directamente a la organización del trabajo, la alegría reaparece.

En la iniciativa que resurge, en los lazos que se tejen, los racismos de toda índole se borran, en la gratuidad de los gestos y sentimientos es la comunidad humana que renace. Los proletarios en revuelta producen un uso infinitamente más rico de sus vidas, se vuelven fugitivamente amos del tiempo y el espacio. La afirmación de su propia vida humana y no más la de la vida del capital es inmediatamente comunista.

La aspiración al comunismo


La necesidad de la comunidad humana es el verdadero corazón del comunismo. Las descripciones de los utopistas [del siglo XIX] manifestaban ya entonces la necesidad histórica del comunismo, y hacían de ella una exigencia inmediata, en conformidad con su profunda naturaleza. Pero el comunismo no fue inventado por pensadores. Se trata de la vieja necesidad de abundancia y comunidad, presente tanto en las revueltas de los esclavos de la antigüedad como en las de los campesinos de la Edad Media.

El capitalismo intenta hacer desaparecer todo trazo de comunismo de la vida de los seres humanos. Pero aún la actividad más integrada y servil se nutre de participación, de creación, de comunicación, de iniciativa, incluso si estas facultades no pueden desarrollarse plenamente. La necesidad de un salario no es suficiente a la hora de hacer funcionar al trabajador. Hace falta que ponga de lo suyo.

El comunismo no es una forma de organización social fija. No se lo construye como pretenden aquellos que levantan castillos en el aire. El comunismo surge sin cesar en el seno de la actividad humana, aún cuando solo puede desarrollarse en ciertos momentos. La actividad humana, cuanto más se alza ante el capital, más tiende a esbozar el comunismo. Cuando los seres humanos recomienzan a tener experiencias para comunicarse, cosas para decirse y hacer, la conciencia deja de ser el reflejo pasivo de representaciones y situaciones congeladas. Cuanto más se profundiza la lucha, quienes la emprenden se ven más limpios de los prejuicios y mezquindades que los habitaban. Su conciencia se desanuda y arrojan una mirada nueva y asombrada sobre la realidad y la existencia que llevan. Los proletarios no pueden reconquistar por pedazos los medios de producción, una actividad totalmente parcializada; deben asociarse y poner en común todo. Pero más allá del movimiento de apropiación y puesta en común una nueva actividad se desarrolla, nuevas relaciones nacen, pasiones antes enterradas se despiertan, la relación de dominación de los objetos sobre los seres humanos se invierten.

El sistema capitalista se funda sobre la oposición producción/consumo ¿La existencia del proletario no es, acaso, también doble? Ahogado, cronometrado, solicitado, cuando rasca y produce; adulado y lúdico cuando consume. Con el comunismo lo que importa no es tanto la máxima reducción del tiempo de trabajo sino desenmascarar el carácter falso de la oposición trabajo/ocio. Sociedades primitivas empleaban la misma palabra para referirse al trabajo y al juego. Desde ahora podemos concebir la caza, la recolección, la jardinería como algo más que trabajo, aún siendo que de todas formas constituyen actividades productivas. Lo mismo sucede con las actividades ligadas a la industria, sin embargo el frío metal del maquinismo pesa tanto en nuestra imaginación que estas actividades solo pueden convertirse en actividades placenteras mediante la emancipación del conjunto de la humanidad.

A través de incesantes innovaciones tecnológicas, por la racionalización del uso de la fuerza de trabajo, el capitalismo ha multiplicado la eficiencia productiva. La reducción del tiempo de trabajo: la estandarización de las piezas, el carácter intercambiable de las tareas… es lo que hace marchar a la humanidad. Algunos comentan que el progreso conlleva una mejor calificación del trabajo. Basta citar el aumento del número de ingenieros durante todo el siglo XX. Pero olvidan precisar que en los Estados Unidos el número de conserjes se incrementó a la par durante el mismo tiempo… Esta carrera por la productividad, de hecho, lo que hizo fue profundizar y extender la degradación y la desvalorización del trabajo.

Las realizaciones científicas y técnicas muestran que la penuria nace de la abundancia misma. Al tiempo que la congestión automovilística se alza contra el automóvil, el consumo farmacéutico contra la salud, la destrucción de la naturaleza contra su humanización, la obsolescencia de la mercancía, en tanto mercancía, está contenida en su uso ¿Y para qué desplazarse cuando, dentro del sistema de los objetos, no hay nadie con quien reencontrarse. El consumo, a pesar de todas la falsas promesas de la publicidad, no es en absoluto un remedio contra la miseria. La colonización mercantil y dineraria de toda la vida social sabotearon los valores tradicionales y el respeto de las instituciones. La más íntima de las miserias es la confeccionada por el capital. Pero este movimiento de destrucción es al mismo tiempo liberación y multiplicación de los deseos.

El comunismo solo es posible porque el capitalismo barrió con toda humanidad. El comunismo no es la defensa de los proletarios, sino la abolición de la condición proletaria. No lleva al poder a los trabajadores, ni nivela a toda la población bajo un mismo ingreso. El comunismo acaba con la esclavitud asalariada, con el productivismo, con la oposición trabajo/ocio. Permite la reunificación de la actividad humana sobre la base de todos los logros técnicos y humanos disponibles. El obrero deja de estar encadenado a la fábrica, el ejecutivo no está más pegado a su maletín. La necesidad de acción ya no está sometida a la necesidad de dinero.

Abolición del trabajo y del intercambio


La comunidad humana y el ocaso de la empresa como unidad de la vida productiva provocan el fin del intercambio. Suprimir el dinero que sirve para el intercambio no significa volver a la forma primitiva del intercambio que supone el trueque. Los objetos no circulan en una dirección compensada por la circulación de otros objetos en la dirección contraria. Los objetos son repartidos directamente en función de las necesidades, concebidos y producidos para desarrollar las posibilidades de las actividades más productivas en su sentido social.

Evidentemente, para los banqueros y para algunos ideólogos no podremos prescindir nunca del dinero; el dinero es al cuerpo social lo que la sangre es al cuerpo humano. No obstante, no hay que remontarse mucho al pasado para encontrar una época donde la inmensa mayoría de una humanidad campesina producía esencialmente para satisfacer las necesidades familiares y casi no practicaba el intercambio monetario. Hoy día, la obligación de vender su fuerza de trabajo no resulta de una fuerza directa y personal sino económica y anónima. A través de la necesidad de dinero parecería que fuera la dictadura de sus propias necesidades la que impone al trabajador el tener que entregarse al sacrificio del trabajo, como si fuera un hecho natural.

La separación entre las personas es tan profunda que el dinero, este ligamento social abstracto, aparece como la única mercancía verdaderamente comunitaria, pasando de mano en mano indiferente e inodora. La humanidad solo podrá prescindir del dinero, de esta relación abstracta e impersonal, en la medida en que se una concretamente en una asociación comunista.

Actualmente, se mide el aporte personal en función, solamente, de una retribución personal; con la asociación, la noción misma de contrapartida desaparece, ya que la satisfacción es la de enriquecer el desarrollo de la humanidad.

El comunismo no es simplemente la generalización de la gratuidad, el mundo tal como está pero sin el dinero, o un gigantesco autoservicio. No suprime ni las elecciones dolorosas ni los esfuerzos. Su instauración no podrá hacerse sin dificultades, y creerla fácil es tan quimérico como pretenderla imposible. A través de todas las épocas, la persistencia de la lucha de clases y de las sublevaciones proletarias muestran su necesidad. Y no es tanto la fuerza de los amos sino la inmensidad de la tarea lo que las ha hecho fracasar. Hace falta realizar un salto enorme y solo este salto asegura la victoria de la clase proletaria, al tiempo que significa su negación.

Proveer gratuitamente los bienes necesarios a la satisfacción de las necesidades esenciales, he aquí lo que hoy permitirían las técnicas que en realidad sostienen la invasión de la mercancía a todos los aspectos de la vida. Poner a disposición de cada uno los alimentos, la vestimenta, el techo, los medios de transporte y toda una serie de productos elaborados es inmediatamente posible para los países industrializados y podría ser extendido rápidamente al resto del planeta. Es más, si el fin de la mercancía supone una gigantesca transformación del contenido de la producción y del uso de los bienes, acarrea con ella el fin de la separación lujo/necesidad.

Si el empleo del automatismo está actualmente limitado a algunas industrias (acero, petroquímica, etc…), la comunización conllevará a una utilización más extendida de los automatismos que son, sino bastante simples en sus principios, al menos fácilmente aplicables a numerosas actividades. La maquinaria moderna (ver el manejo electrónico) no solo permite aumentar la productividad limitando la intervención humana, sino que también permite generalizar el acceso a las máquinas–instrumentos. Fabricar masivamente, de la forma más automatizada posible, bienes utilitarios y estandarizados no impide la puesta en circulación de materiales, instrumentos y máquinas para transformarlos. Hay que acabar con el reino de lo predigerido, para que cada uno pueda activarse según sus gustos, la necesidad de la cantidad no oponiéndose más a la exigencia de la calidad. De esta manera, la especialización a ultranza cede su lugar a la versatilidad. Se es a a la vez obrero, campesino, artista y científico; de hecho, se es algo mucho más allá de todas estas categorías estrechas y primitivas. La producción no excluye más la experimentación, la extensión de los contactos humanos y las “pérdidas de tiempo”. Y el aprendizaje sale de los guetos escolares y universitarios para fundirse con el propio movimiento de la actividad productiva.

El individuo de la vida burguesa no es una persona.
Es una casa de comercio, una caja registradora ambulante.
Solo nos sentiremos libres y felices cuando no tengamos que vender
nuestra vida y rendir cuentas a cada instante.
En el universo de la mercancía la persona es una intrusa.
Sin cesar controlada, sospechada, estafada, asistida.
Reinan la desconfianza, la mentira, la competencia, la mezquindad.
Atmósfera mórbida y artificialmente coloreada donde falta el aire de la vida.

Hacia la insurrección


La comunización pasa por el renacimiento de los consejos revolucionarios que las insurrecciones proletarias de este siglo (XX) hicieron aparecer en estado embrionario. Si se desarrollan consejos en los barrios, en las unidades de producción, este modo de asociación, que emana directamente de las masas actuando, regulará la organización práctica y el control de las tareas necesarias, y de esta forma deberá cortocircuitar los órganos de representación política.

Los consejos del pasado, pese a sus defectos y timidez, mostraron la capacidad de los trabajadores a la hora de ocuparse de sus asuntos. Las mejores manifestaciones de estos consejos se vieron cuando debieron responder rápida, clara y duramente a sus enemigos. Se forjaron directamente como la organización de la lucha. Sin embargo, muchas veces, se consumieron en la inacción y la administración. Vimos entonces construirse magníficas organizaciones, pero en el vacío, por fuera de los imperativos de las luchas y las tareas a realizar. Estos órganos no son ni la receta milagrosa ni el objetivo de la revolución. El comunismo no es el reemplazo del poder de la burguesía por el poder de los consejos, de la gestión capitalista por la gestión obrera. El riesgo para los consejos es el de volverse un pretexto para continuar encadenando a los trabajadores a la empresa, en lugar de ser la palanca que haga estallar la compartimentación de la vida social, el medio para asociarse y comunizar.

Tomar decisiones supone divergencias. El comunismo no significa el fin de toda oposición, bien por el contrario, las torna fecundas cambiando su contenido. Los conflictos no provienen más de intereses personales a preservar, sino de las soluciones que cada uno propone para satisfacer el interés común. Son estas mismas divergencias que permitirán comparar las posibilidades de las actividades impulsadas por los consejos, sin recaer por ello en los debates al estilo parlamentario. 
«Cuando los obreros comunistas se reúnen,
su intención apunta primero a la teoría,
a la propaganda, etc… Pero al mismo tiempo
se apropian por este medio de una nueva necesidad,
la necesidad de la sociedad entera, y lo que parece
no haber sido más que un medio se convierte en un fin.
De este movimiento práctico, podemos observar
los más brillantes resultados cuando vemos juntarse
a los obreros socialistas franceses. Fumar, beber,
comer, etc… no son más simples ocasiones
para reunirse, medios para la unión sino que
el compañerismo, la asociación, la conversación
que apunta a revolucionar el conjunto de la sociedad los colma…»
(Marx)
El objetivo de la revolución comunista no es el de fundar un sistema de autoridad democrático o dictatorial, sino una actividad diferente. El problema del poder aparece cuando los seres humanos pierden el poder de transformarse a ellos mismos y a su entorno, cuando son obligados a actuar por objetivos distintos a los contenidos en su actividad.

La revolución comunista no busca el poder, pero necesita poder realizar sus medidas. Resuelve esta interrogante porque ataca su causa: es la apropiación de todas las condiciones materiales de la vida. Es mediante el rompimiento de los lazos de dependencia y aislamiento que la revolución podrá destruir el Estado y la política. Esta destrucción no es automática. No va a desaparecer poco a poco, en la medida que crezca la esfera de las actividades no mercantiles y no salariales. O más bien, esta esfera sería muy frágil si dejara subsistir a su lado al Estado, como quieren los izquierdistas y los ecologistas. Una de las tareas de los revolucionarios es la de poner en marcha las medidas que tenderán a dislocar la fuerza del Estado creando una situación irreversible. Por ejemplo, destruir todos los ficheros de estado civil y otros fichajes de la población diseñados por diversas administraciones, atacando a la vez a las funciones económicas y represivas del Estado. Los procedimientos de centralización por computadora y microfilm hacen que la maquinaria del estado sea, finalmente, más vulnerable.

El comunismo es el desafío y el arma de la insurrección. La victoria del proletariado depende de su capacidad para revolucionar la economía y su condición. En la guerra social la relación militar de fuerzas, en el origen, no es decisiva para eso. La revolución debe privar a las fuerzas armadas estatales de algo que defender, socavar su base material. De esta forma, quebrar el acuartelamiento de los soldados por manifestaciones de confraternización puede revelarse, en ocasiones, como mucho más eficaz que unos cuantos ataques desordenados.

Disponiendo de un poderío destructor peor que nunca, las fuerzas armadas ven, sin embargo, como sus valores tradicionales se descomponen ya que se vuelven extraños al mundo moderno. Por la naturaleza de sus armas y de su aparato técnico, las fuerzas armadas dependen más que nunca de la base económica. Si los productores, de forma coherente y determinada, utilizan su verdadera fuerza, entonces tendrán con que matar de hambre, descorazonar, dividir, paralizar, atraer y aplastar a sus adversarios. Si los productores no sacan ventaja rápidamente de su posición, del desconcierto inicial del enemigo, para atacar el capital allí dónde es más vulnerable, entonces serán ellos los que se convertirán en blanco fácil para la contrarrevolución, primero ideológica y política, y luego militar.

La violencia revolucionaria es una relación social que desconcierta a los seres, que hace de las personas sujetos de su propia historia. Pero los insurgentes se deslizarían hacia el terreno enemigo si se libraran a un enfrentamiento aparato contra aparato, si buscasen estabilizar una correlación de fuerzas preservando las “conquistas” obtenidas. La insurrección, de esta manera, degeneraría rápidamente en guerra civil, deslizamiento fatal que no haría más que reproducir la causa de todos los fracasos del pasado revolucionario (comunalistas – versalleses, anarquistas – franquistas…) De cara a un adversario plegado a la concepción militarista del enfrentamiento, los insurgentes tienen como cualidades la flexibilidad y la movilidad. Sin temer a poner en juego las pasiones, la imaginación, la audacia, la insurrección debe sin cesar fundarse sobre su propia dinámica: la comunización.

Muchos saben de manera confusa que vivimos el fin de un mundo, incluso si no saben a ciencia cierta lo que devendrá; el movimiento no ha tenido aún la fuerza para hacer visible su contenido y plantear sus perspectivas. Quienes soportan cada vez menos la barbarie capitalista deben descubrir a lo que aspiran: el mundo contenido dentro de su revuelta, el comunismo.

Proletarios, un esfuerzo más para dejar de serlo…


---------------------------------------------------------------------------------------------------

Originalmente este panfleto fue difundido como folleto que abriéndolo por un lado tenía el título ABAJO EL PROLETARIADO y tomándolo por el otro el de VIVA EL COMUNISMO, quedando desplegado tal como aparece en la siguiente imagen:


Descargar por partes en formato A4:

En infokiosques se encuentra una reedición anterior en francés.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Agitación en los Puertos de $hile


por CdL / diciembre 2018

Traducción al inglés por Ediciones Inéditos


Más de un mes de huelga llevan lxs trabajadorxs portuarixs en Valparaíso, en conflicto directo con la empresa TPS, por exigencias en materia de turnos, seguridad laboral y mejoras salariales. Ante la negativa patronal a responder los petitorios, los medios de lucha se han radicalizado y la represión estatal se ha hecho cada vez más dura, llegando al violento desalojo del Sindicato de estibadores de la ciudad.

Históricamente, los puertos chilenos han visto desarrollarse un fuerte movimiento obrero, que a menudo ha desbordado las formas de lucha sindicales para combatir a la patronal. Su posición clave en la economía capitalista, en el corazón del flujo de grandes volúmenes de mercancías entre $hile y el resto del mundo, les hace ser vistos con temor por el empresariado local, especialmente por aquel que controla los puertos, por lo que el Estado (que es siempre el Estado de la clase dominante) a través de su policía se apura en reprimir y aislar todo conflicto en este sector. Por otra parte, el mismo factor hace también de estos hermanxs de clase un blanco para las maniobras políticas de quienes, con un discurso izquierdista, y concibiendo al socialismo como una forma alternativa de gestión capitalista, juzgan la importancia de ciertos sectores del proletariado no por su negatividad radical entre sus propias vidas y la producción de valor, sino por el rol que juegan dentro de la economía capitalista.

Pero serán las mismas necesidades de la lucha por afirmar los genuinos intereses de nuestra clase las que harán frente a la represión y a la manipulación: la tenacidad en el combate de lxs portuarixs en Valparaíso y la rabia frente a la represión desatada, despierta la solidaridad activa en todos los puertos del país, que se rodean de barricadas y ven proliferar ataques a la policía.

En cada conflicto abierto entre los intereses inmediatos del proletariado y las necesidades de acumulación de la clase capitalista, se expresa nuestra potencialidad revolucionaria. La lucha trae a la superficie la negación profunda y radical de todo este sistema de muerte. Así, a partir de un petitorio considerado “local”, la extensión de la solidaridad proletaria y del enfrentamiento directo con la represión estatal abre grietas por las que se afirma la autonomía de nuestra clase y la necesidad de combatir ya no por mejoras particulares, que solo extienden nuestra agonía en la sociedad del capital, sino por una nueva comunidad humana sin explotación ni dominación de ningún tipo. Para esto, el movimiento debe ser eficaz tanto en combatir a la represión del Estado, sin miramientos ni respeto por la legalidad burguesa, así como en evitar la manipulación por parte de diversas fracciones políticas que no son más que agentes del Capital presentadas como “defensoras de los derechos de los trabajadores”.

El mismo movimiento debe sacudirse también de todo ropaje reaccionario, del discurso nacionalista, de la identidad obrerista, y de la tentación de personificar en los rostros más detestables  la responsabilidad exclusiva de lo que es la imposición de toda una relación social. No es posible que si los empresarios acusan a estas movilizaciones de dañar la economía nacional, la defensa oficial se plantee en el mismo lenguaje de nuestros amos, tratando de convencerlos de que “en realidad sí queremos a nuestra patria y estas luchas afirman la economía” o de reclamar un “empresariado consciente”. ¡A no caer en estas trampas! No tenemos ningún interés en servir a ningún país. Todas las fronteras fueron gestadas para mayor beneficio de sus clases dominantes. Y es precisamente contra la Economía misma, que subordina toda nuestra existencia como proletarixs a su perpetuación, que nuestras luchas deben alzarse.

¡SOLIDARIDAD CON LOS PROLETARIXS QUE INCENDIAN LOS PUERTOS AFIRMANDO SUS NECESIDADES HUMANAS!
¡A DESARROLLAR Y AFIRMAR LA AUTONOMÍA DE CLASE CONTRA TODOS LOS AGENTES DEL CAPITAL!
¡LAS LUCHAS PROLETARIAS DE HOY SON LA PRE-FIGURACIÓN DE LAS LUCHAS DEL MAÑANA!
 ----------------------------------------------

Algunas notas de la prensa:

https://www.dw.com/es/el-gobierno-chileno-alcanza-un-preacuerdo-con-los-estibadores/a-46797350

https://es.euronews.com/2018/12/19/principio-de-acuerdo-para-poner-fin-a-la-huelga-de-estibadores-en-chile

https://www.eldiario.es/politica/Estibadores-chilenos-rechazan-disturbios-Valparaiso_0_847966288.html

https://www.elciudadano.cl/justicia/estibadores-en-chile-o-como-la-economia-del-pais-se-sustenta-en-trabajadores-eventuales/07/13/ (nota vieja sobre la cuestión portuaria en dicha región)

martes, 18 de diciembre de 2018

[Francia] REFLEXIONES PROVISIONALES SOBRE LOS CHALECOS AMARILLOS

Original en francés: Réflexions provisoires sur les Gilets Jaunes
15 décembre 2018
traducido por Federico Corriente

El siguiente texto es el resultado de las reflexiones de compañeros que viven en Francia, Suiza y Alemania, y tiene por objetivo presentar la situación actual en Francia a un público alemán (bien que mal, traduce quien quiere). Compartimos sus conclusiones, con unas pocas reservas, especialmente con respecto al uso de la investigación de Le Monde, cuyo método nos parece insatisfactorio, pues sesga la representación de los componentes sociales del movimiento, y sobre todo su politización (en particular en cuanto a la presencia de la extrema derecha).


1. El «pueblo» y el precio del litro
Fue la gota que colma el vaso. Un aumento de los impuestos sobre el combustible hizo estallar la ira de aquellos y aquellas que sufren plenamente el desmantelamiento del Estado de bienestar. Pero, ¿por qué la gota fue el aumento de los impuestos del combustible, y no la quiebra del código de trabajo emprendida por la ley El Khomri e intensificada por las ordenanzas de Macron, o incluso la privatización de los ferrocarriles? Porque un depósito vacío equivale a un arresto domiciliario. Para los individuos relegados a las periferias del espacio social, a sus márgenes suburbanos y rurales, el automóvil es la última garantía residual de socialización. Permite «salir» de la zona. En tales condiciones, no es raro que el automóvil sea percibido como un factor central de socialización.

Ponerse un chaleco amarillo supone salir de una invisibilidad padecida hasta ahora, primero en las encrucijadas y en los peajes, para rehacer un vínculo y converger luego sobre los centros urbanos, la capital y su corazón simbólico: los Campos Elíseos. La vivencia económica de la desocialización se experimenta tanto más escandalosamente como una afrenta cuando uno es consciente de que pertenece a algo así como «el pueblo», en el sentido de «los de abajo», los que tienen dificultades para llegar a fin de mes. En una capital ocupada repentinamente por individuos y grupos que jamás habían puesto los pies en ella, aparecieron por doquier etiquetas y consignas alusivas a la Revolución Francesa.

La única tradición revolucionaria que parece permitir la reconstrucción de un imaginario político común no tiene nada que ver con los movimientos obreros; se inspira en el relato nacional sobre la revolución fundadora de 1789. Sin duda, habría que guardarse de sobreinterpretar la omnipresencia de banderas francesas y los continuos cantos de La marsellesa en los bloqueos, las comitivas y los disturbios. Cuando los resultados de la primera encuesta nos dicen que sólo el 12,7% de los chalecos amarillos encuestados dicen ser de derechas, y el 5,4% de extrema derecha , también cabe considerar estos símbolos nacionales como insignias enarboladas por defecto —son los únicos compartidos— y también como la reivindicación de una forma de anonimato político, así como de una ruptura con los partidos y sindicatos existentes.

Tal como están las cosas, estas referencias a la nación revolucionaria ponen de manifiesto que el declive de la identidad obrera desde finales de la década de 1970 conlleva el olvido de la historia del movimiento obrero por parte de un gran sector del proletariado. El momento de rescate de la memoria que acompaña a toda lucha lleva al movimiento de los chalecos amarillos a volver a un pasado más lejano.

2. Nación y autoorganización
Así pues, la identificación con una tradición revolucionaria que opone al pueblo al rey Macron no implica que el conjunto del movimiento se construya en torno a la afirmación de una comunidad nacional preexistente —que, como es sabido, requiere su complemento racista— para anclarse en un territorio y una genealogía imaginarios. Lo que la mayoría de los chalecos amarillos han tomado por blanco es la injusticia social, en el sentido más inmediato de la vivencia de unas condiciones de existencia material degradadas . El movimiento nació de una crítica de los impuestos sobre el consumo antes de trasladarse hacia nuevas reivindicaciones, incluida la redistribución más equitativa de la riqueza (restablecimiento del impuesto sobre el patrimonio) y la mejora de las condiciones salariales (ajuste de los salarios a la inflación, aumento del salario mínimo…). Por el momento, este giro hacia los salarios y las condiciones de trabajo no es hegemónico dentro del movimiento, marcado como está por una redefinición de la subjetividad política, ya no asalariada, sino ante todo consumidora-ciudadana.

El interlocutor principal de los chalecos amarillos no es la clase capitalista, sino un Estado que redistribuye mal la riqueza. No se apunta a los réditos —pese a que sean muy visibles en la explosión de los precios de la vivienda— sino a los impuestos, vividos como una intervención ilegítima del Estado macronista en la economía de la «gente de a pie».
Empleados, trabajadores, artesanos, pequeños burgueses, capitalistas y, en mucho menor grado, ejecutivos y miembros de la clase directiva, convergen sobre todo en torno a la denuncia del impuesto. La causa de esta injusticia sería la falta de democracia, cuando no la instrumentalización política de los instrumentos democráticos para defender a una casta privilegiada. Los escasos eslóganes «anticapitalistas» se corean poco y son sofocados rápidamente por el clamor unitario del «Macron dimisión». Por ahora, el objetivo principal parece ser la dimisión del gobierno, a lo que algunos chalecos amarillos añaden la exigencia de una revisión de la Constitución para garantizar mejor el control popular sobre el presidente.

Hasta el momento, el Estado es el horizonte principal de un movimiento que, sin embargo, no parece estar satisfecho con el puñado de cambios en el salario mínimo y las primas anunciados el lunes 10 de diciembre. El Vº Acto del sábado 15 podría permitir entrever si, tras este anuncio, en el fondo lo que se reclama es un cambio del personal en el poder. ¿Bastaría con que Macron dimita? La aspiración de los chalecos amarillos sería, en tal caso, una prolongación de los movimientos de las plazas y de los indignados, y marcaría la consagración de una nueva subjetividad ciudadana tras la desintegración de la subjetividad asalariada. Pero, ¿acaso la exigencia de la dimisión de Macron no expresa también el rechazo de toda negociación, dado que el Presidente es a la vez el único interlocutor y aquel a quien se quiere expulsar? En ese caso se trataría de una reivindicación asumida como ilegítima, porque sabemos que los capitalistas y los sucesivos gobiernos llevan considerando ilegítimas las reivindicaciones salariales desde hace cuarenta años.

Esta ilegitimidad, esta falta de reconocimiento, sería, por tanto, lo que engendra unas formas de protesta en las que ya no se trata de negociar, sino de expresar el rechazo a los políticos. Y si no hay nada que negociar, tampoco hace falta encontrar representantes… Por otro lado, el imaginario de la pertenencia a la nación revolucionaria, reactivado por la experiencia de la desocialización y de la precariedad, no supone, estrictamente hablando, una identificación con el Estado francés existente. Esta nación imaginada es un continente cuyo contenido está actualmente en entredicho. ¿Va hacia una descompartimentación que —no sin luchas internas— creará un frente unido que articule a los proletarios (incluidos los de los «suburbios») y los segmentos precarizados de la clase media? ¿O va, por el contrario, hacia una compartimentación que reforzará la oposición de los franceses «auténticos», unidos en una comunidad racista, a las «élites» y a los «inmigrantes», identificados con la globalización? Esa es una de las tensiones activas dentro de la polifonía ambiental.

La izquierda radical, como una veleta desorientada por una tormenta imprevisible, oscila entre tres tipos de posicionamiento frente a esta indeterminación. Parte de ella se repliega sobre una posición rígida, viendo en el carácter informe del movimiento —o incluso en algunas situaciones de racismo cotidiano— el signo de un confusionismo que le ahorraría de entrada cualquier análisis sociohistórico. Otra ya se ha lanzado de cabeza al movimiento, impulsada por la esperanza —o más bien por la desesperación— de ver llegar esa insurrección que no acaba de cuajar. Entre estos dos extremos están las llamadas a unirse con precaución a los chalecos amarillos, a «ir a ver» en un principio, y luego intentar apoyar formas emergentes de autoorganización. Esta última posición, la más pragmática, no debe hacernos olvidar que los chalecos amarillos han surgido sin las organizaciones de izquierda existentes, al margen de las instituciones heredadas de los movimientos obreros de siglos anteriores, y que es posible que esta autonomía objetiva haga obsoleta la perspectiva de una «intervención» comunista.

3. El lenguaje de los chalecos amarillos
Si los magníficos disturbios del primero de diciembre en París fueron una especie de acontecimiento de reconciliación que federó a todo el mundo, desde el trabajador de veinte años que descubría París hasta a quienes encabezan habitualmente las procesiones, lo cierto es que por el momento estas prácticas conflictivas se siguen desarrollando en una contigüidad sin convergencia, en una comunidad temporal cuya única mediación es un enemigo común: el Estado. Ahora bien, precisamente quienes hacen de sus chalecos libros de reclamaciones y quienes hablan el idioma de «destitución» o la «anulación» no apuntan a este Estado de la misma manera. En cualquier caso, no malinterpretemos el alcance de un incendio que sin duda puede hacer arder automóviles y edificios, lo cual no tiene nada que ver con la transformación de las relaciones sociales capitalistas.

Este no es el caso de los bloqueos de las rotondas y de los depósitos de gasolina, que, ciertamente, a menudo parecen organizados de manera intermitente, de modo que el trabajo asalariado de unos y otros siga su curso normal, pero que no dejan de ser una forma de tomar como objetivo la circulación capitalista. Sería falaz oponer esta circulación a la producción, como si se tratara de dos «espacios» separados, cuando la producción capitalista consiste precisamente en producir mercancías mediante mercancías, que, como sabemos, no se encuentran en otro lugar que no sea el mercado capitalista, mercado cuyo funcionamiento normal cuesta imaginar, por tanto, en el supuesto de que los bienes no circulen con normalidad. Además, poco a poco la lucha emprendida por los chalecos amarillos contra el deterioro de las condiciones materiales de existencia se extiende a sectores más claramente identificables.

Desde hace dos semanas ha surgido un movimiento de escuelas secundarias inédito, en el sentido de que no ha partido de las escuelas secundarias de los centros de las ciudades sino de los de los espacios pobres y desocializados, para denunciar la reforma del sistema escolar y la fractura social en general. Hoy, viernes 14, los trabajadores del ferrocarril han iniciado una huelga contra las reformas de la SNCF y más allá. Todo esto en una dinámica de ruptura con el escenario habitual del «movimiento social» a la francesa —que comienza en febrero-marzo y se agota a pocas semanas de mes de agosto— y lo suficientemente alejado, también, de las próximas elecciones presidenciales para que nadie pueda creer realmente en la solución mediante las urnas que exigen Le Pen y Wauquiez. Si los bloqueos y las huelgas se multiplican y se prolongan en el tiempo, entraremos en una nueva fase.

La derecha y la extrema derecha podrían verse arrinconadas en tal caso en el callejón sin salida de un «partido del orden» en desfase con el movimiento. O, por el contrario, se arrojarán también a este último, tomando partido por los trabajadores, pero en ese caso se arriesgan a entrar en conflicto interno con sus fracciones burguesas conservadoras. La gran preocupación de Rassemblement National parece ser encontrar representantes en las instituciones y las grandes empresas para asumir el poder algún día. Además, su deseo ineludible, en el momento en que se escribe este artículo, es que la lucha naufrague en el resentimiento, en las medias tintas, y que finalmente acabemos hablando de otras cosas; del terrorismo islamista, por ejemplo, del famoso pacto de Marrakech, o de lo que sea, siempre y cuando no perturbe equilibrio de fuerzas que vemos construirse ante nuestros ojos.

Por otro lado, las acciones estratégicas realizadas en común forman parte, de hecho, de un nuevo imaginario que no ha de ser juzgado a la luz de aquello que le falta según este o aquel esquema de la revolución como mandan los cánones, sino a la luz de aquello que ya lo aleja de la normalidad producida por la derrota incesante de las luchas durante cuatro décadas. En este momento la lucha es apropiada al margen de los marcos legales y representativos convencionales. Es violenta en su rechazo de la palabra presidencial y mediática «desde las alturas». Personas que nadie estaba acostumbrada a oír hablar han empezado a hacerlo, y eso cuestiona las representaciones que todo el mundo proyectaba sobre ellas. La gran desconfianza de una parte de la izquierda radical quiere decir lo siguiente: en el fondo, a este segmento provincial del proletariado se lo consideraba perdido para la causa, e irremediablemente conquistado por la afasia política, o peor, por la reacción.

Los chalecos amarillos nos recuerdan que habrá que contar con este proletariado, apañarse con lo que sus condiciones de vida han hecho de él, a saber, una población que no puede permitirse el lujo de un modo de vida conforme a los cánones del pensamiento académico y crítico. Sí, muchos chalecos amarillos expresan la cuestión social en el idioma del yugo fiscal y del poder adquisitivo, pero al hacerlo así, no hacen más que hablar el idioma que se nos ha querido inculcar. Se trata del lenguaje de la derrota, del realismo capitalista, de los sueños triturados y del achatamiento de la política por la lógica de los mercados capitalistas, cuyo desaprendizaje quizá estemos empezando a esbozar ahora.

por Unos comunistas reunidos entre los actos IVº y Vº


1. Colectivo, «“Chalecos amarillos”: una investigación pionera sobre la “revuelta de ingresos modestos”», Le Monde, 11 de diciembre de 2018.

2. A este respecto, cabe añadir que si, en efecto, las categorías más empobrecidas del proletariado no se congregan particularmente en las movilizaciones «clásicas», habrá que entender si estas categorías están realmente presentes en el movimiento actual, y si la respuesta es «sí», ¿cuál es su poder de iniciativa? Contrariamente a los lugares comunes, más que trillados, no creemos que el proletariado vaya a movilizarse tanto más fácilmente cuando sus condiciones de reproducción se degradan (nota del editor).

sábado, 8 de diciembre de 2018

[FRANCIA] SOBRE LOS CHALECOS AMARILLOS

Compilamos algunas consideraciones que andan circulando en la web. Principalmente traducciones publicadas en Facebook por el usuario Átopos Blaidd.

  • CHALECOS AMARILLOS PARA QUIENES VEN ROJO
  • COMUNICADO DEL GIIC
  • 1 DE DICIEMBRE: LLEVAR EL DESORDEN AÚN MÁS LEJOS
  • EL AMARILLO NO ES EL COLOR DE LA PRIMAVERA
  • DEMANDAS DEL MOVIMIENTO DE LOS CHALECOS AMARILLOS
  • DEL CHALECO AMARILLO A LA RABIA NEGRA 
  • ¿DE LA RABIA NEGRA A LA INSURRECCIÓN GENERALIZADA?
  • OTROS ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL PORTAL LIBERTARIO «A LAS BARRICADAS»

Avisar de antemano que los enlances de las notas al pie no están completos, es cuestión de descifrarlos entrando al sitio web nombrado y buscando el artículo en cuestión.





CHALECOS AMARILLOS PARA QUIENES VEN ROJO

Este artículo https://agitationautonome.com/2018/11/22/des-gilets-jaunes-a-ceux-qui-voient-roug apareció un par de días antes de las grandes manifestaciones del 24 de noviembre. Esta es una traducción hecha un poco a la rápida, a la cual seguirán otras, que den cuenta del movimiento de protestas en Francia, según se han ido desarrollando los acontecimientos. Hay una versión en inglés traducida por los compañeros de Ediciones Inéditos (https://ediciones-ineditos.com). [
Traducción: Átopos Blaidd]
* * *

En los últimos días, la izquierda ha debido luchar para aprehender políticamente ese nuevo fenómeno llamado "chalecos amarillos" (Gillets Jaunes), pues éste no ha surgido directamente de las formas de protesta tradicionales. Esto ha tenido el efecto de que todos los análisis críticos se apresuran a apoyar alegremente el movimiento sin cuestionar nada (¿quién se moviliza? ¿por qué? ¿cómo?). O bien a despreciarlo descaradamente por esos "picantes" que no adhieren a las "buenas causas", como si la conciencia de clase pudiese surgir mágicamente en los proletarios. Al mismo tiempo, no podemos describir los eventos como una burda e infundada manipulación de la extrema derecha, capaz de crear un descontento social completamente artificial a través de videos en Facebook.

La locura por los "chalecos amarillos" es un síntoma del período político en que nos encontramos, fruto de un capitalismo en crisis y de la disolución de cualquier identidad de trabajadores reconocible y comúnmente compartida. Esta pérdida de puntos de referencia ha sido brutal, y algunos debates dentro de la izquierda radical (debates que a veces reflejan más un pasado imaginario que una comprensión de la compleja composición de clase de las luchas actuales) han consistido en cuestionar la proporción de proletarios que usan automóvil y que, por lo tanto, han sido directamente afectados por la subida del precio del diesel. Muy a menudo terminan volviendo a la fantasía reaccionaria de una buena Francia campesina rural donde vivía la mayoría de los "pobres" (el concepto del proletariado se escurre rápidamente por las grietas). En nuestra opinión, es más relevante centrarse en el contenido político de este movimiento y en cómo se traduce en la práctica.

La diversidad de los chalecos amarillos en relación con los motivos para movilizarse le ha permitido a cada cual plantar su pequeña bandera ideológica mientras retiene solo lo que le conviene. Así, Action Française, un grupo monárquico francés fundado en 1898, después del caso Dreyfus, por Charles Maurras; el GUD, un grupo neofascista fundado en 2017 por antiguos miembros del Grupo de Defensa Sindical e inspirado en el movimiento italiano Casa Pound; el Rassemblement National, ex Frente Nacional de Marine Le Pen; el grupo Les Républicains, principal partido de derecha animado por el ex presidente Nicolas Sarkozy; pero también La France Insoumise, movimiento populista de izquierda de Jean-Luc Mélenchon; varios grupos trotskistas que van desde la extrema izquierda ex trotskista del Nouveau Parti Anticapitaliste, hasta los orto trotskistas de Lutte Ouvrière, e incluso anarquistas que difunden la buena nueva... todos podrían reclamar la victoria y fortalecerse gracias al relativo éxito de las manifestaciones del 17 de noviembre. Recordemos que cuando en toda Francia salen a protestar 250 mil personas en una movilización convocada por los sindicatos, eso se considera una derrota, y en este caso ni siquiera se había declarado la huelga.

El episodio de Marcel Campion [1] debería haber servido como una lección para algunos que, arrastrados por el ardor de la masificación se están negando a pensar sobre la rabia de aquellos que están saliendo a la calle sobre una base interclasista, yendo incluso detrás de las reivindicaciones liberales de los pequeños patrones. Porque sí, todas las encuestas muestran que "la gente está cabreada". Pero tenemos que preguntarnos qué significa "la gente" y acerca de qué están enojados.

Si policías, fachos y parte de los patrones se han sentido interpretados por las demandas de los "chalecos amarillos", ello no es una recuperación oportunista y aleatoria que se ha dado en una convergencia antinatural: es porque la dinámica del movimiento coincide con sus intereses de clase. O, al menos, porque la confusión prevaleciente no amenaza directamente a esos intereses, al menos en la Francia metropolitana. La situación es muy diferente, por ejemplo, en la Isla de Reunión (donde el desempleo entre la población trabajadora es del 22%), donde el movimiento no se está llevando a cabo de manera interclasista, sino precisamente en los barrios más pobres y más racializados (disturbios, saqueos de tiendas departamentales, la policía entregando insignias a los comerciantes para formar milicias, toque de queda, etc.).

Independientemente de lo que digan algunos manifestantes aislados, que expresan su frustración de manera desorganizada ante las cámaras queriendo transmitir declaraciones impactantes, el movimiento se ha desarrollado en torno a un discurso poujadista [2] de protesta contra los "impuestos" y las "cuotas" que "asfixian a la gente", lo cual está lejos de ser una lucha de clases (y al contrario de lo que se ha dicho, casi el 70% del aumento de los precios proviene de las fluctuaciones del precio del petróleo y no de una política estatal deliberada).

La decisión de "bloquear el país" un día sábado sin acudir a los lugares de producción, está lejos de ser trivial, y es divertido observar que Martínez, el "socialdemócrata", tiene un mejor análisis de clase que la mayoría de los izquierdistas al declarar que “la CGT no marcha con la extrema derecha ni con los patrones”. Una extrema derecha que se siente cada vez más cómoda (saludos nazis, denuncia de migrantes a la policía, invitaciones a militantes antisemitas, ataques racistas y homofóbicos, etc.), precisamente porque la movilización del 17 de noviembre no tuvo bases sectoriales ni proletarias, sino territoriales y populistas.

Queriendo negar lo obvio e inventar nuevos aliados para ampliar las filas de la "gente rebelde", los izquierdistas imaginan que comparten con chalecos amarillos al menos un enemigo en común: los capitalistas o, en su defecto, "los ricos". Pero, ¿cómo podemos afirmar que este movimiento se opone a la burguesía cuando evita cuidadosamente atacar los puntos críticos de la economía, contentándose en cambio con organizar marchas vacías hacia los ayuntamientos, donde los funcionarios electos locales son vilipendiados simbólicamente?

La cobertura mediática y la gestión policial de esta movilización también dicen mucho sobre el grado de amenaza que supone para el Estado y la economía: la complacencia de los noticiarios frente a algo que en cualquier otro contexto habría sido descrito como “disturbios”; las intervenciones policiales relativamente escasas y no violentas frente a mítines no autorizados y, por lo tanto, ilegales; Le Monde hablando sobre un "relativo resguardo de la seguridad" porque no ha habido daños materiales, siendo que se ha informado ya de un muerto y cientos de heridos...

Sin embargo, el día siguiente al 17 de noviembre hubo señales de iniciativas locales que fueron más allá de una lucha fiscal. En algunos lugares, la falta de una coordinación estricta ha permitido algunos "brotes" que se han escapado del marco de la demanda inicial, ya sea tomando una orientación para-sindical, especialmente con bloqueos logísticos que han asustado a los patrones, o bien dando lugar a ataques racistas, sexistas y homofóbicos nacidos directamente del carácter populista de estas manifestaciones. De hecho, "la gente" implica la pertenencia a una "comunidad nacional" de la cual los extranjeros están necesariamente excluidos.

Queda por verse si las fracciones dispersas de los "chalecos amarillos" disidentes pueden sobrevivir independientemente de una dinámica nacional, una vez que la ola de confusión de las movilizaciones haya disminuido. El movimiento se ha basado en una ira generalizada y real entre varias poblaciones pero, en ausencia de contenido estable y determinado, es probable que implosione porque el hecho de ser "ciudadanos enojados" no proporciona ninguna base política común, aunque todos intenten aferrarse a ello de la mejor forma que puedan. Fue esta falta de una base política común lo que llevó a la pérdida del Movimiento de las Horcas en 2013 en Italia, un movimiento populista que fue en parte anti-fiscal y tan "inclusivo" como el movimiento el de los "chalecos amarillos".

En el lado izquierdista, los filósofos de la École normale supérieure (una de las universidades más prestigiosas de Francia) han podido "experimentar" su pequeño momento con "el Pueblo" (perdón, las "subjetividades difusas"), mientras el escalofrío de la insurrección ciudadana les recorre el espinazo, y comienzan a soñar con disturbios y barricadas en medio de un mitin contra el aumento de los precios del petróleo. En efecto, es este reclamo dirigido al Estado el que constituye la médula espinal de la movilización, y no un anticapitalismo inconsciente de ningún tipo que naturalmente estaría en el germen de las acciones ciudadanas de los "indignados" (en el sentido del "Indignados" españoles o el movimiento "Nuit Debout").

Génération Ingouvernable [4] llama a “perdernos en la confusión”, una llamada más política. Pero, ¿por qué culpar a los revolucionarios románticos, los mismos que llamaron a la revuelta durante la última Copa del Mundo? Y aquí reaparecen otros poetas: Lundi Matin [5], que afirma que el chaleco amarillo tiene la "utilidad simbólica" de volver la seguridad en contra del propio orden de la seguridad [6]: "Lo que se impuso por primera vez como un dispositivo de seguridad se transforma en una disidencia social. (...) Cuando salen de sus autos, los chalecos amarillos se reconocen entre sí por la urgencia que les impone el repentino deterioro de sus formas de existencia".

Todas estas extrapolaciones izquierdistas delirantes son lógicamente congruentes con los anarquistas que creían que el movimiento por la independencia fiscal de Cataluña llevaría a la abolición absoluta del capitalismo, o que la consolidación del Estado kurdo en Rojava tenía algo que ver con la revolución comunista. Todo lo que se mueve es rojo, cualquier enojo es revolucionario y puedes hacer pasteles de chocolate con las sobras de un guiso de zapallo.

La comparación con la autonomía italiana de la década de 1970 fue aún más audaz, al atribuir el término "disturbios urbanos" a una caminata ciudadana escoltada por la CRS [7]. Hasta pudimos leer a un intelectual trotskista que vinculaba los chalecos amarillos con las luchas contra la circulación del capital (y alegando por ese motivo que los chalecos amarillos eran trabajadores que que habían abandonado la fábrica, cuando en realidad una mayoría abrumadora estaba trabajando el sábado pasado). Cuando no pasa nada, tenemos que soñar: soñar nos mantiene ocupados en los días entre una reunión y otra, y nos permite sacar del closet el disparate ideológico que teníamos guardado desde el final del último movimiento social.

[1] El sitio web Lundi Matin recibió con agrado el llamado de Marcel Campion, "rey de los recintos feriales" y, por cierto, empresario multimillonario partidario de Marine Le Pen, a manifestarse juntos contra la reforma del código laboral en 2017.

[2] Poujade fue un político francés de la 4ta República que lideró un fuerte movimiento de protesta contra los impuestos, compuesto por comerciantes y gerentes de pequeñas empresas y que pidió un levantamiento del hombre común contra la élite. Jean-Marie Le Pen fue elegido diputado por primera vez en 1956, mientras se postulaba para el partido de Poujade.

[3] Martínez es el actual jefe del sindicato más grande de Francia, la CGT.

[4] Génération Ingouvernable: grupo nacido del Cortège de Tête durante el movimiento contra el Loi Travail.

[5] Revista semanal online inspirada principalmente en los textos del Comité Invisible.

[6] El chaleco amarillo se hizo obligatorio por primera vez en Francia en 2008.

[7] Policía antidisturbios francesa.




Comunicado del GIIC sobre la revuelta social en Francia (2 de diciembre 2018)

Al tercer sábado del movimiento de los "chalecos amarillos", las imágenes de los disturbios en los Campos Elíseos y del barrio burgués rico y chic de París que los rodea, están en la primera plana de los noticieros. Pero este 1ero de Diciembre, y después dos semanas de bloqueos de las carreteras y de las rotondas, es una verdadera revuelta social mezclando obreros, desempleados, jubilados, artesanos, campesinos, pequeños y auto-empresarios que ha explotado a través todo el país. Los enfrentamientos con la policía se han multiplicado en Tolosa, Marsella, pero también en Tours, Avignon, en Dijon, en varias ciudades más o menos grandes… hasta el Puy en Velay donde la prefectura ha sido quemada por los manifestantes [1].
Exacerbación y generalización de la rabia popular en todo el país

Si unos grupos de extrema derecha [2] y de "extrema izquierda" tipo Black blocs fueron, por cierto, activos al inicio de los enfrentamientos parisinos, se puede dudar seriamente que fuera lo mismo en Puy en Velay (18 000 habitantes al centro de la Francia rural) o aún en Charlevilles-Mézières (48 000 habitantes en las Ardenas). Ante la represión de los CRS y gendarmes (la policía anti-motín), numerosos "chalecos amarillos" decidieron responder a la violencia estatal, sea asumiendo ellos-mismos su propria defensa, sea asociándose directamente o pasivamente a las violencias de diversos grupos más o menos informales llamados "extremos". Este rechazo físico al ceder a la violencia policíaca del Estado se había ya expresado durante las manifestaciones obreras de 2016 contra la "ley trabajo" que habían sido reprimidas de manera muy violenta, y durante las cuales, miles de trabajadores mostraban sin embargo su solidaridad con los "black blocs" y otros frente a la policía. Esta "radicalización" de los manifestantes durante las movilizaciones sociales responde a las violencias cotidianas impuestas por el capitalismo y la dictadura de su Estado ; y de manera más general a la crisis del capitalismo y a las miserias de todo tipo que este impone sobre miles de millones de seres humanos. Más allá del desconcierto creciente del gobierno incapaz de enfrentar la situación inmediata y que parece únicamente capaz de tirar aceite al fuego, su rechazo – hasta ahora – para retirar sería sólo el alza de las tasas sobre la gasolina que hubiera podido calmar la explosión general de rabia, ilustra a la vez la urgencia del capitalismo francés, pero también internacional, para imponer cada vez más miseria y explotación y el inevitable estallido de violencias sociales masivas a nivel mundial cuyos inicios apenas estamos viendo. Del mismo modo, el hecho que, hasta ayer, las encuestas de opinión indican que 85% de la población francesa apoya al movimiento a pesar de las violencias de los 17 y 24 de noviembre – centenares de heridos y dos muertos – expresa esta radicalización y generalización de la rabia… como las contradicciones y limites de este movimiento ’interclasista’; quiere decir en el cual se mezclan pequeños empresarios, artesanos, incluso campesinos, asalariados, obreros y jubilados.

En el momento de redactar, el callejón sin salida parece total. Por un lado, sin volver sobre ninguna de las tasas y otros aumentos de los precios de la energía que ha decidido, el gobierno centra toda su comunicación sobre los amotinados, los medios de comunicación evocan un clima de insurrección y los sindicatos de policía llaman a que intervenga el ejército y a declarar de nuevo el estado de urgencia ; por el momento, el gobierno parece incapaz de proponer cualquier respuesta política. Por el otro, el movimiento de los chalecos amarillos, por sus características, su composición social diversa y aun contradictoria, sus reivindicaciones también diversas y contradictorias, es incapaz de organizarse a mínimamente y aún menos de poder presentar una verdadera perspectiva de lucha contra el Estado y el capitalismo.
Límites y callejón sin salido del movimiento "interclasista"

La foto de una treintena de chalecos amarillos arrodillados ante la Tumba del soldado desconocido al Arco de Triunfo en París y cantando a todo pulmón la Marseillaise, brazos blandidos hacia el cielo, cualquiera sean los autores (elementos de extrema derecha o no), en medio de los enfrentamientos, ilustra claramente los limites y las contradicciones de este movimiento.

Por una parte, además de las reivindicaciones llamando a la dimisión de Macron y a la disolución de la Asamblea Nacional, reivindicaciones típicas de la pequeña burguesía y de la extrema derecha, la de la bajada de los impuestos y tasas permite a "todos" reconocerse y reagruparse detrás este eslogan. Una gran mayoría de obreros, de proletarios, sobre todo en provincia, poco acostumbrados, si jamás lo fueran, a movilizarse sea por la huelga, sea en las manifestaciones, rechazados lejos de las ciudades y lugares de trabajo por el precio de las rentas y de la vivienda, se ven obligados a utilizar su coches para ir al trabajo. Así, el aumento de la tasa sobre la gasolina se vivió como una enésima agresión contra sus condiciones de vida, "la gota que colma el vaso". Es precisamente sobre estas reivindicaciones y características pequeño burguesas, en nombre del "pueblo francés", reagrupando a todas las capas de "trabajadores", asalariados y proletarios, pero también pequeños empresarios, auto-empresarios, artesanos, comerciantes, campesinos a veces, que el partido de izquierda France Insoumise de Mélenchon lo disputa a la extrema derecha y al Rassemblement National de Marine Le Pen el liderazgo de la defensa del pueblo francés, de la bandera nacional y del nacionalismo lo más grosero.

Sobre este terreno, los obreros que se encuentran aislados y ahogados en tanto que proletarios en una masa con intereses heterogéneos y aun a menudo contradictorios, aislados y ahogados en el "pueblo", no ganarán nada. Y tienen todo que perder a dejándose arrastrar a métodos y objetivos de lucha que pueden sólo perjudicar la defensa de sus intereses y llevarles en el callejón sin salida del nacionalismo y de la xenofobia, incluso del racismo.
Les toca a los proletarios tomar la dirección de la lucha contra el capitalismo

Por la otra parte, la participación individual de numerosos obreros, de jubilados y de desempleados hizo que varias reivindicaciones que podrían ser retomadas por la clase obrera como un todo, por el proletariado en tanto que clase explotada y revolucionaria, emergieron claramente encima del bric-a-brac reivindicativo de los chalecos amarillos. Además de la anulación de la alza del precio de la gasolina, el aumento del salario mínimo legal, el SMIC – muchos chalecos amarillos "obreros" fijan el aumento a 1800 euros mensuales –, así como el aumento general de los salarios y de las pensiones deberían ser retomadas en los lugares de producción para movilizarse y comprometerse de manera resuelta, quiere decir colectivamente, en la lucha. Es así que la clase obrera podría presentar a estas reivindicaciones una salida real abriendo la vía no solamente a que se las puede ganar, a que el capitalismo francés retrocede por primera vez desde mucho, pero también a la destrucción del capitalismo como tal que conduce el conjunto de la humanidad a la miseria, a la catástrofe ecológica – por la cual la burguesía quiere hacer pagar a los proletarios y poblaciones y a la cual la carrera a la ganancia capitalista nos lleva de manera inevitable – y, de manera más general, a la guerra imperialista generalizada.

Por ello, no se puede contar con los sindicatos llamados "obreros" para llamar a la lucha y a huelgas en la situación presente. Es precisamente lo que la componente obrera de los "chalecos amarillos" ha entendido muy bien después de los fracasos sucesivos de las movilizaciones pasadas, la de 2003 hasta las de 2016 contra la "ley trabajo" y de 2018 de los ferrocarrileros. En ausencia de perspectiva obrera, este sentimiento "anti-sindicalista" entre los sectores los menos experimentados del proletariado en Francia se reconoció, erróneamente, en el "anti-sindicalismo" del pequeño burgués que no es sino la expresión de su temor patológico ante la lucha obrera y la perspectiva del comunismo. Los sindicatos se abstendrán de hacerlo, salvo si sectores obreros al movilizarse ellos-mismos les obligue, aún menos que la emergencia de luchas obreras, huelgas y manifestaciones, en la situación actual de rabia generalizada arriesgaría a presentar rápidamente, y verdaderamente (al contrario de los chalecos amarillos), un peligro real para la burguesía y el capitalismo francés. Dadas las circunstancias y el radicalismo aparente de los chalecos amarillos y del ambiente generalizado en el país, una dinámica de movilización del proletariado en Francia daría de manera inmediata otro carácter a la revuelta social detrás las reivindicaciones salariales, un carácter de clase, en la cual la bandera tricolor lo cedería rápido a la bandera roja ; la Marseillaise al canto de la Internacional – de paso, haría volar en pedazo la "unidad interclasista" de los chalecos amarillos. Y sobre todo, cuestionaría rápidamente el poder existente, el gobierno actual, y provocaría una crisis política afectando a todo el poder de Estado [3].

Sin embargo, para que esta perspectiva de lucha obrera pueda abrirse, todavía los proletarios, los obreros los más combativos, tienen que comprometerse y movilizarse para el estallido lo más pronto posible de combates obreros, para intervenir hacia los chalecos amarillos, en particular obreros, y enseñarles el verdadero terreno y camino del enfrentamiento al capital. Para esto, no podrán ahorrarse la confrontación política a… los sindicatos y partidos de izquierda tan en los lugares de trabajo como en las manifestaciones callejeras. Pero para que esta perspectiva pueda abrirse, los militantes obreros más conscientes y los revolucionarios deben reagruparse, organizarse, en comités de lucha u otro forma, y dirigirse hacia todos los proletarios, tan en los lugares de trabajo como a los, "chalecos amarillos", quienes están en los bloqueos de carretera.
 

GIIC (Grupo Internacional de la Izquierda Comunista) – Revolución o Guerra (www.igcl.org), 2 de Diciembre 2018.



Notas:

[1] . Desde el 17 de noviembre, otro movimiento de "chalecos amarillos" se ha desarrollado, en grado menor, en Bélgica.

[2] . Cabe destacar que los intentos iniciales de la extrema derecha de arrastrar a los chalecos amarillos sobre un terreno racista y xenofobo fracasaron hasta la fecha y que estos últimos, en su mayoría, se alejaron de este. El peligro del fascismo al poder no está en la agenda.

[3] . No quiere decir por lo tanto que las cuestiones de la insurrección obrera y del poder de los consejos obreros, de los "soviets", sean planteadas. Falta mucho para que el proletariado esté a tal nivel de confrontación al capital y al Estado burgués.



1 DE DICIEMBRE: LLEVAR EL DESORDEN AÚN MÁS LEJOS

Esta nota apareció el 3 de diciembre en francés en el blog Carbure (https://goo.gl/w3kJLQ). Fue publicada el mismo día en inglés en la web de Ediciones Inéditos (https://goo.gl/WMpAJJ). Esta es nuestra traducción. Hay que leerlo teniendo en cuenta el giro que la situación dio hace unas horas, cuando el primer ministro francés, Édouard Philippe, anunció la congelación de los precios del gas, la electricidad y de los carburantes hasta que un "diálogo nacional" ponga a punto la reforma del sistema fiscal. [Traducción: Átopos Blaidd]

* * *

El sábado 1 de diciembre, el movimiento Gilets Jaunes dejó de pertenecer a y ser el movimiento de la Francia blanca de clase baja que había sido al principio. Dada la predecible negativa del Estado a satisfacer hasta el más modesto reclamo (como lo demuestra el hecho de que los "portavoces" del movimiento no pudiesen o no quisieran reunirse con el Primer Ministro), también dado el aspecto irrisorio que cualquier demanda asume a la luz de una existencia intolerable, y gracias a la convergencia en un entorno urbano de TODAS las rabias, empieza a manifestarse bajo la capa de discursos e ideologías el contenido revolucionario de nuestra época, y este contenido es el desorden. La pregunta ahora es dónde terminará lo que ha comenzado, o hasta qué punto esto que ha comenzado podrá seguir creando el desorden. Ya quienes pusieron en marcha el movimiento se han puesto a la retaguardia de lo que detonaron, apelando a la razón y exigiendo un retorno al orden republicano en las páginas de Le Journal du Dimanche. Ellos eran la encarnación de la iniciativa en este movimiento y su reticencia demuestra que este movimiento ya no es suficiente. Se contentarán con una moratoria sobre el aumento de los precios del combustible, sobre el aumento del precio de lo que sea, o con la organización de un referéndum sobre la transición energética, justo cuando empieza a emerger un movimiento dispuesto a tomar lo que encuentre en su camino y que ya no puede cristalizar en torno a ningún discurso o demanda; excepción hecha de la repetición del "Que renuncie Macron", como una especie de mantra que invoca la nada y la desaparición de todo lo que este mundo representa. "Que renuncie Macron" es el límite político de este movimiento y al mismo tiempo un llamado al fin de toda política.

Teniendo en cuenta lo que ocurrió el sábado 1 de diciembre, sería absurdo seguir llamando a esto un "movimiento en contra del alza del costo de la vida", o religar a un reclamo económico lo que evidentemente ha ido mucho más allá de eso. El sábado, los "Cuadernos de Quejas" (1) fueron utilizados para iniciar incendios. El movimiento Gilets Jaunes, tras superar la etapa de hacer demandas económicas que le caracterizó durante la primera semana, entró en su fase políticamente populista en la semana siguiente, al exigir que el Estado se retire del pueblo o que el pueblo se convierta en el Estado. Hicimos la crítica de esta fase y determinamos el contenido de las demandas formuladas por la Francia blanca de clase baja dentro de su mediación de clase, demostrando los límites del interclasismo y señalando el peligro de una unión nacional popular de algunos contra los "otros". Apenas acabábamos de hacer la crítica de esta fase cuando nos vimos entrando en otra diferente.

Este movimiento ha carecido del nihilismo necesario para dotar de algún significado a su "apoliticismo": el encuentro con los "banlieues" (2) le aportó la correspondencia que no tenía con el "movimiento real” (3), que no es un movimiento de progreso social sino uno de destrucción de la sociedad. Este encuentro le permitió al movimiento reconocerse con alegría en el "movimiento real", como en su casa. Bajo la presión, el interclasismo derivó en una unidad de quienes saben clara o confusamente que no pueden esperar nada de esta sociedad, con aquellos que han sido relegados a los suburbios, los que han naufragado en la pesadilla de la franja periurbana y los receptores de la RSA (4) que sobreviven recogiendo castañas en Ardèche. Había que ver pasar al ejército muerto de la marcha sindical en la Place Bastille, escondiéndose detrás de sus banderas y sus consignas para afirmar la particularidad de sus trabajadores, y sentir la total indiferencia de quienes, con o sin chalecos amarillos caminaban sin rumbo pero juntos por París, para comprender cuán anacrónicos son el antiguo movimiento obrero, sus sindicatos, sus representantes y sus demandas. No habrá "convergencia social", este movimiento no surgió de la razón izquierdista y nunca será un movimiento social. Esa época se ha ido. Ya no se trata de antirracismo o antifascismo, de izquierda o de derecha, cuando lo único que queda por hacer es quemar todo y saber con quién se puede lograr esto. Este estado de cosas se trata tanto de la guerra civil como de la superación revolucionaria: dar el paso que conduce de la insurrección a la revolución es caminar sobre la hoja de una espada.

Este encuentro ha tenido lugar y queda por ver si se puede repetir y diseminar. Todo lo que puede oponerse a este encuentro ya está aquí, presente en la misma naturaleza "social" del movimiento, así como en las relaciones sociales en sí mismas, que ningún disturbio puede abolir: el eslogan federativo "Que renuncie Macron" contiene implícitamente la posibilidad de una alianza nacional-populista que tome el poder estatal en nombre de “el pueblo” (Le Pen y Mélenchon pidiendo al unísono las elecciones anticipadas), y que de al Estado una forma adecuada a la crisis: una forma compasiva-autoritaria, capaz de hacer que cada cual se ponga en su lugar, asignando a unos la Otredad, mientras asigna simétricamente a los demás la responsabilidad y el patriotismo; aplastando a unos en nombre de los otros con tal de poder dominarlos a todos. Lo hemos visto diez veces en los últimos años: “Que se vayan todos” es a menudo un llamado a renovar, para peor, al personal político. Sin embargo, para llegar hasta allí habrá que volver a poner en su sitio a la Francia blanca de clase baja, sometida a la conducción de la clase media: el trabajo honesto ya pagó su precio justo y la armoniosa circulación de mercancías. Esta es la única forma actualmente concebible de salir de la crisis, a menos que el propio gobierno de Macron se encargue de efectuar tal giro autoritario.

Para evitar esto, el desorden debe ser llevado aún más lejos. El momento de los disturbios urbanos es, en sí mismo, el punto límite de lo que está sucediendo ahora: históricamente corresponde con dos modalidades, o bien la toma del poder del Estado o bien su puesta en crisis para obligarle a hacer concesiones. Pero esto no es 1917, no es posible tomar el poder estatal para realizar un programa socialista; y no estamos en 1968, no ha habido acuerdos de Grenelle (5). Permanecer en la fase de los disturbios urbanos es quedarse en el nivel en que el movimiento todavía tiene una política. Pero si lo que se manifestó el sábado en París y en todas partes de Francia vuelve a los bloqueos, pone en marcha otros nuevos y empieza a "bloquear el país", es decir, a apoderarse de su futuro y a partir de ahí decidirlo, podemos imaginar el paso desde los disturbios a la revuelta, y de ahí a la revolución. Pero nadie puede decir en qué dirección va todo esto, pues va más rápido que el mundo entero: no hay mejor indicio de un contenido revolucionario que esto. Este movimiento, porque es una lucha de clases, porta en su interior todo lo que puede ser hoy en día una revolución comunista, incluidos sus límites, sus peligros y su imprevisibilidad: pero para llegar a ese punto, probablemente será necesario quemar muchas cosas que aún se interponen entre nosotros, ya sean autos o relaciones sociales.

C.A.

PD: En respuesta a ciertas críticas y preguntas sobre este texto, debe quedar claro que debe entenderse como una instantánea de un evento en desarrollo. Si alguien se sorprendió por su tono "optimista" (que no es algo habitual), también se debe tener en cuenta que este optimismo se ve atenuado por la perspectiva de un retorno al orden, que también resulta previsible dada la naturaleza de este movimiento. Todas las preguntas surgidas de los textos anteriores siguen vigentes. Aunque es esencial mantenerse lúcido, también es esencial tener en cuenta que la lucha de clases no es un río largo y tranquilo, ni una pista de aterrizaje bien marcada para los bombarderos de la teoría "pesada". Lo que se hace y se deshace en el curso de una lucha va más rápido que nuestras habilidades analíticas, y si lo que se abrió el 1 de diciembre se está cerrando rápidamente, esto deberá ser informado, como todo lo demás. Nada está escrito en piedra: en las luchas hay conjeturas, "desahucios" y todo tipo de otras cosas. Digamos que este texto es parte de eso y toma su posición.

(1) Los Cahiers de Doléances (Cuadernos de Quejas) fueron las listas de demandas elaboradas por cada uno de los tres Estados en Francia, entre marzo y abril de 1789, el año en que comenzó una situación revolucionaria.
(2) Banlieue: suburbios de la periferia urbana parisina.
(3) Referencia al Manifiesto del Partido Comunista de 1847, en el que se afirma: "Llamamos comunismo al movimiento real que suprime el estado actual de las cosas".
(4) RSA, Revenue de Solidarité Active: modalidad de beneficio social otorgado por el Estado a quienes intentan reinsertarse en el mercado de trabajo.
(5) Acuerdos de Grenelle fueron los que suscribió el gobierno francés con los sindicatos y la patronal para poner fin al levantamiento de mayo y junio de 1968 en Francia.



EL AMARILLO NO ES EL COLOR DE LA PRIMAVERA

Publicado el 6 de diciembre en el sitio web "A ruthless critique against everything existing" (https://goo.gl/HzbscK). [Traducción: Átopos Blaidd]

* * *

Mientras escribimos estas líneas, las calles de París siguen anegadas de una variopinta multitud llena de sueños de un mundo mejor. Pero ningún sueño o fe han traido ni una sola vez el paraíso a la Tierra, porque el advenimiento de un mundo mejor no requiere simplemente la satisfacción de una demanda preexistente, sino la transformación radical de la manera en que las personas se relacionan entre sí. Revolución significa cambiar las relaciones sociales cualitativa y no cuantitativamente. Ninguna revolución es política en el sentido corriente del término. ¿Qué cabe decir entonces acerca de los llamados "chalecos amarillos"?

# 1

El movimiento conocido como los chalecos amarillos se inició a causa de un aumento del impuesto sobre el combustible que impacta directamente sobre la vida de una gran proporción de los habitantes de Francia. El aumento en el precio del combustible hace subir cada vez más el costo de reproducción de quienquiera que consuma la mercancía combustible. Este aumento afecta claramente a la mayoría, si no a toda, la clase trabajadora, pues supone en esencia una disminución indirecta de los salarios reales. Pero el problema es que el elevado costo de los combustibles, además de reducir los salarios, especialmente los de la clase trabajadora, implica también una disminución del poder de consumo de toda la población, más allá de la clase trabajadora [1]. Esto le convierte en un tema apto para generar frentes, alianzas entre clases y acuerdos antigubernamentales en lugar de un nìtido conflicto de clases. Especialmente dado que el impuesto ha sido introducido por el gobierno y sus exigencias para cubrir la inestabilidad presupuestaria, las condiciones muestran que el conflicto estaba, está y seguirá estando dirigido contra un gobierno que "no representa al pueblo", es decir, que no tiene en cuenta las necesidades de la gente . Esto fue evidente desde el principio: la masa no apeló a las organizaciones de trabajadores existentes, pues no creían que el conflicto fuese con algunos empleadores o con alguna clase.

# 2

Las luchas antigubernamentales son luchas nacionales . De una forma u otra, reprochan al Estado haber incumplido sus promesas. En Francia esto es particularmente notorio por el hecho de que el Estado, tras promover el uso del diesel, súbitamente -en la presidencia de Macron- aumentò su precio. A pesar de su diversidad, este movimiento persigue el objetivo de cambiar de gobierno. La mayoría de las causas y la mayoría de las demandas del movimiento son económicas, y van mucho más allá del alza de impuestos. Se refieren a años de problemas económicos que están hirviendo en la sociedad francesa y afligiendo a los Ciudadanos Franceses. Como tales ciudadanos franceses, consideran que ningún gobierno está reconociendo en el plano material lo que formalmente les ha sido reconocido en el plano político: que como ciudadanos de este país tienen un futuro y merecen la oportunidad de vivir. Lo que debemos entender, dejando atrás la carga de un marxismo anquilosado y demasiado centrado en la economía, es que las causas y demandas económicas no implican necesariamente una lucha de clases revolucionaria. Ni siquiera implican clases. La lucha de clases puede desarrollarse entre fracciones de clases, y puede tener un carácter profundamente reaccionario, sobre todo cuando se limita a satisfacer necesidades que le son exteriores. En tales casos, la lucha misma predetermina una disposición a hacer alianza con quien se muestre capaz de satisfacer el reclamo. En un momento en que sociedades enteras, más allá de las divisiones de clase, parecen verse afectadas por déficits gubernamentales, devaluaciones monetarias y deudas, los problemas económicos aparecen directamente relacionados con el Estado. Como lo que está en juego es el contexto general de la sociedad burguesa, la forma más general de su funcionamiento, tiene lugar un cambio en comparación con el pasado. Las diferencias de clase se transforman en competencia por los ingresos, y en demandas de ingresos y en políticas de ingresos. Puesto que el Estado es un regulador general de los ingresos y de las políticas económicas, función que cumplen en particular sus gobiernos, cada uno de ellos trata de "parchar" los problemas derivados de las sucesivas medidas extraordinarias y proyectos de ley (la cuestión de los decretos o leyes especiales ha venido creciendo en casi toda Europa) [2]. Esto refuerza la percepción de que la rebaja del poder de compra se debe a la falta de democracia y es culpa del gobierno. El nuevo discurso sobre el “ingreso” que ha emergido reúne a individuos de todas las clases sociales, quienes ven precisamente en la redistribución y en el frente inter-clasista la posibilidad de suspender las medidas. Estas alianzas son ya un terreno preparado empíricamente para el triunfo de la ideología nacional.

# 3

La transformación de las luchas en un asunto de competencia por los ingresos hace que los movimientos apunten hacia las diferencias extremas de ingresos, vistas como "perjudiciales" para el buen funcionamiento del mercado o del Estado: el objetivo es entonces criticar a la "élite" [3]. Este significante se usa por lo general para señalar a una burguesía adinerada que compra políticos, posee capitales injustificadamente grandes, monopoliza los mercados y se sirve de planes "fraudulentos" para favorecer sus intereses. Además, esta elite es internacional, una clase burguesa, indeterminada, que destruye no solo a Francia sino a muchos países. En el caso de este movimiento, que surge precisamente de la competencia por los ingresos, muchas agendas políticas diferentes son fusionadas en términos de afinidad ecléctica. Los leninistas tradicionales coinciden así con todo tipo de antisemitas y teóricos de la conspiración, ya que sus teorías subrayan la "naturaleza oculta de la élite que disuelve la escena política y el mercado". En la narrativa sobre la riqueza injustificada de la élite y los monopolios, las sobresimplificaciones económicas del anarquista terminan dándose la mano con todo tipo de keynesianos que hablan de una adecuada redistribución del ingreso, vuelta al Estado Nación y a una economía nacional. Denunciando el carácter transnacional de las élites, tanto keynesianos como nacionalistas, tanto leninistas como teóricos anarquistas de "lo local", dan forma a una colorida plataforma de narrativas nacionales: el promedio resultante no es una crítica del capital sino un deseo común de localización. Esto es lo que permite que el movimiento de los chalecos amarillos se extienda por varios países, obteniendo así un carácter "internacional" sin expresar ningún tipo de internacionalismo [4]. Se manifiesta así la tendencia común de la clase trabajadora nacionalizada a aliarse con el pequeño capital, los trabajadores por cuenta propia y los empleados estatales, todos unidos para reclamar por una economía nacional. Puede que las avanzadas demandas económicas de los manifestantes franceses no sean un signo de reconstitución de una clase obrera militante, sino de una radicalización, como medio de lucha, de las formaciones interclasistas y de la incorporación de la agenda de clase en alianzas sociales más amplias.

# 4

Una vez que se pone en marcha la competición por los ingresos, dado que encuentran a un enemigo en el extremo superior de los "ingresos más altos" también encuentran uno en el extremo inferior. Como el reclamo debe hacerse efectivo en términos materiales, salariales, que son la promesa de identidad civil, la persona que no tiene derecho a vivir aquí no merece recibir "una parte del pastel". Las protestas, aparte de una mínima y excepcional franja politizada, son hostiles a los inmigrantes. Los inmigrantes, independientemente de su número en el país, son considerados como una carga para el Estado y para los contribuyentes. Los únicos inmigrantes que forman parte del país son los que están “afrancesados” y se han ganado el derecho a vivir en Francia, un derecho evidentemente estatal. Si bien el movimiento de los chalecos amarillos difícilmente puede ser acusado de racismo generalizado, se basa en algo que es igualmente peligroso: la separación efectuada por el Estado entre inmigrantes legales e ilegales, útiles y sobrantes. Esta retórica es sobradamente reaccionaria y es lo que traza la línea política que divide a "progresistas y reaccionarios" en toda Europa. Las demandas económicas, precisamente porque son económicas y se dan en un momento en que la visión del comunismo ha desaparecido del inconsciente colectivo, tienen un carácter puramente defensivo, definido por la política económica del Estado que, si ha de satisfacerlas, debe en primer lugar existir [5]. Las luchas de Kiev, de las plazas y de los chalecos en Francia muestran la miseria de la clase obrera nacionalizada, en un mundo de clases que revelan asimismo toda su sordidez y no su grandeza. Los tiempos en que la revuelta era el campo exclusivo de la práctica comunista ya se han ido.

# 5

Los choques violentos en curso no son prueba de radicalidad. La revolución o la revuelta suponen un cambio radical en la forma de las relaciones sociales. Por mucho que veamos humo en las calles y nos identifiquemos con la imagen de un manifestante enmascarado siendo golpeado por fuerzas de orden y seguridad, tales identificaciones son siempre ficticias y precarias. Proyectamos lo que en nuestra sociedad sabemos de los símbolos “encapucharse, destruir, bloquear la calle” y, sin embargo, los motivos y efectos de estas imágenes y acciones en otra sociedad, en otro momento, son muy diferentes de Grecia. Detrás de la capucha puede estar el peor fascista, que odia al "Estado de los que han traicionado a la nación". Sabemos por el triste ejemplo de Kiev que hay menos significado en los conflictos que en la manera en que los sujetos experimentan esos conflictos en su vida cotidiana. Cuando nacionalistas, pequeños burgueses, trabajadores por cuenta propia y anarquistas luchan juntos contra la policía, lo que triunfa es la ideología nacional, y no necesariamente como hegemonía ideológica. He aquí Gramsi, pero en términos de funcionamiento, de experiencia: el nacionalismo es la unidad y la memoria de la unidad, vivenciada por sujetos burgueses heterogéneos. El nacionalismo se basa en la tolerancia siempre frágil pero exitosa entre categorías contradictorias. Y mientras esta unidad sea funcional, su tensión interna se canalizará en una dirección diferente: hacia la élite y los inmigrantes, las dos caras del "internacionalismo". El nacionalismo como función es la coexistencia dentro de una plaza o una calle, de todas las identidades burguesas tal como lo que son. Los ataques conjuntos contra la policía llevados a cabo por anarquistas, nacionalistas, pequeños burgueses y trabajadores apuntan en esta dirección. [6]

# 6

El haber conseguido frenar el aumento del precio de los combustibles, es un logro revolucionario. No hay que subestimar la posibilidad de que la amplia destrucción en términos de valor, el bloqueo de calles, etc., puedan evolucionar de formas imprevisibles. También el que hubiese ocasión, aunque muy pequeña, para efectuar expropiaciones, es definitivamente algo positivo. [7] Sin embargo, viendo lo que vemos ahora, podemos decir lo siguiente: si los chalecos amarillos salen derrotados, en el sentido de sólo algunas de sus demandas sean atendidas mientras que otras no, es más probable que el movimiento siga un curso revolucionario de clase. Por ejemplo, las demandas de aumento salarial tienen más incidencia sobre el impulso de los acontecimientos de lo que realmente se afirma. No obstante, si este reclamo se mantiene, seguramente deberá enfrentar la hostilidad incluso del pequeño capital. Y llegado ese punto, las personas que sigan en las calles tendrán que enfrentar un problema importante: por un lado, su disminución cuantitativa, dado que una gran parte de la masa abandonará el movimiento tal como existe ahora; y por otro lado, el encuentro con los inmigrantes, muy difícil en términos materiales reales dado que en todas partes parece estar descartado de plano.

# 7

El Estado, la contrarrevolución y el capitalismo superan a la clase y al análisis radical del asunto, y Macron parece saberlo: a diferencia de los revolucionarios que buscan las claves de la historia en una causa oculta, la verdad profunda del mecanismo social, el capitalismo toma en cuenta la fatiga, la frustración, la esperanza, el miedo y la fugacidad de la vida. Sabe que unas pocas promesas, unas cuantas concesiones hechas a medias, la abundante violencia y la pérdida de varios días de salario, pesan incluso sobre los anhelos más vitales. Lo que empuja a la gente a la calle, el dolor y el miedo, puede llevarlos de vuelta a sus casas: la apuesta de los revolucionarios se plantea precisamente sobre esta marea incierta. El desafío que anida en su corazón es éste: ¿qué dolor es más grande que el dolor del presente o del futuro? Casi siempre es mejor vivir un poco que no vivir en absoluto. Aquellos que no viven en absoluto, esos que no tienen nada que perder excepto sus "cadenas", no han sido de ninguna manera escuchados en esta rebelión. Hasta ahora.

Notas

[1] https://earther.gizmodo.com/frances-gas-tax-disaster-shows-… .

El proyecto de ley se propuso sobre la base de la transición a la "energía verde" aunque, obviamente, tenía otros incentivos, y más bien ningún beneficio ambiental. Pero esto no lo entienden fácilmente quienes trabajan con diesel y quieren seguir pagando poco. Reaccionaron ante el alza de precio defendiendo sus vidas, sin preocuparse, desde luego, por el beneficio ecológico. Entonces surge un problema diferente: dentro del capitalismo, la no devaluación de la clase trabajadora puede ser incompatible con los problemas ambientales. Esto, por un lado, muestra que la respuesta a los problemas ecológicos es también la respuesta al capitalismo en su conjunto, pero hasta que esto suceda, puede que al interior de la lucha aparezca un problema de prioridades, con la clase obrera desempeñando un papel más conservador que progresista.

[2] https://iapp.org/news/a/2018-global-legislative-predictions/ .

[3] https://voiceofeurope.com/…/europe-is-on-the-brink-of-a-wo…/

[4] https://voiceofeurope.com/…/revolutionary-scenes-as-yellow…/

[5] https://www.doctv.gr/page.aspx?itemID=SPG12699. Por supuesto, vale la pena señalar aquí que no sabemos cuántos y exactamente quiénes están haciendo demandas en esta etapa. Sin embargo, la pretensión de que todos estén representados en la lista es indicativa de un clima chovinista. Algunas peticiones son puramente nacionalistas. Por otro lado, las demandas financieras podrían ser cómodamente el programa de Strasser o de Popular Right.

[6] http://lahorde.samizdat.net/…/gilets-jaunes-ni-macron-ni-f…/ , http://autonomies.org/2018/12/the-uncertain-tides- of-insurrection-the-yellow-west-protests-of-france / y https://www.rt.com/…/445352-police-union-yellow-vests-fran…/ . Para ver un ejemplo de un análisis clásico de demanda de clase: https://jacobinmag.com/…/yellow-vests-fuel-prices-france-pr…

[7] Para un cuadro muy general: https://www.thelocal.fr/…/opinion-why-frances-yellow-vest-p…