viernes, 11 de octubre de 2019

[Ecuador] Leaflet of angry proletarians


Ecuador, October 9, 2019: 7th day of national strike and 1st day of general strike.
Leaflet of angry proletarians living in what is today called “Ecuador” for the world communist-anarchist revolution, from the heart of the action:

We are fighting in the streets with the proletarian masses of the city and the countryside. There is no time and there are no copiers available to print out and distribute this pamphlet on paper. It’s more pleasant and helpful to live the experience of rebellion than to write about it.

We made the president, who is the puppet of the businessmen and thieving bankers of the Carondelet Palace, runaway. We have occupied the National Assembly, through massive direct actions and class solidarity networks, and despite the terrorism of his state (state of emergency, brutal police and military repression, hundred arrested, dozens injured, several dead, curfew).

We don't know when or how the current situation will be end. But we do know that the social struggle continues and must continue, clearly making the following minimum and non-negotiable demands:

* Repeal the entire economic package, not just the rise in public transport fares.

* Repeal the state of emergency and curfew.

* Overthrow all the power of Moreno's government, his bosses and his henchmen.

* No negotiation or giving in to the state that belongs to the rich and powerful, that kills us with hunger and with bullets. We can't let the bourgeoisie and the opportunist politicians from the left or the right steal the power we have gained in the streets in recent days. No demands for new elections or a new government. We have had enough of the same shit political script. We want the self-government of the masses!

* Keep the Assemblies everywhere to self-organize the mobilization, solidarity, supply, health and self-defense of our people.

* Demand the return of all the money stolen by businessmen, bankers and politicians, in order to improve the living conditions of the working class in the countryside and the city.

* Expel the mining companies and the IMF.

* Free detained comrades.

* Break the media blackout and denounce the economic and police terrorism of the state.

* Call for concrete international class solidarity around the world.

Proletarians in struggle in this country:

Win or lose, we have woken up from the historical lethargy, responded to all kinds of attacks from the ruling class, done things that have not been done in many years, and we are learning in practice various important lessons during these days of intense class struggle .

Win or lose, we have to keep the flame of proletarian struggle burning. We have to build and sustain an autonomous social force in the medium and long term with enough capacity and clarity to take power, not from the bourgeois state, which must be destroyed, but over our lives. To fully realize the social revolution, i.e. abolishing and going beyond of private property, commodities, wage labor, money, class society, the state, the nation and all forms of exploitation of human beings and nature.

It's not about surviving less badly, but about really living!

It's not about changing masters, but about getting rid of them!

Long live the the general strike!

Class war and insurrection!

Free communes throughout the country!

For the transformation and communisation of everything that exists!

¡Vamos hacia la Vida!

Towards life!


Original en español: http://proletariosrevolucionarios.blogspot.com/2019/10/ecuador-9-de-octubre-de-2019-7mo-dia-de.html

Italiano: Comunicato sulle proteste in Ecuador

jueves, 10 de octubre de 2019

Sobre los acontecimientos actuales en Ecuador

El polvorín social que actualmente recorre el centro y diversas  provincias de la finca ecuatoriana, no es algo repentinamente casual, y es por eso que desde los años 2014 y 2015 ya habían acontecido revueltas proletarias en esa región como respuesta a los ataques que impone la dictadura de la economía.

Este mes de octubre del 2019, el combate en las calles y la solidaridad ejemplar que se ha gestado entre oprimidos, revive el conflicto tras unos breves años de paz social.

Sin duda, esta situación regresó a primer plano en la palestra una realidad que buscaba ser nublada por la burguesía y sus ideólogos: la realidad de la lucha de clases, que ante los hechos, propios y extraños tuvieron que callarse, cuando antes ladraban acerca de la superación de todo enfrentamiento de clase.

Los acontecimientos de Ecuador, pese a todas las contradicciones y debilidades que el proletariado pueda arrastrar en este proceso; afirman nuevamente una realidad concreta: que el proletariado no es un concepto ambiguo, pasajero ni de identidad elegida; es la condición material y concreta de los que no poseemos más que manos y cerebro para vender al capitalista. Y que la lucha no es de ideologías “buenas” contra ideologías “malas”, es la lucha del proletariado revolucionario contra la burguesía y su Estado, es la lucha de una clase desposeída y dominada contra el armatoste de la sociedad que la aprisiona, más allá de cualquier aspiración redentora por obra de una “bonita idea”.

Es una labor de repetida tergiversación de la realidad donde la burguesía, sus voceros ideológicos y sus medios nos dirán que “somos clase media, ciudadanos, indígenas, estudiantes, ecuatorianos, venezolanos”… toda esa parafernalia solo tendrá el objetivo de que nuestro potencial subversivo sea atomizado, parcelado e impotente… y así poder ser canalizado para que pidamos más democracia, más reformas, mejores gobernantes… en suma, unas migajas efímeras para seguir en el vertedero.

Analistas políticos dicen muchas cosas, se atascan periódicos, páginas web, programas de tv y radio de bastante palabrería de todo tipo. Al fin de cuentas nadie dirá lo debe decirse: que ya no podemos ni queremos vivir así, bajo las imposiciones de la clase dominante y su sistema de reproducción de estas nauseabundas condiciones de existencia, y que por ello, la única solución para terminarlo es destruyendo la raíz de todo esto.

Los ideólogos orates que llaman al dialogo, la calma y a buscar vías de paz. Evidencian en estos momentos lo obsoleto de su discurso, pues son los hechos los que demuestran que cada vez que los trabajadores, los parados y los precarios se llenan de valor para expresar su rabia, ahí sin falta estarán los gases lacrimógenos y las balas de goma, las masacres, los asesinatos y las detenciones, las cárceles estarán copadas, los guettos llenos de droga y violencia. Todo para calmarnos, callarnos, reprimirnos, porque lo que más teme la burguesía y su Estado, es al proletariado en lucha.

En todo caso, durante estos últimos años de crisis social mundial hemos atestiguado la ruptura de la cotidianeidad burguesa, ya nada es lo mismo, y poco a poco se va configurando en las mentes de los obreros, los parados, los inmigrantes ilegales, los presos, etc., que del Estado ya no se puede esperar nada, más que su ataque, que ya sea la izquierda o la derecha en el gobierno, la porra del policía siempre caerá en la jeta del quien tiene hambre, está endeudado y tiene que trabajar para sobrevivir. Y esto ya lo hemos visto, desde Europa, Asia, el Norte de África hasta América Latina, la normalidad ya está rota.

//México, comienzos de octubre de 2019
Fuente: https://materialesxlaemancipacion.espivblogs.net/2019/10/08/ecuador-breve-analisis-del-quot-paquetazo-quot-y-las-proximas-protestas-en-este-pais-desde-la-critica-radical/

[Ecuador] ¿Quién Habla de Paz?

Casi nunca me pronuncio por redes sociales, pero hoy no he dejado de pensar en las condiciones de turbulencia social que vive el país y las maneras en las que me afectan a mi vida . Algunos en redes sociales han hecho un llamado a la PAZ y la calma, clamando por la paralización de las movilizaciones de los sectores más desposeídos de la sociedad: lxs indígenas, lxs campesinxs, las mujeres y los estudiantes. Con hashtags como #EcuadorPaísdePaz nos hacen creer que la PAZ estuvo siempre ahí y que unxs “otrxs” han venido a quebrantarla y vandalizarla. Sin embargo, me es imposible pensar si realmente he tenido PAZ y si otros similares a mí lo han tenido antes de todas estas manifestaciones. ¿Realmente tengo PAZ? ¿Quiénes la tienen? ¿Qué es realmente la PAZ?
 
Desde hace muchos años ya, he venido pensando con mucha tristeza y decepción si podré cumplir mis metas en un contexto donde no existen oportunidades de vida para jóvenes y personas que se dedican a las ciencias sociales. Todas las mañanas me levanto con ansiedad y reflexionando sobre mi posibilidad de desarrollar mi existencia en una sociedad atravesada por la desigualdad, la discriminación la corrupción y la homofobia. ¿He tenido PAZ? Hace casi tres meses, un amigo al que extraño demasiado, decidió salir del país por las pésimas condiciones laborales del Ecuador y por la homofobia recalcitrante de su familia. Se graduó de Hotelería y desde ahí (ya casi un año) no ha logrado conseguir un empleo fijo ni reconciliarse con sus seres queridos. Ahora se encuentra de ilegal en EEUU tratando de sobrevivir en un contexto donde los migrantes y latinos son perseguidos o tratados como cuerpos de carga para explotar y violentar. Cuando converso con él nos reímos y damos aliento, pero reflexionamos si algún momento nos volveremos a ver. ¿Acaso hemos tenido PAZ?
 
Ni que decir de otros cuerpos en los que la desposesión se expresa en condiciones básicas de necesidad y donde la violencia parece ser un acto cotidiano de cada día. Pienso, por ejemplo, en los miles de casos de femicidio donde los asesinos son absueltos por las cortes ; en la cantidad enorme de personas en hospitales públicos que jamás serán atendidos aún en condiciones catastróficas; en los miles de niños que trabajan en las calles y plazas de la ciudad; en lxs miles de desempleados urbanos que desesperadamente buscan una forma de superviviencia para ellxs y sus familias. ¿Acaso ellxs y sus familias han tenido PAZ?
 
La PAZ, queridxs amigxs, se ha convertido en un bien al que es posible acceder por una articulación compleja de factores que involucran a la clase, a la raza y al género. La PAZ, en nuestro contexto como país (y latinoamericano) únicamente lo consiguen aquellos que pueden acceder a un seguro privado, a un empleo, a una vivienda, a un sueldo digno, a vacaciones, etc. ¿Cuántas personas en este país tienen un trabajo digno?¿A cuántas personas se les paga lo que se les merece? ¿Cuántos estudiantes tienen asegurado su futuro? ¿Cuántos jóvenes llegarán siquiera a estudiar? ¿Cuántos indígenas y campesinxs acceden a servicios básicos como agua, salud y vivienda y demás? ¿Cuántas mujeres y LGBTI viven en espacios seguros, sin violencia ni discriminación? Nebot, Guillermo Lasso y toda la horda de banqueros y empresarios de mierda que apoyan las campañas a favor de la “PAZ” en Ecuador , pueden hablar de ella porque sus putrefactas existencias se mantienen aseguradas por el trabajo y despojo de otrxs. Hablan de PAZ porque no conocen lo que significa trabajar y no tener suficiente para alimentarte a ti y a tu familia. Hablan de PAZ porque no saben lo que significa migrar y sufrir discriminación en la calle y en el trabajo. Hablan de PAZ y no conocen lo que significa recibir abusos constantes de tu pareja y estar amenazadx de muerte todxs los días. Hablan de PAZ, pero no saben lo que significa ir a un hospital y no tener dinero para salvar a tu madre, padre, abuelo, amigo…
¿Quién habla de PAZ?


// por Joseph SP.
// fuente http://ecuador.indymedia.org/?p=1265
#Dia6ParoNacionalEC

English: Who Speaks of Peace?

[Ecuador] Panfleto de un@s proletari@s cabread@s

Ecuador, 9 de octubre de 2019: 7mo día de Paro Nacional y 1er día de Huelga General.

Panfleto de un@s proletari@s cabread@s de la región ecuatoriana por la revolución comunista anárquica mundial, desde "donde las papas queman":

Estamos luchando en las calles junto a las masas proletarias de la ciudad y del campo. No hay tiempo ni copiadoras disponibles para sacar y repartir este panfleto en papel. Es más agradable y provechoso vivir la experiencia de la rebelión que escribir acerca de ella.

Hicimos huir al presidente-títere de los empresarios y banqueros ladrones del Palacio de Carondelet y nos tomamos la Asamblea Nacional, mediante acciones directas masivas y redes de solidaridad de clase, a pesar del terrorismo de su Estado (estado de excepción, brutal represión policial y militar, cientos de detenidos, decenas de heridos, varios muertos, toque de queda).

No sabemos cuándo ni cómo va a concluir la situación actual. Pero sí sabemos que la lucha social continúa y debe continuar, teniendo claro y firme las siguientes reivindicaciones mínimas e innegociables:

* Derogar todo el paquetazo económico, no sólo el alza de pasajes.

* Derogar el estado de excepción y el toque de queda.

* Derrocar todos "los poderes" del gobierno de Moreno, sus jefes y sus secuaces.

* No negociar ni ceder con el Estado de los ricos y poderosos que nos matan de hambre y a bala. No dejarse robar por la burguesía y los políticos oportunistas de derecha ni de izquierda el poder que hemos ganado en las calles estos días. No exigir nuevas elecciones y nuevo gobierno. Ya basta del mismo libreto político de mierda de siempre. Autogobierno de las masas.

* Mantener las Asambleas en todas partes para autoorganizar la movilización, la solidaridad, el abastecimiento, la salud y la autodefensa de nuestra gente.

* Exigir la devolución de todo el dinero robado por empresarios, banqueros y políticos, para poder mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora del campo y la ciudad.

* Expulsar a la Minería y al FMI.

* Liberar a los compañeros detenidos.

* Romper el cerco mediático y denunciar el terrorismo económico y policial del Estado.

* Llamar a la solidaridad de clase internacional concreta en todo el mundo.

Proletari@s en lucha de este país:

Ganemos o perdamos, hemos despertado del letargo histórico, respondido a los ataques de todo tipo de la clase dominante, hecho cosas que no se han hecho en muchos años, y estamos aprendiendo en la práctica varias lecciones importantes durante estos días de intensa lucha de clases.

Ganemos o perdamos, mantengamos encendida la llama de la lucha proletaria para poder construir y sostener a mediano y largo plazo una fuerza social autónoma con la capacidad y la claridad necesarias y suficientes para tomar el poder no del Estado burgués, al cual hay que destruirlo de raíz, sino sobre nuestras vidas. Para hacer la revolución social hasta el fin, es decir la abolición y la superación positiva de la propiedad privada, la mercancía, el trabajo asalariado, el dinero, la sociedad de clases, el Estado, la patria y toda forma de opresión entre los seres humanos y sobre la naturaleza.

¡No se trata de sobrevivir menos mal, sino de vivir de verdad!

¡No se trata de cambiar de amo, sino de dejar de tenerlo!

¡Viva el Paro Nacional y la Huelga General!

¡Guerra de Clases e Insurrección!

¡Comunas Libres en todo el país!

¡Por la Transformación y la Comunización de Todo lo existente!

¡Vamos hacia la Vida!

------------------------------------------

Si estás de acuerdo, favor difundir. Copia y pega. Contrainforma. Resiste y protesta desde todos los frentes de lucha.


ENGLISH: [Ecuador] Leaflet of angry proletarians 

Italiano: Comunicato sulle proteste in Ecuador

[Ecuador] Breve análisis del "paquetazo" y las próximas protestas en este país desde la crítica radical

 [Panfleto del 2 de octubre]

Las últimas medidas económicas del gobierno ecuatoriano son medidas de austeridad en tiempos de crisis capitalista, que las han aplicado y las aplican gobiernos de derecha o "neoliberales" y gobiernos de izquierda o "socialistas del siglo XXI" de todo el mundo por igual, porque eso es lo que les determina a hacer la lógica misma del modo de producción capitalista, el cual se fundamenta en, o vive a costa de, la explotación de la clase trabajadora. En efecto, en tiempos de crisis el Capital siempre aplica en todas partes la misma política económica contra nuestra clase: ajuste de cinturones o mayor empobrecimiento, y aumento de la explotación.
En el caso concreto del último "paquetazo" de Moreno, lo primero lo consigue aumentando el costo de la vida debido al aumento del precio de la gasolina (pues aquí se sabe que "si sube la gasolina, sube todo"); y lo segundo, con todas las reformas laborales flexibilizadoras y precarizadoras impuestas (reducción de sueldos, de pensiones jubilares, de vacaciones, de personal, contratos flexibles, teletrabajo, etc.).
Por lo tanto, el problema no es sólo el "paquetazo" ni el gobierno "neoliberal" de Moreno ni el FMI. El problema de fondo es cómo el Capital nos ataca directa y avasalladoramente a la clase trabajadora en tiempos de crisis, y cómo podemos responder. La lucha es el camino, sin duda. Pero también es necesario analizar autocrítica y estratégicamente la lucha de nuestra clase.
Así pues, cuando al calor de la misma lucha concreta el proletariado desborda el terreno democrático y ciudadano, que es el terreno de lucha de la burguesía y su Estado, así como también el encasillamiento por parte de los sindicatos y partidos de izquierda que sólo quieren cooptar y dirigir la lucha proletaria para poder negociar con la clase dominante sus propios fines particulares y arribistas; cuanto esto pasa, la respuesta más contundente y legítima de la clase trabajadora frente a estos ataques de austeridad del Capital-Estado ha sido, es y será la acción directa, autónoma y antagonista por defender e imponer nuestras necesidades vitales concretas, o al menos pelear por que los ricos y poderosos no empeoren aún más nuestras ya malas condiciones materiales de existencia.
Llegado este punto, las reivindicaciones y las protestas de la clase trabajadora se generalizarían y radicalizarían, y ya no sólo el gobierno sino que todo este sistema no podría cumplir esas demandas sociales "imposibles"; sólo el derrocamiento de este sistema, del Capital y el Estado, lo podría hacer, y entonces se lucharía por esa salida revolucionaria de la crisis capitalista. Pero todavía falta mucho para ello aquí y en todas partes, sobre todo en este país donde el acumulado histórico y el nivel de la lucha de clases, a pesar de ciertos episodios rescatables, ha sido en general bajo e inconstante.
Por lo pronto, salir a protestar con las consignas "abajo el paquetazo", "abajo Moreno" y "abajo el FMI", "construir afinidad en las calles", y hacer todo esto de manera colectiva, más o menos organizada, más o menos autónoma, más o menos combativa... es necesario y está bien; pero hay que ir más allá (como se dijo esta noche en una asamblea por ahí): "abajo el gobierno", "abajo los empresarios y los banqueros", "que se vayan todos, que no quede ni uno solo", "abajo el Capital, abajo el Estado, abajo los gobiernos y todos sus lacayos".
Revertir el "paquetazo" y derrocar a Moreno (como se ha derrocado a Bucaram, Mahuad y Gutiérrez en años anteriores) serían reales "victorias" para el posible y nuevo "movimiento" de protestas sociales en este país. Pero, siendo objetivos, aquí y ahora no existen las condiciones y las fuerzas sociales reales, el nivel de lucha de clases real para ello, aunque por algo se empieza. Puede ser que este gobierno de empresarios y banqueros se salga con la suya, pero la lucha de la clase proletaria en las calles tratará de impedírselo y no será en vano. La lucha es el camino y ahí mismo, luchando, se aprende, en especial de los golpes y las derrotas, a fin de transformarlas en su contrario en próximas batallas.
El hecho de que mañana se reactive la protesta social en este país que ha estado tan "dormido" en ese aspecto durante la última década no es poca cosa. Al contrario. Impulsadas por las fuertes y ejemplares protestas de las últimas semanas de septiembre en Bolívar y Carchi, mañana podrían comenzar las jornadas de octubre o jornadas octubrinas del 2019 en Ecuador. La protesta será creciente y es posible que haya saltos. Algunas organizaciones sociales ya declararon que el 3 de octubre es el día del inicio del "paro nacional". Y ya hay algunas protestas en algunos puntos del país. Veamos qué pasa desde mañana que se vuelven a calentar las calles...
Hay que salir a protestar, sí, pero teniendo claro que este es sólo el comienzo y que hay que ir más allá. Teniendo claro, en última instancia, que los ricos y poderosos no van a pagar la crisis; que ésta no es sólo nacional y "neoliberal", sino mundial y capitalista; que ésta no se eliminará de raíz y definitivamente sino es eliminando al capitalismo, el cual nos seguirá atacando y empeorando nuestras vidas con más crisis y medidas de austeridad; que falta mucho para ello, para un nuevo ciclo (internacional y local) de luchas proletarias que altere la correlación de fuerzas sociales y le imponga al sistema capitalista una situación de crisis revolucionaria; y que, al mismo tiempo, por algo se empieza en la lucha por defender las necesidades humanas de la clase trabajadora contra las necesidades de explotación y acumulación del Capital. Pase lo que pase, en términos de lucha, organización y consciencia, alguna lección y alguna llama encendida dejarán estas próximas protestas para la clase trabajadora en esta "mitad del mundo". Ya es hora. Veamos qué pasa desde mañana en las calles...


Fuente: https://proletariosrevolucionarios.blogspot.com/2019/10/ecuador-breve-analisis-del-paquetazo-y.html 

english: Brief Analysis on the “Paquetazo” and the Coming Protests in [Ecuador] from a Radical Critique

deutsch: Ecuador: Kurze Analyse des paquetazo und der kommenden Proteste von einem radikalen Kritiker

[Ecuador] Sobre Lenin Moreno y el progresismo

Lenin Moreno, actual presidente de Ecuador y artífice de la brutal represión contra el pueblo insurgente en estos días, fue militante del MIR ecuatoriano en los años setenta y del partido Acción Popular Revolucionaria en los noventa. Títulos rimbombantes que en el resto de América Latina suenan familiares. La Ministra de Gobierno de Moreno, María Paula Romo, se revuelca en el mismo chiquero, y hoy en Ecuador comandan juntos el Estado de Excepción, que es sencillamente la suspensión temporal del Estado de Derecho a fin de poder aplastar el levantamiento proletario sin tener que afrontar más tarde las responsabilidades criminales del caso.

No hay de qué sorprenderse: toda organización política de izquierda aspira a administrar, ya sea por las armas o mediante elecciones democráticas, el Estado realmente existente, que es el Estado del capital. El resultado es y será siempre el mismo: marionetas de la economía mercantil, no pueden hacer otra cosa que asegurar la ganancia empresarial y la gobernabilidad de la explotación, adormeciendo a los explotados con espectáculos folklóricos o bajándolos con balas de plomo, según cómo se den las cosas. Al final, el progresismo engaña sólo en tiempos de paz: su populismo demócrata, su feminismo de última hora, su sencillez fotogénica se acaban en cuanto llega la primera turbulencia, que pone al descubierto su verdadero rostro: el de perro guardián de recambio de un capitalismo que corre hacia la nada a lomos de una sociedad sin alma y sin futuro.

Cuando oigan vociferar a esos que se reclaman representantes del pueblo, demócratas, izquierdistas, no escuchen sus palabras, presten atención a sus actos. Vean cómo se comportaron en Grecia en cuanto la Coalición de Izquierda Radical (Syriza) accedió al gobierno: lo primero que hicieron fue apretar con fuerza la soga crediticia del FMI sobre la garganta de la clase obrera griega, diciendo que no podían hacer otra cosa lo cual era cierto. ¿Y en España? Perdida ya toda vergüenza, Podemos se apresuró a avalar las medidas de austeridad impuestas por Syriza, en nombre de un lastimoso pragmatismo que no resuelve nada pero paga bien en el Parlamento. Allí tampoco podían hacer nada más.

¿Y en Chile? Hace tres meses, cuando el gobierno reprimía brutalmente a estudiantes y trabajadores, mientras seguían apareciendo activistas asesinados, el Frente Amplio no salió a condenar la represión sino que se ofreció para sentarse a dialogar con el gobierno en nombre de los pisoteados, abyección que está en su naturaleza tanto como está en la naturaleza del escorpión aguijonear a la rana que lo lleva en andas.

No hay mucho más que esperar del progresismo posmoderno, reclutado entre arribistas, cocainómanos adictos a la mentira, y manipuladores ataviados con un sentimentalismo popular-guerrillerista que no significa nada.

Fanáticos del inmediatismo más estrecho e interesado, ni siquiera saben lo que hacen: mientras se presentan como alternativa de gobernabilidad, ofreciéndose para seguir apretando las tuercas de nuestra explotación y miseria, en realidad aseguran que más temprano que tarde quedemos arrinconados entre la espada y la pared, y con eso no hacen más que cavar su propia tumba junto a los oligarcas con los que se acuestan en sus aposentos legislativos.

¿Balas? ¿Perdigones? ¿Bombas lacrimógenas? ¿Escuadrones de la muerte? ¿Sicarios? Su violencia sólo les salvará el pellejo por un instante. En su ensoñación progresista están tratando de detener un tsunami con tres sacos de arena.

A medida que el capital se fagocita a sí mismo bloqueando uno tras otro sus propios mecanismos de acumulación, el proletariado no puede hacer otra cosa que multiplicarse y desesperar hasta perder el miedo, carcomiendo en todas partes los cimientos podridos sobre los que se levanta este orden social terrorista e hipócrita. Hoy Ecuador es el anuncio de lo que viene en todas partes, y un ensayo parcial de la guerra de clases que mañana se hará total y sin tregua. Nada ha cambiado, no hay perdón posible y nada está olvidado: en nombre de los hermanos ecuatorianos que están siendo reprimidos por el Estado progresista, en nombre de la fuerza e integridad que están desplegando en las calles, y en nombre de nuestra vida robada y mil veces recuperada, no descansaremos hasta que el último burgués sea estrangulado con las tripas del último burócrata.


// tomado de un muro de facebook
// primeros días de Octubre 2019

domingo, 2 de junio de 2019

No solo arde París... Anotaciones sobre los chalecos amarillos


Los chalecos amarillos son ―por si alguien lo dudaba todavía― un movimiento proletario. Como en todo movimiento proletario, en él se expresa a la vez el proletariado realmente existente y el mundo que éste anticipa. El primero parte de la confusión actual, de nuestra debilidad como clase, de la falta de memoria que los vencedores nos expropiaron a los vencidos. Pero parte también de la defensa instintiva, inevitable, de unas necesidades que el capital debe negar para poder reproducirse. Esta defensa de sus necesidades empuja al proletariado a negar a su vez al capital y su dominio sobre nuestras vidas, y no sólo, porque en ese proceso el proletariado también se niega, se reafirma como comunidad de lucha en contra de su propia existencia aislada, ciudadana, democrática. Esta contradicción esencial al capitalismo, inherente a su propia reproducción, es lo que determina la posibilidad de la revolución. Hace de ella algo material, físico, ajeno a nuestras voluntades y conciencias individuales. Es así como el proletariado anticipa en su combate otro mundo distinto, al mismo tiempo que sigue arrastrando una parte de la mierda de éste, que se constituirá en la base de su propia derrota si no consigue superarla en el proceso.

  • Presentación
  • Lo que movimiento hace
  • Palo y zanahoria
  • Lo quel movimiento dice
  • Algunas perspectivas provisionales
Leer completo y/o descargar en formato PDF

28 de mayo de 2019
por Proletarios Internacionalistas


Guerra de Clases 09/2019: “Chalecos amarillos”

“¿Es una revuelta?”
“¡No, Sire, es una revolución!”
(duque de La Rochefoucauld-Liancourt a Luis XVI, rey de Francia, 15 de julio de 1789, después de la toma de la Bastilla)

Recientemente publicamos en nuestro blog, ya que tuvimos acceso a ellos y otros nos llegaron, algunos documentos producidos por y alrededor del movimiento “chalecos amarillos” que sacude a Francia desde hace varias semanas. Lo que sigue es una especie de introducción a todos ellos (una introducción que normalmente publicamos antes, ciertamente).

No volveremos a la historia del movimiento, a acontecimientos o expresiones particulares, ya que podemos referir a los lectores interesados en esto a diferentes sitios web y blogs que asumen muy bien esta tarea.

Lo que nos gustaría tratar aquí es la forma en que nos aproximamos a este movimiento, cómo lo analizamos, cómo evaluamos su importancia en el marco de la lucha de clases. Y no queremos ocultar que varios artículos que escupen sobre este movimiento, producidos y reproducidos por demasiados grupos de ultra-izquierda, fueron una inspiración (negativa) para esta contribución, lo que podemos llamar: “Qué NO hacer”.

Aunque somos conscientes de muchas debilidades expresadas por el movimiento y somos los primeros en criticarlas, difícilmente podemos estar de acuerdo con la metodología utilizada por esos grupos, metodología que limita el movimiento sólo a esas debilidades, que generaliza esos puntos débiles e ilusiones expresadas sólo por una parte de los “chalecos amarillos” como si fuera la naturaleza del movimiento, un análisis que capta a la clase como algo estático, sociológico, mecánico…

No vamos a repasar todos los argumentos de la ultra-izquierda contra los “chalecos amarillos”, pero al menos tenemos que mencionar los más absurdos para responder a ellos, para situar este movimiento en el lugar correcto en la lucha de clases, para ponerlo de nuevo a caminar de pies y que no ande de cabeza…

>> continuar leyendo y/o descargar revista en pdf

Tridni Valka, 2019

lunes, 15 de abril de 2019

ABAJO EL PROLETARIADO, VIVA EL COMUNISMO


Les amis du potlatch. Francia, 1979
Traducido y reproducido por Proletarios Internacionalistas para el 1° de mayo de 2019


ABAJO EL PROLETARIADO


Quienes no buscan convertirse en una potencia más entre todas las potencias de este mundo, quienes aspiran a destruir todas esas potencias, podrían resumir su programa así: «Abajo el proletariado».

Evidentemente, no en el sentido de una oposición a los proletarios en cuanto seres humanos; sino precisamente porque solo rechazando ser un proletario es que se puede pensar en ser un ser humano. Los revolucionarios no proponen la mejora de la condición proletaria. Proponen su supresión. La revolución será proletaria por quienes la realicen y antiproletaria por su contenido.

La adhesión a la servidumbre


El proletario encuentra en sí mismo el mayor obstáculo para su emancipación. Para el obrero, el verdadero desastre es su complacencia ante la realidad de su miseria, su forma de ir acomodándose encontrando consuelos para su impotencia. No obstante, la experiencia le ha enseñado que no existe ningún recurso frente al sistema que lo oprime y que no sabría cómo poder quitárselo de encima si no fuera por medio de la lucha. Pero no, prefiere desahogarse en el vacío, travistiendo su pasividad en bronca mal dirigida.

El fatalismo y la resignación reinan entre los trabajadores. Por eso se dice: «siempre habrá patrones». De hecho, siempre los ha habido; no hay mucha esperanza si se tuvo la mala suerte de haber nacido en el lado equivocado de la sociedad. Es cierto que el proletario se enoja y que, de buenas a primeras, no acepta más una situación que él juzga insoportable ¿Pero lo hace con el objetivo de preparar un plan de acción determinado? ¡Para nada! A falta de poder siquiera alcanzar a los que prosperan pasándole por encima, el proletario descarga todo su resentimiento en aquellos a los que puede encontrar en cualquier esquina: jefes de poca monta, lúmpenes, desclasados y extranjeros. Se queja de que es él quien los mantiene, eso es lo que siente. Por esas mismas razones, se embronca con su pareja e hijos si no le dan las satisfacciones que espera y también si no logran compensar, a través de un hogar impecable o por resultados escolares apropiados, su sentimiento de inferioridad social. El empleado se distanciará y diferenciará con orgullo del obrero, porque éste se ensucia las manos. Pero, en compensación, él mismo será despreciado y puesto en la categoría de parásito chupasangre. Aquel que está en el sindicato se sentirá superior al que no lo está todavía pero que conviene concientizar. En compensación, proporcionará al mundo un tema de burla bastante fácil.

Incluso cuando no está amargado, incapaz de reconocer lo que hay de bueno en la vida, así como su propia cuota de suerte, el proletario, de todas formas, sigue siendo prisionero de su modo de vida limitado. Acepta su servidumbre hasta el punto de reconocer, a determinada edad, que las cosas se mejoran progresivamente, que la juventud descontenta debería saber reconocer los “logros obtenidos”.

Hay un sentimiento, aceptado en general, por los proletarios de todos los países. No es el internacionalismo, todo lo contrario, es el sentimiento de que se estaría peor en otra parte… «Más vale aferrarse a lo que uno tiene, a su lugar, ya que “al lado”, y por el mismo trabajo…» El trabajador encuentra consuelo en la idea de haber encontrado, en medio de la infelicidad general, su madriguera, su abrigo.
El trabajador lee poco y prefiere dejar que los demás lean en su lugar. Llega al punto, incluso, de darse el lujo de despreciar a los intelectuales. Les tiene recelo porque deben saber mucho —por lo que obtienen una suerte de superioridad— o porque no tienen los pies puestos sobre la tierra. Pero es raro que se considere a los intelectuales por lo que, con frecuencia, son: cretinos diplomados y defensores del sistema. El trabajador se da por satisfecho consumiendo por las mañanas, mientras va a su trabajo, o por las noches frente a la pantalla, las mierdas periodísticas hechas para él. Exige que se pongan a su nivel.
Aceptar el sentido común realista y práctico, es remitirnos a las condiciones limitadas de existencia que producen ese sentido común y no comprender qué es lo que produce y disuelve esas mismas condiciones de existencia limitada. La teoría revolucionaria no tiene que alinearse en la experiencia de los trabajadores, sino ser su superación. Más que una manifestación de impaciencia es una fuerza de anticipación.
El trabajo sigue siendo la mejor policía. Mantiene a todo el mundo a raya, embrutece e impide el desarrollo de la razón, de los deseos, del gusto por la independencia. Esto es así porque el trabajo consume una extraordinaria cantidad de fuerza nerviosa, fuerza que es extraída de la actividad reflexiva, de los anhelos, del amor. El trabajo presenta constantemente ante los ojos del trabajador un objetivo mezquino, asegurando satisfacciones mediocres pero regulares. En consecuencia, en una sociedad donde siempre se trabaja duro se tendrá mayor seguridad: hoy en día se adora a la seguridad como divinidad suprema.

Existen todavía imbéciles que hoy día hacen la apología repugnante del yugo laboral y que ni siquiera les sale de las tripas rechazarlo. Aquel que se va moliendo la salud día tras día estará orgulloso de sus bíceps y se regocijará por no tener la necesidad de practicar deporte para conservar la forma. En algunos talleres reina una verdadera mentalidad olímpica. El salario a destajo y los bonos de motivación no son siquiera necesarios para que cada uno corra atrás de su pequeño récord. Abierto desprecio o paternalismo para aquél que no es capaz o que simplemente le importa una mierda. Sin embargo, es cada vez más difícil creer que lo que se hace sirve para algo, y la indiferencia, incluso el asco por el trabajo, van ganando terreno.

Pero aquel que deja de trabajar, con frecuencia, se las tiene que ver con su sentimiento de culpa. Enfermos o desocupados, muchos tienen miedo de no estar a la altura, vergüenza de dejarse estar. Aquel que se mide a sí mismo con la vara del trabajo cree tener que probar al mundo que no es un miserable y que tiene una utilidad social. En esto se pone el dedo en el carácter fundamentalmente miserable de la vida humana: sin el trabajo la vida ya no tiene consistencia, ya no tiene sentido ni realidad.

No es el interés por el trabajo lo que lleva al ser humano a vender su fuerza de trabajo resignándose a no hacer nada más de su tiempo, sino la necesidad de un salario. El peso de la vida cotidiana puede hacer creer que el acceso a las horas de esparcimiento después del trabajo, e incluso la desocupación, son al fin y al cabo una liberación. Basta con volverse desocupado o jubilado para constatar todo lo contrario. La jubilación o la desocupación son el trabajo humano a nivel cero.

La miseria moderna no se expresa por la falta de ocio o por la penuria en bienes de consumo, sino por la separación forzada de todas las actividades, la división del tiempo y el aislamiento de los seres humanos. Por un lado, la actividad productiva frecuentemente frenética, fraccionada —las necesidades de la producción de capital— que hace del ser humano la carcasa del tiempo, un instrumento más entre todos los instrumentos disponibles. Por otro lado, el tiempo libre, adonde se supone que el ser humano debe encontrar un sentido de pertenencia a sí mismo pero donde en realidad, domesticado por la educación y embrutecido por el trabajo, se ve amputado de todo disfrute por la obligación de pagar.

El consumo, y sobretodo los sueños, que sí pueden permitirse quedan fijados como el último de los consuelos. La obrera, la vendedora o la secretaria, fuera del tiempo consagrado a lamer vidrieras y a la lectura de fotonovelas, sacrifica toda su vitalidad en elevar su rango social por medio de visibles esfuerzos de tocador ¡La “feminidad” puede lograrse con plenitud y gozo gracias a los milagros de todas las mercancías accesibles! El deseo de ser tomada en consideración y la sumisa adhesión a las representaciones serviles que se hacen de la mujer se entremezclan para engañarla mejor sobre la realidad de su destino.

El “hogar” obrero acaricia la idea de la morada en un barrio residencial que algún día le pertenecerá y donde se encontrará, por fin, “su techo”. Pero antes que nada está el automóvil. Sueña con comprarlo, y después con cambiarlo. Es una medida de la riqueza y del saber vivir, además provee un inagotable tema de conversación. Incluso si el obrero prefiere hablar con el mozo acerca de los sinsabores que experimenta con su esposa mientras le muestra las fotos de sus hijos, es el mecánico, quien, en última instancia, va a ocupar el rol de su verdadero confidente.
«Se trata de no conceder a los proletarios ni un solo instante de ilusión o de resignación. Hay que hacer que la vergüenza se vuelva aún más vergonzosa , exponiéndola. Debemos poner a bailar juntas estas relaciones petrificadas bajo los dictados de su propia melodía. Hay que enseñarle al proletario a tener miedo de sí mismo con el fin de darle coraje.»
(Marx, Manuscritos de 1844)
El obrero desconfía de la política con frecuencia, pero muy rara vez decide elevarse a la crítica de la política y de los políticos. Inflado en su orgullo por la importancia momentánea que la política le confiere y excitado por el cariz deportivo que toma el asunto, no rechaza hacer la cola y depositar su voto. Basta con que el viento de “la unión nacional” comience a soplar para que todas sus ilusiones, aparentemente extinguidas, se reaviven. Poco importa que la izquierda haya regularmente traicionado las esperanzas que las masas depositaban en ella, que los socialdemócratas las hayan enviado a la guerra, que haya participado de las peores maquinaciones burguesas, o apoyado la represión colonial. En cuanto a los pretendidos comunistas, desde el momento que llegan al poder, no hacen más que desatender y abandonar la defensa de los intereses obreros: apelan a arremangarse  y no dudan en reprimir físicamente al proletariado, como en Kronstadt, Barcelona, Budapest… ¿Pero qué sabe el obrero sobre la historia de las luchas proletarias? Sobre la Comuna de París, sobre la revolución rusa, sobre las huelgas bajo el régimen del Frente Popular apenas conoce las caricaturas y los cuentos de hadas que el aparato político y los maestros de izquierda tramaron y compusieron para su propio uso.

Si adhiere a un partido estalinista, el “trabajador” denunciará la ganancia desmedida de los monopolios y las especulaciones descaradas de los promotores inmobiliarios. Pero nunca entiende el verdadero papel social del patrón y la ganancia del capital. No verá más que robos, parasitismo, abusos de las “doscientas familias”, pero para nada, las funciones económicas que se deben liquidar socavando sus bases: el capital y el trabajo asalariado. Desde el momento en que exista un país modelo y socialista, Suecia o Cuba dependiendo de los gustos, las fastuosidades, las oficinas suntuosas, las dachas al servicio del pueblo enseguida le parecerán más honestas. No importa cuál burócrata grasiento sea un “dirigente obrero”, ese modo de vida se convertirá en una cuestión de dignidad obrera. En los países donde el proletariado ejerce su dictadura ¿cuál no será la satisfacción del obrero, por la mañana en la fábrica cuando levanta su gorra delante del capataz, sabiendo que de hecho es propietario de su empresa, y, en última instancia, el superior de sus superiores?

El enemigo del proletariado no es tanto el poder de los capitalistas o de los burócratas como la propia dictadura de las leyes de la economía sobre las necesidades, las actividades y la vida de los seres humanos. La contrarrevolución moderna se centra en la defensa de la condición proletaria y no tanto en el mantenimiento de los privilegios burgueses. Con la ayuda de sus representantes políticos y sindicales, y en nombre del proletariado, se intenta salvar a la sociedad capitalista.
«Pero para los proletarios que se dejan entretener
con ridículos paseos por las calles,
con plantaciones de árboles de la libertad,
con resonantes frases de abogados,
habrá, de primero agua bendita, luego injurias,
y finalmente metralletas, la miseria siempre.»
(A. Blanqui)

El diseño de la servidumbre


Protestar y reivindicar también son parte del rol del obrero y de su impotencia. Impotencia, desconexión de la realidad y falta de perspectiva a los que su trabajo lo condiciona. Pasivo y aislado, acepta entregarse a los aparatos burocráticos con la esperanza de encontrar la conexión de la que carece.

El trabajador, cuando reivindica algo en el seno de esas “organizaciones responsables”, está reafirmando el fundamento de su propia miseria ¿Qué reclama? ¿Pan? ¿Espacio? ¿Máquinas que hagan el trabajo? ¿Los medios necesarios para gozar de su vida, encontrarse con amigos, actuar y producir para ellos y con ellos? No. Lo que reclama tozudamente es la garantía de poder trabajar, de dejarse explotar en los trabajos forzados del sistema asalariado y, en compensación, una disminución de la edad jubilatoria, para que los jóvenes puedan también hacer uso de su derecho al trabajo mientras los viejos pueden ir preparando tranquilos su entierro. Reclama que el obrero llegue a tener que venderse para obtener con lo que subsistir, obligado y constreñido por el entorno económico; o sea, que una vez en el trabajo, tenga que hacer todo lo que está a su alcance para no dejarse arruinar la salud, que tenga que pelear constantemente persiguiendo actividades que le sean más provechosas y para reducir el tiempo durante el cual es explotado, evidentemente. Estas actitudes, que de hecho tienen que tener en cuenta el medio capitalista, no tienen nada que ver con el derecho al trabajo y el derecho a la jubilación.

Las reformas no son conquistas del proletariado sino mejoras, un rediseño ¿reajuste? que el sistema se ve en la necesidad de ejecutar para asegurar su supervivencia y progresión en el tiempo. Generalmente, lo que hace —a veces sometido a la presión de las masas— no es más que liquidar sus anacronismos. El reformismo obrero solo cubre las necesidades de desarrollo del capital, en particular aquella de tener que tratar relativamente bien a la fuerza de trabajo para poder explotarla con mayor saña.
La crisis, con los conflictos que trae aparejados, constituye un momento de esperanza para arribistas y burócratas, que intentan, entonces, hacerse de los mejores puestos que la acción del proletariado deja libres. Esto podemos constatarlo en la revolución rusa donde el partido bolchevique hizo recular, algunas veces militarmente, a las fuerzas vivas de la revolución hasta restaurar el orden capitalista y la disciplina en las fábricas; así como en las revoluciones alemana (1918/1923), española (1936/1937)…

Aquellos que encuentran en la impotencia y la atomización de los proletarios los cimientos de su poder de negociadores de la fuerza de trabajo son los mejores defensores de la sociedad de explotación. Su programa es la gestión de la condición proletaria. Bien pueden gritar a los cuatro vientos “¡Viva el proletariado!” ya que, precisamente ¡viven del proletariado! Y si estos herederos del fracaso de las insurrecciones proletarias pueden darse a publicidad sin vergüenza es porque han prosperado gracias a haber sepultado a aquellas.

Los obreros ocupaban las fábricas «pero la fábrica ocupaba a los obreros, 
quienes, de este modo, no eran arrojados a la calle para terminar 
arropados por esos cortejos que derivaban, a veces, 
en incidentes violentos y sangrientos.» (L. Blum)

Una gran ilusión, la autogestión


El capital ha mercantilizado todas las relaciones sociales. Pero este mismo movimiento ha tornado frágiles los mecanismos de regulación del sistema e inestables los equilibrios sobre los que descansa la acumulación, sean éstos monetarios, sociales, demográficos o ecológicos. La crisis de 1929 llegó luego del aplastamiento del proletariado (fracaso del período revolucionario de la década del 20), sin embargo, la que hoy vivimos llega en una época en la cual el proletariado redescubre su fuerza. Un enfrentamiento decisivo se prepara.

El sistema capitalista vive del proletariado como ninguna otra sociedad de clase lo hizo con sus esclavos. La clase fundamental del capitalismo es el proletariado y no la burguesía. En tanto haya proletariado, habrá capitalismo y, de hecho, el carácter revolucionario del capitalismo es extender el proletariado, es decir la expansión de la clase que es la disolución de todas las clases, la clase que solo puede reconquistar su humanidad y apropiarse de su mundo, disolviendo su propia esencia y destruyendo el capital. El proletariado es empujado a la acción especialmente porque, con la crisis, el movimiento obrero se vuelve incapaz de seguir reformando el trabajo asalariado. En relación con sus ancestros y con quienes viven en la miseria en el tercer mundo, los explotados de los países desarrollados son relativamente mimados. Sin embargo, la transformación revolucionaria que vendrá dependerá de ellos, porque la distancia entre lo que es y lo que podría ser posible es mayor que nunca. Esta distancia, tengan o no los proletarios alguna consciencia de ella, es de todas formas una contradicción que los incita y los incitará cada vez más a actuar para salir de tal situación.

A falta de poder ofrecer a los desposeídos una ideología burguesa, propietaria, moral o religiosa, se les presenta una ideología proletaria: el socialismo, la autogestión. La generalización del trabajo asalariado ha destruido los viejos valores de la propiedad y obliga al capital a priorizar el acceso a responsabilidades, el enriquecimiento de tareas, la democratización del poder en la empresa, la participación. Sobretodo cuando las dificultades económicas hacen más dolorosas las compensaciones a los trabajadores en dinero constante y sonante.

El problema de la gestión solo puede ser central en un universo parcializado, fraccionado y atomizado, donde los seres humanos se ven impotentes frente a la necesidad económica. Los autogestionistas y otros apóstoles del control obrero buscan atar a los trabajadores a “su” empresa. Concretamente, esto se traduce en la acción de comités examinando las cuentas, dentro de cada empresa, controlando al patrón o a la dirección, vigilando la producción y las actividades comerciales todo a la vez. Con esto se da por supuesta una suerte de economía eterna cuyas leyes serían más o menos idénticas tanto en el capitalismo como en el comunismo: los trabajadores tendrían entonces que aprender las reglas de la administración y del comercio. La lógica de la mercancía se impone, lo determina todo: qué se fabricará, cómo, etc… Pero para el proletariado el problema no es reivindicar la “concepción” de lo que hoy solamente se encargaría de “fabricar”.

En el mejor de los casos la solución sería sinónimo de autogestión del capital. El ejemplo de Lip es elocuente: hasta las tareas del patrón se convirtieron en tareas de los obreros. Además del proceso material, se encargaron de la comercialización. Justamente los problemas que puede traer la “gestión”, en una sociedad no mercantil, no tienen nada en común con ello. Pretender que los trabajadores puedan aprender algo gracias al control obrero es un absurdo: el mismo solo puede enseñarle gestión capitalista, sean las que sean las intenciones de quienes lo hacen.

Promocionada por los ideólogos de la nueva ola, la autogestión se engalana con el atractivo de la utopía. Pero que triste utopía es que la confusión de un capitalismo sin capitalista se sume al ridículo de trabajadores entusiasmándose mañana por lo que hoy les es indiferente: el trabajo asalariado… De cara a futuros desbordes, la izquierda democrática ve en la autogestión un discurso que la fortifica, que le permite aparecer más acabada para reabsorber un movimiento que se anuncia amenazante.


VIVA EL COMUNISMO


Las escaramuzas de la guerra social de los últimos diez años hacen crecer la amenaza que pesa sobre la miseria del trabajo asalariado. La crisis se seguirá agravando, lo que excluye una solución pacífica.

De momento las fuerzas del viejo mundo están forzadas a mantener la ofensiva. Pero las cartas aún no están echadas.

Rechacemos el juego del enemigo, que consiste en reformar para conservar el mundo de la economía.

Reconocernos en nuestro terreno: poniendo en primer plano la posibilidad del comunismo, a lo que contribuye la teoría de la revolución comunista. Démonos entonces las armas para la conflagración que se viene.

El comunismo balbuceante


Lo que la prensa y la televisión presentan como “lucha de clases”, el combate de los trabajadores, suele ser en realidad un espectáculo político–sindical prefabricado. La fuerza real de la clase trabajadora y el temor que puede inspirar se expresan de forma más eficaz y más subterránea. Las actitudes de indocilidad y de rechazo al trabajo inciden más, incluso en el nivel de los salarios, que los desfiles rituales del Primero de Mayo. Existe una complicidad entre los diferentes poderes que se reparten la sociedad para disimular la guerra social que los amenaza.

Los trabajadores, a raíz de su situación, gracias a las enormes masas de capital que están encargados de accionar, por el nivel de integración de todos los actos productivos y económicos, disponen de formidables métodos de acción y de presión. Métodos incomparablemente más poderosos a los que tenían los oprimidos de otras épocas, y, sin embargo, carecen frecuentemente de la conciencia de esta fuerza. No se trata de un poder abstracto que poseería la clase trabajadora en su conjunto, sino de los medios que detentan concretamente, incluso grupos restringidos en virtud de su situación de clase. Por la huelga, por el sabotaje, por desobediencias de toda índole, los trabajadores pueden amenazar la valorización del capital. Pueden llegar a bloquear la producción de tal bien o tal servicio de carácter indispensables, pueden hacer que dejen de funcionar grandes conjuntos, pueden desviar la producción para su propio uso y cuenta.

Esta potencia puede ser utilizada a un nivel mucho más elevado todavía para evitarle disgustos a otros. Una huelga de transportes hace perder días de trabajo. ¡Qué se jodan los fanáticos del trabajo! Existen varios medios de presión para lograr que estas jornadas de todos modos sean pagadas. Algunas huelgas de transporte se han concretado cesando todo control de pago e imponiendo la gratuidad. ¿Cuál sería el efecto social de la distribución gratuita de ciertos productos, de carteros que no obliterarían más la correspondencia, de cajeras que pararían el trabajo permitiendo a los clientes irse sin pagar, de empleados que destruirían los papeles importantes? Posibilidades de acción extraordinarias existen prácticamente por todas partes. Lo que falta es la audacia, el acuerdo, el verdadero gusto por la eficacia y el juego. Es significativo que los disturbios de nuestro tiempo sea en Estados Unidos, Polonia, Londres o El Cairo, desemboquen regularmente en asaltos a comercios y saqueos en tiendas y supermercados. Bastó un corte de luz en Nueva York, en Julio de 1977, para que respetables padres de familia participen del saqueo codo a codo con los “delincuentes”.

Defender bajo cualquier circunstancia el instrumento de trabajo, como hacen los sindicalistas, o avisar antes de realizar una huelga, o realizar huelgas de advertencia, o proteger la propiedad patronal o estatal, es ceder ante el fetichismo del capital y ser su prisionero; es no usar positivamente lo que el mismo capital concentró en manos de los proletarios. Los trabajadores para los que el instrumento de trabajo deje de ser una cosa sagrada que no hay que desviar de ningún modo de su función primera —aquellos que no acepten más sacrificar su vida a los fetiches— sabrán, llegado el momento, utilizar de la mejor manera los instrumentos que el capital les legó. Sabrán poner en marcha todo lo que sea necesario para asegurar las tareas revolucionarias: vestirse, alimentarse, asociarse, armarse… vivir.

«Los precios han aumentado mucho, 
y ahora, no habra más precios. Cuando
acabemos, Broadway no va a existir más.» 
Un joven de Buswick (Time, 25 de julio de 1977)
En el trabajo por y para su propio uso y cuenta, cuando los obreros utilizan las máquinas para sus propios fines, se están dotando de una actividad que escapa al trabajo asalariado. La orden de “hay que hacer esto” es reemplazada por una pregunta: “¿Qué es posible hacer?” Este trabajo, si bien es un fin en sí mismo, no carece por ello de objetivos. Las posibilidades en este sentido no son ilimitadas, pero el obrero que se entrega al trabajo por su cuenta hace funcionar la cabeza y se informa. Pasa revista al material que tiene a su alrededor, examina las posibilidades no utilizadas más allá de las que le ofrece su única máquina: las de las pequeñas máquinas auxiliares, las de la máquina para cizallar placas que está en el rincón del taller, las de la piedra de amolar, todos útiles que están a su disposición; y decide. Este trabajo por y para su cuenta, humilde, ejecutado en secreto, es el germen de un trabajo libre y creativo: es el secreto de esta pasión.

Cuando los trabajadores la emprenden contra el capital sus acciones no constituyen simplemente un medio, son, además, el esbozo de otra cosa, de un mundo donde la actividad humana no estaría más encadenada sino liberada, nunca más sometida a la producción de riquezas sino enriquecida, siendo la expresión misma de la riqueza humana. Durante la lucha, el trabajador se convierte en amo de sí mismo y retoma el control de sus propios gestos. El carácter sagrado del instrumento de trabajo, el costado serio y opresor de la realidad de la fábrica se derrumban. Con el sabotaje, y en forma más general con todo lo que ataca directamente a la organización del trabajo, la alegría reaparece.

En la iniciativa que resurge, en los lazos que se tejen, los racismos de toda índole se borran, en la gratuidad de los gestos y sentimientos es la comunidad humana que renace. Los proletarios en revuelta producen un uso infinitamente más rico de sus vidas, se vuelven fugitivamente amos del tiempo y el espacio. La afirmación de su propia vida humana y no más la de la vida del capital es inmediatamente comunista.

La aspiración al comunismo


La necesidad de la comunidad humana es el verdadero corazón del comunismo. Las descripciones de los utopistas [del siglo XIX] manifestaban ya entonces la necesidad histórica del comunismo, y hacían de ella una exigencia inmediata, en conformidad con su profunda naturaleza. Pero el comunismo no fue inventado por pensadores. Se trata de la vieja necesidad de abundancia y comunidad, presente tanto en las revueltas de los esclavos de la antigüedad como en las de los campesinos de la Edad Media.

El capitalismo intenta hacer desaparecer todo trazo de comunismo de la vida de los seres humanos. Pero aún la actividad más integrada y servil se nutre de participación, de creación, de comunicación, de iniciativa, incluso si estas facultades no pueden desarrollarse plenamente. La necesidad de un salario no es suficiente a la hora de hacer funcionar al trabajador. Hace falta que ponga de lo suyo.

El comunismo no es una forma de organización social fija. No se lo construye como pretenden aquellos que levantan castillos en el aire. El comunismo surge sin cesar en el seno de la actividad humana, aún cuando solo puede desarrollarse en ciertos momentos. La actividad humana, cuanto más se alza ante el capital, más tiende a esbozar el comunismo. Cuando los seres humanos recomienzan a tener experiencias para comunicarse, cosas para decirse y hacer, la conciencia deja de ser el reflejo pasivo de representaciones y situaciones congeladas. Cuanto más se profundiza la lucha, quienes la emprenden se ven más limpios de los prejuicios y mezquindades que los habitaban. Su conciencia se desanuda y arrojan una mirada nueva y asombrada sobre la realidad y la existencia que llevan. Los proletarios no pueden reconquistar por pedazos los medios de producción, una actividad totalmente parcializada; deben asociarse y poner en común todo. Pero más allá del movimiento de apropiación y puesta en común una nueva actividad se desarrolla, nuevas relaciones nacen, pasiones antes enterradas se despiertan, la relación de dominación de los objetos sobre los seres humanos se invierten.

El sistema capitalista se funda sobre la oposición producción/consumo ¿La existencia del proletario no es, acaso, también doble? Ahogado, cronometrado, solicitado, cuando rasca y produce; adulado y lúdico cuando consume. Con el comunismo lo que importa no es tanto la máxima reducción del tiempo de trabajo sino desenmascarar el carácter falso de la oposición trabajo/ocio. Sociedades primitivas empleaban la misma palabra para referirse al trabajo y al juego. Desde ahora podemos concebir la caza, la recolección, la jardinería como algo más que trabajo, aún siendo que de todas formas constituyen actividades productivas. Lo mismo sucede con las actividades ligadas a la industria, sin embargo el frío metal del maquinismo pesa tanto en nuestra imaginación que estas actividades solo pueden convertirse en actividades placenteras mediante la emancipación del conjunto de la humanidad.

A través de incesantes innovaciones tecnológicas, por la racionalización del uso de la fuerza de trabajo, el capitalismo ha multiplicado la eficiencia productiva. La reducción del tiempo de trabajo: la estandarización de las piezas, el carácter intercambiable de las tareas… es lo que hace marchar a la humanidad. Algunos comentan que el progreso conlleva una mejor calificación del trabajo. Basta citar el aumento del número de ingenieros durante todo el siglo XX. Pero olvidan precisar que en los Estados Unidos el número de conserjes se incrementó a la par durante el mismo tiempo… Esta carrera por la productividad, de hecho, lo que hizo fue profundizar y extender la degradación y la desvalorización del trabajo.

Las realizaciones científicas y técnicas muestran que la penuria nace de la abundancia misma. Al tiempo que la congestión automovilística se alza contra el automóvil, el consumo farmacéutico contra la salud, la destrucción de la naturaleza contra su humanización, la obsolescencia de la mercancía, en tanto mercancía, está contenida en su uso ¿Y para qué desplazarse cuando, dentro del sistema de los objetos, no hay nadie con quien reencontrarse. El consumo, a pesar de todas la falsas promesas de la publicidad, no es en absoluto un remedio contra la miseria. La colonización mercantil y dineraria de toda la vida social sabotearon los valores tradicionales y el respeto de las instituciones. La más íntima de las miserias es la confeccionada por el capital. Pero este movimiento de destrucción es al mismo tiempo liberación y multiplicación de los deseos.

El comunismo solo es posible porque el capitalismo barrió con toda humanidad. El comunismo no es la defensa de los proletarios, sino la abolición de la condición proletaria. No lleva al poder a los trabajadores, ni nivela a toda la población bajo un mismo ingreso. El comunismo acaba con la esclavitud asalariada, con el productivismo, con la oposición trabajo/ocio. Permite la reunificación de la actividad humana sobre la base de todos los logros técnicos y humanos disponibles. El obrero deja de estar encadenado a la fábrica, el ejecutivo no está más pegado a su maletín. La necesidad de acción ya no está sometida a la necesidad de dinero.

Abolición del trabajo y del intercambio


La comunidad humana y el ocaso de la empresa como unidad de la vida productiva provocan el fin del intercambio. Suprimir el dinero que sirve para el intercambio no significa volver a la forma primitiva del intercambio que supone el trueque. Los objetos no circulan en una dirección compensada por la circulación de otros objetos en la dirección contraria. Los objetos son repartidos directamente en función de las necesidades, concebidos y producidos para desarrollar las posibilidades de las actividades más productivas en su sentido social.

Evidentemente, para los banqueros y para algunos ideólogos no podremos prescindir nunca del dinero; el dinero es al cuerpo social lo que la sangre es al cuerpo humano. No obstante, no hay que remontarse mucho al pasado para encontrar una época donde la inmensa mayoría de una humanidad campesina producía esencialmente para satisfacer las necesidades familiares y casi no practicaba el intercambio monetario. Hoy día, la obligación de vender su fuerza de trabajo no resulta de una fuerza directa y personal sino económica y anónima. A través de la necesidad de dinero parecería que fuera la dictadura de sus propias necesidades la que impone al trabajador el tener que entregarse al sacrificio del trabajo, como si fuera un hecho natural.

La separación entre las personas es tan profunda que el dinero, este ligamento social abstracto, aparece como la única mercancía verdaderamente comunitaria, pasando de mano en mano indiferente e inodora. La humanidad solo podrá prescindir del dinero, de esta relación abstracta e impersonal, en la medida en que se una concretamente en una asociación comunista.

Actualmente, se mide el aporte personal en función, solamente, de una retribución personal; con la asociación, la noción misma de contrapartida desaparece, ya que la satisfacción es la de enriquecer el desarrollo de la humanidad.

El comunismo no es simplemente la generalización de la gratuidad, el mundo tal como está pero sin el dinero, o un gigantesco autoservicio. No suprime ni las elecciones dolorosas ni los esfuerzos. Su instauración no podrá hacerse sin dificultades, y creerla fácil es tan quimérico como pretenderla imposible. A través de todas las épocas, la persistencia de la lucha de clases y de las sublevaciones proletarias muestran su necesidad. Y no es tanto la fuerza de los amos sino la inmensidad de la tarea lo que las ha hecho fracasar. Hace falta realizar un salto enorme y solo este salto asegura la victoria de la clase proletaria, al tiempo que significa su negación.

Proveer gratuitamente los bienes necesarios a la satisfacción de las necesidades esenciales, he aquí lo que hoy permitirían las técnicas que en realidad sostienen la invasión de la mercancía a todos los aspectos de la vida. Poner a disposición de cada uno los alimentos, la vestimenta, el techo, los medios de transporte y toda una serie de productos elaborados es inmediatamente posible para los países industrializados y podría ser extendido rápidamente al resto del planeta. Es más, si el fin de la mercancía supone una gigantesca transformación del contenido de la producción y del uso de los bienes, acarrea con ella el fin de la separación lujo/necesidad.

Si el empleo del automatismo está actualmente limitado a algunas industrias (acero, petroquímica, etc…), la comunización conllevará a una utilización más extendida de los automatismos que son, sino bastante simples en sus principios, al menos fácilmente aplicables a numerosas actividades. La maquinaria moderna (ver el manejo electrónico) no solo permite aumentar la productividad limitando la intervención humana, sino que también permite generalizar el acceso a las máquinas–instrumentos. Fabricar masivamente, de la forma más automatizada posible, bienes utilitarios y estandarizados no impide la puesta en circulación de materiales, instrumentos y máquinas para transformarlos. Hay que acabar con el reino de lo predigerido, para que cada uno pueda activarse según sus gustos, la necesidad de la cantidad no oponiéndose más a la exigencia de la calidad. De esta manera, la especialización a ultranza cede su lugar a la versatilidad. Se es a a la vez obrero, campesino, artista y científico; de hecho, se es algo mucho más allá de todas estas categorías estrechas y primitivas. La producción no excluye más la experimentación, la extensión de los contactos humanos y las “pérdidas de tiempo”. Y el aprendizaje sale de los guetos escolares y universitarios para fundirse con el propio movimiento de la actividad productiva.

El individuo de la vida burguesa no es una persona.
Es una casa de comercio, una caja registradora ambulante.
Solo nos sentiremos libres y felices cuando no tengamos que vender
nuestra vida y rendir cuentas a cada instante.
En el universo de la mercancía la persona es una intrusa.
Sin cesar controlada, sospechada, estafada, asistida.
Reinan la desconfianza, la mentira, la competencia, la mezquindad.
Atmósfera mórbida y artificialmente coloreada donde falta el aire de la vida.

Hacia la insurrección


La comunización pasa por el renacimiento de los consejos revolucionarios que las insurrecciones proletarias de este siglo (XX) hicieron aparecer en estado embrionario. Si se desarrollan consejos en los barrios, en las unidades de producción, este modo de asociación, que emana directamente de las masas actuando, regulará la organización práctica y el control de las tareas necesarias, y de esta forma deberá cortocircuitar los órganos de representación política.

Los consejos del pasado, pese a sus defectos y timidez, mostraron la capacidad de los trabajadores a la hora de ocuparse de sus asuntos. Las mejores manifestaciones de estos consejos se vieron cuando debieron responder rápida, clara y duramente a sus enemigos. Se forjaron directamente como la organización de la lucha. Sin embargo, muchas veces, se consumieron en la inacción y la administración. Vimos entonces construirse magníficas organizaciones, pero en el vacío, por fuera de los imperativos de las luchas y las tareas a realizar. Estos órganos no son ni la receta milagrosa ni el objetivo de la revolución. El comunismo no es el reemplazo del poder de la burguesía por el poder de los consejos, de la gestión capitalista por la gestión obrera. El riesgo para los consejos es el de volverse un pretexto para continuar encadenando a los trabajadores a la empresa, en lugar de ser la palanca que haga estallar la compartimentación de la vida social, el medio para asociarse y comunizar.

Tomar decisiones supone divergencias. El comunismo no significa el fin de toda oposición, bien por el contrario, las torna fecundas cambiando su contenido. Los conflictos no provienen más de intereses personales a preservar, sino de las soluciones que cada uno propone para satisfacer el interés común. Son estas mismas divergencias que permitirán comparar las posibilidades de las actividades impulsadas por los consejos, sin recaer por ello en los debates al estilo parlamentario. 
«Cuando los obreros comunistas se reúnen,
su intención apunta primero a la teoría,
a la propaganda, etc… Pero al mismo tiempo
se apropian por este medio de una nueva necesidad,
la necesidad de la sociedad entera, y lo que parece
no haber sido más que un medio se convierte en un fin.
De este movimiento práctico, podemos observar
los más brillantes resultados cuando vemos juntarse
a los obreros socialistas franceses. Fumar, beber,
comer, etc… no son más simples ocasiones
para reunirse, medios para la unión sino que
el compañerismo, la asociación, la conversación
que apunta a revolucionar el conjunto de la sociedad los colma…»
(Marx)
El objetivo de la revolución comunista no es el de fundar un sistema de autoridad democrático o dictatorial, sino una actividad diferente. El problema del poder aparece cuando los seres humanos pierden el poder de transformarse a ellos mismos y a su entorno, cuando son obligados a actuar por objetivos distintos a los contenidos en su actividad.

La revolución comunista no busca el poder, pero necesita poder realizar sus medidas. Resuelve esta interrogante porque ataca su causa: es la apropiación de todas las condiciones materiales de la vida. Es mediante el rompimiento de los lazos de dependencia y aislamiento que la revolución podrá destruir el Estado y la política. Esta destrucción no es automática. No va a desaparecer poco a poco, en la medida que crezca la esfera de las actividades no mercantiles y no salariales. O más bien, esta esfera sería muy frágil si dejara subsistir a su lado al Estado, como quieren los izquierdistas y los ecologistas. Una de las tareas de los revolucionarios es la de poner en marcha las medidas que tenderán a dislocar la fuerza del Estado creando una situación irreversible. Por ejemplo, destruir todos los ficheros de estado civil y otros fichajes de la población diseñados por diversas administraciones, atacando a la vez a las funciones económicas y represivas del Estado. Los procedimientos de centralización por computadora y microfilm hacen que la maquinaria del estado sea, finalmente, más vulnerable.

El comunismo es el desafío y el arma de la insurrección. La victoria del proletariado depende de su capacidad para revolucionar la economía y su condición. En la guerra social la relación militar de fuerzas, en el origen, no es decisiva para eso. La revolución debe privar a las fuerzas armadas estatales de algo que defender, socavar su base material. De esta forma, quebrar el acuartelamiento de los soldados por manifestaciones de confraternización puede revelarse, en ocasiones, como mucho más eficaz que unos cuantos ataques desordenados.

Disponiendo de un poderío destructor peor que nunca, las fuerzas armadas ven, sin embargo, como sus valores tradicionales se descomponen ya que se vuelven extraños al mundo moderno. Por la naturaleza de sus armas y de su aparato técnico, las fuerzas armadas dependen más que nunca de la base económica. Si los productores, de forma coherente y determinada, utilizan su verdadera fuerza, entonces tendrán con que matar de hambre, descorazonar, dividir, paralizar, atraer y aplastar a sus adversarios. Si los productores no sacan ventaja rápidamente de su posición, del desconcierto inicial del enemigo, para atacar el capital allí dónde es más vulnerable, entonces serán ellos los que se convertirán en blanco fácil para la contrarrevolución, primero ideológica y política, y luego militar.

La violencia revolucionaria es una relación social que desconcierta a los seres, que hace de las personas sujetos de su propia historia. Pero los insurgentes se deslizarían hacia el terreno enemigo si se libraran a un enfrentamiento aparato contra aparato, si buscasen estabilizar una correlación de fuerzas preservando las “conquistas” obtenidas. La insurrección, de esta manera, degeneraría rápidamente en guerra civil, deslizamiento fatal que no haría más que reproducir la causa de todos los fracasos del pasado revolucionario (comunalistas – versalleses, anarquistas – franquistas…) De cara a un adversario plegado a la concepción militarista del enfrentamiento, los insurgentes tienen como cualidades la flexibilidad y la movilidad. Sin temer a poner en juego las pasiones, la imaginación, la audacia, la insurrección debe sin cesar fundarse sobre su propia dinámica: la comunización.

Muchos saben de manera confusa que vivimos el fin de un mundo, incluso si no saben a ciencia cierta lo que devendrá; el movimiento no ha tenido aún la fuerza para hacer visible su contenido y plantear sus perspectivas. Quienes soportan cada vez menos la barbarie capitalista deben descubrir a lo que aspiran: el mundo contenido dentro de su revuelta, el comunismo.

Proletarios, un esfuerzo más para dejar de serlo…


---------------------------------------------------------------------------------------------------

Originalmente este panfleto fue difundido como folleto que abriéndolo por un lado tenía el título ABAJO EL PROLETARIADO y tomándolo por el otro el de VIVA EL COMUNISMO, quedando desplegado tal como aparece en la siguiente imagen:


Descargar por partes en formato A4:

En infokiosques se encuentra una reedición anterior en francés.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Agitación en los Puertos de $hile


por CdL / diciembre 2018

Traducción al inglés por Ediciones Inéditos


Más de un mes de huelga llevan lxs trabajadorxs portuarixs en Valparaíso, en conflicto directo con la empresa TPS, por exigencias en materia de turnos, seguridad laboral y mejoras salariales. Ante la negativa patronal a responder los petitorios, los medios de lucha se han radicalizado y la represión estatal se ha hecho cada vez más dura, llegando al violento desalojo del Sindicato de estibadores de la ciudad.

Históricamente, los puertos chilenos han visto desarrollarse un fuerte movimiento obrero, que a menudo ha desbordado las formas de lucha sindicales para combatir a la patronal. Su posición clave en la economía capitalista, en el corazón del flujo de grandes volúmenes de mercancías entre $hile y el resto del mundo, les hace ser vistos con temor por el empresariado local, especialmente por aquel que controla los puertos, por lo que el Estado (que es siempre el Estado de la clase dominante) a través de su policía se apura en reprimir y aislar todo conflicto en este sector. Por otra parte, el mismo factor hace también de estos hermanxs de clase un blanco para las maniobras políticas de quienes, con un discurso izquierdista, y concibiendo al socialismo como una forma alternativa de gestión capitalista, juzgan la importancia de ciertos sectores del proletariado no por su negatividad radical entre sus propias vidas y la producción de valor, sino por el rol que juegan dentro de la economía capitalista.

Pero serán las mismas necesidades de la lucha por afirmar los genuinos intereses de nuestra clase las que harán frente a la represión y a la manipulación: la tenacidad en el combate de lxs portuarixs en Valparaíso y la rabia frente a la represión desatada, despierta la solidaridad activa en todos los puertos del país, que se rodean de barricadas y ven proliferar ataques a la policía.

En cada conflicto abierto entre los intereses inmediatos del proletariado y las necesidades de acumulación de la clase capitalista, se expresa nuestra potencialidad revolucionaria. La lucha trae a la superficie la negación profunda y radical de todo este sistema de muerte. Así, a partir de un petitorio considerado “local”, la extensión de la solidaridad proletaria y del enfrentamiento directo con la represión estatal abre grietas por las que se afirma la autonomía de nuestra clase y la necesidad de combatir ya no por mejoras particulares, que solo extienden nuestra agonía en la sociedad del capital, sino por una nueva comunidad humana sin explotación ni dominación de ningún tipo. Para esto, el movimiento debe ser eficaz tanto en combatir a la represión del Estado, sin miramientos ni respeto por la legalidad burguesa, así como en evitar la manipulación por parte de diversas fracciones políticas que no son más que agentes del Capital presentadas como “defensoras de los derechos de los trabajadores”.

El mismo movimiento debe sacudirse también de todo ropaje reaccionario, del discurso nacionalista, de la identidad obrerista, y de la tentación de personificar en los rostros más detestables  la responsabilidad exclusiva de lo que es la imposición de toda una relación social. No es posible que si los empresarios acusan a estas movilizaciones de dañar la economía nacional, la defensa oficial se plantee en el mismo lenguaje de nuestros amos, tratando de convencerlos de que “en realidad sí queremos a nuestra patria y estas luchas afirman la economía” o de reclamar un “empresariado consciente”. ¡A no caer en estas trampas! No tenemos ningún interés en servir a ningún país. Todas las fronteras fueron gestadas para mayor beneficio de sus clases dominantes. Y es precisamente contra la Economía misma, que subordina toda nuestra existencia como proletarixs a su perpetuación, que nuestras luchas deben alzarse.

¡SOLIDARIDAD CON LOS PROLETARIXS QUE INCENDIAN LOS PUERTOS AFIRMANDO SUS NECESIDADES HUMANAS!
¡A DESARROLLAR Y AFIRMAR LA AUTONOMÍA DE CLASE CONTRA TODOS LOS AGENTES DEL CAPITAL!
¡LAS LUCHAS PROLETARIAS DE HOY SON LA PRE-FIGURACIÓN DE LAS LUCHAS DEL MAÑANA!
 ----------------------------------------------

Algunas notas de la prensa:

https://www.dw.com/es/el-gobierno-chileno-alcanza-un-preacuerdo-con-los-estibadores/a-46797350

https://es.euronews.com/2018/12/19/principio-de-acuerdo-para-poner-fin-a-la-huelga-de-estibadores-en-chile

https://www.eldiario.es/politica/Estibadores-chilenos-rechazan-disturbios-Valparaiso_0_847966288.html

https://www.elciudadano.cl/justicia/estibadores-en-chile-o-como-la-economia-del-pais-se-sustenta-en-trabajadores-eventuales/07/13/ (nota vieja sobre la cuestión portuaria en dicha región)

martes, 18 de diciembre de 2018

[Francia] REFLEXIONES PROVISIONALES SOBRE LOS CHALECOS AMARILLOS

Original en francés: Réflexions provisoires sur les Gilets Jaunes
15 décembre 2018
traducido por Federico Corriente

El siguiente texto es el resultado de las reflexiones de compañeros que viven en Francia, Suiza y Alemania, y tiene por objetivo presentar la situación actual en Francia a un público alemán (bien que mal, traduce quien quiere). Compartimos sus conclusiones, con unas pocas reservas, especialmente con respecto al uso de la investigación de Le Monde, cuyo método nos parece insatisfactorio, pues sesga la representación de los componentes sociales del movimiento, y sobre todo su politización (en particular en cuanto a la presencia de la extrema derecha).


1. El «pueblo» y el precio del litro
Fue la gota que colma el vaso. Un aumento de los impuestos sobre el combustible hizo estallar la ira de aquellos y aquellas que sufren plenamente el desmantelamiento del Estado de bienestar. Pero, ¿por qué la gota fue el aumento de los impuestos del combustible, y no la quiebra del código de trabajo emprendida por la ley El Khomri e intensificada por las ordenanzas de Macron, o incluso la privatización de los ferrocarriles? Porque un depósito vacío equivale a un arresto domiciliario. Para los individuos relegados a las periferias del espacio social, a sus márgenes suburbanos y rurales, el automóvil es la última garantía residual de socialización. Permite «salir» de la zona. En tales condiciones, no es raro que el automóvil sea percibido como un factor central de socialización.

Ponerse un chaleco amarillo supone salir de una invisibilidad padecida hasta ahora, primero en las encrucijadas y en los peajes, para rehacer un vínculo y converger luego sobre los centros urbanos, la capital y su corazón simbólico: los Campos Elíseos. La vivencia económica de la desocialización se experimenta tanto más escandalosamente como una afrenta cuando uno es consciente de que pertenece a algo así como «el pueblo», en el sentido de «los de abajo», los que tienen dificultades para llegar a fin de mes. En una capital ocupada repentinamente por individuos y grupos que jamás habían puesto los pies en ella, aparecieron por doquier etiquetas y consignas alusivas a la Revolución Francesa.

La única tradición revolucionaria que parece permitir la reconstrucción de un imaginario político común no tiene nada que ver con los movimientos obreros; se inspira en el relato nacional sobre la revolución fundadora de 1789. Sin duda, habría que guardarse de sobreinterpretar la omnipresencia de banderas francesas y los continuos cantos de La marsellesa en los bloqueos, las comitivas y los disturbios. Cuando los resultados de la primera encuesta nos dicen que sólo el 12,7% de los chalecos amarillos encuestados dicen ser de derechas, y el 5,4% de extrema derecha , también cabe considerar estos símbolos nacionales como insignias enarboladas por defecto —son los únicos compartidos— y también como la reivindicación de una forma de anonimato político, así como de una ruptura con los partidos y sindicatos existentes.

Tal como están las cosas, estas referencias a la nación revolucionaria ponen de manifiesto que el declive de la identidad obrera desde finales de la década de 1970 conlleva el olvido de la historia del movimiento obrero por parte de un gran sector del proletariado. El momento de rescate de la memoria que acompaña a toda lucha lleva al movimiento de los chalecos amarillos a volver a un pasado más lejano.

2. Nación y autoorganización
Así pues, la identificación con una tradición revolucionaria que opone al pueblo al rey Macron no implica que el conjunto del movimiento se construya en torno a la afirmación de una comunidad nacional preexistente —que, como es sabido, requiere su complemento racista— para anclarse en un territorio y una genealogía imaginarios. Lo que la mayoría de los chalecos amarillos han tomado por blanco es la injusticia social, en el sentido más inmediato de la vivencia de unas condiciones de existencia material degradadas . El movimiento nació de una crítica de los impuestos sobre el consumo antes de trasladarse hacia nuevas reivindicaciones, incluida la redistribución más equitativa de la riqueza (restablecimiento del impuesto sobre el patrimonio) y la mejora de las condiciones salariales (ajuste de los salarios a la inflación, aumento del salario mínimo…). Por el momento, este giro hacia los salarios y las condiciones de trabajo no es hegemónico dentro del movimiento, marcado como está por una redefinición de la subjetividad política, ya no asalariada, sino ante todo consumidora-ciudadana.

El interlocutor principal de los chalecos amarillos no es la clase capitalista, sino un Estado que redistribuye mal la riqueza. No se apunta a los réditos —pese a que sean muy visibles en la explosión de los precios de la vivienda— sino a los impuestos, vividos como una intervención ilegítima del Estado macronista en la economía de la «gente de a pie».
Empleados, trabajadores, artesanos, pequeños burgueses, capitalistas y, en mucho menor grado, ejecutivos y miembros de la clase directiva, convergen sobre todo en torno a la denuncia del impuesto. La causa de esta injusticia sería la falta de democracia, cuando no la instrumentalización política de los instrumentos democráticos para defender a una casta privilegiada. Los escasos eslóganes «anticapitalistas» se corean poco y son sofocados rápidamente por el clamor unitario del «Macron dimisión». Por ahora, el objetivo principal parece ser la dimisión del gobierno, a lo que algunos chalecos amarillos añaden la exigencia de una revisión de la Constitución para garantizar mejor el control popular sobre el presidente.

Hasta el momento, el Estado es el horizonte principal de un movimiento que, sin embargo, no parece estar satisfecho con el puñado de cambios en el salario mínimo y las primas anunciados el lunes 10 de diciembre. El Vº Acto del sábado 15 podría permitir entrever si, tras este anuncio, en el fondo lo que se reclama es un cambio del personal en el poder. ¿Bastaría con que Macron dimita? La aspiración de los chalecos amarillos sería, en tal caso, una prolongación de los movimientos de las plazas y de los indignados, y marcaría la consagración de una nueva subjetividad ciudadana tras la desintegración de la subjetividad asalariada. Pero, ¿acaso la exigencia de la dimisión de Macron no expresa también el rechazo de toda negociación, dado que el Presidente es a la vez el único interlocutor y aquel a quien se quiere expulsar? En ese caso se trataría de una reivindicación asumida como ilegítima, porque sabemos que los capitalistas y los sucesivos gobiernos llevan considerando ilegítimas las reivindicaciones salariales desde hace cuarenta años.

Esta ilegitimidad, esta falta de reconocimiento, sería, por tanto, lo que engendra unas formas de protesta en las que ya no se trata de negociar, sino de expresar el rechazo a los políticos. Y si no hay nada que negociar, tampoco hace falta encontrar representantes… Por otro lado, el imaginario de la pertenencia a la nación revolucionaria, reactivado por la experiencia de la desocialización y de la precariedad, no supone, estrictamente hablando, una identificación con el Estado francés existente. Esta nación imaginada es un continente cuyo contenido está actualmente en entredicho. ¿Va hacia una descompartimentación que —no sin luchas internas— creará un frente unido que articule a los proletarios (incluidos los de los «suburbios») y los segmentos precarizados de la clase media? ¿O va, por el contrario, hacia una compartimentación que reforzará la oposición de los franceses «auténticos», unidos en una comunidad racista, a las «élites» y a los «inmigrantes», identificados con la globalización? Esa es una de las tensiones activas dentro de la polifonía ambiental.

La izquierda radical, como una veleta desorientada por una tormenta imprevisible, oscila entre tres tipos de posicionamiento frente a esta indeterminación. Parte de ella se repliega sobre una posición rígida, viendo en el carácter informe del movimiento —o incluso en algunas situaciones de racismo cotidiano— el signo de un confusionismo que le ahorraría de entrada cualquier análisis sociohistórico. Otra ya se ha lanzado de cabeza al movimiento, impulsada por la esperanza —o más bien por la desesperación— de ver llegar esa insurrección que no acaba de cuajar. Entre estos dos extremos están las llamadas a unirse con precaución a los chalecos amarillos, a «ir a ver» en un principio, y luego intentar apoyar formas emergentes de autoorganización. Esta última posición, la más pragmática, no debe hacernos olvidar que los chalecos amarillos han surgido sin las organizaciones de izquierda existentes, al margen de las instituciones heredadas de los movimientos obreros de siglos anteriores, y que es posible que esta autonomía objetiva haga obsoleta la perspectiva de una «intervención» comunista.

3. El lenguaje de los chalecos amarillos
Si los magníficos disturbios del primero de diciembre en París fueron una especie de acontecimiento de reconciliación que federó a todo el mundo, desde el trabajador de veinte años que descubría París hasta a quienes encabezan habitualmente las procesiones, lo cierto es que por el momento estas prácticas conflictivas se siguen desarrollando en una contigüidad sin convergencia, en una comunidad temporal cuya única mediación es un enemigo común: el Estado. Ahora bien, precisamente quienes hacen de sus chalecos libros de reclamaciones y quienes hablan el idioma de «destitución» o la «anulación» no apuntan a este Estado de la misma manera. En cualquier caso, no malinterpretemos el alcance de un incendio que sin duda puede hacer arder automóviles y edificios, lo cual no tiene nada que ver con la transformación de las relaciones sociales capitalistas.

Este no es el caso de los bloqueos de las rotondas y de los depósitos de gasolina, que, ciertamente, a menudo parecen organizados de manera intermitente, de modo que el trabajo asalariado de unos y otros siga su curso normal, pero que no dejan de ser una forma de tomar como objetivo la circulación capitalista. Sería falaz oponer esta circulación a la producción, como si se tratara de dos «espacios» separados, cuando la producción capitalista consiste precisamente en producir mercancías mediante mercancías, que, como sabemos, no se encuentran en otro lugar que no sea el mercado capitalista, mercado cuyo funcionamiento normal cuesta imaginar, por tanto, en el supuesto de que los bienes no circulen con normalidad. Además, poco a poco la lucha emprendida por los chalecos amarillos contra el deterioro de las condiciones materiales de existencia se extiende a sectores más claramente identificables.

Desde hace dos semanas ha surgido un movimiento de escuelas secundarias inédito, en el sentido de que no ha partido de las escuelas secundarias de los centros de las ciudades sino de los de los espacios pobres y desocializados, para denunciar la reforma del sistema escolar y la fractura social en general. Hoy, viernes 14, los trabajadores del ferrocarril han iniciado una huelga contra las reformas de la SNCF y más allá. Todo esto en una dinámica de ruptura con el escenario habitual del «movimiento social» a la francesa —que comienza en febrero-marzo y se agota a pocas semanas de mes de agosto— y lo suficientemente alejado, también, de las próximas elecciones presidenciales para que nadie pueda creer realmente en la solución mediante las urnas que exigen Le Pen y Wauquiez. Si los bloqueos y las huelgas se multiplican y se prolongan en el tiempo, entraremos en una nueva fase.

La derecha y la extrema derecha podrían verse arrinconadas en tal caso en el callejón sin salida de un «partido del orden» en desfase con el movimiento. O, por el contrario, se arrojarán también a este último, tomando partido por los trabajadores, pero en ese caso se arriesgan a entrar en conflicto interno con sus fracciones burguesas conservadoras. La gran preocupación de Rassemblement National parece ser encontrar representantes en las instituciones y las grandes empresas para asumir el poder algún día. Además, su deseo ineludible, en el momento en que se escribe este artículo, es que la lucha naufrague en el resentimiento, en las medias tintas, y que finalmente acabemos hablando de otras cosas; del terrorismo islamista, por ejemplo, del famoso pacto de Marrakech, o de lo que sea, siempre y cuando no perturbe equilibrio de fuerzas que vemos construirse ante nuestros ojos.

Por otro lado, las acciones estratégicas realizadas en común forman parte, de hecho, de un nuevo imaginario que no ha de ser juzgado a la luz de aquello que le falta según este o aquel esquema de la revolución como mandan los cánones, sino a la luz de aquello que ya lo aleja de la normalidad producida por la derrota incesante de las luchas durante cuatro décadas. En este momento la lucha es apropiada al margen de los marcos legales y representativos convencionales. Es violenta en su rechazo de la palabra presidencial y mediática «desde las alturas». Personas que nadie estaba acostumbrada a oír hablar han empezado a hacerlo, y eso cuestiona las representaciones que todo el mundo proyectaba sobre ellas. La gran desconfianza de una parte de la izquierda radical quiere decir lo siguiente: en el fondo, a este segmento provincial del proletariado se lo consideraba perdido para la causa, e irremediablemente conquistado por la afasia política, o peor, por la reacción.

Los chalecos amarillos nos recuerdan que habrá que contar con este proletariado, apañarse con lo que sus condiciones de vida han hecho de él, a saber, una población que no puede permitirse el lujo de un modo de vida conforme a los cánones del pensamiento académico y crítico. Sí, muchos chalecos amarillos expresan la cuestión social en el idioma del yugo fiscal y del poder adquisitivo, pero al hacerlo así, no hacen más que hablar el idioma que se nos ha querido inculcar. Se trata del lenguaje de la derrota, del realismo capitalista, de los sueños triturados y del achatamiento de la política por la lógica de los mercados capitalistas, cuyo desaprendizaje quizá estemos empezando a esbozar ahora.

por Unos comunistas reunidos entre los actos IVº y Vº


1. Colectivo, «“Chalecos amarillos”: una investigación pionera sobre la “revuelta de ingresos modestos”», Le Monde, 11 de diciembre de 2018.

2. A este respecto, cabe añadir que si, en efecto, las categorías más empobrecidas del proletariado no se congregan particularmente en las movilizaciones «clásicas», habrá que entender si estas categorías están realmente presentes en el movimiento actual, y si la respuesta es «sí», ¿cuál es su poder de iniciativa? Contrariamente a los lugares comunes, más que trillados, no creemos que el proletariado vaya a movilizarse tanto más fácilmente cuando sus condiciones de reproducción se degradan (nota del editor).