tomado de La Caja: Herramientas para el debate (Facebook)
Argentina, 05/01/2026
La
reciente caída de Nicolás Maduro sin oposición relevante, ni
militar ni social, es otra estación de la seguidilla de derrotas que
el progresismo, como paraguas ideológico del nacionalismo
antinorteamericano y el populismo, viene sufriendo en el mundo desde
hace una década. Pero, acaso, lo que distingue a las derrotas
seriales del progresismo es la facilidad con la cual es vencido en
una abierta contradicción con los discursos inflamados, las
diatribas que buscan invocar una épica al estilo espartano en las
Termópilas y las promesas de comerse el mundo que los sectores que
forman aquel continente político suelen esgrimir.
En suma, no resulta extraño que pierdan, puede pasar. Resulta
extraño que caigan sin luchar o sin una oposición digna.
¿Por qué pasa eso? ¿Falta de coraje? ¿O, más bien, es una
expresión de la impotencia que representan? Veamos.
El cambio en la materialidad
del proceso de trabajo, operado a mediados de los ‘70, que vimos
bajo la forma de la internacionalización de la gran industria vía
la informática, robótica y automatización del proceso productivo
y, sobre todo, las consecuencias profundas que produjo a escala
planetaria (la fragmentación del proceso productivo mismo, el
desplazamiento del capital manufacturero a Asia, la fragmentación de
la clase obrera y una nueva división internacional del trabajo)
tomaron la forma ideológica y política del llamado “neoliberalismo”
en los países centrales y en Latinoamérica, pero también reformas
similares se dieron en la URSS (Perestroika) y en la China de Deng.
Esto es, todo el mundo salió de la autarquía propia de la
manufactura y avanzó hacia la inevitable fragmentación y
descentralización que el capital demandaba, donde dos tipos de
países serían los ganadores: aquellos que producían tecnología y
aquellos otros que podían explotar una abundante mano de obra
barata. Los países que no contaban con esos aspectos, en cambio, se
hundieron (URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia, Argentina).
A su turno, dada la revolución técnica en la base del trabajo
permitió, por un lado, abaratar las mercancías (entre ellas, las
materias primas, clave para Latinoamérica) y, por el otro, degradar
la otrora mano de obra calificada y expandir una porción de
trabajadores que directamente sobraban para el capital. De esta
manera, las dictaduras militares y la ola neoliberal en los ‘90, en
LATAM, tuvieron por función adaptar el continente a la nueva etapa,
incluyendo la caída salarial y la liquidación de capitales
ineficientes (la llamada “desindustrialización” en Argentina).
Dos décadas, por lo tanto, de plenas transformaciones que
parieron un nuevo mundo tras la larga noche “neoliberal” como
forma política de la fase contractiva.
Larga noche que, en los 2000, empezó a clarear de la mano del
fenomenal ascenso de China como taller del mundo y la expansión de
una clase obrera fabril que demandaba mejores condiciones de vida,
entre ellas, mejor alimentación. O sea, carne de cerdo y soja para
alimentar a los cerdos. El crecimiento exponencial chino produjo un
ciclo alcista en las materias primas y Latinoamérica ingresó en una
fase expansiva.
En ese contexto, entonces, aparece la forma política que
representa esa fase expansiva: el populismo y, dadas las
transformaciones en la clase obrera, su correlato ideológico, el
progresismo. De esta forma, apalancados en una montaña de riqueza
social producto de los altos precios de las materias primas, el
populismo incorporó fracciones enteras de obreros que estaban fuera
del circuito de producción y consumo bajo la forma de trabajo
precarizado, empleo privado subsidiado y, sobre todo, empleo estatal.
Todo ello, naturalmente, financiado con el agro (kirchnerismo, Lula),
petróleo (Chávez, Correa), gas (Evo Morales).
Sin embargo, pese a los discursos inflamados sobre
transformaciones e, incluso, revoluciones (Venezuela), lo cierto es
que no existió nada de ello fuera del despilfarro de riqueza social
para sostener un esquema social de corto vuelo.
La crisis de 2008 y el desplome de las materias primas en 2012-14
fueron el canto del cisne del populismo y entonces aparecieron los
heraldos negros: Macri, Piñera, Temer, Bolsonaro y, aunque simulaba
continuidad, Maduro.
A partir de entonces, el populismo empieza a perder, una a una,
todas las fichas en el continente, no sin antes destruir lo que había
construido. El kirchnerismo, Evo Morales, Dilma y el propio Maduro
protagonizaron ellos mismos el declive de su propia construcción y
agotaron el proceso que les dio vida. Cuánto más agotado lucían
más crecía la asociación con China que, de esta manera, ingresa en
territorio que EEUU considera propio.
Expansión que no solo alcanza a Latinoamérica sino que también
se dio en África y, naturalmente, en Asia, un poco facilitado por el
giro internista que dio el primer gobierno de Trump. Nace así el
BRICS, que no era una alianza con otra perspectiva comercial ni todas
las pavadas que dlce el progresismo, sino un bloque que responde a la
necesidad del desarrollo chino y la garantía de tener acceso a
materias primas abaratadas a cambio de manufacturas, emulando el
esquema de Gran Bretaña en el siglo XIX.
Es esta razón, por la cual, en forma contradictoria con el
discurso productivo e industrialista que tiene el populismo
(Argentina y Brasil), que la alianza con China conduce a liquidar la
estructura industrial y transformarnos en meros productores de
materias primas, tal como se puede ver que pasó en Venezuela con
Maduro y que explica el éxodo de 8 millones de venezolanos.
Y es por esto, junto a la ausencia de transformación alguna en la
etapa populista y el regreso de la fase contractiva, que vemos caer a
todo ese personal político sin que se arme el quilombo que prometían
en las canciones.
También por aquello vemos la agresiva intervención de EEUU en la
región, en parte porque disputa a nivel global con el capital chino
y entiende que necesita una acumulación continental para competir,
en parte porque el avance chino amenaza los capitales norteamericanos
que operan en la región. He aquí la otra paradoja, la alianza con
EEUU permite la supervivencia de los capitales industriales
chatarreros, tanto locales como extranjeros. Porque el carácter
chatarrero de los capitales industriales no es una anomalía ni un
plan extranjero para bloquear el desarrollo, es una necesidad de los
capitales avanzados para reciclar su maquinaria obsoleta en nuestros
países, seguir amortizando y obteniendo ganancias. Esto es, cumple un
rol en la acumulación mundial del capital.
Y son estos motivos por los cuales EEUU está decidido a barrer
con los gobiernos prochinos en la región, aún si necesita
intervenir militarmente. Pero no interviene por el petróleo ni va a
venir por el litio. Interviene porque necesita la región alineada
para emplear una escala continental como forma de competir con los
capitales chinos. No ver la unidad mundial del capital, seguir
pensando la realidad a partir del hecho nacional no sólo educa a los
trabajadores en la ideología de nuestro enemigo, además es
reaccionario porque ata a la clase a capitales parásitos y plantea
problemas que no son reales.
Por otro lado, el carácter chatarrero de los capitales locales,
su impotencia para competir a escala mundial es la razón que explica
la fácil caída del populismo ahora sintetizada en la captura de
Maduro.
No es cierto que el populismo no quiso desarrollar la región por
demagogia distributiva, no pudo porque expresa capitales ineficientes
que dependen del auxilio de los ingresos de las materias primas y que
están condenados a ser fagocitados por capitales más eficientes.
Por ello, una vez agotado el ciclo alcista, el populismo se derrumbó
como un castillo de naipes sin pena ni gloria.