Mostrando entradas con la etiqueta de La Caja. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta de La Caja. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de enero de 2026

Xenofobia marxista. La izquierda de espaldas a la clase obrera venezolana

tomado de La Caja: Herramientas para el debate (Facebook)
Argentina, 06/01/2026



Es sabido, como ya hemos comentado muchas veces en ocasión de eventos sociales o electorales en Latinoamérica donde el pequeño capital nacional se enfrenta a los capitales medios de origen extranjero bajo las formas políticas propias, que la izquierda suele hocicar ante el nacionalismo burgués.

Es decir, toda movilización social contra un gobierno populista enseguida es degradado a “golpe de estado” de la “derecha aliada al imperialismo” mientras que el mismo fenómeno contra un gobierno de “derecha” recibe el beneplácito de la categoría de “rebelión”, mientras que en el terreno electoral todo gobierno no populista rápidamente es llamado “fascista”.

En ese acto, claro, en el primer caso no solo se defiende gobiernos hambreadores que expresan capitales impotentes sino que se sanciona la acción política de una fracción obrera, como pasó en Bolivia, como pasó en Perú contra Castillo, contra Dilma y, obviamente, contra la dictadura de Maduro.

Y poco importa que este último haya encabezado un régimen hambreador y represivo, que tiene salarios africanos y que cometió crímenes de lesa humanidad. Ese gobierno no es fascista, porque fascista es Patricia Bullrich por poner un protocolo que prohíbe el corte de calles. O sea, fascista no es encarcelar, torturar, fusilar y hasta desaparecer opositores, fascista es una medida administrativa que pone orden.

Esta cuestión ambivalente desnuda que la izquierda, aún cuando cacarea no apoyar a Maduro o menea el ficticio voto “crítico” en los ballotages, se coloca en el campo político del pequeño capital nacional. ¿Por qué? En términos ideológicos, porque considera que el enemigo es el capital más grande y extranjero que oprime y bloquea el desarrollo de los países latinoamericanos donde el nacionalismo, por acción u omisión, cumple un rol progresivo. Acción: si enfrenta al imperialismo; omisión: si no lo enfrenta, quedaría “expuesto” como que no va a fondo en la tarea esencial que la izquierda considera para la región, la liberación nacional. Ese no ir a fondo, imaginan, puede volcar las masas a la izquierda que aparecen como los verdaderos defensores de la nación.

Ahora bien, ese esquema, cuyo anclaje es la teoría del imperialismo, olvida varias cuestiones. Uno, el capital es una unidad mundial donde cada país cumple un rol en la acumulación global, esto es, realiza una porción privada del trabajo social según las características propias de cada espacio nacional.

Dos, el capitalismo es una forma histórica de organizar la producción social basada en la producción de valor sobre la base de la producción de plusvalía relativa (esto es, incrementar la productividad por innovación tecnológica para abaratar la fuerza de trabajo) y no “saquear” o “acumular” recursos o valores de uso como los modos de producción precapitalistas. Ningún recurso vale por sí solo, el valor está dado cuando media el trabajo. Por lo tanto, en el capitalismo los capitales más eficientes, más productivos, tienden a imponerse y liquidar a los capitales ineficientes.

Tres, señalar que el problema de los países latinoamericanos está dado por la opresión extranjera que bloquea sus desarrollos implica una formidable apología del capital mismo, en tanto se está diciendo que de no mediar la injerencia extranjera, todo país podría ser una potencia. Además de ser falso, puesto que los países centrales viven de producir más valor y comerciar entre ellos, no de “saquear” a países periféricos.

Cuatro, plantear la contradicción nación-imperio en lugar de obreros-capitalistas, esto es, atar a los obreros a capitales parásitos e impotentes, además de condenar a esa fracción obrera, los educa en la ideología enemiga y los lleva a un callejón sin salida al plantear una tarea, la nacional, que no existe. Por ende, es reaccionario.

Embanderada en la defensa de capitales chatarreros nacionales, la izquierda, por último, termina reproduciendo la fragmentación de la clase obrera, en tanto suele despreciar a las fracciones obreras que están del otro lado bajo la etiqueta de “cipayos”, “alienados” o “desclasados”. Se perdona que los obreros voten o apoyen al nacionalismo burgués, esos son “compañeros confundidos”, pero se rechaza y desprecia a los obreros que votan al no populismo. Nace así la imagen del “pobre de derecha”. Y ahí se ingresa en un terreno pantanoso y miserable.

Porque no sólo esa cuestión pone a la izquierda de espaldas a la clase en ocasiones donde la misma, con las armas que tiene y la conciencia que puede, se cansa y se lanza a luchar contra el populismo o festeja su caída, tal como ocurre ahora en el caso de Venezuela. Además de ello, digo, aparecen actitudes miserables como desear o reírse de que un votante de Milei perdió el trabajo, de que los venezolanos ahora creen que fueron liberados.

Y, acaso lo peor, la xenofobia que se está viviendo detrás de la burla sobre que los venezolanos que celebran la captura de Maduro, “se vuelvan a su país” o que son idiotas que celebran “bombardeos” contra su territorio, incluso hasta la burla sobre el grupo de inmigrantes venezolanos que fueron deportados cuando festejaban en Nueva York.

Hasta este extremo, la xenofobia, llega la izquierda en el afán de defender al capital chatarrero nacional y sus gobiernos hambreadores.

Puede que, obreros al fin, caigan presos del contenido reaccionario que predomina en épocas de crisis, al cabo la xenofobia es una relación de solidaridad entre obreros de un mismo país que compiten contra obreros de otros países. O puede, simplemente, que sea una canallada, un escalón más en el descenso y la degradación a la que conduce toda expresión política de capitales parásitos condenados a desaparecer.

Por ello urge construir una herramienta política que rompa la dinámica del binarismo burgués y pueda plantear los intereses universales de la clase.

lunes, 5 de enero de 2026

El castillo de naipes del progresismo. La caída de Maduro y la impotencia del pequeño capital

tomado de La Caja: Herramientas para el debate (Facebook)
Argentina, 05/01/2026

 

La reciente caída de Nicolás Maduro sin oposición relevante, ni militar ni social, es otra estación de la seguidilla de derrotas que el progresismo, como paraguas ideológico del nacionalismo antinorteamericano y el populismo, viene sufriendo en el mundo desde hace una década. Pero, acaso, lo que distingue a las derrotas seriales del progresismo es la facilidad con la cual es vencido en una abierta contradicción con los discursos inflamados, las diatribas que buscan invocar una épica al estilo espartano en las Termópilas y las promesas de comerse el mundo que los sectores que forman aquel continente político suelen esgrimir.

En suma, no resulta extraño que pierdan, puede pasar. Resulta extraño que caigan sin luchar o sin una oposición digna.

¿Por qué pasa eso? ¿Falta de coraje? ¿O, más bien, es una expresión de la impotencia que representan? Veamos.

El cambio en la materialidad del proceso de trabajo, operado a mediados de los ‘70, que vimos bajo la forma de la internacionalización de la gran industria vía la informática, robótica y automatización del proceso productivo y, sobre todo, las consecuencias profundas que produjo a escala planetaria (la fragmentación del proceso productivo mismo, el desplazamiento del capital manufacturero a Asia, la fragmentación de la clase obrera y una nueva división internacional del trabajo) tomaron la forma ideológica y política del llamado “neoliberalismo” en los países centrales y en Latinoamérica, pero también reformas similares se dieron en la URSS (Perestroika) y en la China de Deng.

Esto es, todo el mundo salió de la autarquía propia de la manufactura y avanzó hacia la inevitable fragmentación y descentralización que el capital demandaba, donde dos tipos de países serían los ganadores: aquellos que producían tecnología y aquellos otros que podían explotar una abundante mano de obra barata. Los países que no contaban con esos aspectos, en cambio, se hundieron (URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia, Argentina).

A su turno, dada la revolución técnica en la base del trabajo permitió, por un lado, abaratar las mercancías (entre ellas, las materias primas, clave para Latinoamérica) y, por el otro, degradar la otrora mano de obra calificada y expandir una porción de trabajadores que directamente sobraban para el capital. De esta manera, las dictaduras militares y la ola neoliberal en los ‘90, en LATAM, tuvieron por función adaptar el continente a la nueva etapa, incluyendo la caída salarial y la liquidación de capitales ineficientes (la llamada “desindustrialización” en Argentina).

Dos décadas, por lo tanto, de plenas transformaciones que parieron un nuevo mundo tras la larga noche “neoliberal” como forma política de la fase contractiva.

Larga noche que, en los 2000, empezó a clarear de la mano del fenomenal ascenso de China como taller del mundo y la expansión de una clase obrera fabril que demandaba mejores condiciones de vida, entre ellas, mejor alimentación. O sea, carne de cerdo y soja para alimentar a los cerdos. El crecimiento exponencial chino produjo un ciclo alcista en las materias primas y Latinoamérica ingresó en una fase expansiva.

En ese contexto, entonces, aparece la forma política que representa esa fase expansiva: el populismo y, dadas las transformaciones en la clase obrera, su correlato ideológico, el progresismo. De esta forma, apalancados en una montaña de riqueza social producto de los altos precios de las materias primas, el populismo incorporó fracciones enteras de obreros que estaban fuera del circuito de producción y consumo bajo la forma de trabajo precarizado, empleo privado subsidiado y, sobre todo, empleo estatal. Todo ello, naturalmente, financiado con el agro (kirchnerismo, Lula), petróleo (Chávez, Correa), gas (Evo Morales).

Sin embargo, pese a los discursos inflamados sobre transformaciones e, incluso, revoluciones (Venezuela), lo cierto es que no existió nada de ello fuera del despilfarro de riqueza social para sostener un esquema social de corto vuelo.

La crisis de 2008 y el desplome de las materias primas en 2012-14 fueron el canto del cisne del populismo y entonces aparecieron los heraldos negros: Macri, Piñera, Temer, Bolsonaro y, aunque simulaba continuidad, Maduro.

A partir de entonces, el populismo empieza a perder, una a una, todas las fichas en el continente, no sin antes destruir lo que había construido. El kirchnerismo, Evo Morales, Dilma y el propio Maduro protagonizaron ellos mismos el declive de su propia construcción y agotaron el proceso que les dio vida. Cuánto más agotado lucían más crecía la asociación con China que, de esta manera, ingresa en territorio que EEUU considera propio.

Expansión que no solo alcanza a Latinoamérica sino que también se dio en África y, naturalmente, en Asia, un poco facilitado por el giro internista que dio el primer gobierno de Trump. Nace así el BRICS, que no era una alianza con otra perspectiva comercial ni todas las pavadas que dlce el progresismo, sino un bloque que responde a la necesidad del desarrollo chino y la garantía de tener acceso a materias primas abaratadas a cambio de manufacturas, emulando el esquema de Gran Bretaña en el siglo XIX.

Es esta razón, por la cual, en forma contradictoria con el discurso productivo e industrialista que tiene el populismo (Argentina y Brasil), que la alianza con China conduce a liquidar la estructura industrial y transformarnos en meros productores de materias primas, tal como se puede ver que pasó en Venezuela con Maduro y que explica el éxodo de 8 millones de venezolanos.

Y es por esto, junto a la ausencia de transformación alguna en la etapa populista y el regreso de la fase contractiva, que vemos caer a todo ese personal político sin que se arme el quilombo que prometían en las canciones.

También por aquello vemos la agresiva intervención de EEUU en la región, en parte porque disputa a nivel global con el capital chino y entiende que necesita una acumulación continental para competir, en parte porque el avance chino amenaza los capitales norteamericanos que operan en la región. He aquí la otra paradoja, la alianza con EEUU permite la supervivencia de los capitales industriales chatarreros, tanto locales como extranjeros. Porque el carácter chatarrero de los capitales industriales no es una anomalía ni un plan extranjero para bloquear el desarrollo, es una necesidad de los capitales avanzados para reciclar su maquinaria obsoleta en nuestros países, seguir amortizando y obteniendo ganancias. Esto es, cumple un rol en la acumulación mundial del capital.

Y son estos motivos por los cuales EEUU está decidido a barrer con los gobiernos prochinos en la región, aún si necesita intervenir militarmente. Pero no interviene por el petróleo ni va a venir por el litio. Interviene porque necesita la región alineada para emplear una escala continental como forma de competir con los capitales chinos. No ver la unidad mundial del capital, seguir pensando la realidad a partir del hecho nacional no sólo educa a los trabajadores en la ideología de nuestro enemigo, además es reaccionario porque ata a la clase a capitales parásitos y plantea problemas que no son reales.

Por otro lado, el carácter chatarrero de los capitales locales, su impotencia para competir a escala mundial es la razón que explica la fácil caída del populismo ahora sintetizada en la captura de Maduro.

No es cierto que el populismo no quiso desarrollar la región por demagogia distributiva, no pudo porque expresa capitales ineficientes que dependen del auxilio de los ingresos de las materias primas y que están condenados a ser fagocitados por capitales más eficientes. Por ello, una vez agotado el ciclo alcista, el populismo se derrumbó como un castillo de naipes sin pena ni gloria.

La caída de Maduro

tomado de La Caja: Herramientas para el debate (Facebook)
Argentina, 03/01/2026

 

La captura de Nicolás Maduro tras una intervención militar norteamericana debe inscribirse como otro episodio más de la disputa global entre el capital norteamericano y el chino. Esa disputa, de índole comercial, ya ha trascendido al escenario militar tal como vimos en Ucrania, Irán, Gaza y, tarde o temprano, veremos en Taiwán.

Hasta el momento, EEUU sigue imponiéndose en aquel terreno, como vimos en la paliza a Irán y acabamos de ver en Venezuela, en una operación similar pero, acaso, más sencilla que aquella donde Bush Padre capturó a Noriega, presidente panameño. No obstante, la fragmentación a la cual está destinada Ucrania, en una guerra que sólo continúa para desgastar al eje chino-ruso, anticipa la suerte que puede correr Taiwán, esto es, su anexión a China.

Por ello mismo, como parte de una disputa donde EEUU parece declinar en lugares estratégicos ante el ascenso chino, la política para Latinoamérica se muestra más agresiva, sobre todo porque pareciera que EEUU piensa en una acumulación de capital a escala continental como forma de competir con el capital chino.

En este sentido, no es diferente el salvataje del Tesoro norteamericano a Milei que la captura de Maduro, esto es, la administración de Trump parece estar dispuesta a no admitir gobiernos prochinos, si es necesario poner la friolera de 20 mil millones de dólares, lo ponen, si es necesario secuestrar en forma ilegal al líder del gobierno de un país, lo hacen.

Queda por ver cómo se desarrolla la situación, si hay una transición encabezada por elementos de la propia dictadura venezolana o asume la oposición con algún acuerdo con aquellos elementos, sostenidos por Estados Unidos, hasta un llamado a elecciones libres. La posibilidad de un contraataque del régimen parece lejana, habida cuenta que en Caracas no hay, al momento, movilización social en favor de Maduro y, ante todo, porque la facilidad del ataque estadounidense mostró que la oposición militar no existe.

Esto no quita que el chavismo, como forma de gobierno, se haya terminado, en tanto la enorme porción de obreros sobrantes para el capital que deja la “revolución bolivariana” requerirá la continuidad de políticas asistencialistas.

Por otro lado, mucho se habla, en estos momentos, de que el interés, en verdad, es el petróleo. Pues bien, primero, Estados Unidos consume 25 millones de barriles de petróleo diarios y produce unos 14 millones de bpd. Tiene un déficit de 11 millones de bpd.

Segundo, Venezuela, actualmente, produce 1 millón de bpd. ¿Cuánto producía antes? Previo a Maduro la producción era de 2.5 millones de bpd y el pico se alcanzó previo a Chávez con una producción de 3.5 millones de bpd. Esto es, aún si Venezuela triplicara la producción petrolera actual y toda ella fuera para el consumo norteamericano, el déficit sería de 7.5 millones de bpd.

Tercero, ya hay capitales norteamericanos explotando petróleo venezolano, como por caso Chevron, que produce unos 300 mil bpd, siendo la empresa individual que más produce y también está Citgo, la empresa de capital estadounidense que realiza el refinamiento del crudo venezolano.

Cuarto, dado que el 90% de la producción petrolera venezolana se destina a la exportación y, a su vez, que el 90% de las exportaciones son a China, resulta difícil pensar en que la intervención responde al interés petrolero.

Quinto, al margen de todo aquello, hay una razón más de peso sobre la conveniencia del petróleo venezolano. Puesto que ese crudo es pesado, existe un costo adicional para su refinado. Por caso, el crudo de Arabia Saudita precisa un costo adicional de 5 dólares por barril para el refinado, el de Irán, Irak, Kuwait unos 8 dólares por barril. El ruso unos 15 dólares. ¿Y el venezolano? Unos 20-30 dólares por barril. Con un precio internacional de 65 dólares en la actualidad, no parece muy rentable.

Sexto, sería conveniente, cuando se denuncia injerencia extranjera o imperialismo en torno al petróleo, que se investigue el acuerdo que Maduro firmó con China Concord Resources Corp (CCRC), empresa privada y no estatal.

Por último, es necesario en estos casos despejar la maleza ideológica si lo que intentamos es comprender la realidad con vistas a intervenir en la misma lejos del binarismo burgués que suele dominar todo análisis político: pequeño capital o capitales más eficientes, donde el interés universal de la clase obrera está ausente.

Obviamente que la acción de EEUU no se debe al combate al narco ni busca llevar “libertad”, obvio que es violatoria de la autonomía nacional, es cierto que es una agresión al derecho internacional y todas las aberraciones institucionales que quieran, pero ya debiera quedar claro que el derecho internacional no existe, en tanto ante igualdad de derechos, prima la fuerza.

Pero no menos obvio es que la dictadura venezolana no sólo produjo una catástrofe económica que llevó a una diáspora de 7 millones de personas, redujo la producción de petróleo a un tercio de lo que producía hace tres décadas, llevó adelante un régimen represivo que transforma a Patricia Bullrich y a Sergio Berni en Heidi y Pedro en los Alpes, con 18 mil presos políticos y más de 10 mil ejecuciones extrajudiciales por parte de las fuerzas de seguridad del régimen. Esto es, estamos ante un gobierno reaccionario en toda la línea que no se puede defender y así lo prueba la propia clase obrera venezolana, tanto la que festeja en el exilio como aquella que no está moviendo un dedo en Caracas.

Lamentablemente, para terminar, la propaganda será que el “socialismo” hundió a Venezuela y EEUU la salvó. Lamentablemente EEUU hizo la tarea que no pudo no supo hacer la propia clase obrera venezolana. Esa limitación debemos atender si lo que buscamos es desplegar una acción política revolucionaria.