Habib Saii
20 de enero de 2026
Traducido de: http://dndf.org/qui-porte-la-responsabilite-au-meme-titre-que-la-republique-islamique-du-recent-massacre-en-iran
El orden sangriento de la República Islámica reina una vez más sobre el país y hunde a nuestro pueblo en un inmenso luto.
Un levantamiento que se perfilaba para crecer e intensificarse, dispuesto a derrocar el orden corrupto vigente, avanzando cada día con mayor determinación y eficacia, experimentando y aprendiendo formas concretas de lucha contra las fuerzas represivas del régimen, se ha convertido en el juguete de oportunistas ávidos de poder, completamente ignorantes de la naturaleza del régimen contra el que decían luchar. Ingenuamente imaginaron que una simple convocatoria a la manifestación y la participación masiva del pueblo bastarían para aniquilar a este monstruo, un régimen curtido en las guerras y campos de batalla de Oriente Medio durante 47 años, y para restituir el poder político a la monarquía con una simple invitación a dimitir.
Sí, fueron estos monárquicos y sus aliados extranjeros quienes, de manera temeraria e infantil, se aprovecharon de la desesperación y el abatimiento de una parte del pueblo y, prematuramente y sin madurez política, condujeron el levantamiento hacia el matadero de los mercenarios del régimen.
Con mentiras como "estamos detrás de ustedes", "decenas de miles de Pasdarans y Basijis ya están registrados en la plataforma del Príncipe Heredero y listos para unirse a la revolución", o "no se preocupen, Trump los apoya", sentados a miles de kilómetros de distancia, de los Estados Unidos y el Reino Unido, lanzaron el llamado "a derribar el régimen" y enviaron a la gente hacia una cita macabra.
No sólo su pedido oficial de apoyo a los Estados Unidos permitió al régimen capitalizar los sentimientos nacionalistas y etiquetar a todos los manifestantes como "espías" y "terroristas", sino que al convocar una manifestación en una fecha y hora específicas, eliminaron toda iniciativa del movimiento, dando así a los asesinos del régimen el tiempo necesario para prepararse para esta confrontación desigual y preparar sus ametralladoras y armas pesadas para una masacre horrible.
Sí, esta masacre fue perpetrada por el régimen capitalista de la República Islámica y sus diversas fuerzas represivas, y esta mancha criminal quedará grabada para siempre en su frente. Pero la responsabilidad recae particularmente en Reza Pahlavi, quien utilizó el sacrificio de decenas de miles de vidas, así como de cientos de miles de heridos y prisioneros, como medio para satisfacer sus ambiciones de poder.
El movimiento revolucionario en nuestro país no comenzó con su llamado. Es una lucha de clases que comenzó hace 47 años, con la llegada al poder de la República Islámica, y que ha alcanzado sus máximos logros: héroes caídos en cada etapa, ejecuciones y la afluencia de otros a las cárceles. En cada fase, el movimiento extrajo nuevas lecciones de su enfrentamiento con la contrarrevolución y las aplicó en la siguiente. Lo verdaderamente admirable en Irán es precisamente la continuidad de esta lucha, cuyas oleadas alcanzan su máximo auge a intervalos cada vez más cortos. Es en esta confrontación continua que las masas aprenden las lecciones de la lucha, que los mayores muestran el camino a las nuevas generaciones y que los principios concretos de la organización de la lucha revolucionaria se ponen a prueba y se transmiten a la siguiente generación.
Los monárquicos en el extranjero no comprenden con qué tipo de poder se enfrentan. Solo quienes han vivido las realidades específicas de la República Islámica durante 47 años y participan en las luchas correspondientes, quienes comprenden sus mediaciones y articulaciones en la vida cotidiana, en la producción y reproducción de estas realidades, quienes las han confrontado directamente, son capaces de comprender su contenido de clase y, en consecuencia, adoptar las tácticas adecuadas en cada ámbito. Se trata de un proceso material y práctico a gran escala, no de una teoría abstracta que pueda dictarse desde fuera mediante fórmulas generales.
Nuestros trabajadores han experimentado durante mucho tiempo, en su propia carne, la represión y la crueldad de la República Islámica: desde el movimiento de 2016 y especialmente la masacre de noviembre de 2018, cuando probaron las ametralladoras pesadas de los Pasdaran, luego con el movimiento Mahsa, que les recordó una vez más el poder represivo del régimen.
Un movimiento que, al cabo de unos días, había tomado la apariencia de una revuelta del hambre, que iba encontrando poco a poco su propio ritmo, su lógica, sus especificidades locales y profesionales, y que iba ganando fuerza —hasta el punto de que, en algunas regiones, se había transformado en violencia revolucionaria— fue brutalmente desviado de la vía política de la lucha de clases por la recuperación oportunista de los monárquicos, para verse sumergido en una guerra prematura, inmadura y definitiva, que se convirtió en un matadero de masas.
Los partidarios del Sha, que consideran el país la herencia de su padre y hablan día y noche de "recuperarlo", intentaron, como siempre, aprovechar la ola del levantamiento para obtener beneficios propios y de sus aliados, a partir de la segunda semana. Donde las masas ya llevaban más de una semana en huelga y manifestándose en las calles, ¡ellos también lanzaron llamamientos a la protesta! Los medios de comunicación, bajo su control, amplificaron al máximo esta supuesta alternativa "liberadora". Pero esta vez, las condiciones únicas e inimaginables de represión y asfixia política en Irán —donde líderes civiles, nacionales y sindicales han sido asesinados o encarcelados en cárceles de seguridad— impidieron el libre surgimiento de debates políticos de clase, creando una especie de desesperación en un segmento de la población, que se vio obligado a aferrarse a este falso santuario.
Lamentablemente, muchos líderes de base del movimiento —un movimiento que, durante al menos ocho años, ha trascendido todas las facciones del régimen y del cual estábamos viviendo una nueva fase— están encarcelados, y su liberación les habría permitido desempeñar su papel, positivo o negativo, en la situación actual. Esto se había convertido en un requisito previo para desarrollar los temas concretos de la lucha de clases.
Pero lo que más deseaban los partidarios del Sha no tenía nada que ver con el avance de la revolución. Solo buscaban una presencia masiva en las calles y su registro visual, y sobre todo, se esforzaban por prevenir cualquier violencia contra el régimen para, en sus propias palabras, iniciar una "transición ordenada". Sabían muy bien que dicha violencia revolucionaria podía fácilmente volverse contra ellos y sus aliados extranjeros. Los objetivos materiales y reales del movimiento les interesaban poco. Les importaba poco que, incluso en la primera semana, mezquitas fueran atacadas e incendiadas, instituciones religiosas, oficinas de oración del viernes, oficinas de impuestos, medios de comunicación estatales, bancos, centros del aparato de seguridad, bases de la milicia Basij, cuarteles, prefecturas, comisarías, vehículos blindados, almacenes de la Guardia Revolucionaria e incluso parques de bomberos hubieran sido incendiados o, en ocasiones, ocupados; todas estas actividades les importaban poco. Lo que querían —y lo que repetían una y otra vez los ejecutivos de medios y los estrategas de su “equipo”— era que los “usuarios” enviaran miles de fotos y vídeos promocionales con pancartas y el rostro del “hijo del Sha” a los medios de comunicación a su cargo, así como a los de Estados Unidos, Israel, etc., para convencer a Trump, mediante alguna manipulación digital, de que este príncipe caprichoso e impotente era el único líder nacional legítimo, y que su reconocimiento “confirmaría la dirección de la revolución”.
Su objetivo no era combatir a la República Islámica, sino una transición pacífica que preservara el aparato represivo y administrativo del Estado, para resolver el asunto con un simple cambio de liderazgo. Es evidente cómo los estrategas del príncipe advirtieron contra permitir que los cuarteles cayeran en manos del pueblo, porque «recuperar miles de armas del pueblo no es tarea fácil». Y, sin embargo, en diez días, se vio la caída de cuarteles; por ejemplo, en Babol (una ciudad del norte de Irán), las comisarías 12 y 13, según se informa, cayeron en manos de los residentes, y se incautaron 500 armas.
Incluso antes de que la confrontación se intensificara, los monárquicos intentaron contenerla y enfrentar al aparato represivo de la República Islámica; vimos que el "líder confirmado de la revolución" estaba enviando mensajes melosos llenos de promesas a las fuerzas armadas, los Pasdaran, los Basij y el ejército.
El resultado de estas maniobras fue simplemente que este "registro de la dirección revolucionaria", mediante el llamado a salir a las calles en dos fechas específicas y a horas fijas en cada ciudad, condujo al pueblo a la masacre. Y aún estamos lejos de comprender el horror de sus consecuencias. Esta estrecha brecha que se ha abierto, dejando al descubierto los cuerpos de nuestros innumerables jóvenes, es solo una parte de la atroz realidad de la que es responsable la dinastía Pahlavi, lo que se suma a su ya sombrío historial.
Por otro lado, incluso antes del infame llamamiento, la nefasta sombra que esta figura proyectaba sobre el movimiento sembró dudas y vacilaciones entre otros. ¿Qué podría ser más natural que quienes se involucran a diario en las luchas sociales y económicas contra el régimen y sus instituciones hubieran optado, durante la guerra de doce días, por mantener la calma y no sumar sus gritos de protesta al estruendo de los cazas y bombas israelíes, negándose así a atender los llamamientos de los monárquicos y sus aliados israelíes?
Esta directiva del hijo del Sha asestó el golpe más devastador que se pudo haber infligido en esta delicada etapa del desarrollo del movimiento. Incluso el aparato mediático del régimen amplificó sus eslóganes para silenciar otras voces y "demostrar" que "nuestros oponentes son estos agentes y espías extranjeros", tachando así de "terrorista" a todo el movimiento de protesta, desacreditándolo y allanando el camino para su masacre.
Incluso hoy, con total descaro, como si no existieran decenas de miles de muertos y cientos de miles de heridos y encarcelados, culpan a Trump, quien "no cumplió su promesa". Pero, por supuesto, el pueblo, dispuesto al sacrificio, debería seguir movilizado "hasta que llegue el momento" —es decir, durante un futuro ataque estadounidense e israelí— para "recuperar las calles y tomar las instituciones del poder". El gran estratega, aunque profundamente consternado por lo sucedido, recuerda de repente que este tipo de acción también requiere preparación táctica y logística. Esta vez, no olvida añadir: "¡La próxima vez, habrá que construir barricadas en las calles!".
Estas figuras están tan alejadas de la lucha revolucionaria y tan absortas en sus fantasías que ni siquiera dudan en convocar una huelga entre los trabajadores petroleros sin tener la menor idea de los requisitos básicos para organizarla. Son soñadores palaciegos que quieren devolver a Irán, una vez más, a una monarquía despótica mediante la intervención extranjera, para entregárselo a las grandes petroleras occidentales y mendigarles su escasa cuota de poder futuro.
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