Mostrando entradas con la etiqueta españa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta españa. Mostrar todas las entradas

lunes, 29 de enero de 2024

[España] ¡NUNCA DIGAS NUNCA MAIS!

Reactiva
Enero 2024, Estado español.

“Hasta que no tomen conciencia nunca se rebelarán, y hasta que no se rebelen no podrán tomar conciencia” George Orwell      
Otra vez “mais” un residuo del capitalismo invade las playas, bueno, una pequeña parte de él, ya que la mayoría quedará en el fondo del mar, que ahí parece que no molesta a nadie. Ahora no es un galipote asqueroso, grasiento y cancerígeno, ahora toca microplásticos, millones y millones de bolitas de plástico que a su nociva existencia (unas 15 sustancias tóxicas, la de mayor proporción, un tal Tinuvin 622, parcialmente soluble en agua y tóxica para organismos acuáticos), se irán adhiriendo residuos variopintos, pero eso sí, es un residuo muy moderno e indudablemente mucho más simpático y amigable que la brea, dónde va a parar. Estas bolitas son arrastradas a toda la costa norte de la península ibérica, invaden las playas y es por esta razón que nos hemos enterado, porque nadie duda que si fueran contenedores con baterías de coche, nadie se hubiera enterado y que siga la fiesta del progreso capitalista.

Políticos de todos los colores se echan la culpa unos a otros, como si a algún partido le interesara que se llene de basura las playas, y todos los medios de masas debaten hipócrita y patéticamente sobre los fallos del transporte, la posibilidad de establecer más controles y leyes que permitan un transporte de mercancías sin sorpresas y más ecofriendly. Pero por mucho que periodistas, politicuchxs y ecologistas consideren este hecho un desastre evitable, lo cierto es que no lo es, es un daño colateral de la producción y tráfico de mercancías bajo el capitalismo, al igual que los accidentes laborales, el envenenamiento de la tierra, la atmósfera, el mar, o nuestros propios cuerpos, son consecuencia inseparable del desarrollo del capital. Así como la destrucción de la flora y la fauna, o la guerra, la explotación y muerte de una parte de la población, son consecuencia de este sistema mercantil. El desastre únicamente es evitable si se termina de una vez por todas con él, pero mantenerlo a flote es el denominador común de todxs lxs políticxs del arco parlamentario.

En su ansia de engordar sus beneficios, el sistema recortará sus gastos: salarios, reducción de plantilla, menos inversión en prevención de riesgos laborales, etc... Y estos desastres seguirán ocurriendo, pues no son las consecuencias de una empresa malvada o falta de regulación socialdemócrata, ocurre, porque así son las reglas de la economía. Que antepone la ganancia a la vida. Si ahora los gobiernos nos venden sus compromisos para parar el cambio climático y promueve energías verdes, no es más que para ampliar el mercado con nuevos productos, de los que no se cuestiona el coste ecológico de su producción y mucho menos cuál es su finalidad, que no es mejorar las condiciones de vida de las personas y el medio ambiente, sino engordar los bolsillos de los de siempre. No nos preguntamos: ¿para qué necesitamos el plástico?, ¿por qué vivimos como si hubiera recursos ilimitados, sin cuestionar el modelo de producción? o ¿por qué producimos mercancías que nos esclavizan en lugar de producir únicamente para satisfacer las necesidades reales?. Como nunca se toca la cuestión de fondo, el sistema se mantendrá inalterado en su esencia.

El mar siempre ha sido el gran vertedero de este demencial sistema, un gran desconocido al que, eso sí, aportamos todos los residuos industriales y los desechos de un consumo atroz. Como no se ve, todo se permite. Las playas en el norte siempre han estado llenas de plásticos, vertidos de la ganadería y la industria, e innumerables desagües cargados de tóxicos y material fecal que aportan de vez en cuando algún parásito o bacteria intestinal a bañistas afortunadxs. Pero en verano hay un servicio de limpieza (inexistente el resto del año) para realizar un lavado de cara y que lxs turistas se lo pasen pipa y consuman contentxs.

Solo en contenedores son miles los que caen cada año al gran azul, ésta ha sido una gran noticia, por un lado por la hipocresía de los medios, pero sobre todo porque ha llegado hasta las costas, unas costas cada vez más degradadas por la explotación de sus recursos, y por un turismo masivo cada vez más destructivo. Este turismo, unido a la brutal especulación inmobiliaria, en auge debido a la estrategia de vender el norte de la península ibérica como un destino ideal para afrontar el cambio climático, hace que sea muy compleja la supervivencia de la población local.

El 13 de diciembre, a un vecino de Corrubedo que regenta un bar en la zona, le avisó un cliente que estaban llegando unos fardos a la costa, apurado fue para la playa y para su sorpresa descubrió que la bolsas blancas no contenían cocaína, sino unas bolas blancas que emanaban un repugnante hedor a gasolina, entonces llamó a la guardia civil, al ayuntamiento y a salvamento marítimo. Todos le daban largas, el hombre, mientras esperaba la ayuda, se puso a recoger para que no volvieran al mar, pues ya estaba el arenal lleno de bolitas y varios sacos sin abrir llenos de ellas. Cayó la noche y el hombre retiró 40 sacos llenos, al día siguiente 18, y por ahí nadie apareció.

Ahora, un mes después y todos los sacos rotos, nos piden a nosotrxs que limpiemos su mierda, de manera voluntaria, por supuesto. El trasvase de fondos, en el caso de la Xunta de Galicia, al parecer será para una histórica en trapicheos con el PP en la comunidad Silman 97 SL, una empresa de marketing y comunicación que ni idea tiene de desastres ambientales, pero que se llevará el dinero calentito por la supuesta formación (que se basa en dar un tríptico de información) de voluntarixs en las playas. Esa empresa hace el agosto del desastre para que nosotrxs, ciudadanxs responsables, doblemos el lomo y bolita a bolita  lavemos la cara del capital con nuestra solidaridad, y así les dejaremos el terreno limpio para el siguiente vertido.

Nos adelantan que la empresa será difícil de imputar, pues es un buque con bandera de Liberia, contratado por una naviera de Bermudas, con sede social en Chipre, la mercancía de una empresa Polaca y con fabricante en India...  Como siempre al capital le sale gratis o muy rentable destruir la tierra.

Cosa muy distinta ocurre cuando a algún inconsciente se le ocurre cuestionar el orden establecido o la exclusividad del uso de la violencia por parte del Estado y osa poner un palo en el engranaje de este sistema de explotación y miseria. Si es apresadx por las garras del Estado, será torturadx y condenadx. Miles de compañerxs sufren en las cárceles del mundo, nuestra solidaridad es con ellxs y con el resto de compañerxs que luchan por la vida y contra el Capital.

Tampoco nos interesa lo que patéticxs izquierdistas nos tratan de vender: otro capitalismo más humano, con menos excesos. No queremos un mundo de mierda, lleno de plantaciones de eucaliptos y molinos de viento por doquier, donde nos exploten asertivamente, sin discriminación por género o raza. Queremos un mundo sin explotación y donde merezca vivir, un mundo con robles y lobxs, y no al margen de este sistema, sino sobre sus ruinas.

O todo o nada, es inútil dar alternativas a la demencia capitalista, es necesario una lucha contra toda la profundidad y extensión de esta compleja maquinaria, el combate irreductible contra todas las expresiones de este mundo de alienación, la destrucción sistemática de todas las ilusiones ciudadanistas y democráticas y de todas las visiones parcializadoras.

¡LUCHAMOS POR LA VIDA Y CONTRA EL CAPITAL!

jueves, 7 de julio de 2022

NUESTRA SANGRE = SU DINERO. MATANZA DE PROLETARIOS AFRICANOS EN MELILLA

Grupo Barbaria
30 de junio de 2022, España.

 

Nuestra sangre = su dinero

MATANZA DE PROLETARIOS AFRICANOS EN MELILLA
HAGAMOSELO PAGAR MUY CARO

Al menos 37 de nuestros hermanos (y muchos más heridos, agredidos, humillados, expulsados) han sido brutalmente asesinados en la valla de Melilla, esa frontera artificial (como todas) que separa a los proletarios de Europa y África pero que aúna los intereses de la burguesía española y marroquí (entre otras) en mantener a raya las “temidas” migraciones.

Los/as burgueses/as de todo pelaje y sus politiquillos/as asquerosos/as (izquierda/derecha), no tienen ningún problema en ponerse de acuerdo para explotar y masacrar al proletariado: bien sea en los tajos, las guerras o las fronteras.

La represión y el racismo son elementos consustanciales a la sociedad capitalista y una prioridad para sus Estados, esto, por desgracia, no es novedad. El gobierno español, de izquierdas, ha felicitado y celebrado la matanza y la policía española ha colaborado en la misma, junto a la marroquí. Ese gobierno que iba a parar el fascismo, que vociferaba por un frente amplio contra Vox y su basura, evidencia que son la misma mierda, la otra cara de la moneda brutal del capital, la violencia necesaria y extrema para mantener sus intereses y su poder.

Esta masacre no deja de inscribirse en sus juegos macabros de intereses en el momento actual de crisis y guerra. Los nuevos pactos con Marruecos, la escasez de gas por la guerra de Ucrania, la necesidades estratégicas de Europa y la competencia frente a los capitalistas del este y de oriente; fuerzan un incremento de la represión en las fronteras y el pago (con la sangre de los nuestros) de las deudas adquiridas.

Mientras tanto los generales del capital occidental (bajo las banderas de la OTAN) cenan y festejan en el Museo del Prado, mientras se arman y preparan las próximas ofensivas de una guerra que ya está aquí, que siempre fue guerra contra nuestra Clase. Nuestro gobierno de izquierdas se jacta, ante los suyos. prometiendo que doblará su presupuesto en armas. Nos dicen que para defender la democracia (esa abominable forma de dictadura del capital) y nuestro “modo de vida”… ¿qué vida?, ¿la de la explotación, la miseria y la muerte?, ¿la de nuestros hermanos asesinados en la valla?

Decenas de miles de proletarios migrantes, de hermanos/as, compañeros/as, seres humanos, han muerto estos últimos años como sacrificios en el altar fagocitador de la acumulación del capital, de sus beneficios, en las fronteras defendidas por la democracia del capital. Todas esas muertes no son casuales, es un resultado más de la catástrofe capitalista, como la de tantos otros proletarios/as anónimos/as. No está de más recordar todas las muertes y torturas en los CIE, en el “cementerio” Mediterráneo, o a manos de la policía, como la muerte del “mantero” Mbaye en 2018, que levantó la rabia de cientos de proletarios migrantes y también nativos, contra la policía (ese brazo armado del Estado) Es necesario recuperar esa rabia, unidos como una misma clase, contra nuestros verdugos.

El racismo es consustancial a este sistema, la violencia que sufren los/as compañeros/as migrantes es una violencia que sufren como proletarios/as (seres humanos desnudos frente a la violencia del capital), su reacción es nuestra reacción, su lucha nuestra lucha, la de una clase que tiene que romper con todas las separaciones y diferencias que nos atan a las miserias de este mundo.

Solidaridad y lucha contra el racismo de Estado y su violencia policial

Por la unidad de clase del proletariado

Abajo el capital, sus Estados y sus fronteras

 

Fuente: http://barbaria.net/2022/07/01/nuestra-sangre-su-dinero

domingo, 12 de diciembre de 2021

[España] La huelga de Cádiz y las flores en la guadaña

11/12/2021, Colectivo Barbaria

En las últimas semanas hemos visto el estallido y el rápido sofoco de la llama de nuestra clase, esta vez a propósito de la huelga del sector del metal en la provincia de Cádiz, que tiene la segunda mayor tasa de paro de toda España, con un 23,16%. Hemos vuelto a ver, cómo no, al Estado, a la izquierda que lo encabeza y a los sindicatos en acción, haciendo el papel que históricamente mejor han sabido hacer: dinamitar cualquier perturbación de la “paz social”.

La huelga empezó a tomar forma a lo largo del mes de octubre, dada la descompensación que hay entre la inflación, que se ha disparado al 5,5% en 2021, y la subida de los salarios, de la que hablaremos más adelante. Estos hechos están afectando en mayor o menor medida a todos los trabajadores, haciéndonos perder salario real y poder adquisitivo, con el consiguiente empobrecimiento. Esta circunstancia en el ya previamente maltrecho y amenazado sector de la industria metalúrgica genera las condiciones para el estallido de, como poco, una huelga, que fue impulsada por los elementos más precarios del sector. Ante la inevitabilidad de la huelga, los sindicatos decidieron intervenir para mantener la huelga dentro de los límites aceptables desde la lógica del beneficio económico, la única posible para el sindicalismo. En este sentido, los sindicatos mayoritarios (UGT y CCOO) se afanaron por mantener la huelga lo más aislada posible en su sector, y en este sentido se vieron presionados para ponerse al frente de las asambleas de trabajadores, que desde luego no habían nacido de la iniciativa sindical, para asegurarse de que así fuera. Del mismo modo, las reticencias de los partidos del gobierno PSOE-Podemos frente a la huelga pasaron a convertirse en muestras de apoyo cuando esta amenazaba con desbordarse, tomando el papel de poli bueno al avisar a los trabajadores de que la huelga podía ser instrumentalizada por la derecha. Una vez más, por si no hubiéramos tenido suficientes muestras ya, sus diatribas palaciegas y cortoplacistas se muestran totalmente ajenas a los intereses de nuestra clase. Entretanto, los sindicatos acordaron pactar con el gobierno una subida de los salarios del 2%, más que insuficiente para cubrir la inflación, en una votación individual y secreta que los sindicatos más “radicales” no tardaron en señalar como un fraude, movilizando a los trabajadores más comprometidos para continuar con la huelga, al coste de enfrentarse a sus propios compañeros.

Una línea general que atraviesa todos los elementos que han conducido al fracaso de la huelga ha sido, sin duda, la división. Por una parte, la división que mantuvieron los sindicatos mayoritarios para garantizar que la huelga se restringía al sector del metal, evitando que otros sectores se solidarizasen con la huelga. Por otra parte, estos mismos sindicatos se aseguraron de mantener atomizados a los trabajadores del propio sector del metal, al sabotear la asamblea e imponer el voto secreto, como derecho ciudadano, evitando que los trabajadores pudiesen poner en común sus intereses para actuar de forma unitaria. Luego, los sindicatos “radicales” decidieron empujar a los trabajadores más comprometidos a continuar con la huelga -de forma unilateral, sin contar con la asamblea de los trabajadores, al igual que hacen los sindicatos mayoritarios- por el rechazo al acuerdo que habían alcanzado los sindicatos mayoritarios con el gobierno, a sabiendas de que la huelga ya había sido sofocada y que eso generaría enfrentamientos por una parte entre los compañeros más radicales y los que ya se habían desmovilizado, y por otra parte un enfrentamiento estéril entre los trabajadores radicales y la policía, que de paso sirvió al gobierno para dividir a los huelguistas entre los buenos -que aceptan el acuerdo alcanzado- y los malos -que no lo aceptan y además perturban el orden público-, a los cuales lógicamente había que darles un escarmiento.

Es importante señalar que el hecho de que esta dinámica se haya reproducido huelga tras huelga durante décadas no es algo casual, ni fruto de alguna traición particular, sino que atiende a la propia esencia de los sindicatos. El papel de los sindicatos no es el de velar por los intereses de nuestra clase, sino el de mediar entre el Estado y la patronal por una parte y los trabajadores por otra, además en un único sentido, que los trabajadores acepten las vueltas de tuerca que les va imponiendo la burguesía. Es por esto que podemos decir que los sindicatos son el brazo del Estado en la clase trabajadora, y no al contrario, como se nos ha pretendido hacer creer. Por esto mismo no es de extrañar que hayan sido tan considerados con la rentabilidad económica del sector y hayan aceptado una subida de los salarios que de sobra saben que no compensa la inflación. También, como hemos visto, los sindicatos “radicales” no escapan a esto, pues necesariamente priman su afán por ganar representatividad -ante el Estado- sobre los intereses de los trabajadores a los que dice representar. El sindicalismo es, como el parlamentarismo, una vía muerta que jamás tuvo nada de revolucionaria, pues jamás hubo nada de revolucionario en mantener una separación entre la política y la economía que no tarda en mostrarse ficticia. En las elocuentes palabras de alguien que sufrió la violencia de esos mismos partidos que hoy se hallan al frente del Estado español:

“Determinados grupos con más humos que penetración, achacan la evidente incompatibilidad de los sindicatos con la revolución a un carácter reformista que en verdad nunca tuvieron, y por otra parte a la supuesta incapacidad del capitalismo hogareño para hacer concesiones al proletariado. Lejos de ello, la causa es esencial, no contingente. Lo que engendra el carácter reaccionario de la organización sindical no es otra cosa que su propia función organizativa. Obtenga o no determinadas mejoras, está directamente interesada en que el proletariado siga siendo indefinidamente proletariado, fuerza de trabajo asalariado, cuya venta negocia ella. Los sindicatos representan la perennidad de la condición proletaria. […] Ahora bien, representar la perennidad de la condición proletaria conlleva aceptar, y de hecho necesitar también, la perennidad del capital. Los dos factores antitéticos del sistema actual han de conservarse para que el sindicato desempeñe su función, de ahí su profunda naturaleza reaccionaria, independientemente de los vaivenes que modifiquen, para mal, para menos mal o para mejor, la compra-venta de la mano de obra, jugarreta clave del sistema capitalista.” Los sindicatos contra la revolución, Munis

Por último, y aunque suene a perogrullada, cabe recordar que el Estado y su política no son garantes de los intereses de nuestra clase, ni hay modo alguno en que lo sean, pese a los llamados del PCE (parte de la coalición de Unidas Podemos) para que los trabajadores confíen en el gobierno que empeora sistemáticamente sus condiciones de vida -y del que ellos forman parte- al mismo tiempo que les enviaban una tanqueta y una brigada de antidisturbios, que por lo visto debían venir en son de paz. Esto no quiere decir que los trabajadores nos tengamos que desmovilizar, ni que no haya nada que hacer, al contrario. Lo que esto quiere decir es que cualquier movilización será desmantelada si no sigue los principios que han marcado los éxitos de nuestro movimiento (hay que señalar que también los ha habido), y que no son otros que el internacionalismo y la independencia de nuestra clase, lo que en una huelga se concreta por una parte extendiéndola a otros sectores -y no aislándola en uno solo-, tendencia que se ha visto en la huelga de Cádiz, que tuvo una marcada tendencia a desbordar el marco de la fábrica extendiéndose por el entorno urbano de Cádiz y San Fernando a través de manifestaciones y asambleas de barrio, y por otra entregando todo el poder de decisión sobre la huelga a la asamblea formada por los propios trabajadores, y no a sindicatos ajenos a estos y con intereses diferentes, cuando no opuestos, a los de nuestra clase. Dicho de otra manera, los intereses de nuestra clase solo pueden ser representados por la propia clase, cuando se constituye como partido y se pone a la cabeza de la revolución que dejará en la cuneta a los sindicatos, a la izquierda del capital y a todos los que quieren conciliarnos con nuestros verdugos poniendo, como el título de este artículo, flores en sus guadañas.

Fuente con links: https://barbaria.net/2021/12/11/la-huelga-de-cadiz-y-las-flores-en-la-guadana 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

La nueva anormalidad. Un suave golpe de Estado

Gobernar por el miedo en tiempos de crisis
 

Miguel Amorós
12 de noviembre de 2020
España

La catástrofe no solo es la promesa de desgracia hecha por la civilización industrial, es ya nuestro presente inmediato. Lo confirma el alarmismo de los expertos ante la posibilidad anunciada a los cuatro vientos de un colapso del sistema sanitario. Al decretar el fin del estado de alarma anterior, los gobernantes intentaban evitar la agudización de la crisis económica. Sin embargo, la precipitación por sacar la economía del confinamiento ha conducido a lo contrario: los rebrotes del virus no han tardado en venir, o al menos es lo que dicen las estadísticas de interesados estudios científicos. Según dejan entrever los medios de desinformación, la gestión efectiva de la pandemia no pudo ser más desastrosa, pues si bien una sociedad de consumo no es capaz de sobrevivir con una economía semiparalizada, tampoco puede dejar de lado a los consumidores. Su grado de disponibilidad para el trabajo y el dispendio, o sea, lo que suele llamarse salud, ha de ser satisfactorio. Más claro: por no dar un salto hacia delante en el control social de envergadura suficiente, los dirigentes se han visto forzados a dar un paso atrás, proclamando un nuevo estado de alarma con el fin de acogerse a disposiciones disciplinarias anteriores, preparadas con restricciones inútiles en «actividades no esenciales», toques de queda y confinamientos a la carta. No es seguro que estemos ante una “segunda ola”, pero lo cierto es que estamos ante un verdadero golpe de Estado. Por la vía de la excepción se abre un segundo capítulo en la implantación de una dictadura sanitaria destinada a perdurar. El pájaro desarrollista con la ayuda del virus mediático incuba el huevo de la tiranía.

En verdad, las condiciones de vida en la sociedad del crecimiento infinito constituyen una seria amenaza para la salud del vecindario, pero los dirigentes y sus asesores no plantean soluciones técnicas que no discurran en el sentido de los intereses dominantes. El problema es que estos son contradictorios. Hay conflicto de potencias y conflicto dentro de ellas. Las estructuras de poder se están reconfigurando a escala mundial ante las crisis venideras que el choque de intereses está planteando. Se articulan de nuevo los Estados, el capitalismo y la tecnociencia -la megamáquina- con previsibles malas consecuencias para la población, de la cual una parte cada vez mayor ya resulta inútil para el sistema. Se trata de gestionar excedentes, técnicamente, bien por guerras, bien mediante enfermedades infecciosas. Si lo que se persigue es la obediencia incondicional, el miedo, y en casos graves, el terror, es la herramienta necesaria de gobierno. En el caso concreto de la pandemia, todo consistiría en encajar la salud con la economía convirtiendo aquella en una oportunidad de tecnificación y desarrollo. La costosa sanidad pública se dejaría tal como está, es decir, semidesmantelada. Los medicamentos caros y las vacunas milagreras serían el primer objetivo de la industria farmacéutica, la más corrupta, y por supuesto, de los gobiernos. Acompañadas por medidas profilácticas como el lavado de manos, el saludo con codo, el pago con tarjeta, la mascarilla, la distancia, la ventilación, el silencio y pronto el carnet de inmunidad, abrirán paso al control general. Pero para que la población obedezca los consejos que brinda la farmacopea del espectáculo, urge una sumisión servil, y ahí está el problema: nadie cambia alegremente sus hábitos sociales por el aislamiento sin sentido por más que lo ordenen las autoridades. Situaciones supuestamente alarmantes requieren dosis superiores de catastrofismo y gran despliegue policial. La dominación ha de recurrir primero al miedo y luego, si eso no funciona con todos, a la fuerza. Políticamente, eso significa la supresión de las apariencias democráticas del parlamentarismo en pro del autoritarismo típico de las dictaduras, cuya eficacia ahora depende de un control digital absoluto. En efecto, la supresión de las libertades formales (de circulación, de reunión, de manifestación, de residencia, de prescripción médica, etc.) que garantizan las constituciones, el «rastreo», las multas y el fomento de la delación, tienen muy poco que ver con el derecho a la salud y mucho con la remodernización del poder a la que no es ajena la pérdida de confianza de los gobernados, que, ante la duplicidad, la ineptitud y la irresponsabilidad de los gobernantes, incurren con desenvoltura en la desobediencia. Y puesto que la soberanía llamada popular allá donde reina la mundialización no reside realmente en el pueblo, considerado un ser irracional que debe ser neutralizado, sino en el Estado, fiel ejecutor de los designios de las altas finanzas, el despotismo es la respuesta natural del poder a la pérdida de legitimidad. Al separar la gobernanza del derecho mediante decretos ad hoc de legalidad cuestionable, el Estado cobra a la población el peaje de una pretendida crisis que confiesa no haber sabido conjurar, pero de la que culpa al “comportamiento incívico” de determinados sectores, principalmente juveniles. Si no hubiera resistencia a tanto abuso, la vida social acabaría recluida en el espacio virtual y lo único democrático que permanecería en pie sería el contagio.

El último libro de Vaneigem empieza así: «Desde los días sombríos que iluminaban la noche de los tiempos, solamente era cosa de morir. De ahora en adelante se trata de vivir. Vivir en fin, es reconstruir el mundo». Literalmente, la situación empuja a una reacción colectiva contra la privatización, la artificialización y la burocratización en defensa de la vida, estrechamente ligada a la defensa de la libertad. Lo que mata a la una (el Estado, el Capital), mata a la otra, por lo que tal defensa empieza por la desobediencia civil a los dictados de ambos. Ellos son el verdadero peligro, y no el virus. La reacción desobediente contra todas las imposiciones constituye en estos momentos el eje de la lucha social, pero desobedecer no es suficiente: frente a la confusión fomentada por el poder, hay que reivindicar la verdad. Conviene evitar a toda costa que la protesta sea desacreditada por las alucinaciones del complotismo y el negacionismo. Las fisuras que se están produciendo en el consenso científico pueden contribuir a ello. Respecto a la pandemia, la primera norma de la autodefensa aconseja guardar distancias higiénicas con el Estado e ir a la autogestión de la sanidad. El coronavirus, arma del Estado, también podría usarse en su contra. No interesa una sanidad pública porque depende del Estado y sus filiales autonómicas, sino un sistema de salud en manos de colectivos compuestos por personal sanitario, usuarios y enfermos. La cuestión consiste menos en crear clínicas alternativas en la órbita de la economía social -opción tampoco descartable-, que en arrebatar al Estado la gestión de una medicina que se quiere a escala humana, es decir, descentralizada y próxima. Nada será posible sin sostenidos estallidos de cólera que pongan en movimiento a masas insumisas hartas de sufrir la torpe manipulación de las autoridades y sus estúpidos confinamientos. Mejor afrontar las consecuencias de su insubordinación que vivir bajo la férula de ejecutivos ignorantes y tecnócratas embusteros. En un mundo determinado por el trabajo muerto y devorado por una psicosis inducida desde los medios, que sean cada vez más los cuerdos que tomen partido por la naturaleza, libertad, la verdad y la vida.

¡La bolsa o la vida! O el caos económico y sanitario, o el fin de la dominación. O las engañosas comodidades cada vez mas constreñidas de una economía mortífera, o la aventura de una existencia soberana, esa es la cuestión. Las protestas conscientes de la vida cotidiana han de tener como horizonte un mundo antidesarrollista, no patriarcal, sin polución, sin alimentos industriales, sin ocio de fábrica, sin basura, desglobalizado y desestatizado. Si nos detenemos de nuevo en la salud, recordemos que para propagarse, los virus requieren una población numerosa, densa y en perpetuo movimiento. En cambio, los agrupamientos pequeños y tranquilos no padecen enfermedades epidémicas. El hacinamiento y la hiperactividad promueven la transmisión -condiciones que se dan óptimamente en las metrópolis-, así como también los desplazamientos masivos debido a las hambrunas, las guerras y el turismo. Razones de más para que el mundo a reconstruir sea un agregado de pacíficas comunas autosuficientes mayormente rural, desmotorizado, desurbanizado y desmilitarizado.

El capital mata

Grupo Barbaria
7 noviembre, 2020
España

Sacrificio, resistencia, moral de victoria, unidad (entre empresarios y trabajadores). Estas palabras constituyen el mantra que repite de modo machacón el presidente de España, Pedro Sánchez, desde el inicio de la pandemia. Su uso no es casual: quieren que los proletarios y proletarias veamos nuestras necesidades amordazadas, que no luchemos por nuestros intereses, en un momento en que nuestra vida se ve amenazada.

Sacrificio, resistencia, moral de victoria y unidad son sinónimos de pasividad, de dejarnos matar como carne de cañón, sometiéndonos a las necesidades del gobierno y del capital, de su lógica de acumulación.

En la primavera de este año murieron decenas de miles de personas en el Estado español y más de un millón de personas en todo el mundo, aunque los datos reales son siempre muy superiores a los oficiales. En esa ocasión fue flagrante cómo todos los Estados pusieron las necesidades de la economía nacional por encima de las vidas y la salud. De hecho, el gobierno de España, en el inicio del verano, llevó a cabo un desconfinamiento acelerado para impulsar el turismo y la hostelería, una de las principales actividades económicas de un capital local cada vez más en crisis. Los telediarios locales dedicaban más de la mitad de su duración a enseñarnos las terrazas de los bares repletos. Los noticiarios empezaban su emisión saludando a los turistas alemanes que llegaban a Mallorca de nuevo. El gobierno anunciaba triunfante que «habíamos vencido al virus». El sacrificio, la resistencia, la unidad y la moral de victoria habían ganado. Y, sin embargo…

Sin embargo, era muy fácil prever que no iba a ser así, que el virus volvería con la fuerza de la reanudación de la producción y circulación mercantil. Y mucho antes de lo que ningún experto había previsto. Sucedió ya durante el verano, primero en Aragón y Cataluña, y desde agosto en Madrid.

Y sin embargo el Estado no tomó medidas, y no es casual. Lo que interesa al Estado es que la economía avance y crezca, porque es de ese modo que se alimenta el capital, que nos devora y nos hace víctimas colaterales pero necesarias. A finales del verano, desde la televisión, asistimos con machacona insistencia a la necesidad de abrir las escuelas, a toda costa, cayese quien cayese. La ministra de Educación, Celáa, llegó a anunciar en El País que los beneficios de su apertura eran superiores a los riesgos (o sea la enfermedad y muerte de trabajadores y familias). Los beneficios consistían en que la máquina siguiese funcionando, que la sociedad siguiese produciendo y consumiendo y para ello los alumnos debían estar confinados en las escuelas. Las luchas que surgieron frente a la apertura de las escuelas, como la que se dio en Madrid, fueron importantes pero muy minoritarias. A día de hoy ya hay al menos un docente muerto que sumar a las frías estadísticas de los caídos en combate. Todo ello bajo el nombre de la unidad, resistencia y moral de victoria.

Poco a poco se anuncia un segundo confinamiento domiciliario. La enfermedad no deja de crecer y con ella los hospitalizados, ingresados en UCI y muertos diarios. Víctimas colaterales de la moral de victoria, carnes de cañón del capital. Y, sin embargo, un segundo confinamiento será muy diferente al primero. De hecho ya lo es. Porque no hay soluciones dentro del capital: confinamiento significa, dentro de los parámetros capitalistas, paro y pobreza, miseria y hambre, despidos y precarización laboral. Por eso es falsa la polarización entre partidos de izquierda y de derecha. Si no hay soluciones dentro del capital, los políticos, sin importar el bando en el que estén, no pueden más que administrar el desastre y mandar a la policía cuando protestamos. Y entre ellos, la izquierda lo hace mintiendo. El gobierno más progresista de la historia de España, como le autodenominaron sus followers con el histrionismo que caracteriza a la izquierda progre, dijo por boca de su vicepresidente segundo que no iban a dejar a nadie atrás. Pero ya se sabe, las palabras son palabras y no valen nada. Lo que sí vale son las necesidades de la economía nacional, que se expresan en miles de desahucios semanales, cientos de miles de despidos al mes, millones de personas en la pobreza y miseria.

Ese es el material inflamable que alimentará las hogueras, presentes y futuras, de la rabia social. La rabia ya ha empezado. Se ha expresado en las movilizaciones de estos días, de un modo muy confuso, con una participación cierta también de grupos de extrema derecha, pero no podemos dejar que los árboles nos impidan ver el bosque. Lo que hay es una enorme rabia social que se acumula y se acumulará cada vez con más fuerza. De fondo asistimos a un mundo que ya no da más de sí, que ha agotado su base propulsora (la acumulación de capital en forma de valor) y que a eso añade una acumulación catastrófica de crisis, desde la pandemia al cambio climático. Es importante analizar estos disturbios y manifestaciones en perspectiva, no en la fotografía del momento, sino en proceso. La instantánea no nos permite reconocer la secuencia de los acontecimientos, éstos solo se pueden entender dentro de la dinámica más general del capitalismo. Y esta dinámica es catastrófica.

Estamos entrando en el final de una larga historia, en la crisis de supervivencia del capital. Con ello no afirmamos que el camino sea fácil o sencillo, todo lo contrario. Nos encontraremos con mucho material inflamable durante estos años, material que despertará luchas y polarizaciones sociales. Lo decisivo es que estas luchas adquieran una dirección y sentido de clase. Y para ello debemos constituirnos en un cuerpo unido de combate —esto es, en clase— contra todos nuestros enemigos. Y eso incluye a los fascistas pero también al izquierdismo socialdemócrata en todas sus variantes.

*

Ver también:

Un mundo que ya no
(02/11/2020)
http://barbaria.net/2020/11/02/un-mundo-que-ya-no

martes, 12 de mayo de 2020

[España] La pandemia de la represión y el estado de alarma

Extraído del periódico anarquista Aquí y ahora nro.9
Mayo de 2020

Para la inmensa mayoría de nosotros, esta es nuestra primera pandemia. Somos novatos en cuarentenas y en estados de alarma y, este nuevo escenario que ha ido avanzando a ritmos vertiginosos, ha implantando medidas nuevas prácticamente a diario, con la justificación de que, poco menos, que un virus está arrasando con la humanidad.

Estado de alarma

El estado de alarma se declara por el gobierno mediante real decreto acordado por el Consejo de Ministros y dando cuenta al Congreso de los Diputados. Esta situación se puede dar en caso de catástrofes, terremotos, inundaciones, accidentes de gran magnitud, incendios forestales o urbanos, crisis sanitarias, paralización de servicios públicos esenciales para la comunidad o desabastecimiento de productos de primera necesidad.

En este país, el precedente que teníamos era la huelga de controladores aéreos en el año 2010, cuando se declaró el estado de alarma por primera vez en 35 años y el ejército asumió los mandos del servicio al verse paralizado el tráfico aéreo por la huelga y obligando a regresar a sus puestos a los trabajadores con penas de prisión por un delito de rebelión.

Hoy, nos encontramos de nuevo con la aplicación del estado de alarma pero con consecuencias globales y repercusiones para absolutamente toda la población. A penas teníamos tiempo de asimilar una nueva medida del gobierno, cuando decidían comunicarnos la siguiente, pero al mismo tiempo, no ha sido difícil conectar dichas prohibiciones con la inevitable consecuencia de que nuestras libertades más básicas se iban a ver considerablemente reducidas. Y no estábamos equivocados pues, ya desde muchos sectores distintos de la sociedad, se venía señalando que utilizar el pánico social, el aislamiento y el castigo a quien lo incumpliera, traería consigo innumerables consecuencias sociales, personales, físicas y mentales.

El ejército en la calle

¿Acaso se lucha contra un virus con militares en las calles? ¿A una enfermedad se le combate con armas, tanques, jeeps, helicópteros, camiones y todo tipo de parafernalia militar? ¿Qué sentido tiene la presencia de los militares en una situación como la que estamos viviendo?

Como ya hemos mencionado, si un servicio público esencial se pone en huelga y afecta al conjunto de la población, el ejército puede hacer las veces de esquirol y tomar las riendas. En este caso, no se trata de una situación ni parecida, ya que los servicios esenciales son precisamente los que se han quedado funcionando mientras hemos prescindido de prácticamente la totalidad de la producción y del consumo de este país (por otro lado, nos hemos dado cuenta de lo inservible que es prácticamente todo lo que producimos y consumimos). Por lo tanto, en un contexto como el que estamos, que nada justifica la presencia militar para tomar los mandos de nada, se nos viene a la cabeza informaciones que van encajando perfectamente. Estados Unidos ha enviado a Europa 20.000 militares con miras a enviar a otros 10.000 en una operación que se llama “Europe Defender 20” que tienen la intención de comprobar las estrategias que se deben utilizar en Estados Unidos y Europa en caso de que se produzcan amenazas que puedan llevar a una hipotética guerra, revueltas, insurrecciones, etc. De la misma forma que, en el sur de Italia, se han desplegado 7.000 soldados con la intención de “contener y repeler las posibles revueltas que se preven que ocurran a causa de la crisis económica” o en España, donde se están ya anunciando distintas movilizaciones sociales, huelgas, etc. (que se han venido dando desde el inicio de esta pandemia). Políticos y “expertos” de distinto calado ya vienen avisando de que es más que posible que se avecine un escenario de enfrentamientos en las calles y, esta vez, quienes nos contengan podrían ser los militares junto con la policía.

Estado policial y militar

Si hay algo que se nos va a quedar grabado a fuego de estos dos meses de cuarentena, es el estado policial al que hemos sido sometidos a diario. Y es que “la letra con sangre entra” y, en clave de castigo y autoridad exacerbadas, se nos han impuesto unas normas de comportamiento y de confinamiento nunca antes vividas.

La presencia policial en forma de sanciones y arrestos, se saldan con estas cifras (por el momento): más de 740.000 multas y más de 5.500 detenciones y, este número de denuncias, se acerca al total de sanciones impuestas entre 2015 y 2018 por la ley mordaza, cuando sumaron 765.416, según el Portal Estadístico de Criminalidad de Interior.

La Comunidad de Madrid ha pedido en varias ocasiones que los militares se desplieguen en la Cañada Real para hacer que se cumpla el confinamiento, de la misma forma que en un barrio de Málaga el ejército de tierra con tanques hacía las veces de policía hace semanas con la misma intención, por poner sólo dos ejemplos. Ambos barrios, son considerados “conflictivos” según la catalogación normativa que se suele utilizar, o lo que nosotros preferimos decir, con un alto índice de pobreza, marginalidad y falta de medidas de todo tipo, inclusive, para seguir el confinamiento impuesto tal y como se obligaba a cumplir.

La tecnología: una gran aliada de la represión

El gobierno ha puesto en marcha “DaraCovid-19”, un plan para rastrear los movimientos de la población a través de una aplicación de descarga gratuita en los teléfonos móviles. La excusa es que se usarán los datos unicamente durante la emergencia sanitaria, siendo borrados después y permaneciendo en el anonimato durante todo el proceso. La intención es trazar un mapa territorial en el que se puedan dibujar zonas diferenciadas con sus respectivos patrones de comportamiento respecto a la cuarentena para saber qué barrios o zonas de las ciudades tienen “comportamientos tipo” no deseados y, por lo tanto, se podrían aplicar medidas excepcionales. La intención de este plan no es sanitaria: pretenden saber los movimientos de la población por horarios y zonas para poder prever qué zonas serán las más “complicadas” en caso de continuar endureciendo las medidas o en caso de que las protestas sociales empiecen a tener cabida en cualquier momento.

Paralelamente y con algo de posterioridad, apareció “Covid Monitor”, una app desarrollada por Minsait, la filial de tecnologías de la información de Indra, que permite al usuario conocer en cada momento su nivel de exposición al virus dependiendo del lugar donde se encuentre y, al mismo tiempo, proporciona información a las autoridades sanitarias sobre de los comportamientos individuales de los ciudadanos de cara a “combatir la pandemia”. La aplicación permitirá la geolocalización del usuario para verificar que se encuentra en la comunidad autónoma en la que declara estar, entre otras decenas de funciones que permiten conocer al usuario, de forma no anónima, y establecer así un registro completo con todo tipo de información, patrones de conducta, hábitos, etc.

El Reglamento Europeo de Protección de Datos ampara y da luz verde a todas estas medidas por deberse a una “situación excepcional” que busca “garantizar los intereses vitales de los afectados y de terceros”. De hecho, el reglamento autoriza este tratamiento de datos “para fines humanitarios, incluidos epidemias o situaciones de emergencia en caso de catástrofes naturales o de origen humano”.

También nos referimos a los drones, códigos QR que nos dirán dónde y como podemos acceder a zonas de la ciudad, chips, sistemas de reconocimiento facial, etc. Aún nos quedan muchas nuevas medidas por ver que formarán parte de la “nueva normalidad” que ya nos están avisando y, casi la totalidad de las mismas, pasan por implantaciones tecnológicas más sofisticadas y perfeccionadas para el control de movimientos de población y de la consiguiente aplicación de una represión más tecnológica y efectiva.

El miedo como justificación para reprimir

“Tranquilos, todo va a salir bien, no hay de que temer, pero vamos a morir todos”. Prácticamente, ese es el mensaje que se nos ha estado transmitiendo durante todo el tiempo. Falsas intenciones de tranquilizar a la gente, mensajes alarmantes, contadores de muertos, estado policial, señalamiento y castigo a quiénes no cumplen con la cuarentena, nula información real, sensacionalismo… Pero, todo esto forma parte de una campaña de pánico social que tiene como propósito generar auto-control, auto-aislamiento y señalamiento con el pretexto del contagio, de las muertes, de la expansión de la pandemia y de la responsabilidad personal como casi única forma de parar al virus; responsabilidad personal cubierta de desinformación y de miedo como forma de hacer política. Qué mejor forma para controlar a la gente que haciéndoles sentir que cualquier movimiento fuera de la cuarentena, atenta directamente contra su salud y contra la de sus seres queridos. Partiendo de esa base, el control social y la represión a uno mismo, están servidos.

Más autoritarismo

Esta situación pone de manifiesto una realidad que se plantea mucho más inmediata de lo que pensábamos. Más o menos todo el mundo era consciente de que la tecnología estaba avanzando a pasos agigantados y venía para quedarse y para sustituirnos en buena parte de nuestros espacios de actuación. Sabíamos que los recortes de libertades y de actuaciones que veníamos viviendo en los últimos años, seguirían aumentando a causa de una posible nueva crisis inmobiliaria. Sabíamos que cada vez veíamos más policía en las calles, más castigo, más delitos sancionables que antes no lo eran, más hostilidad y austeridad, más condenas. Sabíamos que el empobrecimiento de la población, incluso de ciertos sectores que estaban más alejados de esta situación, podría ser un hecho real con el paso del tiempo y sabíamos que, de alguna u otra forma, estas y otras muchas consecuencias del capitalismo nos las íbamos a tener que comer los mismos de siempre. Lo que no teníamos tan claro es que fuera a ser todo tan rápido, de la noche a la mañana, porque en nuestra mentalidad etapista, pensábamos que todos estos cambios se iban a ir dando paulatinamente. Un virus ha llegado para arrasar la economía, para acabar con las personas mas improductivas y que más dinero cuestan, para reajustar otra vez el capitalismo, para implantar medidas laborales más esclavistas que las anteriores, para echarnos nuevamente de nuestras casas, para convertir las ciudades en espacios todavía más hostiles, para prohibir todavía más cosas relacionadas con la libertad, el movimiento, la expresión, el desacuerdo político. Para endurecer aún más las leyes y aplicarlas contra quienes ser rebelan, para renunciar a muchas de las conquistas sociales que se consiguieron a base de huelgas, ataques, sabotajes, auto-organización, acción directa, personas presas y asesinadas.

Hay una clara tendencia a tornar los sistemas en los que vivimos más autoritarios y cercanos a actitudes fascistas, más censores, restrictivos y represivos.

Pero no todo está perdido, como desde ciertos sectores nos hacen creer, y no precisamente sectores del poder. La diferencia entre nosotros y quienes sólo ven el fin del mundo, es que nosotros planteamos escenarios de lucha y extraemos conclusiones a raíz de esta situación. La conspiración se aliá con el poder para desmovilizar a la gente.

Que no nos la cuelen. Vienen tiempos difíciles pero también luchas y resistencias. Nos veremos en las calles.

[España] La salud como proceso: carta de una enfermera familiar y comunitaria

Extraído del periódico anarquista Aquí y ahora nro.9
ACL. Enfermera Familiar y Comunitaria.
Mayo de 2020

No. Los profesionales sanitarios no somos superhéroes ni superheroínas. Para el estado, los profesionales sanitarios mantenemos los cuerpos productivos del sistema capitalista lo más “sanos” posibles” para que sigan siendo fuerzas del trabajo y sigan produciendo capital.

El sistema sanitario no se ha saturado ahora. El sistema sanitario ya estaba saturado antes del coronavirus y la pandemia del miedo. Esta situación excepcional, ha hecho que la saturación culmine. Los recortes y la falta de valor que El Estado ha venido poniendo al proceso de salud, a la promoción de entornos saludables, a la sanidad y a sus profesionales ha hecho que la situación nos sobrepase.

No es lícito que sigamos manteniendo este sistema sin las condiciones pertinentes para protegernos, sin los equipos de protección adecuados para poder evitar más contagios. Si nosotras nos infectamos, infectaremos al resto. Y no es la caridad quien tiene que abastecernos de mascarillas artesanales. Nos jugamos nuestras vidas, las de nuestras familias y las de las personas con las que convivimos. La caridad es un parche que legitimará que los de arriba sigan manteniendo su poder. Se aprovechan de la solidaridad del pueblo para seguir manteniendo sus políticas basura.

Los medios de comunicación nos inyectan la enfermedad del miedo y, a cambio, glorifican a las personas que trabajan como voluntarias. No puede ser la caridad lo que sustente al sistema, aunque estemos en una situación excepcional o “estado de alarma”. El capitalismo, el estado y la corona nos tienen explotadas y engañadas. Sobreviven y se enriquecen a nuestra costa.

La salud como proceso: Nos quieren enfermos

El proceso de salud es un proceso, tal cual. Un proceso que depende de entornos saludables. Cuando hablo de entornos saludables me refiero a la calidad de los cuidados que podamos dar a nuestros seres queridos, en los que se incluye el tiempo y el espacio dedicado a la alimentación y a escoger los alimentos que comemos.

Cada anuncio publicitario nos incita a “consumir enfermedad” para obtener placer. Es tan accesible acceder a la enfermedad que nos la venden en máquinas expendedoras de productos comestibles y refrescos en las instituciones sanitarias, educativas y laborales. No tiene sentido que cueste menos una Coca Cola o cualquier chocolatina que dos piezas de fruta que tengan algo de sabor. La crisis del sabor que promueve y legitima la industria alimentaria tiene un gran impacto en nuestro proceso de salud, en la capacidad a la hora de tomar decisiones sobre qué comemos y en las adicciones que nos generan a ciertos alimentos cuyo ingrediente principal es el azúcar. Nos quieren adictos desde bien pequeños. Sólo hay que ver la publicidad y el marketing publicitarios de los productos comestibles dirigidos a niñas y niños, desde bollería hasta “yogures” y zumos que generarán potenciales enfermos que, antes o después, serán carne de la industria farmacéutica.

Es bien sabido que ambas industrias van de la mano y tienen muy buena relación con el estado y sus políticas “promotoras de salud”. Cabe destacar aquí también los conflictos de intereses entre la industria alimentaria, universidades y asociaciones médicas “científicas”, como la Asociación Española de Pediatría, la Fundación Española de Nutrición, la Fundación Española del Corazón (promovida por la sociedad española de Cardiología), la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria, la Fundación para la Diabetes y la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, entre otras. La industria inyecta dinero y estas sociedades y/o fundaciones celebran sus congresos a cambio de legitimar sus productos a costa de nuestra salud.

Ansiedad y depresión en la sociedad del hiperrendimiento. La violencia neuronal es sistémica, es una violencia inmanente al sistema.

El tiempo y espacio para construir vínculos reales también es salud. Una salud a la que cada vez nos es más difícil acceder. Los ritmos de vida tan acelerados que llevamos, el multitasking, llegar a tiempo a todo: ser una super madre, super trabajadora, comer super sano, hacer ejercicio, cumplir con los ideales de belleza, trabajar la mayor parte de tu tiempo y aguantar las presiones de tu trabajo y de tu jefe/a, supone un estrés que también tendrá un impacto en nuestros procesos de salud y nuestro sistema inmunitario.

Esto lo define muy bien Byung-Chu Han en su libro “La sociedad del cansancio”, en el que distingue la interpretación inmunológica de la enfermedad de hace unos años – en la que se declaraba la guerra a todo lo que era extraño (virus y bacterias) – de la “enfermedad neurológica” actual – que nos viene dada intrínsecamente por la superproducción, el superrendimiento (laboral, lúdico y sexual) o la supercomunicación.

La violencia neuronal es sistémica, es una violencia inmanente al sistema. Una violencia que nos lleva a que la mayor causa de muerte externa sea el suicidio. En el estado español, en 2019, se suicidaron una media de 10 personas al día, tendencia que va en aumento desde el año 2018. ¿Son suicidios o asesinatos del propio sistema en el que vivimos? Actualmente, la ansiedad y la depresión no son problemas individuales ni aislados, son una auténtica pandemia que crece de forma descontrolada en todo el mundo.

La ansiedad y la depresión nos vienen dadas por la presión de la productividad y el consumo. El capitalismo nos incita a la productividad constante, a aprovechar bien el tiempo, a “no parar de hacer” y “estar felices siempre”. Si estas triste, no serás productivo. Por otro lado, querer llegar a “todo lo que podríamos hacer”, “todo lo que el capitalismo nos ofrece”, es lo que nos evoca a la ansiedad. Nos auto explotamos con nuestra necesidad impuesta de hiperrendimiento. Si no llegamos a todo – obviamente es imposible – nos viene la frustración y, con ello, la depresión.

La ansiedad y la depresión junto con otras patologías relacionadas con la alimentación y el estilo de vida, como son la obesidad, hipertensión, diabetes, y las comorbilidades que generan, no son problemas individuales ni aislados; son problemas colectivos que cada vez están más extendidos a nivel mundial. Son una auténtica pandemia provocada por el capitalismo. Estos cuerpos, sometidos a tanta violencia, ¿Cómo podrán responder ante un virus?

El aislamiento no es salud. Relacionarse a través de pantallas, tampoco.

Antes que el capitalismo impusiera la familia como modelo organizativo, aisló a los individuos para mecanizar sus cuerpos como fuerzas de trabajo. La población moría por semejante esclavitud y apenas tenían descendencia. Las fuerzas productivas de trabajo cada vez eran menos. Fue entonces cuando el capitalismo organizó a los individuos aislados en familias. El capitalismo creó el modelo de familia para poder controlar más fácilmente a la población, aboliendo así cualquier forma de asociacionismo comunitario que había existido hasta entonces. También separó los territorios comunales – de la comunidad – en propiedades privadas que cada familia trabajaría a cambio de dinero. Cualquier disidencia en los modelos impuestos, como negarse a trabajar y a mercantilizar sus vidas, llevó a nuestros antepasados a ser quemadas en la hoguera, sobre todo a las mujeres que fueron consideradas brujas. Este modelo, que empezó a imponerse alrededor del s. XV se perpetúa hasta la actualidad. En estos momentos, muchas personas están ahora forzadas por el Estado a convivir con sus abusadores. Ahora, quien tenga familia, quedará recluido, confinado en su casa (quien la tenga), independientemente de que el entorno en el que nos obligan a confinarnos sea más o menos violento.

Nos imponen el aislamiento y el individualismo e imposibilitan cualquier tipo de sentimiento comunitario. No les interesa. Haciendo referencia a Devorad, en La Sociedad del Espectáculo:

“El sistema económico basado en el aislamiento, es una producción circular de aislamiento. El aislamiento funda la técnica y, en consecuencia, el proceso técnico aísla. Desde el automóvil a la televisión, todos los bienes seleccionados por el sistema espectacular constituyen sus armas para el refuerzo constante de las condiciones de aislamiento de las muchedumbres solitarias.”

La salud es un proceso que va mucho más allá que la guerra contra un virus. El virus del capitalismo es una auténtica pandemia. Junto con el coronavirus nos inyectan el virus del miedo, de la separación: el virus del rechazo a lo humano, de la individualidad y el individualismo. Quieren que tengamos una distancia mayor de 1 metro para poner una pantalla en el medio y que cada vez sea más difícil crear vínculos reales. Siembran el miedo para imponernos las relaciones virtuales a través de las pantallas, haciendo las relaciones cada vez menos humanas. ¿Tenemos entornos que realmente promuevan la salud? O, por el contrario, ¿nos inyectan la enfermedad en vena? Nos inyectan la enfermedad a través del miedo, de la esclavitud del trabajo y del consumo. Las condiciones en las que nos obligan a vivir son insalubres. Las necesidades básicas de gran parte de la población están sin cubrir, y para poder cubrirlas, nos obligan a esclavizar nuestras vidas. El acceso a la vivienda es la necesidad más básica y la más difícil de tener cubierta. Crear las vidas que queremos vivir es algo impensable. Trabajar para poder consumir en los ratos libres es el modelo que nos imponen. Crear vínculos reales es cada vez más difícil, ya que el tiempo “libre” se ha convertido también un espacio de consumo. Nada de esto generará nunca salud.

Estado del bienestar: esclavitud y ocio de consumo.

El estado del bienestar nos garantiza tener las necesidades más básicas “cubiertas” a cambio de esclavizarnos. No nos sale gratis mantenerlo, se nos van nuestras vidas en ello. El sistema capitalista nos impone cuándo hemos de ser productivas y cuándo podemos disfrutar de un ocio de consumo. Esto no entra en ningún parámetro de libertad más allá que la libertad para producir y para mantener este modelo de sistema, que no nos favorece en absoluto. ¿En qué sistema vivimos que no es capaz de sobrevivir a unos días de inactividad productiva?

Es momento de parar y de pensar qué estamos haciendo. De bajar de la rueda del hámster y de ser creativas para crear la vida que queremos vivir, y no la que nos imponen. La vida que nos imponen es la que les sostiene, es la que nos enferma manteniendo el capital. Se trata de compartir la libertad, aunque estemos en una celda.

El pueblo organizado es mucho más potente que un Estado. Al pueblo organizado, cuando le dejan tiempo y espacio para generar consciencia sobre la vida que le imponen, puede llegar a conocer qué necesidades tiene y, si elegimos el camino de la cooperación y la organización, podremos aprender a cómo resolverlas sin la necesidad de un ente paternalista y protector: el estado del bienestar. En estos días de confinamiento, pensemos qué vida estamos llevando y pensemos en qué vida queremos crear, más allá de los límites que nos han impuesto y que tenemos tan interiorizados. Los lemas “trabajar es salud” y “el trabajo dignifica” ya han pasado a la historia. El trabajo nos esclaviza. La responsabilidad social, la cooperación y el apoyo mutuo y la autoorganización será lo que deslegitime al estado y al sistema capitalista, creando un modelo de vida nuevo y desconocido, que, aunque de miedo, si lo caminamos juntas, estaremos cada día un poco más cerca de la libertad.

martes, 17 de marzo de 2020

[Valladolid, España] Ante la pandemia de coronavirus: Redes de Solidaridad

15 de marzo de 2020
Valladolorentodaspartes

Propuesta de acción ante la pandemia viral de 2020 Constitución de una Red Solidaria Valladolid


-Objetivo: aportar herramientas colectivas para mitigar los efectos que la enfermedad y las medidas para controlarla tengan entre nuestra gente


-Justificación política: la pandemia del coronavirus no supone un fenómeno mediático más porque tiene impactos bastante obvios sobre la vida de la gente. A algunos sectores les puede ser mortal y al resto les va a afectar por las medidas de salud pública que desde todas partes se adopten. Que desde posiciones autónomas se aporten soluciones que se basen en la autogestión, la solidaridad y el apoyo mutuo es una puesta en práctica tangible de los valores libertarios y una oportunidad para poner de relieve la utilidad de las prácticas socialistas frente al liberalismo y el solucionismo individual. Por otro lado, es también una oportunidad para llevar a la práctica la idea de una salud pública que vaya más allá del sistema medico-sanitario y sea una cultura sanitaria y del cuidado.


-Contenido de la propuesta:

Generar una bolsa de tiempo y recursos para:
    • Gestionar recados de personas de riesgo (personas mayores, gente con enfermedades pulmonares u otro tipo de enfermedades crónicas...). Compras, trámites, tareas...que puedan suponer un riesgo de contagio.
    • Gestionar el cuidado de personas dependientes para evitar que tengan que asumirlo las personas de riesgo.

___________________
Esta propuesta se ha aprobado y promovido desde la Asamblea Libertaria que se reúne en el CSA La Ortiga.

Ahora mismo un reducido número de personas está gestionando las tareas centrales de esta iniciativa:
1o editar información 2o generar una base de datos de colaboradores y personas con necesidades 3o comprobar los requisitos sanitarios de quienes participan en la red 4o difundir la iniciativa

Esta comunicación pretende hacer extensiva esta iniciativa al resto del tejido asociativo y popular de Valladolid. En concreto hacemos un llamamiento a:

1. Difundir la iniciativa entre vuestros contactos para ampliar la capacidad de la red
2. Involucrar a quienes puedan participar en la coordinación de la red para cubrir turnos o ampliar la infraestructura
3. Coordinar y amplificar la difusión de iniciativas similares que se estén dando en barrios o comunidades

El comité de coordinación

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Vamos hacia la vida: sobre la COP25

Contra el capital y su danza de muertos, nosotros vamos hacia la vida.

Vamos hacia un ciclo de luchas cada vez más intenso y profundo, cada vez más internacional, que tiene una y la misma raíz: la necesidad de defendernos como especie contra un mundo que se está agotando.

Esta revuelta no tiene nada que ver con los libros, ni con los planes educativos, ni con las campañas publicitarias que apelan a la responsabilidad ciudadana. No es una revuelta que mire a los gobiernos para exigirles un mejor comportamiento, una gestión de nuestra miseria un poco más social, un poco más verde. Es una rebelión generalizada por la vida, contra un sistema que al mismo tiempo que expulsa trabajo y nos convierte en población sobrante, destruye a un ritmo exponencial la biosfera para alimentar a sus máquinas y producir más mercancías: dinero para generar dinero para generar dinero, caiga quien caiga.

Esta huida hacia adelante del capital no puede detenerla ningún Estado, porque el Estado sólo puede administrar unas relaciones sociales que se están pudriendo por dentro. La izquierda y la derecha poco importan en ello: Piñera y Sánchez trabajan codo con codo para garantizar la paz social. Allí torturan y asesinan a nuestros compañeros de clase. Aquí, para la cumbre de la COP25, construyen una jaula de oro desde la que hacer cantar a algunos pájaros debidamente domesticados.

Pero la burguesía está desconcertada.
La burguesía tiene miedo.
La burguesía tiene razón.

Desde Francia a Hong Kong, desde Haití a Ecuador, desde Irak e Irán a Chile, una oleada de luchas está atravesando el planeta, y sólo es el comienzo. Nos levantamos contra un mundo que subordina toda forma de vida a la producción de cosas muertas. Nos levantamos contra un sistema social que da de comer a las máquinas mientras nos mata de hambre. Es la lógica del capital que sufrimos como especie, pero que sólo podemos destruir como clase: la única respuesta a la catástrofe capitalista es la revolución internacional contra la mercancía y el Estado, por la comunidad humana, por la vida, hacia la vida.

Que tiemblen de miedo.


Grupo Barbaria
Octavilla repartida el 6 de diciembre de 2019 contra la cumbre de la COP25, organizada en Madrid por el gobierno de Pedro Sánchez para evjtar el foco internacional sobre la represión de la revuelta en Chile. Panfleto en pdf

Notas relacionadas:
Qué es la COP
Noticia sobre suspención en Chile (10/2019)

martes, 19 de noviembre de 2019

La fuerza de la ciénaga: Contra todo nacionalismo


Lo más destacado de la situación en Cataluña durante los últimos años no ha sido la movilización permanente, el número de personas que han participado en ella o el contenido de las reivindicaciones. Lo que resulta más llamativo es la ausencia de una contestación inequívoca al Procés que no venga desde posiciones nacionalistas españolas, en un juego de espejos entre imágenes reaccionarias. Las oposiciones firmes, desde posiciones de crítica social y revolucionaria,  al movimiento nacionalista catalán se podrían contar con los dedos de una mano, siempre limitadas a tomas de posición de compañeros aislado.

Bien podríamos decir que el Tsunami ha afectado sobre todo a las filas de quien deberían haberse opuesto de forma inequívoca. Lo que queda de todo esto es un panorama desolador y una demostración más de lo insustancial y vacío de la crítica social de hoy en día.

Decía Paul Valéry que ya está todo dicho pero que la gente tiene tan mal oído que hay que repetirlo de nuevo. No es agradable recordar verdades de Perogrullo.

El llamado conflicto catalán tiene su origen en las disputas entre las oligarquías y burguesías de Barcelona y Madrid. Vamos, en como se reparten la plusvalía y los beneficios entre estos grupos mafiosos en un periodo de recursos escasos y de profunda crisis y transformación del capitalismo mundial.

El procedimiento de apelar al sentimiento de identidad nacional es el modo seguro de garantizarse el apoyo de importantes sectores sociales y el control absoluto de todo el movimiento, son sus reglas de juego, y el antídoto más eficaz para exorcizar lo que verdaderamente esta gente teme más: la lucha de clases. Para tantos grupos anarquistas y autoproclamados libertarios les debiera bastar echar una ojeada al pasado para ver como actúa esta misma burguesía cuando los de abajo osan cuestionar las relaciones sociales: sangre, fuego y metralla. Pensar estar en el mismo bando de esa gentuza debería hacer pensar a nuestros “antisistema”, pero esa verdad tan elemental  sigue jugando al escondite con ellos.

Hay que tener mucho estómago para no sentir nauseas viendo abrazarse al tal Fernández (de una tal CUP) a Artur Mas, un icono de lo más reaccionario y corrupto de la oligarquía catalana. Desprovistos de lo accesorio, es decir de la política antiobrera y represiva de Mas, lo que une a ambos en representación de sus respectivas bandas es una misma Patria. Así está el mundo de los “antisistema”.

La burguesía catalana se ha apoyado en las llamadas clases medias (funcionarios, profesionales de los sectores “avanzados”, la intelectualidad académica, estudiantes, etc.) golpeadas por la crisis y fácilmente susceptibles de convertirse en una masa amorfa. Son el tonto útil de la sociedad capitalista, las capas que absorben de forma natural toda la ideología del sistema, con sus rituales a la productividad, la innovación, la modernización y su cacharrería tecnológica.

Que todas esas personas se sientan concernidas y vivan con pasión su compromiso nacionalista no quita para que toda la movilización haya sido organizada, orquestada y ejecutada desde arriba. Y a toque de pito.

No es un movimiento de base, donde la autoorganización y la creación de un programa de acción, aunque fuera con debilidades,  ha surgido de un profundo tejido social. Quienes están en el puesto de mando han utilizado lo que les resulta consustancial a su naturaleza y está en consonancia con sus objetivos reaccionarios: la parte del aparato del estado que controlan. Es a partir del Govern, con sus Consellerias, los medios de comunicación públicos y los que subvencionan, las universidades, incluso con la aquiescencia de los cuerpos represivos, como se ha ido pergeñando el Procés.

Las organizaciones de la sociedad civil como la ómnium y la ANC son satélites vinculados a la iniciativa del aparato del Estado, aunque Ómnium venga de una larga trayectoria, y se han ido engordando a la sombra de los  presupuestos generales de la Generalitat. Los mismos organismos de “base” como los CDR o más recientemente el “Tsunami Democratic” manejan unos recursos organizativos y tecnológicos muy por encima de lo habitual en estos tipos de movimientos, enlazando simultáneamente sus acciones con el aparato institucional del Estado.

Por si todo esto no fuera suficientemente significativo, amplios sectores de la patronal son los más encarnizados luchadores de la causa. El movimiento es marcadamente interclasista. En las manifestaciones van juntos el presidente de la patronal del sector sanitario (el mismo que en el gobierno de Artur Mas intentó destruir en provecho propio el sistema de sanidad pública) con los trabajadores sanitarios, el propietario de la mayor multinacional catalana (el de “Adelante, sin miedo Presidente”) y sus trabajadores precarizados hasta la extenuación.

Son tiempos difíciles, tiempos de desmemoria. Contemplar una melé informe de  tipos con banderas rojas y rojinegras junto a sus empleadores, sosteniendo una “huelga de país” subvencionada por el Estado y la Patronal, es un espectáculo devastador. Incluso llegamos a echar de menos la dignidad de los viejos reformistas, como August Bebel, cuando en el parlamento Alemán fue aplaudido por la bancada conservadora y decía para sus adentros “ Qué habrás dicho, viejo Bebel”. Por lo visto nuestros “Antisistema” y Humanistas no tienen esa capacidad de sonrojo.

No le otorgamos al Estado el derecho a destruir a ninguna persona. Detestamos el sufrimiento infligido a los individuos, el sadismo punitivo del Estado, mucho más mediante penas de cárcel. Por ello no nos alegramos del encarcelamiento de nadie. Una de las tareas de una sociedad solidaria será abolir ese mecanismo de relación.

Justamente por ello a la hora de analizar el encarcelamiento de los líderes independentistas lo primero que hay que decir es que ellos antes de ser encarcelados fueron carceleros. La saña en la persecución contra los jóvenes que rodearon el Parlament, y de mil conflictos que se han dado durante estos últimos años, da cuenta de su naturaleza social y, porqué no, psicológica.  Si alguien tiene dudas basta con recurrir a la prensa y ver que decían algunos encarcelados y sus abogados sobre todos estos acontecimientos.

Pero hay que reconocerles que ellos no incurren en ninguna contradicción: están dispuestos a utilizar toda la potencia represiva del aparato del Estado para preservar esta sociedad. Lo dicen por activa y por pasiva, lo que quieren es controlar en su totalidad ese aparato.  Hasta donde les ha sido posible en su acción de gobierno, han orientado los esfuerzos de la policía patriótica (los Mossos) en esa dirección: priorizar el control de los sector sociales que pudieran poner, aunque sea de forma limitada, en cuestión el orden social: grupos anarquistas, ocupaciones, conflictos laborales descontrolados, asociaciones en defensa de las condiciones de vida, etc…Es decir, orientados a la represión social.

Incluso sintiendo empatía con su condición personal, habría que decir de forma clara que estos presos “No son nuestros presos”: porque lo que nos han aplicado en el pasado, nos ofrecen en el presente y nos tienen reservado para el futuro es la misma represión de la que ellos son víctimas ahora.

¿Alguien piensa que es casual que la mayoría de los nacionalistas condenados  estuvieran en homenajes a los hermanos Badía? ¿Cabe un acto simbólico más explicito? Llegados a este punto, no queremos que haya ningún tipo de duda:

nosotros reivindicamos a quienes hicieron justicia con los Badía.

El nacionalismo es reaccionario y excluyente, el catalán no menos que el español, y es absolutamente incompatible con una propuesta de trasformación social que respete la igualdad y las diferencias culturales sin convertirse en entidades estatales. Lo que viene de matute en el movimiento nacionalista catalán, y  muchos prominentes dirigentes no lo esconden, es la destrucción de una comunidad real multilingüe y multicultural. Es bueno advertirlo ahora, antes de que los rasgos nacionales “verdaderos” sean impuestos con procedimientos violentos. No debiera sorprender a nadie, a fin de cuentas el movimiento nacional catalán hace parte del auge de los nacionalismos en todo el mundo, especialmente en Europa. Es con estos, y no con las revueltas  de Chile, Líbano, Haití, Honduras, etc…que cabe emparentar al nacionalismo Catalán. Dándole coherencia en el conjunto de la situación mundial.

Incluso cuando se enfrenta violentamente a la policía , en algunas ocasiones los Mossos son considerado de los “nuestros”, no aportan una perspectivas liberadora. Contrariamente a la apreciación de muchos grupos anarquistas y personas del mundo libertario no consideramos la lucha con la policía un valor en sí mismo. Lo que da sentido revolucionario a un enfrentamiento con el aparato represivo del Estado es con qué instituciones se desea reemplazar a las que se combate. Es ridículo pensar que quienes han impulsado y dirigido todo el movimiento nacionalista tenga ni el más mínimo propósito de darnos algo diferente a lo ya existente. Eso sí, bajo otra bandera.

El enfrentamiento con el estado no es un puro ejercicio de desahogo personal, como quien va al gimnasio.

No hay que hacer mucha memoria para recordar como numerosos movimientos reaccionarios han combatido contra la policía, incluso de forma encarnizada.

Siguiendo el dicho de los revolucionarios que nos precedieron, de que nuestro mayor enemigo es nuestra propia burguesía, nuestra oposición al nacionalismo catalán es frontal. Y lo es por motivos de principios. La sociedad que nos proponen es la misma en la que estamos ¡ y como podría ser algo diferente si ya son los amos de lo que hay!

Las tareas que tenemos ante nosotros nada tienen que ver con la construcción de nuevos Estados-Nación, ese atavismo regresivo que la burguesía y el capital agita  en determinadas zonas del mundo, es expresión de su profunda decadencia social.

Habrá quienes piensen en los tacticismos, en no separarse del movimiento, en combatir ciertas debilidades e influir en ciertos sectores, en no tirar el niño con el agua. Lejos de conseguir resultados lo que se logrará es degradar la perspectiva liberadora, introduciendo como buenos conceptos y prácticas que hacen parte del Capital. No hay atajos. Solo vale afrontar la situación con honestidad y claridad.

La única tarea en que nos sentimos concernidos es en luchar contra esta sociedad del trabajo asalariado y la ley del valor, del Estado y las jerarquías, de la destrucción de las sociedades y de la naturaleza, de la feroz represión contra los que se atreven a chistar, de la mercantilización de todas las facetas de la vida.

Hoy, aquí, para poner en marcha esa perspectiva, aunque sea modestamente, pasa por combatir sin ambages el nacionalismo catalán.


Grupo Barbaria. 18 noviembre 2019

sábado, 2 de noviembre de 2019

[PODCAST] CHILE & CATALUNYA


Programa 40 de Temperamento: ESPECIAL TESTIMONIOS Y REFLEXIONES DESDE CHILE y CATALUNYA. CRITICA AL NACIONALISMO
http://blog.temperamento-radio.com/2019/11/02/https-archive-org-download-temperamento40-temperamento40-mp3/

jueves, 31 de octubre de 2019

REVUELTA INTERNACIONAL CONTRA EL CAPITALISMO MUNDIAL


La revuelta proletaria ha explotado a lo largo del mundo confluyendo violentamente en diferentes rincones del mismo. Chile, Ecuador, Irak, Haití, Francia, Líbano, Hong Kong, Colombia, Bolivia, Honduras, Argelia, Sudán… son algunos de los lugares donde en estos últimos meses hemos salido a las calles desatando toda la cólera acumulada durante años. Bastó el anuncio de una subida del subte en Chile, de la tasa de combustible en Francia, del precio del pan en Sudán, un impuesto en las llamadas por redes sociales y en la gasolina en Líbano, o que quitaran los subsidios al combustible en Ecuador, para que como en Irak o Haití, saliéramos desesperados y furiosos ante la imposibilidad absoluta de vivir.

La insaciable sed de ganancia de la burguesía mundial está llevando a la vida en la Tierra a límites inimaginables, la contradicción entre las necesidades de valorización y la vida humana explosionan desde hace años en revueltas que hoy, con la concentración en el tiempo de decenas de revueltas, anuncian una nueva agudización del antagonismo de clases a nivel internacional. Cada barricada, cada protesta que se alza contra los sucesivos aumentos de nuestra explotación, cada corte de ruta, cada saqueo, es un llamamiento del proletariado mundial a luchar contra el deterioro de nuestras condiciones de vida, a extender y afirmar la negación de este mundo, a empuñar y levantar de nuevo la bandera de la revolución social.

Lo que nos anuncian las revueltas que hoy se generalizan por el mundo capitalista no es otra cosa que la reemergencia del proletariado, el regreso del viejo topo que nunca dejó de cavar. La llamada primavera árabe, la revuelta social en Grecia, en Turquía, en Ucrania, o las recientes luchas en Brasil o Venezuela, eran la antesala de un movimiento internacional e internacionalista que hoy lleva el miedo a todos los representantes del capitalismo mundial e insufla esperanzas y fuerzas a los proletarios de todo el planeta.

Desde el gobierno de turno que ejecuta las medidas que imponen las necesidades económicas y suponen siempre una subida de los precios de lo imprescindible para vivir; desde el patrón que nos explota directamente en el trabajo sacándonos nuestra última gota de energía; desde el mercado que nos arroja al desempleo en un mundo en el que si no tienes billetes en el bolsillo sobras y vas directo el matadero; pasando por el banco, o mejor dicho, por los bancos mundiales que aumentan nuestro grado de explotación con todo tipo de medidas de expoliación que hace que esos mismos billetes valgan cada vez menos en nuestras manos; desde cada chute más de ganancia que ejecuta la burguesía mundial a costa de envenenar el aire, el agua, la tierra, nuestra sangre o lo que comemos, pasando por todas esas innumerables organizaciones, sindicatos y partidos de izquierda y de derecha que representan “alternativas” al interior del capital y que sirven para perpetuarnos en nuestra condición de esclavos… a todos y cada uno de ellos van siendo señalados por el fuego de la revuelta como responsables de nuestros sufrimientos, como representantes del capitalismo mundial.

La potencia que ha mostrado nuestra clase en estos meses ha conseguido trastocar incluso los encuadramientos que en algunos lugares la burguesía lograba imponer para fagocitar nuestra lucha. En Hong Kong, el encuadramiento interburgués recula por la fuerza de la lucha internacional que arrincona algunas de las consignas de nuestro enemigo y determina a los proletarios a delimitarse de las mismas. Hasta en Cataluña, donde el nacionalismo parece omnipotente dirigiendo un espectáculo que arrastra al proletariado a negarse como fuerza revolucionaria, han aparecido consignas y prácticas de minorías que expresan que la fuerza revolucionaria sólo se abrirá paso fuera y contra la trampa de las banderitas nacionales.

Claro que, dicho todo esto, subrayando la importancia histórica de lo que estamos viviendo y que tiende a afirmarse en la práctica como movimiento proletario internacional e internacionalista frente a todas las tentativas de la burguesía por reprimirlo, ocultarlo, canalizarlo, deformarlo, fraccionarlo… no dudamos ni un momento que no es más que el comienzo de un proceso largo y complejo. Es difícil predecir los pulsos y desarrollos que tendrá, las idas y venidas, pero indudablemente avanza ya hacia una confrontación cada vez más internacional y generalizada, cada vez más violenta, cada vez más decisiva.

Si bien estamos ya reventando de hambre, enfermando de todas las maneras posibles y asfixiándonos por todo lo que da empuje a la economía a costa de nuestra vida y la de nuestro planeta, lo que está por venir es todavía peor. La catástrofe capitalista que se viene encima es incomparable con lo que se ha vivido hasta ahora. Las insaciables necesidades vitales de la economía capitalista piden sacrificar al ser humano y a todo lo viviente en el altar de la ganancia. Pero los proletarios hemos retomado la vía que abre la puerta a otro futuro: la pelea, la lucha intransigente por imponer una transformación radical, el ataque a las diversas instancias y representantes del capital, la afirmación en las calle de innumerables rincones del mundo de la comunidad de lucha contra el capital.

Ante la fuerza de la revuelta internacional, el capitalismo mundial responde como no puede ser de otra manera, con todo su arsenal terrorista. Durante estas semanas de protestas la democracia del capital nos recuerda que su dictadura es la más brutal que ha conocido la humanidad. Policías, antimotines y milicos salen a llenar de sangre las calles, a destrozar cuerpos, a encerrarnos, a asesinarnos, a dejarnos sin suministros y sin abastecimiento para hacernos recular, para meternos el miedo y que abandonemos las calles, para mostrarse invencible. Centenares de muertos, decenas de miles de detenidos y encarcelados, hombres, mujeres y niños mutilados y torturados por las armas que usan contra nosotros, ciudades y barrios desabastecidos para que regresemos a nuestras casas y se añore la vuelta a la tranquilidad de los cementerios.

Pese a que en algunos lugares tratamos de responder a todo ese terrorismo creando ollas y cocinas comunitarias, albergues, espacios para cuidar a nuestros hijos más pequeños mientras otros pelean en las calles, centros para tratar a los heridos y refugiar a compañeros, y también respondemos con la violencia revolucionaria, tomando por la fuerza lugares de abastecimiento, atacando a los medios de comunicación del capital, consiguiendo y repartiendo armas con las que defendernos y atacar al terrorismo del Estado, intentando que el miedo cambie de campo, intentando responder a su terrorismo expresándonos como comunidad de lucha, como comunidad solidaria, lo cierto es que aún no tenemos la fuerza suficiente para responder como se necesita al terrorismo del Estado. Es cierto, los milicos y todo su arsenal asesino no nos ha hecho retroceder, y la resistencia en las calles nos llena de determinación y coraje. Sin embargo, cuando el ejército sale a las calles a desplegar todo su terror, pese a la existencia de minorías que mantienen el pulso de la lucha y tratan de dar directivas, todavía somos incapaces de dar un salto cualitativo que cristalice en insurrección. La necesidad que hoy se nos plantea en cada revuelta es cómo profundizar y desarrollar esa insurrección.

Tenemos que retomar la senda del pasado, recordar lo que hicieron nuestros hermanos de clase entonces, cómo se cristalizaron las insurrecciones pasadas que lograron desestabilizar al Estado. Tenemos que recordar cómo se desestructuró a los cuerpos represivos, cómo se descompusieron los ejércitos, cómo enormes franjas de milicos se negaron a disparar contra la revuelta o más aún, se pasaron con la armas a su lado. La descomposición del ejército siempre fue y será un salto de calidad fundamental en toda revuelta proletaria.

Tenemos también que retomar la creación de estructuras para el abastecimiento, para la autodefensa, organizar el asalto a los centros de armamento para cristalizar las necesidades insurreccionales del enfrentamiento. Pero también necesitamos saber cuándo replegarnos en los momentos en los que la correlación de fuerzas nos es desfavorable, manteniendo la fuerza colectiva para evitar que el Estado nos barra. A veces puede ser necesario el repliegue, que no el abandono, para estructurarse, ampliar el asociacionismo y la estructuración proletaria internacional. Necesitamos también sacar a los presos, a los detenidos, etc. Pero sobre todo necesitamos que todo esto sea materializado como expresión y dirección de nuestra comunidad de lucha contra el capital. Toda tentativa de eludir la necesidad insurreccional y desarrollar en su lugar una guerra entre aparatos, o la de escindir de la propia comunidad de lucha la organización de la violencia como tarea de específica de un grupo guerrillero, son caminos que liquidan la fuerza que estamos generando. Como lo son también todas las peticiones de derechos humanos, o las exigencias de dimisiones de responsables del Estado, formas de integración democrática. Sin embargo, estamos convencidos de que nuestra comunidad de lucha aprenderá no sólo de su propia experiencia actual, sino que esa misma experiencia le hará reencontrarse con su propio pasado para buscar las formas de asumir estas necesidades. Como en Irak, donde los proletarios lanzan consignas refiriéndose a la insurrección de 1991.

No podemos obviar que el orden social existente no sólo combate nuestra lucha con balas y milicos que se lanzan contra las barricadas, sino con un conglomerado de ideologías y fuerzas que maniobran para destruir toda contestación social. Y lo que es más peligroso, esas mismas fuerzas, aprovechando nuestras propias debilidades y límites actuales, se presentan como parte de nuestra comunidad de lucha, llevando a muchos sectores de nuestra clase a identificarlas como tal. Las “soluciones” nacionales o nacionalistas, los espectáculos de asambleas constituyentes, los pedidos de depuraciones democráticas o cualquier otra reforma al interior del Estado son balas más dañinas que las que tiran los milicos, pues van dirigidas al corazón de nuestro movimiento. De nuestra determinación a contraponernos y enfrentarnos a esas fuerzas de la contrarrevolución depende la perspectiva revolucionaria, el latido de ese corazón comunitario.

No hay que olvidar que también es fundamental asumir todas una serie de tareas en los lugares donde la paz social no se acaba de romper. Claro que las mismas no tienen nada que ver con limitarse a la cuestión antirrepresiva o/y movilizaciones en embajadas y consulados que son terreno abonado para discursos reformistas y de derechos, con quejas y condenas contra los “excesos del Estado”. Ni por supuesto con defender la revuelta en tanto “pueblo que no aguanta mas” y que es “reprimido brutalmente”. Estas prácticas permiten precisamente a fracciones progresistas liquidar la verdadera solidaridad de clase, hacer de la revuelta y su necesidad algo de otros lugares, ajeno, lo que justifica negarla en su propio territorio defendiendo la paz democrática y los llamados a votar al mal menor. Por el contrario, la solidaridad de clase defiende la revuelta como expresión de nuestra comunidad de lucha contra el capital, como una misma lucha contra un mismo enemigo mundial. Claro que, las necesidades y tareas que se pueden asumir en los diversos lugares viene condicionada, no por la voluntad o determinación de grupos militantes, sino por la correlación de fuerzas locales. Desde luego es necesario crear instancias y comités de solidaridad, para centralizar y difundir las distintas informaciones de la lucha, así como lo que se realiza al interior de la revuelta (la sociabilidad, los saqueos, la organización comunitaria, la autodefensa, los comunicados compañeros etc.), para contraponernos a las mentiras de los medios de comunicación, a las canalizaciones socialdemócratas; para crear redes de ayuda con los refugiados, etc. En definitiva, hay que impulsar la estructuración de nuestra comunidad de lucha internacional, buscar formas de satisfacer las necesidades que se nos plantean en la lucha y saltar los obstáculos que nos encontramos.

La revuelta proletaria que hoy pone patas arriba al capitalismo mundial deja en evidencia, frente a todos los que quieren hacernos creer que la revolución es imposible, que la única alternativa del ser humano al capitalismo es la revolución mundial. La propia lucha y lo que cristaliza, nos da la certeza de que la humanidad puede destruir esta forma de vivir basada en la comunidad del dinero, mandarla al basurero de la historia, y desarrollar una nueva sociedad basada en la comunidad humana y su unidad inseparable con la Tierra.

¡Desde diferentes países y distintos escenarios,
una misma lucha contra el capitalismo!

¡Organicemos internacionalmente nuestra comunidad de lucha!!

Afuera y en contra de sindicatos y partidos

¡A profundizar la lucha contra las relaciones sociales capitalista!


Proletarios Internacionalistas
31 de octubre de 2019

jueves, 24 de octubre de 2019

Catalunya: cuando nos ciegan las llamas de las barricadas y nos ensordecen los disparos de la policía.

¿Cómo no va a alegrarse un corazón anarquista cuando una parte del pueblo no solo desafía, sino que se abalanza contra las fuerzas represivas asumiendo todos los riesgos que eso conlleva?

¿Cómo no va a vibrar la fibra anarquista cuando se grita contra los encarcelamientos, se exige la libertad de los presos y se reclama el fin de la monarquía?

¿Cómo no vamos a involucrarnos en una revuelta tumultuaria y, si nuestro cuerpo nos lo permite, no vamos a procurar estar en las primeras líneas de la contienda?

Es claro que las barricadas, las llamas, la lucha cuerpo a cuerpo contra la policía encienden nuestro imaginario libertario y hacen hervir nuestra sangre. Además, bien sabemos que es a partir de episodios de lucha de este tipo como consiguen nacer algunas veces impredecibles acontecimientos subversivos que sobrepasan con creces los motivos y las circunstancias iniciales de las revueltas.

Así qué huelga decir que entiendo perfectamente que un sector del anarquismo haya respondido con energía al llamamiento lanzado desde el gobierno catalán y las organizaciones nacional/independentistas para protestar contra la sentencia condenatoria de algunos miembros del anterior gobierno y de dos lideres de organizaciones nacional/independentistas. Es más, entiendo que esos sectores afirmen que no han respondido a dichos llamamientos sino que de todas formas se hubieran lanzado a la calle de motu propio.

Entiendo todo esto pero me cuesta acallar algunas de las dudas que me asaltan.

¿ Acaso ese mismo corazón anarquista al que antes aludía no debería manifestar cierta perplejidad al verse  involucrado en una revuelta alentada por las máximas instancias del poder político?

¿Acaso aquella fibra anarquista no debería sentirse un tanto incomoda debido a  las inconfundibles resonancias nacionalistas de la lucha en la que participa?

Quizás esa perplejidad y esa incomodidad deberían propiciar un pequeño alto en el ímpetu combativo para buscar respuestas a algunos interrogantes, porqué:

¿Estaremos de acuerdo (¿o no?) en qué las instituciones catalanas y las organizaciones nacional/independentistas han venido incitando desde hace tiempo y de forma machacona a desencadenar una masiva respuesta popular tan pronto como se conociera la sentencia?

¿Estaremos de acuerdo, (¿o no?) en que esa respuesta popular, además de suscitar la natural simpatía de quienes luchan contra el sistema, forma parte íntegramente del  largo “proceso” articulado para avanzar hacia la independencia nacional de Catalunya?

¿Estaremos de acuerdo (¿o no?) en qué sin la incansable actuación de las instituciones y de sus medios de comunicación, así como de la permanente movilización de las organizaciones nacional/independentistas, la respuesta difícilmente habría alcanzado la dimensión que ha tenido?

¿Estaremos de acuerdo (¿o no?) en qué sí las manifestaciones y las concentraciones son tan masivas es porqué acuden a ellas cientos de miles de personas que son en su inmensa mayoría profundamente nacionalistas?

Por supuesto, no se trata de esperar a que una revuelta presente inconfundibles tintes anarquistas para involucrarse en ella, eso significaría en la práctica la renuncia a toda acción. Sin embargo, la ausencia de discernimiento en cuanto a decidir en qué revueltas participar, y junto a quienes luchar, también anula la eventual eficacia emancipadora de nuestras acciones . Lo cual las equipara con la ausencia de acción, o peor aun, las lastra como acciones contraproducentes. Involucrarnos en luchas populares que distan mucho de ser anarquistas como las de Chile o las de Ecuador  tiene unas justificaciones de las que carecen las luchas respaldadas por el poder y con resonancias nacionalistas.

¿Reclamar la libertad de los presos y de las presas? Faltaría más, ! por supuesto! Pero sin responder al silbato de quienes nos convocan a manifestar esa exigencia solo cuando se trata de presos y de presas nacional/independentistas. Mis dudas para acudir a ese tipo de convocatoria se desvanecerán tan pronto como vea que esos llamamientos también se lanzan para reclamar la libertad de otro tipo de presos y de presas. De lo contrario me resultará muy difícil no pensar que mi repulsa hacia la prisión está siendo instrumentalizada al servicio de unos valores y de unos objetivos que distan mucho de ser los que defiendo en tanto que libertario.

Por bellas que sean las llamas de las barricadas y por indignantes que sean los disparos de la policía no deberíamos dejar que esas llamas nos impidan ver los caminos engañosos que alumbran, ni dejar que esos disparos nos impidan oír las enseñanzas proporcionadas por la larga historia de nuestras luchas emancipadoras.

 
Tomás Ibáñez. Barcelona octubre 2019

domingo, 20 de octubre de 2019

Comentarios sobre Cataluña


Lo ocurrido en los últimos cinco días en Barcelona, Girona, Lleida y Tarragona demuestra que por aquí está pasando algo parecido a Hong Kong: una protesta que empieza con objetivos nacionalistas y demócratas, da lugar, también, a una revuelta contra la represión y la injusticia.
 
Lo que sucede aquí no tiene el carácter de clase, proletario, que tienen las luchas en Chile o Ecuador, pero no todo está canalizado por el reformismo, por el movimiento que pretende un gobierno autónomo catalán.
 
La irrupción de una generación muy joven, llena de amor y de rabia, transformó las ciudadanas movilizaciones independentistas en llamas contra el poder. Si uno se acerca a las noches de fuego, enseguida constata que son miles y miles detrás de cada barricada, que los hay muy jóvenes (15, 17, 19, 21 años) y que en muchos casos son demasiado temerarios, manteniéndose de pie frente a los disparos de balas de goma. También, que hablan castellano o catalán, indistintamente, y que la fraternidad de la calle les hace tener una actitud abierta a todo tipo de consignas y cánticos. Se mezclan las proclamas de independencia, con las que condenan el ataque de Turquía, el “gobierne quien gobierne, seremos ingobernables” o “quien sembra miseria, recoge rabia”. Aunque a decir verdad, una vez entrada la noche, cánticos hay pocos, lo que hay es una intensa sensación de estar haciendo historia y de que esto va para largo.
 
Quienes impulsan y protagonizan los disturbios son una pequeña minoría de los miles que hay detrás, pero estos los sostienen, arropan e imitan simbólicamente, tapándose la cara aunque estén a cuatro calles de los enfrentamientos, sentados en una acera.
 
De lo ocurrido hace dos años, se puede escuchar la entrevista radial de entonces, a continuación son solo apuntes urgentes de lo sucedido entre el 14 y el 19 de octubre y, sobre todo, en la ciudad de Barcelona.

Invasión del aeropuerto
La primera respuesta a la sentencia del frente independentista (en el que caben casi todas las organizaciones de esa corriente) fue tratar de bloquear el aeropuerto. Esta acción estaba coordinada por una nueva plataforma que se llama Tsunami Democràtic y se caracterizó por la innovación tecnológica. A través de una aplicación que uno puede bajarse del móvil (previa contraseña que te da alguien de confianza) pasas a ser un activista en el que se te va informando de las necesidades del movimiento, sobre todo, las que están a un quilómetro a tu redonda: “falta gente en tal lugar, están cargando en tal otro”. Inclusive los coordinadores del asunto, al constatar que hay cientos de personas en un lugar, pueden improvisar una acción cerca de allí y sorprender a las fuerzas represivas.
 
Ese día, se bloquearon las carreteras y vías de camino hacia el aeropuerto, consiguiendo que se cancelaran más de veinte vuelos. Las miles de personas que ese día pusieron su cuerpo en esa acción, casi íntegramente, tenían un sentimiento catalanista o antiestadoespañol. Es necesario saber que son muchos los que manifiestan haberse hecho independentista a partir de los porrazos vistos o recibidos el 1 de octubre de 2017.  
 
Cuando Tsunami Democratic dio por concluida su exitosa acción, llamó (vía aplicación) a abandonar el aeropuerto. Sin embargo, había muchísima gente que acababa de llegar (muchos de ellos caminando cuatro, cinco, seis o más quilómetros) y decidió quedarse. También se quedaron muchos independentistas radicales, por llamarlos de alguna manera. Independentistas convencidos de que los métodos, únicamente, pacíficos se mostraron extremadamente limitados y que la esperada censura hacia el gobierno español, por parte de los gobiernos más poderosos del mundo, quizá nunca llegue. “Vosotros lo hicisteis a vuestra manera y no funcionó, ahora dejadnos hacer a nosotros”. Resistieron en el aeropuerto y fueron baleados con goma dura. Son los mismos independentistas que hubieran querido que, tras el éxito del referéndum del 1 octubre, el gobierno catalán hubiera proclamado la independencia, se hubiera atrincherado en el Parlament y que ellos, en una especie de Maidan (Ucrania) lo rodearan y defendieran.

Las noches de fuego
Tras lo del aeropuerto, se generalizó la rabia contra la brutalidad empleada esa noche por los cuerpos policiales, catalán y español (jóvenes apaleados, gaseados, con pérdida de ojo o dientes). También por las recientes detenciones de militantes de los Comités de Defensa de la República (CDRS), acusados de terrorismo.
 
Cuando se convocaron (sobre todo por parte de estos mismos CDRS) manifestaciones para las tardes del 15, 16 y 17 de octubre, acudieron tanto integrantes del movimiento independentista (tanto del pacífico como del radical) como mucha otra gente indignada. Llegada la noche, los que se quedan impulsando los disturbios son los independentistas radicales y muchos jóvenes hastiados de la sociedad capitalista. También están quienes hace años se enfrentan en Barcelona al sistema capitalista, “los antistema de siempre” en palabras del Conseller (Ministro de Interior catalán). Quienes a pesar de su larga experiencia en la resistencia en desalojos y ataques a comisarías y bancos, se sorprenden por la determinación de esos nuevos compañeros de barricada. Se extrañan de que casi el único objetivo de sus vecinos encapuchados sea la policía y levantar e incendiar contenedores para cerrar la calle. Miran incrédulos los escaparates intactos de inmobiliarias.
 
La policía catalana también está sorprendida por la nuevas formas de actuar: “es como si no nos tuvieran miedo, atacan nuestras furgonetas e intentan volcarlas, consiguiéndolo en dos ocasiones”.

Marchas por la dignidad, huelga y noche de rabia
El 18 de octubre, en otra de las acciones convocadas por Tsunami Democratic, decenas de miles de personas llegaron a Barcelona desde pueblos y ciudades, más o menos, lejanas. En Cataluña se había convocado una huelga general y manifestaciones por la tarde. En Barcelona, salieron a la calle más de medio millón de personas. Desconvocadas las manifestaciones, los CDR convocaron una acampada prolongada en Gran Vía que desconvocaron al comprobar que más de diez mil personas se mantenían tras las barricadas en llamas, frente a los cordones policiales. Esta desconvocatoria a última hora señala el grado de autonomía que tienen quienes protagonizan los disturbios. Ayer, especialmente, contundentes, sobre todo, por el número de encapuchados corriendo de aquí para allá. Policías y políticos aseguran que nunca habían visto algo así. La quema y destrozo de comercios, durante la huelga general de marzo 2012, fue declarada la jornada más violenta desde la Guerra Civil, pero casi todos apuntan que lo de anoche fue más contundente.
 
En las cuatro principales ciudades catalanas, y en las últimas cuatro noches, hubo más de cien agentes heridos, ochocientos containers de basura quemados, doscientos vehículos policiales con serios desperfectos. Fue, especialmente, sorprendente, el uso de containers (casetas de obra) para cortar la calle y el de picos de obra para romper la acera a trozos y tener proyectiles. También el uso de pirotecnia, clavos cruzados para pinchar ruedas, bolas de acero tiradas con tirachina y los tradicionales, pero muy pocos vistos por estos lares, cócteles molotov. 
 
La represión también volvió a ser brutal, pérdida de testículos, audición o visión por los impactos de balas de goma y acorralamientos y apaleamientos indiscriminados. Sesenta detenidos y más de treinta hospitalizados. Innumerables heridos y gaseados por lacrimógenos o gas pimienta.
 
A pocas horas para que empiece una nueva manifestación, convocada por el independentismo radical, la frontera de la Jonquera sigue bloqueada por manifestantes y se suceden las medidas gubernamentales, como la suspensión del partido de fútbol Barcelona-Madrid, para intentar que vuelva a reinar la paz de los cementerios.

“Ningún estado nos hará libres”
Si bien esta frase estuvo presente en una de las pancartas de las manifestaciones de ayer, son muchos más los que celebrarían un estado catalán o los que en vez de iniciar un proceso revolucionario internacional, se enrolarían en una guerra interburguesa. Sin embargo, no son pocos los que recuerdan que, cuando la mayoría de los actuales políticos presos o exiliados estaban en el Parlamento, durante el movimiento del 15 M del 2011, se trató de bloquear la entrada, para impedir que votasen los presupuestos de la miseria. Al gritó de “nadie nos representa” y “que se vayan todos”, se resistió a las cargas de sus policías. Hubo detenidos y esos mismos políticos dijeron que todo el peso de la ley (española, pero da igual) tenía que caer sobre los violentos que les habían cortado el paso, posicionándose además contra una posible petición de indulto. También, existe la certeza, de que si estos mismos políticos presos asumen algún día el gobierno de un estado catalán independiente, se asegurarán de poner artículos represivos y de seguridad nacional contra cualquier intento de revolución social.
 
De todas formas, desde Hong Kong a Barcelona, de París a Santiago y Quito, parece que a la burguesía mundial le quedan aun muchas noches de insomnio por este calentamiento, cada vez, más global.
 
Anónimo.
Barcelona, 19 octubre 2019