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martes, 19 de diciembre de 2023

Movilización el 20 de diciembre en Argentina: Ni Milei, ni el peronismo, ni los sindicatos colaboracionistas ni la farsa parlamentaria. El único camino es la lucha de clase

Partido Comunista Internacional (El Proletario)
18 de diciembre de 2023

El próximo 20 de diciembre las principales organizaciones políticas y sindicales de la izquierda argentina han convocado una gran manifestación en la plaza de Mayo de la capital del país, Buenos Aires, para protestar por la aprobación del primer paquete de medidas del llamado “plan motosierra” del recién elegido gobierno de Milei, Caputo y Bullrich. La movilización, que integra tanto a diferentes corrientes sindicales nacionales, enucleadas en torno a CGT, como a las mayores asambleas piqueteras y a los partidos que conforman la coalición Frente de Izquierda (PTS, Partido Obrero, etc.), tiene como objetivo paralizar la ciudad durante todo el día y dar una muestra de la capacidad de la oposición parlamentaria y del mundo sindical de oponerse tanto a las medidas que se acaban de aprobar como a las que, sin duda, vendrán en un futuro inmediato.

El triunfo electoral de Milei se ha presentado, dentro y fuera del país, como la victoria de una corriente anti-stablishment de derechas, como si una fuerza subterránea de descontento plebeyo, anti-izquierdista y anti-estatista hubiese emergido súbitamente para “poner en orden” el país y hacer volver a la Argentina al puesto de primera categoría en la jerarquía mundial que, según Milei, un día tuvo. Para ello y ya desde el momento en que el ahora presidente era un diputado de la oposición al gobierno de Alberto Fernández, se ha enarbolado un programa de reformas económicas drásticas encaminadas al control de la inflación, la dolarización del país e, incluso, la supresión del Banco Central, todo ello envuelto en violentas consignas contra “la casta”, el peronismo y también los sindicatos y la izquierda en general.

Pero en realidad el gobierno de Milei no tiene absolutamente nada de novedoso. De hecho ni siquiera puede ser considerado “el gobierno de Milei”, porque no es otra cosa que una reagrupación detrás de la bandera de este histriónico personaje, de la vieja derecha encabezada por Macri y sus socios. En la práctica, las medidas económicas tomadas con esta primera ley ómnibus, que afecta tanto a cuestiones monetarias como fiscales, no tiene absolutamente nada de heterodoxa: donde iba a tener lugar una lucha contra la inflación que “no tocase al pueblo” (la frase es del propio Milei), hay medidas de devaluación salarial propiciadas por la devaluación del peso; donde se iba a bajar los impuestos, se han subido con el fin de facilitarles la tarea a los grandes exportadores; donde se iba a acabar con las prebendas de “la casta”, tenemos una nacionalización parcial de la deuda privada empresarial. Y a todo ello le acompaña la supresión de los subsidios, como el del transporte del Gran Buenos Aires, o su reducción por efecto de la inflación.

Ninguna medida de las tomadas puede sorprender a nadie ni entenderse como una ruptura en el comportamiento típico de la burguesía y sus gestores políticos en los países que necesitan un ajuste económico. La única diferencia, y esto sí es algo a resaltar, es la contundencia con la que se quiere implantar las reformas. Todo el juego democrático, el show creado entorno a la figura de Milei, etc. busca lograr el apoyo (al menos temporal) de las clases pequeño burguesas que se van a ver afectadas por las medidas y a las que se dirige su retórica del ahorro, el sacrificio, etc. Con esto, con la movilización de tipo populista que pretende enganchar a las clases medias depauperadas por la crisis de los últimos años, se busca bloquear al proletariado, evitar cualquier tipo de respuesta hundiendo su cabeza en la marea ascendente de la movilización nacionalista. Este es el verdadero poder de la democracia, del respeto al interés superior de la patria y del propio juego electoral que actúa como palanca para movilizar a los estratos sociales más abiertamente reaccionarios para imponer lo que en última instancia son los intereses de la alta burguesía financiera y de la oligarquía agraria del país. Milei hará lo que Macri quiso y no pudo hacer, y lo hará todo lo rápida y violentamente posible porque su única baza es aprovechar la fuerza de la movilización democrática que ha logrado en torno a su persona.

La clase obreras argentina, una de las más numerosas del continente y, también, una de las que más se ha empobrecido en las últimas décadas, tiene tras de sí una larga historia de revueltas y movilizaciones. Desde el Cordobazo de 1969 hasta los motines de 2001, pasando por la durísima represión sufrida a manos de la dictadura militar. Y es precisamente porque su historia de lucha (en las décadas recientes pero también en épocas pasadas, cuando los barrios obreros de Buenos Aires vieron crecer la fuerza de un gran proletariado inmigrado italiano y español) es larga e intensa que las grandes corrientes de la izquierda burguesa, entre las cuales principalmente el peronismo en cualquiera de sus formas, y del sindicalismo de concertación, están tan desarrolladas y tienen esa influencia entre los proletarios: han sido las bazas de la burguesía nacional para contener, en la medida de lo posible, la lucha de clase.

Especialmente después de las revueltas de 2001, cuando apareció el movimiento piquetero, que expresaba la tendencia de los proletarios más pobres, de los desempleados y los trabajadores precarios, a luchar por sus propios medios contra la patronal y contra su Estado, se redobló la presión que las corrientes de la izquierda burguesa ejercían sobre los proletarios. Los gobiernos peronistas de la familia Kirchner (por lo demás una estructura mafiosa en toda regla) se subieron a la ola del “socialismo del siglo XXI” que partía de Venezuela y Bolivia para tratar de noquear a la clase trabajadora y hacerla abandonar el camino de la lucha clasista. La crisis económica de 2008-2013, que afectó duramente a un país que básicamente sobrevive de la exportación de materias primas y productos agrícolas, así como los desajustes posteriores en la estructura de la demanda internacional de productos como la soja, etc., dieron lugar a una situación económica que estructuralmente era imposible de solucionar y para la cual se aplicó todo tipo de recetas. Desde el estímulo a la demanda hasta los préstamos del FMI, ninguna fórmula ha dado resultado y la consecuencia es una inflación galopante y un aumento de la miseria entre la clase proletaria que no tiene parangón en los años recientes.

Es por esto que el proletariado argentino debe enfocar su rabia y su odio de clase, tanto al gobierno de Milei como a los partidos que le han precedido y a los sindicatos en los que se han apoyado. Debe romper con una tradición que no es de lucha, sino de colaboración con la burguesía, y que le ha traído a esta situación. Debe desterrar el mito de la patria, del interés superior del país que conforma la doctrina de todos los sindicatos y corrientes sindicales mayoritarios y que impide que la confrontación necesaria con la burguesía (con la patronal, con la verdadera casta política y empresarial, etc.) se plantee abiertamente. Debe romper, también, con las corrientes que pretenden que es desde el Parlamento desde donde se puede frenar la ofensiva burguesa, que la lucha electoral puede revertir la situación creada por los últimos gobiernos: son las urnas las que han creado toda la fuerza de que hoy dispone su enemigo de clase y así sucederá siempre porque el Parlamento es el órgano por excelencia de colaboración entre clases y por lo tanto de sumisión del proletariado a la burguesía.

La clase proletaria argentina tiene un largo camino de sufrimiento y miseria abriéndose ante ella. Si este camino le lleva a deshacerse de las ilusiones políticas y sindicales que le atan a la burguesía y sus aliados, si le lleva a reanudar la lucha de clase tanto sobre el terreno inmediato del enfrentamiento económico como en el más amplio de la lucha política por fines propios… entonces, bienvenido sea el reto que hoy le lanza la burguesía. Si la clase burguesa busca la guerra, el proletariado debe responder con la guerra, pero con la guerra de clase la única que puede darle alguna esperanza de victoria.

sábado, 24 de septiembre de 2022

Irán: Desde las manifestaciones por el pan hasta las duras protestas tras la muerte de una joven de 22 años

que fuedetenida, golpeada y asesinada por la policía religiosa por no llevar el velo "según las normas"

Partido Comunista Internacional (El Proletario)
25 de septiembre de 2022

El 13 de septiembre, Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años, que estaba de vacaciones en Teherán con su familia, fue detenida frente a una estación de metro por la policía religiosa (Gasht-e Ershad) por "llevar el velo de forma inapropiada". Trasladada a un centro de detención para recibir una "lección de reeducación", dos horas después fue trasladada de urgencia al hospital de Karsa (en Teherán) en estado de coma y murió el 16 de septiembre. Por supuesto, la policía niega haberla torturado, declarando que la chica murió de un "repentino ataque al corazón"; pero "las imágenes de la chica postrada en la cama, con los ojos hinchados y negros y con manchas de sangre en los oídos" no dejan lugar a dudas sobre la severa paliza que sufrió (1).

Esto desencadenó protestas en las principales ciudades iraníes, con más de 50 muertos y miles de detenciones, empezando por el Kurdistán: Saqez (la ciudad de la familia de Mahsa), Sanandaj (la capital de la región kurda), Baneh y Marivan. El sábado 17, ya durante el funeral en Saqez, comenzaron las protestas, con un grupo de mujeres kurdas que se quitaron el velo, y luego continuaron en Sanandaj, donde la policía antidisturbios intervino con gases lacrimógenos, cañones de agua y armas cargadas con balas de goma, causando más de treinta heridos. El domingo 18, las protestas se extendieron a la Universidad de Teherán y luego a Shiraz, Mashhad, Qazvin, Garmsar, Rasht, Bukan, Karaj, Divandareh, Isfahan. Y en señal de protesta, en varias ciudades del Kurdistán iraní y de Azerbaiyán occidental, también se cerraron muchos comercios.


Irán atraviesa un periodo de grandes dificultades económicas y, como siempre ocurre en estos casos, el gobierno aumenta el control social y, por tanto, la represión, que, dado el régimen confesional establecido por la llamada "revolución islámica" de 1978, adquiere -las más odiosas imposiciones religiosas.

Ya entre noviembre de 2019 y enero de 2020, estallaron manifestaciones en todas las ciudades importantes por el aumento del 50% al 200% de los precios de los combustibles y, por tanto, de los precios de los productos de primera necesidad; comenzaron como protestas pacíficas y rápidamente se convirtieron en disturbios contra el gobierno, que, tras bloquear el acceso a internet en todo el país, respondió disparando contra los manifestantes desde las azoteas de los edificios, desde helicópteros y a corta distancia con ametralladoras (2), causando, según la  CNN y la NBC, 1.500 muertos. A pesar de la carnicería, las protestas no terminaron, ni mucho menos. Siempre según la CNN y la NBC, las violentas reacciones de los manifestantes se tradujeron en la destrucción de 731 sucursales de bancos gubernamentales, incluido el banco central de Irán, nueve centros religiosos islámicos y estatuas del líder supremo Alí Jamenei, así como el ataque a hasta 50 bases militares gubernamentales (3).

Desde hace 43 años, el régimen burgués/islámico gobierna Irán; un gobierno que, tras la caída del Sha Reza Pahlevi, ha buscado desde el principio un compromiso entre un modo de producción capitalista que presionaba internacionalmente para un rápido desarrollo también en Irán, y una formación social arraigada en la tradición feudal y confesional. Un compromiso que se está deshilachando tanto por su relativo aislamiento internacional, como porque el desarrollo del capitalismo nacional ha supuesto la formación de grandes masas proletarias y el desarrollo de las comunicaciones, nacionales e internacionales, que el capital, por su propia naturaleza, necesita absolutamente. La presión ideológica, burocrática y policial con la que el régimen de Jomeini, primero, y el de Jamenei, después, siempre han intentado y siguen intentando aprisionar los empujes objetivos de la sociedad iraní para superar los formalismos confesionales con los que se perpetúa la doble opresión de la mujer - existente, existentes, por otra part,incluso en pleno capitalismo- son armas del poder burgués tanto para desarrollar el capitalismo nacional como para imponer un control social muy férreo destinado sobre todo a intimidar a las masas proletarias de las que todo régimen burgués teme la revuelta de clase.
 

La opresión de la mujer, en general, forma parte de ese control social específico con el que el régimen burgués tiende a canalizar contra la mujer -elevada a emblema del mal intrínseco, de la corrupción de la carne y del espíritu- las tensiones que, en cambio, provoca la sociedad burguesa, por su modo de producción basado en el antagonismo entre la clase dominante y la clase proletaria, sometida a la explotación sistemática de su fuerza de trabajo en beneficio exclusivo de los privilegios de la clase dominante, no importa que ésta esté representada por hombrecillos con traje o sotanas negras.

El extremismo confesional, en este caso el islámico, obliga a las mujeres a cubrirse de pies a cabeza y a someterse a comportamientos especialmente humillantes, relegándolas al papel de esclavas entre las cuatro paredes. Aunque se permita a las mujeres salir de casa, acompañar a sus hijos al colegio o asistir a la escuela, siguen siendo consideradas propiedad privada de sus padres, maridos, hermanos, en definitiva, del varón de la familia, y, por una lógica transmisión de la "patria potestad", propiedad privada del Estado confesional, que no sólo legisla, sino que reprime cualquier comportamiento considerado "indecente", "provocador", "incorrecto".

Las manifestaciones de esta última semana han visto a muchas mujeres movilizadas, enfrentándose con valentía a la policía, a los enfrentamientos, a las balas; pero es un coraje que debe encontrar la solidaridad precisamente de las masas proletarias, masculinas y femeninas, porque sólo su fuerza social puede enfrentar y detener la dura represión ejercida por el gobierno. El enfrentamiento actual parece ser el del poder central contra las mujeres que no respetan las leyes y normas existentes; y no cabe duda de que una gran parte de los varones iraníes piensan como el clero islámico, creyendo que el honor y la dignidad de la familia deben salvaguardarse según la tradición y las normas confesionales existentes. Pero respetar y someterse a esta tradición y a estas reglas significa simplemente hacer el papel de los esclavos silenciosos condenados a vivir y morir como esclavos; significa sufrir sin reaccionar ante cada
angustia, cada acoso, cada abuso del poder establecido. En esencia, para la clase obrera, para la clase de productores de la riqueza de un país que sólo disfruta de las migajas que el poder burgués decide repartir, significa trabajar y morir sólo para permitir que esa minoría de burgueses dueños de todo, incluso de la vida de cada ser humano, viva en el privilegio, la riqueza y el lujo.


Mahsa Amini ha pagado en nombre de todas las demás mujeres que quieren sacudirse las restricciones que tienen como único objetivo mantener una antigua opresión social muy conveniente incluso para la sociedad capitalista moderna. Como ha ocurrido y sigue ocurriendo en todos los países del mundo, incluso en los más democráticos y liberales, las fuerzas policiales, instigadas a reprimir aquellos comportamientos que a su "incuestionable" juicio parecen sospechosos o no respetuosos con la ley -la América de George Floyd asfixiado indefenso en el suelo por los policías de turno, la carnicería del G8 en la escuela Díaz y en el cuartel de Bolzaneto en Génova en 2001, los Regeni torturados y asesinados como perros en Egipto por molestar al orden establecido, etc.- están ahí para demostrarlo - cumplen la tarea de defender, en primer lugar, el poder burgués y, por lo tanto, el orden establecido y, en cualquier caso, como no pueden estar presentes en todos los rincones del país, tienen instrucciones de golpear, de vez en cuando, a alguien para "dar ejemplo", de modo que las masas sepan en qué se pueden meter si se salen de la línea.

El poder burgués puede cambiar su método de gestión social si las movilizaciones de masas -como ocurrió con las famosas "primaveras árabes"- son tan masivas que ponen en peligro su dominio; pero no cambiará a menos que haya experimentado todas las formas de represión, incluso las más sangrientas, a su disposición y, en cualquier caso, siempre tenderá a arrojar del trono a la figura que ya no tiene el carisma de antaño para sustituirla por otros representantes, tal vez elegidos democráticamente, para llevar a cabo un cambio de guardia, con el fin de conservar el poder político, económico y social. El Egipto de Mubarak primero, y de Al Sisi después, es prueba de ello. Nos dirigimos a un período en el que las dificultades económicas aumentarán cada vez más, en particular para las grandes masas proletarias, y esto significa que las tensiones sociales aumentarán porque los salarios no alcanzarán para poner el almuerzo y la cena, porque el desempleo hundirá a más y más proletarios en la miseria, porque la represión social aumentará inevitablemente, y entonces el pretexto ya no será el velo que se lleva "incorrectamente", sino la huelga, la lucha que pone en problemas la economía del país; entonces los hombres y mujeres proletarios serán acusados de sabotear "la patria", de ser trabajadores de países extranjeros enemigos... La lucha tomará entonces el aspecto del choque de clases y finalmente la burguesía mostrará su verdadero interés y su verdadero rostro: conservar el poder por todos los medios, asfixiando y reprimiendo a la gran mayoría de la población.

Es en esta perspectiva que los proletarios iraníes, que hoy ciertamente expresan la mayor rabia por el asesinato de Mahsa Amini de una manera tan espantosa, deben preparar su lucha en defensa de sus intereses exclusivos de clase, al margen de todas las ilusiones democráticas y compromisos oportunistas. Será un camino largo y difícil en esta perspectiva, ¡pero es la única posible para lograr la reanudación de la lucha de clases!

Notas:
(1) Véase www.tempi.it/iran-in-piazza-generazione-regime
(2) Cfr. Amnesty says at least 208 killed in Iran protests, su aljazeera.com; Iran protests deaths, en The New York Times,
1 de diciembre de 2019; U.S. says Iran may have killed up to 1.000 protesters, en NBC News.
(3) Cfr. Proteste in Iran del 2019-2020, wikipedia.

lunes, 11 de julio de 2022

DENEGADO EL DERECHO AL ABORTO EN LOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

Partido Comunista Internacional (El Proletario)
4 de julio de 2022
www.pcint.org

La abolición del derecho federal al aborto en los Estados Unidos de América por parte del Tribunal Supremo ha causado un gran revuelo en el mundo occidental. Desde los partidos más marcadamente socialdemócratas y parlamentarios hasta los partidos (autoproclamados) "marxistas" de la oposición, se han lanzado gritos contra esta afrenta a los derechos humanos, afrenta que parece aún más grave por el hecho de que sea un país "avanzado" el que ha aplicado dicha política. Nosotros, en cambio, lo vemos como una confirmación de nuestras tesis sobre la democracia y la supuesta "civilización" de la sociedad burguesa actual. Sin embargo, si queremos abordar la cuestión de forma más orgánica, parece oportuno hacer un breve recorrido por la historia del derecho al aborto en Estados Unidos, con algunas notas sobre la situación en Italia.

En Estados Unidos, el derecho al aborto se institucionalizó a nivel federal con la sentencia Roe v. Wade en 1973. Antes de esta sentencia, el aborto estaba regulado por las leyes de cada estado de forma independiente, lo que lo convertía en ilegal en todos los casos para un gran número de estados (al menos 30), dada la elección de las administraciones locales de tendencia conservadora y cristiana. El caso de Jane Roe, seudónimo de Norma McCorvey, fue especialmente importante en el desarrollo del derecho en Estados Unidos. La mujer, que nació y vivió en el llamado Sur profundo y se casó a los 16 años, decidió demandar al estado de Texas por su legislación antiabortista mientras esperaba su tercer hijo. El abogado defensor del Estado era Wade, que da nombre a la demanda. El Tribunal Supremo de EE.UU., que conoció el caso después de tres años de litigio, sostuvo que la Constitución de EE.UU. (en particular la 14ª Enmienda) debía garantizar la limitación de la injerencia del Estado en el individuo incluso en el á
mbito del aborto. Esta sentencia tuvo una importancia trascendental, ya que obligó a un gran número de estados a cambiar su legislación sobre el aborto y preparó directamente el camino para la ley federal sobre el aborto. En esta historia, podemos ver ciertamente cómo, aunque evidentemente había presiones sociales, el fallo fue un paso esencialmente legal por parte de un pequeño círculo de burócratas: podemos por tanto entender esta liberalización como un proceso (como ocurre tan a menudo en el sistema capitalista moderno) de limitación de las fricciones de clase mediante concesiones para aliviar las penurias de la vida proletaria.

Para completar el escenario, hay que señalar que en Italia, con la ley 194 de 1978, se habló de controlar el aborto y no de liberalizarlo. Las grandes luchas (instrumentalizadas por las distintas corrientes políticas burguesas) para conseguir este resultado, en medio del caos, de referendos opuestos, de votaciones en el parlamento y de mítines contrarios, han conducido a un resultado decididamente subóptimo, como era de esperar de la legislación burguesa. Además, el porcentaje de objetores de conciencia en Italia es muy alto, lo que socava la posibilidad de que las jóvenes proletarias tengan un acceso seguro y discreto al aborto. La presión de las familias reaccionarias, el escaso acceso al servicio y las condiciones de dificultad generalizadas provocan grandes problemas y evidentes deficiencias en la legislación italiana al respecto. Por lo tanto, la cuestión no está cerrada ni siquiera en Italia, y estamos seguros, como venimos diciendo desde hace más de cuarenta años, de que "sólo un poder dictatorial de la clase obrera podrá imponer a los intereses que hoy dominan que no dominen" (1).

En Estados Unidos, por tanto, la última sentencia del Tribunal Supremo anuló el caso Roe contra Wade, provocando un retroceso legislativo de casi 50 años. Y mientras el trumpismo se regocija de su gran logro, comienza la polémica de los demócratas sobre el tema, en un interminable debate digno de las peores universidades teológicas de la Edad Media.

¿Quién paga estas maniobras políticas sin escrúpulos? ¡Qué preguntas! Los 40 millones de mujeres en edad fértil que ahora viven en estados antiabortistas (que representan el 58% de las de Estados Unidos, como señala el Centro de Derechos Reproductivos), que son en su inmensa mayoría proletarias. Una vez más, una cuestión que concierne en primer lugar a las condiciones de las mujeres proletarias se convierte en un pretexto para dar más fuerza a las instituciones democrático-burguesas, alimentando una polémica entre fuerzas que nunca podrá resolver realmente los problemas y contradicciones de este sistema. Por el contrario, esta sentencia es una prueba más de  la quiebra del sistema democrático, de que es un mero instrumento de la clase burguesa para llevar a cabo sus reivindicaciones desafiando una abstracta "voluntad popular". El proletariado nunca podrá obtener condiciones de vida verdaderamente humanas y un sistema que vele por sus intereses, si no es forjando su propia revolución de clase internacional: sólo la dictadura del proletariado podrá resolver las contradicciones del Estado capitalista, eliminando las contradicciones de la democracia junto con la propia democracia.

¿Dónde nos situamos entonces los marxistas revolucionarios? Como siempre, en la de la continuidad e invariabilidad del marxismo. Siempre hemos exigido "un aborto asistido completamente libre y gratuito, extendido a las menores" (2), pero no en nombre de un miserable humanitarismo socialdemócrata. Consideramos que ésta es una reivindicación complementaria a todas las demás reivindicaciones para la mejora de la vida de las mujeres proletarias, por lo que "es necesario luchar en defensa de todas las condiciones de vida y de trabajo que aquejan a las mujeres proletarias en primer lugar" (ibid.). Es muy importante que estas reivindicaciones se entiendan en un sentido esencialmente clasista, y no como luchas extemporáneas y desorganizadas: sin esta consideración, caemos en la manía reformista de la burguesía, y no seguimos la estela de la decisión revolucionaria del proletariado.

La actuación del Tribunal Supremo es indudablemente reaccionaria y antiproletaria, porque afecta no sólo a las mujeres en general, sino a las mujeres proletarias en particular, ya que las mujeres burguesas, como siempre han hecho, si no pueden abortar en el estado donde viven, pueden permitirse hacerlo en otros estados de la Unión o incluso en el extranjero. A las mujeres proletarias les queda el aborto clandestino, que se paga muy caro, a menudo con la vida. El terreno contrarrevolucionario, afirmaba Marx, es dialéctica e históricamente también el terreno revolucionario. Así, el terreno de la reacción más odiosa, como la que se produce contra la dignidad y el cuerpo de las mujeres, se convertirá dialécticamente en el terreno de la reanudación de la lucha de clases en EEUU, como en cualquier otro país. Sin un encuadre clasista del problema, reaccionar a esta sentencia reaccionaria con los habituales métodos impotentes del debate parlamentario, creyendo en las promesas de los demócratas y del presidente Biden de acudir en ayuda de las mujeres, es volver a caer en las ilusiones de la democracia burguesa, legitimándola por enésima vez.

No es el voto lo que cambiará la sociedad, sólo la dura lucha de clases. Refiriéndonos al caso italiano y viendo cómo el problema ya ha sido abordado por el partido (en relación con el referéndum para derogar la ley 194 en Italia, mencionado anteriormente), podemos leer en el artículo de 1981 citado anteriormente: "Esta ley, por lo tanto, no debe ser defendida (e ir a votar, aunque el no la defienda). Hay que ponerlo en cuestión, sí, pero mediante la lucha de las mujeres, que debe ser preparada por la agitación, la propaganda, la organización, en primer lugar en las fábricas, en los centros de trabajo, abarcando no sólo una, sino todas las reivindicaciones que defienden concretamente las condiciones de la mujer proletaria, porque sólo con su contribución fundamental se puede implementar la defensa de la mujer en general.”

Por lo tanto, no nos sumamos al grito de indignación de los demócratas americanos, europeos, asiáticos o africanos, porque nuestro grito es uno solo desde hace casi dos siglos: ¡proletarios de todos los países, uníos! En nombre de este lema, preparamos la redención mundial de la clase obrera.

¡PROLETARIOS!
¡ORGANIZARSE PARA CONQUISTAR UN VERDADERO DERECHO AL ABORTO!
¡LOS ASALARIADOS, MUJERES Y HOMBRES, DEBEN UNIRSE POR LA REANUDACIÓN DE LA LUCHA DE CLASES!
¡VIVA LA REVOLUCIÓN SOCIAL INTERNACIONAL!



Notas:
(1.) Cf. “Aborto: solo con la lotta proletaria, con la sua organizzazione si può agire per gli interessi proletari” ["Aborto: sólo con la lucha proletaria, con su organización, se puede actuar en favor de los intereses proletarios"]El Programa Comunista, nº 6/1981 (véase www.pcint.org., Archivos, Il Programma Comunista 1952-1983).
2. Ibid.

jueves, 3 de marzo de 2022

El imperialismo ruso, en el choque con el imperialismo estadounidense y los imperialismos europeos, mueve sus tropas a la reconquista territorial de las áreas estratégicas de Ucrania: después de Crimea ¿el Donbass y luego Odessa?

Partido Comunista Internacional (El Proletario)
24/02/2022


Desde hace 8 años, en la región de Donbass, en particular en las provincias de Lugansk y Doneck, se producen enfrentamientos armados entre los separatistas de habla rusa y el ejército ucraniano, a pesar de los aclamados acuerdos de Minsk de 2014 y Minsk II de 2015 que implicaron a Ucrania, Rusia, la OSCE, los representantes de las dos autoproclamadas Repúblicas Populares de Lungansk y Donetsk y, en los acuerdos de Minsk II, también Francia y Alemania. Según datos reportados por los medios, los muertos en estos 8 años de guerra de “baja intensidad” habrían sido nada menos que 22.000.

Que estos acuerdos serían respetados por ninguna de las partes directamente implicadas -Ucrania, Rusia, separatistas de habla rusa- quedó claro desde el principio, tanto que hizo falta un Minsk II que, en todo caso, no trajo paz. Por parte de Kiev, no se respetó el compromiso de reconocer a las dos "repúblicas" de Lugansk y Doneck esa gran autonomía prometida y acordada, manteniendo una fuerte presencia de su propio ejército; por parte de estas dos "repúblicas", con Rusia jugando el papel de verdadero contendiente detrás de ellas, los ataques armados contra el ejército ucraniano considerado "ocupante" de la parte occidental de las provincias de Lugansk y Donetsk nunca han cesado. En realidad, como destacamos en nuestra posición del pasado 25 de diciembre (1), la verdadera causa del conflicto en el Donbass se encuentra en el hecho de que esta región es absolutamente estratégica tanto para Rusia como para Ucrania desde el punto de vista económico y político y, desde el punto de vista de los contrastes interimperialistas, también para los imperialismos europeo y americano. Lo es, de hecho, para la OTAN y la Unión Europea, ya que, en 1991, tras el colapso de la URSS, todos los países que formaban parte del imperio ruso se separaron, independizándose de Moscú. Pero en la era imperialista, la independencia de un país de todos los demás, y sobre todo del imperialismo que antes lo dominaba, sigue siendo un anhelo abstracto; son tantos los aspectos de carácter económico, financiero, político y militar que determinan la política interior y exterior de cada estado, que cada país está obligado -sobre todo si se inserta en áreas geopolíticas de gran interés en la competencia entre imperialismos-, como Europa del Este- a alquilar su "independencia", y por lo tanto su territorio, su economía y su gobierno, a uno de los polos imperialistas que mejor puede favorecer sus intereses nacionales o, al menos, protegerlos de ataques de países enemigos.

Por supuesto, el grado de sometimiento de cada estado a un imperialismo más fuerte depende de una serie de factores político-económicos que pueden variar según el equilibrio de poder entre los diferentes imperialismos que dominan en el mercado internacional y, por tanto, en el mundo. y del grado de debilidad del país subyugado.

En el caso de las antiguas Repúblicas Democráticas Populares de Europa del Este que formaban parte del Imperio Ruso -y que la contrarrevolución estalinista, tergiversando totalmente el marxismo, definió como "socialistas"- la transmigración de satélites de Moscú a satélites de la Unión Europea y de los Estados Unidos tomó unos quince años; comenzó con Alemania Oriental, que se fusionó con Alemania Occidental (después de la caída del "muro" de Berlín en 1989) y luego continuó con Polonia, Hungría, Checoslovaquia (que luego se dividió pacíficamente en República Checa y Eslovaquia), Bulgaria, los países bálticos, etc., mientras que otros países como Bielorrusia y Ucrania seguían sufriendo, a pesar de su “independencia”, mucho más directamente de la fuerte presión de Moscú.

Pues bien, esa larga transmigración produjo, además de la integración de muchos de esos países en la Unión Europea, también la afiliación de muchos de ellos a la OTAN (República Checa, Hungría, Polonia, Bulgaria, Estonia, Lituania, Letonia, Rumanía, Eslovaquia ).

La OTAN, la Alianza Atlántica militar, fue fundada en 1949 por Estados Unidos y otros 11 países de Europa Occidental; en 1955, Alemania Occidental también se unió a ella, y es en este momento que la URSS, al ver las fuerzas militares de la OTAN acuarteladas a las puertas de Alemania Oriental -notoriamente el lado estratégicamente más importante de las fronteras europeas del famoso "Telón de Acero"- corrió a unir, en lo que se denominó Pacto de Varsovia, las fuerzas armadas de la URSS y de otros países de Europa del Este que formaban parte de sus dominios occidentales (Alemania del Este, Checoslovaquia, Polonia, Hungría, Rumania, Bulgaria) construyendo de esta manera, a lo largo de la toda la ruta que iba desde las fronteras de los países bálticos hasta el Mar Negro, una importante cortina defensiva ante cualquier ataque terrestre y aéreo.

Con el colapso de la URSS, el Pacto de Varsovia se disolvió y el telón defensivo formado por los países del Pacto de Varsovia se evaporó. La grave crisis económica y política en la que se sumió Rusia en la década de los noventa del siglo pasado la obligó a replegarse en las fronteras de la Federación Rusa en solitario, tratando de mantener y consolidar los lazos con las etnias rusas que habitaban normalmente en algunos países (países Bálticos, Bielorrusia, Moldavia, Ucrania).

Basta mirar el mapa para comprender que, asentada en Bielorrusia y Ucrania, Rusia sigue teniendo, desde el punto de vista militar, un válido colchón defensivo, y desde el punto de vista económico, sobre todo en lo que se refiere a Ucrania, un excelente aliado tanto para la producción agrícola como para la producción industrial y energética. Obviamente, Moscú no veía con buenos ojos la propensión ucraniana a integrarse en la Unión Europea y menos aún en la OTAN. Así como a la Casa Blanca no le gustaron los misiles rusos instalados en Cuba en 1962, a Rusia tampoco le gustan los misiles estadounidenses que se instalarían en Ucrania si ésta entrara en la OTAN. En 1962, Estados Unidos amenazó con hacer la guerra a Rusia, lo que hubiera provocado una guerra mundial; sesenta años después, en 2022, Rusia, ocupando Ucrania, está tratando de anticipar la instalación de misiles estadounidenses en Ucrania... "para evitar una guerra global"...

En un período en el que los países europeos han demostrado que no tienen la capacidad, ni el interés, de compactarse políticamente -dada la feroz competencia interimperialista existente entre ellos, y en particular entre Alemania y Francia- y en un período en que incluso Estados Unidos está demostrando tener serias dificultades para mantener la supremacía política en el llamado "mundo occidental", Rusia está realizando movimientos que hace sólo quince años ni siquiera hubiera imaginado. Sus intervenciones en Siria y Libia, su hábil "alianza" con Turquía, aprovechando la ambición de Ankara de hacerse un lugar entre las potencias regionales de Oriente Medio, combinado con la desastrosa conducción de la guerra estadounidense/europea en Irak, Libia, en Siria y Afganistán marcan una serie de pasos que el imperialismo ruso, históricamente experto en esperar pacientemente a moverse con el "invierno general" como un aliado más, está dando para recuperar al menos algunos pedazos del antiguo poder imperialista.

Pero el imperialismo no tiene fuerza a menos que se apoye en sólidos cimientos económicos y financieros. Y el imperialismo ruso no puede competir en términos de fuerza económica y financiera con el imperialismo estadounidense. Por otra parte, está dotado de fuerza militar, y en particular de fuerza nuclear, y es este aspecto el que preocupa a Washington, Berlín, París, Londres, Roma y sobre el que, evidentemente, apunta Moscú.

El territorio ruso se extiende entre Europa y Asia; esta inmensidad en dos continentes era al mismo tiempo una fuerza (si es atacado, por ejemplo desde el oeste, uno puede retirarse sobre un vasto territorio que permite reorganizar las fuerzas y contraatacar), pero también una debilidad (porque, si es atacado por ambos lados, del Este y del Oeste, es mucho más difícil reorganizar el contraataque). Pero ocupar Rusia, tomar Moscú (que sería como tomar París por Francia), nunca ha sido tarea fácil; Napoleón lo intentó, Prusia lo intentó en la Primera Guerra Mundial, Alemania lo intentó en la Segunda Guerra Mundial, pero nadie tuvo éxito. Una sola fuerza logró derrocar al poder en Rusia, entonces ubicado en Petrogrado, la revolución proletaria y comunista de 1917; fuerza que representó la punta de lanza de la revolución mundial que tuvo como objetivo el derrocamiento de las potencias burguesas no sólo en Rusia sino también en Varsovia, Budapest, Berlín, Viena y luego en París, Londres, en la perspectiva de la revolución hacia Oriente, en China, y en el profundo Oeste, América. Ese gran plan revolucionario no se concretó, no sólo porque las potencias imperialistas europeas y americanas resistieron y contraatacaron diez veces (como sostenía Trotsky), sino sobre todo por la obra del oportunismo reformista y, posteriormente, estalinista que, como un cáncer, debilitó al proletariado, su lucha y los partidos que debían orientarlo y guiarlo en cada país, al punto de borrarlos del horizonte durante décadas.

Hoy, debido a la ausencia durante décadas de la lucha de clases del proletariado en todos los países, cada potencia imperialista, cada potencia burguesa, tiene la libertad de implementar las políticas que considere más adecuadas para proteger y desarrollar sus propios intereses político-económicos; los poderes burgueses se enfrentan y chocan sólo entre sí. Y así nos vemos obligados a registrar, en los últimos cincuenta años que nos separan de la gran crisis mundial de 1975 y del fin de los grandes levantamientos anticoloniales, una interminable serie de guerras locales, regionales, incluso tribales, en las que las diversas están comprometidas, directa o indirectamente, potencias imperialistas. Guerras que casi siempre se desarrollaron en la “periferia” del imperialismo, en África, Asia, América Latina, en los territorios donde se desarrolló la dominación colonial más brutal durante siglos; mientras que Europa Occidental y América aparecían como lugares donde reinaba la paz, continuando con el engaño a los proletarios de las metrópolis de que la paz en la que vivían se debía a la democracia, a la civilización moderna, al desarrollo capitalista. Pero la historia de este desarrollo, tal como condujo a la crisis mundial de 1975, condujo luego al colapso de la URSS y las conmociones en Yugoslavia que también provocaron su colapso bajo los golpes de la crisis económica y la guerra entre nacionalismos renacidos con nueva fuerza: entonces, se dijo, la guerra había llamado a las puertas de Europa y había entrado en ella durante toda una década.

Hoy vuelve a tocar, siempre a las puertas del este, esta vez en Ucrania, pero, a diferencia de la década yugoslava (1991-2001), ningún imperialismo occidental, el primero Estados Unidos, pretende involucrarse militarmente en la defensa de la santísima soberanía nacional de Kiev.

Rusia ha calculado bien su tiempo: ha dejado la puerta abierta a las discusiones diplomáticas, y al mismo tiempo ha acumulado de 170 a 190 mil soldados en la frontera con Ucrania, listos para intervenir -como lo han hecho muchas veces los EE.UU., Francia, Gran Bretaña- como "fuerzas de interposición", no como fuerzas de ocupación sino como fuerzas militares en defensa de la "soberanía" de dos autoproclamadas repúblicas y hace unos días reconocidas oficialmente por la Duma rusa. El pretexto para la expedición militar a gran escala estaba sobre la mesa, y Putin no tuvo problema en utilizarlo para justificar la intervención militar rusa que anunció con dos propósitos: proteger a la población de las dos repúblicas separatistas de Donbass de la represión ucraniana, y desmilitarizar el país Ucrania del poder "nazi" del gobierno de Kiev.

La reacción estadounidense se reduce a sanciones amenazantes, más duras que las ya implementadas en 2014 cuando Rusia tomó Crimea, tanto económica como financieramente; tras el revés recibido por Macron y Scholtz, que corrieron a Moscú para persuadir a Putin de que no invadiera Ucrania, la Unión Europea se ha sumado a Washington: sanciones, sanciones, sanciones.

Los intereses comerciales y financieros de Alemania, Italia, Francia, Polonia y muchos otros países europeos con Rusia tienen un peso significativo, y no sólo en lo que se refiere al gas natural que, a través de los numerosos gasoductos existentes, llega a Europa Occidental cubriendo cerca del 40% de sus necesidades energéticas: un porcentaje que solo puede garantizar Rusia, que de hecho puede incluso aumentar cuando el Nord Stream 2, el gasoducto ya listo y que, en el fondo del Mar Báltico, llega directamente desde Rusia a Alemania sin pasar a través de cualquier tercer país, comenzó a funcionar. Alemania e Italia, los dos principales países fabricantes de Europa, son los dos países que dependen significativamente del gas ruso; en todo caso, Rusia, en reacción a las fuertes sanciones que le fueron impuestas por la guerra de Ucrania, cerrara los grifos del gas a Europa. Alemania e Italia serían los países que pagarían el precio más caro de la historia. Por supuesto, Rusia también perdería, porque no encontraría fácilmente una alternativa, ni siquiera con China, que últimamente parece interesada en el gas ruso. Por lo tanto, no se desencadenarán fuertes sanciones recíprocas ni de un lado ni del otro, a pesar de la considerable presión estadounidense sobre los europeos. Los intereses en juego son demasiado grandes para ponerlos en riesgo solo para complacer a Washington... Mientras se trate de discursos, el tiempo que quieras... y sanciones que impliquen un precio no demasiado alto a pagar, está bien, pero si se trata de dar un golpe fatal a la recuperación económica que acaba de renacer tras los años de pandemia...No, ni hablar, sobre todo para Alemania, la única que puede tener en cuenta las presiones de EE.UU y de Moscú.

Por lo tanto, la expedición militar de Moscú a Ucrania continuará, en medio de gritos y gritos de todas las cancillerías occidentales por lesionar la soberanía nacional y por lesionar la democracia; pero los negocios son los negocios y, como ya sucedió en 2014 ante la ocupación militar de Crimea, las sanciones occidentales contra Moscú no detuvieron ni la ocupación ni la anexión de Crimea a Rusia; ¿pueden detener la ocupación militar rusa de Donbass (que es la región minera más importante de Ucrania)? ¿o incluso la guerra en Ucrania¿

Dada la situación general actual de las relaciones de poder interimperialistas, es más probable que en Ucrania suceda lo que sucedió en parte en Georgia, a saber, que Rusia 1) impida que el país se afilie a la OTAN, 2) que parte del país habitada por grupos étnicos rusos se separa en una república autónoma y constituye un trampolín para futuras operaciones de mayor envergadura, 3) que las cuñas que representan estas áreas separatistas también dan sus frutos desde el punto de vista económico y en términos de comunicación con otros países directamente controlados por el poder ruso, 4) lo que constituye una constante advertencia a los países vecinos de la presencia militar rusa, dispuesta a intervenir rápidamente para defender las fronteras sagradas incluso lejos de Moscú, o para anexar los territorios cuando la situación general se presentara a favor de la posible anexión. En efecto, no debe olvidarse que el imperialismo no sólo significa la economía de los monopolios y el capital financiero, sino también la ocupación y anexión de territorios.

Como escribimos en la posición tomada el 25 de diciembre: “ Ucrania es uno de los lugares que puede convertirse en un semillero de guerra imperialista cuando las tensiones internacionales, exacerbadas por las crisis económicas, empujan nuevamente a los grandes imperialismos hacia un conflicto del tercer mundo. Las "nubes" amenazantes continúan acumulándose, pero aún no estamos en vísperas de tal conflicto; además, las futuras alianzas de guerra aún no se han establecido: ¿Lograrán Rusia y Estados Unidos llegar a un acuerdo contra China, o se materializará el eje ruso-chino contra Estados Unidos?”. Mientras tanto, China se asoma a la ventana y mide las diferentes reacciones de los imperialistas competidores desde la posición de un futuro protagonista, interesado en comprender el tipo de actitud y fuerza de quienes podrían convertirse mañana en aliados o enemigos. No cabe duda de que en estos momentos le interesa justificar los movimientos de Moscú en una función antiamericana y porque un día, después de haber puesto sus manos sobre Hong Kong, pretende comerse el bocado más sabroso, formado por Taiwán (la isla de Formosa), a la que Pekín siempre ha considerado parte integrante de China y que en 1949 fue sustraída de la unidad territorial nacional de la República Popular China por el imperialismo angloamericano, teniendo a Rusia de su lado.

La época imperialista del capitalismo es la época de la guerra permanente, en distintos niveles, según la acumulación de contradicciones sociales y la sucesión de crisis económicas y financieras que indiscutiblemente la caracterizan. Los acuerdos diplomáticos y los acuerdos de "paz" que siguen a las guerras, incluso las más devastadoras, no serán, como nunca lo han sido, para impedir la carrera natural del capitalismo hacia la guerra; las dos guerras mundiales imperialistas del siglo pasado proyectan su sombra sobre la próxima tercera guerra mundial imperialista en la que inexorablemente se precipitarán los conflictos interimperialistas. La única fuerza social capaz de impedirlo o detenerlo no será nunca burgués e imperialista, ni siquiera en su forma más democrática y civil: será la fuerza social representada por la clase obrera, por el proletariado que en todo el mundo se ve constreñido por las mismas condiciones salariales y  al que que las mismas contradicciones económicas y sociales empujan al antagonismo de clase que caracteriza a la sociedad burguesa, el resorte de una lucha que no es pacífica, ni democrática, ni parlamentaria, sino de clase: entonces la guerra imperialista será transformada en guerra civil, como afirmaron Marx y Engels sobre la experiencia de la Comuna de París y como lo afirmaron Lenin y la Internacional Comunista tras la revolución victoriosa de octubre de 1917.

Para que el proletariado esté preparado para esa cita histórica con su revolución de clase, debe sacudirse el espeso manto de legalismo, del pacifismo y del democratismo con el que el oportunismo colaboracionista lo ha revestido no para emanciparlo sino para sofocarlo y encadenarlo aún más a las necesidades exclusivas del capitalismo. El poder burgués de cada país ha hecho, hace y hará siempre su apelación a la patria, a los valores nacionales, a la cultura y a la unidad nacional por lo que siempre pide y pedirá, obliga y obligará siempre a los proletarios a dar sudor y sangre tanto en tiempo de paz que en tiempo de guerra. Es el podrido nacionalismo gran ruso el que choca con el podrido nacionalismo ucraniano, hoy, a pesar de cualquier grito de libertad y soberanía popular: es contra todas las formas de nacionalismo que los proletarios deben luchar porque el nacionalismo es uno de los más insidiosos y efectivos vectores del trabajo de competencia entre proletarios. La unión de los proletarios no está en el terreno de la nación, sino en el terreno de clase, anticapitalista, antiburgués y por lo tanto internacionalista.
 
¡Contra el disciplinamiento de los proletarios en los ejércitos nacionales burgueses! 

¡Contra el derramamiento de sangre proletaria para hacer que una banda de explotadores y torturadores triunfe contra la banda contraria de explotadores y torturadores! 

¡Contra toda forma de competencia entre proletarios! 

¡Por la solidaridad de clase entre los proletarios ucranianos y rusos, por la unión de los proletarios de cualquier nacionalidad y etnia sobre las fronteras burguesas! 

¡Por la reanudación de la lucha de clases realizada con medios y métodos de clase, en defensa de los intereses inmediatos y generales que son exclusivamente proletarios! 

¡Por la reconstitución del partido de clase, del partido comunista revolucionario, internacional e internacionalista!
 

Nota:
(1) Cfr. Tensiones en la frontera ruso-ucraniana: solo el proletariado puede poner fin a los enfrentamientos imperialistas , 25/12/2021. 

jueves, 21 de octubre de 2021

[Italia] ¡Contra el pasaporte Covid obligatorio para todos los trabajadores!

Partido Comunista Internacional (El Proletario)
13 de octubre de 2021

Desde hace algún tiempo, las organizaciones de extrema derecha, entre las que se encuentra "Forza Nuova", una conocida formación fascista, se están movilizando, tratando de ponerse a la cabeza del heterogéneo movimiento unido por la oposición a las medidas restrictivas con las que el gobierno ha caracterizado, en un breve periodo de tiempo, su "lucha contra el Covid-19", que finalmente se ha centrado en la vasta campaña de vacunación formalmente "no obligatoria", pero de hecho impuesta a todos los niveles, como ha demostrado ampliamente la introducción del pasaporte Covid.

Estas medidas han previsto sanciones cada vez más duras contra quienes no se vacunen, empezando por los médicos y las enfermeras, siguiendo por el personal escolar y los estudiantes, y finalmente, con el último decreto, la suspensión de los salarios de todos los trabajadores que no tengan el pasaporte Covid, obligatorio desde el 15 de octubre para acceder al trabajo, actualmente hasta el 31 de diciembre de 2021, día en que expira el estado de emergencia decretado por el Gobierno. Es una multa vejatoria contra los trabajadores que no se vacunan, no porque tengan miedo a la inyección, no porque sean no-vax por principio, sino porque expresan con esta negativa una profunda desconfianza en la gestión de la pandemia y de la sanidad por parte del gobierno, en un sistema de imposición dictado por los intereses económicos de las grandes multinacionales químico-farmacéuticas y porque perciben en estas medidas un mayor control social por parte de la clase dominante.

Los trabajadores en Italia, según las estadísticas que incluyen tanto a los asalariados como a los autónomos (es decir, los números de IVA) son unos 23 millones. De ellos, más de 5 millones y medio (datos de las estadísticas oficiales publicadas el 8 de octubre), no han sido vacunados. La presión del Gobierno para que el 80% de la población estuviera vacunada antes de septiembre (resultado que no se ha conseguido) y el 100% de la población vacunada (como se acordó en 2014 con las instituciones internacionales) antes de final de año, ante la amplia oposición de gran parte de la población a la vacunación, se ha dotado de un medio de chantaje adicional consistente en la suspensión de los salarios de todos los trabajadores que no quisieran vacunarse. Vincular esta medida a la congelación simultánea de los despidos de estos trabajadores es una pista falsa con la que se pretende engañar a los trabajadores por enésima vez: ¡es la zanahoria prometida tras el fuerte varapalo!

En varias ciudades, y especialmente en Roma y Milán, varios miles de personas salieron a la calle el sábado 9 de octubre para manifestarse contra el pasaporte Covid.

Lo que causó revuelo ese día fue el asalto a la sede nacional de la CGIL en Roma por un grupo de militantes de "Forza Nuova" apoyados por unos mil manifestantes. Enseguida quedó claro que este asalto había sido organizado, al igual que una iniciativa similar dirigida al Palazzo Chigi, el edificio del gobierno. Mientras que los pocos policías que había a la entrada de la sede de la CGIL fueron superados con facilidad y las oficinas internas de la CGIL quedaron destrozadas, el Palazzo Chigi estaba algo mejor vigilado y los manifestantes no pudieron entrar.

Por supuesto, todas las fuerzas democráticas en el gobierno gritaron "no a la violencia, venga de donde venga"; hubo quienes advirtieron contra el fascismo que asoma la cabeza, quienes equipararon la violencia fascista con la de los manifestantes del no-TVA y el no-VAX, y quienes intentaron establecer un paralelismo entre los manifestantes de la derecha en Roma que gritaron "no gren pass" y los manifestantes dirigidos por los sindicatos de base que gritaron "sindicatos servidores de la patronal". También hubo invectivas contra el gobierno y el Ministro del Interior en particular por no haber previsto los disturbios, dado que en la plaza de Roma había militantes de Forza Nuova y sus dirigentes que eran bien conocidos por la policía.

En respuesta a la violencia de las medidas gubernamentales resumidas en el "pasaporte Covid", la multitud pequeñoburguesa, llena de ira e impulsada por un malestar generalizado, interesada en involucrar al proletariado en sus protestas, se dirigió a golpear los símbolos que representaban esa violencia: el edificio del gobierno y el principal sindicato italiano, aprovechando la imposición del pasaporte Covid también para todos los trabajadores.

¿Por qué atacar la sede nacional de la CGIL en Roma? La CGIL, junto con los otros sindicatos CISL y UIL, se ha puesto inmediatamente del lado del gobierno en la campaña de vacunas y en el establecimiento del pasaporte Covid, comparte las mismas motivaciones de Confindustria y del Gobierno en la campaña de vacunas, porque comparte plenamente el objetivo de la recuperación económica y el reinicio de la máquina del beneficio capitalista, no ha organizado ninguna huelga contra la suspensión de los salarios de los no vacunados, exigiendo en cambio un pacto con el gobierno y tampones gratuitos para los trabajadores no vacunados. Los sindicatos han sido totalmente coherentes en su labor colaboracionista y antiobrera, que vienen realizando desde la Segunda Guerra Mundial, reduciéndose a matones con mono de trabajo al servicio de los capitalistas y del poder burgués. Los sindicatos de base tienen toda la razón al llamarlos siervos de la patronal; al mismo tiempo, la extrema derecha tiene fácil señalar al triple sindicato como corresponsable de la imposición del pasaporte Covid en general, pero, al apuntar su violencia en particular al sindicato más importante, la CGIL, pretende amenazar de antemano al proletariado si quiere reaccionar con independencia de los sindicatos colaboracionistas en sus acciones de lucha y huelga. En realidad, el ataque a la CGIL no está motivado por el hecho de que sea un sindicato "de clase", como lo fue la CGL de 1921-22, que organizó al proletariado italiano en el terreno de la lucha de clases, haciéndolo permeable a la influencia del partido comunista revolucionario en la lucha por la revolución, sino que es un sindicato colaboracionista que se baja demasiado los pantalones y no defiende la "libertad de elección" de los ciudadanos, ya sean obreros, patronos o terratenientes.

Evidentemente, las fuerzas parlamentarias de izquierda y centro han lanzado sus gritos contra el "fascismo", contra el "escuadrismo", alabando la democracia y la Constitución, convirtiéndose así, por enésima vez, en altavoz de los intereses de la conservación social. Pero las mismas fuerzas parlamentarias de la derecha, la Liga y los Fratelli d'Italia en particular, se sienten obligadas a "hacer de toda la hierba un fardo", es decir, a declarar estar en contra de "toda" la violencia "que provenga de "cuatro imbéciles" y de "unos cuantos delincuentes" (Salvini), o de "los delincuentes que utilizan cualquier pretexto para ejercer una violencia grave e inaceptable" (Meloni), o de los anarquistas insurrectos o del No-Tav. El estribillo habitual "contra toda violencia" -pero no la del Estado, que en cambio debe considerarse legítima e incuestionable- es cantado de vez en cuando por cada grupo de políticos cobijados bajo las grandes alas del Estado del que dependen sus privilegios de casta, salvo para agitar las tinieblas y obtener un excedente de beneficios y medios de presión para fines privados.

Los proletarios no deben dejarse engañar por el clamor de un "antifascismo" destinado a apretar aún más las cadenas del trabajo asalariado a las exigencias cada vez más apremiantes de la ganancia capitalista; no deben dejarse engañar por los cánticos de pacifismo y de colaboración interclasista cuando la clase dominante, a través del Estado y de todas las fuerzas políticas, económicas y sociales en su defensa, muestra constantemente su desprecio por la vida de los trabajadores asalariados: la demostración más llamativa son los accidentes y muertes en el trabajo por la sistemática y perenne falta de medidas de seguridad; sólo en los ocho primeros meses de 2021, según el Inail, se registraron 349 accidentes.449 (+8,5% respecto al mismo periodo de 2020) con nada menos que 772 casos mortales, es decir, ¡¡¡3 muertes al día!!!, y no de Covid-19, sino de explotación del trabajo asalariado.

Desde el principio de la pandemia quedó claro que la acción del gobierno burgués -en todos los países- trataba, por un lado, de amortiguar de alguna manera una situación que se agravaba de mes en mes y a la que se enfrentaba de forma caótica y contradictoria, y por otro, de adoptar rápidamente medidas para salvar la economía nacional y su capacidad de afrontar, si no vencer, la competencia de las economías de otros países. Para defender los intereses de la economía nacional, sumida en una crisis más profunda por la pandemia, el gobierno -que no es sorprendente que equipare la situación con una situación de "guerra"- tuvo que doblegar al proletariado a las necesidades inmediatas del capitalismo nacional. Los capitalistas sabían perfectamente que la crisis económica, que también se había agravado socialmente como consecuencia de la pandemia, podía empujar a las masas proletarias a la revuelta porque sus condiciones de vida y de trabajo, que ya se habían deteriorado considerablemente en la última década, se harían aún más duras. Los despidos, y por tanto el desempleo, aumentan, al igual que la inseguridad laboral, el trabajo mal pagado y el trabajo no declarado. Y a pesar de la paralización de muchas actividades como consecuencia de la "lucha contra la propagación de la infección por el coronavirus" y del cierre de un gran número de empresas, otras siguieron trabajando a pleno rendimiento, sometiendo a sus trabajadores a ritmos de trabajo y riesgos cada vez más severos.

La crisis económica -aparte de la tan cacareada "recuperación" de los últimos trimestres- también ha arruinado a una parte nada despreciable de la pequeña burguesía, en los sectores clásicos en los que desarrollan sus actividades (restauración, deporte, turismo, espectáculos, conciertos, pequeña distribución), sectores que inexorablemente han recibido un varapalo. Y, como suele ocurrir, son estos estratos sociales los que, a través de los partidos que manifiestan su descontento, son los primeros en expresar su enfado por su propia ruina social. Cólera que les une y les empuja a salir a la calle; cólera que se extiende también a algunas capas proletarias que, al no encontrar cauces de clase en los que canalizarla, se unen a la pequeña burguesía que, a menudo, es también su "patronal". Por otro lado, es la propia pequeña burguesía la que trata de involucrar al proletariado en su protesta porque necesita reforzarla y mostrar que es "el pueblo" el que se manifiesta y pide al gobierno y a los poderes económicos que le salven de la ruina.

Pero el proletariado, como asalariado, como trabajador no cualificado, cuya vida está a merced de un mercado en el que las desgracias van todas a parar a las clases trabajadoras y los beneficios y privilegios a las clases ricas y adineradas, no tiene ningún interés que compartir con los pequeños burgueses, y mucho menos con los grandes burgueses. Sus intereses inmediatos, y sobre todo históricos, como clase productora de la riqueza general de la que se apropia exclusivamente la clase burguesa dominante, responden a un antagonismo social que no han inventado, pero que es generado por el modo de producción capitalista y que es explotado política y socialmente por la clase dominante para aplastar al proletariado en una sumisión perpetua a las exigencias del beneficio capitalista. La clase burguesa dominante tiene tanto el poder económico como el político, representado por el Estado, y por tanto el poder social; poderes que utiliza para defender exclusivamente sus propios intereses de clase contra los intereses de la clase obrera. De esta manera la lucha antagónica es sistemáticamente librada por la clase burguesa contra la clase proletaria, y estas últimas medidas lo demuestran por enésima vez. Para que la lucha antagónica del proletariado tenga la fuerza de responder en el mismo terreno y con los mismos medios violentos que la clase dominante burguesa, debe contar con la organización de clase independiente del proletariado, que aún está por reconstruir, pero que surgirá inevitablemente de la resistencia que los proletarios logren oponer a la presión y represión burguesa progresiva. Una lucha en la que los proletarios tendrán que luchar contra la competencia alimentada a propósito entre ellos por los capitalistas y las fuerzas de colaboración interclasista, separando los objetivos y los medios de la lucha de clases de los de las capas sociales pequeñoburguesas que influyen en el proletariado por su contigüidad social: capas sociales que, sin embargo, se rebelan contra "el sistema", contra la "política gubernamental" sólo cuando corren el riesgo de caer en la proletarización y perder su posición social y sus privilegios. Los proletarios que se dejan arrastrar a la rebelión pequeñoburguesa pierden no sólo su orientación de clase -la única gracias a la cual es posible defender sus intereses inmediatos- sino también la fuerza que potencialmente poseen precisamente por ser asalariados, por ser productores de riqueza general y, por tanto, de beneficio capitalista.

La democracia, el reformismo, la colaboración de clases, son armas políticas que la burguesía utiliza para mitigar un antagonismo social que el propio modo de producción capitalista genera constantemente -y que la burguesía reitera en cada acto y en cada actividad en todas las situaciones especialmente las más graves-; un antagonismo que puede potencialmente poner en movimiento a las masas proletarias especialmente cuando las condiciones de existencia y de trabajo se vuelven insoportables.

Es a este movimiento social al que teme la burguesía, al despertar del proletariado como clase asalariada, a que actúe reconociendo que el antagonista social no es el inmigrante ilegal, el parado que por desesperación prende fuego a los cubos de basura, o los proletarios del país señalado como "enemigo", sino que es la misma clase burguesa en casa que está dispuesta a utilizar cualquier medio, legal o ilegal, constitucional o anticonstitucional, para defender sus privilegios.

El autoritarismo que la burguesía expresa con el pretexto de la "lucha contra el Covid-19" es parte integrante de su dominio; el parlamentarismo y la democracia con que se reviste no son más que un manto que cubre la realidad de su dictadura de clase. La burguesía de los países de la civilización occidental no tiene el valor, al menos hasta ahora, de mostrar su verdadero rostro totalitario; y no tiene ningún interés en mostrarlo mientras el régimen democrático consiga paralizar a las masas proletarias. Utiliza el rostro democrático para seguir engañando a las masas proletarias, para desviar su lucha del terreno de la confrontación de clases al terreno que le es más favorable, el terreno democrático y parlamentario. Pero la crisis económica y social, anticipada por la crisis económica de sobreproducción que caracteriza cíclicamente todo el período histórico del imperialismo en el que estamos inmersos desde hace cien años, se acerca de nuevo a pasos agigantados; Por eso la burguesía tiende a acelerar sus maniobras para encauzar aún más al proletariado, aplastándolo bajo el peso de sus reivindicaciones económicas, políticas y sociales, intoxicándolo aún más con el veneno de una democracia que ya no tiene ningún papel social, pero que sigue teniendo un papel político para desviar, aislar, fragmentar y desmoralizar a la masa proletaria.

Así, las reacciones a un gobierno, como el de Draghi, que responde a una política de "unidad nacional" bajo la que vuelve a encauzar a las masas proletarias, pero que pone como prioridad, en la situación de crisis, la defensa del gran capital, expresan aún más, y con violencia, la ira de las capas pequeñoburguesas que se sienten abandonadas a su suerte. Las organizaciones de extrema derecha actúan en base a esta ira; siempre lo han hecho y lo seguirán haciendo. En realidad, desempeñan un doble papel: Por un lado, atraen la ira de las capas pequeñoburguesas, las organizan, dirigen sus manifestaciones, les hacen creer que el "enemigo del momento" son las llamadas "potencias fuertes", idealizan un "patriotismo" que las potencias fuertes nacionales no defenderían internacionalmente, están dispuestos a destrozar símbolos y vestigios de quienes consideran responsables de su ruina social; Por otro lado, representan el pretexto ideológico y político para que las organizaciones "democráticas" cimenten a las masas proletarias en la colaboración de clases con el pretexto del llamado "antifascismo", "antitotalitarismo". Ambos trabajan para consolidar la conservación social, ambos aspiran a una sociedad en la que todas las clases sociales satisfagan "sus" aspiraciones, ambos defienden el capitalismo nacional frente a la competencia extranjera, ambos utilizan la democracia para imponerse en la arena política como los campeones de la eficiencia económica, la destreza política, la "cohesión nacional", la defensa de las raíces históricas y culturales del país. Ambos compartieron la política que marcó y sigue marcando la victoria política del fascismo, a pesar de su derrota militar en la Segunda Guerra Mundial: la política de colaboración de clases.

Golpear los símbolos del autoritarismo característico de Draghi se ha convertido, por tanto, en el objetivo inmediato de muchos opositores. El pasaporte Covid es sin duda uno de estos símbolos. Pero hay opositores y opositoras. Los opositores pequeñoburgueses se alegran cuando los inmigrantes ilegales son encarcelados, deportados, reunidos en campos de concentración fuera de su vista, devueltos a los países de los que se embarcaron, quizás a Libia bajo las manos de torturadores, o no son rescatados en el mar donde se ahogan por miles. Lo importante es que todo esto ocurre lejos de sus ojos y de sus casas, pero si se acercan demasiado, las armas y las pistolas están siempre a mano. Pero se contentan con explotarlos peor que al ganado en los campos y talleres, bajo el chantaje de su "ilegalidad", obligándolos a vivir en tugurios, chabolas y en medio de la basura. Para ser libres de llevar su mezquina vida y explotar a su antojo la mano de obra negra y el trabajo mal pagado, a estas sanguijuelas no les gustan las imposiciones que ponen en peligro sus sucios negocios. Eluden al recaudador de impuestos mediante hábiles contables, pero el pasaporte Covid es difícil de sortear, por lo que intentan reforzar su protesta implicando a los proletarios. Es también contra esta implicación que los proletarios tienen que luchar.

El ejemplo de los estibadores de Trieste es emblemático: la Coordinación de trabajadores portuarios de Trieste (CLPT por sus siglas en italiano) ha declarado que hará huelga hasta el final, a partir del 15 de octubre, si no se levanta la obligación del pasaporte Covid no sólo para los trabajadores del puerto de Trieste, sino para todos los trabajadores. Es este enfoque decididamente clasista el que les ha hecho declarar que ni siquiera aceptarán los topes gratuitos prometidos por las empresas sólo para ellos con tal de ir a trabajar: ¡No estamos en venta! es el grito que une a todos los estibadores de Trieste, tanto a los que se han vacunado como a los que no han querido vacunarse.

Esto es lo que deben hacer los proletarios en todas las empresas, en todos los sectores, siguiendo el ejemplo de los estibadores de Trieste.

Veremos qué ocurre en Trieste el 15 de octubre: los estibadores han declarado que no se moverán ni un milímetro del bloqueo del puerto. ¿Qué va a hacer la policía, intervenir con la fuerza para liberar el acceso al puerto? Al parecer, muchos de los camioneros que tienen que llegar al puerto tampoco tienen el pasaporte Covid, sobre todo los que vienen del extranjero y se han vacunado con el Sputnik ruso, que no es aceptado por Italia. Es cierto que la tensión se ha acumulado en este último periodo y que el Gobierno se encuentra en una encrucijada: ¿Golpear a los estibadores de Trieste para evitar el bloqueo del puerto, que es uno de los más importantes de Italia, o renunciar a encontrar el habitual resquicio de la situación excepcional?

martes, 17 de marzo de 2020

[Covid19] Dos panfletos de la izquierda comunista


¡No toca a los proletarios pagar por el coronavirus y la crisis!
Grupo Internacional de la Izquierda Comunista, 15 marzo de 2020
http://www.igcl.org/No-a-la-unidad-nacional-frente-a

Pandemia COVID-19 ¡Contra el Estado de Alarma! ¡Contra las medidas anti proletarias del gobierno!
Partido Comunista Internacional (El Proletario), 15 de marzo de 2020
https://www.pcint.org