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viernes, 28 de noviembre de 2025

DE GAZA AL CONFLICTO GLOBAL. GUERRA CAPITALISTA Y SOLIDARIDAD INTERNACIONALISTA

Asamblea Internacionalista contra la Guerra

Este texto fue publicado originalmente en griego el 7 de julio de 2025, luego de la conformación en Atenas de la “Asamblea Internacionalista contra la Guerra”, espacio colectivo conformado por múltiples voluntades provenientes de diversas vertientes revolucionarias del medio antagonista radical —comunistas, anarquistas, antiautoritarios, autónomos, etc.—. L@s compañer@s frente a la masacre perpetrada en Gaza por el Estado de Israel, la guerra entre Ucrania y Rusia y otros conflictos armados, defienden de manera intransigente una perspectiva autónoma proletaria, internacionalista y anticapitalista, rechazando toda lógica de identificación con los bandos beligerantes en confrontaciones interestatales e interimperialistas (EE.UU. / China), que se están intensificando en la actual fase de crisis del capital mundial.

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Gaza: de un ataque genocida a desplazamientos masivos y limpieza étnica

Durante más de 20 meses, Israel ha lanzado un ataque sin precedentes contra la población palestina de Gaza. La guerra librada por Israel se dirige deliberadamente contra objetivos civiles, adquiriendo proporciones genocidas y destruyendo casi por completo infraestructuras, viviendas, hospitales, escuelas y vidas humanas. Ha provocado el desplazamiento masivo de palestinos de sus hogares, con el objetivo final de llevar a cabo una limpieza étnica que facilite la expansión de los asentamientos bajo la visión de establecer un “Gran Israel”. Simultáneamente, las operaciones militares de Israel en Gaza y en la región en general (Líbano, Siria, Irán) sirven de punta de lanza para que el bloque imperialista “occidental” cambie la dinámica de poder e imponga un nuevo orden en Medio Oriente, directamente vinculado al conflicto más amplio entre bloques imperialistas. Evidentemente, estas operaciones militares han dado sus frutos, debilitando a Hezbolá en el Líbano, contribuyendo a la caída de Assad, disminuyendo la influencia de Rusia en Siria y asestando importantes golpes a Irán.

La expansión de la guerra en Medio Oriente: crisis capitalista y rivalidad imperialista

Esta expansión de la guerra en Medio Oriente, con el apoyo activo de Estado Unidos y su participación directa en el conflicto militar, marca una escalada cualitativa. El peligro de una guerra regional más amplia y, posiblemente, mundial es ahora más real que nunca, como lo demuestran la continua guerra entre Ucrania y Rusia, la creciente tensión en el Mar del Sur de China entre China y Taiwán, el conflicto entre Pakistán y la India, el rápido rearme de los países europeos y el intento de fortalecer el militarismo y la militarización de la sociedad en todo el mundo. Es la crisis capitalista la que impulsa el aumento de la rivalidad interestatal y la escalada de los conflictos militares.

La guerra actúa como “destrucción creativa” y como mecanismo para superar el estancamiento y reproducir la dominación capitalista, entre otras cosas, mediante la limpieza violenta de un proletariado excedente.

Los palestinos de Gaza como proletariado excedente y las múltiples facetas del racismo antipalestino

Esto describe con precisión la condición de la abrumadora mayoría de la
población palestina de Gaza. En la década de 1980, casi el 45% de la población de Gaza trabajaba en Israel en empleos mal pagados y sin derechos laborales. Completamente privados de las protecciones otorgadas a la clase trabajadora israelí, los palestinos servían como ejército de reserva de mano de obra barata. Durante la década de 1990, los trabajadores palestinos fueron reemplazados cada vez más por migrantes de Tailandia, Filipinas y Rumania, que hoy representan la mano de obra más explotada en Israel, a menudo ganando incluso menos que los palestinos. Desde 2007, con el bloqueo total de Gaza por parte de Israel y Egipto, y el establecimiento de un estado de sitio, hasta el 7 de octubre de 2023, el número de residentes de Gaza que trabajaban en Israel se redujo a sólo el 1% de la población.

La economía de Gaza sufrió un daño masivo, con importaciones y exportaciones realizadas sólo ilegalmente a través de túneles en la frontera egipcia, lo que llevó a una tasa de desempleo en torno al 50% y a que casi la mitad de la población de Gaza dependiera exclusivamente de programas de ayuda humanitaria para sobrevivir. Es evidente que esta población representa un proletariado excedente totalmente desechable tanto desde la perspectiva de la economía israelí como de la imposición de la “pureza nacional” en la región. Esto ha fomentado un racismo extremo contra la población palestina de Gaza dentro de la sociedad israelí, llegando al punto de deshumanización. Los palestinos son etiquetados como “animales humanos”, e incluso el presidente de Israel, afiliado al Partido Laborista, declaró que en Gaza “no hay inocentes”. Esta ideología nacionalista de Estado legitima aún más la masacre y la guerra dentro de la sociedad israelí, construye la narrativa defensiva que el Estado de Israel necesita para justificar la agresión militar en Gaza y articula las ambiciones expansionistas territoriales de Israel.

Sin embargo, el racismo antipalestino también existe en muchos países árabes. La mayoría de los refugiados palestinos permanecen indocumentados y apátridas en los Estados árabes vecinos, a menudo confinados en campos de refugiados sin libertad de movimiento. Son tratados como forasteros, como una carga para la economía local y como un “cuerpo extraño” frente a la población local, como ocurre hoy con los refugiados en todo el mundo, sirviendo como chivos expiatorios de los males sociales. Además, son vistos como una fuerza desestabilizadora, con segmentos políticamente radicalizados de refugiados palestinos históricamente involucrados en conflictos armados con las autoridades estatales (por ejemplo, “Septiembre Negro” en Jordania), participando en la guerra civil del Líbano, y apoyando a Irak durante la invasión de Kuwait, lo que resultó en el desplazamiento de entre 300.000 a 400.000 palestinos de Kuwait después de 1991 y restricciones migratorias más estrictas en otros Estados del Golfo. Los proletarios palestinos han sido tratados sistemáticamente por los Estados árabes como peones y no como seres humanos en el tablero diplomático y militar de Medio Oriente.

En Europa y, más ampliamente, en el mundo “occidental”, el racismo antipalestino se ha visto reforzado en los últimos años como una versión de un racismo más amplio contra los musulmanes, promovido sistemáticamente en los últimos años tanto por las teorías de extrema derecha del “gran reemplazo”, como por el pánico moral cultivado por los gobiernos —tanto socialdemócratas como de derechas— ante la entrada de musulmanes en Occidente. El descontento por el declive del nivel de vida se dirige así hacia los segmentos más vulnerables de nuestra clase, desviando la ira de las relaciones sociales capitalistas. En estas odiosas narrativas racistas se presenta a Israel como un baluarte de la “civilización occidental” contra la “barbarie islámica”. Esto parece paradójico, dado que la retórica de extrema derecha que atribuye los planes de “sustitución de población” a la “élite global” es estructuralmente antisemita. Por el contrario, la solidaridad con los palestinos, que también ha crecido dentro de los grupos sociales más progresistas, frecuentemente carece de contenido de clase y se articula sobre la base de una mitología reaccionaria acerca del carácter revolucionario de Hamás y sus organizaciones aliadas, que en realidad representan políticas de opresión nacionalistas y capitalistas, a menudo estrechamente vinculadas a una ideología religiosa estatista. Hemos visto cómo esta posición se desarrollaba aún más con el apoyo abierto de Estados como Irán y Rusia, es decir, el apoyo de uno de los campos imperialistas. En cuanto a Hamás, no cabe duda de que es el personal político y militar de una sección de la clase dominante palestina que ejercía el poder en Gaza. Como tal, participó en la explotación del proletariado palestino tanto como fuerza de trabajo —mediante la imposición de impuestos y aranceles sobre el comercio realizado a través de los túneles— como mediante la extracción de ingresos procedentes de la gestión de la “ayuda humanitaria” para las necesidades de la población y el apoyo financiero de Irán y Qatar.

Hamás y sus organizaciones afiliadas tienen el monopolio de la violencia y las armas, en contraste con cualquier tipo de violencia revolucionaria de clase. Por otra parte, la gran mayoría de la población de Gaza sigue siendo un proletariado excedente desechable; carne de cañón.

Hamás y la trampa del “campismo antiimperialista”

Sobre esta base, el ataque del 7 de octubre de Hamás y sus colaboradores en Israel fue un acto de guerra por parte de lo que hasta entonces había sido la autoridad estatal de facto en Gaza. No fue un acto de resistencia por parte de un movimiento, ni tuvo un carácter proletario o revolucionario. No puede servir de modelo ni de brújula para las luchas proletarias. Su objetivo principal era invertir la situación que se estaba configurando con los Acuerdos de Abraham y alterar el equilibrio geopolítico en Medio Oriente. En segundo lugar, sirvió temporalmente para abordar la crisis de legitimidad interna de Hamás en Gaza; como demostraron las recientes manifestaciones masivas contra Hamás. Considerando el resultado, es decir, la respuesta absolutamente atroz del Estado israelí, el ataque no sirvió —ni podría haber servido— a los intereses y necesidades de la población palestina, que ya vivía en condiciones de apartheid y desplazamiento por parte del Estado israelí. Apuntó a objetivos militares y no militares por igual e intentó aterrorizar a la población enemiga, como cualquier acción militar estatal, aunque a una escala mucho menor. Sin embargo, contar cadáveres y comparar masacres es ajeno a cualquier perspectiva proletaria. La inmensa mayoría de los muertos en la guerra capitalista son nuestros propios muertos.

 

Grecia del lado de Israel: intereses económicos y rivalidades geopolíticas

Como ya se ha mencionado, la guerra de Gaza forma parte de un conflicto imperialista más amplio. El Estado griego ya nos está involucrando de lleno dentro de este conflicto, aumentando el gasto militar, proporcionando instalaciones y participando activamente en los planes de batalla del bloque “occidental”. Por un lado, hay razones económicas inmediatas por las que el gobierno griego apoya a Israel: la cooperación entre el capital griego e israelí desde armamento (INTRACOM Defense) hasta bienes raíces y desde el proyecto de interconexión eléctrica Grecia-Chipre-Israel hasta muchas otras colaboraciones sectoriales. Aún más importante es la alianza entre Grecia e Israel contra el creciente poder geopolítico de Turquía. En este contexto, se ha formado un frente informal Grecia-Chipre- Israel con ejercicios militares conjuntos, planes (abortados) para construir un gasoducto de gas natural (EastMed) que sortearía las redes de distribución rusas, intercambio de información, coordinación diplomática sobre la definición de Zonas Económicas Exclusivas, etc. Por otro lado, está el contexto más amplio de la competencia entre los bloques imperialistas “occidentales” y los llamados  “euroasiáticos”. Esto incluye el plan para conectar India, Medio Oriente y Europa (IMEC), que evitará rutas marítimas como el Canal de Suez, el Estrecho de Bab el-Mandeb y potencialmente incluso el Estrecho de Ormuz, quitando poder geopolítico a los Estados que actualmente los controlan. Este plan cuenta con el apoyo de Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e India. Aunque este plan no tenga éxito, como suele ocurrir con este tipo de planes, es un método para ejercer influencia geopolítica sobre las partes implicadas.

De la crisis de la “globalización” al capitalismo de Estado y la economía de guerra

El apoyo de Grecia a Israel no está relacionado únicamente con los intereses económicos directos del capital griego o con los intereses geopolíticos inmediatos del Estado griego. Más bien, refleja cambios más amplios tanto en el sistema global de Estados-nación capitalistas como en los regímenes de acumulación dentro de las
formaciones sociales nacionales económicamente avanzadas. La crisis capitalista desde 2008 también ha sido una crisis del modelo de “globalización”, evidenciada por el resurgimiento del proteccionismo, con la imposición y el aumento de aranceles al comercio internacional.

Esta nueva era de proteccionismo coincide con un aumento de la intervención estatal, lo que señala el surgimiento de una nueva forma de “capitalismo de Estado”, caracterizado por economías de guerra y significativas inversiones desde los llamados “fondos soberanos de riqueza”, que se han expandido enormemente en los últimos años. Las grandes potencias están desarrollando sistemas de planificación destinados a aumentar su poder económico y militar, reemplazando los vínculos económicos mundiales regulados por el mercado e inaugurando una nueva fase de reproducción capitalista. Esta es también la base de la intensificación de la rivalidad imperialista y de los conflictos militares para asegurarse tierras, recursos y mano de obra. Esta es también la razón del consenso entre todos los partidos (excepto el Partido Comunista Griego) sobre el aumento del gasto militar en el marco del programa ReArm Europe. Los principales bloques en la nueva escalada del conflicto por las materias primas, los mercados, el liderazgo tecnológico, las esferas de influencia y la hegemonía cultural son, por un lado, Estados Unidos como potencia hegemónica existente y, por otro, China como potencia imperialista emergente con ambiciones de hegemonía global.

Estados Unidos cuenta con el apoyo de las principales potencias de la Unión Europea, Japón, Reino Unido y Australia, junto con Israel y Arabia Saudí; opuestos a ellos, alineados con China, están Rusia, Bielorrusia, Irán y Corea del Norte. Otros poderosos países del “Sur Global” —India, Brasil, Indonesia y Sudáfrica— aún no se han alineado definitivamente con ninguno de los dos bloques. En este  conflicto, Grecia se alinea con el bloque imperialista “occidental” y lo apoya. Además, con su participación en este conflicto, pretende mejorar su posición y poder regionales, por ejemplo, mediante el posible establecimiento de una Zona Económica Exclusiva (ZEE) más amplia, como lo demuestra la presencia de buques de guerra en el mar de Libia. Por supuesto, estas formaciones no son monolíticas y no excluyen la cooperación entre países pertenecientes a bloques diferentes. Al fin y al cabo, se trata de “hermanos enemigos”: la competencia no excluye la cooperación, que puede ir seguida de un conflicto armado.

Contra el “campismo”: una respuesta de clase internacionalista a la guerra capitalista

Si no resistimos ahora por todos los medios posibles a esta escalada bélica, pronto nos encontraremos entre la espada y la pared. Desde la perspectiva de los intereses proletarios, no existen guerras “justas” o “defensivas”. Tales distinciones son una mistificación que oculta el conflicto entre capitales nacionales y bloques imperialistas por el control de los mercados de capitales y materias primas, esferas de influencia y mano de obra barata. Cada parte envuelta en una guerra presenta su propio papel como “defensivo” y “justo”. Una victoria del Estado más débil lo hace más fuerte, reiniciando de nuevo el círculo vicioso, como lo ha demostrado la experiencia histórica. La derrota de un poder estatal más fuerte implica necesariamente el fortalecimiento del Estado-nación oponente y la movilización de la población en torno a él. Cualquier resistencia de clase debe ser aplastada para imponer la paz social y la unidad nacional.

En el pasado, el apoyo a los nacionalismos “débiles” y a sus respectivos Estados se disimulaba tras el fortalecimiento del llamado campo socialista. Hoy, ausente incluso esta pretensión, se abandona la crítica al capitalismo en favor de las distinciones culturales entre Occidente y Oriente o Norte y Sur, proclamadas por la ideología “anticolonial” y las políticas identitarias contemporáneas. Esta distinción es claramente irracional, mítica y reaccionaria, ya que el capitalismo es un sistema universal y global: “[ha] convertido todo el planeta en su campo de operaciones”, aunque la opresión religiosa, étnica y nacional obviamente sigue existiendo y no es “privilegio” de Estados específicos. La antigua y espectacular pseudo dicotomía, capitalismo versus “socialismo”, ha sido reemplazada por una nueva, desprovista de toda pretensión de emancipación social, como lo ejemplifica el apoyo “antiimperialista” a Irán, Rusia o China, salvo por la invocación de una hueca “teoría de las etapas”. El apoyo a un campo
imperialista, o campismo, es inherente a la ideología antiimperialista porque proporciona un análisis de arriba hacia abajo enfocado en los conflictos entre Estados, en lugar de una perspectiva proletaria arraigada en el conflicto global entre el capital y el proletariado. El apoyo a las fuerzas del “otro bando” y a los movimientos de liberación nacional asociados a ellas ni siquiera puede provocar el derrocamiento del imperialismo, que es inherente al capitalismo. Objetivamente, la posición política de apoyar a un bando imperialista allana el camino para la militarización más amplia de la sociedad y la guerra capitalista. Los antiimperialistas llegan incluso a apoyar los programas nucleares de supuestos “Estados débiles”, lo que puede conducir a la culminación de la guerra capitalista y a la destrucción total.

La única salida a la espiral bélica es la acción proletaria internacionalista con un claro carácter anticapitalista. Nos negamos a ser cómplices de cualquier ejército y de cualquier Estado. No apoyaremos a ninguno de los bandos en guerra. La única solución frente a la guerra es la organización autónoma de clase que lucha contra el capital y el Estado en nuestro propio país y el apoyo práctico a los que se niegan a hacer el servicio militar. También implica el apoyo a los desertores y objetores de conciencia del “otro bando”, así como la solidaridad práctica con los colectivos políticos y sociales que luchan contra la guerra capitalista en Rusia, Ucrania, Israel, Palestina, Irán y en todas partes. En lugar de esta práctica, que es la condición mínima necesaria para no convertirnos en carne de cañón del capital, presenciamos calumnias inaceptables sobre el “colaboracionismo” y la “traición nacional” contra los camaradas anarquistas y comunistas y, más ampliamente, contra los colectivos de la clase trabajadora (por ejemplo, en Irán). Precisamente en este contexto, debemos expresar nuestra solidaridad con los —ciertamente escasos— objetores de conciencia en Israel, así como con aquellas fuerzas dentro de Israel que se resisten al genocidio que se está llevando a cabo en Gaza. La identificación de toda la población con su Estado es falsa, como demuestra el hecho de que 100.000 reservistas no se presentaran a filas tras la ruptura del alto el fuego por parte del Estado israelí. Hay que confrontar los incidentes de odio nacionalista israelí cuando ocurran. La lógica de los ataques indiscriminados contra turistas israelíes es racista, ya que atribuye la responsabilidad colectiva a toda la población, a la vez que debilita la ya débil corriente de oposición a la guerra dentro de Israel.

Estamos en contra de la guerra capitalista y de cualquier implicación del Estado griego en ella, en contra de la militarización de la sociedad y del aumento del gasto militar que se produce a expensas del salario social. Luchamos por la creación de un movimiento proletario internacionalista que no se someta a los intereses nacionales, al Estado y al capital, expresando solidaridad práctica con los colectivos proletarios y políticos —comunistas y anarquistas— que luchan en los países devastados por la guerra.

Nuestro objetivo es construir lazos y comunicación con los proletarios internacionalistas. Sólo a través de la unidad global del proletariado podremos derrocar esta barbarie impuesta por los Estados y el capital. No debemos dejarnos arrinconar, sino acabar con la guerra capitalista luchando contra quienes la provocan. Nuestra guerra no es nacional ni religiosa. Es una guerra de clases social y antiestatal.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

PEQUEÑA CONTRIBUCIÓN PARA LA SALVACIÓN DEL ENEMIGO INTERNO

Asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, octubre de 2024 (Thessaloniki, Grecia)

Original en griego: https://yfanet.espivblogs.net/2024/11/04/mikrh-symvolh-gia-ti-diaswsh-tou-eswterikou-exthrou

Introducción

Desde hace ya varios meses, la guerra sigue causando estragos en toda la región del Oriente Medio, después del ataque del 7 de octubre, con Israel procediendo a la destrucción de Gaza y el exterminio masivo de los palestinos. La guerra se agudiza con la participación de cada vez más agentes. En cuanto al discurso político que circula, parece estar polarizado. La esfera pública se ha dividido en dos bandos y los argumentos desplegados por ambas partes se han aferrado a la convicción de la «justicia» de su lucha: Israel tiene derecho a la autodefensa y los palestinos tienen derecho a la resistencia.

Aquellos que se muestran escépticos ante los polos establecidos, reconociendo una dimensión caótica en el conflicto o, más aún, aquellos que intentan interpretarlo centrándose en el conflicto social, se encuentran en una posición compleja. Por lo tanto, hablar de ello en las circunstancias actuales es una tarea difícil y exigente. Y esto se debe a que no se encuentra en la superficie del conflicto bélico, sino que está oculto por los gritos de la guerra. Lxs interesadxs deben buscar el conflicto social más allá de estos gritos, en un entorno no tan ideal.

Al mismo tiempo, es muy probable que lo que se encuentre en esta búsqueda resulte un poco decepcionante. Puede que los hallazgos no sean motivo de celebración, que no puedan convertirse en banderas e himnos. Es posible que suenen más como un llamado de atención que un toque de corneta para la contraofensiva. Puede que se trate de una historia con muchos callejones sin salida y pocas alternativas. Una historia con pequeñas victorias y grandes derrotas.

Aun así, creemos que vale la pena conservar esta perspectiva. Después de todo, sigue siendo útil para nosotros, precisamente porque lo que aprendemos de aquel conflicto refleja nuestra postura aquí. Sin duda, es un lujo poder ver desde una posición de relativa seguridad las formas en que el nacionalismo y el capital impusieron sus condiciones en la cuestión social en otro lugar. Se te da la oportunidad de ver qué salió mal, qué decisiones se tomaron y qué oportunidades se perdieron, antes de que las cosas se hundieran en el horror de la guerra. Se te da la oportunidad de pensar y actuar, antes de que sea demasiado tarde, antes de que tú también acabes como carne de cañón. Por lo tanto, creemos que debemos aprovechar esta oportunidad para enriquecer el debate público.

El siguiente texto resume algunos puntos que, como asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, consideramos útiles para comprender la situación actual. Se refieren tanto a aspectos del conflicto bélico en la región como a la postura del movimiento de solidaridad local.

Parte A: El estado de guerra en Palestina

 

La continuidad entre la guerra y la paz

Se dice que la guerra es la fiebre del capitalismo. El síntoma de una crisis capitalista, pero al mismo tiempo su cura. Esta comparación tiene puntos fuertes y débiles. Su punto fuerte es que identifica la conexión entre la guerra y la crisis de la acumulación capitalista. Su punto débil es que concibe la guerra (y la crisis) solo como un acontecimiento aislado.

Pero, ¿qué ocurre en un periodo en el que la crisis se agrava, revelando su carácter permanente? Es lo que estamos viviendo en los últimos años. Un periodo en el que la crisis capitalista adopta muchas y diferentes caras, y cada episodio se suma al anterior: crisis económica, «crisis migratoria», crisis sanitaria, crisis medioambiental, y así sucesivamente. Entonces, la guerra deja de percibirse solo como un conflicto entre dos o más ejércitos organizados, se fluidifica y aparece en cada vez más aspectos de la vida social y política. A su vez, también adopta diversas formas, algo que podemos observar fácilmente en la esfera pública: guerra contra la delincuencia, guerra contra la inmigración ilegal, guerra contra las catástrofes naturales, guerra contra el alto costo de vida, ¡guerra en todas partes! Se trata de un proceso de difuminación de los límites entre la guerra y la paz, ya que ambas situaciones se difunden la una en la otra. La preparación de la guerra tiene lugar en tiempos de paz, los estados se lanzan a una carrera armamentística, el ejército se encarga de la gestión de situaciones de crisis (como la migración y las catástrofes naturales), el miedo y la inseguridad se extienden por la sociedad, los «enemigos» acechan en cada esquina, el militarismo impregna la cultura dominante y, sobre todo, predomina la invocación de la unidad nacional. Todos juntos debemos unirnos, hacer sacrificios, para superar las dificultades. Por nuestro bien.

La situación que prevalece en Palestina es un ejemplo característico de la difuminación de los límites mencionados anteriormente. Desde hace varias décadas, se mantiene una tensión bélica en toda la región, con altibajos. Podemos afirmar que esta tensión gira en gran medida en torno a la gestión de una población que se encuentra en una situación de integración a través del aislamiento, en la forma particular que han adoptado las estructuras sociales allí. Pero, ¿qué significa todo esto más concretamente? A continuación, intentaremos esbozar la situación tal y como se había configurado antes del 7 de octubre de 2023.

La gestión de la población palestina por parte del estado israelí

El estado israelí, que tiene la mayor responsabilidad en la gestión de los palestinos, ha impuesto en las zonas de Gaza y Cisjordania un régimen de apartheid que, a su vez, ha provocado miles de fallecidos. Durante décadas, Israel ha marginado a esta población en una especie de prisiones abiertas, bajo estricta vigilancia, mientras que la explota cuando la necesita. Sin embargo, no es solo la mano de obra barata de los palestinos lo que resulta lucrativo para la economía israelí, sino su gestión general como personas prescindibles y peligrosas. Precisamente sobre esta gestión, Israel ha desarrollado a lo largo de los años una industria militar y policial que constituye una parte importante de su economía. Esta industria produce, entre otras cosas, tecnologías de vigilancia y sistemas armamentísticos, que se prueban sobre esta población antes de lanzarse al mercado. Desde esta perspectiva, podemos afirmar que la gestión militar de la población palestina tiene un carácter permanente y se retroalimenta con la industria bélica del estado israelí. Se trata de un ejemplo característico de cómo la guerra se entrelaza con la producción capitalista: la tensión bélica se mantiene, entre otras cosas, gracias a una industria bélica que necesita que la guerra continúe para poder desarrollarse.

Al mismo tiempo, esta población marginada y nacionalizada se utiliza para que Israel construya su cohesión social. El papel que se le reserva es doble: por un lado, se presenta como un elemento intimidatorio para la clase trabajadora israelí, como una reserva de mano de obra infravalorada que la presiona para que se alinee con las exigencias de sus jefes. Por otro lado, también funciona como chivo expiatorio, la figura hacia la que el estado israelí intenta dirigir el descontento social generado por sus políticas. En cualquier caso, su construcción como «extranjero» o incluso «amenaza» funciona como una forma de presión que vincula a la sociedad israelí al estado y a sus intereses. Sin embargo, para comprender mejor este proceso dinámico, debemos señalar también la estratificación racial dentro de la sociedad israelí.

Procesos de nacionalización: el ejemplo de los asentamientos

Con el paso de los años, la explotación de esta población palestina pasó a ser secundaria para el estado israelí, ya que la prioridad era la integración de los judíos que llegaban a Israel procedentes de otras regiones (África, Asia). Israel se vio obligado a cumplir sus promesas de crear un estado abierto a todos los judíos y a conceder derechos políticos y prestaciones sociales a esta nueva población. Sin embargo, su «integración» no fue un proceso sencillo. Los primeros habitantes israelíes disfrutaban de un estatus superior al de los recién llegados, que a menudo eran tratados como ciudadanos de segunda clase. Aún más abajo en la jerarquía se encontraban los árabes israelíes que habían permanecido en territorio israelí y, en la parte inferior, los palestinos en los territorios ocupados desde 1967, así como los/las inmigrantes con o sin papeles. Ante las reivindicaciones de inclusión de la nueva población, el estado israelí optó por enfrentarla a los palestinos. El pasaporte para la participación igualitaria en la comunidad nacional incluía la participación en colonizaciones violentas con el objetivo de desplazar a los palestinos y arrebatarles sus tierras, lo cual fue alentado e incluso organizado por el estado israelí. En resumen, dado que los nuevos ciudadanos no estaban dispuestos a sustituir simplemente a los palestinos como mano de obra barata, tendrían que demostrar por la fuerza que merecían algo mejor. De esta manera, el estado israelí logró no solo satisfacer en parte las demandas de los colonos, sino también encargarles la función de guardianes de la frontera, poniéndolos en una situación de fricción y tensión permanentes con la población palestina desplazada.

Con este ejemplo, podemos comprender mejor el vector que conecta el «dentro» y el «fuera» en esta relación de integración a través de la exclusión. Por lo tanto, no se trata de dos conjuntos homogéneos que se tocan en una línea divisoria. Por el contrario, entre la experiencia de lo «totalmente integrado» y lo «totalmente excluido», existe un espectro de condiciones intermedias de existencia. La vida de una israelí en Tel Aviv es diferente de la vida de un inmigrante judío de Rusia que vive en los asentamientos. Del mismo modo, la subsistencia de un árabe israelí difiere de la de un palestino en Gaza. Clasificaciones similares se encuentran en la mayor parte del planeta, solo que en esta zona concreta están sujetas a una delimitación más militar: diferentes derechos políticos, restricciones de movimiento, zonas separadas, muros, rejas, vigilancia armada, asesinatos. Sin embargo, esto no significa que estas delimitaciones no se renueven. Por el contrario, los violentos procesos de nacionalización de las expectativas sociales se producen de forma incesante, incluso en tiempos de «paz», ya que para los estados la integración nacional sigue siendo una cuestión pendiente. A través de su repetición, estos procesos tratan de integrar en su dinámica las condiciones sociales y políticas que se configuran en cada momento. Las determinaciones de clase, género y raza se refractan a través del prisma nacional y adquieren nuevos significados, creando al mismo tiempo diferentes percepciones sociales del interés nacional.

Las manifestaciones contra el Gobierno que tuvieron lugar en Israel unos meses antes del 7 de octubre fueron indicativas de tal diferenciación1. Aunque limitadas al ámbito de la ciudadania, demostraban que la sociedad israelí, al igual que el resto, no es un conjunto totalmente homogéneo, sino que sigue manteniendo una gran cantidad de divisiones sociales en su interior. El recrudecimiento de la guerra congeló estas manifestaciones e intentó lograr la ansiada unión de toda la sociedad detrás del Estado.

El papel de las organizaciones palestinas

Sin embargo, la responsabilidad de la gestión de la población palestina no se limita al estado de Israel, sino que se distribuye también entre las clases dirigentes palestinas. En esencia, se trata de élites económicas que surgieron de un liderazgo militar-burocrático de la lucha de la liberación nacional palestina y que se reproducen, en su mayor parte, a partir de la gestión de la ayuda económica internacional que llega a la región (Irán, Qatar), la explotación de la clase obrera palestina y el contrabando. Sus intereses están representados por las principales organizaciones que actúan en estos territorios, Hamás y la Autoridad Palestina (con Fatah como su principal organización interna). Estas organizaciones operan en relación directa o indirecta con Israel y desempeñan un papel contradictorio. Por un lado, actúan como guardianes del proletariado palestino y, por otro, como representantes combativos de sus intereses nacionales. En el marco de la relación de «integración mediante la exclusión» y dado que estos territorios no están formalmente anexados a Israel, se aprovechan de los beneficios del trabajo palestino y, al mismo tiempo, tratan de imponer un régimen de unidad nacional. Asegurar la paz social en el interior de su territorio, de modo que el proletariado palestino respalde el desarrollo y las aspiraciones de la clase dominante palestina. Sin embargo, las políticas de ambas organizaciones no coinciden plenamente, por lo que existen diferencias entre el modelo de Gaza y el de Cisjordania ya desde 2007, cuando Hamás ganó el poder en Gaza tras un conflicto armado con Fatah.

En Cisjordania, la clase dominante vinculada a la Autoridad Palestina no logró a lo largo de los años crear una actividad económica autónoma y terminó reproduciéndose en los márgenes de la economía israelí. Por supuesto, no fueron solo las restricciones de Israel las que le asignaron este papel, sino también el temor a exponerse a la competencia de las economías vecinas, que también disponían de mano de obra barata. La exposición a esta competencia la obligaría a entrar en conflicto directo con su clase trabajadora, con el fin de infravalorarla. Los empresarios palestinos asociados a la Autoridad Palestina consideraron que su vinculación con la economía israelí, por un lado, podría ser rentable para ellos mismos, al actuar como subcontratistas, y, por otro, no pondría en peligro su imagen ante la población empobrecida sobre la que ejercían control. Sin embargo, al final, tampoco se logró este objetivo. Con el paso del tiempo, una gran parte de la población palestina comenzó a desaprobar las políticas de la Autoridad Palestina, considerando que básicamente servían a sus propios intereses. Esto, a su vez, contribuyó a la deslegitimación de la Autoridad Palestina como representante de los palestinos2. Una deslegitimación que se expresó también como traición al interés nacional.

En la franja de Gaza, Hamás intentó trazar una política más autónoma, con el objetivo de crear un estado palestino. Invirtió en la creación de una red de túneles bajo su control, con el fin de obtener ingresos del desarrollo de la economía del contrabando. El objetivo era crear así su propia élite económica, que sustituyera a la anterior clase comercial, y constituir una red de reproducción social para la población. Sin embargo, su plan se basaba en la creación de relaciones clientelares y partidistas a través de las cuales se distribuirían los beneficios obtenidos, algo que pronto fue percibido por los habitantes de Gaza. Es más, el hecho de que la red de reproducción social que se creó no lograra satisfacer las expectativas de la población, llevó a Hamás, también, a enfrentarse a una crisis de legitimidad. En los últimos años han estallado en varias ocasiones manifestaciones contra la administración de Hamás, a la que se acusa tanto de mala gestión como de haber dado prioridad a su autorreproducción como mecanismo militar y partidista. Las últimas manifestaciones de este tipo tuvieron lugar en el verano de 2023, pocos meses antes del 7 de octubre3.

Estas organizaciones, aunque no son gobiernos de estados reconocidos, desempeñan la mayoría de sus funciones: organizan la vida social, económica y política de un territorio, tratan de crear estructuras básicas de reproducción social para atar a la población a su poder, se ocupan de la distribución de los recursos disponibles, mantienen el orden y reclaman el monopolio de la violencia. Pero también hacen algo más, quizás más importante: intentan en todo momento generar un «interés general» abstracto de toda la población (de todos los palestinos), con el fin de encubrir los intereses concretos y contradictorios que existen dentro de la sociedad, las relaciones de explotación y opresión. Cada vez que sus políticas provocaban la indignación de los palestinos, estas organizaciones se presentan a sí mismas como las verdaderas representantes de los intereses nacionales y dirigen el descontento social contra el «verdadero enemigo», es decir, Israel. Por otra parte, su historia está ligada a la militarización de las revueltas sociales. Se trata de ejemplos ilustrativos de cómo el estado surge como una relación a partir de los movimientos y se convierte en mecanismo.

La guerra como exportación de los conflictos internos

Hemos decidido exponer algunos aspectos de la situación que prevalecía en la región antes del 7 de octubre, con el fin de destacar algunas cuestiones que consideramos fundamentales. Aunque no es posible desarrollar en este texto toda la historia del conflicto, sí podemos mostrar algunos datos y extraer algunas conclusiones.

Vemos, pues, que en ambos «bandos», el nacionalismo funciona como el medio que oculta las divisiones sociales. A menudo se presenta como un movimiento que reclama la inclusión en el estado, expresando el deseo de una población de participar en una comunidad de «aquellos cuyas vidas tienen importancia». El nacionalismo es la forma en que el pueblo reclama al estado cuando se siente abandonado y con necesidades insatisfechas. Los intereses particulares deben expresarse como nacionales para adquirir validez, ya que es el lenguaje que habla el estado. Al mismo tiempo, el nacionalismo también aparece como ideología estatal, como un marco interpretativo y deontológico que el estado proporciona a la sociedad para comprender el mundo. A través de este punto de referencia, se señala a los culpables de los sufrimientos del pueblo, se demoniza a aquellos que se construyen como enemigos y se mantiene la paz social. Pero, ¿qué ocurre cuando los conflictos sociales han llegado a un punto crítico? Entonces, la guerra se encarga de resolverlos con violencia bruta, destruir a los que se consideran prescindibles y arrastrar por la fuerza a toda la sociedad detrás del estado. A través de la guerra, los asuntos internos de cada territorio se exteriorizan y se internacionalizan aún más, con cada facción del capital mundial proponiendo un modelo diferente de administración de la población para restaurar la acumulación en una región y trazar nuevas vías para la circulación de mercancías.

Existe una lógica capitalista más profunda que impulsa a los estados la necesidad de la guerra, la cual sale a la superficie cuando su capacidad para obtener el consenso social y seguir siendo competitivos a nivel internacional llega a su límite. Esto no significa que los intereses particulares desaparezcan. Por el contrario, las clases dominantes de cada epoca intentan aprovechar la crisis como una oportunidad y promover, en medio de la guerra, su propia agenda particular. Pero en la guerra no hay garantías. Hamás organizó el ataque del 7 de octubre sabiendo que las represalias de Israel serían implacables. Prefirió arriesgar a la población, cuyo apoyo estaba perdiendo, con la esperanza de convertirse en un actor internacional, reforzar su posición como potencia político-militar y romper los acuerdos económicos de Israel con los países árabes. Del mismo modo, el Gobierno de Israel esperaba que, con una guerra que arrasara la región, recordaría a sus aliados lo lejos que estaba un tratado de normalización, reafirmando su papel como responsable de imponer el orden. De esta manera, cree que doblegará el movimiento de oposición que se había desarrollado dentro de Israel y obtendrá acceso a nuevas vías económicas. Podemos afirmar que ninguno de los dos regímenes eligió simplemente la guerra, sino que se vieron obligados a hacerlo. Queda por ver si este salto desesperado los llevará al otro lado o los hará caer al vacío. Por desgracia, lo único seguro es que ambos escenarios se desarrollan a costa del bienestar de sus poblaciones.

Parte Β: «With great resistance comes great responsibility»

A partir de lo anterior, se comprende que el conflicto no se da entre el bando de los «buenos» y el bando de los «malos», a pesar de la evidente asimetría de las fuerzas militares. Es verdad que el ejército israelí, esa máquina ultramoderna de exterminio de proletarios, ha arrasado prácticamente Gaza. Más de 40.000 personas han muerto, miles han emigrado, las infraestructuras han quedado destruidas y la población se hunde en una situación de crisis alimentaria y sanitaria. La resistencia palestina, por su parte, dispone de una máquina de exterminio de proletarios mucho menos desarrollada, lo que se refleja en el campo de batalla. Más allá del ataque del 7 de octubre, que costó la vida a unas 1.200 personas, Hamás solo ha logrado algunos golpes esporádicos dentro de Israel. Entendemos, por supuesto, que la destrucción de Gaza genera sentimientos espontáneos de identificación con la experiencia de los palestinos, ya que funciona como una condensación de la violencia sistemática que han sufrido durante años por parte del estado israelí. Sin embargo, consideramos errónea la petición de igualdad en la guerra. Y ello por dos razones. En primer lugar, porque la guerra capitalista no se libra en términos de caballerosidad, como un duelo en igualdad de condiciones entre dos partes. Esta asimetría es bastante habitual en el contexto de las guerras capitalistas, que rara vez se libran entre dos adversarios iguales. En segundo lugar, porque esta exigencia implica una mayor matanza. Una guerra sin fin. En resumen, no creemos que la solución al horror de la guerra pase por exigir su reparto equitativo, sino por su cese.

La simetría que queremos mostrar se refiere a lo que ya estaba ocurriendo antes de que se agravara el conflicto bélico. Es la simetría de los nacionalismos que se alimentan mutuamente. Existe una compleja red de relaciones de poder y explotación que atraviesa ambas formaciones sociales. Son el nacionalismo y la guerra los que intentan eliminar estas contradicciones en el interior de cada sociedad, con el fin de presentarlas como homogéneas. Esta es la razón por la que no compartimos el entusiasmo de una parte del movimiento por la lucha de liberación nacional palestina, aunque nos posicionamos en contra de la guerra y el régimen de apartheid en la región. Nuestra preocupación no radica solo en la orientación ideológica de Hamás, sino en que esta lucha intenta por la fuerza eliminar las divisiones sociales en el interior de su territorio.

¿Lo discutiremos más adelante?

Por supuesto, una parte del movimiento no parece preocuparse por esto, ya que le preocupan más las cuestiones de maniobras tácticas. Lo que se plantea como prioridad en muchos enfoques es la derrota de las fuerzas imperialistas a cualquier costo. En este contexto, no se considera un problema aliarse con una clase burguesa nacional, ya que se hace hincapié en la distribución del poder entre los estados capitalistas y no en las relaciones de poder y explotación. Del mismo modo, el hecho de que, en el marco de una lucha de liberación nacional, las autoridades locales refuerzan su poder sobre la población que controlan, se presenta como algo secundario, algo que puede resolverse tras la liberación del estado «débil» del «fuerte». Pasos, etapas, programas políticos, planes sobre el papel y alianzas tácticas se enumeran en la esfera pública del movimiento social, como si nunca hubiesen críticas a las visiones que presentaban la revolución como un programa político a aplicar. Estos enfoques olvidan una serie de ejemplos históricos en los que los líderes de los movimientos de liberación nacional se convirtieron en regímenes autoritarios, procedieron a purgas internas de disidentes y extendieron la relación capitalista en su territorio, completando el trabajo que habían dejado a medias los imperialistas. Queda por ver, por supuesto, si la historia se repetirá.

Por nuestra parte, entendemos el capitalismo, ante todo, como una relación cualitativa, más que cuantitativa, basada en la mercantilización coercitiva de las relaciones humanas y la organización de la vida en torno a la producción de beneficios. Dado esto, podemos decir que el imperialismo no es la etapa superior del capitalismo, sino una de sus características fundamentales. La relación capitalista es intrínsecamente expansiva y trata de colonizar cada rincón geográfico del planeta y cada actividad humana. En este proceso expansivo, el estado nacional es la forma que adopta la acumulación de capital en cada región. La distribución desigual del poder entre los estados nacionales está relacionada en gran medida con la forma en que cada uno somete a su población y la integra en los procesos de explotación. En otras palabras, su capacidad de ascender en la jerarquía capitalista depende también de su capacidad para oprimir y explotar en su interior. Por lo tanto, la restauración de la «desigualdad» a nivel transnacional no implica el bienestar de una población. Lamentablemente, muchos enfoques, al centrarse exclusivamente en lo que perciben como «la etapa superior del capitalismo» o «la forma extrema del capitalismo», terminan oscureciendo todas las demás relaciones de poder.

A lo largo de la historia del movimiento social, percibimos las voces que insistían en que el enfoque exclusivo en el movimiento obrero masivo silenciaba la existencia de otras formas de opresión y explotación, como las mujeres, los negros, los estudiantes y los precarios. Del mismo modo, dentro del movimiento feminista, nos inspiramos en las críticas que señalaban la diferencia entre la experiencia de las mujeres blancas y las negras. Además, dentro del movimiento local, intentamos incorporar los enfoques autocríticos que ponían de manifiesto un carácter helenocéntrico (centrado en grecia) que repelía a los inmigrantes. Por último, dentro de nuestros propios procesos políticos, intentamos abrir espacio para todo aquello que nos recuerda que las jerarquías informales siguen reproduciéndose también en nuestro interior. ¿Nos preguntamos, pues, cómo podemos apoyar una perspectiva que afirma que los palestinos constituyen un cuerpo indivisible, sin contradicciones, que tiene un único interés?

Nacionalismo a plazos

No es, por supuesto, la primera vez que nos encontramos con estas opiniones dentro del movimiento social, pero las hemos señalado muchas veces en el pasado reciente, con motivo de los conflictos bélicos en diversos rincones del planeta. Al mismo tiempo, no son las únicas que consideramos problemáticas en la esfera pública del movimiento. Por el contrario, en la coyuntura actual, se complementan con un conjunto de opiniones que tratan de bloquear la mirada crítica de los hechos, acusando a quienes no pueden identificarse con una lucha de liberación nacional de ser privilegiadas occidentales blancas. Por lo que parece, para estos enfoques, no importa que sean igualmente «privilegiado y occidental» apoyar una resistencia bajo Hamás y, además, desde la seguridad. Es decir, sin necesidad de organizarse, luchar y morir por esta organización.

Su pobreza radica en una concepción estrecha que ve el poder solo en su dimensión represiva/opresiva y no en la productiva. De esta perspectiva se deriva también un enfoque puramente afirmativo sobre la cuestión de la identidad nacional. Lo que se deja fuera no es solo cómo se constituye cada identidad nacional, sino también cómo su reproducción conduce a la subordinación de cualquier otra determinación que pueda tener un sujeto. Veamos el ejemplo de la identidad palestina, que surgió a raíz de procesos de racialización violenta: una población se vio sometida a la represión, fue sistemáticamente menospreciada, se le prohibió la libertad de movimiento, sus necesidades se disminuyeron a las básicas, su vida se redujo a la supervivencia y la diversidad que llevaba dentro se eliminó para finalmente encajar en la definición que le atribuían a la fuerza: Palestino. Sin duda, la fuga de la prisión en la que los han encerrado parte de esta definición. Sin embargo, esta identidad ha quedado marcada de forma permanente por la violencia que la engendró. Su reproducción contribuye a la propagación de la violencia y al refuerzo de una percepción mutilada y unívoca de sí mismo por parte de sus portadores. Las décadas de lucha de los proletarios palestinos contra Israel se caracterizan precisamente por esta reproducción de la identidad palestina, a menudo reprimiendo las tendencias que se desarrollaron en el seno de estas luchas para superarla. En pocas palabras: en el momento en que estallan las bombas y el nacionalismo toma el control, cualquier otra identificación social queda sofocada. Nadie puede ser otra cosa (mujer, hombre, queer, trabajador, jefe, derechista, izquierdista, etc.) más allá de palestino (o, respectivamente israelí). O primero hay que ser palestino y luego cualquier otra cosa. Por lo tanto, si criticamos la resistencia palestina, no tiene que ver con el hecho de que sea una «lucha parcial». Por el contrario, tiene que ver con el hecho de que apunta a una universalización abstracta, eliminando por la fuerza cualquier contradicción social particular. Queremos preservar estas contradicciones sociales particulares de ambos bandos.

Por supuesto, reconocemos que muchas de las críticas que hacemos se basan en corrientes teóricas y movimientos que intentaron cuestionar las Grandes Narrativas del pasado y poner de relieve aspectos silenciados de las relaciones de poder que habían quedado marginados. Sin embargo, la ausencia de cualquier rastro de reflexión sobre cómo surge la experiencia de la opresión y la yuxtaposición copulativa de identidades conduce al resultado contrario. Si comparamos el «derecho a la propiedad de la tierra», la defensa de una «cultura oprimida que está siendo alterada», la preocupación por «las costumbres y tradiciones que deben preservarse» y la invocación de «tradiciones que conllevan la sabiduría de siglos», lo que obtenemos son los elementos protoideológicos del nacionalismo. Se trata de los materiales que utiliza el nacionalismo para construir su narrativa, basándose en la condición psíquica de la intimidad perdida, en la tristeza que provoca algo que creemos haber perdido, cuando en realidad nunca nos perteneció. Lo único que consiguen estas concepciones esencialistas, que ven a la nación como algo preexistente detrás de cada comunidad humana, es borrar toda la historia de la humanidad, que incluye mezclas de poblaciones y apropiaciones mutuas de elementos culturales. Al final, terminan sirviéndonos un nacionalismo a plazos.

¿Quién tiene la culpa?

Consideramos que los dos enfoques mencionados anteriormente, el que podríamos llamar antiimperialista y el que intenta organizar de manera fragmentaria un conjunto heterogéneo de puntos de vista, bajo el paraguas de la anti(post)colonialismo, comparten un punto de partida común. Parten de una necesidad que ahora se encuentra ampliamente extendida dentro de los movimientos. Se trata de la necesidad de simplificar, con el fin de explicar el mundo capitalista en sus innumerables expresiones. Existe una inquietud entre muchos activistas por dar rostro a esa fuerza impersonal que domina el mundo y hace que todo gire en torno a la creación de beneficios. Sería muy conveniente que alguien encarne el papel del archicapitalista, el que mueve los hilos y domina nuestras vidas, siendo responsable de nuestros sufrimientos. Nuestra lucha sería así más fácil, tendría un objetivo claro. Del mismo modo, sería preferible que la compleja red de poderes y explotación que nos envuelve en su dinámica se presentara como un dípolo arquetípico: buenos vs. malos. Lo único que se necesitaría entonces, si el conflicto social lograra cristalizarse en dos bandos aislados que se enfrentan cara a cara, sería una identidad ampliada, un punto de referencia simbólico, para que los «buenos» pudieran identificarse entre sí.

Lord Byron de Lidl*

*Lidl: cadena de supermercados baratos

Como nos ha demostrado la larga historia del movimiento social, la construcción de una Gran Narrativa suele ir de la mano de la construcción de un Sujeto Revolucionario. Observamos, pues, una tendencia dentro del movimiento a buscar este sujeto en algún punto, supuestamente, externo al capitalismo. En un punto que parece purificado de la suciedad capitalista y, por lo tanto, ideal para iniciar el ataque al capital. Las llamadas poblaciones excedentes se encuentran cada vez más a menudo en esta posición, lo que supone una inversión del análisis clásico de la clase obrera. Si en el pasado era la clase obrera la que estaba destinada a hacer la revolución debido a su posición objetiva dentro de la producción, hoy en día esta cualidad se transfiere a las poblaciones excedentes por la razón opuesta: porque son expulsadas de la producción capitalista. En otros enfoques, este «fuera» se define en términos retrospectivos, lo que conduce a la idealización de tradiciones, costumbres, culturas y otros elementos culturales que prevalecían en las regiones antes de la acumulación primitiva, con la esperanza de que allí sobreviva un deseo insaciable de las personas por comunidades más allá del capital.

En los casos anteriores, la incapacidad de comprender cómo el «exterior» y el «interior» se producen mutuamente como aspectos complementarios de la totalidad capitalista, conduce al apoyo de una forma capitalista frente a otra o a la idealización de formas precapitalistas del poder: frente a Occidente, se opone Oriente; frente al centro, la periferia; frente a los muertos de un bando, los muertos del otro; frente a las coacciones mediadas por el capital, la violencia directa de los vínculos precapitalistas; frente al capital globalizado, la comunidad de la nación. Se trata de una tendencia de la época. En muchos lugares del mundo se está produciendo un desplazamiento conservador, de tal manera que la nación aparece como un refugio de fortalecimiento frente a la inestabilidad que generan las crisis del capitalismo globalizado. Al parecer, ni siquiera los movimientos permanecen inmunes a este cambio, ya que, no lo olvidemos, también forman parte de la sociedad y son parte integrante de ella.

Epílogo: lo que se puede salvar

El realismo capitalista ha logrado imponer su propio horizonte en nuestro pensamiento y limitarnos a las opciones ya existentes. No es paradójico, por tanto, que surjan voces que rechacen la propuesta de luchas comunes de palestinos e israelíes contra el apartheid, con la justificación de que es algo inalcanzable y poco realista, y a pesar del hecho de que ya existían indicios de tales enfoques en la región hasta antes del inicio de la guerra4. Lo único que se presenta como «realista» es la continuación de la guerra y el aumento del número de muertos, hasta que se convierta en un conflicto generalizado o conduzca al exterminio de los palestinos o la expulsión de los judíos, según el bando que defienda cada uno. Estas son las opciones «realistas» que se nos ofrecen y que nos obligan a elegir bando.

Para nosotros, cualquier cosa que se proponga como «solución», ya sea en su versión más reformista o en la más revolucionaria, ya se trate de la creación de uno, dos o diez estados, ya se trate de confederaciones y comunas, presupone transformaciones sociales radicales. Supone el retroceso de los nacionalismos y el fin del apartheid. No creemos que la solución dependa de si las masas seguirán al pie de la letra la receta inspirada la oficina política de turno. Depende de si la gente de allí quiere y puede imaginar formas de coexistir. Pero para que eso suceda, la guerra debe terminar. Ese es el principal desafío que vemos en este momento. Ya hemos defendido que lo que decimos sobre Palestina se aplica, en primer lugar y ante todo, a nuestro propio estado. Refleja nuestra postura aquí. En este sentido, nos sentimos lo suficientemente seguros como para ser un poco más concretos. Por ello, al final de este texto, nos gustaría destacar tres puntos de escape del sombrío futuro que nos espera.

Primero. La gestión de la población palestina allí se refleja en la gestión de la inmigración aquí. La deshumanización de quienes son etiquetados como «extranjeros» y «peligrosos», el fomento de un clima de apatía social e indiferencia por sus vidas, el desarrollo de un mecanismo policial-militar para controlarlos y reprimirlos, son cosas que están sucediendo en este momento, en el lugar donde vivimos. Este tipo de políticas exacerban el descontento social, vinculan a la población al discurso nacional y alimentan una lucha de «tu muerte es mi vida», ya que se ha consolidado la idea de que cualquiera podría encontrarse marginado y ser considerado prescindible. Desde esta perspectiva, el esfuerzo por construir comunidades de locales e inmigrantes es el único camino si queremos levantar barreras contra el canibalismo social. Una opción que, por difícil que sea, es igualmente necesaria.

Segundo. Debemos oponernos a la participación del estado griego en la guerra, pero también a todos los preparativos bélicos que le gusta anunciar. Los ejercicios conjuntos con fuerzas aliadas, las «carreras armamentísticas», las «batallas» contra los fenómenos naturales y, por supuesto, la participación en el matadero de la guerra, intentan, entre otras cosas, crear un clima social en el que la guerra sea una opción realista para gestionar la cuestión social. Lo que no nos interesa, por supuesto, es hacer política exterior. Sabemos que las alianzas interestatales son volátiles y que no tiene sentido presionar al estado para que cambie de «aliados». Además, la reciente guerra entre rusia y ucrania nos ha demostrado que la «neutralidad» puede ser aceptable en el marco de una política exterior nacionalista («ni con ni con Rusia ni con Ucrania, nuestro enemigo es Turquía»). Las posiciones pacifistas serán antinacionales o no serán nada.

Tercero. El militarismo es el lugar donde van las revueltas para morir. Lo único que garantiza la militarización de los movimientos y las revueltas es la formación de un cuerpo de combatientes dentro de ellos, que desea ascender a su liderazgo. La centralización de la contra-violencia del movimiento social no produce luchadores, sino cuadros partidistas y aplaudidores. Detrás de la postura que afirma que «los medios crean los fines», no solo vemos ingenuidad, sino también deseo de poder. Por lo tanto, si una faceta de nuestra acción se centra en la crítica del ejército como institución, la otra faceta debe erradicar del movimiento el heroísmo, la valentía, el martirio y la necrofilia que nos ha legado la izquierda.

Por último, queremos señalar, una vez más, que las decisiones de los proletarios allí nos conciernen directamente, porque pedirán de nosotros que vayamos a luchar si empiezan a caer bombas también en nuestro territorio. Por nuestra parte, no estamos dispuestos a hacer tal cosa, ni con ejércitos regulares ni con agrupaciones de izquierda. Sin embargo, estamos dispuestos a asumir el papel de enemigo interno, traidoras y desertores. Tanto frente al aparato estatal, que nos pedirá que seamos carne de cañón, como frente a las aspirantes a liderazgos del movimiento que intentarán definir las prioridades de nuestra lucha. En la fase actual, esto es lo mínimo que podemos prometer.

Fabrika Yfanet



CESE INMEDIATO DE LAS ACCIONES BÉLICAS



BOICOT A LA PARTICIPACIÓN DEL ESTADO GRIEGO
EN LA GUERRA



APERTURA DE LAS FRONTERAS – SOLIDARIDAD
CON LAS MIGRANTES



SOLIDARIDAD CON TODOS LOS DESERCTORES



LUCHAS COMUNES DE ISRAELÍES Y PALESTINOS
CONTRA EL APARTHEID







Notas al pie

1 https://www.efsyn.gr/kosmos/mesi-anatoli/400733_oi-israilinoi-epimenoyn-ka-ta-tis-dikastikis-metarrythmisis

2 https://www.aljazeera.com/news/2023/10/11/what-is-the-palestinian-authority-and-how-is-it-viewed-by-palestinians

3 Las mayores manifestaciones de la población palestina contra el gobierno de Hamás tuvieron lugar en 2019 (https://www.aljazeera.com/news/2019/3/19/gaza-rights-groups-denounce-hamas-crackdown-on-protests) y las mas recientes en el verano del 2023 (https://www.lemonde.fr/en/international/article/2023/07/30/thousands-of-marchers-in-gaza-in-rare-public-display-of-discontent-with-hamas_6073136_4.html).

4 Algunas iniciativas recientes de acción conjunta pueden encontrarse en la entrevista de Georges Mehrabian (https://www.aftoleksi.gr/2023/11/14/koinoi-agones-ar-avon-evraion-chtes-amp-to-simera-synenteyxi-ton-zorz-mechrampian) Por supuesto, hay ejemplos de luchas comunes de israelíes y palestinos a lo largo del siglo pasado. Algunos de ellos fueron la colaboración entre trabajadores árabes y judíos que trabajaban en los ferrocarriles durante el periodo de entreguerras (cuando Palestina estaba bajo mandato británico), la huelga conjunta de conductores de autobús árabes y judíos en 1931, la huelga conjunta de trabajadores judíos y árabes de Tempo Beers en 2000, varias organizaciones de mujeres que agrupan a feministas israelíes y palestinas, la organización judía KavLaOved (escisión de Matzpen) que ofrece asistencia jurídica tanto a trabajadores judíos como árabes (pero también a inmigrantes de terceros países), activistas pacifistas, anarquistas judíos que mantienen contactos con organizaciones palestinas y participan en las protestas contra la construcción del muro que separa los territorios palestinos ocupados en enclaves, israelíes que se niegan a alistarse en el ejército o son objetores de conciencia, etc.



* * *



Este texto fue escrito por la asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, en octubre de 2024. Se distribuye gratuitamente en centros sociales, ocupaciones, espacios sociales y los gastos se cubren con aportacion voluntaria. La versión electrónica del folleto se puede encontrar en https://yfanet.espivblogs.net

Para comentarios, críticas o cualquier pregunta, existe la dirección contact@yfanet.net

Alternativamente, todos los martes a las 20:00, en la esquina de Omirou y Perdika, Kato Toumba, Thessaloniki, Grecia.

domingo, 28 de noviembre de 2021

[Grecia] CONTRA LA VACUNACIÓN OBLIGATORIA Y SUS CRUZADOS

por la Asamblea contra el biopoder y el confinamiento (que incluye a TPTG) 

20 de julio de 2021, Grecia
publicado por TPTG www.tapaidiatisgalarias.org/?p=816 (traducido del inglés)

El miércoles 14 de julio por la tarde, la gente reunida en la plaza de Omonia comenzó a desplazarse gradualmente desde la plaza hasta la calle Stadiou. Al principio parecía que no había más de 1.500 personas en la plaza, pero, como suele ocurrir cuando se inicia una manifestación, se supo que llegaron a ser entre 4.000 y 5.000. Muchos jóvenes, familias, gente acomodada pero no necesariamente pija, una mezcla de comerciantes y trabajadores. (Según algunas informaciones, la convocatoria inicial la hizo un grupo de Facebook de derechas llamado "Tiendas sin injerto"). La gente no parecía tener mucha experiencia en manifestaciones. Sin embargo, los conocidos chiflados no estaban presentes (sacerdotes, monjas y otros que habían participado en las manifestaciones contra el acuerdo de Prespa, ya se habían reunido en la plaza Syntagma y los estaban esperando). Se veían algunos chavales musculosos, algunas banderas griegas (no se veían más de 10) y 2 pancartas improvisadas con spray ("No a la vacunación obligatoria, queremos libertad"). Desde el principio, hubo excitación entre los congregados por el tamaño de la multitud (muchos se hicieron selfies con Omonia al fondo, para que se viera el cuerpo principal de la manifestación), entusiasmo expresado al principio de la manifestación con aplausos y gritos masivos, pero luego no hubo especial excitación: 2-3 consignas básicas, nacionalistas y "antifascistas" ("Grecia, Grecia", "fascista Mitsotaki, ¡dimisión!", "Abajo la dictadura de Mitsotakis", "No toques a nuestros hijos" + el himno nacional). No sería exagerado decir que asistimos al nacimiento de nuevos minipartidos de derecha y extrema derecha, una revuelta de la derecha, sobre la base de una cuestión social existente que grandes sectores de comunistas y anarquistas se niegan a reconocer como tal. En la plaza Syntagma, junto a los cristianos, estaban los neonazis de Pro Patria, alineados al estilo militar. En la parte baja de la plaza había una pequeña multitud reunida bajo la bandera de “Contra Distopía” y otras 4 organizaciones democráticas y antifascistas contra la "discriminación y el bioterrorismo". Aquí describen la concentración desde su punto de vista y cómo fueron atacados por los fascistas de Pro Patria

Imágenes: https://contradystopia.blogspot.com/2021/07/blog-post_16.html

La verdad es que una gran parte del entorno antiautoritario/anarquista y de la izquierda como antiguos partidarios consecuentes de los cierres y ahora ardientes cruzados del movimiento de vacunación, no sólo guarda silencio sobre la cuestión de la vacunación obligatoria y sus consecuencias para la clase trabajadora, sino que encuentra mucho más interesante deconstruir con avidez el término "apartheid sanitario", idolatrar la ciencia, la tecnología y el discurso tecnocrático como formas de relaciones capitalistas, identificar cualquier crítica a estas formas con la "irracionalidad" y el "oscurantismo", hacer "fact-checking" de cualquier planteamiento crítico a la propaganda estatal de las nuevas vacunas de forma obsesiva, relativizar y ridiculizar cualquier reserva/reacción/resistencia, rebajar una cuestión social a una "elección individual" restando importancia a las gigantescas dimensiones de la campaña estatal que legitiman, ser indiferente a las divisiones y mandatos impuestos en el trabajo y la vida social. Al renombrar la responsabilidad individual como responsabilidad social, instan a la gente a seguir fielmente las medidas impuestas por el Estado en nombre de una vaga "solidaridad" y "conciencia social".

Por eso, un llamamiento de la izquierda o del entorno antiautoritario/anarquista no reuniría a tanta gente. Decimos esto porque consideramos la vacunación obligatoria como el último episodio de la gestión biopolítica de la pandemia, contra la que la resistencia ha sido mínima a lo largo de la misma.

La vacunación obligatoria es una medida más (emblemática) del "estado de emergencia" impuesto, la continuación de los cierres patronales, las multas, la ideología capitalista de la responsabilidad individual, la reducción del gasto estatal en salud reproductiva, la reducción de los salarios y el aumento de los despidos, por otros medios. Las vacunas son actualmente la solución barata y ventajosa para el capital a la cuestión del mantenimiento de la salud de la fuerza de trabajo bajo su mando. El análisis de Foucault sobre el biopoder es bien conocido: todas las técnicas médicas y otras técnicas anatómico-políticas y biopolíticas disciplinantes tienen como objetivo aumentar la salud y la capacidad productiva de la fuerza de trabajo, la larga duración de la vida laboral y el vigor de los soldados al servicio de la nación. Esto no significa, sin embargo, que las inversiones en la reproducción de la fuerza de trabajo deban ser también caras, es decir, perjudiciales para los beneficios del capital, sobre todo en un momento en que la crisis permanente de las relaciones capitalistas exige una gran devaluación del capital productivo y reproductivo. De ahí que la solución barata de las vacunas, que por un lado se lanzan como panacea para la pandemia, por otro lado alejan el debate público sobre la satisfacción de las necesidades proletarias del necesario, bajo control de sus usuarios, apoyo a los servicios sanitarios bajo control de sus usuarios en general; en términos financieros esto requeriría un aumento de la fiscalidad de los beneficios del capital y en términos de su contenido requeriría un cuestionamiento práctico de la forma alienante capitalista de la medicina.

La izquierda (y gran parte del entorno antiautoritario) murmura algunas objeciones a los despidos, pero habiendo priorizado la adhesión a las "medidas de seguridad" estatales, como los encierros, las mascarillas, las medidas de distanciamiento social, todas esas vacunas de dudosa calidad y seguridad con nombres extraterrestres, etc., no llaman a ninguna resistencia a la vacunación obligatoria. Como no llamaron a ninguna resistencia a la tele-educación a distancia, al teletrabajo a distancia, al encierro de meses que llevó a 1/5 de la población a la depresión, a la violación sistemática de los derechos individuales, sociales y laborales. Por no hablar de que en muchos casos, como el de la tele-educación a distancia, ya ha sido la punta de lanza de su violación, permitiendo al Estado convertir la irregularidad en ley.

Sin embargo, las repercusiones de la desobediencia a las medidas gubernamentales de vacunación obligatoria de los trabajadores del sector público y privado en el contexto de la mejora constante de los derechos de gestión a partir de marzo de 2020 podrían ser de pesadilla. El chantaje que se impondrá a los trabajadores de los sectores público y privado que no decidan vacunarse ya ha comenzado: en el sector público intentan burlar incluso a las autoridades "disciplinarias" habituales mediante procedimientos acelerados para que los trabajadores puedan ser sancionados directamente con traslados forzosos de puesto o incluso despidos. Imagínense las consecuencias si esta situación se generaliza, es decir, en el caso de negarse a realizar el aprendizaje a distancia. ¡Ya con los poderes adicionales otorgados a los directores de las unidades escolares los profesores que se resisten al proceso de evaluación están a punto de ver recortados sus salarios! Quien se niegue a vacunarse o a ser evaluado o a otra cosa más adelante... ¡arriesgará su salario o su despido!

Al mismo tiempo, pretenden introducir despidos sin indemnización en el sector privado, si se considera que un empleado no vacunado perjudica la rentabilidad de la empresa. Y antes de despedirnos, nos suspenderán inicialmente sin sueldo por si mostramos algún signo de cooperación.

Cuando la clase obrera se enfrenta a un problema que debe ser resuelto inmediatamente, como la atención sanitaria (y no nos referimos simplemente a la covid-19) y la protección de sus salarios directos e indirectos, debe redescubrir sus armas políticas e intelectuales, las formas de vida que la mantendrán dispuesta a luchar. Nosotros, las bases, debemos presionar a los sindicatos para que tomen decisiones en contra de la vacunación obligatoria y apoyen a los que deciden no vacunarse, y al mismo tiempo formar una comunidad de lucha proletaria no corporativista, fuera de los sindicatos, que no sólo se solidarice con los que rechazan la vacunación obligatoria sino que rompa estas divisiones en el contexto de la negación total de la gestión estatal de la pandemia.

Si los anuncios relevantes de los sindicatos siguen la lógica de POEDIN (sindicato del personal sanitario de hospitales públicos), como se refleja en su reciente anuncio, "El personal médico participa masivamente en el proceso de vacunación, pero se le victimiza con inexactitudes y datos distorsionados. Estamos en contra de la vacunación obligatoria del personal sanitario y asistencial porque vulnera las libertades constitucionales y los derechos individuales. Todos los trabajadores sanitarios serán vacunados mediante el uso de la persuasión. La coacción o la imposición de medidas disciplinarias conducen a los resultados contrarios", entonces estamos jodidos.

Con medidas de "persuasión" similares, los sindicatos de profesores llevaron a sus miembros a la enseñanza obligatoria a distancia. Por otro lado, afortunadamente, la decisión del sindicato de trabajadores del hospital AHEPA, que se opone a la vacunación obligatoria y a las sanciones de despidos y recortes salariales, convoca un paro laboral sobre el tema.

Así pues, mantengámonos alejados de pseudoimperativos como los planteados por la actual manifestación de "lucha" a favor de la vacunación por parte del PC, que supuestamente reclama medidas de apoyo al sector de la sanidad pública, pero al mismo tiempo exige un "programa global de vacunación pública gratuita", ¡como si el gobierno ofreciera otra cosa!

Rompamos las divisiones definidas por el Estado y el capital incluso con el riesgo individual, negándonos a demostrar certificados de enfermedad y de vacunación (los que nos vacunamos por razones individuales) para acceder a los lugares donde no se permite la entrada a los no vacunados, en solidaridad con ellos (como una forma de huelga de consumo).

Porque sólo una verdadera LUCHA, que ataque la gestión estatal de la pandemia en su conjunto y en todas sus formas, la enseñanza a distancia/el teletrabajo, los constantes cierres patronales, la violación de los derechos laborales con el pretexto de la pandemia y la medicalización de las cuestiones sociales puede crear verdaderas rupturas que lleven a la autodeterminación proletaria y al cuestionamiento de la distopía que vivimos desde hace 1½ años.

REDUCIR LA JORNADA LABORAL A LA MITAD ¡DUPLICAR NUESTROS SALARIOS!

¡ESTO MEJORARÁ NUESTRA SALUD!

 

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Agregamos un comentario publicado en el mes de agosto en Dialectical Delinquents https://dialectical-delinquents.com/covid1984-latest/greece-against-mandatory-vaccination-its-crusaders/?unapproved=344185&moderation-hash=1fa66cf7c5886f10b869d105ea4a3e72#comment-344185 

Tal vez debamos entrar en algunos detalles sobre nuestras premisas teóricas básicas para que no haya malentendidos.

El uso y la promoción forzada de las vacunas debe analizarse en el contexto de la gestión estatal de la pandemia en su conjunto. Desde marzo de 2020, cuando comenzó la pandemia, el Estado -con la ayuda de los sindicatos, los partidos políticos y el cumplimiento generalizado de la ideología de la "responsabilidad individual"- ha gestionado la crisis de forma barata [1] y beneficiosa tanto para él como para el capital.

Frente a esta nueva crisis en medio de una crisis de reproducción de las relaciones capitalistas, el Estado, después de haber desencadenado primero el pánico de las masas, optó por cerrar ciertos sectores de la economía (relacionados con la circulación de mercancías no esenciales) e impuso medidas para proteger, al menor coste posible, la mayor parte de la fuerza de trabajo necesaria, habiendo ya proscrito una parte de ella.

¿Por qué? Porque esta es la función y la naturaleza de este Estado. El Estado capitalista se ha encargado de gestionar la vida de cada trabajador por separado, y de la población en su conjunto, en cada etapa de su desarrollo dentro de la fábrica social, aumentando su productividad y desarrollando tecnologías de dominación y autodisciplina. La forma que ha adoptado la reproducción ampliada de la fuerza de trabajo -la mercancía más valiosa- en el Estado capitalista moderno, y en particular en el Estado del bienestar, ha sido en las últimas décadas la biopolítica. Este modo biopolítico en el que se ejerce el poder del Estado capitalista es protector y al mismo tiempo represivo cuando se trata de la gestión de la fuerza de trabajo bajo su mando. Al Estado no le interesa explotar la fuerza de trabajo insana (o indisciplinada). Por lo tanto, si el análisis parte de la reproducción ampliada de la fuerza de trabajo, no puede limitarse a examinar la rentabilidad capitalista de un sector concreto, (es decir, las empresas farmacéuticas).

Así, para el capital, "protección" y "salud" significan una clase obrera capaz de producir y consumir mercancías asalariadas, que no enferma y que, cuando lo hace, su capacidad de trabajo y de producción de plusvalía debe ser reparada y restaurada al menor coste posible para el capital y de forma disciplinada, es decir, sin cuestionar la forma en que esta reparación/reproducción es organizada por el Estado. Por eso, sobre todo en periodos de crisis agudas como el actual, la "salud pública" y el "orden público" se vuelven inseparables. Además, como "guardián de la salud pública" y "protector" de todos nosotros en la "sociedad civil", el Estado capitalista debe mantener su legitimidad, pero siempre en sus propios términos, es decir, impidiendo la autoactividad de la clase trabajadora y previniendo cualquier cuestionamiento práctico de las políticas estatales. Al mismo tiempo, desde el principio hubo esfuerzos implacables para desviar el debate público del aumento de los costes reproductivos, la búsqueda de las causas fundamentales de las pandemias de los últimos veinte años y el control proletario de los servicios sanitarios.

Por supuesto, no confundimos las necesidades e intereses del estado capitalista con nuestras necesidades e intereses de clase. La salud y la protección que promueve el capital no tienen ningún valor objetivo o evidente para nosotros. En el mejor de los casos, la "salud", o más bien la mercancía llamada servicios de salud y proporcionada en términos capitalistas, puede ofrecernos una solución rápida y devolvernos al trabajo/consumo donde nos enfermamos en primer lugar o, en el peor de los casos, podría enfermarnos aún más. De hecho, como vemos ahora, las vacunas de dudosa calidad producidas en estado de emergencia que se consumen en un par de usos y se reducen a uno o dos actos médicos por persona también pueden ser peligrosas e insalubres (aparte de su valor de uso ideológico y económico), sujetas a las mismas contradicciones que rigen nuestra vida en el capitalismo.

Para satisfacer nuestras propias necesidades de una vida sana y plena necesitamos tratar el sector de la salud como un campo de antagonismo social para el aumento de los gastos de reproducción (nuestro salario indirecto) y un contenido de salud autodeterminado colectiva y prácticamente cuestionando las definiciones establecidas por los "expertos" capitalistas.

K. (para la Asamblea contra el Biopoder y el Confinamiento)

1. Barato en comparación con nuestras necesidades, pero también barato para el capital, ya que cualquier aumento de los gastos de reproducción del Estado no sólo sería financieramente perjudicial, sino también políticamente inaceptable, ya que rompería con las políticas de austeridad seguidas tan estrictamente hasta ahora (es decir, sólo hay que imaginar cuánto más costoso que la provisión de vacunas sería para el capital tener que pagar por el aumento de los gastos en el sector de la salud de una manera que promueva la atención primaria de la salud, una mejor proporción de pacientes a los médicos generales, hospitales suficientemente equipados, etc., la contratación de más personal permanente en las escuelas, el transporte público, los servicios públicos, etc.)

lunes, 7 de noviembre de 2016

[Grecia] Reivindicación de la ejecución de mafioso Habibi


Asumimos la responsabilidad por la ejecución del mafioso Habibi, que desde hace años estuvo en la vanguardia de los incidentes violentos hacia residentes y habituales en el barrio de Exarchia, culminando en el ataque asesino contra tres compañeros del Centro Social Okupado VOX, el mes pasado. El carácter paranoico de este individuo específico y la violencia despiadada que infligió a la menor provocación, le hicieron un potencial asesino en serie, el miedo y terror de la zona. El bullying, el robo y los apuñalamientos estaban incluidos en el repertorio de su presencia diaria en la plaza de Exarchia, dándole el espacio para pretender ser el líder con el que (supuestamente) nadie podría discutir. Con la fuerza de una horda de caníbales que le rodeaban, pero también con el respaldo de la mafia y la policía, actuó sin molestias vendiendo drogas y aterrorizando al vecindario, que estaba indefenso y e incapaz de tratar con él, subyugadxs a su poder y silenciadxs.

El miedo que causó su actividad criminal, le dio más y más audacia, ya que llevó a cabo repetidamente asaltos con intenciones asesinas ante los ojos de decenas de vecinxs, dejando tras él personas ensangrentadas y medio muertas, mientras él se quedaba en la zona sin ser molestado y orgulloso. Y esto porque, aunque era un drogadicto y un paranoico, sabía muy bien que no habría consecuencias para él. Porque él sabía que nadie intervendría, a causa de la consenso de sometimiento impuesto por el miedo. Porque él sabía que no sería arrestado, ya que siendo lo que era, un empleado de la mafia, era esencialmente un empleado de la policía también.

Sin embargo, su audacia demostró ser “suicida” al final, cuando cometió el error de atacar a tres compañeros anarquistas del Centro Social Okupado VOX, dañando a dos de ellos. La paciencia se acabó y la implementación de la justicia popular-revolucionaria requirió su sentencia de muerte. No sólo en el marco de la venganza por los compañeros heridos, sino también en defensa de un barrio afligido, que estamos segurxs que una vez oigan acerca de la ejecución de esta escoria se sentirá aliviado. Porque alguien tenía que tomar acciones. Por la restauración, incluso marginal, de las relaciones de poder en el barrio de Exarchia, por el recordatorio de que el brazo largo del para-Estado tiene que lidiar con el brazo castigador del movimiento.

Hablando de para-Estado, debemos aclarar que para nosotrxs la ejecución de este individuo específico, no se limita sólo a un golpe contra el “canibalismo” que reina en Exarchia. No percibimos la violencia “canibalística” como un fenómeno social generalizado. No somos sociólogos, sino que estamos posicionadxs en la clase que está en guerra con el capital y como tales entramos en batalla para ganar de nuevo Exarchia. Con esta orientación, esta ejecución específica se extiende también al conflicto físico con el conjunto para-estatal de la mafia/policía. Es decir, se extiende a la batalla contra una de las más duras expresiones del Capital. Y esto es porque Habibi fue reclutado por la mafia de Exarchia no sólo como uno más de las decenas de traficantes de droga que operan en la zona, sino también como un gendarme que violentamente guarda la rentabilidad fluida de sus jefes. El trasfondo rico de Habibi, que incluyó todo tipo de actividad antisocial, le hizo el secuaz, el perro guardián rabioso de la mafia en la plaza de Exarchia. Y fue el perro guardián porque esta violencia suya, al margen de ser psicótica e imprudente, funciona como una amenaza contra cualquiera que imaginase siquiera interrumpir el tráfico fluido de drogas. Contra, finalmente, cualquiera que molestase el reinado de la mafia en la plaza de Exarchia.

Ejecutando a Habibi, dejamos claro que nosotrxs disputamos con los hechos el reinado de los traficantes. Que nosotrxs también tenemos los medios para tratar con ellos y que si es necesario participaremos en una confrontación directa con ellos. Una confrontación que es histórica y políticamente imperativa. El clúster entre mafia y policía, a pesar de ser un fenómeno comprobado en numerosas ocasiones que ya no sorprende a nadie, en Exarchia es expresado con reveladores términos manifiestos. Aquellxs que viven, trabajan o pasan el rato en la zona,  saben muy bien que los puntos de venta de drogas no son zonas remotas, por el contrario se hacen cargo de los principales puntos alrededor de la plaza de Exarchia. También saben cuándo y por quién son vendidas las drogas, ya que estamos hablando de turnos de casi 24 horas llevados a cabo por individuxs que viven y se mueven alrededor de Exarchia. Saben qué comercios operan como fachadas para el lavado de dinero, quiénes son los líderes de la mafia, y dónde pasan el rato, visiblemente armados. También saben que el comandante de la comisaría de policía de Exarchia se reúne con algunxs de ellxs en un clima particularmente amistoso. Todo esto tiene lugar ante nuestros ojos todos los días y nadie dice ni una palabra. Y nadie dice ni una palabra porque el miedo o la indiferencia les dominan. Y aun peor, porque incluso entre las fuerzas más saludables en el barrio, domina la futilidad que nada cambia. De hecho , el rizoma de la red de matones , “anarquistas”, vándalos, grandes comerciantes, traficantes de droga y policías es profundo. Y es tan profundo que necesita un terremoto para ser arrancado. Este terremoto es nuestro objetivo, y para completarlo debemos inicialmente dividir claramente los campos. Quiénes somos y quiénes están contra nosotrxs. Así podemos medir y así la tolerancia, los tratos y el equilibrio entre dos botes cesa. No somos todo un barrio y no hay sitio para todxs nosotrxs en este barrio. Sería tragicómico para la policía reclamar la ignorancia sobre personas y situaciones y peor todavía sobre la incapacidad de intervenir por el miedo a lxs aanarquistas. Y seria tragicómico porque la policía hace redadas, tortura y arresta a lxs anarquistas con una habilidad y crueldad particulares cuando hay enfrentamientos en la zona. ¿Por qué no puede pasar lo mismo con los traficantes de drogas, los matones y los secuaces? La pregunta obviamente es retórica. Y es retórica porque debido a nuestra posición como luchadorxs sociales, no podríamos denunciar la inactividad de la policía, implicando que necesitamos su intervención para resolver el problema. Por el contrario, lo que estamos probando al hablar sobre la ausencia-protección de la policía es la flagrante fusión de intereses, es la existencia de un frente para-estatal, que puede ser enfrentado por la gente en la lucha y sólo por ellxs. No nos engañemos a nosotrxs mismxs por lo tanto, esperando la ayuda de cuerpos e instituciones oficiales. Todos ellos estan en el ajo y nosotrxs estamos contra ellxs.

Por tanto la cuestión de Exarchia, concierne en su núcleo al enfrentamiento con los mecanismos de acumulación colateral de capital, es decir, estamos hablando acerca del para-Estado, acerca de la otra cara de la rentabilidad capitalista. La llamada para-economía es una red de tamaño inimaginable que trae miles de millones. Además, hoy la admisión de que los capitales “negros” rescatan el sistema bancario internacionalmente es particularmente característica, probando así no sólo el tamaño de los beneficios, sino también la agregacion de la economía capitalista “ilegal” y la “legítima”. Por tanto, dada esta agregación, es obvio que las mafias son la expresión organizada de la economía “negra”, por tanto también la organización lateral del mecanismo del Estado. Jueces/zas, periodistas, políticxs, empresarixs y maderos consisten en la junta directiva de la para-economía, usando como “hombres de paja” a los varios tontos útiles para hacer el trabajo sucio. Así, los traficantes de drogas de Exarchia, compuestos de elementos lumpen-parasitarios, “gorilas”, pequeños criminales y aspirantes a gangster, son simplemente los tontos útiles para la comisaría de policía de Exarchia y el GADA (Jefatura Policial de Atenas), los centros oficiales para controlar la venta de drogas. Esta escoria, que pretenden ser Escobar y no tener miedo, son chivatos comunes y asociados de la policía, son matones y disimulados porque sin sus protectores jamás se atreverían ya no sólo a poner la mano encima, sino tan siquiera a poner su mirada encima de aquellxs que luchan por el barrio de Exarchia.

Entendiendo el problema desde su raíz, llegamos a la conclusión de que la guerra contra las mafias es una guerra en el corazón de la acumulación capitalista, es una guerra anticapitalista. Por esto, no nos perderemos en fantasiosos esquemas teóricos que nos llevan a no enfrentarnos con la mafia porque el capitalismo existe (existirá) sin ellos también, decimos que finalmente deberíamos empezar desde alguna parte. Porque el capitalismo no es una relación abstracta, sino por el contrario una relación tangible, material y muy específica. Esta, la guerra para mantener un barrio limpio del fango de la basura capitalista que la mafia lava, no es una guerra de ideas, sino una guerra por el cambio de la correlación material del poder. Claramente, el barrio de Exarchia está plagado por una serie de problemas. El principio de todo esto, es la transformación de Exarchia en una zona de consumismo masivo, que atrae a la mafia y finalmente trae el deterioro político y cultural del área. La concentración de decenas de servicios de comidas, que cosechan la carga histórica y política de la zona y se lucran vendiendo un estilo de vida alternativo y pseudo-insurreccionalista, tiene como una consecuencia la reunión de miles de jóvenes con términos de consumismo y despolitización. Y exactamente aquí es donde la mafia encuentra un suelo fértil para florecer. Porque el área la zona produce innumerables ganancias de la “protección” de decenas de comercios e incluso más de la venta de drogas.

Es un hecho triste que los miles de jóvenes que pasan el rato en un barrio de constante agitación política, parezcan tener una falsa interpretación de la libertad, que termina confundiéndose con el uso de drogas. Las ideologías urbanas que nutrieron todo tipo de formas de “estilo de vida alternativo” apuntaron a la desorientación y a la afasia ideológica, promueven el uso de drogas como una supuesta experiencia liberadora, transformando a miles de jóvenes chavales en usuarios adictos o no y en “consumidores” que apoyan económicamente las organizaciones criminales de la mafia. Nosotrxs llamamos a todxs estxs chicxs jóvenes, que podrían y deberían estar de nuestro lado, a considerar que las drogas son un medio de sedación y no de liberación, les llamamos a no contribuir económicamente con la mafia, les llamamos a tomar una posición en esta batalla, ya sea dejando de pillar drogas o marchándose de Exarchia. De otra forma, mientras la lucha se intensifica, lxs usuarixs y la enorme demanda que ofrecen a los traficantes de drogas, tendrá que ser enfrentada incluso con violencia.

Hablando de la cuestión de las drogas y de la cultura de las drogas en general como un fenómeno que principalmente inunda a la juventud, somos absolutxs, afirmando que envenenar nuestro cerebro y nuestro cuerpo con sustancias, es una experiencia fugaz, un engaño de nuestros sentidos oprimidos y un falso escape de los problemas reales y comunes que nos infectan. Específicamente en las sociedades occidentales donde el capital ha invadido cada aspecto de nuestro mundo emocional, el concepto de la personalidad ha sido deconstruido, a través de su colocación en un entorno social alienado y asfixiante. El de la soledad, la inseguridad, la amputación emocional y la depresión. En una exigencia irracional y una vida insoportable. La búsqueda justificable de salidas, cuando es llevada a cabo bajo un estado de falta de conciencia de clase, conducirá de hecho a caminos díscolos. Las drogas son uno de ellos. Y son probablemente la expresión más dura del auto-castigo y la introversión, ya que la deseada “salida” conduce de nuevo a nosotrxs mismxs y a nuestros problemas en los peores términos. En otras palabras, no respondemos con violencia liberadora a la violencia forzada en nosotrxs por la sociedad de clases, sino con una violencia que está dirigida contra nosotrxs mismxs. Esto es por lo que como revolucionarixs, luchamos contra las drogas, que son un soporte para el refuerzo de la parálisis social, pero también un ataque directo a la parte más animada de la sociedad, la juventud. Hemos dicho antes que ya no hay habitaciones para todxs nosotrxs en este barrio. Y con esto no nos referimos sólo a la mafia, sino también al hooliganismo donde quiera que se exprese. Ya sea con un manto político, o apolíticamente y en crudo. La lucha por Exarchia, incluso si tenemos que entrar en un conflicto armado, no se preocupa de los medios de la lucha sino del contenido que representan. La batalla de Exarchia, es una batalla entre civilizaciones por la simple razón de que no hay dos bandas enfrentándose sino dos mundos. EN un lado el mundo del para-Estado y la podredumbre y en el otro nuestro mundo, de libertad, solidaridad y lucha. Sin embargo, la formación de nuestro campo no está completa sólo con llamados declaratorios a la batalla, sino con educación y conformidad con los estándares culturales del nuevo mundo que representamos. Esto es por lo que la batalla de Exarchia es una batalla contra el capital y su mafia, así como contra la corrosión interna del movimiento. Contra la cultura de las drogas, la indisciplina, el anti-socialismo y la violencia sin sentido. De otro modo, estamos condenadxs a perder esta lucha o, peor aun, a convertirnos en parte del problema. Es un hecho que cuando algo no está limitado en algún punto se expandirá tanto que acabará chocando contigo al final. Se esparcirá como el cáncer. Así que en el caso de Exarchia, donde el carácter por el contrario romántico del barrio, que siempre abrazó a lxs parias, a lxs intransigentes y a los desheredadxs, hoy demuestra lo contrario. No porque esta gente no deba ser abrazada, sino porque deberían ser incorporadxs con reglas fundamentales de solidaridad social. Deberían aceptar la oferta pero también ser recíprocos, probando en la práctica que la solidaridad no es la puerta trasera del caos y el canibalismo sino el epítome de la madurez social, a través de su habilidad para auto-institucionalizarse y operar en armonía. La solidaridad social es por tanto una cuestión de responsabilidad y no de simple tolerancia.

Más particularmente, cuando estamos tratando con elementos criminales-antisociales, el manejo de los cuales no es ajustado por alguna mano invisible, sino por nuestra capacidad para mantener, al menos, un equilibrio de fuerzas. Deberíamos mantener un ojo sobre ellos, imponernos sobre ellos y recordarles que están en un ambiente hostil. De otro modo los mafiosos y los hooligans se sentirán a salvo y fuertes, impondrán su hegemonía y nos eliminarán. Por tanto, en respuesta a las incomprensibles teorías como “Exarchia siempre ha sido así”, decimos que aquellxs que reivindican esto pertenecen a las fuerzas conservadoras, a aquellxs que eso es, con su actitud perpetúan la decadente situación en el barrio. Por tanto, desde ahora en adelante serán también considerados una parte del problema.

Exarchia es una de las regiones más cargadas políticamente de Europa. Allí, duras luchas han sido combatidas, compañerxs han sido asesinadxs por la policía, insurrecciones han comenzado, movimientos e ideas han nacido. La imagen de este barrio ahora se rinde a la decadencia de las drogas, el pseudoentretenimiento y el hooliganismo, es una imagen triste. Sin embargo, debemos admitir que refleja los problemas estructurales, organizativos e ideológicos de nuestro movimiento. En nombre de una latente “anti-autoridad”, que identifica los términos de la formación del frente proletario, en un nivel de ética y relaciones, con los términos con los cuales peleamos contra el mundo civil, olvidamos que tú no respondes a la brutalidad con caricia. Así cuando nuestras ideas sobre relaciones sociales se transforman en una ideología, y no en un constante conflicto para protegerlas, entonces se crean lagunas, y el poder del enemigo encuentra el espacio para sentarse en nuestra “anti-autoridad”. Todo es juzgado por las correlaciones materiales reales y no por nuestras visiones abstractas. Lo “Anti-autoritario”, por tanto, para sobrevivir en el entorno urbano donde evoluciona, y para convencer de que se trata de una propuesta realista de organización social, debe ejercer autoridad en sus enemigos. De modo está condenada al fracaso. Por otro lado, el significado más amplio de la tolerancia, que permite a los elementos antisociales actuar sin molestias en el barrio de Exarchia, plantea algunas cuestiones básicas. ¿Por qué somos (debemos ser) tolerantes a cualquiera que usando como coartada su identidad nacional o supuestamente política (la de un inmigrante o un “anarquista”) ejerce violencia antisocial, y no somos tolerantes a la sociedad local que justificadamente protesta contra ello? ¿Por qué son los primeros atribuidos como fuerzas amistosas y los últimos como pequeño burgueses y fascistas? ¿A quiénes nos dirigimos y quiénes son nuestros aliados? Aquí es donde entramos en las profundidades del carácter histórico del movimiento, sus distorsiones al respecto de la lucha de clases y su papel dentro de ella.

La tolerancia por lo tanto no es un cupón de libre contribución al que se le pone precio a la voluntad. Tiene un precio considerable. El precio de la responsabilidad. Y ante el peligro de convertirnos en parias en nuestro propio barrio, ser ética y políticamente asediados e incapaces de defender nuestro espacio vital perdiendo la credibilidad de una propuesta política responsable hacia la sociedad, nosotrxs decimos que esa responsabilidad es nuestra. Cueste lo que cueste. Por lo tanto, ¿cómo defendemos con los hechos la auto-organización en el barrio de Exarchia, dejado solo cuando somos amenazadxs? Seguramente no sea simplemente reivindicándolo como una formación abstracta, o como una estructura que no se comunica en ninguna parte con el mundo exterior. La auto-organización significa la forma (y no el contenido) sobre la que se componen nuestras fuerzas. Significa que tenemos la habilidad, con nuestras propias herramientas políticas y experienciales, de formar el campo proletario organizado contra la clase burguesa. Uniones, asambleas, comisiones, okupaciones, grupos armados etc. son la expresión física de la auto-organización, son nuestras armas contra el Estado burgués y sus instituciones. Y exactamente porque la auto-organización no significa islas y comunidades de libertad, sino puntos de elaboración, puesta en alerta y embate de las fuerzas proletarias, debemos protegerlas del reformismo, así como del enemigo de clase.

Las milicias como una forma de auto-organización, donde sea y cuando sea que apareciesen como una necesidad, defendieron lo colectivamente establecido, pero también el derecho de la gente y del movimiento a contraatacar la violencia de lxs capitalistas y de aquellxs que les sirven. Contra la policía, los militares, los fascistas y toda clase de paramilitares. Las milicias siempre fueron sangre de la sangre de la gente y del movimiento, porque sirvieron a sus necesidades y expresaron la respuesta colectiva a la pregunta de cómo nuestras luchas serán protegidas de la violencia de los jefes, y cómo nos defenderemos a nosotrxs mismxs contra nuestro amenazado derramamiento de sangre. Porque, al final, expresaron su aceptación de hecho de la violencia como un prerrequisito necesario en el desarrollo de la lucha de clases y los inevitables obstáculos que encuentra cuando es llevada a cabo con términos revolucionarios reales.

Hoy en Exarchia, a pesar de que estamos en un tiempo y espacio completamente diferente del que dio a luz a las milicias del último siglo, encontramos las mismas cuestiones que nuestrxs antepasadxs encontraron. Cuestiones de organización y defensa de la lucha contra la violencia del enemigo de clase. Incluso si es inapropiado proceder con reducciones automáticas y mímica, estamos obligadxs a releer la historia, estudiar las razones que crearon las guardias armadas y aprender de ellas. Por tanto, estamos hablando primero de contenido y segundo de la forma. Y esto es porque el contenido es común y concierne la necesidad diacrónicamente existencial del movimiento de defenderse a sí mismo. La forma que esta defensa tomará hoy en día, dada la violencia requerida por un lado y las particulares correlaciones vigentes por el otro, está en la jurisdicción del movimiento el analizarla.

Por tanto, en el marco de esta necesidad, de encontrar respuestas concernientes a las cuestiones de proteger a la gente y al movimiento, incorporamos también la ejecución de Habibi. Motivadxs por la necesidad imperativa de dejar de contemplar impasiblemente la caída de Exarchia, de no inclinar la cabeza a la violencia que recibimos de los matones que actúan en la zona, pero también abrir con madurez la discusión sobre los medios de batalla que la situación demanda, llevamos a cabo esta acción específica. Esta elección nuestra está dialécticamente conectada con las movilizaciones que están teniendo lugar estos últimos meses en Exarchia contra las mafias y el “canibalismo” social en general. Nosotrxs, evaluando positivamente estas movilizaciones, quisimos contribuir con nuestros propios términos. Porque antes de nada, la unidad es importante bajo un objetivo común e imperativo y no las identificaciones ideológicas. Porque la mafia nos ha declarado la guerra y no tenemos más tiempo que perder. De otro modo, todo el mundo levantará la bandera de la pureza ideológica, mientras al mismo tiempo nos convertimos en una minoría indefensa. Por lo tanto todo el mundo debe hacer su elección. Ya sea con el movimiento y su historia o solo con sus desilusiones ideológicas.

SON ELLOS O NOSOTROS, NO HAY SOLUCIÓN INTERMEDIA.

# Grupos de milicia armada
# Septiembre de 2016

Extraído (traducción) por: https://vozcomoarma.noblogs.org/?p=13083 
[Texto] Grecia – Unas pocas palabras concerniendo a la reivindicación de responsabilidad por la ejecución de Habibi: https://vozcomoarma.noblogs.org/?p=14120