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domingo, 4 de septiembre de 2022

[Chile] «No hemos perdido nada»

por Luther Blisset
5 de septiembre 2022, Chile

No hemos perdido nada, porque nada en ese proceso era nuestro: todo era sobre la oligarquía y sus lacayos intentando reordenar el juego para perpetuar su dominación sobre la mayoría.

Cuando en el plebiscito de entrada el Apruebo ganó con el 80% de los votos, nadie salió a celebrar: esa fue una noche lúgubre, porque todo el mundo sabía que lo que se estaba aprobando era el menos malo de los chanchullos impuestos por los ricos mediante el terrorismo de estado y el confinamiento masivo.

Lo que vino después, la campaña del terror con que hicieron ganar a Boric, y la reciente algarabía histérica de la campaña del Apruebo, no ha sido otra cosa que el efecto amplificado del delirio de la burguesía, obligada a creer rabiosamente en sus propias mentiras. Tan sumergidos están en sus propios fluidos ideológicos, que llegaron a creer que ganarían si obligaban a todo el mundo a votar.  

Si alguien ha salido victorioso hoy, fueron las más de 2 millones de personas que a pesar de las amenazas no acudieron a las urnas. Si a ellos sumamos los votos nulos y en blanco -cuatro veces más numerosos que en el plebiscito de entrada-, resulta que un 16% de los inscritos, cerca de 2 millones y medio de personas, o bien se rehusaron a responder al interrogatorio fariseo de la casta política, o bien respondieron con un digno silencio.

Esa rebeldía elemental, esa voluntad de desertar de la política burguesa, es el piso mínimo para cualquier ambición emancipadora. Quienquiera que se pretenda revolucionario o anticapitalista, debe partir por fomentar y potenciar esa evasión. Esa evasión, la de quienes saltan sin miedo el torniquete del sistema de representación política burguesa, fue y seguirá siendo nuestro gesto primordial de rebelión, y es la condición previa de toda política independiente de las clases explotadas.

sábado, 3 de septiembre de 2022

[Chile] El acá y el allá se piensan juntos

Una respuesta al desasosiego ultraizquierdista del MIT

por Luther Blisset
3 de septiembre 2022, Chile

“Si el partido lo exige, un auténtico bolchevique está dispuesto a creer que lo negro es blanco y que lo blanco es negro.” (Gueorgui Piatakov)

Un pequeño partido trotskista, el MIT, acaba de publicar a través de su fanzine La voz de los trabajadores, un extraño y divertido artículo, firmado por un tal Hank Escorpio, acerca del plebiscito del 4 de septiembre. El autor dice que quienes han llamado a la abstención y al voto nulo, viendo en el proceso constituyente una restauración del poder oligárquico, son “ultraizquierdistas”, y que por lo tanto sus llamados muestran, además de una actitud “estudiantil”, una inclinación criminal, patológica, violenta y fascista.

Lo primero que llama la atención es que en el título se nos conmina a que “aprendamos a pensar”, mientras que el artículo es tan confuso, retorcido y alusivo, que si uno realmente piensa en lo que está leyendo, no puede tomárselo en serio. Aludiendo arbitrariamente a uno que otro concepto filosófico, el autor intenta dar la impresión de un pensamiento profundo y complejo, cuando en realidad su único propósito es demonizar una realidad con tal de poner al lector en contra de ella. Es decir: para que el artículo cumpla su propósito, es necesario que el lector no piense mucho, y más bien reaccione visceralmente ante la amenaza que le están proponiendo.

Vamos a dedicar algunas líneas a demostrar que la amenaza ultraizquierdista retratada por el MIT es más una fantasía que una realidad, y de paso aprenderemos dos o tres cosas quizás hasta ahora inadvertidas sobre la mentalidad y la política del trotskismo de derecha.

Despejando una niebla terminológica

Primero aclaremos: ¿qué es la ultraizquierda? En breve: es el nombre que los dirigentes de la Tercera Internacional le dieron, despectivamente, a los marxistas que se apartaron de su línea oficial porque la consideraban peligrosamente centralista y autoritaria. De hecho, alrededor de 1920 tanto los comunistas de consejos alemanes y holandeses, como también un variado archipiélago de grupos marxistas y anarquistas, pensaban que los jefes rusos de la Internacional, embriagados de poder, se habían vuelto ciegos a las aspiraciones y necesidades del movimiento obrero real, estando dispuestos a aplastar cualquier expresión de lucha que no se sometiera a sus órdenes (como efectivamente hicieron en numerosas ocasiones).

El movimiento obrero ya había sido advertido de esto cuando los jefes socialistas alemanes ordenaron asesinar a Rosa Luxemburgo, a principios de 1919: a su manera, esos jefes políticos habían expresado una temprana preocupación por la amenaza del “ultraizquierdismo”, aunque no utilizaran esa palabra. El término empezó a ser usado cuando Lenin dio a conocer su famoso libelo La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, escrito para denostar a las mismas corrientes políticas que los carniceros Ebert y Noske habían ahogado en sangre en Alemania, un año antes. En lo sucesivo el texto de Lenin ha sido utilizado como un manual doctrinario por todos los defensores del estado policial estalinista, y hoy sigue siendo útil a los izquierdistas que buscan salvar la institucionalidad burguesa, erigirse ellos en jefes políticos del pueblo, y demonizar la autoactividad proletaria.

El MIT, por su parte, sin ningún rigor, de forma obviamente malintencionada, y nada menos que en nombre de Lenin, reduce el ultraizquierdismo a la lucha armada, identificándolo con tendencias tan dispares como el guerrillerismo castro-guevarista y maoista, la ETA, el IRA, las Brigadas Rojas, el MIR, el FPMR, el MJL, la RAF y el anarquismo insurreccional… ocultando que la mayoría de esas expresiones son profundamente leninistas, y sin mencionar que en la ultraizquierda hay grupos que han criticado a ese lucharmadismo, precisamente por ser una forma extrema de leninismo. El MIT está delirando.

Volvamos a la realidad. Hoy en día, quienes se identifican con las tendencias que Lenin denigró como “ultraizquierdistas” (el comunismo de consejos, básicamente) tienden a formar sectas aisladas con muy poca o ninguna influencia social, y que tienden a replicar en miniatura las lógicas alienadas de los partidos burocráticos. Hay, por otro lado, quienes han roto con esa tendencia y la han criticado, en textos como Contribución a la crítica de la ideología de ultraizquierda de Jean Barrot, o De la ultraizquierda a la teoría de la comunización del grupo Thèorie Communiste, por citar sólo dos ejemplos.

El abstencionismo no es de sectas, es de masas

Lejos de las pocas sectas ultraizquierdistas que aún sobreviven, y de los escasos teóricos que les han dedicado críticas que casi nadie lee, hay un campo social bastante amplio y diverso que, sin saber nada de todo eso, encarna un fuerte rechazo a cualquier política burocrática y autoritaria, sea de izquierda o de derecha. Con el correr de los años, esa desconfianza del pueblo hacia los partidos y su política se ha ido convirtiendo en un asunto de sentido común y de decencia, tanto como lo es su rechazo a los carteles del narcotráfico o al tráfico de personas, por ejemplo.

Por lo tanto, es completamente natural que ese ánimo antipartidista forme parte constitutiva de una gran parte de la militancia poblacional, de la lucha medioambiental, del activismo sindical, del rescate historiográfico y de la experimentación cultural, prácticas que no se reconocen ni en la ultraizquierda ni en sus críticos, pero sí en la historia del poder popular y la autonomía obrera, en las luchas de los pueblos originarios y en la idea, vaga pero enérgica, de un “buen vivir” opuesto al capitalismo.

Es de este campo de donde vienen consignas tales como “el pueblo unido avanza sin partido”, “sólo el pueblo ayuda al pueblo”, y “que se vayan todos”, las cuales expresan el ánimo de la mayoría de la población; y es ahí donde más se ha hecho sentir el escepticismo y el asco frente a un proceso constitucional visto como fraudulento. Cuando encontramos llamamientos organizados a no validar ese proceso, o iniciativas en pro de la desobediencia civil, estamos viendo tan sólo la punta del iceberg de una disposición de ánimo que es masiva: la misma que irrumpió en octubre del 2019, y que hoy sigue madurando en el subsuelo de la sociedad, aún cuando parezca haberse extinguido. Atribuir la voluntad de abstención frente al proceso constitucional a la acción de “la ultraizquierda”, como hace el MIT a través de Hank Escorpio es, por decir lo menos, disparatado.

Disparatado, pero predecible. Porque el MIT es una organización que gravita en torno al siguiente artículo de fe: la emancipación de la clase trabajadora no será obra de ella misma, porque sólo puede ser obra de un partido que la dirija. Este dogma refleja fielmente el pensamiento de la burguesía, que se ve a sí misma como protagonista, como agente activo y pensante de la historia, y al proletariado como comparsa, mero músculo ejecutor de las decisiones de la élite dirigente. A quienes ven el mundo de esta forma, simplemente no les entra en la cabeza que las personas comunes puedan forjar sus propias ideas a partir de sus experiencias, ni que actúen por iniciativa propia movidas por sus intereses y necesidades. Según los partidos de derecha, si el pueblo se levanta y protesta en masa es porque unos conspiradores chavistas deben haberlo instigado. Según los partidos de izquierda, si el pueblo se abstiene de votar o acude de mala gana a las urnas para anular su voto, es porque además de ser apático, unos cuantos ultraizquierdistas lo han persuadido. Por lo tanto, si una brisa de escepticismo y desconfianza popular empieza a soplar en torno al plebiscito del 4 de septiembre, si mucha gente empieza a hablar de abstención, de anular y de desobediencia civil… trayendo a la memoria la altísima abstención electoral de años anteriores, lo que el MIT hace no es tratar de explicar todo eso, sino echarle la culpa al ultraizquierdismo. ¡Plop!

La verdadera soberanía es el comunismo

En todo caso, la contundente “explicación” del MIT para la abstención electoral de 58% alcanzada en Chile hace unos años, es ésta: “la gente siente apatía, desinterés, rechazo a la política”. Esto podría haberlo dicho cualquier político de cualquier partido de izquierda o de derecha, sin distinción, por cierto. Ni por un segundo se les ocurre que ese desinterés sea la condición previa para que los proletarios se planteen tomar su destino en sus propias manos, sin abdicar su soberanía en representante alguno. Al contrario, el MIT ve en esa apatía sólo una condición defectuosa que el partido debe corregir, haciendo que el pueblo vuelva a entusiasmarse con una política de dirigentes.

Lo que el MIT no entiende, porque de no entenderlo depende su propia existencia, es esto: la soberanía es una facultad indelegable, es decir que sólo puede ejercerse directamente y no a través de representantes; por lo tanto en un contexto sociohistórico como el nuestro, para que un verdadero ejercicio de soberanía popular sea posible, es necesario que el pueblo haya experimentado antes, frente a la política representativa de los partidos, una apatía y un desinterés total, absoluto y definitivo.

Tal como lo explicamos en un artículo anterior, Lenin y Trotsky (que dicho sea de paso son los principales referentes intelectuales del MIT), daban por sentado que para hacer la revolución el pueblo debe delegar su soberanía en sus representantes políticos, en un partido. Pensaban que con eso el pueblo no abdica de su soberanía, sino que simplemente la transfiere a gente capacitada para ejercerla en su nombre. Esta forma de ver las cosas es inseparable de la deficiente comprensión del capitalismo que aquejó al movimiento socialdemócrata de esa época en general, y a los dirigentes bolcheviques en particular. Ellos pensaban que antes de poder superar el capitalismo había que incrementar en un sentido cuantitativo las fuerzas productivas, multiplicando la industria pesada, las infraestructuras logísticas, de comunicación y transporte, expandiendo al mismo tiempo la reproducción de la fuerza de trabajo asalariada. Todo esto, por supuesto, sólo podía responder a un plan concebido por expertos, el cual para ser ejecutado requería firmes cadenas de mando jerárquico en que los obreros seguían ocupando los escalafones inferiores, tanto en ingresos como en poder de decisión, por debajo de los dirigentes políticos, intelectuales, funcionarios y profesionales.

Nos guste o no, hemos alcanzado el punto en que cualquier incremento cuantitativo de la fuerza productiva tal como ha sido configurada por el capital, sólo nos acerca un paso más hacia la catástrofe global y la extinción de la especie humana. Por lo tanto, en adelante cualquier noción de un mundo post-capitalista debe obligatoriamente contemplar una economía de estado estacionario como mínimo, si no un decrecimiento material acompañado de un incremento exponencial de la fuerza productiva entendida -a la manera de Marx- como la socialización misma, es decir, como praxis subjetiva.

Si la dinámica socioeconómica que los bolcheviques implantaron en Rusia era absolutamente incompatible con el ejercicio de la soberanía popular, porque la soberanía no es una mera gestualidad simbólica sino el ejercicio directo del poder sobre las propias condiciones de existencia, nosotros en cambio no podemos pensar en ninguna transición más allá del capitalismo, sin que ella implique la soberanía popular real. A este tipo de soberanía, que es el dominio consciente y directo de la población sobre sus condiciones de existencia, es a lo que se refieren expresiones como “la organización de los productores libremente asociados”, o la “administración de las cosas y no de los hombres”; y sólo sobre ese trasfondo de soberanía tiene sentido pensar en una vida colectiva que recibe “de cada cual según su capacidad” y da “a cada cual según su necesidad”.

Pensamiento dialéctico e historia

Por más que estas consideraciones puedan parecer abstractas y lejanas de nuestros problemas inmediatos, son sumamente importantes, porque según qué entendamos por capitalismo y cómo concibamos lo opuesto del capitalismo, así serán nuestras ideas sobre la contingencia política y sobre los fenómenos sociales que se agitan bajo ella. Una abstención electoral de casi dos tercios de la masa votante, y la actitud de esa masa frente a un sistema político en el que cree sólo a medias o no cree en absoluto, son fenómenos que significan cosas muy distintas según cómo se entienda la soberanía, el capitalismo, el comunismo, y el paso de uno a otro.

Quienes piensan que la revolución ya fue suficientemente explicada por los líderes bolcheviques en 1920 y que no hay mucho más que agregar, interpretan esa abstención como una “apatía y desinterés” que habría que corregir restableciendo la vieja confianza en los partidos. Esa rigidez tan poco dialéctica, esa fijación en la lógica formal que equipara las condiciones de la lucha de clases de hace un siglo con las de hoy, les iguala quieran o no a todos los partidos burgueses que hoy se parten la cabeza buscando el modo de restablecer la legitimidad perdida del sistema de representación burguesa.

Quienes, por el contrario, pensamos por nosotros mismos de acuerdo con la realidad que vivimos y no según lo que Lenin y Trotsky dijeron sobre Rusia en 1920, vemos esa misma abstención, esa apatía y desinterés frente al sistema de partidos como una evolución positiva, una que habilita problemas y aprendizajes que tienden potencialmente a la soberanía popular, y por tanto hacia el comunismo. Es sobre ese terreno que pensamos y actuamos, y eso no nos convierte en ultraizquierdistas.

Por cierto, es curioso que haya que explicarle esto a gente que se jacta de ser leninista, cuando es bastante sabido que el mayor mérito de Lenin fue precisamente haber mostrado que el contenido de la revolución debe guiar las actitudes políticas de los revolucionarios en todo momento, independientemente de cuán lejos parezca estar el horizonte comunista. Si el propio Lenin no pudo extraer de esta base metodológica correcta conclusiones mejores que las que sacó, no es por un “error” que haya cometido, sino porque en su época no había nada que le permitiera ver más allá de lo que vio, siendo la persona que él era.

De nuevo, pese a su declarado leninismo, el MIT parece necesitar que le refresquen la memoria respecto de la dialéctica histórica que Lenin quiso expresar: nosotros no analizamos la historia para encontrar culpables ni para reprochar defectos, sino para entender los límites que cada período histórico impone a las mentes y a los actos de sus protagonistas, porque sólo así podemos entender hasta qué punto esos límites no son los nuestros, y cómo los límites que nos impone nuestra propia época exigen respuestas que ellos no podrían haber siquiera imaginado. En este punto, estamos obligados a preguntarnos quién es el que “habla por los muertos y es incapaz de pensar por sí mismo”, cuando es Hank Escorpio quien se exaspera porque “cierta ultraizquierda” cita a Lenin y a Trotsky para demostrar que la época de ellos no volverá jamás, mientras que no parece inquietarle que su propio partido los cite constantemente para erigirlos en una voz de autoridad.

Por último, estas observaciones deberían bastar para que quede descartada la acusación hecha por Hank, respecto de que quienes hemos llamado a la abstención estaríamos motivados por un desprecio moral y puritano hacia la “servidumbre voluntaria” de quienes sí votan. Pues no, las cosas no son tan sencillas: uno puede apreciar el tratado de Etienne de la Boetie y seguir haciendo la crítica materialista del mundo del capital, sabiendo que quienes participan del sistema político burgués lo hacen porque las condiciones materiales de su existencia se los impone, tal como mañana esas mismas condiciones les impondrán hacer lo contrario, del mismo modo que hoy nuestro ser social objetivo nos hace captar y expresar tal movimiento contradictorio. De eso se trata el pensamiento dialéctico, en caso de que hiciera falta ilustrarlo.

Pseudofilosofía para incautos

El MIT afirma que reivindicar el voto nulo y la abstención, denunciando el proceso constitucional como un fraude y una derrota, equivale a “renunciar a la lucha gris y cotidiana” en nombre de “criterios absolutos” basados en una “lógica lineal y formal de tipo aristotélico”. Uno no sabe si reír o simplemente menear la cabeza cuando lee estas frases. Es como leer a esos militantes izquierdistas de los años setenta que en sus encarnizadas (e irrisorias) peleas por dominar la opinión ajena se acusaban mutuamente de abandonar “el materialismo dialéctico”, enrostrándose unos a otros una verborrea pastosa y vacía aprendida en los manuales de la Academia de Ciencias de la URSS, o de Marta Harnecker, sin que esas discusiones llegaran nunca a nada.

Dejémoslo claro de una vez: cuando uno reivindica la abstención, la apatía y el desinterés respecto de la política burguesa, como condiciones necesarias para la autoactividad proletaria y el poder popular, en eso no hay ninguna falta a la dialéctica, ninguna concesión a la lógica formal aristotélica, ningún “criterio absoluto” y ninguna renuncia “a la lucha gris y cotidiana”. Las razones históricas, sociales, políticas que sustentan una posición abstencionista frente al proceso constitucional de la burguesía son profundas, pesan, y han sido expuestas tanto en lenguaje teórico como en consignas, así como en un sinnúmero de expresiones populares cotidianas. Hay una comprensión dialéctica de los procesos históricos, hay razones fundantes de una decisión política responsable, madura y argumentada. Lo que no hay, es indulgencia ante el oportunismo y la demagogia, y es esto lo que molesta al MIT, no la falta de rigor filosófico. Decir que la nueva constitución traerá mejores condiciones para el pueblo y que había que llamar a aprobar en el plebiscito, no es más dialéctico que decir lo contrario. Sólo es más cómodo. Sólo hace parecer que la gris lucha cotidiana tiene más sentido porque se la ha acompañado con un posicionamiento político que ofrece ventajas comparativas a corto plazo.

Una justificación post festum

Quienes afirman que la defensa de la abstención y del voto nulo es “ultraizquierdista”, que responde a un “método estudiantil”, a una “iluminación pedagógica” cercana al fascismo, que es “vanguardista”, que es “criminal” y que es “patológica”… quienes dicen todo eso tal vez consigan dar de buenas a primeras una impresión superficial de adultez política, de responsabilidad histórica y de certeza científica, pero basta con remover un poco esas hileras de frases grandilocuentes puestas una detrás de otra, para ver que ahí no hay nada: sólo la voluntad de denostar, de demonizar una opción política que es contraria a la de ellos y que ellos son incapaces de refutar con verdaderos argumentos. Después de todo, ¿para qué cansarse pensando en argumentos cuando eso entraña el riesgo de no encontrarlos, y además resulta más fácil convencer a una audiencia de lectores desatentos movilizando sus temores y antipatías?

El punto es, justamente, que muchísima gente ya decidió votar Apruebo, que el MIT ya decidió sumarse a esa movilización política de masas respondiendo a cálculos que le conciernen en tanto partido político, y que una vez tomada esa decisión, están obligados a combatir con ferocidad cualquier oposición o crítica. Acá “ferocidad” significa: con mentiras, con tergiversaciones, con trucos retóricos. Que la abstención/voto nulo es ultraizquierdista, que es fascista, criminal, enferma. Esto en psicología se llama proyección: le atribuyen a otros lo que ellos temen encontrar en el fondo de sí mismos.

Todo el artículo de Hank Escorpio está plagado de ese mecanismo neurótico. El objetivo: aplastar la opción abstencionista en cuanto empiece a mostrarse como algo más que un fenómeno periférico, marginal e insignificante. Porque eso es exactamente lo que ha sucedido en estas últimas semanas: que ante la pasividad y postración de las masas populares, la casta política y la oligarquía se desataron, mostraron sin tapujos lo que el proceso constitucional siempre ha sido, un fraude total, y en respuesta a eso la sospecha que anidaba en mucha gente empezó a convertirse en inquietud, en malestar y finalmente en la decisión política de abstenerse o de votar nulo.

Frente a ese tenue, incipiente regreso de la desobediencia civil que estalló en octubre de 2019, el MIT se ha visto enfrentado al siguiente dilema: o admite que se equivocó al sumarse al Apruebo y reconoce la legitimidad del rechazo popular al fraude constitucional, o justifica su decisión a sabiendas de lo que implica, huyendo hacia adelante. Ya sabemos: ha preferido huir hacia adelante, y para justificarse va a echar mano a lo que sea, incluso a insinuar que sus detractores son extremistas armados locos y peligrosos. Lo importante es mostrarse serios y respetables ante el partido del orden, con la esperanza de ser admitido en sus filas.

Sí, lo queremos todo

Hasta aquí sólo hemos esbozado algunas ideas que esperamos ayuden a despejar la neblina de malos entendidos y tergiversaciones ofrecidas por Hank Escorpio en su artículo para el MIT. Sobre todo, nos ha interesado desmentir algunas deformaciones bastante groseras que Hank hizo pasar bajo un barniz aparentemente filosófico, dialéctico, realista, optimista y asertivo… y que en realidad denotan exactamente lo contrario: un pensamiento superficial, rígido, voluntarista y acomodaticio. Sólo para dejar consignado el grado de hostilidad que el abstencionismo electoral puede suscitar: Hank ha llegado al extremo de decir que quienes no votan en elecciones, esos ultraizquierdistas dementes, profesan un “odio patológico” a la clase obrera, buscan deliberadamente vivir en la pobreza, padecen de personalidades narcisistas, y usan el anonimato debido a sus acciones violentas, clandestinas e ilegales.

Por supuesto, no vale la pena ocuparnos de acusaciones tan estrambóticas, pero sí es relevante mencionar, respecto del anonimato, que la gran mayoría de los anticapitalistas que no revelan su identidad en internet, lo hacen simplemente porque desdeñan la figuración pública, no tienen ningún interés en el prestigio autoral, y en cualquier caso son lo bastante prudentes para no olvidar que llegado el momento de la represión política no hace falta cometer ninguna ilegalidad para ser blanco de ella. Como sea, no es muy común encontrar a anticapitalistas que le den demasiada importancia a la presencia de su Yo virtualizado en el mundo de internet. Por si fuera poco, existe una abundante producción literaria, filosófica y política que ha puesto en tela de juicio el valor de la identidad egoica y de su publicidad, pero es obvio que Hank Escorpio la ignora o no la entiende; sin pensarlo dos veces, se contenta con el absurdo de diagnosticarle narcisismo precisamente a quienes por motivos que nada tienen que ver con la ilegalidad, han renunciado de buena gana al reconocimiento de una sociedad que produce narcisismo en masa.

En cualquier caso, sería muy raro que en ese esfuerzo por justificar su adhesión al partido del orden, el MIT no hubiera acertado en una que otra descripción de los elementos políticos que hoy día están posicionados en torno al plebiscito. A saber: en los sectores que defienden la abstención y el voto nulo sí hay, efectivamente, un componente impresionista que aísla algún aspecto de la lucha social y la eleva a categoría suprema, suplantando el todo por una parte. Tampoco se puede negar que existe un elemento voluntarista, empirista, inmediatista, que tiende a reemplazar el análisis sociohistórico por los deseos personales y las inclinaciones emotivas del momento. Estos rasgos son límites inherentes al movimiento social tal como existe en este momento, y no van a desaparecer por un acto de voluntariosa denuncia retórica. Por lo mismo, son también rasgos notorios de los sectores militantes que no han sabido aún romper con las lógicas de la ultraizquierda. Pero por más que estos rasgos existan, y constituyan un límite a las luchas, deducir de ello que la abstención electoral es una manía de ultraizquierdistas, es una estupidez. No vamos a insistir en los motivos que el MIT tiene para incurrir en ella.

Por último, queda comentar, aunque sea muy rápido y para rematar, ciertas acusaciones que la izquierda partidista -no sólo el MIT- ha dejado caer últimamente sobre quienes han puesto en duda su vía institucional. Existencialismo, milenarismo, maximalismo, ultimatismo. Sería interesante ver cómo experimentarían esos izquierdistas estas evocaciones si no estuvieran cegados, ensordecidos e insensibilizados por su necesidad de justificar las míseras cuotas de poder que ya les han sido concedidas dentro del orden burgués. Tal vez, sólo tal vez, descubrirían que antes que ellos llegaran a solicitar su admisión en el negocio de la representación política, el existencialismo, el milenarismo, el maximalismo y el ultimatismo ya se habían consolidado como fuerzas motrices definitivas e insustituibles de toda transformación histórica. No las escuelas filosóficas ni las corrientes literarias, sino las vivencias compartidas por masas de gente que en determinados momentos no pudieron tolerar más la miseria, el vacío y el sinsentido de una existencia reducida a una variable del mercado. Sin esas disposiciones de ánimo, que una y otra vez actúan como fuerzas elementales de lo humano frente a la alienación de lo real cosificado… sin esas proyecciones subjetivas y sociales hacia un más allá de la alienación cotidiana, jamás habríamos oído una palabra sobre Espartaco, ni sobre Thomas Müntzer, ni sobre Marx, Bakunin, Lenin o Mao, ni sobre los Cordones Industriales o el poder popular. Tampoco habríamos vivido en primera persona un levantamiento social como el de octubre de 2019, ni habría en este momento ningún “político realista” buscando que le concedan un puesto en la gestión racional de la barbarie neoliberal.

El MIT, el Frente Amplio, y todos los demás partidos que ya están o aspiran a ser admitidos en la administración del capitalismo, le deben todo a esas pulsiones existencialistas, milenaristas, maximalistas, tan emparentadas con la poesía, con la alegría de vivir, con el amor y el espíritu de aventura y de descubrimiento. Sin esas pulsiones, el politicismo rencoroso y gris, burocrático y sin imaginación, de los militantes del conformismo, se ahogaría en su propia insignificancia, aparte de que no tendría nada que reprimir, nada que controlar, nada que acallar ni administrar. Así que un consejo: cuando perciban un aire de romanticismo revolucionario, existencialista y utópico, deberían como mínimo observar el mundo de pesadilla en el que apenas sobreviven, examinarse a sí mismos vegetando dentro de él, y al menos por pudor, callarse la boca, porque en ese aire inconformista está la semilla de toda revuelta, de toda revolución futura.

Lo que fue y lo que vendrá

Dicho esto, concluyamos con una advertencia, por la que podrán acusarnos de muchas cosas pero no de un exceso de humildad: pese a todo lo que esta breve pausa pueda sugerir, en Chile no se va a restablecer la legitimidad del sistema de dominación política de la burguesía. Así como hoy avanza a paso acelerado en varias regiones del planeta una marea de recesión económica, colapso climático y derrumbe de los estados nacionales; así como las clases dominantes se aprestan para la guerra civil generalizada confiando en que esta vez, contra toda evidencia pasada, la destrucción física alcanzará para detener la historia; así como hoy los humillados y ninguneados de siempre aguardan pacientemente el resultado de su último acto de confianza en el orden de las cosas, sabiendo que no van a esperar indefinidamente… asimismo aquí y en todas partes hay quienes han llevado el conocimiento dialéctico de la historia a la conclusión lógica que en este momento es evidente por sí misma: no es el momento de ceder ninguna fuerza, ningún gesto, ninguna esperanza, a la continuación de las cosas tal como han sido hasta hoy.

La vieja ensoñación constitucional, democrática, representativa, hoy restaurada por un rato, va a durar muy poco. El agua y la electricidad, el trigo y las hortalizas, las correas de transmisión y los microchips, las camillas y medicamentos, las señales inalámbricas y las armas, pronto empezarán a imponer sin mediaciones sus propias leyes inapelables, y toda convocatoria a “la razón” ilustrada y a “la razón” política, se va a revelar como una abstracción insignificante y ridícula, frente a la razón concreta de los pueblos vivientes, reales, buscando subsistir. Cualquiera que observe con atención las curvas de datos macroeconómicos, climáticos y sociales, y que acompañe esas curvas con informaciones frescas sobre desempleo, automatización, inundaciones, sequías e incendios catastróficos, hambrunas, guerras civiles y derrumbe de estados-nación, sabe que este es el curso inevitable a seguir, y que si bien no hay nada que podamos hacer para evitarlo, sí podemos hacer esta simple, modesta y crucial elección vital -que es a la vez política e histórica-: o dedicamos nuestras fuerzas a alimentar ilusiones vanas, o a destruirlas.

La mayoría de la gente que se abstiene de votar o vota nulo, sin importar cuán intenso haya sido el asedio propagandístico, lo hace por hastío, apatía y desinterés, que son las actitudes más saludables que alguien puede tener en estos tiempos frente al capitalismo real. Entre ellos, hay unos cuantos que pese a estar también hastiados del capitalismo y de los embusteros izquierdistas y ultraizquierdistas, promueven la abstención no por hastío, sino por economía de fuerzas. Mientras menos ilusiones existan sobre la capacidad de la política burguesa para mejorar nuestras condiciones de vida, mejores serán nuestras probabilidades de salir del capitalismo, hacerlo por nosotros mismos, y a partir de ahí, ser dueños soberanos de lo que sea que vaya a venir después.

martes, 23 de agosto de 2022

[Chile] ¿Qué es un plebiscito?

por Luther Blisset
23 de agosto 2022, Chile

Aunque en su raíz latina el vocablo plebiscito designa la decisión soberana de la plebe, su uso moderno se refiere a algo muy distinto. En nuestros días el plebiscito, al igual que todos los actos eleccionarios de las democracias modernas, no pasa de ser un simple interrogatorio: un acto unilateral en que los gobernantes le exigen a la masa gobernada que se pronuncie sobre un tema planteado por ellos. Por supuesto, cuando los gobernantes plantean un asunto a plebiscitar, es únicamente en interés de ellos mismos: necesitan saber qué tipo de dominación toleran mejor los gobernados, para poder ejercer sus funciones de mando con menos incertidumbre.

En algunos casos, la resistencia de los gobernados a responder interrogatorios -Chile alcanzó hace algunos años el 58% de abstención electoral, la más alta del mundo-, es síntoma de una indisciplina más profunda, que puede llegar a convertirse en rebelión abierta -como en este mismo país, a fines de 2019-. Llegado ese extremo, el poder debe simplificar y exacerbar al máximo las preguntas, al punto de que los gobernados no tengan escapatoria. Tras haberse visto sorprendidos por la desobediencia civil, y tras haberla desactivado o ahogado en sangre, los gobernantes deben poner a los gobernados entre la espada y la pared, obligándoles a opinar sobre una disyuntiva aparentemente lapidaria, definitiva.

Eso y no otra cosa es un plebiscito: un acto que representa ficcionalmente la soberanía de la plebe, pero que en realidad exhibe ante la vista de todos la soberanía sin rival de los gobernantes, capaces de reducir la cuestión social a un “sí” o un “no” inofensivo frente a la dominación, mientras restringen casi por completo la libertad de decir “no” al propio plebiscito.

El plebiscito, dado que es un interrogatorio, no tiene otra función que reafirmar la superioridad de quienes hacen las preguntas.

 

martes, 18 de diciembre de 2018

[Francia] REFLEXIONES PROVISIONALES SOBRE LOS CHALECOS AMARILLOS

Original en francés: Réflexions provisoires sur les Gilets Jaunes
15 décembre 2018
traducido por Federico Corriente

El siguiente texto es el resultado de las reflexiones de compañeros que viven en Francia, Suiza y Alemania, y tiene por objetivo presentar la situación actual en Francia a un público alemán (bien que mal, traduce quien quiere). Compartimos sus conclusiones, con unas pocas reservas, especialmente con respecto al uso de la investigación de Le Monde, cuyo método nos parece insatisfactorio, pues sesga la representación de los componentes sociales del movimiento, y sobre todo su politización (en particular en cuanto a la presencia de la extrema derecha).


1. El «pueblo» y el precio del litro
Fue la gota que colma el vaso. Un aumento de los impuestos sobre el combustible hizo estallar la ira de aquellos y aquellas que sufren plenamente el desmantelamiento del Estado de bienestar. Pero, ¿por qué la gota fue el aumento de los impuestos del combustible, y no la quiebra del código de trabajo emprendida por la ley El Khomri e intensificada por las ordenanzas de Macron, o incluso la privatización de los ferrocarriles? Porque un depósito vacío equivale a un arresto domiciliario. Para los individuos relegados a las periferias del espacio social, a sus márgenes suburbanos y rurales, el automóvil es la última garantía residual de socialización. Permite «salir» de la zona. En tales condiciones, no es raro que el automóvil sea percibido como un factor central de socialización.

Ponerse un chaleco amarillo supone salir de una invisibilidad padecida hasta ahora, primero en las encrucijadas y en los peajes, para rehacer un vínculo y converger luego sobre los centros urbanos, la capital y su corazón simbólico: los Campos Elíseos. La vivencia económica de la desocialización se experimenta tanto más escandalosamente como una afrenta cuando uno es consciente de que pertenece a algo así como «el pueblo», en el sentido de «los de abajo», los que tienen dificultades para llegar a fin de mes. En una capital ocupada repentinamente por individuos y grupos que jamás habían puesto los pies en ella, aparecieron por doquier etiquetas y consignas alusivas a la Revolución Francesa.

La única tradición revolucionaria que parece permitir la reconstrucción de un imaginario político común no tiene nada que ver con los movimientos obreros; se inspira en el relato nacional sobre la revolución fundadora de 1789. Sin duda, habría que guardarse de sobreinterpretar la omnipresencia de banderas francesas y los continuos cantos de La marsellesa en los bloqueos, las comitivas y los disturbios. Cuando los resultados de la primera encuesta nos dicen que sólo el 12,7% de los chalecos amarillos encuestados dicen ser de derechas, y el 5,4% de extrema derecha , también cabe considerar estos símbolos nacionales como insignias enarboladas por defecto —son los únicos compartidos— y también como la reivindicación de una forma de anonimato político, así como de una ruptura con los partidos y sindicatos existentes.

Tal como están las cosas, estas referencias a la nación revolucionaria ponen de manifiesto que el declive de la identidad obrera desde finales de la década de 1970 conlleva el olvido de la historia del movimiento obrero por parte de un gran sector del proletariado. El momento de rescate de la memoria que acompaña a toda lucha lleva al movimiento de los chalecos amarillos a volver a un pasado más lejano.

2. Nación y autoorganización
Así pues, la identificación con una tradición revolucionaria que opone al pueblo al rey Macron no implica que el conjunto del movimiento se construya en torno a la afirmación de una comunidad nacional preexistente —que, como es sabido, requiere su complemento racista— para anclarse en un territorio y una genealogía imaginarios. Lo que la mayoría de los chalecos amarillos han tomado por blanco es la injusticia social, en el sentido más inmediato de la vivencia de unas condiciones de existencia material degradadas . El movimiento nació de una crítica de los impuestos sobre el consumo antes de trasladarse hacia nuevas reivindicaciones, incluida la redistribución más equitativa de la riqueza (restablecimiento del impuesto sobre el patrimonio) y la mejora de las condiciones salariales (ajuste de los salarios a la inflación, aumento del salario mínimo…). Por el momento, este giro hacia los salarios y las condiciones de trabajo no es hegemónico dentro del movimiento, marcado como está por una redefinición de la subjetividad política, ya no asalariada, sino ante todo consumidora-ciudadana.

El interlocutor principal de los chalecos amarillos no es la clase capitalista, sino un Estado que redistribuye mal la riqueza. No se apunta a los réditos —pese a que sean muy visibles en la explosión de los precios de la vivienda— sino a los impuestos, vividos como una intervención ilegítima del Estado macronista en la economía de la «gente de a pie».
Empleados, trabajadores, artesanos, pequeños burgueses, capitalistas y, en mucho menor grado, ejecutivos y miembros de la clase directiva, convergen sobre todo en torno a la denuncia del impuesto. La causa de esta injusticia sería la falta de democracia, cuando no la instrumentalización política de los instrumentos democráticos para defender a una casta privilegiada. Los escasos eslóganes «anticapitalistas» se corean poco y son sofocados rápidamente por el clamor unitario del «Macron dimisión». Por ahora, el objetivo principal parece ser la dimisión del gobierno, a lo que algunos chalecos amarillos añaden la exigencia de una revisión de la Constitución para garantizar mejor el control popular sobre el presidente.

Hasta el momento, el Estado es el horizonte principal de un movimiento que, sin embargo, no parece estar satisfecho con el puñado de cambios en el salario mínimo y las primas anunciados el lunes 10 de diciembre. El Vº Acto del sábado 15 podría permitir entrever si, tras este anuncio, en el fondo lo que se reclama es un cambio del personal en el poder. ¿Bastaría con que Macron dimita? La aspiración de los chalecos amarillos sería, en tal caso, una prolongación de los movimientos de las plazas y de los indignados, y marcaría la consagración de una nueva subjetividad ciudadana tras la desintegración de la subjetividad asalariada. Pero, ¿acaso la exigencia de la dimisión de Macron no expresa también el rechazo de toda negociación, dado que el Presidente es a la vez el único interlocutor y aquel a quien se quiere expulsar? En ese caso se trataría de una reivindicación asumida como ilegítima, porque sabemos que los capitalistas y los sucesivos gobiernos llevan considerando ilegítimas las reivindicaciones salariales desde hace cuarenta años.

Esta ilegitimidad, esta falta de reconocimiento, sería, por tanto, lo que engendra unas formas de protesta en las que ya no se trata de negociar, sino de expresar el rechazo a los políticos. Y si no hay nada que negociar, tampoco hace falta encontrar representantes… Por otro lado, el imaginario de la pertenencia a la nación revolucionaria, reactivado por la experiencia de la desocialización y de la precariedad, no supone, estrictamente hablando, una identificación con el Estado francés existente. Esta nación imaginada es un continente cuyo contenido está actualmente en entredicho. ¿Va hacia una descompartimentación que —no sin luchas internas— creará un frente unido que articule a los proletarios (incluidos los de los «suburbios») y los segmentos precarizados de la clase media? ¿O va, por el contrario, hacia una compartimentación que reforzará la oposición de los franceses «auténticos», unidos en una comunidad racista, a las «élites» y a los «inmigrantes», identificados con la globalización? Esa es una de las tensiones activas dentro de la polifonía ambiental.

La izquierda radical, como una veleta desorientada por una tormenta imprevisible, oscila entre tres tipos de posicionamiento frente a esta indeterminación. Parte de ella se repliega sobre una posición rígida, viendo en el carácter informe del movimiento —o incluso en algunas situaciones de racismo cotidiano— el signo de un confusionismo que le ahorraría de entrada cualquier análisis sociohistórico. Otra ya se ha lanzado de cabeza al movimiento, impulsada por la esperanza —o más bien por la desesperación— de ver llegar esa insurrección que no acaba de cuajar. Entre estos dos extremos están las llamadas a unirse con precaución a los chalecos amarillos, a «ir a ver» en un principio, y luego intentar apoyar formas emergentes de autoorganización. Esta última posición, la más pragmática, no debe hacernos olvidar que los chalecos amarillos han surgido sin las organizaciones de izquierda existentes, al margen de las instituciones heredadas de los movimientos obreros de siglos anteriores, y que es posible que esta autonomía objetiva haga obsoleta la perspectiva de una «intervención» comunista.

3. El lenguaje de los chalecos amarillos
Si los magníficos disturbios del primero de diciembre en París fueron una especie de acontecimiento de reconciliación que federó a todo el mundo, desde el trabajador de veinte años que descubría París hasta a quienes encabezan habitualmente las procesiones, lo cierto es que por el momento estas prácticas conflictivas se siguen desarrollando en una contigüidad sin convergencia, en una comunidad temporal cuya única mediación es un enemigo común: el Estado. Ahora bien, precisamente quienes hacen de sus chalecos libros de reclamaciones y quienes hablan el idioma de «destitución» o la «anulación» no apuntan a este Estado de la misma manera. En cualquier caso, no malinterpretemos el alcance de un incendio que sin duda puede hacer arder automóviles y edificios, lo cual no tiene nada que ver con la transformación de las relaciones sociales capitalistas.

Este no es el caso de los bloqueos de las rotondas y de los depósitos de gasolina, que, ciertamente, a menudo parecen organizados de manera intermitente, de modo que el trabajo asalariado de unos y otros siga su curso normal, pero que no dejan de ser una forma de tomar como objetivo la circulación capitalista. Sería falaz oponer esta circulación a la producción, como si se tratara de dos «espacios» separados, cuando la producción capitalista consiste precisamente en producir mercancías mediante mercancías, que, como sabemos, no se encuentran en otro lugar que no sea el mercado capitalista, mercado cuyo funcionamiento normal cuesta imaginar, por tanto, en el supuesto de que los bienes no circulen con normalidad. Además, poco a poco la lucha emprendida por los chalecos amarillos contra el deterioro de las condiciones materiales de existencia se extiende a sectores más claramente identificables.

Desde hace dos semanas ha surgido un movimiento de escuelas secundarias inédito, en el sentido de que no ha partido de las escuelas secundarias de los centros de las ciudades sino de los de los espacios pobres y desocializados, para denunciar la reforma del sistema escolar y la fractura social en general. Hoy, viernes 14, los trabajadores del ferrocarril han iniciado una huelga contra las reformas de la SNCF y más allá. Todo esto en una dinámica de ruptura con el escenario habitual del «movimiento social» a la francesa —que comienza en febrero-marzo y se agota a pocas semanas de mes de agosto— y lo suficientemente alejado, también, de las próximas elecciones presidenciales para que nadie pueda creer realmente en la solución mediante las urnas que exigen Le Pen y Wauquiez. Si los bloqueos y las huelgas se multiplican y se prolongan en el tiempo, entraremos en una nueva fase.

La derecha y la extrema derecha podrían verse arrinconadas en tal caso en el callejón sin salida de un «partido del orden» en desfase con el movimiento. O, por el contrario, se arrojarán también a este último, tomando partido por los trabajadores, pero en ese caso se arriesgan a entrar en conflicto interno con sus fracciones burguesas conservadoras. La gran preocupación de Rassemblement National parece ser encontrar representantes en las instituciones y las grandes empresas para asumir el poder algún día. Además, su deseo ineludible, en el momento en que se escribe este artículo, es que la lucha naufrague en el resentimiento, en las medias tintas, y que finalmente acabemos hablando de otras cosas; del terrorismo islamista, por ejemplo, del famoso pacto de Marrakech, o de lo que sea, siempre y cuando no perturbe equilibrio de fuerzas que vemos construirse ante nuestros ojos.

Por otro lado, las acciones estratégicas realizadas en común forman parte, de hecho, de un nuevo imaginario que no ha de ser juzgado a la luz de aquello que le falta según este o aquel esquema de la revolución como mandan los cánones, sino a la luz de aquello que ya lo aleja de la normalidad producida por la derrota incesante de las luchas durante cuatro décadas. En este momento la lucha es apropiada al margen de los marcos legales y representativos convencionales. Es violenta en su rechazo de la palabra presidencial y mediática «desde las alturas». Personas que nadie estaba acostumbrada a oír hablar han empezado a hacerlo, y eso cuestiona las representaciones que todo el mundo proyectaba sobre ellas. La gran desconfianza de una parte de la izquierda radical quiere decir lo siguiente: en el fondo, a este segmento provincial del proletariado se lo consideraba perdido para la causa, e irremediablemente conquistado por la afasia política, o peor, por la reacción.

Los chalecos amarillos nos recuerdan que habrá que contar con este proletariado, apañarse con lo que sus condiciones de vida han hecho de él, a saber, una población que no puede permitirse el lujo de un modo de vida conforme a los cánones del pensamiento académico y crítico. Sí, muchos chalecos amarillos expresan la cuestión social en el idioma del yugo fiscal y del poder adquisitivo, pero al hacerlo así, no hacen más que hablar el idioma que se nos ha querido inculcar. Se trata del lenguaje de la derrota, del realismo capitalista, de los sueños triturados y del achatamiento de la política por la lógica de los mercados capitalistas, cuyo desaprendizaje quizá estemos empezando a esbozar ahora.

por Unos comunistas reunidos entre los actos IVº y Vº


1. Colectivo, «“Chalecos amarillos”: una investigación pionera sobre la “revuelta de ingresos modestos”», Le Monde, 11 de diciembre de 2018.

2. A este respecto, cabe añadir que si, en efecto, las categorías más empobrecidas del proletariado no se congregan particularmente en las movilizaciones «clásicas», habrá que entender si estas categorías están realmente presentes en el movimiento actual, y si la respuesta es «sí», ¿cuál es su poder de iniciativa? Contrariamente a los lugares comunes, más que trillados, no creemos que el proletariado vaya a movilizarse tanto más fácilmente cuando sus condiciones de reproducción se degradan (nota del editor).

sábado, 8 de diciembre de 2018

[FRANCIA] SOBRE LOS CHALECOS AMARILLOS

Compilamos algunas consideraciones que andan circulando en la web. Principalmente traducciones publicadas en Facebook por el usuario Átopos Blaidd.

  • CHALECOS AMARILLOS PARA QUIENES VEN ROJO
  • COMUNICADO DEL GIIC
  • 1 DE DICIEMBRE: LLEVAR EL DESORDEN AÚN MÁS LEJOS
  • EL AMARILLO NO ES EL COLOR DE LA PRIMAVERA
  • DEMANDAS DEL MOVIMIENTO DE LOS CHALECOS AMARILLOS
  • DEL CHALECO AMARILLO A LA RABIA NEGRA 
  • ¿DE LA RABIA NEGRA A LA INSURRECCIÓN GENERALIZADA?
  • OTROS ARTÍCULOS PUBLICADOS EN EL PORTAL LIBERTARIO «A LAS BARRICADAS»

Avisar de antemano que los enlances de las notas al pie no están completos, es cuestión de descifrarlos entrando al sitio web nombrado y buscando el artículo en cuestión.





CHALECOS AMARILLOS PARA QUIENES VEN ROJO

Este artículo https://agitationautonome.com/2018/11/22/des-gilets-jaunes-a-ceux-qui-voient-roug apareció un par de días antes de las grandes manifestaciones del 24 de noviembre. Esta es una traducción hecha un poco a la rápida, a la cual seguirán otras, que den cuenta del movimiento de protestas en Francia, según se han ido desarrollando los acontecimientos. Hay una versión en inglés traducida por los compañeros de Ediciones Inéditos (https://ediciones-ineditos.com). [
Traducción: Átopos Blaidd]
* * *

En los últimos días, la izquierda ha debido luchar para aprehender políticamente ese nuevo fenómeno llamado "chalecos amarillos" (Gillets Jaunes), pues éste no ha surgido directamente de las formas de protesta tradicionales. Esto ha tenido el efecto de que todos los análisis críticos se apresuran a apoyar alegremente el movimiento sin cuestionar nada (¿quién se moviliza? ¿por qué? ¿cómo?). O bien a despreciarlo descaradamente por esos "picantes" que no adhieren a las "buenas causas", como si la conciencia de clase pudiese surgir mágicamente en los proletarios. Al mismo tiempo, no podemos describir los eventos como una burda e infundada manipulación de la extrema derecha, capaz de crear un descontento social completamente artificial a través de videos en Facebook.

La locura por los "chalecos amarillos" es un síntoma del período político en que nos encontramos, fruto de un capitalismo en crisis y de la disolución de cualquier identidad de trabajadores reconocible y comúnmente compartida. Esta pérdida de puntos de referencia ha sido brutal, y algunos debates dentro de la izquierda radical (debates que a veces reflejan más un pasado imaginario que una comprensión de la compleja composición de clase de las luchas actuales) han consistido en cuestionar la proporción de proletarios que usan automóvil y que, por lo tanto, han sido directamente afectados por la subida del precio del diesel. Muy a menudo terminan volviendo a la fantasía reaccionaria de una buena Francia campesina rural donde vivía la mayoría de los "pobres" (el concepto del proletariado se escurre rápidamente por las grietas). En nuestra opinión, es más relevante centrarse en el contenido político de este movimiento y en cómo se traduce en la práctica.

La diversidad de los chalecos amarillos en relación con los motivos para movilizarse le ha permitido a cada cual plantar su pequeña bandera ideológica mientras retiene solo lo que le conviene. Así, Action Française, un grupo monárquico francés fundado en 1898, después del caso Dreyfus, por Charles Maurras; el GUD, un grupo neofascista fundado en 2017 por antiguos miembros del Grupo de Defensa Sindical e inspirado en el movimiento italiano Casa Pound; el Rassemblement National, ex Frente Nacional de Marine Le Pen; el grupo Les Républicains, principal partido de derecha animado por el ex presidente Nicolas Sarkozy; pero también La France Insoumise, movimiento populista de izquierda de Jean-Luc Mélenchon; varios grupos trotskistas que van desde la extrema izquierda ex trotskista del Nouveau Parti Anticapitaliste, hasta los orto trotskistas de Lutte Ouvrière, e incluso anarquistas que difunden la buena nueva... todos podrían reclamar la victoria y fortalecerse gracias al relativo éxito de las manifestaciones del 17 de noviembre. Recordemos que cuando en toda Francia salen a protestar 250 mil personas en una movilización convocada por los sindicatos, eso se considera una derrota, y en este caso ni siquiera se había declarado la huelga.

El episodio de Marcel Campion [1] debería haber servido como una lección para algunos que, arrastrados por el ardor de la masificación se están negando a pensar sobre la rabia de aquellos que están saliendo a la calle sobre una base interclasista, yendo incluso detrás de las reivindicaciones liberales de los pequeños patrones. Porque sí, todas las encuestas muestran que "la gente está cabreada". Pero tenemos que preguntarnos qué significa "la gente" y acerca de qué están enojados.

Si policías, fachos y parte de los patrones se han sentido interpretados por las demandas de los "chalecos amarillos", ello no es una recuperación oportunista y aleatoria que se ha dado en una convergencia antinatural: es porque la dinámica del movimiento coincide con sus intereses de clase. O, al menos, porque la confusión prevaleciente no amenaza directamente a esos intereses, al menos en la Francia metropolitana. La situación es muy diferente, por ejemplo, en la Isla de Reunión (donde el desempleo entre la población trabajadora es del 22%), donde el movimiento no se está llevando a cabo de manera interclasista, sino precisamente en los barrios más pobres y más racializados (disturbios, saqueos de tiendas departamentales, la policía entregando insignias a los comerciantes para formar milicias, toque de queda, etc.).

Independientemente de lo que digan algunos manifestantes aislados, que expresan su frustración de manera desorganizada ante las cámaras queriendo transmitir declaraciones impactantes, el movimiento se ha desarrollado en torno a un discurso poujadista [2] de protesta contra los "impuestos" y las "cuotas" que "asfixian a la gente", lo cual está lejos de ser una lucha de clases (y al contrario de lo que se ha dicho, casi el 70% del aumento de los precios proviene de las fluctuaciones del precio del petróleo y no de una política estatal deliberada).

La decisión de "bloquear el país" un día sábado sin acudir a los lugares de producción, está lejos de ser trivial, y es divertido observar que Martínez, el "socialdemócrata", tiene un mejor análisis de clase que la mayoría de los izquierdistas al declarar que “la CGT no marcha con la extrema derecha ni con los patrones”. Una extrema derecha que se siente cada vez más cómoda (saludos nazis, denuncia de migrantes a la policía, invitaciones a militantes antisemitas, ataques racistas y homofóbicos, etc.), precisamente porque la movilización del 17 de noviembre no tuvo bases sectoriales ni proletarias, sino territoriales y populistas.

Queriendo negar lo obvio e inventar nuevos aliados para ampliar las filas de la "gente rebelde", los izquierdistas imaginan que comparten con chalecos amarillos al menos un enemigo en común: los capitalistas o, en su defecto, "los ricos". Pero, ¿cómo podemos afirmar que este movimiento se opone a la burguesía cuando evita cuidadosamente atacar los puntos críticos de la economía, contentándose en cambio con organizar marchas vacías hacia los ayuntamientos, donde los funcionarios electos locales son vilipendiados simbólicamente?

La cobertura mediática y la gestión policial de esta movilización también dicen mucho sobre el grado de amenaza que supone para el Estado y la economía: la complacencia de los noticiarios frente a algo que en cualquier otro contexto habría sido descrito como “disturbios”; las intervenciones policiales relativamente escasas y no violentas frente a mítines no autorizados y, por lo tanto, ilegales; Le Monde hablando sobre un "relativo resguardo de la seguridad" porque no ha habido daños materiales, siendo que se ha informado ya de un muerto y cientos de heridos...

Sin embargo, el día siguiente al 17 de noviembre hubo señales de iniciativas locales que fueron más allá de una lucha fiscal. En algunos lugares, la falta de una coordinación estricta ha permitido algunos "brotes" que se han escapado del marco de la demanda inicial, ya sea tomando una orientación para-sindical, especialmente con bloqueos logísticos que han asustado a los patrones, o bien dando lugar a ataques racistas, sexistas y homofóbicos nacidos directamente del carácter populista de estas manifestaciones. De hecho, "la gente" implica la pertenencia a una "comunidad nacional" de la cual los extranjeros están necesariamente excluidos.

Queda por verse si las fracciones dispersas de los "chalecos amarillos" disidentes pueden sobrevivir independientemente de una dinámica nacional, una vez que la ola de confusión de las movilizaciones haya disminuido. El movimiento se ha basado en una ira generalizada y real entre varias poblaciones pero, en ausencia de contenido estable y determinado, es probable que implosione porque el hecho de ser "ciudadanos enojados" no proporciona ninguna base política común, aunque todos intenten aferrarse a ello de la mejor forma que puedan. Fue esta falta de una base política común lo que llevó a la pérdida del Movimiento de las Horcas en 2013 en Italia, un movimiento populista que fue en parte anti-fiscal y tan "inclusivo" como el movimiento el de los "chalecos amarillos".

En el lado izquierdista, los filósofos de la École normale supérieure (una de las universidades más prestigiosas de Francia) han podido "experimentar" su pequeño momento con "el Pueblo" (perdón, las "subjetividades difusas"), mientras el escalofrío de la insurrección ciudadana les recorre el espinazo, y comienzan a soñar con disturbios y barricadas en medio de un mitin contra el aumento de los precios del petróleo. En efecto, es este reclamo dirigido al Estado el que constituye la médula espinal de la movilización, y no un anticapitalismo inconsciente de ningún tipo que naturalmente estaría en el germen de las acciones ciudadanas de los "indignados" (en el sentido del "Indignados" españoles o el movimiento "Nuit Debout").

Génération Ingouvernable [4] llama a “perdernos en la confusión”, una llamada más política. Pero, ¿por qué culpar a los revolucionarios románticos, los mismos que llamaron a la revuelta durante la última Copa del Mundo? Y aquí reaparecen otros poetas: Lundi Matin [5], que afirma que el chaleco amarillo tiene la "utilidad simbólica" de volver la seguridad en contra del propio orden de la seguridad [6]: "Lo que se impuso por primera vez como un dispositivo de seguridad se transforma en una disidencia social. (...) Cuando salen de sus autos, los chalecos amarillos se reconocen entre sí por la urgencia que les impone el repentino deterioro de sus formas de existencia".

Todas estas extrapolaciones izquierdistas delirantes son lógicamente congruentes con los anarquistas que creían que el movimiento por la independencia fiscal de Cataluña llevaría a la abolición absoluta del capitalismo, o que la consolidación del Estado kurdo en Rojava tenía algo que ver con la revolución comunista. Todo lo que se mueve es rojo, cualquier enojo es revolucionario y puedes hacer pasteles de chocolate con las sobras de un guiso de zapallo.

La comparación con la autonomía italiana de la década de 1970 fue aún más audaz, al atribuir el término "disturbios urbanos" a una caminata ciudadana escoltada por la CRS [7]. Hasta pudimos leer a un intelectual trotskista que vinculaba los chalecos amarillos con las luchas contra la circulación del capital (y alegando por ese motivo que los chalecos amarillos eran trabajadores que que habían abandonado la fábrica, cuando en realidad una mayoría abrumadora estaba trabajando el sábado pasado). Cuando no pasa nada, tenemos que soñar: soñar nos mantiene ocupados en los días entre una reunión y otra, y nos permite sacar del closet el disparate ideológico que teníamos guardado desde el final del último movimiento social.

[1] El sitio web Lundi Matin recibió con agrado el llamado de Marcel Campion, "rey de los recintos feriales" y, por cierto, empresario multimillonario partidario de Marine Le Pen, a manifestarse juntos contra la reforma del código laboral en 2017.

[2] Poujade fue un político francés de la 4ta República que lideró un fuerte movimiento de protesta contra los impuestos, compuesto por comerciantes y gerentes de pequeñas empresas y que pidió un levantamiento del hombre común contra la élite. Jean-Marie Le Pen fue elegido diputado por primera vez en 1956, mientras se postulaba para el partido de Poujade.

[3] Martínez es el actual jefe del sindicato más grande de Francia, la CGT.

[4] Génération Ingouvernable: grupo nacido del Cortège de Tête durante el movimiento contra el Loi Travail.

[5] Revista semanal online inspirada principalmente en los textos del Comité Invisible.

[6] El chaleco amarillo se hizo obligatorio por primera vez en Francia en 2008.

[7] Policía antidisturbios francesa.




Comunicado del GIIC sobre la revuelta social en Francia (2 de diciembre 2018)

Al tercer sábado del movimiento de los "chalecos amarillos", las imágenes de los disturbios en los Campos Elíseos y del barrio burgués rico y chic de París que los rodea, están en la primera plana de los noticieros. Pero este 1ero de Diciembre, y después dos semanas de bloqueos de las carreteras y de las rotondas, es una verdadera revuelta social mezclando obreros, desempleados, jubilados, artesanos, campesinos, pequeños y auto-empresarios que ha explotado a través todo el país. Los enfrentamientos con la policía se han multiplicado en Tolosa, Marsella, pero también en Tours, Avignon, en Dijon, en varias ciudades más o menos grandes… hasta el Puy en Velay donde la prefectura ha sido quemada por los manifestantes [1].
Exacerbación y generalización de la rabia popular en todo el país

Si unos grupos de extrema derecha [2] y de "extrema izquierda" tipo Black blocs fueron, por cierto, activos al inicio de los enfrentamientos parisinos, se puede dudar seriamente que fuera lo mismo en Puy en Velay (18 000 habitantes al centro de la Francia rural) o aún en Charlevilles-Mézières (48 000 habitantes en las Ardenas). Ante la represión de los CRS y gendarmes (la policía anti-motín), numerosos "chalecos amarillos" decidieron responder a la violencia estatal, sea asumiendo ellos-mismos su propria defensa, sea asociándose directamente o pasivamente a las violencias de diversos grupos más o menos informales llamados "extremos". Este rechazo físico al ceder a la violencia policíaca del Estado se había ya expresado durante las manifestaciones obreras de 2016 contra la "ley trabajo" que habían sido reprimidas de manera muy violenta, y durante las cuales, miles de trabajadores mostraban sin embargo su solidaridad con los "black blocs" y otros frente a la policía. Esta "radicalización" de los manifestantes durante las movilizaciones sociales responde a las violencias cotidianas impuestas por el capitalismo y la dictadura de su Estado ; y de manera más general a la crisis del capitalismo y a las miserias de todo tipo que este impone sobre miles de millones de seres humanos. Más allá del desconcierto creciente del gobierno incapaz de enfrentar la situación inmediata y que parece únicamente capaz de tirar aceite al fuego, su rechazo – hasta ahora – para retirar sería sólo el alza de las tasas sobre la gasolina que hubiera podido calmar la explosión general de rabia, ilustra a la vez la urgencia del capitalismo francés, pero también internacional, para imponer cada vez más miseria y explotación y el inevitable estallido de violencias sociales masivas a nivel mundial cuyos inicios apenas estamos viendo. Del mismo modo, el hecho que, hasta ayer, las encuestas de opinión indican que 85% de la población francesa apoya al movimiento a pesar de las violencias de los 17 y 24 de noviembre – centenares de heridos y dos muertos – expresa esta radicalización y generalización de la rabia… como las contradicciones y limites de este movimiento ’interclasista’; quiere decir en el cual se mezclan pequeños empresarios, artesanos, incluso campesinos, asalariados, obreros y jubilados.

En el momento de redactar, el callejón sin salida parece total. Por un lado, sin volver sobre ninguna de las tasas y otros aumentos de los precios de la energía que ha decidido, el gobierno centra toda su comunicación sobre los amotinados, los medios de comunicación evocan un clima de insurrección y los sindicatos de policía llaman a que intervenga el ejército y a declarar de nuevo el estado de urgencia ; por el momento, el gobierno parece incapaz de proponer cualquier respuesta política. Por el otro, el movimiento de los chalecos amarillos, por sus características, su composición social diversa y aun contradictoria, sus reivindicaciones también diversas y contradictorias, es incapaz de organizarse a mínimamente y aún menos de poder presentar una verdadera perspectiva de lucha contra el Estado y el capitalismo.
Límites y callejón sin salido del movimiento "interclasista"

La foto de una treintena de chalecos amarillos arrodillados ante la Tumba del soldado desconocido al Arco de Triunfo en París y cantando a todo pulmón la Marseillaise, brazos blandidos hacia el cielo, cualquiera sean los autores (elementos de extrema derecha o no), en medio de los enfrentamientos, ilustra claramente los limites y las contradicciones de este movimiento.

Por una parte, además de las reivindicaciones llamando a la dimisión de Macron y a la disolución de la Asamblea Nacional, reivindicaciones típicas de la pequeña burguesía y de la extrema derecha, la de la bajada de los impuestos y tasas permite a "todos" reconocerse y reagruparse detrás este eslogan. Una gran mayoría de obreros, de proletarios, sobre todo en provincia, poco acostumbrados, si jamás lo fueran, a movilizarse sea por la huelga, sea en las manifestaciones, rechazados lejos de las ciudades y lugares de trabajo por el precio de las rentas y de la vivienda, se ven obligados a utilizar su coches para ir al trabajo. Así, el aumento de la tasa sobre la gasolina se vivió como una enésima agresión contra sus condiciones de vida, "la gota que colma el vaso". Es precisamente sobre estas reivindicaciones y características pequeño burguesas, en nombre del "pueblo francés", reagrupando a todas las capas de "trabajadores", asalariados y proletarios, pero también pequeños empresarios, auto-empresarios, artesanos, comerciantes, campesinos a veces, que el partido de izquierda France Insoumise de Mélenchon lo disputa a la extrema derecha y al Rassemblement National de Marine Le Pen el liderazgo de la defensa del pueblo francés, de la bandera nacional y del nacionalismo lo más grosero.

Sobre este terreno, los obreros que se encuentran aislados y ahogados en tanto que proletarios en una masa con intereses heterogéneos y aun a menudo contradictorios, aislados y ahogados en el "pueblo", no ganarán nada. Y tienen todo que perder a dejándose arrastrar a métodos y objetivos de lucha que pueden sólo perjudicar la defensa de sus intereses y llevarles en el callejón sin salida del nacionalismo y de la xenofobia, incluso del racismo.
Les toca a los proletarios tomar la dirección de la lucha contra el capitalismo

Por la otra parte, la participación individual de numerosos obreros, de jubilados y de desempleados hizo que varias reivindicaciones que podrían ser retomadas por la clase obrera como un todo, por el proletariado en tanto que clase explotada y revolucionaria, emergieron claramente encima del bric-a-brac reivindicativo de los chalecos amarillos. Además de la anulación de la alza del precio de la gasolina, el aumento del salario mínimo legal, el SMIC – muchos chalecos amarillos "obreros" fijan el aumento a 1800 euros mensuales –, así como el aumento general de los salarios y de las pensiones deberían ser retomadas en los lugares de producción para movilizarse y comprometerse de manera resuelta, quiere decir colectivamente, en la lucha. Es así que la clase obrera podría presentar a estas reivindicaciones una salida real abriendo la vía no solamente a que se las puede ganar, a que el capitalismo francés retrocede por primera vez desde mucho, pero también a la destrucción del capitalismo como tal que conduce el conjunto de la humanidad a la miseria, a la catástrofe ecológica – por la cual la burguesía quiere hacer pagar a los proletarios y poblaciones y a la cual la carrera a la ganancia capitalista nos lleva de manera inevitable – y, de manera más general, a la guerra imperialista generalizada.

Por ello, no se puede contar con los sindicatos llamados "obreros" para llamar a la lucha y a huelgas en la situación presente. Es precisamente lo que la componente obrera de los "chalecos amarillos" ha entendido muy bien después de los fracasos sucesivos de las movilizaciones pasadas, la de 2003 hasta las de 2016 contra la "ley trabajo" y de 2018 de los ferrocarrileros. En ausencia de perspectiva obrera, este sentimiento "anti-sindicalista" entre los sectores los menos experimentados del proletariado en Francia se reconoció, erróneamente, en el "anti-sindicalismo" del pequeño burgués que no es sino la expresión de su temor patológico ante la lucha obrera y la perspectiva del comunismo. Los sindicatos se abstendrán de hacerlo, salvo si sectores obreros al movilizarse ellos-mismos les obligue, aún menos que la emergencia de luchas obreras, huelgas y manifestaciones, en la situación actual de rabia generalizada arriesgaría a presentar rápidamente, y verdaderamente (al contrario de los chalecos amarillos), un peligro real para la burguesía y el capitalismo francés. Dadas las circunstancias y el radicalismo aparente de los chalecos amarillos y del ambiente generalizado en el país, una dinámica de movilización del proletariado en Francia daría de manera inmediata otro carácter a la revuelta social detrás las reivindicaciones salariales, un carácter de clase, en la cual la bandera tricolor lo cedería rápido a la bandera roja ; la Marseillaise al canto de la Internacional – de paso, haría volar en pedazo la "unidad interclasista" de los chalecos amarillos. Y sobre todo, cuestionaría rápidamente el poder existente, el gobierno actual, y provocaría una crisis política afectando a todo el poder de Estado [3].

Sin embargo, para que esta perspectiva de lucha obrera pueda abrirse, todavía los proletarios, los obreros los más combativos, tienen que comprometerse y movilizarse para el estallido lo más pronto posible de combates obreros, para intervenir hacia los chalecos amarillos, en particular obreros, y enseñarles el verdadero terreno y camino del enfrentamiento al capital. Para esto, no podrán ahorrarse la confrontación política a… los sindicatos y partidos de izquierda tan en los lugares de trabajo como en las manifestaciones callejeras. Pero para que esta perspectiva pueda abrirse, los militantes obreros más conscientes y los revolucionarios deben reagruparse, organizarse, en comités de lucha u otro forma, y dirigirse hacia todos los proletarios, tan en los lugares de trabajo como a los, "chalecos amarillos", quienes están en los bloqueos de carretera.
 

GIIC (Grupo Internacional de la Izquierda Comunista) – Revolución o Guerra (www.igcl.org), 2 de Diciembre 2018.



Notas:

[1] . Desde el 17 de noviembre, otro movimiento de "chalecos amarillos" se ha desarrollado, en grado menor, en Bélgica.

[2] . Cabe destacar que los intentos iniciales de la extrema derecha de arrastrar a los chalecos amarillos sobre un terreno racista y xenofobo fracasaron hasta la fecha y que estos últimos, en su mayoría, se alejaron de este. El peligro del fascismo al poder no está en la agenda.

[3] . No quiere decir por lo tanto que las cuestiones de la insurrección obrera y del poder de los consejos obreros, de los "soviets", sean planteadas. Falta mucho para que el proletariado esté a tal nivel de confrontación al capital y al Estado burgués.



1 DE DICIEMBRE: LLEVAR EL DESORDEN AÚN MÁS LEJOS

Esta nota apareció el 3 de diciembre en francés en el blog Carbure (https://goo.gl/w3kJLQ). Fue publicada el mismo día en inglés en la web de Ediciones Inéditos (https://goo.gl/WMpAJJ). Esta es nuestra traducción. Hay que leerlo teniendo en cuenta el giro que la situación dio hace unas horas, cuando el primer ministro francés, Édouard Philippe, anunció la congelación de los precios del gas, la electricidad y de los carburantes hasta que un "diálogo nacional" ponga a punto la reforma del sistema fiscal. [Traducción: Átopos Blaidd]

* * *

El sábado 1 de diciembre, el movimiento Gilets Jaunes dejó de pertenecer a y ser el movimiento de la Francia blanca de clase baja que había sido al principio. Dada la predecible negativa del Estado a satisfacer hasta el más modesto reclamo (como lo demuestra el hecho de que los "portavoces" del movimiento no pudiesen o no quisieran reunirse con el Primer Ministro), también dado el aspecto irrisorio que cualquier demanda asume a la luz de una existencia intolerable, y gracias a la convergencia en un entorno urbano de TODAS las rabias, empieza a manifestarse bajo la capa de discursos e ideologías el contenido revolucionario de nuestra época, y este contenido es el desorden. La pregunta ahora es dónde terminará lo que ha comenzado, o hasta qué punto esto que ha comenzado podrá seguir creando el desorden. Ya quienes pusieron en marcha el movimiento se han puesto a la retaguardia de lo que detonaron, apelando a la razón y exigiendo un retorno al orden republicano en las páginas de Le Journal du Dimanche. Ellos eran la encarnación de la iniciativa en este movimiento y su reticencia demuestra que este movimiento ya no es suficiente. Se contentarán con una moratoria sobre el aumento de los precios del combustible, sobre el aumento del precio de lo que sea, o con la organización de un referéndum sobre la transición energética, justo cuando empieza a emerger un movimiento dispuesto a tomar lo que encuentre en su camino y que ya no puede cristalizar en torno a ningún discurso o demanda; excepción hecha de la repetición del "Que renuncie Macron", como una especie de mantra que invoca la nada y la desaparición de todo lo que este mundo representa. "Que renuncie Macron" es el límite político de este movimiento y al mismo tiempo un llamado al fin de toda política.

Teniendo en cuenta lo que ocurrió el sábado 1 de diciembre, sería absurdo seguir llamando a esto un "movimiento en contra del alza del costo de la vida", o religar a un reclamo económico lo que evidentemente ha ido mucho más allá de eso. El sábado, los "Cuadernos de Quejas" (1) fueron utilizados para iniciar incendios. El movimiento Gilets Jaunes, tras superar la etapa de hacer demandas económicas que le caracterizó durante la primera semana, entró en su fase políticamente populista en la semana siguiente, al exigir que el Estado se retire del pueblo o que el pueblo se convierta en el Estado. Hicimos la crítica de esta fase y determinamos el contenido de las demandas formuladas por la Francia blanca de clase baja dentro de su mediación de clase, demostrando los límites del interclasismo y señalando el peligro de una unión nacional popular de algunos contra los "otros". Apenas acabábamos de hacer la crítica de esta fase cuando nos vimos entrando en otra diferente.

Este movimiento ha carecido del nihilismo necesario para dotar de algún significado a su "apoliticismo": el encuentro con los "banlieues" (2) le aportó la correspondencia que no tenía con el "movimiento real” (3), que no es un movimiento de progreso social sino uno de destrucción de la sociedad. Este encuentro le permitió al movimiento reconocerse con alegría en el "movimiento real", como en su casa. Bajo la presión, el interclasismo derivó en una unidad de quienes saben clara o confusamente que no pueden esperar nada de esta sociedad, con aquellos que han sido relegados a los suburbios, los que han naufragado en la pesadilla de la franja periurbana y los receptores de la RSA (4) que sobreviven recogiendo castañas en Ardèche. Había que ver pasar al ejército muerto de la marcha sindical en la Place Bastille, escondiéndose detrás de sus banderas y sus consignas para afirmar la particularidad de sus trabajadores, y sentir la total indiferencia de quienes, con o sin chalecos amarillos caminaban sin rumbo pero juntos por París, para comprender cuán anacrónicos son el antiguo movimiento obrero, sus sindicatos, sus representantes y sus demandas. No habrá "convergencia social", este movimiento no surgió de la razón izquierdista y nunca será un movimiento social. Esa época se ha ido. Ya no se trata de antirracismo o antifascismo, de izquierda o de derecha, cuando lo único que queda por hacer es quemar todo y saber con quién se puede lograr esto. Este estado de cosas se trata tanto de la guerra civil como de la superación revolucionaria: dar el paso que conduce de la insurrección a la revolución es caminar sobre la hoja de una espada.

Este encuentro ha tenido lugar y queda por ver si se puede repetir y diseminar. Todo lo que puede oponerse a este encuentro ya está aquí, presente en la misma naturaleza "social" del movimiento, así como en las relaciones sociales en sí mismas, que ningún disturbio puede abolir: el eslogan federativo "Que renuncie Macron" contiene implícitamente la posibilidad de una alianza nacional-populista que tome el poder estatal en nombre de “el pueblo” (Le Pen y Mélenchon pidiendo al unísono las elecciones anticipadas), y que de al Estado una forma adecuada a la crisis: una forma compasiva-autoritaria, capaz de hacer que cada cual se ponga en su lugar, asignando a unos la Otredad, mientras asigna simétricamente a los demás la responsabilidad y el patriotismo; aplastando a unos en nombre de los otros con tal de poder dominarlos a todos. Lo hemos visto diez veces en los últimos años: “Que se vayan todos” es a menudo un llamado a renovar, para peor, al personal político. Sin embargo, para llegar hasta allí habrá que volver a poner en su sitio a la Francia blanca de clase baja, sometida a la conducción de la clase media: el trabajo honesto ya pagó su precio justo y la armoniosa circulación de mercancías. Esta es la única forma actualmente concebible de salir de la crisis, a menos que el propio gobierno de Macron se encargue de efectuar tal giro autoritario.

Para evitar esto, el desorden debe ser llevado aún más lejos. El momento de los disturbios urbanos es, en sí mismo, el punto límite de lo que está sucediendo ahora: históricamente corresponde con dos modalidades, o bien la toma del poder del Estado o bien su puesta en crisis para obligarle a hacer concesiones. Pero esto no es 1917, no es posible tomar el poder estatal para realizar un programa socialista; y no estamos en 1968, no ha habido acuerdos de Grenelle (5). Permanecer en la fase de los disturbios urbanos es quedarse en el nivel en que el movimiento todavía tiene una política. Pero si lo que se manifestó el sábado en París y en todas partes de Francia vuelve a los bloqueos, pone en marcha otros nuevos y empieza a "bloquear el país", es decir, a apoderarse de su futuro y a partir de ahí decidirlo, podemos imaginar el paso desde los disturbios a la revuelta, y de ahí a la revolución. Pero nadie puede decir en qué dirección va todo esto, pues va más rápido que el mundo entero: no hay mejor indicio de un contenido revolucionario que esto. Este movimiento, porque es una lucha de clases, porta en su interior todo lo que puede ser hoy en día una revolución comunista, incluidos sus límites, sus peligros y su imprevisibilidad: pero para llegar a ese punto, probablemente será necesario quemar muchas cosas que aún se interponen entre nosotros, ya sean autos o relaciones sociales.

C.A.

PD: En respuesta a ciertas críticas y preguntas sobre este texto, debe quedar claro que debe entenderse como una instantánea de un evento en desarrollo. Si alguien se sorprendió por su tono "optimista" (que no es algo habitual), también se debe tener en cuenta que este optimismo se ve atenuado por la perspectiva de un retorno al orden, que también resulta previsible dada la naturaleza de este movimiento. Todas las preguntas surgidas de los textos anteriores siguen vigentes. Aunque es esencial mantenerse lúcido, también es esencial tener en cuenta que la lucha de clases no es un río largo y tranquilo, ni una pista de aterrizaje bien marcada para los bombarderos de la teoría "pesada". Lo que se hace y se deshace en el curso de una lucha va más rápido que nuestras habilidades analíticas, y si lo que se abrió el 1 de diciembre se está cerrando rápidamente, esto deberá ser informado, como todo lo demás. Nada está escrito en piedra: en las luchas hay conjeturas, "desahucios" y todo tipo de otras cosas. Digamos que este texto es parte de eso y toma su posición.

(1) Los Cahiers de Doléances (Cuadernos de Quejas) fueron las listas de demandas elaboradas por cada uno de los tres Estados en Francia, entre marzo y abril de 1789, el año en que comenzó una situación revolucionaria.
(2) Banlieue: suburbios de la periferia urbana parisina.
(3) Referencia al Manifiesto del Partido Comunista de 1847, en el que se afirma: "Llamamos comunismo al movimiento real que suprime el estado actual de las cosas".
(4) RSA, Revenue de Solidarité Active: modalidad de beneficio social otorgado por el Estado a quienes intentan reinsertarse en el mercado de trabajo.
(5) Acuerdos de Grenelle fueron los que suscribió el gobierno francés con los sindicatos y la patronal para poner fin al levantamiento de mayo y junio de 1968 en Francia.



EL AMARILLO NO ES EL COLOR DE LA PRIMAVERA

Publicado el 6 de diciembre en el sitio web "A ruthless critique against everything existing" (https://goo.gl/HzbscK). [Traducción: Átopos Blaidd]

* * *

Mientras escribimos estas líneas, las calles de París siguen anegadas de una variopinta multitud llena de sueños de un mundo mejor. Pero ningún sueño o fe han traido ni una sola vez el paraíso a la Tierra, porque el advenimiento de un mundo mejor no requiere simplemente la satisfacción de una demanda preexistente, sino la transformación radical de la manera en que las personas se relacionan entre sí. Revolución significa cambiar las relaciones sociales cualitativa y no cuantitativamente. Ninguna revolución es política en el sentido corriente del término. ¿Qué cabe decir entonces acerca de los llamados "chalecos amarillos"?

# 1

El movimiento conocido como los chalecos amarillos se inició a causa de un aumento del impuesto sobre el combustible que impacta directamente sobre la vida de una gran proporción de los habitantes de Francia. El aumento en el precio del combustible hace subir cada vez más el costo de reproducción de quienquiera que consuma la mercancía combustible. Este aumento afecta claramente a la mayoría, si no a toda, la clase trabajadora, pues supone en esencia una disminución indirecta de los salarios reales. Pero el problema es que el elevado costo de los combustibles, además de reducir los salarios, especialmente los de la clase trabajadora, implica también una disminución del poder de consumo de toda la población, más allá de la clase trabajadora [1]. Esto le convierte en un tema apto para generar frentes, alianzas entre clases y acuerdos antigubernamentales en lugar de un nìtido conflicto de clases. Especialmente dado que el impuesto ha sido introducido por el gobierno y sus exigencias para cubrir la inestabilidad presupuestaria, las condiciones muestran que el conflicto estaba, está y seguirá estando dirigido contra un gobierno que "no representa al pueblo", es decir, que no tiene en cuenta las necesidades de la gente . Esto fue evidente desde el principio: la masa no apeló a las organizaciones de trabajadores existentes, pues no creían que el conflicto fuese con algunos empleadores o con alguna clase.

# 2

Las luchas antigubernamentales son luchas nacionales . De una forma u otra, reprochan al Estado haber incumplido sus promesas. En Francia esto es particularmente notorio por el hecho de que el Estado, tras promover el uso del diesel, súbitamente -en la presidencia de Macron- aumentò su precio. A pesar de su diversidad, este movimiento persigue el objetivo de cambiar de gobierno. La mayoría de las causas y la mayoría de las demandas del movimiento son económicas, y van mucho más allá del alza de impuestos. Se refieren a años de problemas económicos que están hirviendo en la sociedad francesa y afligiendo a los Ciudadanos Franceses. Como tales ciudadanos franceses, consideran que ningún gobierno está reconociendo en el plano material lo que formalmente les ha sido reconocido en el plano político: que como ciudadanos de este país tienen un futuro y merecen la oportunidad de vivir. Lo que debemos entender, dejando atrás la carga de un marxismo anquilosado y demasiado centrado en la economía, es que las causas y demandas económicas no implican necesariamente una lucha de clases revolucionaria. Ni siquiera implican clases. La lucha de clases puede desarrollarse entre fracciones de clases, y puede tener un carácter profundamente reaccionario, sobre todo cuando se limita a satisfacer necesidades que le son exteriores. En tales casos, la lucha misma predetermina una disposición a hacer alianza con quien se muestre capaz de satisfacer el reclamo. En un momento en que sociedades enteras, más allá de las divisiones de clase, parecen verse afectadas por déficits gubernamentales, devaluaciones monetarias y deudas, los problemas económicos aparecen directamente relacionados con el Estado. Como lo que está en juego es el contexto general de la sociedad burguesa, la forma más general de su funcionamiento, tiene lugar un cambio en comparación con el pasado. Las diferencias de clase se transforman en competencia por los ingresos, y en demandas de ingresos y en políticas de ingresos. Puesto que el Estado es un regulador general de los ingresos y de las políticas económicas, función que cumplen en particular sus gobiernos, cada uno de ellos trata de "parchar" los problemas derivados de las sucesivas medidas extraordinarias y proyectos de ley (la cuestión de los decretos o leyes especiales ha venido creciendo en casi toda Europa) [2]. Esto refuerza la percepción de que la rebaja del poder de compra se debe a la falta de democracia y es culpa del gobierno. El nuevo discurso sobre el “ingreso” que ha emergido reúne a individuos de todas las clases sociales, quienes ven precisamente en la redistribución y en el frente inter-clasista la posibilidad de suspender las medidas. Estas alianzas son ya un terreno preparado empíricamente para el triunfo de la ideología nacional.

# 3

La transformación de las luchas en un asunto de competencia por los ingresos hace que los movimientos apunten hacia las diferencias extremas de ingresos, vistas como "perjudiciales" para el buen funcionamiento del mercado o del Estado: el objetivo es entonces criticar a la "élite" [3]. Este significante se usa por lo general para señalar a una burguesía adinerada que compra políticos, posee capitales injustificadamente grandes, monopoliza los mercados y se sirve de planes "fraudulentos" para favorecer sus intereses. Además, esta elite es internacional, una clase burguesa, indeterminada, que destruye no solo a Francia sino a muchos países. En el caso de este movimiento, que surge precisamente de la competencia por los ingresos, muchas agendas políticas diferentes son fusionadas en términos de afinidad ecléctica. Los leninistas tradicionales coinciden así con todo tipo de antisemitas y teóricos de la conspiración, ya que sus teorías subrayan la "naturaleza oculta de la élite que disuelve la escena política y el mercado". En la narrativa sobre la riqueza injustificada de la élite y los monopolios, las sobresimplificaciones económicas del anarquista terminan dándose la mano con todo tipo de keynesianos que hablan de una adecuada redistribución del ingreso, vuelta al Estado Nación y a una economía nacional. Denunciando el carácter transnacional de las élites, tanto keynesianos como nacionalistas, tanto leninistas como teóricos anarquistas de "lo local", dan forma a una colorida plataforma de narrativas nacionales: el promedio resultante no es una crítica del capital sino un deseo común de localización. Esto es lo que permite que el movimiento de los chalecos amarillos se extienda por varios países, obteniendo así un carácter "internacional" sin expresar ningún tipo de internacionalismo [4]. Se manifiesta así la tendencia común de la clase trabajadora nacionalizada a aliarse con el pequeño capital, los trabajadores por cuenta propia y los empleados estatales, todos unidos para reclamar por una economía nacional. Puede que las avanzadas demandas económicas de los manifestantes franceses no sean un signo de reconstitución de una clase obrera militante, sino de una radicalización, como medio de lucha, de las formaciones interclasistas y de la incorporación de la agenda de clase en alianzas sociales más amplias.

# 4

Una vez que se pone en marcha la competición por los ingresos, dado que encuentran a un enemigo en el extremo superior de los "ingresos más altos" también encuentran uno en el extremo inferior. Como el reclamo debe hacerse efectivo en términos materiales, salariales, que son la promesa de identidad civil, la persona que no tiene derecho a vivir aquí no merece recibir "una parte del pastel". Las protestas, aparte de una mínima y excepcional franja politizada, son hostiles a los inmigrantes. Los inmigrantes, independientemente de su número en el país, son considerados como una carga para el Estado y para los contribuyentes. Los únicos inmigrantes que forman parte del país son los que están “afrancesados” y se han ganado el derecho a vivir en Francia, un derecho evidentemente estatal. Si bien el movimiento de los chalecos amarillos difícilmente puede ser acusado de racismo generalizado, se basa en algo que es igualmente peligroso: la separación efectuada por el Estado entre inmigrantes legales e ilegales, útiles y sobrantes. Esta retórica es sobradamente reaccionaria y es lo que traza la línea política que divide a "progresistas y reaccionarios" en toda Europa. Las demandas económicas, precisamente porque son económicas y se dan en un momento en que la visión del comunismo ha desaparecido del inconsciente colectivo, tienen un carácter puramente defensivo, definido por la política económica del Estado que, si ha de satisfacerlas, debe en primer lugar existir [5]. Las luchas de Kiev, de las plazas y de los chalecos en Francia muestran la miseria de la clase obrera nacionalizada, en un mundo de clases que revelan asimismo toda su sordidez y no su grandeza. Los tiempos en que la revuelta era el campo exclusivo de la práctica comunista ya se han ido.

# 5

Los choques violentos en curso no son prueba de radicalidad. La revolución o la revuelta suponen un cambio radical en la forma de las relaciones sociales. Por mucho que veamos humo en las calles y nos identifiquemos con la imagen de un manifestante enmascarado siendo golpeado por fuerzas de orden y seguridad, tales identificaciones son siempre ficticias y precarias. Proyectamos lo que en nuestra sociedad sabemos de los símbolos “encapucharse, destruir, bloquear la calle” y, sin embargo, los motivos y efectos de estas imágenes y acciones en otra sociedad, en otro momento, son muy diferentes de Grecia. Detrás de la capucha puede estar el peor fascista, que odia al "Estado de los que han traicionado a la nación". Sabemos por el triste ejemplo de Kiev que hay menos significado en los conflictos que en la manera en que los sujetos experimentan esos conflictos en su vida cotidiana. Cuando nacionalistas, pequeños burgueses, trabajadores por cuenta propia y anarquistas luchan juntos contra la policía, lo que triunfa es la ideología nacional, y no necesariamente como hegemonía ideológica. He aquí Gramsi, pero en términos de funcionamiento, de experiencia: el nacionalismo es la unidad y la memoria de la unidad, vivenciada por sujetos burgueses heterogéneos. El nacionalismo se basa en la tolerancia siempre frágil pero exitosa entre categorías contradictorias. Y mientras esta unidad sea funcional, su tensión interna se canalizará en una dirección diferente: hacia la élite y los inmigrantes, las dos caras del "internacionalismo". El nacionalismo como función es la coexistencia dentro de una plaza o una calle, de todas las identidades burguesas tal como lo que son. Los ataques conjuntos contra la policía llevados a cabo por anarquistas, nacionalistas, pequeños burgueses y trabajadores apuntan en esta dirección. [6]

# 6

El haber conseguido frenar el aumento del precio de los combustibles, es un logro revolucionario. No hay que subestimar la posibilidad de que la amplia destrucción en términos de valor, el bloqueo de calles, etc., puedan evolucionar de formas imprevisibles. También el que hubiese ocasión, aunque muy pequeña, para efectuar expropiaciones, es definitivamente algo positivo. [7] Sin embargo, viendo lo que vemos ahora, podemos decir lo siguiente: si los chalecos amarillos salen derrotados, en el sentido de sólo algunas de sus demandas sean atendidas mientras que otras no, es más probable que el movimiento siga un curso revolucionario de clase. Por ejemplo, las demandas de aumento salarial tienen más incidencia sobre el impulso de los acontecimientos de lo que realmente se afirma. No obstante, si este reclamo se mantiene, seguramente deberá enfrentar la hostilidad incluso del pequeño capital. Y llegado ese punto, las personas que sigan en las calles tendrán que enfrentar un problema importante: por un lado, su disminución cuantitativa, dado que una gran parte de la masa abandonará el movimiento tal como existe ahora; y por otro lado, el encuentro con los inmigrantes, muy difícil en términos materiales reales dado que en todas partes parece estar descartado de plano.

# 7

El Estado, la contrarrevolución y el capitalismo superan a la clase y al análisis radical del asunto, y Macron parece saberlo: a diferencia de los revolucionarios que buscan las claves de la historia en una causa oculta, la verdad profunda del mecanismo social, el capitalismo toma en cuenta la fatiga, la frustración, la esperanza, el miedo y la fugacidad de la vida. Sabe que unas pocas promesas, unas cuantas concesiones hechas a medias, la abundante violencia y la pérdida de varios días de salario, pesan incluso sobre los anhelos más vitales. Lo que empuja a la gente a la calle, el dolor y el miedo, puede llevarlos de vuelta a sus casas: la apuesta de los revolucionarios se plantea precisamente sobre esta marea incierta. El desafío que anida en su corazón es éste: ¿qué dolor es más grande que el dolor del presente o del futuro? Casi siempre es mejor vivir un poco que no vivir en absoluto. Aquellos que no viven en absoluto, esos que no tienen nada que perder excepto sus "cadenas", no han sido de ninguna manera escuchados en esta rebelión. Hasta ahora.

Notas

[1] https://earther.gizmodo.com/frances-gas-tax-disaster-shows-… .

El proyecto de ley se propuso sobre la base de la transición a la "energía verde" aunque, obviamente, tenía otros incentivos, y más bien ningún beneficio ambiental. Pero esto no lo entienden fácilmente quienes trabajan con diesel y quieren seguir pagando poco. Reaccionaron ante el alza de precio defendiendo sus vidas, sin preocuparse, desde luego, por el beneficio ecológico. Entonces surge un problema diferente: dentro del capitalismo, la no devaluación de la clase trabajadora puede ser incompatible con los problemas ambientales. Esto, por un lado, muestra que la respuesta a los problemas ecológicos es también la respuesta al capitalismo en su conjunto, pero hasta que esto suceda, puede que al interior de la lucha aparezca un problema de prioridades, con la clase obrera desempeñando un papel más conservador que progresista.

[2] https://iapp.org/news/a/2018-global-legislative-predictions/ .

[3] https://voiceofeurope.com/…/europe-is-on-the-brink-of-a-wo…/

[4] https://voiceofeurope.com/…/revolutionary-scenes-as-yellow…/

[5] https://www.doctv.gr/page.aspx?itemID=SPG12699. Por supuesto, vale la pena señalar aquí que no sabemos cuántos y exactamente quiénes están haciendo demandas en esta etapa. Sin embargo, la pretensión de que todos estén representados en la lista es indicativa de un clima chovinista. Algunas peticiones son puramente nacionalistas. Por otro lado, las demandas financieras podrían ser cómodamente el programa de Strasser o de Popular Right.

[6] http://lahorde.samizdat.net/…/gilets-jaunes-ni-macron-ni-f…/ , http://autonomies.org/2018/12/the-uncertain-tides- of-insurrection-the-yellow-west-protests-of-france / y https://www.rt.com/…/445352-police-union-yellow-vests-fran…/ . Para ver un ejemplo de un análisis clásico de demanda de clase: https://jacobinmag.com/…/yellow-vests-fuel-prices-france-pr…

[7] Para un cuadro muy general: https://www.thelocal.fr/…/opinion-why-frances-yellow-vest-p…