por
Julio Cortés
02/03/2022, Chile
“Nazis contra el fascismo” fue el provocativo nombre de una
banda punk inglesa de fines de los 70 que en su brevísima existencia
hizo un solo disco (“Sid did it”, 1979[1]). En su
momento el absurdo nombre se explicaba como una broma en relación a
los festivales de Rock contra el Racismo organizados por la Liga
Antinazi, y replicados por la extrema derecha bajo la etiqueta de
Rock contra el Comunismo.
¿Por qué será que en 2022 este nombre
ya no me parece tan absurdo? Tal vez porque en menos de un trimestre
hemos vivido dos grandes explosiones de retórica “antifascista”
que nos tiene viendo distintos tipos de nazis y fachos por todas
partes.
Primero en Chile, cuando tras la primera vuelta de las elecciones
presidenciales cuyos resultados fueron liderados por José Antonio
Kast, el grueso de la izquierda (amarilla, roja, lila e incluso
negra) llamó a “derrotar al fascismo” votando por el candidato
Boric, a pesar de que hasta ese momento los “octubristas” no le
podían perdonar su firma a título individual en el Acuerdo del 15
de noviembre de 2019, mediante el cual la clase dominante retomó el
control que habían perdido durante un mes entero de insurrección en
todo Chile.
En uno de los pocos diagnósticos lúcidos de esos días se da en
el clavo cuando se dice que “a contra corriente del pensamiento
popular, no fue su ‘fascismo’ lo que le impidió captar más
votos a Kast, sino todo lo contrario: la falta de él. En primer
lugar, el discurso de Kast no contó para nada con elementos
revolucionarios y populares propios del fascismo histórico que
pudieran enganchar con algún sector indeciso del proletariado —al
cual necesita ganarse para imponerse democráticamente—, y en
segundo lugar, no logró trascender el esquema político tradicional
aferrándose a su pinochetismo clásico con un carácter claramente
burgués, lo que al igual que en las elecciones del Apruebo/Rechazo
se reflejó bien, por ejemplo, en el mapa del voto en las comunas del
gran Santiago”[2].
La gran paradoja es que, si bien sabemos racionalmente que Kast
tenía tanto de fascista como Boric de comunista, las campañas y
votantes de cada candidato se movilizaron afectivamente en base al
miedo al fascismo, por un lado, y al comunismo por el otro.
En fin, el miedo al fascismo se pasó la misma noche del 19 de
diciembre de 2021 en medio de masivas celebraciones, a pesar de que
el bando derrotado obtuvo el 44% de los votos (porcentaje que nunca
obtuvieron ni Mussolini ni Hitler, que en su mejor momento electoral
bordeaban el 32% y el 38%), y del apoyo al mal menor se dio paso
intempestivamente a una verdadera e insoportable “Boricmanía”,
que aún está lejos de terminar y garantiza que ante la menor
crítica al nuevo gobierno seremos sin duda alguna acusados de
“hacerle el juego al fascismo”.
Chile ya no será la “tumba del neoliberalismo”, y ahora se
enfatiza que más bien de lo que se trata es de defender lo alcanzado
en los “30 años” de transición y avanzar muy gradualmente, en
una nueva versión de la democracia de los grandes acuerdos. Pero
nada de esto importa mucho ahora, pues vivimos “la dicha de vencer
juntxs al fascismo”, como decía un afiche masivamente pegado en
las paredes del centro de Santiago por la juventud de un partido de
izquierda. Este fascismo era tan sui generis que pudo ser
derrotado a costa de memes y lápices bic, sin derramamiento
de sangre, partisanos ni lucha armada, y sin siquiera ponernos a
discutir en serio que es la reacción en general y en especial el
fascismo y si acaso es posible oponerse a ambos contundentemente sin
oponerse al capitalismo en su totalidad.
Así, de manera bastante sorprendente, la campaña electoral
“antifascista” logró lo que no lograron ni la represión
policial y militar, ni el acuerdo del 15 de noviembre de 2019, ni la
pandemia: apagar las barricadas de la rebelión social y renovar la
confianza en el sistema político.
Y así llegamos a la segunda gran campaña antifa en febrero de
este año, con una guerra entre Rusia y Ucrania, lideradas
respectivamente por el ex agente de la KGB Vladimir Putin y el
comediante de origen judío Zelensky. Lo llamativo en que en esta
guerra cada bando acusa de “fascista” al otro.
Muchos de los “antifascistas por Boric” deben haber quedado
muy confundidos y amargados cuando el Presidente joven dio su apoyo
inmediato al comediante Volodimir Zelensky, presidente de la “Ucrania
nazi”, apoyada también por el “globalista” y también judío
Georges Soros, que para el imaginario de los “patriotas” de la
extrema derecha chilena es el financista de los “antifas” a nivel
global.
Más confusión aún debe causar el hecho de que Donald Trump,
calificado también como fascista por liberales e izquierdistas,
apoye al nacionalista conservador de Putin, reinventado ahora por
cierta izquierda como “antiimperialista” y por ciertos
neofascistas como un campeón “antiglobalista”.
Por su parte, la extrema derecha parece estar dividida por sus
apoyos y orientación geopolítica entre “atlantistas” y
“eurasianistas”. Los primeros apoyan a Ucrania y los segundos a
Rusia, lo cual es totalmente coherente si tenemos en cuenta que el
fascista español Ramiro Ledesma, fundador del nacional-sindicalismo,
señalaba en los años treinta que el carácter ultranacionalista de
los fascismos hacía imposible una cooperación internacional
duradera entre ellos.
Lo cierto es que, como ha destacado Hassan Akram[3],
existen fascistas y ultraderechistas de diversas variedades a ambos
lados de este conflicto: el Batallón Azov y los seguidores del
histórico colaborador nazi y exterminador de judíos Stepan Bandera
en el lado ucraniano, y una serie de fascistas e incluso
“nacional-bolcheviques” rusos que, con Dugin a la cabeza,
defienden la necesidad de que en continuidad directa con el Imperio
ruso y el período del estalinismo soviético se oponga desde Eurasia
un contrapeso a la hegemonía unipolar de Estados Unidos, establecida
tras la caída del bloque soviético en 1989/1991.
Como era de esperar, mientras los gobernantes ucranianos comparan
a Putin con Hitler, el burócrata ruso proclama que va a
“desnazificar” Ucrania y con eso se asegura el entusiasta e
incondicional apoyo de antifascistas de izquierda que se excitan con
una supuesta continuidad histórica entre Stalin y Putin, como
“vencedores de los nazis”, sin tener las herramientas ni las
ganas de comprender que de este modo la coartada antifascista los
hace apoyar a uno de los bandos en una guerra imperialista, tan
“fascista” como cualquier otro.
Esto último ha sido relatado por muy pocos analistas, entre los
que cabe mencionar al italiano Franco “Bifo” Berardi, que nos
recuerda que se sabe que Putin es nazi “desde que terminó la
guerra en Chechenia con el exterminio”. Pero “fue un nazi muy
bien recibido por el presidente estadounidense (Trump), quien,
mirándolo a los ojos, dijo que entendía que era sincero”. También
gozó de la simpatía de “los bancos británicos que están llenos
de rublos robados por los amigos de Putin tras el desmantelamiento de
las estructuras públicas heredadas de la Unión Soviética”[4].
El punto en común es que “el jerarca ruso y el angloamericano
fueron amigos muy queridos cuando se trataba de destruir la
civilización social, el legado del movimiento obrero y comunista”,
aunque como es normal, “la amistad entre asesinos no dura mucho”,
lo cual es algo que aprendimos en Chile cuando las dictaduras de
Pinochet y Videla colaboraron reprimiendo juntas en la Operación
Cóndor, para poco después estar a punto de declararse la guerra por
las islas Picton, Lennox y Nueva.
En este contexto Berardi califica de irracional que la OTAN esté
armando a “los nazis polacos, bálticos y ucranianos contra el
nazismo ruso”. Si bien no soy dado a ver nazis o fascistas por
todas partes, indudablemente hay neonazis fuertemente organizados y
armados en Ucrania y una influyente amalgama rojiparda/imperial en
Rusia, entiendo el punto de Bifo: apoyar a uno u otro bando este caso
parece una versión pesadillesca de la táctica del “mal menor”.
Que la mayoría de los izquierdistas apoyen la acción rusa contra
Ucrania, considerada como “nido de neonazis”, no es de extrañar.
Que Putin sea a su vez un ultranacionalista autoritario y
conservador, muy cercano al postfascismo eurasiático de los
defensores actuales del Imperio ruso parece no importarles demasiado,
pues más que anticapitalistas integrales estos izquierdistas son
simplemente opositores al imperialismo gringo. Muchos de ellos nunca
entendieron que el estalinismo era una contrarrevolución, y siguen
creyendo que la Madre Rusia actual es la legítima heredera de la
Unión Soviética de los años más heroicos.
Esa posición los acerca a ciertos sectores del nacionalismo, tal
como quedó claro en Chile cuando grupos “nacional-revolucionarios”
llamaron a apoyar a Eduardo Artés. Por supuesto que ambos tipos de
patriotas chilenos apoyan decididamente la intervención militar de
Rusia y las “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk: ¡un
sueño hecho realidad para Dugin y todos los “nacional
bolcheviques”![5]
El llamado “rojipardismo” se produce a partir de los años 20
para designar a corrientes que se autodenominaron “nacional
bolcheviques” y otras que podrían constituir distintas especies de
“fascismo de izquierda”.
Este coqueteo nacionalista había sido advertido como un grave
peligro, entre otros por Rosa Luxemburgo. En su “Crítica de la
revolución rusa” ella advertía que los bolcheviques con su
llamado al derecho de autodeterminación de las naciones habían
agravado las dificultades objetivas con que se enfrentaban tras tomar
el poder, pues “bajo el dominio del capitalismo no hay lugar para
ninguna autodeterminación nacional”, pues en una sociedad de
clases cada clase social “desea ‘autodeterminarse’ de manera
distinta y (…) entre las clases burguesas los puntos de vista de la
libertad nacional ceden completamente el lugar a los del dominio de
clase”[6]. Con su política y la “rimbombante
fraseología nacionalista del ‘derecho a la autodeterminación
hasta la separación estatal’” los bolcheviques “no hicieron
otra cosa que prestar a la burguesía de todos los países limítrofes
el mejor de los pretextos, y hasta la bandera para sus aspiraciones
contrarrevolucionarias”[7]. En este sentido, para Rosa
Luxemburgo, tanto en la socialdemocracia alemana como con los
bolcheviques es posible constatar que “en la presente guerra
mundial es un sino fatal del socialismo estar predestinado a proveer
de pretextos ideológicos para la política
contrarrevolucionaria”[8].
Casi un siglo después de ese primer rojipardismo, se ha
resucitado el concepto para referir expresiones mucho más difusas y
confusas de posible convergencia entre extrema derecha y extrema
izquierda.
Como explica Steven Forti, el final de la Guerra Fría y el
desplome del “socialismo real” provocaron otro ejemplo visible de
rojipardismo, “cuando se juntaron las nuevas formulaciones hijas de
los años 70 –el grupo de la revista Orion de Claudio
Mutti y Maurizio Murelli, Nouvelle Résistance de Christian
Bouchet, el Movimiento Social Republicano de Juan Antonio
Llopart, etc.– con el euriasianismo de Dugin”. El mundo
postsoviético pasó a ser un “verdadero laboratorio que los
nacionalistas revolucionarios occidentales miraban con interés: en
1993 se fundó en Rusia el Partido Nacional-Bolchevique,
liderado por Eduard Limónov acompañado hasta 1998 por el mismo
Dugin”[9].
Ni Limonov ni Dugin adherían al viejo ideal del comunismo, pero
eran leales “hacia aquél gran Imperio que libró una Gran Guerra
Patriótica, que venció al nazismo y situó a Rusia como primera
potencia mundial. Un Imperio con el que la gente común se identificó
hasta un extremo que occidente siempre prefirió no ver”, lo que de
hecho se puede apreciar bastante bien en el filme “Funeral de
Estado”.
Esta identificación ha vuelto a quedar en primer plano a fines de
febrero de 2022 con las acciones militares de Rusia en Ucrania. Como
destaca Zizek, “la política exterior de Putin es una clara
continuación de esta línea zarista-estalinista”, no así de la
política leninista aplicada antes de la estalinización, y que Putin
denuncia precisamente como responsable de haber “inventado” a
Ucrania.
Por eso para Zizek “no es de extrañar que podamos volver a ver
los retratos de Stalin durante los desfiles militares y las
celebraciones públicas en la Rusia de hoy, mientras que Lenin es
borrado”, pues “Stalin no es celebrado como comunista, sino como
el restaurador de la grandeza de Rusia después de la ‘desviación’
antipatriótica de Lenin”[10]. Dicha constatación
coincide con la lectura “nacional revolucionaria” de la
geopolítica del actual conflicto de Rusia y Ucrania, que destaca el
hecho de que ya en 1993 en la ex URSS se unieron contra Boris Yeltsin
“comunistas, nacionalistas y partidarios de la monarquía zarista
ortodoxa”, fuerzas que a pesar de todas sus diferencias “todas
tienen algo en común: la defensa de la soberanía de Rusia y el
Eurasianismo”[11].
El autor, el nacionalista hispano José Alsina Calvés, identifica
a esa coalición de fuerzas como “la que dará apoyo a la
emergencia de Vladimir Putin y al renacimiento de Rusia”. Por eso
no es casualidad lo que él mismo señala: que mientras los
neoliberales de derecha ven aún “comunismo” en Rusia, los
neoliberales de izquierda la identifican con “una especie de
reencarnación del ‘fascismo’”[12].
De este modo, estamos ante un complejo escenario en que se mezclan
fenómenos y posiciones propias del siglo XX con una nueva época que
recién se está empezando a conformar, y en la que de manera
bastante posmoderna se producen mescolanzas de todo tipo que hacen
posible el absurdo de tener que escoger entre dos males menores casi
idénticos: “nazis contra el fascismo”.
La resaca de la guerra fría y la imposibilidad de avanzar hacia
la superación del capitalismo ha llevado a una especie de callejón
sin salida en que se nos obliga a apoyar a un tipo de postfascistas
(los rusos) contra los “neonazis” ucranianos, como si el Batallón
Azov representara a todo la población de esa zona, y no me cabe duda
de que algunos nuevos rojipardos aplaudirían a rabiar incluso el uso
de una bomba atómica “antifa” contra Ucrania.
Se vienen tiempos duros, en que los anticapitalistas y
antiautoritarios no nos podemos confundir: no se combate al fascismo
sin combatir al capitalismo en su conjunto, y apoyar bandos en una
guerra imperialista nos deja en la misma posición que la
socialdemocracia hace poco más de un siglo, es decir, traicionando
la lucha por la emancipación humana en aras de consideraciones
geopolíticas y de la colaboración de clases bajo la bandera de las
distintas burguesías nacionales.
Notas:
[1]
https://www.youtube.com/watch?v=vV6_ywb3XuM&ab_channel=4t5punk
[2] Vamos hacia la vida, “La alegría nunca llegó y
el miedo se disfraza de esperanza”, 5 de enero de 2022. En:
https://hacialavida.noblogs.org/la-alegria-nunca-llego-y-el-miedo-se-disfraza-de-esperanza/
[3]
https://lavozdelosquesobran.cl/hassan-akram-por-guerra-entre-rusia-y-ucrania-estamos-frente-a-dos-paises-con-fuerte-presencia-de-la-ultraderecha-organizada/28022022
[4] Franco “Bifo” Berardi, “Guerra y demencia
senil”. Lobo suelto, 27 de febrero de 2022. En:
https://lobosuelto.com/guerra-y-demencia-senil-franco-bifo-berardi/
[5] Ver la “Declaración del Partido Comunista de
Chile (Acción Proletaria) antes los últimos sucesos en Ucrania” y
el Comunicado del Círculo Patriótico “En apoyo a la acción de
Rusia y los pueblos de Donetsk y Lugansk”.
[6] Rosa Luxemburgo, Crítica de la revolución rusa,
Montevideo, Biblioteca de Marcha, 1972, pág. 88.
[7] Ibid., pág. 91.
[8] Ibid.
[9] Forti, Steven. “Los rojipardos: ¿mito o
realidad?”. Nueva Sociedad N°288, julio/agosto 2020. En:
https://nuso.org/articulo/los-rojipardos-mito-o-realidad/
[10] Slavoj Zizek, “’Goodbye Lenin’ en Ucrania:
aceptadlo, izquierdistas, Putin es un nacionalista conservador”. El
Confidencial, 24 de febrero de 2022. En:
https://blogs.elconfidencial.com/cultura/tribuna/2022-02-24/slavoj-zizek-lenin-donbas-ucrania_3380578/
[11] José Alsina Calvés, “La geopolítica del
angloimperio y la balcanización de Rusia”. Blog de editorial
Ignacio Carrera Pinto, 27 de febrero de 2022. En:
https://blog.ignaciocarreraediciones.cl/la-geopolitica-del-angloimperio-y-la-balcanizacion-de-rusia-por-jose-alsina-calves/
Donde dice “comunistas” debemos entender que se refiere a las
mutaciones del bolchevismo ruso posteriores a la muerte de Stalin.
[12] Ibid. Alsina Calvés está ligado al grupo
SOMATEMPS, contrario a la independencia catalana y autor de un
“Manifiesto Hispanista”, y vinculado al Movimiento Social
Republicano de Llopart.