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martes, 18 de octubre de 2022

[Chile] 3 AÑOS DE OCTUBRE: RESTAURACIÓN CAPITALISTA Y EMPEORAMIENTO DE NUESTRAS CONDICIONES DE VIDA

Vamos Hacia la Vida
18 de octubre 2022. Santiago de Chile

A tres años de la revuelta del 2019 no debiera sorprendernos la escalada represiva del gobierno de Boric, como tampoco el resultado del plebiscito, pues cualquiera fuera “el ganador”, nuestra derrota ya había sido sellada de antemano al encauzar por la vía democrática la potencia de octubre. En su lugar debemos reflexionar sobre la situación mundial de crisis del capital y de cómo se manifiesta en el territorio dominado por el Estado de Chile. El mundo se ha transformado en un polvorín que estalla de manera cada vez más frecuente, demostrando el agotamiento del consenso social, que ha sido incapaz de asegurar las condiciones mínimas de sobrevivencia para el conjunto de la humanidad. Si no rompemos con esta realidad, el advenimiento del autoritarismo será pavimentado por la misma democracia, intensificando la descomposición social y la precarización de nuestras vidas. La imposición del TPP-11 por parte de todo el espectro político –desde la izquierda más multicolor, a la derecha más fascistoide–, obedece a una necesaria reconfiguración del capital en nuestra región, al igual que el despliegue de los milicos en el Wallmapu y la dura represión a las salvajes manifestaciones estudiantiles.

La lucha por la emancipación humana, por una sociedad sin clases y en armonía con la tierra, que la revuelta puso en evidencia al suspender momentáneamente el orden del capital, expresa la necesidad de superar este orden social que nos lleva de forma acelerada al abismo. No nos interesa transformar esta fecha en una conmemoración estilizada de nuestra actividad contra el orden existente. Queremos dejar en claro que la única forma de salir de la derrota es volver a la calle, fomentar la autoactividad proletaria, superar la deriva democrática –ya debería estar más que demostrado que nos lleva a un callejón sin salida– y transformar nuestras relaciones en un movimiento colectivo hacia una ruptura real con nuestra miseria, rompiendo las separaciones que nos impone el capital y el Estado, y así hacer florecer nuevamente la fuerza subversiva de aquel 18 de octubre, pero esta vez, sin dar vuelta atrás.
Por el momento, tenemos tareas urgentes que enfrentar, como exigir la libertad de l@s pres@s polític@s de la revuelta, anarquistas, subversiv@s y mapuche.
 
¡Burgueses de derecha y burgueses de izquierda deben ser iguales ante el odio del proletariado!

domingo, 11 de septiembre de 2022

[Chile] EL REFORMISMO NUNCA HA HECHO REVOLUCIONES

Vamos Hacia la Vida
11 de septiembre 2022. Santiago de Chile

Cuando l@s explotad@s deciden confiar el destino de sus vidas en sus propias manos, todos aquellos sectores cuya existencia depende de la explotación se unen en su contra, aplicando diversas estrategias para contenerl@s y derrotarl@s. Así, se comprometen de derecha a izquierda todos los partidos que defienden las categorías fundamentales de la civilización capitalista.

En los años 60-70 se vivía una inmensa oleada revolucionaria internacional, y en Chile se gestaba un proceso que captaba la atención del mundo entero. Este proceso no se encontraba acotado a los avatares de la alianza reformista de la Unidad Popular, con Allende a la cabeza. Por el contrario, emergía de un creciente movimiento social que se expresaba heterogéneamente en ocupaciones de fábricas, tomas de fundos y terrenos, comedores populares, asociaciones culturales, y una amplia gama de experiencias comunitarias y anticapitalistas. Como sucede en estos casos, este movimiento chocaba tanto contra limitaciones que surgían y se potenciaban desde su propia dinámica interna, como contra la continua y feroz represión estatal (se registraron varias matanzas en pocos años, como la de Pampa Irigoin en Puerto Montt en 1969, bajo el gobierno de Eduardo Frei Montalva, cuando 11 poblador@s son asesinad@s, incluyendo un lactante de 3 meses) y el encuadramiento reformista.

Apoyada en estas luchas, la UP logra llegar al gobierno en 1970, para aplicar un programa socialdemócrata mientras combatía abiertamente a quienes rompían por debajo con los marcos de la legalidad burguesa y se atrevían a actuar autónomamente.

Durante tres años la actividad autónoma de obrer@s, campesin@s y poblador@s, que daba frutos con la conformación de los cordones industriales, la expropiación de fundos a un ritmo que la UP no podía —a pesar de sus esfuerzos— controlar, o los comandos comunales y las juntas de abastecimiento y precios (JAP), se fue haciendo cada vez más intolerable para la clase capitalista.

El sanguinario golpe militar ocurre entonces como última medida para resguardar a la clase dominante, enmarcándose en la respuesta contrarrevolucionaria que en todo el globo reestructuraba al Capital en crisis. Pero su éxito en derrotar al proletariado no se explica sin la constante labor reaccionaria de la propia izquierda, que lo desorganiza, reprime y literalmente desarma.

«Cuarenta y cinco días antes del golpe Allende consideraba que los principales problemas del país eran las demandas salariales excesivas de los obreros, su ‘economicismo’, y el ‘paralelismo sindical’ de los cordones industriales. Pronunció un severo sermón contra la clase obrera y aclaró tajantemente: ‘ESTE PAIS VIVE UN PROCESO CAPITALISTA’; anunció una severa política salarial advirtiendo que en el año próximo los reajustes de sueldos podrían ser inferiores al alza del costo de la vida, aclaró que las FF.AA. seguirían aplicando estrictamente la ley de control de armas y sugirió, en medio de una ovación de sus anfitriones ‘comunistas’ que el MIR podría estar actuando en complicidad con la CIA. Como vemos, una excelente política para preparar al proletariado para los enfrentamientos que se avecinaban»[1].

Se hace ineludible ponderar entonces el rol desmovilizador de la izquierda del capital, que se mueve dentro del marco político burgués y que no se propone otra cosa que el reacomodo de las lógicas mercantiles, haciendo por tanto un balance de su papel en los 70 y el que ha desempeñado desde la revuelta de 2019, principalmente  través de los partidos hoy en el gobierno (P"C" y FA), pero también de aquellos grupos que le entregan su “apoyo crítico”, secundándolos en su maniobras con la pretensión “ingenua” de “desbordarlos”. De esta manera, a partir del “Pacto por la Paz y la Nueva Constitución” firmado por la casi totalidad de partidos políticos con representación parlamentaria el 15 de noviembre de 2019, todo el partido del orden se ha dedicado a diluir la potencia del imponente movimiento desarrollado desde las jornadas históricas del 18-19 de octubre. Su objetivo explícito fue salvar la institucionalidad, gobierno y congreso principalmente, a través de sucesivos eventos electorales que secuestraron la autoactividad de la clase, saboteando las nacientes Asambleas Territoriales, y potenciando el sentido común propio de esta sociedad organizada en torno a la explotación  y dominación social y, por tanto, del fetichismo estatal. Este es el objetivo declarado del proceso constituyente. Su rol fue ciertamente efectivo: las campañas electorales, primero para el plebiscito de entrada, y luego para la elección de constituyentes y otras más (entre las que destaca la presidencial de 2021) sirvieron al propósito de despejar relativamente las calles, quitar fuerza a varias expresiones de autoorganización y luchas reivindicativas, además de otorgar impunidad a los responsables del terrorismo estatal y reafirmar la prisión política para decenas de pres@s de la revuelta. Pero para las ilusiones de un amplio sector que veía en la confección de una nueva constitución una vía para acceder a derechos sociales, este camino resultó en un estrepitoso fracaso, consumado el pasado 4 de septiembre.

El proletariado no se moviliza tras consignas ideológicas ni promesas que se le presentan como ajenas, sino por sus necesidades concretas, lo que no significa que no pueda actuar de forma consciente. La reducción y codificación de las luchas reivindicativas proletarias en categorías propias de los nichos del mercado académico no tienen otro efecto que fragmentar las luchas, aislarlas y finalmente desconectarlas de su sentido original, imponiéndolas luego como algo externo y sembrando la decepción e impotencia. Este es uno de los factores que se encuentra tras la apabullante derrota electoral del “apruebismo”. Además de una pésima campaña, los grupos políticos reaccionarios supieron sacar mejor provecho de temas como la unidad nacional, la seguridad y el orden, que son “propios” de su “ámbito”. Temas que la izquierda del capital no busca nunca tratar en profundidad, sino que, hermanada con sus rivales de derecha, utiliza también de forma proselitista. Consignas patrioteras, respuestas a las mentiras y “campañas del terror” de la derecha que hacen todo lo posible por desmarcarse de cualquier amenaza real al poder y sus lacayos, centralidad de la familia y otros valores rancios, incluyendo el sexismo, racismo y homofobia, son elementos muy comunes de observar en sectores supuestamente ríticos, lo que llegó al paroxismo luego del reciente triunfo del “rechazo”, en la que se observó una verdadera ola de desprecio hacia el “populacho” por quienes pretendían luchar en su nombre.

Tanto los procesos de los años 70 como los de 2019 en adelante, interrumpen su extensión y profundización cuando no dirigen sus críticas y sus luchas contra el núcleo de las relaciones capitalistas (trabajo, dinero, valor) y al Estado como tal. Las lecciones evidentes acerca del papel de los sectores reformistas, que no son solo una versión moderada dentro de las luchas contra el capital, sino que poseen objetivos radicalmente distintos (preservación del orden social capitalista versus su negación radical y superación), no deben ser escondidas bajo la alfombra para volver a desfilar hacia el matadero.

Nuestro camino no es la integración en la política actual sino su destrucción. Esta es una necesidad que surge de las mismas experiencias. Seguir dándose de cabeza contra el muro institucional, pidiendo una y otra vez una “verdadera y democrática” asamblea constituyente y nueva constitución, en lugar de crear y potenciar nuestros propios espacios, fortalecer los lazos y las discusiones fraternas entre individuos y colectividades, y conformar relaciones solidarias que respondan a nuestras necesidades más acuciantes e inmediatas, no puede ser la senda a seguir.

No olvidamos a nuestr@s caíd@s. No perdonamos a l@s asesin@s, torturador@s y sus cómplices de derecha e izquierda.                  

¡QUE LA MEMORIA HISTÓRICA SEPULTE A QUIENES CONDENAN LA VIOLENCIA PROLETARIA!

                                                                                

Nota:
[1]     Helios Prieto (1973) Chile: los gorilas estaban entre nosotros. Se puede descargar junto a otros materiales relacionados desde acá: http://el-radical-libre.blogspot.com/2019/09/la-dictadura-del-capital-es-permanente.html

domingo, 4 de septiembre de 2022

[Chile] «No hemos perdido nada»

por Luther Blisset
5 de septiembre 2022, Chile

No hemos perdido nada, porque nada en ese proceso era nuestro: todo era sobre la oligarquía y sus lacayos intentando reordenar el juego para perpetuar su dominación sobre la mayoría.

Cuando en el plebiscito de entrada el Apruebo ganó con el 80% de los votos, nadie salió a celebrar: esa fue una noche lúgubre, porque todo el mundo sabía que lo que se estaba aprobando era el menos malo de los chanchullos impuestos por los ricos mediante el terrorismo de estado y el confinamiento masivo.

Lo que vino después, la campaña del terror con que hicieron ganar a Boric, y la reciente algarabía histérica de la campaña del Apruebo, no ha sido otra cosa que el efecto amplificado del delirio de la burguesía, obligada a creer rabiosamente en sus propias mentiras. Tan sumergidos están en sus propios fluidos ideológicos, que llegaron a creer que ganarían si obligaban a todo el mundo a votar.  

Si alguien ha salido victorioso hoy, fueron las más de 2 millones de personas que a pesar de las amenazas no acudieron a las urnas. Si a ellos sumamos los votos nulos y en blanco -cuatro veces más numerosos que en el plebiscito de entrada-, resulta que un 16% de los inscritos, cerca de 2 millones y medio de personas, o bien se rehusaron a responder al interrogatorio fariseo de la casta política, o bien respondieron con un digno silencio.

Esa rebeldía elemental, esa voluntad de desertar de la política burguesa, es el piso mínimo para cualquier ambición emancipadora. Quienquiera que se pretenda revolucionario o anticapitalista, debe partir por fomentar y potenciar esa evasión. Esa evasión, la de quienes saltan sin miedo el torniquete del sistema de representación política burguesa, fue y seguirá siendo nuestro gesto primordial de rebelión, y es la condición previa de toda política independiente de las clases explotadas.

sábado, 3 de septiembre de 2022

[Chile] El acá y el allá se piensan juntos

Una respuesta al desasosiego ultraizquierdista del MIT

por Luther Blisset
3 de septiembre 2022, Chile

“Si el partido lo exige, un auténtico bolchevique está dispuesto a creer que lo negro es blanco y que lo blanco es negro.” (Gueorgui Piatakov)

Un pequeño partido trotskista, el MIT, acaba de publicar a través de su fanzine La voz de los trabajadores, un extraño y divertido artículo, firmado por un tal Hank Escorpio, acerca del plebiscito del 4 de septiembre. El autor dice que quienes han llamado a la abstención y al voto nulo, viendo en el proceso constituyente una restauración del poder oligárquico, son “ultraizquierdistas”, y que por lo tanto sus llamados muestran, además de una actitud “estudiantil”, una inclinación criminal, patológica, violenta y fascista.

Lo primero que llama la atención es que en el título se nos conmina a que “aprendamos a pensar”, mientras que el artículo es tan confuso, retorcido y alusivo, que si uno realmente piensa en lo que está leyendo, no puede tomárselo en serio. Aludiendo arbitrariamente a uno que otro concepto filosófico, el autor intenta dar la impresión de un pensamiento profundo y complejo, cuando en realidad su único propósito es demonizar una realidad con tal de poner al lector en contra de ella. Es decir: para que el artículo cumpla su propósito, es necesario que el lector no piense mucho, y más bien reaccione visceralmente ante la amenaza que le están proponiendo.

Vamos a dedicar algunas líneas a demostrar que la amenaza ultraizquierdista retratada por el MIT es más una fantasía que una realidad, y de paso aprenderemos dos o tres cosas quizás hasta ahora inadvertidas sobre la mentalidad y la política del trotskismo de derecha.

Despejando una niebla terminológica

Primero aclaremos: ¿qué es la ultraizquierda? En breve: es el nombre que los dirigentes de la Tercera Internacional le dieron, despectivamente, a los marxistas que se apartaron de su línea oficial porque la consideraban peligrosamente centralista y autoritaria. De hecho, alrededor de 1920 tanto los comunistas de consejos alemanes y holandeses, como también un variado archipiélago de grupos marxistas y anarquistas, pensaban que los jefes rusos de la Internacional, embriagados de poder, se habían vuelto ciegos a las aspiraciones y necesidades del movimiento obrero real, estando dispuestos a aplastar cualquier expresión de lucha que no se sometiera a sus órdenes (como efectivamente hicieron en numerosas ocasiones).

El movimiento obrero ya había sido advertido de esto cuando los jefes socialistas alemanes ordenaron asesinar a Rosa Luxemburgo, a principios de 1919: a su manera, esos jefes políticos habían expresado una temprana preocupación por la amenaza del “ultraizquierdismo”, aunque no utilizaran esa palabra. El término empezó a ser usado cuando Lenin dio a conocer su famoso libelo La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, escrito para denostar a las mismas corrientes políticas que los carniceros Ebert y Noske habían ahogado en sangre en Alemania, un año antes. En lo sucesivo el texto de Lenin ha sido utilizado como un manual doctrinario por todos los defensores del estado policial estalinista, y hoy sigue siendo útil a los izquierdistas que buscan salvar la institucionalidad burguesa, erigirse ellos en jefes políticos del pueblo, y demonizar la autoactividad proletaria.

El MIT, por su parte, sin ningún rigor, de forma obviamente malintencionada, y nada menos que en nombre de Lenin, reduce el ultraizquierdismo a la lucha armada, identificándolo con tendencias tan dispares como el guerrillerismo castro-guevarista y maoista, la ETA, el IRA, las Brigadas Rojas, el MIR, el FPMR, el MJL, la RAF y el anarquismo insurreccional… ocultando que la mayoría de esas expresiones son profundamente leninistas, y sin mencionar que en la ultraizquierda hay grupos que han criticado a ese lucharmadismo, precisamente por ser una forma extrema de leninismo. El MIT está delirando.

Volvamos a la realidad. Hoy en día, quienes se identifican con las tendencias que Lenin denigró como “ultraizquierdistas” (el comunismo de consejos, básicamente) tienden a formar sectas aisladas con muy poca o ninguna influencia social, y que tienden a replicar en miniatura las lógicas alienadas de los partidos burocráticos. Hay, por otro lado, quienes han roto con esa tendencia y la han criticado, en textos como Contribución a la crítica de la ideología de ultraizquierda de Jean Barrot, o De la ultraizquierda a la teoría de la comunización del grupo Thèorie Communiste, por citar sólo dos ejemplos.

El abstencionismo no es de sectas, es de masas

Lejos de las pocas sectas ultraizquierdistas que aún sobreviven, y de los escasos teóricos que les han dedicado críticas que casi nadie lee, hay un campo social bastante amplio y diverso que, sin saber nada de todo eso, encarna un fuerte rechazo a cualquier política burocrática y autoritaria, sea de izquierda o de derecha. Con el correr de los años, esa desconfianza del pueblo hacia los partidos y su política se ha ido convirtiendo en un asunto de sentido común y de decencia, tanto como lo es su rechazo a los carteles del narcotráfico o al tráfico de personas, por ejemplo.

Por lo tanto, es completamente natural que ese ánimo antipartidista forme parte constitutiva de una gran parte de la militancia poblacional, de la lucha medioambiental, del activismo sindical, del rescate historiográfico y de la experimentación cultural, prácticas que no se reconocen ni en la ultraizquierda ni en sus críticos, pero sí en la historia del poder popular y la autonomía obrera, en las luchas de los pueblos originarios y en la idea, vaga pero enérgica, de un “buen vivir” opuesto al capitalismo.

Es de este campo de donde vienen consignas tales como “el pueblo unido avanza sin partido”, “sólo el pueblo ayuda al pueblo”, y “que se vayan todos”, las cuales expresan el ánimo de la mayoría de la población; y es ahí donde más se ha hecho sentir el escepticismo y el asco frente a un proceso constitucional visto como fraudulento. Cuando encontramos llamamientos organizados a no validar ese proceso, o iniciativas en pro de la desobediencia civil, estamos viendo tan sólo la punta del iceberg de una disposición de ánimo que es masiva: la misma que irrumpió en octubre del 2019, y que hoy sigue madurando en el subsuelo de la sociedad, aún cuando parezca haberse extinguido. Atribuir la voluntad de abstención frente al proceso constitucional a la acción de “la ultraizquierda”, como hace el MIT a través de Hank Escorpio es, por decir lo menos, disparatado.

Disparatado, pero predecible. Porque el MIT es una organización que gravita en torno al siguiente artículo de fe: la emancipación de la clase trabajadora no será obra de ella misma, porque sólo puede ser obra de un partido que la dirija. Este dogma refleja fielmente el pensamiento de la burguesía, que se ve a sí misma como protagonista, como agente activo y pensante de la historia, y al proletariado como comparsa, mero músculo ejecutor de las decisiones de la élite dirigente. A quienes ven el mundo de esta forma, simplemente no les entra en la cabeza que las personas comunes puedan forjar sus propias ideas a partir de sus experiencias, ni que actúen por iniciativa propia movidas por sus intereses y necesidades. Según los partidos de derecha, si el pueblo se levanta y protesta en masa es porque unos conspiradores chavistas deben haberlo instigado. Según los partidos de izquierda, si el pueblo se abstiene de votar o acude de mala gana a las urnas para anular su voto, es porque además de ser apático, unos cuantos ultraizquierdistas lo han persuadido. Por lo tanto, si una brisa de escepticismo y desconfianza popular empieza a soplar en torno al plebiscito del 4 de septiembre, si mucha gente empieza a hablar de abstención, de anular y de desobediencia civil… trayendo a la memoria la altísima abstención electoral de años anteriores, lo que el MIT hace no es tratar de explicar todo eso, sino echarle la culpa al ultraizquierdismo. ¡Plop!

La verdadera soberanía es el comunismo

En todo caso, la contundente “explicación” del MIT para la abstención electoral de 58% alcanzada en Chile hace unos años, es ésta: “la gente siente apatía, desinterés, rechazo a la política”. Esto podría haberlo dicho cualquier político de cualquier partido de izquierda o de derecha, sin distinción, por cierto. Ni por un segundo se les ocurre que ese desinterés sea la condición previa para que los proletarios se planteen tomar su destino en sus propias manos, sin abdicar su soberanía en representante alguno. Al contrario, el MIT ve en esa apatía sólo una condición defectuosa que el partido debe corregir, haciendo que el pueblo vuelva a entusiasmarse con una política de dirigentes.

Lo que el MIT no entiende, porque de no entenderlo depende su propia existencia, es esto: la soberanía es una facultad indelegable, es decir que sólo puede ejercerse directamente y no a través de representantes; por lo tanto en un contexto sociohistórico como el nuestro, para que un verdadero ejercicio de soberanía popular sea posible, es necesario que el pueblo haya experimentado antes, frente a la política representativa de los partidos, una apatía y un desinterés total, absoluto y definitivo.

Tal como lo explicamos en un artículo anterior, Lenin y Trotsky (que dicho sea de paso son los principales referentes intelectuales del MIT), daban por sentado que para hacer la revolución el pueblo debe delegar su soberanía en sus representantes políticos, en un partido. Pensaban que con eso el pueblo no abdica de su soberanía, sino que simplemente la transfiere a gente capacitada para ejercerla en su nombre. Esta forma de ver las cosas es inseparable de la deficiente comprensión del capitalismo que aquejó al movimiento socialdemócrata de esa época en general, y a los dirigentes bolcheviques en particular. Ellos pensaban que antes de poder superar el capitalismo había que incrementar en un sentido cuantitativo las fuerzas productivas, multiplicando la industria pesada, las infraestructuras logísticas, de comunicación y transporte, expandiendo al mismo tiempo la reproducción de la fuerza de trabajo asalariada. Todo esto, por supuesto, sólo podía responder a un plan concebido por expertos, el cual para ser ejecutado requería firmes cadenas de mando jerárquico en que los obreros seguían ocupando los escalafones inferiores, tanto en ingresos como en poder de decisión, por debajo de los dirigentes políticos, intelectuales, funcionarios y profesionales.

Nos guste o no, hemos alcanzado el punto en que cualquier incremento cuantitativo de la fuerza productiva tal como ha sido configurada por el capital, sólo nos acerca un paso más hacia la catástrofe global y la extinción de la especie humana. Por lo tanto, en adelante cualquier noción de un mundo post-capitalista debe obligatoriamente contemplar una economía de estado estacionario como mínimo, si no un decrecimiento material acompañado de un incremento exponencial de la fuerza productiva entendida -a la manera de Marx- como la socialización misma, es decir, como praxis subjetiva.

Si la dinámica socioeconómica que los bolcheviques implantaron en Rusia era absolutamente incompatible con el ejercicio de la soberanía popular, porque la soberanía no es una mera gestualidad simbólica sino el ejercicio directo del poder sobre las propias condiciones de existencia, nosotros en cambio no podemos pensar en ninguna transición más allá del capitalismo, sin que ella implique la soberanía popular real. A este tipo de soberanía, que es el dominio consciente y directo de la población sobre sus condiciones de existencia, es a lo que se refieren expresiones como “la organización de los productores libremente asociados”, o la “administración de las cosas y no de los hombres”; y sólo sobre ese trasfondo de soberanía tiene sentido pensar en una vida colectiva que recibe “de cada cual según su capacidad” y da “a cada cual según su necesidad”.

Pensamiento dialéctico e historia

Por más que estas consideraciones puedan parecer abstractas y lejanas de nuestros problemas inmediatos, son sumamente importantes, porque según qué entendamos por capitalismo y cómo concibamos lo opuesto del capitalismo, así serán nuestras ideas sobre la contingencia política y sobre los fenómenos sociales que se agitan bajo ella. Una abstención electoral de casi dos tercios de la masa votante, y la actitud de esa masa frente a un sistema político en el que cree sólo a medias o no cree en absoluto, son fenómenos que significan cosas muy distintas según cómo se entienda la soberanía, el capitalismo, el comunismo, y el paso de uno a otro.

Quienes piensan que la revolución ya fue suficientemente explicada por los líderes bolcheviques en 1920 y que no hay mucho más que agregar, interpretan esa abstención como una “apatía y desinterés” que habría que corregir restableciendo la vieja confianza en los partidos. Esa rigidez tan poco dialéctica, esa fijación en la lógica formal que equipara las condiciones de la lucha de clases de hace un siglo con las de hoy, les iguala quieran o no a todos los partidos burgueses que hoy se parten la cabeza buscando el modo de restablecer la legitimidad perdida del sistema de representación burguesa.

Quienes, por el contrario, pensamos por nosotros mismos de acuerdo con la realidad que vivimos y no según lo que Lenin y Trotsky dijeron sobre Rusia en 1920, vemos esa misma abstención, esa apatía y desinterés frente al sistema de partidos como una evolución positiva, una que habilita problemas y aprendizajes que tienden potencialmente a la soberanía popular, y por tanto hacia el comunismo. Es sobre ese terreno que pensamos y actuamos, y eso no nos convierte en ultraizquierdistas.

Por cierto, es curioso que haya que explicarle esto a gente que se jacta de ser leninista, cuando es bastante sabido que el mayor mérito de Lenin fue precisamente haber mostrado que el contenido de la revolución debe guiar las actitudes políticas de los revolucionarios en todo momento, independientemente de cuán lejos parezca estar el horizonte comunista. Si el propio Lenin no pudo extraer de esta base metodológica correcta conclusiones mejores que las que sacó, no es por un “error” que haya cometido, sino porque en su época no había nada que le permitiera ver más allá de lo que vio, siendo la persona que él era.

De nuevo, pese a su declarado leninismo, el MIT parece necesitar que le refresquen la memoria respecto de la dialéctica histórica que Lenin quiso expresar: nosotros no analizamos la historia para encontrar culpables ni para reprochar defectos, sino para entender los límites que cada período histórico impone a las mentes y a los actos de sus protagonistas, porque sólo así podemos entender hasta qué punto esos límites no son los nuestros, y cómo los límites que nos impone nuestra propia época exigen respuestas que ellos no podrían haber siquiera imaginado. En este punto, estamos obligados a preguntarnos quién es el que “habla por los muertos y es incapaz de pensar por sí mismo”, cuando es Hank Escorpio quien se exaspera porque “cierta ultraizquierda” cita a Lenin y a Trotsky para demostrar que la época de ellos no volverá jamás, mientras que no parece inquietarle que su propio partido los cite constantemente para erigirlos en una voz de autoridad.

Por último, estas observaciones deberían bastar para que quede descartada la acusación hecha por Hank, respecto de que quienes hemos llamado a la abstención estaríamos motivados por un desprecio moral y puritano hacia la “servidumbre voluntaria” de quienes sí votan. Pues no, las cosas no son tan sencillas: uno puede apreciar el tratado de Etienne de la Boetie y seguir haciendo la crítica materialista del mundo del capital, sabiendo que quienes participan del sistema político burgués lo hacen porque las condiciones materiales de su existencia se los impone, tal como mañana esas mismas condiciones les impondrán hacer lo contrario, del mismo modo que hoy nuestro ser social objetivo nos hace captar y expresar tal movimiento contradictorio. De eso se trata el pensamiento dialéctico, en caso de que hiciera falta ilustrarlo.

Pseudofilosofía para incautos

El MIT afirma que reivindicar el voto nulo y la abstención, denunciando el proceso constitucional como un fraude y una derrota, equivale a “renunciar a la lucha gris y cotidiana” en nombre de “criterios absolutos” basados en una “lógica lineal y formal de tipo aristotélico”. Uno no sabe si reír o simplemente menear la cabeza cuando lee estas frases. Es como leer a esos militantes izquierdistas de los años setenta que en sus encarnizadas (e irrisorias) peleas por dominar la opinión ajena se acusaban mutuamente de abandonar “el materialismo dialéctico”, enrostrándose unos a otros una verborrea pastosa y vacía aprendida en los manuales de la Academia de Ciencias de la URSS, o de Marta Harnecker, sin que esas discusiones llegaran nunca a nada.

Dejémoslo claro de una vez: cuando uno reivindica la abstención, la apatía y el desinterés respecto de la política burguesa, como condiciones necesarias para la autoactividad proletaria y el poder popular, en eso no hay ninguna falta a la dialéctica, ninguna concesión a la lógica formal aristotélica, ningún “criterio absoluto” y ninguna renuncia “a la lucha gris y cotidiana”. Las razones históricas, sociales, políticas que sustentan una posición abstencionista frente al proceso constitucional de la burguesía son profundas, pesan, y han sido expuestas tanto en lenguaje teórico como en consignas, así como en un sinnúmero de expresiones populares cotidianas. Hay una comprensión dialéctica de los procesos históricos, hay razones fundantes de una decisión política responsable, madura y argumentada. Lo que no hay, es indulgencia ante el oportunismo y la demagogia, y es esto lo que molesta al MIT, no la falta de rigor filosófico. Decir que la nueva constitución traerá mejores condiciones para el pueblo y que había que llamar a aprobar en el plebiscito, no es más dialéctico que decir lo contrario. Sólo es más cómodo. Sólo hace parecer que la gris lucha cotidiana tiene más sentido porque se la ha acompañado con un posicionamiento político que ofrece ventajas comparativas a corto plazo.

Una justificación post festum

Quienes afirman que la defensa de la abstención y del voto nulo es “ultraizquierdista”, que responde a un “método estudiantil”, a una “iluminación pedagógica” cercana al fascismo, que es “vanguardista”, que es “criminal” y que es “patológica”… quienes dicen todo eso tal vez consigan dar de buenas a primeras una impresión superficial de adultez política, de responsabilidad histórica y de certeza científica, pero basta con remover un poco esas hileras de frases grandilocuentes puestas una detrás de otra, para ver que ahí no hay nada: sólo la voluntad de denostar, de demonizar una opción política que es contraria a la de ellos y que ellos son incapaces de refutar con verdaderos argumentos. Después de todo, ¿para qué cansarse pensando en argumentos cuando eso entraña el riesgo de no encontrarlos, y además resulta más fácil convencer a una audiencia de lectores desatentos movilizando sus temores y antipatías?

El punto es, justamente, que muchísima gente ya decidió votar Apruebo, que el MIT ya decidió sumarse a esa movilización política de masas respondiendo a cálculos que le conciernen en tanto partido político, y que una vez tomada esa decisión, están obligados a combatir con ferocidad cualquier oposición o crítica. Acá “ferocidad” significa: con mentiras, con tergiversaciones, con trucos retóricos. Que la abstención/voto nulo es ultraizquierdista, que es fascista, criminal, enferma. Esto en psicología se llama proyección: le atribuyen a otros lo que ellos temen encontrar en el fondo de sí mismos.

Todo el artículo de Hank Escorpio está plagado de ese mecanismo neurótico. El objetivo: aplastar la opción abstencionista en cuanto empiece a mostrarse como algo más que un fenómeno periférico, marginal e insignificante. Porque eso es exactamente lo que ha sucedido en estas últimas semanas: que ante la pasividad y postración de las masas populares, la casta política y la oligarquía se desataron, mostraron sin tapujos lo que el proceso constitucional siempre ha sido, un fraude total, y en respuesta a eso la sospecha que anidaba en mucha gente empezó a convertirse en inquietud, en malestar y finalmente en la decisión política de abstenerse o de votar nulo.

Frente a ese tenue, incipiente regreso de la desobediencia civil que estalló en octubre de 2019, el MIT se ha visto enfrentado al siguiente dilema: o admite que se equivocó al sumarse al Apruebo y reconoce la legitimidad del rechazo popular al fraude constitucional, o justifica su decisión a sabiendas de lo que implica, huyendo hacia adelante. Ya sabemos: ha preferido huir hacia adelante, y para justificarse va a echar mano a lo que sea, incluso a insinuar que sus detractores son extremistas armados locos y peligrosos. Lo importante es mostrarse serios y respetables ante el partido del orden, con la esperanza de ser admitido en sus filas.

Sí, lo queremos todo

Hasta aquí sólo hemos esbozado algunas ideas que esperamos ayuden a despejar la neblina de malos entendidos y tergiversaciones ofrecidas por Hank Escorpio en su artículo para el MIT. Sobre todo, nos ha interesado desmentir algunas deformaciones bastante groseras que Hank hizo pasar bajo un barniz aparentemente filosófico, dialéctico, realista, optimista y asertivo… y que en realidad denotan exactamente lo contrario: un pensamiento superficial, rígido, voluntarista y acomodaticio. Sólo para dejar consignado el grado de hostilidad que el abstencionismo electoral puede suscitar: Hank ha llegado al extremo de decir que quienes no votan en elecciones, esos ultraizquierdistas dementes, profesan un “odio patológico” a la clase obrera, buscan deliberadamente vivir en la pobreza, padecen de personalidades narcisistas, y usan el anonimato debido a sus acciones violentas, clandestinas e ilegales.

Por supuesto, no vale la pena ocuparnos de acusaciones tan estrambóticas, pero sí es relevante mencionar, respecto del anonimato, que la gran mayoría de los anticapitalistas que no revelan su identidad en internet, lo hacen simplemente porque desdeñan la figuración pública, no tienen ningún interés en el prestigio autoral, y en cualquier caso son lo bastante prudentes para no olvidar que llegado el momento de la represión política no hace falta cometer ninguna ilegalidad para ser blanco de ella. Como sea, no es muy común encontrar a anticapitalistas que le den demasiada importancia a la presencia de su Yo virtualizado en el mundo de internet. Por si fuera poco, existe una abundante producción literaria, filosófica y política que ha puesto en tela de juicio el valor de la identidad egoica y de su publicidad, pero es obvio que Hank Escorpio la ignora o no la entiende; sin pensarlo dos veces, se contenta con el absurdo de diagnosticarle narcisismo precisamente a quienes por motivos que nada tienen que ver con la ilegalidad, han renunciado de buena gana al reconocimiento de una sociedad que produce narcisismo en masa.

En cualquier caso, sería muy raro que en ese esfuerzo por justificar su adhesión al partido del orden, el MIT no hubiera acertado en una que otra descripción de los elementos políticos que hoy día están posicionados en torno al plebiscito. A saber: en los sectores que defienden la abstención y el voto nulo sí hay, efectivamente, un componente impresionista que aísla algún aspecto de la lucha social y la eleva a categoría suprema, suplantando el todo por una parte. Tampoco se puede negar que existe un elemento voluntarista, empirista, inmediatista, que tiende a reemplazar el análisis sociohistórico por los deseos personales y las inclinaciones emotivas del momento. Estos rasgos son límites inherentes al movimiento social tal como existe en este momento, y no van a desaparecer por un acto de voluntariosa denuncia retórica. Por lo mismo, son también rasgos notorios de los sectores militantes que no han sabido aún romper con las lógicas de la ultraizquierda. Pero por más que estos rasgos existan, y constituyan un límite a las luchas, deducir de ello que la abstención electoral es una manía de ultraizquierdistas, es una estupidez. No vamos a insistir en los motivos que el MIT tiene para incurrir en ella.

Por último, queda comentar, aunque sea muy rápido y para rematar, ciertas acusaciones que la izquierda partidista -no sólo el MIT- ha dejado caer últimamente sobre quienes han puesto en duda su vía institucional. Existencialismo, milenarismo, maximalismo, ultimatismo. Sería interesante ver cómo experimentarían esos izquierdistas estas evocaciones si no estuvieran cegados, ensordecidos e insensibilizados por su necesidad de justificar las míseras cuotas de poder que ya les han sido concedidas dentro del orden burgués. Tal vez, sólo tal vez, descubrirían que antes que ellos llegaran a solicitar su admisión en el negocio de la representación política, el existencialismo, el milenarismo, el maximalismo y el ultimatismo ya se habían consolidado como fuerzas motrices definitivas e insustituibles de toda transformación histórica. No las escuelas filosóficas ni las corrientes literarias, sino las vivencias compartidas por masas de gente que en determinados momentos no pudieron tolerar más la miseria, el vacío y el sinsentido de una existencia reducida a una variable del mercado. Sin esas disposiciones de ánimo, que una y otra vez actúan como fuerzas elementales de lo humano frente a la alienación de lo real cosificado… sin esas proyecciones subjetivas y sociales hacia un más allá de la alienación cotidiana, jamás habríamos oído una palabra sobre Espartaco, ni sobre Thomas Müntzer, ni sobre Marx, Bakunin, Lenin o Mao, ni sobre los Cordones Industriales o el poder popular. Tampoco habríamos vivido en primera persona un levantamiento social como el de octubre de 2019, ni habría en este momento ningún “político realista” buscando que le concedan un puesto en la gestión racional de la barbarie neoliberal.

El MIT, el Frente Amplio, y todos los demás partidos que ya están o aspiran a ser admitidos en la administración del capitalismo, le deben todo a esas pulsiones existencialistas, milenaristas, maximalistas, tan emparentadas con la poesía, con la alegría de vivir, con el amor y el espíritu de aventura y de descubrimiento. Sin esas pulsiones, el politicismo rencoroso y gris, burocrático y sin imaginación, de los militantes del conformismo, se ahogaría en su propia insignificancia, aparte de que no tendría nada que reprimir, nada que controlar, nada que acallar ni administrar. Así que un consejo: cuando perciban un aire de romanticismo revolucionario, existencialista y utópico, deberían como mínimo observar el mundo de pesadilla en el que apenas sobreviven, examinarse a sí mismos vegetando dentro de él, y al menos por pudor, callarse la boca, porque en ese aire inconformista está la semilla de toda revuelta, de toda revolución futura.

Lo que fue y lo que vendrá

Dicho esto, concluyamos con una advertencia, por la que podrán acusarnos de muchas cosas pero no de un exceso de humildad: pese a todo lo que esta breve pausa pueda sugerir, en Chile no se va a restablecer la legitimidad del sistema de dominación política de la burguesía. Así como hoy avanza a paso acelerado en varias regiones del planeta una marea de recesión económica, colapso climático y derrumbe de los estados nacionales; así como las clases dominantes se aprestan para la guerra civil generalizada confiando en que esta vez, contra toda evidencia pasada, la destrucción física alcanzará para detener la historia; así como hoy los humillados y ninguneados de siempre aguardan pacientemente el resultado de su último acto de confianza en el orden de las cosas, sabiendo que no van a esperar indefinidamente… asimismo aquí y en todas partes hay quienes han llevado el conocimiento dialéctico de la historia a la conclusión lógica que en este momento es evidente por sí misma: no es el momento de ceder ninguna fuerza, ningún gesto, ninguna esperanza, a la continuación de las cosas tal como han sido hasta hoy.

La vieja ensoñación constitucional, democrática, representativa, hoy restaurada por un rato, va a durar muy poco. El agua y la electricidad, el trigo y las hortalizas, las correas de transmisión y los microchips, las camillas y medicamentos, las señales inalámbricas y las armas, pronto empezarán a imponer sin mediaciones sus propias leyes inapelables, y toda convocatoria a “la razón” ilustrada y a “la razón” política, se va a revelar como una abstracción insignificante y ridícula, frente a la razón concreta de los pueblos vivientes, reales, buscando subsistir. Cualquiera que observe con atención las curvas de datos macroeconómicos, climáticos y sociales, y que acompañe esas curvas con informaciones frescas sobre desempleo, automatización, inundaciones, sequías e incendios catastróficos, hambrunas, guerras civiles y derrumbe de estados-nación, sabe que este es el curso inevitable a seguir, y que si bien no hay nada que podamos hacer para evitarlo, sí podemos hacer esta simple, modesta y crucial elección vital -que es a la vez política e histórica-: o dedicamos nuestras fuerzas a alimentar ilusiones vanas, o a destruirlas.

La mayoría de la gente que se abstiene de votar o vota nulo, sin importar cuán intenso haya sido el asedio propagandístico, lo hace por hastío, apatía y desinterés, que son las actitudes más saludables que alguien puede tener en estos tiempos frente al capitalismo real. Entre ellos, hay unos cuantos que pese a estar también hastiados del capitalismo y de los embusteros izquierdistas y ultraizquierdistas, promueven la abstención no por hastío, sino por economía de fuerzas. Mientras menos ilusiones existan sobre la capacidad de la política burguesa para mejorar nuestras condiciones de vida, mejores serán nuestras probabilidades de salir del capitalismo, hacerlo por nosotros mismos, y a partir de ahí, ser dueños soberanos de lo que sea que vaya a venir después.

martes, 23 de agosto de 2022

[Chile] ¿Qué es un plebiscito?

por Luther Blisset
23 de agosto 2022, Chile

Aunque en su raíz latina el vocablo plebiscito designa la decisión soberana de la plebe, su uso moderno se refiere a algo muy distinto. En nuestros días el plebiscito, al igual que todos los actos eleccionarios de las democracias modernas, no pasa de ser un simple interrogatorio: un acto unilateral en que los gobernantes le exigen a la masa gobernada que se pronuncie sobre un tema planteado por ellos. Por supuesto, cuando los gobernantes plantean un asunto a plebiscitar, es únicamente en interés de ellos mismos: necesitan saber qué tipo de dominación toleran mejor los gobernados, para poder ejercer sus funciones de mando con menos incertidumbre.

En algunos casos, la resistencia de los gobernados a responder interrogatorios -Chile alcanzó hace algunos años el 58% de abstención electoral, la más alta del mundo-, es síntoma de una indisciplina más profunda, que puede llegar a convertirse en rebelión abierta -como en este mismo país, a fines de 2019-. Llegado ese extremo, el poder debe simplificar y exacerbar al máximo las preguntas, al punto de que los gobernados no tengan escapatoria. Tras haberse visto sorprendidos por la desobediencia civil, y tras haberla desactivado o ahogado en sangre, los gobernantes deben poner a los gobernados entre la espada y la pared, obligándoles a opinar sobre una disyuntiva aparentemente lapidaria, definitiva.

Eso y no otra cosa es un plebiscito: un acto que representa ficcionalmente la soberanía de la plebe, pero que en realidad exhibe ante la vista de todos la soberanía sin rival de los gobernantes, capaces de reducir la cuestión social a un “sí” o un “no” inofensivo frente a la dominación, mientras restringen casi por completo la libertad de decir “no” al propio plebiscito.

El plebiscito, dado que es un interrogatorio, no tiene otra función que reafirmar la superioridad de quienes hacen las preguntas.

 

lunes, 10 de enero de 2022

[Chile] ¿El triunfo de qué? / Rebelión y castigo

¿El triunfo de qué?
[Sobre las elecciones presindeciales en Chile, fascismo y antifascismo]
22/12/2021
por Julio Cortés 

Rebelión y castigo. Consideraciones acerca de la criminalización del “estallido social” y el proyecto de indulto general a los “Presos de la Revuelta”
[En este artículo se analizan los principales aspectos de la respuesta judicial frente a la rebelión popular de octubre de 2019 en Chile, y en especial los procesos de criminalización de quienes han sido imputados de participar en la comisión de delitos políticos y comunes en dicho contexto. Se hace además un recorrido por el concepto de prisión política y el uso habitual en la historia de Chile de amnistías e indultos luego de procesos de alta conflictividad política y social, centrándose en el efecto “creador de derecho” que tuvo la “revuelta” y los principales contenidos del proyecto de indulto general que se tramita actualmente en el Senado.]
21/12/2021
por Julio Cortés

domingo, 9 de enero de 2022

[Chile] La alegría nunca llegó y el miedo se disfraza de esperanza

Notas sobre el cambio de administración estatal en la región chilena

05/01/2022, Chile
Vamos hacia la vida

I

El pasado 19 de diciembre pasó a la historia y no por pocas razones. Aquella jornada el nuevo presidente electo, la joven ex figura de la burocracia estudiantil, Gabriel Boric, se impuso en el balotaje con una gran diferencia sobre su contrincante José Antonio Kast, un anticomunista y pinochetista recalcitrante que había logrado apoderarse de la primera mayoría en la primera vuelta, y con ello de la representación de la derecha y su pacto “Chile Podemos Más”.

Este logro electoral fue celebrado, en ese sentido, por fervientes demócratas e izquierdistas “críticos” como una verdadera victoria popular, como un triunfo aplastante frente al “fascismo” y como la continuidad de un proceso que desde el estallido de la revuelta en adelante, con Convención Constitucional incluida, viene abriendo el camino para la “dignidad del pueblo chileno”; una actitud que contrasta mucho con la demostrada un mes antes, cuando con pavor estos mism@s demócratas e izquierdistas veían como esta figura del “fascismo” lograba obtener la primera mayoría: una lluvia de lamentos, insultos, memes, amenazas con irse del país y todo lo que el imaginario de izquierda lleva consigo junto al miedo se sumó a las repetidas increpaciones al “pueblo ignorante” y a l@s “fascistas de izquierda”, que gracias a su abstención permitieron —supuestamente— aquel resultado.

Y le agregamos “supuestamente”, pues la reacción frente a este primer resultado fue la que le permitió a Boric su “aplastante” triunfo electoral en segunda vuelta. En efecto, una vez pasada esta primera vuelta, Boric y Kast no dejaron de moverse hacia el centro como naturalmente buscaría cualquier candidato; Boric apelando a la vieja Concertación, cortejando sobre todo a la Democracia Cristiana, con los apoyos explícitos de Lagos y Bachelet, mientras que por su lado Kast se enfocaba en la cuestión de la mujer, desprendiéndose de los elementos reaccionarios extremos que aún generaban anticuerpos en su electorado. Ambos, obviamente, concentrando su discurso en la estabilidad y el orden. Este lobby político junto al uso de la famosa calculadora fue el que mantenía a Boric liderando en las encuestas por un pequeño margen, manteniendo la incertidumbre acerca de la eventual participación de quienes histórica y mayoritariamente se han restado de estos procesos eleccionarios. No hay encuesta MORI para medir esto, pero efectivamente tras la primera vuelta que ponía a Kast en la delantera, y a contra corriente del “giro” hacia el centro de su candidato —que en verdad es la continuidad de la política institucional y policial que siempre ha defendido—, un tedioso vendaval desde la mayor parte de la izquierda se desató en las redes sociales, algunos espacios sociales y calles, con su campaña de apoyo “crítico”: comunidades LGTBIQ+ y feministas institucionales, izquierdistas trasnochados y antifascistas de conciertos, comenzaron la verdadera campaña “contra el nazi” que le dio el triunfo a Boric, un candidato al que nadie quería y famoso por su rol reaccionario, pero que fue capaz de movilizar a sus propi@s adversari@s en base a la caricatura del fascismo —incluso sin tener que mencionarlo—. Boric, sin ningún pelo de tonto, selló con un broche de oro su triunfo en una jornada multitudinaria con la frase “ganó la esperanza sobre el miedo” (cuando en realidad fue el miedo a la ultraderecha pinochetista la que lo hizo ganar, no alguna esperanza general en su ya mediocre programa de gobierno), a sabiendas que su elección cerraba un ciclo y con él se intenta enterrar toda proyección revolucionaria de la experiencia de octubre, o por lo menos, aplazarla lo suficiente por un buen periodo de tiempo.

Por otro lado, y también a contra corriente del pensamiento popular, no fue su “fascismo” lo que le impidió captar más votos a Kast, sino todo lo contrario: la falta de él. En primer lugar, el discurso de Kast no contó para nada con elementos revolucionarios y populares propios del fascismo histórico que pudieran enganchar con algún sector indeciso del proletariado —al cual necesita ganarse para imponerse democráticamente—, y en segundo lugar, no logró trascender el esquema político tradicional aferrándose a su pinochetismo clásico con un carácter claramente burgués, lo que al igual que en las elecciones del Apruebo/Rechazo se reflejó bien, por ejemplo, en el mapa del voto en las comunas del gran Santiago. Esto, al parecer, lo ha sabido leer bien el ex candidato, el cual inaugura una nueva etapa dentro del Partido Republicano el primer día del 2022, presentando públicamente su renuncia a la presidencia del partido, tomando la dirección de su ala social Acción Republicana y llamando a disputar las “muchas zonas y territorios de nuestro país donde la izquierda tiene un predominio y donde por años, nos hemos marginado de ejercer la acción social y política de nuestras ideas”, afirmando de paso que “el debate en Chile sigue centrado en los problemas de la elite y los grupos de presión, alejado de la realidad que día a día golpea a millones de chilenos”.

Sin duda alguna, estas últimas elecciones terminaron conmocionando a todo el país y la artificial y publicitada polarización de la que tanto hablaron los periodistas terminó por movilizar a casi 1.300.000 personas más a las urnas: el voto “antifa” y “antiKast”, de proletari@s que no suelen votar, fue fundamental para que Boric venciera, más que un voto a favor de su programa. En los tiempos de la volatilidad política se pasó de un mes a otro, de una marcada abstención —votó en primera vuelta el 47.33% del padrón electoral— a una participación histórica —55.65% del padrón—, todo esto en medio de debates televisados y ampliamente difundidos, declaraciones, polémicas, funas y des-funas. Basta recordar como Boric, repudiado con justa razón desde su época como burócrata estudiantil en donde asumió un rol desmovilizador en los momentos clave del 2011, pasando por su participación insigne en la firma del repudiado “Acuerdo por la Paz Social y la Nueva Constitución”, y su recordado apoyo al paquete de leyes represivas implementadas en plena revuelta —Ley anti saqueos y anti barricadas—, golpeado, escupido y bañado en cerveza rancia, le ganó a un Daniel Jadue que, adulado por grandes sectores de la izquierda, venía desde hace años preparándose como una de las grandes promesas de la política pre y post revuelta. De esta misma forma, un Kast con capacidad de voto marginal, representante de una ultraderecha que se daba por muerta a no ser de por un par de ex boneheads y viejos pinochetistas sin influencia alguna, logró ganarle al candidato de un oficialismo con aires de renovación (Sebastián Sichel); o un Franco Parisi y el Partido de la Gente, que con su candidatura virtual captó gran parte del electorado y fue también relevante en el resultado final de la competencia al cargo presidencial.

Efectivamente, las últimas elecciones fueron un gran negocio para l@s analistas y periodistas polític@s, y de hecho afloró también en la población misma, todo un espíritu republicano con viej@s militantes y “opinólog@s” de política, expert@s en estadísticas y, sobre todo, usuari@s pretendidamente hábiles en los cálculos políticos a la hora de escoger “el mal menor”. Toda esta ensalada que se presenta ahora como los síntomas de un sistema político en recuperación, como los sanos gestos de un país que vuelve a dialogar, solo expresan en resumen la bancarrota total de la política que desde hace varios años debe recurrir más a figuras televisivas que a polític@s profesionales, y que por ende se encuentra aún más a merced de los criterios del capital mundial; expresa la recta final de un aparato gubernamental con cada vez menos injerencia y más supeditado a los consejos de tecnócratas y asesor@s fieles a los índices macro económicos. Es la crisis en actos.

II

Como es bien sabido, el Covid-19 solo ha acelerado un proceso de restructuración capitalista frente a una crisis de valor y ecológica sin precedentes, con las consecuencias nefastas que recaen sobre nuestra clase y la Tierra. La crisis de valorización del capital –disminución tendencial de la tasa de ganancia capitalista por la sustitución del trabajo humano provocada por la automatización de los procesos productivos– se ha manifestado en tiempos de pandemia de diversas maneras: migraciones masivas, crisis logística en los puertos y en las cadenas de suministro, escasez de suministros tecnológicos, aumento del costo del transporte marítimo, subida de los precios de alimentos, combustibles y materias primas. Con respecto al aumento de los precios, el Banco Mundial indica que ha sido la recesión con el incremento inflacionario más rápido de los últimos 50 años: el aumento de los precios de los combustibles y de las materias primas, ha repercutido  directamente en un aumento de los precios de otras mercancías, y de esta forma, a través de precios inflados, se encubre la disminución real del valor –que representa el tiempo de trabajo socialmente necesario, en constante disminución desde la tercera revolución tecnológica– a la vez que se sigue asegurando una rentabilidad para la clase capitalista en términos de ganancia y renta de la tierra.

En la región dominada por el Estado chileno la inflación se ubicó a fines del 2021 cerca del 7%, lo que implica un marcado aumento del costo de la vida que no escapa a la dinámica mundial y su potencial agravamiento frente a un proceso de recesión más duradero. Sin embargo, esta región presenta una “caja chica” aún solvente y una deuda pública baja, lo que le entrega una mejor situación para hacer frente a la crisis del capital con respecto a otros países de la región latinoamericana. Además Chile, por su posición geográfica, es fundamental para el capital mundial como puerta de entrada de mercancías a través de sus puertos en el Pacífico, y los Tratados de Libre Comercio firmados, como también por los capitales internacionales y nacionales instalados en el territorio, que poseen un marcado carácter extractivista y son altamente contaminantes –megaminería, forestales, agricultura de exportación y salmoneras–, por lo que no deja de ser una buena fuente de negocios para la clase capitalista, mientras generan mayores desastres ecológicos y “zonas de sacrificio”. La destrucción ecológica de suelos, la sequía permanente, y los cambios a nivel climáticos que hemos observados durante la última década han disminuido la productividad de las tierras locales presionando a un alza de los precios de los alimentos: todos ellos son síntomas que indican el carácter demencial del modo de producción capitalista. Por otra parte, la región chilena ha presentado durante el último año una depreciación de la moneda nacional sin precedentes, llegando el precio del dólar a los $872 durante el triunfo de Boric, lo cual haría aún más complejo el escenario inflacionario debido a la fuerte dependencia de esta región al capital internacional, y que recae por completo en la capacidad de nuestra clase de acceder a los medios de subsistencia para nuestra reproducción.

La fase actual de descomposición del capital hace incierto el panorama futuro, una reestructuración sin conflictos es imposible, y como sabemos todo el peso de la crisis recaerá sobre nosotr@s, por saludable que sea la economía chilena hoy, y por ingenuas que sean las aspiraciones de mejorar el capitalismo, el peso de las tendencias destructivas del modo de (re)producción capitalista se impondrán de forma violenta.

III

Ante la expectación e ilusión de una parte de votantes que ven en Boric un cambio en la forma de hacer política, una verdadera inoculación a un sistema en profunda crisis y muy recientemente cuestionado que busca extender su vida de manera desesperada, es lógico preguntarnos qué es realmente lo que podemos esperar del próximo gobierno y, en contrapartida, qué respuesta se puede visualizar de los grupos de izquierda frente al posible futuro escenario.

Como elementos de vital urgencia, se nos presentan dos aspectos fundamentales que constituyen el foco más amplio de interés, expectativa y controversia. Estos son, por un lado, la prisión política y el desarrollo de la guerra social en el Wallmapu, cuyo carácter humano lo transforma en la más amplia contradicción de los principios originales que alguna vez proclamó encarnar el proyecto hoy electo, y, por otra, la galopante inflación que amenaza las bases materiales de cualquier gobierno y que no es otra cosa que un síntoma de la profunda crisis que atraviesa el capital global.

En cuanto a lo primero, se hace fundamental recordar a la propia concentración que se volcó a las calles el domingo 19 de diciembre que vociferó la imperante necesidad de la liberación de l@s pres@s polític@s, específicamente l@s de la revuelta, que cuentan con mayor respaldo social en sus demandas, llamamiento que durante varios días fue enfrentado con evasivas por el presidente electo y que junto con el avance de la lucha mapuche autónoma en el Wallmapu, que en los últimos meses ha significado un recrudecimiento de las medidas represivas, han suscitado el más polémico viraje de los principales ejes del discurso del otrora candidato desde  la primera a la segunda vuelta, que en el interés de salvaguardar la democracia lo han encaminado a develar en su proclama el resguardo del orden público y el camino de la paz como el horizonte del siguiente gobierno, situación que ha tenido como consecuencia incluso las refutaciones con destacados miembros de su coalición, como son Jackson y Siches, que han llegado tarde al desnudamiento de los verdaderos principios que mueve a la política en la democracia.

Por otro lado, pero no menos importante, la creciente inflación y la desaceleración del crecimiento ha llevado al Banco Central a advertir el grave problema de las excesivas expectativas que se enfrentan, aconsejando “moderación fiscal” ante la alerta amarilla de la economía e invitando a reducir la incertidumbre dando confianza al mercado con estabilidad social y política, tornando altamente improbable que existan reformas o contrarreformas significativas. Muy por el contrario, se hace esperable que se perpetúe un Estado subsidiario de carácter focalizado que pueda entregar medidas conciliadoras que no lograrán satisfacer las promesas de estatización de los servicios básicos y derogación de las leyes represivas que formaron parte del entramado de respuestas que buscaron explicar el descontento que vio nacer y resultó de octubre 2019. Lo que, sin ir muy lejos, queda de manifiesto en el cambio que se ha dado al anhelado fin de las AFP –que junto con la educación, salud y vivienda han sido las demandas históricas de los movimientos sociales locales– y que ha sido postergado a un plazo de cuarenta años hacia el futuro según el equipo de Boric.

Es indudable que, ante un eventual escenario de masiva decepción provocada por el sistemático abandono de los principales ejes de campaña que heredó Boric de su experiencia en los movimientos sociales que ignora su propia naturaleza inviable en el marco capitalista,  se buscará apoyo en la izquierda y probablemente la convocatoria a la moderación, la  unidad y el respaldo a un programa que traiciona sus propias raíces muertas invocará a la desmovilización ante una cada vez mayor amenaza de una derecha alimentada del desencanto, lo que hace posible prever el resurgimiento de los llamados a respaldar y proteger al gobierno y, junto con esto, el aislamiento y la criminalización de quienes rechacen este camino por “hacerle el juego a la derecha”, por amenazar el orden público y la paz, que se perpetúan como las directrices de esta ficción de nuevo proyecto de país.

IV

Desde luego, Chile no es una excepción en esta dinámica de contención institucional que le sigue a una profunda ruptura de la continuidad capitalista producida por una intensa agitación social. Además de la brutal represión estatal, la política de cooptación suele acompañarse con el aprovechamiento electoral del descontento generalizado por parte del progresismo y la centroizquierda, siempre en defensa del orden.

Esta es una constante histórica, pero baste recordar lo que ha ocurrido recientemente en Grecia y España, países que han visto el ascenso al poder de distintas fracciones de la socialdemocracia, para refrescar la memoria.

Grecia, a fines de la primera década de este siglo, experimentó grandes movilizaciones sociales. En diciembre de 2008, luego del asesinato del adolescente de 15 años Alexandros Grigoropoulos en Atenas a manos de la policía, se desata una revuelta que encuentra su fermento en la grave situación económica y política del país. A partir de ahí la tensión es constante, y a fines del 2009 estalla la conocida como “crisis de la deuda soberana en Grecia” o “depresión griega”. Organismos del capital y la Unión Europea exigen la implementación de medidas de austeridad, atacando directamente las condiciones de vida del proletariado, el que resiste tenazmente estas políticas. Particularmente, en mayo de 2011 surge el “Movimiento de las Plazas”, en sintonía con la aparición de movilizaciones similares por toda Europa, Medio Oriente y otras regiones del mundo (EEU.U., por ejemplo), ocupando las plazas centrales de las ciudades, y centrado en este caso en el rechazo a la implementación de estas medidas de precarización de la vida. En 2015, una coalición de organizaciones de izquierda formada en 2004, que agrupaba a grupos trotskistas, maoístas, escisiones del Partido Comunista Griego (KKE) y otras variedades de izquierdismo, denominada Coalición de Izquierda Radical (SYRIZA), logra hacerse del gobierno a través de las urnas —la coalición pasa a conformarse como partido político ante estas elecciones, para optar a los premios electorales que el sistema griego otorga al partido más votado—, marcando un hito en la historia política del país, siendo Alexis Tsipras nombrado primer ministro. Llega al poder prometiendo la cancelación de la deuda pública y la abolición de los programas de austeridad, bajo el discurso de la no subordinación nacional a las medidas impuestas por la UE (a través de la Comisión Europea), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) a cambio del “rescate económico” del país. Sin embargo, SYRIZA no logra mayoría absoluta en el parlamento, por lo que forma alianza con el partido de derecha nacionalista y populista ANEL (lo que causa una primera decepción con el reciente gobierno). Posteriormente, en las negociaciones por las medidas de austeridad, el mismo gobierno promovió un referéndum para decidir si se aceptaban o no las condiciones impuestas al país —al proletariado griego, en realidad— para el rescate económico, ganando el rechazo a estas medidas por un amplio margen (con un 61.31%). Sin embargo, se desentendió a los pocos días del resultado y terminó sometiéndose a las exigencias de la troika, que fueron incluso más duras que las que se habían considerado cuando se llamó al referéndum. Finalmente, fue a través de este gobierno izquierdista —por su conformación, situado más a la izquierda que el actual bloque FA-P”C” y sus amistades exconcertacionistas— que las medidas de austeridad impuestas contra el pueblo griego por el capital, y que habían sido férreamente combatidas durante años en las calles, pudieron seguir implementándose, allanando el camino para que hoy sea nuevamente la derecha (Nueva Democracia) la que se encuentre instalada en el gobierno.

En España, con sus particularidades, se vive un proceso que sigue una lógica similar. El movimiento de ocupación de las plazas tiene como referencia precisamente al movimiento de “los indignados” españoles o 15M, que también en mayo de 2011 explotara en el país ibérico. Si bien el contenido de dicho movimiento se encuentra desde un inicio supeditado a un ciudadanismo que exigía “más y mejor democracia”, algunas de sus experiencias van más allá en el cuestionamiento del orden social capitalista. Surge de un rechazo a un sistema político deslegitimado y que se aprecia como agotado, y a una creciente precarización de la vida, que se observa en el progresivo desmantelamiento de políticas de seguridad social a partir de la crisis mundial del 2008 y a la implementación de medidas privatizadoras de corte neoliberal. Este descontento lo intenta canalizar el partido político PODEMOS, que pretende abandonar el eje izquierda-derecha y abrazar aquel que supone como contrarios a la democracia y la dictadura. PODEMOS surge con el discurso de defender y promover una verdadera democracia. Se formó el 2014 y en poco tiempo logró cosechar varias victorias electorales, y desde el 2020 forma parte del gobierno español gracias a un acuerdo con el PSOE —partido tradicional del bipartidismo que era uno de los blancos de las protestas del movimiento 15M—. En esta posición, por ejemplo, han implementado fundamentalmente las mismas políticas frente a la pandemia de coronavirus que casi todos los países, es decir, salvaguardando los intereses de la clase capitalista frente a la vida de las personas, y se han destacado hace unas semanas por ser responsables de la brutal represión a la huelga de los obreros del metal en Cádiz, dulcificada por las declaraciones de algunos de sus portavoces. Y es que, como es lógico, los gobiernos solo pueden defender los intereses del capital, y harán todo lo que tengan a mano para cumplir con tal fin.

La izquierda del capital funciona como agente desarticulador cuando llega a las esferas de poder. Incluso sin quererlo —ni comprenderlo— forman parte de una estructura que no está hecha para defender al proletariado, una estructura que tiene su función en garantizar la supervivencia a largo plazo de las relaciones de explotación. La izquierda se comporta como un medio eficiente para implementar medidas a favor de la acumulación capitalista que encontrarían mayor resistencia si fueran promovidas por otros gobiernos, y reprime tan brutalmente como le sea necesario: en la región chilena, con la llegada de Boric y “Apruebo Dignidad” al control del Estado, no tiene por qué ser diferente.

 

Para PDF imprimible: https://hacialavida.noblogs.org/la-alegria-nunca-llego-y-el-miedo-se-disfraza-de-esperanza

miércoles, 24 de noviembre de 2021

[Chile] Crítica de la crítica del texto “Sobre Kast, Boric y la contrarrevolución en curso”

23 de noviembre de 2021. Tomado de un muro de facebook

Ver también:  Sobre Kast, Boric y la contrarrevolución en curso

El autor comienza su crítica saludando la discusión que aporta el texto en entornos libertarios, sin embargo, nos anuncia -sin aún decirnos las razones- que el escrito realiza una lectura errónea de la “realidad que se nos viene encima”, y aprovecha de especular una falta de lectura acerca de los medios asociados a la clase dominante. Sobre este primer punto, señalar en primera instancia que dicha afirmación se basa en una falacia por desconocimiento de lo que efectivamente ha hecho la persona que escribió el texto que crítica -y por tanto lo único que nos anuncia es que el pretendido crítico cree saber más acerca del tema en cuestión- y, en segundo lugar, cuando queremos saber qué pasos dará la clase dominante no leemos los medios de reproducción de su ideología – y, por tanto, de su falsa conciencia- sino que observamos atentamente lo que realmente hacen.

Como nuestro crítico, vamos por parte. Es una labor tediosa, porque es un compendio de todas las imposturas que el primer texto quería criticar y, por otro lado, no sale de la misma retórica impotente que caracteriza al anarquismo y la ultraizquierda en la actualidad. Ya antes de terminar el texto sabemos la conclusión: hay una terrible realidad que “se nos viene encima” -haciendo aquí gala del pensamiento paranoico que ha invadido al conjunto de la izquierda ante el fenómeno Kast-, y que gane Kast es peor a que gane Boric. Tal conclusión va en contra de cualquier pretensión de pensamiento materialista, ni tampoco aporta nada a alguna alternativa emancipadora, simplemente afianzan el pensamiento izquierdista actualmente existente y con ello reproduce de manera ampliada su ideología. Sobre todo hoy, cuando los hechos presentes que se desarrollan frente a nuestros ojos nos muestran que el gobierno más progresista de Europa lanza tanquetas a los obreros del metal, cuando AMLO pacta con narcotraficantes y lidera una cacería humana contra inmigrantes o cuando Biden continua una política genocida con el beneplácito complaciente de toda la izquierda progresista norteamericana. La realidad grita, pero nuestro crítico no escucha porque está atrapado en la cámara de resonancia que denuncia.

Más aún, en ningún momento del texto se señala la posibilidad segura de que Boric gane por un potencial efecto anti-Kast, solamente señala que un número de unas cuantas miles de personas no fueron a votar por Boric por razones sumamente fundadas, a las cuales nuestro crítico parece ser ciego porque, recordemos, hay una terrible realidad que se nos viene encima y el nos la va a señalar. Se ha pasado completamente por alto la tesis principal del texto, a saber, que Kast y Boric son dos caras de una misma contrarrevolución que comienza el 15 de noviembre de 2019. De allí el absurdo que recorre todo el texto, nos llama en última instancia a votar por Boric cuando el auge del fascismo se debe precisamente al triunfo de la política socialdemócrata que aún mantiene a Piñera dentro del palacio de La Moneda, y no al revés. Por lo demás, el texto nos habla acerca de las ideas de derecha de Parisi, de los pactos del PDG con Republicanos y todo lo que ocurre en el cielo de la política, pero no nos explica cómo puede ser que un candidato que realizó una campaña exclusivamente de manera online haya sacado casi un millón de votos, a qué publico apunta y porqué Boric es impotente para obtener dichos votos. Simplemente nos señala la alta improbabilidad de que eso suceda. Por nuestra parte, no jugamos a la futurología, simplemente señalamos los hechos reales que han hecho naufragar a Boric y, además, evidenciar el peligro que él representa para cualquier movimiento emancipador a despecho de todas las esperanzas e ilusiones que se hayan depositado en su programa y su despliegue de ingeniería emocional progresista.

Pero el crítico va más lejos, incluso coincide con la lectura política de los comentarista de El Mercurio -hay que tener cuidado al leer los “medios de la clase dominante”-, puesto que afirma que “de ganar las elecciones Boric, el proyecto tiene pocas esperanzas de éxito. Los inversionistas van a presionar hasta el cansancio, la derecha liderada por Kast va a estar a sus anchas, lo que podría traducirse en un viraje posterior aún más a derecha”. Nuevamente la crítica falla, porque entonces tendría que explicarnos porqué un candidato que se ha codeado con empresarios, que firmó como individualidad el Pacto por la Paz y la Nueva Constitución, que fue a la ENADE a calmar a cualquier empresario indeciso, que se ha mostrado sistemáticamente a favor de medidas represivas que mantengan la paz social del capital, que empero hace todo eso y más, sería un gobierno en el cual los “inversionistas” van a sentirse incómodos. Por el contrario, Boric ha hecho todo lo posible para salvar, perpetuar y engrandecer el proyecto histórico de la elite chilena: el desarrollo del capitalismo. Por lo demás, todo sea dicho, nos dice que “es cuestión de recordar que el auge del nazismo también es consecuencia del fracaso de la socialdemocracia”. Pero, amigo crítico, la socialdemocracia no fracasó con el nacionalsocialismo, sino que este fue la expresión de su triunfo y continuidad. La socialdemocracia masacró a la revolución para, acto seguido, abrir la puertas a la reacción fascista. En el texto anterior también lo he señalado, toda contrarrevolución surge sobre el terreno del movimiento de subversión que le precede. El movimiento nazi es la continuación empírica de la ideología del trabajo de la socialdemocracia alemana, por ello el lema de los campos de concentración fue arbeit mach frei [El trabajo libera]. De la misma manera, uno de los responsables directos de la reacción fascista que hoy tanto temor genera es precisamente aquel por quien hoy la izquierda llama histéricamente a votar.

Por otro lado, la nota jamás dice que solamente la ultraizquierda y el movimiento mapuche serán las víctimas de la persecución política en un eventual gobierno de Kast, simplemente dice que Boric – levantado por la izquierda como el supuesto último muro de defensa entre el fascismo y las mujeres y las disidencias sexuales- es una amenaza para ell@s tanto como lo es Kast, puesto que es, como ya he señalado, Boric mismo quien ha pactado, fortalecido y abierto el espacio político institucional para al expresión fascista. Por otro lado, le aviso a nuestro crítico que, de la misma manera que Republicanos, la policía, el Estado y quienes lo sostienen jamás han tenido reparos en materia de derechos humanos. La prueba: los acontecimientos del 18 de octubre en adelante, para los cuales Boric se apresuró a asegurar la futura impunidad con tal de salvar la “paz social”.

La crítica afirma que “la nota no señala nada sobre la convención constituyente. ¿Parece raro?”. Bueno, la verdad es que el texto si lo señala, dice “Lo que ha pasado inadvertido hasta el momento para estas personas, es que el fascismo -es decir la reacción más conservadora de la burguesía frente al capitalismo amenazado- les ha derrotado sucesivamente desde el 15 de noviembre de 2019 en adelante, y Boric y la convención constituyente, el apruebo y Elisa Loncón, son la expresión viva de esa derrota que hasta hace poco celebraban como una victoria que anunciaba un cambio social venidero. Aún recuerdo cuando el artista progre favorito de la gente, Alfredo Castro, celebró una premiación diciendo que Pinochet estaba muerto con el comienzo de una nueva constitución. En realidad, lo contrario es la verdad: Pinochet y su legado capitalista están más vivos que nunca, y tanto la convención como estas elecciones son la prueba de ello, puesto que el capitalismo refundado por su régimen terrorista ha sido administrado y profundizado por los gobiernos democráticos de izquierda y derecha, y el pretendido candidato del antifascismo aspira a ser un administrador de ese legado, no su destructor”. Nuestro crítico omite lo esencial de esa crítica: la convención es una continuidad del legado de Pinochet ¿Parece raro no?

El autor señala que la convención constituyente implica una reestructuración del poder y de la composición de fuerzas del trabajo-capital. Sin llegar si quiera a cuestionar la poca realidad de esa afirmación, en cuanto a los límites que el propio Boric le puso a dicha instancia el 15 de noviembre, hay que señalar que un cambio en las relaciones entre el capital y el trabajo, sigue siendo un cambio dentro de los marcos del capital y el trabajo, es decir en ningún caso supone una alteración de las relaciones de producción capitalista, simplemente plantea una modernización necesaria e inevitable de dicha relación que fue precipitada por el movimiento de la revuelta. Para remate, el autor me recuerda lo que es ser un buen marxiano, y señala que yo desconozco que Marx habría apoyado un punto de vista similar a que nuestro crítico expone. Y bueno, quizás tenga razón, porque Marx fue el más grande crítico del trabajo hasta ahora, pero también su obra tiene una dimensión que ontologiza el trabajo. Mientras que nuestro crítico se centra en este último, yo me quedo con el de la crítica de la economía política. Y, como Marx diría, si el Estado entrega salud gratuita se debe a los aspectos civilizatorios del capitalismo, a la lucha social de las personas, y al momento de crisis que atraviesa el capitalismo en general (véase el debate de la renta básica universal, que antes era impensable). Bajo ningún caso este es mérito de Boric, así como tampoco el IFE lo es de Piñera.

Finalmente, la parte más lamentable del texto. En ella señala que como hablo de contrarrevolución entonces el “estallido” pasa a ser automáticamente una revolución. Bajo ningún caso, se trata, sí, de una erupción revolucionaria de consecuencias a largo plazo, de la misma manera que la revuelta de 1905 presupone la revolución de 1917. Y uso esta caricatura para mostrar que nuestro crítico bien podría haberles advertido a las minorías revolucionarias de votar por Kerenski ante el terrible futuro que se avecinaba con un zarismo cada vez más despótico. Vuelvo aquí a la “nota” que nuestro crítico señalaba como tan errónea: “ Hoy vivimos una restauración del capitalismo en un nivel superior, en un escenario histórico en el que salga quien salga como presidente deberá gobernar en un país polarizado, con un capitalismo que ya no funciona sin policía permanente en la calle, militares en el Wallmapu, leyes de control y represión del movimiento de personas y, por supuesto, sin una represión masiva sobre cualquier expresión de protesta”. Acto seguido, el crítico nos dice que los manifestantes en la revuelta no querían la revolución, ¿pero es que se trata todo esto de voluntades subjetivas? Querido crítico, la revuelta no debe ser juzgada por lo que sus participantes dicen de sí mismos, sino por lo que realmente hizo, y en esa línea yo señalaba algunas pistas acerca de donde residía el contenido verdaderamente radical de la revuelta. Así que, lamentablemente, nuestro crítico nos quería señalar la realidad no solo del terrible futuro que se nos avecina, sino también mostrarnos la realidad de la revuelta. Y en ambas, según lo que puedo juzgar hasta ahora, nuestro crítico ha fallado, su texto más bien constituye un triste reduccionismo y, en consecuencia, sus conclusiones son erróneas.


lunes, 22 de noviembre de 2021

[Chile] Sobre Kast, Boric y la contrarrevolución en curso

22 de noviembre de 2021. Tomado de un muro de facebook
 

Por el neofascista de corte liberal Kast votó casi el mismo número de personas que votó por el rechazo, lo cual era obvio si se considera que el sistema de la democracia burguesa encuentra sus más activos adherentes en aquell@s que se benefician de dicha institucionalidad. Hoy la izquierda progresista llora sus lágrimas de cocodrilo, los profesionales educados de la clase media no pueden aceptar que Boric -un candidato abiertamente anti-revuelta, que aprobó leyes que tienen encarceladas a muchas por personas por varios años de su vida, que es además el candidato de una parte importante del empresariado, etc.,- haya tenido menos votos que Kast. Por supuesto, la respuesta es la misma retórica narcisista e impotente que tanto los ha alejado de ese pueblo que tanto les gusta maltratar: "La ignorancia el mejor aliado del fascismo", "si votaste apruebo y luego por Kast no entendiste nada", "me voy de Chile", "el pueblo es tonto", y así ad nauseam. Algunos simplemente están en shock y lo reconocen, es natural que eso pase porque en primer lugar se perdieron del movimiento real que se desplegaba frente a sus propios ojos todo este tiempo, y el cual solo pudieron ver con los lentes de la ideología progresista y democrática que les ha llevado paso a paso a su nueva derrota histórica. De esta manera, tal como antes de ayer, no tienen nada que decir más que una serie de consignas que pretenden demostrar que Kast es el mal encarnado, pero no explican como Kast o alguien como Parisi han llegado a estar donde están, ni tienen nada más que proponer aparte de votar por Boric en la segunda vuelta para "derrotar al fascismo". Lo que ha pasado inadvertido hasta el momento para estas personas, es que el fascismo -es decir la reacción más conservadora de la burguesía frente al capitalismo amenazado- les ha derrotado sucesivamente desde el 15 de noviembre de 2019 en adelante, y Boric  y la convención constituyente, el apruebo y Elisa Loncón, son la expresión viva de esa derrota que hasta hace poco celebraban como una victoria que anunciaba un cambio social venidero. Aún recuerdo cuando el artista progre favorito de la gente, Alfredo Castro, celebró una premiación diciendo que Pinochet estaba muerto con el comienzo de una nueva constitución. En realidad, lo contrario es la verdad: Pinochet y su legado capitalista están más vivos que nunca, y tanto la convención como estas elecciones son la prueba de ello, puesto que el capitalismo refundado por su régimen terrorista ha sido administrado y profundizado por los gobiernos democráticos de izquierda y derecha, y el pretendido candidato del antifascismo aspira a ser un administrador de ese legado, no su destructor.

La realidad es que Boric y Kast no solo no son opuestos, sino que son dos caras de una misma contrarrevolución hoy triunfante. Ambos son la expresión política de la derrota de la revuelta, derrota que no hay que buscar comprender en la estupidez o la ignorancia de "la gente", o en la astucia de la socialdemocracia, sino en el contenido contradictorio de ese movimiento: la revuelta tuvo una naturaleza contradictoria en la que se encuentran simultáneamente un fuerte contenido negativo —anticapitalista— y reivindicaciones ciudadanas que abogan por una reforma del orden social capitalista dentro de los marcos de la democracia. Toda contrarrevolución surge sobre el terreno del movimiento de subversión que le precede. Hoy vivimos una restauración del capitalismo en un nivel superior, en un escenario histórico en el que salga quien salga como presidente deberá gobernar en un país polarizado, con un capitalismo que ya no funciona sin policía permanente en la calle, militares en el Wallmapu, leyes de control y represión del movimiento de personas y, por supuesto, sin una represión masiva sobre cualquier expresión de protesta. Boric ya lo anunció: como presidente mandará a la policía en ejercicio de la ley. Que nadie se engañe, Boric no es menos defensor de la propiedad privada y del capital que Kast.

Sin embargo, en este punto el pensamiento crítico de la mayoría de las personas anti-Kast se detiene. ¿Es que acaso no es Kast peor que Boric? ¿No representa Kast una amenaza para los derechos de las mujeres, de la comunidad LGTBQA+, de las personas inmigrantes? Efectivamente si, pero contrario a las apariencias no más que Boric. En primer lugar, Kast es una persona astuta, y ya ha demostrado tener flexibilidad en su programa. Ayer lo señaló en su discurso, no va a haber discriminación de género ni de orientación sexual. Evidentemente a alguien como Kast no se le creen sus palabras, sino que hay que ver el contenido de sus acciones. Kast, a menos que no quiera evitar una revuelta social masiva, no va a comenzar un hipotético gobierno quitando los derechos a las mujeres o persiguiendo a personas de la comunidad LGTBQ+, sino que se mostrará como el presidente de la unidad nacional en torno al desarrollo de la economía. Quienes realmente sufrirán peligro de su vida y su libertad son las personas vinculadas a la ultraizquierda y al movimiento mapuche, pero Boric no será más benévolo con ellas que su contrincante, después de todo ya demostró su voluntad de encarcelar a todo aquel que atente contra la paz social del capital. Y aquí está uno de los defectos más importantes de la izquierda actual: su deriva identitaria y posmoderna que la ha hecho abrazar la institucionalidad del capital como agente privilegiado de cambios. No es Boric ni la policía quienes protegerán a las mujeres, a la comunidad lgtbqa+ o a los inmigrantes, puesto que con la izquierda o la derecha en el gobierno el Estado nunca lo ha hecho. El problema del patriarcado, el racismo, la exclusión social es algo que va más allá de un gobierno, son características estructurales del capitalismo en Chile. Una respuesta real para el patriarcado, el racismo o la exclusión social solamente puede venir de masas políticamente organizadas en torno a un proyecto colectivo de emancipación común. No obstante, en lo esencial, el programa político de Kast no es tan diferente del programa de Boric: ambas son las propuestas de diferentes fracciones de una misma elite ante la crisis orgánica del modelo actual. Por otro lado el programa de Boric, en caso de salir presidente, no podrá cumplirse a menos que haya una resistencia masiva por parte las personas a los sabotajes de los poderes económicos a las medidas que podrían beneficiar materialmente a la clase trabajadora, o a cualquier ley de carácter progresista. Es útil recordar aquí el caso de México, donde un gobierno de izquierda asesina y persigue inmigrantes, mantiene completa impunidad ante la desaparición de mujeres y personas, se codea abiertamente con el narcotráfico, etc. No es el fascismo, es el funcionamiento orgánico de la democracia capitalista.

Estamos viviendo tiempos históricos convulsos, ya sea que gane Kast o Boric estamos en medio de un proceso contrarrevolucionario, proceso que será administrado por uno de los dos a la cabeza del Estado, pero con ambos en el mismo bando: la defensa acérrima de la paz social del capital. Si gana Kast, con Boric a la cabeza de la oposición ya sabemos que esperar de parte de su sector. Si gana Boric, Kast seguirá como líder visible indiscutido de la derecha, presionando desde su sector para aprobar leyes o trabar avances sociales con la misma fuerza con la que lo haría siendo presidente, porque Kast y su sector ya lograron su principal objetivo político: la derechización de todo el espectro político institucional. El enfrentamiento entre Kast y Boric es el conflicto entre dos fracciones de la elite por la cabeza del Estado, pero ambos coinciden en su unidad frente a la subversión social y el peligro que representa para el capital nacional e internacional el avance del proceso de recuperación de tierras por parte del pueblo mapuche.

Por otro lado, hay un enorme porcentaje, más del 50%, de personas que pudiendo votar no lo hicieron. ¿por qué? ¿será por su ignorancia? ¿su inconciencia?-aquí debo reprimir la náusea que me da escuchar que los profesores fallaron en educar, cuando es precisamente la educación que dan en la escuela un obstáculo para la transformación social radical-. Hay, por un lado, miles de personas en la ultraizquierda que no fueron a votar por Boric precisamente porque Boric es el mal menor, y cualquier persona que tenga un poco de memoria y recuerde los días en los que se le arrojaba cerveza en la calle sabrá porqué es detestable, peligroso e incluso una afrenta a la dignidad ir a votar por él. Estas personas de seguro votarán por Boric en la segunda vuelta, y de hecho es probable que éste último gane en las próximas elecciones no por ser un excelente candidato con un programa de transformación social radical vinculado y apoyado masivamente por las personas, sino solamente por el efecto anti-Kast. En este escenario, tanto como en el que gana Kast, los ganadores y los perdedores serán los mismos, porque ya el solo hecho de tener que elegir entre Kast y Boric es una alternativa dentro de un mismo callejón sin salida, y por otro lado ambos representan lo mismo, se quiera o no se quiera ver la realidad.

Lo de Kast, en medio del terror que supone para todo el mundo -excepto claro para la burguesía, y quienes le apoyan- supone de alguna forma un terremoto político que podría tener alguna utilidad para cuestionar y superar las imposturas que durante largo tiempo han parasitado a los movimientos sociales en nuestro siglo. En efecto, este es tiempo para pensar una alternativa de transformación social radical más allá de la institucionalidad capitalista, que permita unir las diferentes demandas sociales (ecológicas, feministas, de clase, etc) en torno a una praxis anticapitalista consciente. Porque gane Kast o Boric nuestros problemas seguirán allí, y la solución a ellos no pasa por una elección y luego retirarse a la casa y al trabajo por los próximos 4 años, sino que pasa por empezar a realizar colectivamente un proyecto de emancipación más allá de las clases, el dinero y el Estado. Pero ese proyecto y esa praxis emancipadora no caerán del cielo, ni ocurrirá por la ilustración repentina de las masas, sino que sucederá como una necesidad que surgirá al calor de la lucha y la agudización de la crisis actual del capitalismo. Por mi parte, espero que el miedo a Kast no se convierta solo en una votación obligada por Boric -es inevitable el retroceso a la disputa electoral ante la derrota de la revuelta y cuando no hay una masa movilizada y políticamente activa- sino que abra camino para empezar un nuevo tipo de actividad política de las masas y de desobediencia civil. Una cosa es clara: con Kast o con Boric a la cabeza del poder del Estado -pero con ambos gobernando-, habrá que volver a saltar el torniquete.

Porque se los aseguro, si no es Kast, será Boric y su gobierno quienes construirán una zanja (o algún otro método) para excluir, perseguir y expulsar inmigrantes, de la misma forma que es AMLO y Biden quienes administran oficialmente la maquinaria de persecución y exterminio policial y militar de sus respectivos países con el apoyo de toda la izquierda progresista. Y, en ese sentido, se hace hoy más necesaria que nunca tanto una reinterpretación colectiva del pasado, de la historia reciente desde 1970 en adelante, y también responder una pregunta crucial para el futuro del partido de la subversión social: ¿Cuál fue el contenido radical de la revuelta de octubre? En la respuesta a esa pregunta, reside la posibilidad de pensar y realizar una praxis política anticapitalista realmente efectiva.

lunes, 8 de marzo de 2021

[Chile] UN 8M PANDÉMICO Y SUPERFLUO

Proletarixs en revuelta
08/11/2021, Chile

«Las primeras en ser excluidas estamos luchando para que todas las otras personas que están excluidas, niños, viejos, enfermos puedan reapropiarse de la riqueza social.» (El poder de la mujer y la subversión de la comunidad, Mariarosa Dalla Costa)

Un nuevo ocho de marzo pandémico nos encuentra. Lamentablemente, a pesar de la mediada visibilización de la violencia sistemática que vivimos las mujeres, la vida no parece dar tregua y las fotografías de jóvenes desaparecidas o asesinadas parece ser una realidad cada día más común, tornando la vida más hostil y violenta. Aun así, el constante cuestionamiento de las formas de denuncia social que el movimiento ha escogido para develar el óxido de las relaciones, se ha limitado a entornos que aparentaban estar limpios de violencia machista ya sea por su relevancia social, como es el caso de los centros de estudios, o por su crítica a la realidad, como son los ambientes políticos de “izquierda”. No obstante, el cuestionado movimiento de “funas” ha calado solo como forma de ventisca en lugares menos privilegiados, en donde la violencia no da tregua, demostrándose impotente a una realidad que se socava porque sus cimientos no buscan preservar la existencia sino que se orienta a alimentar el corazón de la forma de vida capitalista: la acumulación de riqueza.

Enfrentadas a este relato, es paradójico que justo este ocho de marzo, en donde el confinamiento ha implicado un aislamiento forzado que ha mermado la posibilidad de autocuidado y de hacer comunidad de forma efectiva, el foco de la lucha feminista sea el evento, como si la lucha se definiera cada ocho de marzo. Quienes convocan, la Coordinadora 8 de Marzo, presentan un video festivo, en donde nos muestran el empoderamiento femenino aludiendo a la manoseada belleza –a la huelga “acicala” y carnavalesca-, demostrando su interés de generar un movimiento masivo y poco profundo, de un contenido superfluo e inofensivo, luego de exponer la misma tendencia teórica al presentar un programa que intenta abarcar todas las luchas, en un extraño despliegue aparentemente interseccional que se torna vacío y, lo peor de todo, reaccionario puesto que demuestra la impotencia de su programa socialdemócrata que, renunciando a la revolución social, se conforma con humanizar el capital apuntando así a un desahogo vano que ignora el camino real de catástrofe al que caminamos como especie.

Así, la fecha se disputa, entre quienes se sienten convocadas por nuestra historia y por quienes se sienten marginadas de la misma. Todas quieren asistir al llamado en el centro, pero ahora es más relevante el quién se hace más visible, que el por qué estamos allí. Parece ser más importante definir quiénes somos las “verdaderas” mujeres y feministas, frente a qué haremos con nuestra historia presente llena de violencia. Este devenir ha culminado en una disputa identitaria en donde el feminismo parece ser una etiqueta exclusiva, deseable y pugnada por distintos segmentos sociales cuál de todos menos visible y más precarizado.

Este 8 de marzo pos revuelta social nos vuelve la cara con once mujeres asesinadas solo en lo que va del 2021. La realidad es que la guerra abierta hacia las mujeres en el espacio doméstico no va a desaparecer por proclamar que lo personal es político apelando a la conciencia y la autorregulación ética de una humanidad automatizada, el camino es a la inversa, es necesario disolver la escisión entre el espacio público y el doméstico, y eso solo se logra mediante la revolución social que recomponga la comunidad y organice la vida en torno a las necesidades de la especie en su conjunto, de quienes las mujeres somos parte al igual que todos los marginados.

Lamentablemente, la historia nos ha puesta en una encrucijada, a treinta años del anunciado “fin de la historia”, de la lucha de clases, el feminismo ha hecho eco a esa proclamación aludiendo a una izquierda anquilosada, reformista y derrotada que ha funcionado como mediador entre las fuerzas antagónicas que nacen y perpetúan esta realidad y que nunca buscó su autodestrucción sino que por el contrario, ser el ente gestionador del capital que le ha dado vida. Lamentamos que nuevamente la voz de la negación esté siendo acaparada por estas mismas fuerzas sociales, trayendo como consecuencia una popularidad tan inofensiva y digerible que hasta grandes conglomerados mercantiles, como Falabella y Baltica, hacen eco de las demandas de derechos que no afectan el normal funcionamiento de la vida capitalista.

En este sentido, es necesario apuntar a las raíces de las relaciones sociales violentas y recomponer el camino y para eso es fundamental observar el movimiento de la vida más allá de la experiencia individua que nos atraviesa, observar lo que mueve a la humanidad de hoy, lo que la hace levantarse de sus camas y les permite reproducirse alienadamente. Ninguna revolución individual ni deconstrucción es igual de potente que la comunidad restableciéndose y organizando sus medios de vida.

El ocho de marzo es un día donde recordamos a todas nuestras muertas y recorremos nuestra historia recomponiendo su camino, no es un día para ganar nada, como vocifera la canción, nada que valga nuestra vida se gana en un día, el inmediatismo solo ha sembrado la derrota. Este ocho de marzo no es más que una convocatoria que nos permite confluir para reconocernos en la lucha compartida y mirar en nuestras caras nuestra historia común, el dolor que no es ajeno a la precarización general de nuestras vidas que amenaza nuestra salud física y mental arrojados a un mundo en donde el narcisismo parece ser la única estrategia para sobrevivir muriendo.

¡De la emancipación de las mujeres a la emancipación de la comunidad!