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viernes, 28 de noviembre de 2025

DE GAZA AL CONFLICTO GLOBAL. GUERRA CAPITALISTA Y SOLIDARIDAD INTERNACIONALISTA

Asamblea Internacionalista contra la Guerra

Este texto fue publicado originalmente en griego el 7 de julio de 2025, luego de la conformación en Atenas de la “Asamblea Internacionalista contra la Guerra”, espacio colectivo conformado por múltiples voluntades provenientes de diversas vertientes revolucionarias del medio antagonista radical —comunistas, anarquistas, antiautoritarios, autónomos, etc.—. L@s compañer@s frente a la masacre perpetrada en Gaza por el Estado de Israel, la guerra entre Ucrania y Rusia y otros conflictos armados, defienden de manera intransigente una perspectiva autónoma proletaria, internacionalista y anticapitalista, rechazando toda lógica de identificación con los bandos beligerantes en confrontaciones interestatales e interimperialistas (EE.UU. / China), que se están intensificando en la actual fase de crisis del capital mundial.

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Gaza: de un ataque genocida a desplazamientos masivos y limpieza étnica

Durante más de 20 meses, Israel ha lanzado un ataque sin precedentes contra la población palestina de Gaza. La guerra librada por Israel se dirige deliberadamente contra objetivos civiles, adquiriendo proporciones genocidas y destruyendo casi por completo infraestructuras, viviendas, hospitales, escuelas y vidas humanas. Ha provocado el desplazamiento masivo de palestinos de sus hogares, con el objetivo final de llevar a cabo una limpieza étnica que facilite la expansión de los asentamientos bajo la visión de establecer un “Gran Israel”. Simultáneamente, las operaciones militares de Israel en Gaza y en la región en general (Líbano, Siria, Irán) sirven de punta de lanza para que el bloque imperialista “occidental” cambie la dinámica de poder e imponga un nuevo orden en Medio Oriente, directamente vinculado al conflicto más amplio entre bloques imperialistas. Evidentemente, estas operaciones militares han dado sus frutos, debilitando a Hezbolá en el Líbano, contribuyendo a la caída de Assad, disminuyendo la influencia de Rusia en Siria y asestando importantes golpes a Irán.

La expansión de la guerra en Medio Oriente: crisis capitalista y rivalidad imperialista

Esta expansión de la guerra en Medio Oriente, con el apoyo activo de Estado Unidos y su participación directa en el conflicto militar, marca una escalada cualitativa. El peligro de una guerra regional más amplia y, posiblemente, mundial es ahora más real que nunca, como lo demuestran la continua guerra entre Ucrania y Rusia, la creciente tensión en el Mar del Sur de China entre China y Taiwán, el conflicto entre Pakistán y la India, el rápido rearme de los países europeos y el intento de fortalecer el militarismo y la militarización de la sociedad en todo el mundo. Es la crisis capitalista la que impulsa el aumento de la rivalidad interestatal y la escalada de los conflictos militares.

La guerra actúa como “destrucción creativa” y como mecanismo para superar el estancamiento y reproducir la dominación capitalista, entre otras cosas, mediante la limpieza violenta de un proletariado excedente.

Los palestinos de Gaza como proletariado excedente y las múltiples facetas del racismo antipalestino

Esto describe con precisión la condición de la abrumadora mayoría de la
población palestina de Gaza. En la década de 1980, casi el 45% de la población de Gaza trabajaba en Israel en empleos mal pagados y sin derechos laborales. Completamente privados de las protecciones otorgadas a la clase trabajadora israelí, los palestinos servían como ejército de reserva de mano de obra barata. Durante la década de 1990, los trabajadores palestinos fueron reemplazados cada vez más por migrantes de Tailandia, Filipinas y Rumania, que hoy representan la mano de obra más explotada en Israel, a menudo ganando incluso menos que los palestinos. Desde 2007, con el bloqueo total de Gaza por parte de Israel y Egipto, y el establecimiento de un estado de sitio, hasta el 7 de octubre de 2023, el número de residentes de Gaza que trabajaban en Israel se redujo a sólo el 1% de la población.

La economía de Gaza sufrió un daño masivo, con importaciones y exportaciones realizadas sólo ilegalmente a través de túneles en la frontera egipcia, lo que llevó a una tasa de desempleo en torno al 50% y a que casi la mitad de la población de Gaza dependiera exclusivamente de programas de ayuda humanitaria para sobrevivir. Es evidente que esta población representa un proletariado excedente totalmente desechable tanto desde la perspectiva de la economía israelí como de la imposición de la “pureza nacional” en la región. Esto ha fomentado un racismo extremo contra la población palestina de Gaza dentro de la sociedad israelí, llegando al punto de deshumanización. Los palestinos son etiquetados como “animales humanos”, e incluso el presidente de Israel, afiliado al Partido Laborista, declaró que en Gaza “no hay inocentes”. Esta ideología nacionalista de Estado legitima aún más la masacre y la guerra dentro de la sociedad israelí, construye la narrativa defensiva que el Estado de Israel necesita para justificar la agresión militar en Gaza y articula las ambiciones expansionistas territoriales de Israel.

Sin embargo, el racismo antipalestino también existe en muchos países árabes. La mayoría de los refugiados palestinos permanecen indocumentados y apátridas en los Estados árabes vecinos, a menudo confinados en campos de refugiados sin libertad de movimiento. Son tratados como forasteros, como una carga para la economía local y como un “cuerpo extraño” frente a la población local, como ocurre hoy con los refugiados en todo el mundo, sirviendo como chivos expiatorios de los males sociales. Además, son vistos como una fuerza desestabilizadora, con segmentos políticamente radicalizados de refugiados palestinos históricamente involucrados en conflictos armados con las autoridades estatales (por ejemplo, “Septiembre Negro” en Jordania), participando en la guerra civil del Líbano, y apoyando a Irak durante la invasión de Kuwait, lo que resultó en el desplazamiento de entre 300.000 a 400.000 palestinos de Kuwait después de 1991 y restricciones migratorias más estrictas en otros Estados del Golfo. Los proletarios palestinos han sido tratados sistemáticamente por los Estados árabes como peones y no como seres humanos en el tablero diplomático y militar de Medio Oriente.

En Europa y, más ampliamente, en el mundo “occidental”, el racismo antipalestino se ha visto reforzado en los últimos años como una versión de un racismo más amplio contra los musulmanes, promovido sistemáticamente en los últimos años tanto por las teorías de extrema derecha del “gran reemplazo”, como por el pánico moral cultivado por los gobiernos —tanto socialdemócratas como de derechas— ante la entrada de musulmanes en Occidente. El descontento por el declive del nivel de vida se dirige así hacia los segmentos más vulnerables de nuestra clase, desviando la ira de las relaciones sociales capitalistas. En estas odiosas narrativas racistas se presenta a Israel como un baluarte de la “civilización occidental” contra la “barbarie islámica”. Esto parece paradójico, dado que la retórica de extrema derecha que atribuye los planes de “sustitución de población” a la “élite global” es estructuralmente antisemita. Por el contrario, la solidaridad con los palestinos, que también ha crecido dentro de los grupos sociales más progresistas, frecuentemente carece de contenido de clase y se articula sobre la base de una mitología reaccionaria acerca del carácter revolucionario de Hamás y sus organizaciones aliadas, que en realidad representan políticas de opresión nacionalistas y capitalistas, a menudo estrechamente vinculadas a una ideología religiosa estatista. Hemos visto cómo esta posición se desarrollaba aún más con el apoyo abierto de Estados como Irán y Rusia, es decir, el apoyo de uno de los campos imperialistas. En cuanto a Hamás, no cabe duda de que es el personal político y militar de una sección de la clase dominante palestina que ejercía el poder en Gaza. Como tal, participó en la explotación del proletariado palestino tanto como fuerza de trabajo —mediante la imposición de impuestos y aranceles sobre el comercio realizado a través de los túneles— como mediante la extracción de ingresos procedentes de la gestión de la “ayuda humanitaria” para las necesidades de la población y el apoyo financiero de Irán y Qatar.

Hamás y sus organizaciones afiliadas tienen el monopolio de la violencia y las armas, en contraste con cualquier tipo de violencia revolucionaria de clase. Por otra parte, la gran mayoría de la población de Gaza sigue siendo un proletariado excedente desechable; carne de cañón.

Hamás y la trampa del “campismo antiimperialista”

Sobre esta base, el ataque del 7 de octubre de Hamás y sus colaboradores en Israel fue un acto de guerra por parte de lo que hasta entonces había sido la autoridad estatal de facto en Gaza. No fue un acto de resistencia por parte de un movimiento, ni tuvo un carácter proletario o revolucionario. No puede servir de modelo ni de brújula para las luchas proletarias. Su objetivo principal era invertir la situación que se estaba configurando con los Acuerdos de Abraham y alterar el equilibrio geopolítico en Medio Oriente. En segundo lugar, sirvió temporalmente para abordar la crisis de legitimidad interna de Hamás en Gaza; como demostraron las recientes manifestaciones masivas contra Hamás. Considerando el resultado, es decir, la respuesta absolutamente atroz del Estado israelí, el ataque no sirvió —ni podría haber servido— a los intereses y necesidades de la población palestina, que ya vivía en condiciones de apartheid y desplazamiento por parte del Estado israelí. Apuntó a objetivos militares y no militares por igual e intentó aterrorizar a la población enemiga, como cualquier acción militar estatal, aunque a una escala mucho menor. Sin embargo, contar cadáveres y comparar masacres es ajeno a cualquier perspectiva proletaria. La inmensa mayoría de los muertos en la guerra capitalista son nuestros propios muertos.

 

Grecia del lado de Israel: intereses económicos y rivalidades geopolíticas

Como ya se ha mencionado, la guerra de Gaza forma parte de un conflicto imperialista más amplio. El Estado griego ya nos está involucrando de lleno dentro de este conflicto, aumentando el gasto militar, proporcionando instalaciones y participando activamente en los planes de batalla del bloque “occidental”. Por un lado, hay razones económicas inmediatas por las que el gobierno griego apoya a Israel: la cooperación entre el capital griego e israelí desde armamento (INTRACOM Defense) hasta bienes raíces y desde el proyecto de interconexión eléctrica Grecia-Chipre-Israel hasta muchas otras colaboraciones sectoriales. Aún más importante es la alianza entre Grecia e Israel contra el creciente poder geopolítico de Turquía. En este contexto, se ha formado un frente informal Grecia-Chipre- Israel con ejercicios militares conjuntos, planes (abortados) para construir un gasoducto de gas natural (EastMed) que sortearía las redes de distribución rusas, intercambio de información, coordinación diplomática sobre la definición de Zonas Económicas Exclusivas, etc. Por otro lado, está el contexto más amplio de la competencia entre los bloques imperialistas “occidentales” y los llamados  “euroasiáticos”. Esto incluye el plan para conectar India, Medio Oriente y Europa (IMEC), que evitará rutas marítimas como el Canal de Suez, el Estrecho de Bab el-Mandeb y potencialmente incluso el Estrecho de Ormuz, quitando poder geopolítico a los Estados que actualmente los controlan. Este plan cuenta con el apoyo de Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e India. Aunque este plan no tenga éxito, como suele ocurrir con este tipo de planes, es un método para ejercer influencia geopolítica sobre las partes implicadas.

De la crisis de la “globalización” al capitalismo de Estado y la economía de guerra

El apoyo de Grecia a Israel no está relacionado únicamente con los intereses económicos directos del capital griego o con los intereses geopolíticos inmediatos del Estado griego. Más bien, refleja cambios más amplios tanto en el sistema global de Estados-nación capitalistas como en los regímenes de acumulación dentro de las
formaciones sociales nacionales económicamente avanzadas. La crisis capitalista desde 2008 también ha sido una crisis del modelo de “globalización”, evidenciada por el resurgimiento del proteccionismo, con la imposición y el aumento de aranceles al comercio internacional.

Esta nueva era de proteccionismo coincide con un aumento de la intervención estatal, lo que señala el surgimiento de una nueva forma de “capitalismo de Estado”, caracterizado por economías de guerra y significativas inversiones desde los llamados “fondos soberanos de riqueza”, que se han expandido enormemente en los últimos años. Las grandes potencias están desarrollando sistemas de planificación destinados a aumentar su poder económico y militar, reemplazando los vínculos económicos mundiales regulados por el mercado e inaugurando una nueva fase de reproducción capitalista. Esta es también la base de la intensificación de la rivalidad imperialista y de los conflictos militares para asegurarse tierras, recursos y mano de obra. Esta es también la razón del consenso entre todos los partidos (excepto el Partido Comunista Griego) sobre el aumento del gasto militar en el marco del programa ReArm Europe. Los principales bloques en la nueva escalada del conflicto por las materias primas, los mercados, el liderazgo tecnológico, las esferas de influencia y la hegemonía cultural son, por un lado, Estados Unidos como potencia hegemónica existente y, por otro, China como potencia imperialista emergente con ambiciones de hegemonía global.

Estados Unidos cuenta con el apoyo de las principales potencias de la Unión Europea, Japón, Reino Unido y Australia, junto con Israel y Arabia Saudí; opuestos a ellos, alineados con China, están Rusia, Bielorrusia, Irán y Corea del Norte. Otros poderosos países del “Sur Global” —India, Brasil, Indonesia y Sudáfrica— aún no se han alineado definitivamente con ninguno de los dos bloques. En este  conflicto, Grecia se alinea con el bloque imperialista “occidental” y lo apoya. Además, con su participación en este conflicto, pretende mejorar su posición y poder regionales, por ejemplo, mediante el posible establecimiento de una Zona Económica Exclusiva (ZEE) más amplia, como lo demuestra la presencia de buques de guerra en el mar de Libia. Por supuesto, estas formaciones no son monolíticas y no excluyen la cooperación entre países pertenecientes a bloques diferentes. Al fin y al cabo, se trata de “hermanos enemigos”: la competencia no excluye la cooperación, que puede ir seguida de un conflicto armado.

Contra el “campismo”: una respuesta de clase internacionalista a la guerra capitalista

Si no resistimos ahora por todos los medios posibles a esta escalada bélica, pronto nos encontraremos entre la espada y la pared. Desde la perspectiva de los intereses proletarios, no existen guerras “justas” o “defensivas”. Tales distinciones son una mistificación que oculta el conflicto entre capitales nacionales y bloques imperialistas por el control de los mercados de capitales y materias primas, esferas de influencia y mano de obra barata. Cada parte envuelta en una guerra presenta su propio papel como “defensivo” y “justo”. Una victoria del Estado más débil lo hace más fuerte, reiniciando de nuevo el círculo vicioso, como lo ha demostrado la experiencia histórica. La derrota de un poder estatal más fuerte implica necesariamente el fortalecimiento del Estado-nación oponente y la movilización de la población en torno a él. Cualquier resistencia de clase debe ser aplastada para imponer la paz social y la unidad nacional.

En el pasado, el apoyo a los nacionalismos “débiles” y a sus respectivos Estados se disimulaba tras el fortalecimiento del llamado campo socialista. Hoy, ausente incluso esta pretensión, se abandona la crítica al capitalismo en favor de las distinciones culturales entre Occidente y Oriente o Norte y Sur, proclamadas por la ideología “anticolonial” y las políticas identitarias contemporáneas. Esta distinción es claramente irracional, mítica y reaccionaria, ya que el capitalismo es un sistema universal y global: “[ha] convertido todo el planeta en su campo de operaciones”, aunque la opresión religiosa, étnica y nacional obviamente sigue existiendo y no es “privilegio” de Estados específicos. La antigua y espectacular pseudo dicotomía, capitalismo versus “socialismo”, ha sido reemplazada por una nueva, desprovista de toda pretensión de emancipación social, como lo ejemplifica el apoyo “antiimperialista” a Irán, Rusia o China, salvo por la invocación de una hueca “teoría de las etapas”. El apoyo a un campo
imperialista, o campismo, es inherente a la ideología antiimperialista porque proporciona un análisis de arriba hacia abajo enfocado en los conflictos entre Estados, en lugar de una perspectiva proletaria arraigada en el conflicto global entre el capital y el proletariado. El apoyo a las fuerzas del “otro bando” y a los movimientos de liberación nacional asociados a ellas ni siquiera puede provocar el derrocamiento del imperialismo, que es inherente al capitalismo. Objetivamente, la posición política de apoyar a un bando imperialista allana el camino para la militarización más amplia de la sociedad y la guerra capitalista. Los antiimperialistas llegan incluso a apoyar los programas nucleares de supuestos “Estados débiles”, lo que puede conducir a la culminación de la guerra capitalista y a la destrucción total.

La única salida a la espiral bélica es la acción proletaria internacionalista con un claro carácter anticapitalista. Nos negamos a ser cómplices de cualquier ejército y de cualquier Estado. No apoyaremos a ninguno de los bandos en guerra. La única solución frente a la guerra es la organización autónoma de clase que lucha contra el capital y el Estado en nuestro propio país y el apoyo práctico a los que se niegan a hacer el servicio militar. También implica el apoyo a los desertores y objetores de conciencia del “otro bando”, así como la solidaridad práctica con los colectivos políticos y sociales que luchan contra la guerra capitalista en Rusia, Ucrania, Israel, Palestina, Irán y en todas partes. En lugar de esta práctica, que es la condición mínima necesaria para no convertirnos en carne de cañón del capital, presenciamos calumnias inaceptables sobre el “colaboracionismo” y la “traición nacional” contra los camaradas anarquistas y comunistas y, más ampliamente, contra los colectivos de la clase trabajadora (por ejemplo, en Irán). Precisamente en este contexto, debemos expresar nuestra solidaridad con los —ciertamente escasos— objetores de conciencia en Israel, así como con aquellas fuerzas dentro de Israel que se resisten al genocidio que se está llevando a cabo en Gaza. La identificación de toda la población con su Estado es falsa, como demuestra el hecho de que 100.000 reservistas no se presentaran a filas tras la ruptura del alto el fuego por parte del Estado israelí. Hay que confrontar los incidentes de odio nacionalista israelí cuando ocurran. La lógica de los ataques indiscriminados contra turistas israelíes es racista, ya que atribuye la responsabilidad colectiva a toda la población, a la vez que debilita la ya débil corriente de oposición a la guerra dentro de Israel.

Estamos en contra de la guerra capitalista y de cualquier implicación del Estado griego en ella, en contra de la militarización de la sociedad y del aumento del gasto militar que se produce a expensas del salario social. Luchamos por la creación de un movimiento proletario internacionalista que no se someta a los intereses nacionales, al Estado y al capital, expresando solidaridad práctica con los colectivos proletarios y políticos —comunistas y anarquistas— que luchan en los países devastados por la guerra.

Nuestro objetivo es construir lazos y comunicación con los proletarios internacionalistas. Sólo a través de la unidad global del proletariado podremos derrocar esta barbarie impuesta por los Estados y el capital. No debemos dejarnos arrinconar, sino acabar con la guerra capitalista luchando contra quienes la provocan. Nuestra guerra no es nacional ni religiosa. Es una guerra de clases social y antiestatal.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

PEQUEÑA CONTRIBUCIÓN PARA LA SALVACIÓN DEL ENEMIGO INTERNO

Asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, octubre de 2024 (Thessaloniki, Grecia)

Original en griego: https://yfanet.espivblogs.net/2024/11/04/mikrh-symvolh-gia-ti-diaswsh-tou-eswterikou-exthrou

Introducción

Desde hace ya varios meses, la guerra sigue causando estragos en toda la región del Oriente Medio, después del ataque del 7 de octubre, con Israel procediendo a la destrucción de Gaza y el exterminio masivo de los palestinos. La guerra se agudiza con la participación de cada vez más agentes. En cuanto al discurso político que circula, parece estar polarizado. La esfera pública se ha dividido en dos bandos y los argumentos desplegados por ambas partes se han aferrado a la convicción de la «justicia» de su lucha: Israel tiene derecho a la autodefensa y los palestinos tienen derecho a la resistencia.

Aquellos que se muestran escépticos ante los polos establecidos, reconociendo una dimensión caótica en el conflicto o, más aún, aquellos que intentan interpretarlo centrándose en el conflicto social, se encuentran en una posición compleja. Por lo tanto, hablar de ello en las circunstancias actuales es una tarea difícil y exigente. Y esto se debe a que no se encuentra en la superficie del conflicto bélico, sino que está oculto por los gritos de la guerra. Lxs interesadxs deben buscar el conflicto social más allá de estos gritos, en un entorno no tan ideal.

Al mismo tiempo, es muy probable que lo que se encuentre en esta búsqueda resulte un poco decepcionante. Puede que los hallazgos no sean motivo de celebración, que no puedan convertirse en banderas e himnos. Es posible que suenen más como un llamado de atención que un toque de corneta para la contraofensiva. Puede que se trate de una historia con muchos callejones sin salida y pocas alternativas. Una historia con pequeñas victorias y grandes derrotas.

Aun así, creemos que vale la pena conservar esta perspectiva. Después de todo, sigue siendo útil para nosotros, precisamente porque lo que aprendemos de aquel conflicto refleja nuestra postura aquí. Sin duda, es un lujo poder ver desde una posición de relativa seguridad las formas en que el nacionalismo y el capital impusieron sus condiciones en la cuestión social en otro lugar. Se te da la oportunidad de ver qué salió mal, qué decisiones se tomaron y qué oportunidades se perdieron, antes de que las cosas se hundieran en el horror de la guerra. Se te da la oportunidad de pensar y actuar, antes de que sea demasiado tarde, antes de que tú también acabes como carne de cañón. Por lo tanto, creemos que debemos aprovechar esta oportunidad para enriquecer el debate público.

El siguiente texto resume algunos puntos que, como asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, consideramos útiles para comprender la situación actual. Se refieren tanto a aspectos del conflicto bélico en la región como a la postura del movimiento de solidaridad local.

Parte A: El estado de guerra en Palestina

 

La continuidad entre la guerra y la paz

Se dice que la guerra es la fiebre del capitalismo. El síntoma de una crisis capitalista, pero al mismo tiempo su cura. Esta comparación tiene puntos fuertes y débiles. Su punto fuerte es que identifica la conexión entre la guerra y la crisis de la acumulación capitalista. Su punto débil es que concibe la guerra (y la crisis) solo como un acontecimiento aislado.

Pero, ¿qué ocurre en un periodo en el que la crisis se agrava, revelando su carácter permanente? Es lo que estamos viviendo en los últimos años. Un periodo en el que la crisis capitalista adopta muchas y diferentes caras, y cada episodio se suma al anterior: crisis económica, «crisis migratoria», crisis sanitaria, crisis medioambiental, y así sucesivamente. Entonces, la guerra deja de percibirse solo como un conflicto entre dos o más ejércitos organizados, se fluidifica y aparece en cada vez más aspectos de la vida social y política. A su vez, también adopta diversas formas, algo que podemos observar fácilmente en la esfera pública: guerra contra la delincuencia, guerra contra la inmigración ilegal, guerra contra las catástrofes naturales, guerra contra el alto costo de vida, ¡guerra en todas partes! Se trata de un proceso de difuminación de los límites entre la guerra y la paz, ya que ambas situaciones se difunden la una en la otra. La preparación de la guerra tiene lugar en tiempos de paz, los estados se lanzan a una carrera armamentística, el ejército se encarga de la gestión de situaciones de crisis (como la migración y las catástrofes naturales), el miedo y la inseguridad se extienden por la sociedad, los «enemigos» acechan en cada esquina, el militarismo impregna la cultura dominante y, sobre todo, predomina la invocación de la unidad nacional. Todos juntos debemos unirnos, hacer sacrificios, para superar las dificultades. Por nuestro bien.

La situación que prevalece en Palestina es un ejemplo característico de la difuminación de los límites mencionados anteriormente. Desde hace varias décadas, se mantiene una tensión bélica en toda la región, con altibajos. Podemos afirmar que esta tensión gira en gran medida en torno a la gestión de una población que se encuentra en una situación de integración a través del aislamiento, en la forma particular que han adoptado las estructuras sociales allí. Pero, ¿qué significa todo esto más concretamente? A continuación, intentaremos esbozar la situación tal y como se había configurado antes del 7 de octubre de 2023.

La gestión de la población palestina por parte del estado israelí

El estado israelí, que tiene la mayor responsabilidad en la gestión de los palestinos, ha impuesto en las zonas de Gaza y Cisjordania un régimen de apartheid que, a su vez, ha provocado miles de fallecidos. Durante décadas, Israel ha marginado a esta población en una especie de prisiones abiertas, bajo estricta vigilancia, mientras que la explota cuando la necesita. Sin embargo, no es solo la mano de obra barata de los palestinos lo que resulta lucrativo para la economía israelí, sino su gestión general como personas prescindibles y peligrosas. Precisamente sobre esta gestión, Israel ha desarrollado a lo largo de los años una industria militar y policial que constituye una parte importante de su economía. Esta industria produce, entre otras cosas, tecnologías de vigilancia y sistemas armamentísticos, que se prueban sobre esta población antes de lanzarse al mercado. Desde esta perspectiva, podemos afirmar que la gestión militar de la población palestina tiene un carácter permanente y se retroalimenta con la industria bélica del estado israelí. Se trata de un ejemplo característico de cómo la guerra se entrelaza con la producción capitalista: la tensión bélica se mantiene, entre otras cosas, gracias a una industria bélica que necesita que la guerra continúe para poder desarrollarse.

Al mismo tiempo, esta población marginada y nacionalizada se utiliza para que Israel construya su cohesión social. El papel que se le reserva es doble: por un lado, se presenta como un elemento intimidatorio para la clase trabajadora israelí, como una reserva de mano de obra infravalorada que la presiona para que se alinee con las exigencias de sus jefes. Por otro lado, también funciona como chivo expiatorio, la figura hacia la que el estado israelí intenta dirigir el descontento social generado por sus políticas. En cualquier caso, su construcción como «extranjero» o incluso «amenaza» funciona como una forma de presión que vincula a la sociedad israelí al estado y a sus intereses. Sin embargo, para comprender mejor este proceso dinámico, debemos señalar también la estratificación racial dentro de la sociedad israelí.

Procesos de nacionalización: el ejemplo de los asentamientos

Con el paso de los años, la explotación de esta población palestina pasó a ser secundaria para el estado israelí, ya que la prioridad era la integración de los judíos que llegaban a Israel procedentes de otras regiones (África, Asia). Israel se vio obligado a cumplir sus promesas de crear un estado abierto a todos los judíos y a conceder derechos políticos y prestaciones sociales a esta nueva población. Sin embargo, su «integración» no fue un proceso sencillo. Los primeros habitantes israelíes disfrutaban de un estatus superior al de los recién llegados, que a menudo eran tratados como ciudadanos de segunda clase. Aún más abajo en la jerarquía se encontraban los árabes israelíes que habían permanecido en territorio israelí y, en la parte inferior, los palestinos en los territorios ocupados desde 1967, así como los/las inmigrantes con o sin papeles. Ante las reivindicaciones de inclusión de la nueva población, el estado israelí optó por enfrentarla a los palestinos. El pasaporte para la participación igualitaria en la comunidad nacional incluía la participación en colonizaciones violentas con el objetivo de desplazar a los palestinos y arrebatarles sus tierras, lo cual fue alentado e incluso organizado por el estado israelí. En resumen, dado que los nuevos ciudadanos no estaban dispuestos a sustituir simplemente a los palestinos como mano de obra barata, tendrían que demostrar por la fuerza que merecían algo mejor. De esta manera, el estado israelí logró no solo satisfacer en parte las demandas de los colonos, sino también encargarles la función de guardianes de la frontera, poniéndolos en una situación de fricción y tensión permanentes con la población palestina desplazada.

Con este ejemplo, podemos comprender mejor el vector que conecta el «dentro» y el «fuera» en esta relación de integración a través de la exclusión. Por lo tanto, no se trata de dos conjuntos homogéneos que se tocan en una línea divisoria. Por el contrario, entre la experiencia de lo «totalmente integrado» y lo «totalmente excluido», existe un espectro de condiciones intermedias de existencia. La vida de una israelí en Tel Aviv es diferente de la vida de un inmigrante judío de Rusia que vive en los asentamientos. Del mismo modo, la subsistencia de un árabe israelí difiere de la de un palestino en Gaza. Clasificaciones similares se encuentran en la mayor parte del planeta, solo que en esta zona concreta están sujetas a una delimitación más militar: diferentes derechos políticos, restricciones de movimiento, zonas separadas, muros, rejas, vigilancia armada, asesinatos. Sin embargo, esto no significa que estas delimitaciones no se renueven. Por el contrario, los violentos procesos de nacionalización de las expectativas sociales se producen de forma incesante, incluso en tiempos de «paz», ya que para los estados la integración nacional sigue siendo una cuestión pendiente. A través de su repetición, estos procesos tratan de integrar en su dinámica las condiciones sociales y políticas que se configuran en cada momento. Las determinaciones de clase, género y raza se refractan a través del prisma nacional y adquieren nuevos significados, creando al mismo tiempo diferentes percepciones sociales del interés nacional.

Las manifestaciones contra el Gobierno que tuvieron lugar en Israel unos meses antes del 7 de octubre fueron indicativas de tal diferenciación1. Aunque limitadas al ámbito de la ciudadania, demostraban que la sociedad israelí, al igual que el resto, no es un conjunto totalmente homogéneo, sino que sigue manteniendo una gran cantidad de divisiones sociales en su interior. El recrudecimiento de la guerra congeló estas manifestaciones e intentó lograr la ansiada unión de toda la sociedad detrás del Estado.

El papel de las organizaciones palestinas

Sin embargo, la responsabilidad de la gestión de la población palestina no se limita al estado de Israel, sino que se distribuye también entre las clases dirigentes palestinas. En esencia, se trata de élites económicas que surgieron de un liderazgo militar-burocrático de la lucha de la liberación nacional palestina y que se reproducen, en su mayor parte, a partir de la gestión de la ayuda económica internacional que llega a la región (Irán, Qatar), la explotación de la clase obrera palestina y el contrabando. Sus intereses están representados por las principales organizaciones que actúan en estos territorios, Hamás y la Autoridad Palestina (con Fatah como su principal organización interna). Estas organizaciones operan en relación directa o indirecta con Israel y desempeñan un papel contradictorio. Por un lado, actúan como guardianes del proletariado palestino y, por otro, como representantes combativos de sus intereses nacionales. En el marco de la relación de «integración mediante la exclusión» y dado que estos territorios no están formalmente anexados a Israel, se aprovechan de los beneficios del trabajo palestino y, al mismo tiempo, tratan de imponer un régimen de unidad nacional. Asegurar la paz social en el interior de su territorio, de modo que el proletariado palestino respalde el desarrollo y las aspiraciones de la clase dominante palestina. Sin embargo, las políticas de ambas organizaciones no coinciden plenamente, por lo que existen diferencias entre el modelo de Gaza y el de Cisjordania ya desde 2007, cuando Hamás ganó el poder en Gaza tras un conflicto armado con Fatah.

En Cisjordania, la clase dominante vinculada a la Autoridad Palestina no logró a lo largo de los años crear una actividad económica autónoma y terminó reproduciéndose en los márgenes de la economía israelí. Por supuesto, no fueron solo las restricciones de Israel las que le asignaron este papel, sino también el temor a exponerse a la competencia de las economías vecinas, que también disponían de mano de obra barata. La exposición a esta competencia la obligaría a entrar en conflicto directo con su clase trabajadora, con el fin de infravalorarla. Los empresarios palestinos asociados a la Autoridad Palestina consideraron que su vinculación con la economía israelí, por un lado, podría ser rentable para ellos mismos, al actuar como subcontratistas, y, por otro, no pondría en peligro su imagen ante la población empobrecida sobre la que ejercían control. Sin embargo, al final, tampoco se logró este objetivo. Con el paso del tiempo, una gran parte de la población palestina comenzó a desaprobar las políticas de la Autoridad Palestina, considerando que básicamente servían a sus propios intereses. Esto, a su vez, contribuyó a la deslegitimación de la Autoridad Palestina como representante de los palestinos2. Una deslegitimación que se expresó también como traición al interés nacional.

En la franja de Gaza, Hamás intentó trazar una política más autónoma, con el objetivo de crear un estado palestino. Invirtió en la creación de una red de túneles bajo su control, con el fin de obtener ingresos del desarrollo de la economía del contrabando. El objetivo era crear así su propia élite económica, que sustituyera a la anterior clase comercial, y constituir una red de reproducción social para la población. Sin embargo, su plan se basaba en la creación de relaciones clientelares y partidistas a través de las cuales se distribuirían los beneficios obtenidos, algo que pronto fue percibido por los habitantes de Gaza. Es más, el hecho de que la red de reproducción social que se creó no lograra satisfacer las expectativas de la población, llevó a Hamás, también, a enfrentarse a una crisis de legitimidad. En los últimos años han estallado en varias ocasiones manifestaciones contra la administración de Hamás, a la que se acusa tanto de mala gestión como de haber dado prioridad a su autorreproducción como mecanismo militar y partidista. Las últimas manifestaciones de este tipo tuvieron lugar en el verano de 2023, pocos meses antes del 7 de octubre3.

Estas organizaciones, aunque no son gobiernos de estados reconocidos, desempeñan la mayoría de sus funciones: organizan la vida social, económica y política de un territorio, tratan de crear estructuras básicas de reproducción social para atar a la población a su poder, se ocupan de la distribución de los recursos disponibles, mantienen el orden y reclaman el monopolio de la violencia. Pero también hacen algo más, quizás más importante: intentan en todo momento generar un «interés general» abstracto de toda la población (de todos los palestinos), con el fin de encubrir los intereses concretos y contradictorios que existen dentro de la sociedad, las relaciones de explotación y opresión. Cada vez que sus políticas provocaban la indignación de los palestinos, estas organizaciones se presentan a sí mismas como las verdaderas representantes de los intereses nacionales y dirigen el descontento social contra el «verdadero enemigo», es decir, Israel. Por otra parte, su historia está ligada a la militarización de las revueltas sociales. Se trata de ejemplos ilustrativos de cómo el estado surge como una relación a partir de los movimientos y se convierte en mecanismo.

La guerra como exportación de los conflictos internos

Hemos decidido exponer algunos aspectos de la situación que prevalecía en la región antes del 7 de octubre, con el fin de destacar algunas cuestiones que consideramos fundamentales. Aunque no es posible desarrollar en este texto toda la historia del conflicto, sí podemos mostrar algunos datos y extraer algunas conclusiones.

Vemos, pues, que en ambos «bandos», el nacionalismo funciona como el medio que oculta las divisiones sociales. A menudo se presenta como un movimiento que reclama la inclusión en el estado, expresando el deseo de una población de participar en una comunidad de «aquellos cuyas vidas tienen importancia». El nacionalismo es la forma en que el pueblo reclama al estado cuando se siente abandonado y con necesidades insatisfechas. Los intereses particulares deben expresarse como nacionales para adquirir validez, ya que es el lenguaje que habla el estado. Al mismo tiempo, el nacionalismo también aparece como ideología estatal, como un marco interpretativo y deontológico que el estado proporciona a la sociedad para comprender el mundo. A través de este punto de referencia, se señala a los culpables de los sufrimientos del pueblo, se demoniza a aquellos que se construyen como enemigos y se mantiene la paz social. Pero, ¿qué ocurre cuando los conflictos sociales han llegado a un punto crítico? Entonces, la guerra se encarga de resolverlos con violencia bruta, destruir a los que se consideran prescindibles y arrastrar por la fuerza a toda la sociedad detrás del estado. A través de la guerra, los asuntos internos de cada territorio se exteriorizan y se internacionalizan aún más, con cada facción del capital mundial proponiendo un modelo diferente de administración de la población para restaurar la acumulación en una región y trazar nuevas vías para la circulación de mercancías.

Existe una lógica capitalista más profunda que impulsa a los estados la necesidad de la guerra, la cual sale a la superficie cuando su capacidad para obtener el consenso social y seguir siendo competitivos a nivel internacional llega a su límite. Esto no significa que los intereses particulares desaparezcan. Por el contrario, las clases dominantes de cada epoca intentan aprovechar la crisis como una oportunidad y promover, en medio de la guerra, su propia agenda particular. Pero en la guerra no hay garantías. Hamás organizó el ataque del 7 de octubre sabiendo que las represalias de Israel serían implacables. Prefirió arriesgar a la población, cuyo apoyo estaba perdiendo, con la esperanza de convertirse en un actor internacional, reforzar su posición como potencia político-militar y romper los acuerdos económicos de Israel con los países árabes. Del mismo modo, el Gobierno de Israel esperaba que, con una guerra que arrasara la región, recordaría a sus aliados lo lejos que estaba un tratado de normalización, reafirmando su papel como responsable de imponer el orden. De esta manera, cree que doblegará el movimiento de oposición que se había desarrollado dentro de Israel y obtendrá acceso a nuevas vías económicas. Podemos afirmar que ninguno de los dos regímenes eligió simplemente la guerra, sino que se vieron obligados a hacerlo. Queda por ver si este salto desesperado los llevará al otro lado o los hará caer al vacío. Por desgracia, lo único seguro es que ambos escenarios se desarrollan a costa del bienestar de sus poblaciones.

Parte Β: «With great resistance comes great responsibility»

A partir de lo anterior, se comprende que el conflicto no se da entre el bando de los «buenos» y el bando de los «malos», a pesar de la evidente asimetría de las fuerzas militares. Es verdad que el ejército israelí, esa máquina ultramoderna de exterminio de proletarios, ha arrasado prácticamente Gaza. Más de 40.000 personas han muerto, miles han emigrado, las infraestructuras han quedado destruidas y la población se hunde en una situación de crisis alimentaria y sanitaria. La resistencia palestina, por su parte, dispone de una máquina de exterminio de proletarios mucho menos desarrollada, lo que se refleja en el campo de batalla. Más allá del ataque del 7 de octubre, que costó la vida a unas 1.200 personas, Hamás solo ha logrado algunos golpes esporádicos dentro de Israel. Entendemos, por supuesto, que la destrucción de Gaza genera sentimientos espontáneos de identificación con la experiencia de los palestinos, ya que funciona como una condensación de la violencia sistemática que han sufrido durante años por parte del estado israelí. Sin embargo, consideramos errónea la petición de igualdad en la guerra. Y ello por dos razones. En primer lugar, porque la guerra capitalista no se libra en términos de caballerosidad, como un duelo en igualdad de condiciones entre dos partes. Esta asimetría es bastante habitual en el contexto de las guerras capitalistas, que rara vez se libran entre dos adversarios iguales. En segundo lugar, porque esta exigencia implica una mayor matanza. Una guerra sin fin. En resumen, no creemos que la solución al horror de la guerra pase por exigir su reparto equitativo, sino por su cese.

La simetría que queremos mostrar se refiere a lo que ya estaba ocurriendo antes de que se agravara el conflicto bélico. Es la simetría de los nacionalismos que se alimentan mutuamente. Existe una compleja red de relaciones de poder y explotación que atraviesa ambas formaciones sociales. Son el nacionalismo y la guerra los que intentan eliminar estas contradicciones en el interior de cada sociedad, con el fin de presentarlas como homogéneas. Esta es la razón por la que no compartimos el entusiasmo de una parte del movimiento por la lucha de liberación nacional palestina, aunque nos posicionamos en contra de la guerra y el régimen de apartheid en la región. Nuestra preocupación no radica solo en la orientación ideológica de Hamás, sino en que esta lucha intenta por la fuerza eliminar las divisiones sociales en el interior de su territorio.

¿Lo discutiremos más adelante?

Por supuesto, una parte del movimiento no parece preocuparse por esto, ya que le preocupan más las cuestiones de maniobras tácticas. Lo que se plantea como prioridad en muchos enfoques es la derrota de las fuerzas imperialistas a cualquier costo. En este contexto, no se considera un problema aliarse con una clase burguesa nacional, ya que se hace hincapié en la distribución del poder entre los estados capitalistas y no en las relaciones de poder y explotación. Del mismo modo, el hecho de que, en el marco de una lucha de liberación nacional, las autoridades locales refuerzan su poder sobre la población que controlan, se presenta como algo secundario, algo que puede resolverse tras la liberación del estado «débil» del «fuerte». Pasos, etapas, programas políticos, planes sobre el papel y alianzas tácticas se enumeran en la esfera pública del movimiento social, como si nunca hubiesen críticas a las visiones que presentaban la revolución como un programa político a aplicar. Estos enfoques olvidan una serie de ejemplos históricos en los que los líderes de los movimientos de liberación nacional se convirtieron en regímenes autoritarios, procedieron a purgas internas de disidentes y extendieron la relación capitalista en su territorio, completando el trabajo que habían dejado a medias los imperialistas. Queda por ver, por supuesto, si la historia se repetirá.

Por nuestra parte, entendemos el capitalismo, ante todo, como una relación cualitativa, más que cuantitativa, basada en la mercantilización coercitiva de las relaciones humanas y la organización de la vida en torno a la producción de beneficios. Dado esto, podemos decir que el imperialismo no es la etapa superior del capitalismo, sino una de sus características fundamentales. La relación capitalista es intrínsecamente expansiva y trata de colonizar cada rincón geográfico del planeta y cada actividad humana. En este proceso expansivo, el estado nacional es la forma que adopta la acumulación de capital en cada región. La distribución desigual del poder entre los estados nacionales está relacionada en gran medida con la forma en que cada uno somete a su población y la integra en los procesos de explotación. En otras palabras, su capacidad de ascender en la jerarquía capitalista depende también de su capacidad para oprimir y explotar en su interior. Por lo tanto, la restauración de la «desigualdad» a nivel transnacional no implica el bienestar de una población. Lamentablemente, muchos enfoques, al centrarse exclusivamente en lo que perciben como «la etapa superior del capitalismo» o «la forma extrema del capitalismo», terminan oscureciendo todas las demás relaciones de poder.

A lo largo de la historia del movimiento social, percibimos las voces que insistían en que el enfoque exclusivo en el movimiento obrero masivo silenciaba la existencia de otras formas de opresión y explotación, como las mujeres, los negros, los estudiantes y los precarios. Del mismo modo, dentro del movimiento feminista, nos inspiramos en las críticas que señalaban la diferencia entre la experiencia de las mujeres blancas y las negras. Además, dentro del movimiento local, intentamos incorporar los enfoques autocríticos que ponían de manifiesto un carácter helenocéntrico (centrado en grecia) que repelía a los inmigrantes. Por último, dentro de nuestros propios procesos políticos, intentamos abrir espacio para todo aquello que nos recuerda que las jerarquías informales siguen reproduciéndose también en nuestro interior. ¿Nos preguntamos, pues, cómo podemos apoyar una perspectiva que afirma que los palestinos constituyen un cuerpo indivisible, sin contradicciones, que tiene un único interés?

Nacionalismo a plazos

No es, por supuesto, la primera vez que nos encontramos con estas opiniones dentro del movimiento social, pero las hemos señalado muchas veces en el pasado reciente, con motivo de los conflictos bélicos en diversos rincones del planeta. Al mismo tiempo, no son las únicas que consideramos problemáticas en la esfera pública del movimiento. Por el contrario, en la coyuntura actual, se complementan con un conjunto de opiniones que tratan de bloquear la mirada crítica de los hechos, acusando a quienes no pueden identificarse con una lucha de liberación nacional de ser privilegiadas occidentales blancas. Por lo que parece, para estos enfoques, no importa que sean igualmente «privilegiado y occidental» apoyar una resistencia bajo Hamás y, además, desde la seguridad. Es decir, sin necesidad de organizarse, luchar y morir por esta organización.

Su pobreza radica en una concepción estrecha que ve el poder solo en su dimensión represiva/opresiva y no en la productiva. De esta perspectiva se deriva también un enfoque puramente afirmativo sobre la cuestión de la identidad nacional. Lo que se deja fuera no es solo cómo se constituye cada identidad nacional, sino también cómo su reproducción conduce a la subordinación de cualquier otra determinación que pueda tener un sujeto. Veamos el ejemplo de la identidad palestina, que surgió a raíz de procesos de racialización violenta: una población se vio sometida a la represión, fue sistemáticamente menospreciada, se le prohibió la libertad de movimiento, sus necesidades se disminuyeron a las básicas, su vida se redujo a la supervivencia y la diversidad que llevaba dentro se eliminó para finalmente encajar en la definición que le atribuían a la fuerza: Palestino. Sin duda, la fuga de la prisión en la que los han encerrado parte de esta definición. Sin embargo, esta identidad ha quedado marcada de forma permanente por la violencia que la engendró. Su reproducción contribuye a la propagación de la violencia y al refuerzo de una percepción mutilada y unívoca de sí mismo por parte de sus portadores. Las décadas de lucha de los proletarios palestinos contra Israel se caracterizan precisamente por esta reproducción de la identidad palestina, a menudo reprimiendo las tendencias que se desarrollaron en el seno de estas luchas para superarla. En pocas palabras: en el momento en que estallan las bombas y el nacionalismo toma el control, cualquier otra identificación social queda sofocada. Nadie puede ser otra cosa (mujer, hombre, queer, trabajador, jefe, derechista, izquierdista, etc.) más allá de palestino (o, respectivamente israelí). O primero hay que ser palestino y luego cualquier otra cosa. Por lo tanto, si criticamos la resistencia palestina, no tiene que ver con el hecho de que sea una «lucha parcial». Por el contrario, tiene que ver con el hecho de que apunta a una universalización abstracta, eliminando por la fuerza cualquier contradicción social particular. Queremos preservar estas contradicciones sociales particulares de ambos bandos.

Por supuesto, reconocemos que muchas de las críticas que hacemos se basan en corrientes teóricas y movimientos que intentaron cuestionar las Grandes Narrativas del pasado y poner de relieve aspectos silenciados de las relaciones de poder que habían quedado marginados. Sin embargo, la ausencia de cualquier rastro de reflexión sobre cómo surge la experiencia de la opresión y la yuxtaposición copulativa de identidades conduce al resultado contrario. Si comparamos el «derecho a la propiedad de la tierra», la defensa de una «cultura oprimida que está siendo alterada», la preocupación por «las costumbres y tradiciones que deben preservarse» y la invocación de «tradiciones que conllevan la sabiduría de siglos», lo que obtenemos son los elementos protoideológicos del nacionalismo. Se trata de los materiales que utiliza el nacionalismo para construir su narrativa, basándose en la condición psíquica de la intimidad perdida, en la tristeza que provoca algo que creemos haber perdido, cuando en realidad nunca nos perteneció. Lo único que consiguen estas concepciones esencialistas, que ven a la nación como algo preexistente detrás de cada comunidad humana, es borrar toda la historia de la humanidad, que incluye mezclas de poblaciones y apropiaciones mutuas de elementos culturales. Al final, terminan sirviéndonos un nacionalismo a plazos.

¿Quién tiene la culpa?

Consideramos que los dos enfoques mencionados anteriormente, el que podríamos llamar antiimperialista y el que intenta organizar de manera fragmentaria un conjunto heterogéneo de puntos de vista, bajo el paraguas de la anti(post)colonialismo, comparten un punto de partida común. Parten de una necesidad que ahora se encuentra ampliamente extendida dentro de los movimientos. Se trata de la necesidad de simplificar, con el fin de explicar el mundo capitalista en sus innumerables expresiones. Existe una inquietud entre muchos activistas por dar rostro a esa fuerza impersonal que domina el mundo y hace que todo gire en torno a la creación de beneficios. Sería muy conveniente que alguien encarne el papel del archicapitalista, el que mueve los hilos y domina nuestras vidas, siendo responsable de nuestros sufrimientos. Nuestra lucha sería así más fácil, tendría un objetivo claro. Del mismo modo, sería preferible que la compleja red de poderes y explotación que nos envuelve en su dinámica se presentara como un dípolo arquetípico: buenos vs. malos. Lo único que se necesitaría entonces, si el conflicto social lograra cristalizarse en dos bandos aislados que se enfrentan cara a cara, sería una identidad ampliada, un punto de referencia simbólico, para que los «buenos» pudieran identificarse entre sí.

Lord Byron de Lidl*

*Lidl: cadena de supermercados baratos

Como nos ha demostrado la larga historia del movimiento social, la construcción de una Gran Narrativa suele ir de la mano de la construcción de un Sujeto Revolucionario. Observamos, pues, una tendencia dentro del movimiento a buscar este sujeto en algún punto, supuestamente, externo al capitalismo. En un punto que parece purificado de la suciedad capitalista y, por lo tanto, ideal para iniciar el ataque al capital. Las llamadas poblaciones excedentes se encuentran cada vez más a menudo en esta posición, lo que supone una inversión del análisis clásico de la clase obrera. Si en el pasado era la clase obrera la que estaba destinada a hacer la revolución debido a su posición objetiva dentro de la producción, hoy en día esta cualidad se transfiere a las poblaciones excedentes por la razón opuesta: porque son expulsadas de la producción capitalista. En otros enfoques, este «fuera» se define en términos retrospectivos, lo que conduce a la idealización de tradiciones, costumbres, culturas y otros elementos culturales que prevalecían en las regiones antes de la acumulación primitiva, con la esperanza de que allí sobreviva un deseo insaciable de las personas por comunidades más allá del capital.

En los casos anteriores, la incapacidad de comprender cómo el «exterior» y el «interior» se producen mutuamente como aspectos complementarios de la totalidad capitalista, conduce al apoyo de una forma capitalista frente a otra o a la idealización de formas precapitalistas del poder: frente a Occidente, se opone Oriente; frente al centro, la periferia; frente a los muertos de un bando, los muertos del otro; frente a las coacciones mediadas por el capital, la violencia directa de los vínculos precapitalistas; frente al capital globalizado, la comunidad de la nación. Se trata de una tendencia de la época. En muchos lugares del mundo se está produciendo un desplazamiento conservador, de tal manera que la nación aparece como un refugio de fortalecimiento frente a la inestabilidad que generan las crisis del capitalismo globalizado. Al parecer, ni siquiera los movimientos permanecen inmunes a este cambio, ya que, no lo olvidemos, también forman parte de la sociedad y son parte integrante de ella.

Epílogo: lo que se puede salvar

El realismo capitalista ha logrado imponer su propio horizonte en nuestro pensamiento y limitarnos a las opciones ya existentes. No es paradójico, por tanto, que surjan voces que rechacen la propuesta de luchas comunes de palestinos e israelíes contra el apartheid, con la justificación de que es algo inalcanzable y poco realista, y a pesar del hecho de que ya existían indicios de tales enfoques en la región hasta antes del inicio de la guerra4. Lo único que se presenta como «realista» es la continuación de la guerra y el aumento del número de muertos, hasta que se convierta en un conflicto generalizado o conduzca al exterminio de los palestinos o la expulsión de los judíos, según el bando que defienda cada uno. Estas son las opciones «realistas» que se nos ofrecen y que nos obligan a elegir bando.

Para nosotros, cualquier cosa que se proponga como «solución», ya sea en su versión más reformista o en la más revolucionaria, ya se trate de la creación de uno, dos o diez estados, ya se trate de confederaciones y comunas, presupone transformaciones sociales radicales. Supone el retroceso de los nacionalismos y el fin del apartheid. No creemos que la solución dependa de si las masas seguirán al pie de la letra la receta inspirada la oficina política de turno. Depende de si la gente de allí quiere y puede imaginar formas de coexistir. Pero para que eso suceda, la guerra debe terminar. Ese es el principal desafío que vemos en este momento. Ya hemos defendido que lo que decimos sobre Palestina se aplica, en primer lugar y ante todo, a nuestro propio estado. Refleja nuestra postura aquí. En este sentido, nos sentimos lo suficientemente seguros como para ser un poco más concretos. Por ello, al final de este texto, nos gustaría destacar tres puntos de escape del sombrío futuro que nos espera.

Primero. La gestión de la población palestina allí se refleja en la gestión de la inmigración aquí. La deshumanización de quienes son etiquetados como «extranjeros» y «peligrosos», el fomento de un clima de apatía social e indiferencia por sus vidas, el desarrollo de un mecanismo policial-militar para controlarlos y reprimirlos, son cosas que están sucediendo en este momento, en el lugar donde vivimos. Este tipo de políticas exacerban el descontento social, vinculan a la población al discurso nacional y alimentan una lucha de «tu muerte es mi vida», ya que se ha consolidado la idea de que cualquiera podría encontrarse marginado y ser considerado prescindible. Desde esta perspectiva, el esfuerzo por construir comunidades de locales e inmigrantes es el único camino si queremos levantar barreras contra el canibalismo social. Una opción que, por difícil que sea, es igualmente necesaria.

Segundo. Debemos oponernos a la participación del estado griego en la guerra, pero también a todos los preparativos bélicos que le gusta anunciar. Los ejercicios conjuntos con fuerzas aliadas, las «carreras armamentísticas», las «batallas» contra los fenómenos naturales y, por supuesto, la participación en el matadero de la guerra, intentan, entre otras cosas, crear un clima social en el que la guerra sea una opción realista para gestionar la cuestión social. Lo que no nos interesa, por supuesto, es hacer política exterior. Sabemos que las alianzas interestatales son volátiles y que no tiene sentido presionar al estado para que cambie de «aliados». Además, la reciente guerra entre rusia y ucrania nos ha demostrado que la «neutralidad» puede ser aceptable en el marco de una política exterior nacionalista («ni con ni con Rusia ni con Ucrania, nuestro enemigo es Turquía»). Las posiciones pacifistas serán antinacionales o no serán nada.

Tercero. El militarismo es el lugar donde van las revueltas para morir. Lo único que garantiza la militarización de los movimientos y las revueltas es la formación de un cuerpo de combatientes dentro de ellos, que desea ascender a su liderazgo. La centralización de la contra-violencia del movimiento social no produce luchadores, sino cuadros partidistas y aplaudidores. Detrás de la postura que afirma que «los medios crean los fines», no solo vemos ingenuidad, sino también deseo de poder. Por lo tanto, si una faceta de nuestra acción se centra en la crítica del ejército como institución, la otra faceta debe erradicar del movimiento el heroísmo, la valentía, el martirio y la necrofilia que nos ha legado la izquierda.

Por último, queremos señalar, una vez más, que las decisiones de los proletarios allí nos conciernen directamente, porque pedirán de nosotros que vayamos a luchar si empiezan a caer bombas también en nuestro territorio. Por nuestra parte, no estamos dispuestos a hacer tal cosa, ni con ejércitos regulares ni con agrupaciones de izquierda. Sin embargo, estamos dispuestos a asumir el papel de enemigo interno, traidoras y desertores. Tanto frente al aparato estatal, que nos pedirá que seamos carne de cañón, como frente a las aspirantes a liderazgos del movimiento que intentarán definir las prioridades de nuestra lucha. En la fase actual, esto es lo mínimo que podemos prometer.

Fabrika Yfanet



CESE INMEDIATO DE LAS ACCIONES BÉLICAS



BOICOT A LA PARTICIPACIÓN DEL ESTADO GRIEGO
EN LA GUERRA



APERTURA DE LAS FRONTERAS – SOLIDARIDAD
CON LAS MIGRANTES



SOLIDARIDAD CON TODOS LOS DESERCTORES



LUCHAS COMUNES DE ISRAELÍES Y PALESTINOS
CONTRA EL APARTHEID







Notas al pie

1 https://www.efsyn.gr/kosmos/mesi-anatoli/400733_oi-israilinoi-epimenoyn-ka-ta-tis-dikastikis-metarrythmisis

2 https://www.aljazeera.com/news/2023/10/11/what-is-the-palestinian-authority-and-how-is-it-viewed-by-palestinians

3 Las mayores manifestaciones de la población palestina contra el gobierno de Hamás tuvieron lugar en 2019 (https://www.aljazeera.com/news/2019/3/19/gaza-rights-groups-denounce-hamas-crackdown-on-protests) y las mas recientes en el verano del 2023 (https://www.lemonde.fr/en/international/article/2023/07/30/thousands-of-marchers-in-gaza-in-rare-public-display-of-discontent-with-hamas_6073136_4.html).

4 Algunas iniciativas recientes de acción conjunta pueden encontrarse en la entrevista de Georges Mehrabian (https://www.aftoleksi.gr/2023/11/14/koinoi-agones-ar-avon-evraion-chtes-amp-to-simera-synenteyxi-ton-zorz-mechrampian) Por supuesto, hay ejemplos de luchas comunes de israelíes y palestinos a lo largo del siglo pasado. Algunos de ellos fueron la colaboración entre trabajadores árabes y judíos que trabajaban en los ferrocarriles durante el periodo de entreguerras (cuando Palestina estaba bajo mandato británico), la huelga conjunta de conductores de autobús árabes y judíos en 1931, la huelga conjunta de trabajadores judíos y árabes de Tempo Beers en 2000, varias organizaciones de mujeres que agrupan a feministas israelíes y palestinas, la organización judía KavLaOved (escisión de Matzpen) que ofrece asistencia jurídica tanto a trabajadores judíos como árabes (pero también a inmigrantes de terceros países), activistas pacifistas, anarquistas judíos que mantienen contactos con organizaciones palestinas y participan en las protestas contra la construcción del muro que separa los territorios palestinos ocupados en enclaves, israelíes que se niegan a alistarse en el ejército o son objetores de conciencia, etc.



* * *



Este texto fue escrito por la asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, en octubre de 2024. Se distribuye gratuitamente en centros sociales, ocupaciones, espacios sociales y los gastos se cubren con aportacion voluntaria. La versión electrónica del folleto se puede encontrar en https://yfanet.espivblogs.net

Para comentarios, críticas o cualquier pregunta, existe la dirección contact@yfanet.net

Alternativamente, todos los martes a las 20:00, en la esquina de Omirou y Perdika, Kato Toumba, Thessaloniki, Grecia.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Panfletos internacionalsitas contra la guerra, contra la paz

¡Alto a la Guerra-Alto a la Paz! ¡Parar el genocidio significa muerte al Capitalismo!

México, octubre de 2025

«El momento de emergencia exigía acción, el periodo extraordinario exigía soluciones “reales” (¿?) la gente salía de nuevo a las calles para parar el genocidio perpetrada por Israel, cobijada por múltiples Estados Europeos, aplaudida por sus asquerosos esbirros en Latinoamérica, financiada y dirigida por Estados Unidos. Y cuando paró el bombardeo, ¡¡¡el alto al fuego lo logró Estados Unidos!!! Muchos camaradas preguntaban ¿Qué carajo significa esto?

La presión internacional ha interrumpido el genocidio, por ahora. Pero también ha validado a Hamas como interlocutor del destino de los palestinos, justo cuando los mismos proletarios cuestionaban y atacaban su liderazgo. Justo cuando cientos de israelitas desertaban o se negaban a participar en el genocidio. Es necesario seguir con la presión en las calles, ningún Estado abogará por nuestros intereses. También es imperativo la discusión entre camaradas para afilar el rumbo organizativo. Dirían por ahí: el reagrupamiento y la unificación sólo será a partir de intercambios, más o menos fraternos. Tengamos nervios de acero para lo que se avecina.»

Panfleto completo: https://insurgenciamagisterial.com/alto-a-la-guerra-alto-a-la-paz-parar-el-genocidio-significa-muerte-al-capitalismo


Continúan las deserciones en los frentes de la guerra entre Rusia y Ucrania

Octubre 2025

Sobre las deserciones en el ejército ucraniano; y los motines y desobediencia en el ejército ruso.

Panfletos y entrevistas: https://materialesxlaemancipacion.espivblogs.net/2025/10/18/continuan-las-deserciones-en-los-frentes-de-la-guerra-entre-rusia-y-ucrania

sábado, 28 de junio de 2025

[Irán] Trabajadores Anticapitalistas sobre el bombardeo de Israel a la cárcel de mujeres de Evin

Original en: https://alayhesarmaye.com
Traducción: Barbaria

El destino de las mujeres prisioneras en las mazmorras, los trabajadores bajo la tortura del capital
¡Ojalá todos los trabajadores comprendieran que todos los Estados capitalistas, todos los modelos de gobierno capitalista, todos los bloques y polos de poder y dominación del capital global, son igualmente asesinos de trabajadores, salvajes, genocidas, antihumanos y promotores de guerra! Y esto por una razón clara: todos ellos son formas y modelos del aparato estatal del capital, máquinas de violencia y barbarie capitalista, y fortificaciones que garantizan la supervivencia de la esclavitud asalariada. Todos hacen lo que el capital exige: satisfacer su necesidad de mayores ganancias, competencia destructiva y codicia con tentáculos de pulpo. Las diferencias entre ellos están solo en su capacidad actual para alcanzar estos fines. Democracia, dictadura, religiosidad o secularismo son apenas adornos y herramientas al servicio de este objetivo.

Basta con mirar lo que les ha ocurrido en estos últimos días a la multitud de prisioneros, especialmente mujeres, en las mazmorras de la muerte de la República Islámica. Desde hace años, este régimen asesino de trabajadores las ha torturado, golpeado, agotado, llevado a la muerte o amenazado con exterminarlas de inmediato. El Estado salvaje de Israel, con bombas estadounidenses y europeas, se ha lanzado contra ellas. Las bestias gobernantes del capital en Irán las encarcelaron por el crimen de protestar, y ahora Israel y Estados Unidos, enarbolando la bandera de la lucha contra la República Islámica, han abierto fuego mortal contra estas mismas luchadoras. El régimen iraní las ha privado incluso del mínimo acceso a medicamentos y atención médica. Las bestias gobernantes de Israel, Estados Unidos y el "campo democrático" han bombardeado incluso los centros de salud más precarios sin dejar posibilidad alguna a estas prisioneras.

La República Islámica ha enviado a cientos de estas prisioneras libres y luchadoras —supervivientes del bombardeo genocida israelí— al infierno de Qarchak, la sección más horrenda de sus mazmorras y centros de tortura. Su ración de comida de "no comas y muere" ha sido aún más reducida. Se les ha cerrado todo acceso a medicinas y tratamiento. Han sido apiladas unas sobre otras en celdas estrechas, oscuras y mortíferas. Se ha prohibido y hecho imposible cualquier intento de sus familias por obtener información sobre su suerte.

Todo esto lo han hecho en conjunto, como aliados o como enemigos, como socios o como rivales: la República Islámica, los gobiernos de Israel, Estados Unidos, la Unión Europea y el mundo entero contra un grupo de trabajadores, contra personas que protestan frente al terror opresivo de la explotación, la barbarie, la brutalidad y la masacre del capital. Nada hay más estúpido que un trabajador que caiga en la trampa de distinguir entre estas bestias. Hay que luchar contra todos ellos, contra el capital como fundamento mismo del poder estatal y del gobierno.

jueves, 26 de junio de 2025

Ni Tsahal ni Artesh

Tridni Valka
21 de junio de 2025
Traducción al español: Los Amigos de la Guerra de Clase
En PDF

Han pasado más de 20 meses desde que comenzó la masacre en Gaza. La campaña de exterminio, similar a la liquidación del gueto de Varsovia, está en pleno apogeo. Bombas “inteligentes”, bombas “tontas”, fósforo blanco, gas nervioso, ejecuciones sumarias, marchas de la muerte, tortura, violaciones… Sistemas controlados por IA como “Lavender” y “¿Dónde está papá?” – un algoritmo diseñado para localizar a supuestos miembros de Hamás cuando están en casa con sus familias – eligen los objetivos para que los operadores de drones militares reduzcan a polvo todo el edificio en el que se encuentran. El hambre, el cólera y las epidemias de polio provocadas deliberadamente por Israel están acabando el trabajo en los restos de la franja, increíblemente superpoblados, en aras de los sueños de un futuro desarrollo capitalista, una vez eliminados los proletarios sobrantes e inconvenientes. Como cantan los niños israelíes en el himno de exterminio bautizado con el nombre orwelliano de “Canción de la amistad”: “… volveremos a arar nuestros campos…”.

Pero además de los campos fértiles, estos sueños imposibles incluyen también lujosos complejos turísticos costeros para Trump, la exploración de yacimientos de gas para ENI y un tren de alta velocidad de Tel Aviv a El Cairo para Siemens. Por supuesto, será difícil lograr la realización de este paraíso capitalista en una zona llena de explosivos, completamente envenenada por el amianto de los edificios destruidos, los metales pesados, el fósforo blanco, el uranio empobrecido… y con acuíferos subterráneos llenos de agua de mar que el ejército israelí bombeó deliberadamente allí.

Mientras tanto, otros miles de muertos y decenas de miles de soldados mutilados con uniformes israelíes se han sumado a las víctimas de la masacre del 7 de octubre, y muchos más vendrán, ya que las facciones burguesas lideradas por Irán y Estados Unidos, respectivamente, están tratando por todos los medios de arrastrar a los proletarios que viven en sus territorios a esta carnicería. Israel, donde la unidad de la guerra capitalista y la paz capitalista siempre ha sido evidente, ya se está convirtiendo en un importante “teatro” de la catástrofe militar mundial que se está gestando.

Mientras escribimos estas líneas, todos estos preparativos militares están empezando a dar sus frutos venenosos, ya que el 13 de junio Israel lanzó su ataque, planeado desde hace tiempo, contra las instalaciones nucleares iraníes y ahora las bombas, los misiles y los drones están causando estragos en ciudades iraníes e israelíes. Mientras esto sucede, los portaaviones de la Marina de los Estados Unidos están rodeando Irán y posicionándose en el Mar Rojo contra los hutíes, y las bases del Ejército de los Estados Unidos en el Golfo Pérsico están en alerta máxima, al igual que los ejércitos de muchos otros países de la región. Trump se prepara para bombardear Irán; Jamenei se prepara para atacar las bases del Ejército de los Estados Unidos.

Sin embargo, en los últimos meses, el número de refuseniks y desertores en Israel, que antes era reducido, ha comenzado a crecer. Hasta ahora, cientos de reservistas se han negado públicamente a servir, negándose a participar en la masacre de los proletarios de Gaza por parte del Estado israelí y denunciándola, incluso si eso significa ir a la cárcel. Mientras tanto, hasta 100 000, es decir, alrededor de un tercio de todos los reservistas, simplemente no se presentaron. También hay “rumores” de “incidentes de fragging” que ya están ocurriendo dentro de las FDI…

La propaganda de nuestros enemigos burgueses está tratando de restar importancia a este movimiento para ocultar las crecientes grietas en la unidad nacional interclasista israelí.

Insisten en que a estos últimos no les importan realmente los palestinos y que su negativa se debe “solo” a que están agotados, no quieren morir o quedar lisiados, o porque cada vez que son llamados a las armas son despedidos de sus trabajos y quedan en la indigencia en medio de un costo de vida que se dispara. ¡Como si estas cosas no estuvieran unidas por la realidad material de la lucha por los intereses de nuestro enemigo de clase! ¡Esto no es más que otro de sus intentos de impedirnos reconocer que lo que nos une al otro lado de la trinchera es nuestra posición como clase explotada, como fuerza de trabajo movilizada o desechada según las necesidades de nuestros amos capitalistas! ¡Impedirnos vernos al otro lado de las trincheras como hermanos y hermanas en la lucha de clases!

Desde mayo se han producido varias marchas de protesta contra la guerra hacia la frontera de Gaza, una de las cuales terminó en enfrentamientos con la organización Tzav 9, una plaga nacionalista que acudió para impedir la entrada de alimentos en Gaza. También entre los manifestantes que exigían “el alto el fuego” y la liberación de los rehenes de Hamás se está extendiendo la conciencia de los horrores que se están viviendo en Gaza.

Al mismo tiempo, los proletarios hambrientos dentro de Gaza han celebrado recientemente varias protestas airadas, como ya hicieron muchas veces antes del 7 de octubre, a pesar de lo que nos digan los propagandistas burgueses, en las que pedían el fin de la matanza, exigían alimentos y denunciaban tanto a los carniceros del Estado israelí como a los kapos y los propietarios de los barrios marginales de Hamás. Por supuesto, los falsos amigos del proletariado del bando de la “liberación nacional palestina” están denunciando a estos manifestantes como “traidores” y “quinta columna”.

En cuanto a Irán, en los últimos meses ha estallado una nueva ola de huelgas militantes de trabajadores petroleros, camioneros y profesores en muchas partes del país, mientras que la ira proletaria y el deseo de venganza contra la burguesía por la brutal represión de los movimientos de la última década siguen hirviendo bajo la superficie. Movimientos que en sus momentos álgidos incluyeron a parte de los soldados del ejército e incluso a algunos miembros de la milicia Basij que cambiaron de bando y se unieron a las protestas. Y no olvidemos que los soldados iraníes saben cómo organizarse, cómo desobedecer las órdenes, cómo desertar, cómo volver sus armas contra sus oficiales, ¡como demostraron durante la llamada guerra entre Irán e Irak!

El programa burgués es siempre el mismo:

– Masacrar a los proletarios en Gaza y Cisjordania… La voluntad del Estado israelí de “masacrar a Hannibal” a cualquiera, como lo demostró el fuego de ametralladoras de helicópteros militares el 7 de octubre.

– Enviar proletarios a matar a otros proletarios o a morir a Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria o cualquier otro lugar… por los intereses del Capital y su Estado…

– La explotación sin fin y la espiral de miseria en la región de Oriente Medio y en el propio Israel…

El proletariado no tiene más remedio que luchar y desarrollar su propia perspectiva, la práctica del derrotismo revolucionario:

– El proletariado lucha contra su propia burguesía, contra las fuerzas burguesas que lo explotan y reprimen directamente. Por eso, el proletariado de Gaza protesta contra Hamás y contra el Estado israelí, mientras que los proletarios israelíes se manifiestan contra su gobierno.

Podemos ver una creciente resistencia de clase contra la guerra en Gaza y Cisjordania, en Israel, en forma de innumerables protestas y disturbios en todo el mundo, en forma de huelgas de trabajadores que se niegan a suministrar armas a Israel…

– Recientemente se están desarrollando huelgas obreras en la región de Oriente Medio: Turquía, Irán y el propio Israel…

– Todas estas acciones juntas constituyen orgánicamente un ataque contra la dominación burguesa en su conjunto. Expresar solidaridad con el proletariado en “Oriente Medio” significa luchar contra “nuestra propia” burguesía aquí y ahora.

Desarrollemos esto más:

– Los proletarios con uniformes del Estado israelí y del Estado iraní tienen que poner el último clavo en el ataúd del mito burgués de la “unidad nacional judía” y de la “Revolución Islámica”: ¡inspírense en los soldados estadounidenses en Vietnam y, recientemente, en los soldados rusos y ucranianos, y vuelvan sus armas contra sus “propios” oficiales y explotadores y sus ejecutores!

Todos los mandos del ejército israelí, los políticos israelíes, los propagandistas militares o gubernamentales, los operadores de drones leales o los pilotos de aviones de combate dispuestos a seguir arrasando Gaza, los torturadores de las prisiones militares, los policías militares que imponen el servicio militar obligatorio… merecen temblar de miedo por su vida…

Todas las infraestructuras militares o gubernamentales, oficinas, almacenes… merecen ser objeto de sabotaje, ocupación, saqueo… y ser reducidas a cenizas…

Contra todos los ideólogos burgueses, ya sean “Hasbara”, “Liberadores Nacionales de Palestina” o el “Eje de la Resistencia”, debemos plantear la perspectiva del proletariado como clase mundial unida por sus intereses, independientemente del uniforme, la nacionalidad, los colores… Debemos resistir todos los intentos burgueses de arrastrarnos a masacres, de convertirnos en carne de cañón, de imponernos los sacrificios de la economía de guerra…

¡Desertores y objetores de Israel, resistid el encarcelamiento con las armas en las manos!

¡Proletarios de Israel, camaradas, la única alternativa a la actual catástrofe capitalista es levantarse en insurrección contra el Estado junto con vuestros hermanos y hermanas proletarios palestinos, árabes, iraníes, turcos, estadounidenses, europeos…!
¡Apoyamos a las tropas israelíes, iraníes y estadounidenses… cuando disparan a sus oficiales!
Contra la guerra capitalista y contra la paz capitalista… ¡afirmamos la insurrección proletaria mundial por el comunismo!

lunes, 7 de abril de 2025

Revista Revolución nro. 3

Proletarios Internacionalistas, marzo de 2025

«El desarrollo de la guerra imperialista sigue desarrollándose y generalizándose avistando nuevas escaladas a nivel mundial. A la persistencia de las decenas de guerras, con Ucrania como centro de atención internacional, se ha sumado durante el último año una nueva masacre en Palestina, la más brutal desde que el Estado de Israel asume la función de gendarme en esa zona del planeta. A su vez, los discursos altisonantes de dirigentes burgueses y las tensiones diplomáticas que se acumulan entre gobiernos no son una mera sobreactuación para nutrir el espectáculo de la esfera política, sino que manifiestan un clima de beligerancia real, determinado por las necesidades actuales de acumulación capitalista que exigen de forma cada vez más acuciante, una destrucción masiva de fuerzas productivas para seguir reproduciendo las relaciones sociales existentes. (...) Nuestro  objetivo con estos materiales es contribuir a las tareas  derrotistas. Profundizar, fortalecer y estructurar esa práctica, esa perspectiva que nuestra clase trata de imponer contra todas las fracciones burguesas, luchando allí donde está contra “su propia” burguesía, transformando la guerra imperialista en guerra revolucionaria del proletariado mundial contra la burguesía mundial.»

• Presentación
• Precisiones sobre el derrotismo revolucionario
• Oriente Medio. La lógica de los Estados y el proletariado
    La lucha proletaria en Palestina y el ataque de Hamás del 7 de octubre
    Repliegue del proletariado y alineamiento imperialista
    Algunas respuestas relevantes del proletariado
    Esbozo de perspectivas
• Palestina. Una historia de miseria, masacres y sublevaciones
    Nacimiento del Estado de Israel
     La primera intifada
     Acuerdos de Oslo
    La segunda intifada
• El colonialismo y sus criticos

Revista en PDF: https://proleint.org/wp-content/uploads/Revolucion-3.pdf

sábado, 25 de enero de 2025

Palestina: pueblo o clase

Entrevista realizada a Emilio Minassian por zyg en octubre/noviembre de 2024
 

Introducción de DNDF: En el marco de los intercambios que han tenido lugar aquí y allá y en dndf tras nuestra publicación de una primera entrevista al camarada Minassian, Gaza: "una militarización extrema de la guerra de clases en Israel-Palestina", reproducimos la entrevista en dos partes que acaba de conceder a Courant Alternatif este diciembre de 2024.

1ª parte

Como continuación y profundización del debate que tuvo lugar con Emilio Minassian en los Rencontres Libertaires du Quercy de este verano, para defender una lectura y una perspectiva de clase de la situación en Palestina-Israel, le planteamos algunas preguntas. En la primera parte, hablaremos de la integración de la región Israel/Palestina en el capitalismo mundial y de la composición de clase de Palestina. En la próxima, analizaremos las implicaciones para las luchas proletarias y la lucha de liberación nacional.

• A modo de introducción


Primero, unas palabras sobre "desde dónde hablo", como suele decirse. No soy palestino, pero he pasado regularmente algunos meses en Cisjordania durante los últimos veinte años, haciendo cosas habituales de los occidentales de izquierdas que visitan los Territorios: actividades de solidaridad, documentales cortos, investigación académica sin seguimiento. No cabe duda de que en muchos lugares ha sido una forma de turismo militante, con un toque marxista.

Rápidamente intenté evitar los marcos sociales en los que se proyecta el activismo propalestino, pasando el rato con los "profesionales" de la narrativa de la opresión, en encuentros estructurados. Lo he conseguido en mayor o menor medida, según el periodo, el contexto y la energía gastada, y más a menudo con los desocupados y los maleantes de los campos de refugiados que con los trabajadores (por no hablar de las trabajadoras): los desocupados tienen tiempo libre, y los maleantes a menudo quieren compartir sus historias de lucha contra las fuerzas armadas (tanto israelíes como palestinas), de encarcelamiento y tortura (practicadas en las cárceles israelíes y palestinas).

Abrir la boca para decir que "en Palestina hay clases sociales" puede parecer fuera de lugar en un contexto en el que la población de Gaza lleva un año ahogada bajo las bombas. Sin duda no lo haría, o lo haría de otra manera, si hubiera pasado mi vida en Gaza y no en Cisjordania. No lo hago para distanciarme de la masacre, sino para combatir la idea de una alteridad radical, de una exterioridad, de lo que ocurre en términos de relaciones sociales capitalistas, allí como aquí.

• Usted defiende la idea de que Israel-Palestina es una unidad en el espacio capitalista mundial y regional. ¿Puede explicar por qué?

Originalmente, el proyecto sionista preveía una sociedad judía separada en Palestina. Este proyecto condujo a la limpieza étnica de 1947-1948, que, aunque no fue total, creó una zona "judía", entonces esencialmente de origen europeo. En 1967, con la ocupación de la Franja de Gaza y Cisjordania, que habían sido anexionadas por Egipto y Jordania respectivamente, la población del territorio administrado por Israel dejó de ser esencialmente judía. Al mismo tiempo se fue construyendo un nacionalismo específicamente palestino -y ya no "árabe"-. Esto dio la impresión de que se enfrentaban dos "naciones" en el mismo territorio. Pero hasta la fecha, de este nacionalismo palestino no ha surgido ninguna entidad estatal separada, salvo sobre la base de la administración de "bolsas" en Gaza y Cisjordania. El territorio controlado por Israel no está formado, por un lado, por territorios judíos y, por otro, por territorios palestinos. Hay muchas zonas predominantemente palestinas en los territorios del Estado formado en 1948, y una gran población de colonos en Cisjordania. Este territorio es un rompecabezas en el que las distinciones nacionales, siempre que abandonemos las afiliaciones subjetivas, son a su vez objeto de múltiples subdivisiones que, aunque étnicas (incluso en el lado "judío"), son ahora de carácter social y forman parte todas ellas de la economía israelí.

Partir de la "unidad de espacio" entre Israel y Palestina es, por tanto, una forma de alejarse de un análisis de la cuestión palestina vista como la de un "pueblo sin Estado", unificado por un sentimiento compartido de pertenencia y una única desposesión. Esta lectura tiende a esencializar categorías nacionales que se producen socialmente, y también a anclar la violencia del Estado israelí en una continuidad desde 1948, continuidad que no tiene en cuenta su lugar en la dinámica mundial.

Lo que está ocurriendo desde hace un año no es una guerra, en la que se enfrentan dos espacios nacionales, ni una empresa de conquista destinada a acaparar recursos y mercados. No es el "pueblo palestino" ahogado bajo las bombas en el marco de una lucha por la existencia entre dos naciones. La Franja de Gaza no es una entidad social fuera de Israel. Lleva casi sesenta años integrada en el mercado israelí, en el capitalismo israelí. La inmensa mayoría de los palestinos que viven allí son proletarios sin recursos propios que consumen productos israelíes, que compran con moneda israelí, pero que no son trabajadores cuyo trabajo se explota. Son supernumerarios [población sobrante] a los que el capital israelí expulsó del mercado laboral en los años 90 y estacionó en una enorme "reserva" a unas decenas de kilómetros de Tel Aviv, en una lógica de animalización inscrita en la historia colonial.

• ¿Puede detallar la historia de la integración de esta zona (y su mano de obra) en el mercado capitalista?


Desde el punto de vista del mercado, el espacio "palestino" se creó con la partición del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial. El punto de partida era una situación dominada por estructuras feudales y los inicios de una burguesía comercial. El Mandato y el sionismo marcaron el verdadero inicio de la proletarización del campesinado árabe palestino, pero el verdadero detonante fue 1948 y la Nakba. La burguesía palestina y los señores feudales abandonaron el territorio bajo control israelí con sus enseres bajo el brazo; los campesinos palestinos, en su mayoría aparceros, fueron expulsados de sus tierras y hacinados en campos.

El colonialismo israelí puede dividirse en tres ciclos. En la primera fase (1948-1967), el campesinado palestino se enfrentó a una tipología similar a la de un asentamiento: limpieza étnica, acaparamiento de tierras, capital y mano de obra "judíos". Esto tiene un corolario, como he dicho antes, que es la importación de un proletariado judío del mundo árabe, a su vez etnificado y atrapado en una relación colonial de animalización-explotación. Durante este periodo, el capital se acumuló bajo el férreo dominio de un Estado planificador omnipotente, dirigido por élites asquenazíes y socialistas, con el sindicalismo integrado en el Estado.

En una segunda fase, entre 1967 y alrededor de 1990, con la conquista de Gaza y Cisjordania, se pasó a una situación colonial del tipo "explotación de la mano de obra autóctona". El capitalismo israelí entró en una fase de integración intensiva con el capital internacional, sobre todo a través de la industria militar. Durante unos veinte años, el proletariado de los campos de Gaza y Cisjordania se integró masivamente en el sector asalariado, en los sectores menos cualificados: construcción, agricultura, etc.

Los acuerdos de Oslo abrieron una nueva fase, la de una relación colonial estructurada en torno a la figura del supernumerario palestino y la subcontratación de su gestión. Israel conservó el control del territorio, prosiguió su ofensiva de destrucción del campesinado y confió la gestión de los proletarios palestinos, estacionados en zonas urbanas cerradas, a un equipo de gestión nacional surgido de la lucha de liberación.

En este contexto, la burguesía comercial que había escapado a la Nakba -la asentada en Hebrón y Nablús, que se encontraba en el territorio anexionado por Jordania entre 1948 y 1967- se integró con esta clase dirigente procedente de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina). Esta última, integrada en el aparato de seguridad de la AP (Autoridad Palestina), tiene un doble origen: están los cuadros de "fuera", que llegaron en las maletas de Arafat entre 1994 y 1996, y los de "dentro", procedentes de la primera Intifada y de las cárceles israelíes. Es una clase compuesta, dividida en facciones enfrentadas. Se beneficia de la seguridad internacional, pero también controla sectores enteros de la economía en los territorios, en la construcción, las infraestructuras, la telefonía y, por supuesto, la importación-exportación con Israel. Todos estos sectores están relacionados con el mercado y las inversiones israelíes.

• ¿No marca la guerra de Gaza el inicio de una nueva fase?

Podría pensarse que sí. La fase posterior a [el acuerdo de] Oslo estuvo marcada por la inflación de las técnicas de control desplegadas por Israel sobre este proletariado que se había vuelto esencialmente improductivo: división del territorio en microzonas, introducción de un sistema de permisos delirantes para autorizar los desplazamientos, el trabajo, el acceso a la sanidad, el archivo general, vigilancia de las redes sociales, sistema de reconocimiento informatizado, pero también utilización masiva de la aleatoriedad (en las detenciones, la apertura o el cierre de los pasos fronterizos, el acceso a los permisos) para "probar" los comportamientos. Estas tecnologías y conocimientos se exportaron masivamente y, por tanto, produjeron valor.

Me parece que el año pasado entramos en la fase militar de esta lógica de experimentación. La práctica actual de destrucción y masacre no sólo no tiene límites: es meticulosa, bien pensada y controlada, y al mismo tiempo es difícil imaginar qué "victoria" se busca. Mi hipótesis es que las masacres de Gaza constituyen una secuencia de experimentos, de valor para el capitalismo global -al igual que, de otra manera, la lógica de "parar y seguir" de la economía global durante los Covid tuvo una fuerte dimensión de "biopoder". Eso sí, no se trata de ser posmoderno y decir que alguna lógica de dominación se ha vuelto autónoma de las relaciones capitalistas. Los proletarios supernumerarios de Gaza ya no tienen una función productiva para el capital israelí, pero el sector puntero de las tecnologías de control, con su alto valor añadido, los "necesita" como conejillos de indias para que luego puedan formar parte de una circulación internacional. Se ensayan los bombardeos y la elaboración de perfiles de individuos mediante inteligencia artificial, se gestiona con meticulosidad la relación con el hambre para mantenerlos constantemente al borde de la desnutrición (hasta ahora), se hace lo mismo con las epidemias, etcétera.

Esta lógica de agresión militar sin fin contra los proletarios supernumerarios de Gaza es apoyada a distancia por las potencias occidentales: todas las posturas políticas que llaman a la moderación no son más que teatro (sólo hay que comparar la cuestión de las entregas de armas con Ucrania para ver que sus aliados no ponen límites a la maquinaria de guerra israelí).

• Usted habla de una burguesía y un proletariado en Palestina. ¿Podría hacernos un retrato de la composición de clase en Gaza y Cisjordania y decirnos cuáles son las condiciones para la lucha entre estas clases? ¿El estatuto de Israel determina la pertenencia a una clase?

La burguesía palestina no forma una clase nacional firmemente constituida: sigue dependiendo efectivamente de su sumisión al capital israelí y al Estado israelí. Los capitalistas palestinos (si entendemos "de origen palestino"), en cuanto tengan libertad para invertir, preferirán espontáneamente realizar su capital fuera del territorio palestino y, por tanto, fuera del marco nacional israelí. Es innegable que la ocupación israelí ha limitado el desarrollo de una clase capitalista palestina territorializada. Una investigadora estadounidense (Sara Roy) ha popularizado la noción de "des-desarrollo" para referirse al modo en que Israel ha impedido la creación de una economía de mercado "libre", es decir, que forme parte del mercado mundial, en los territorios. La ocupación ha dirigido el desarrollo del capitalismo en Gaza y Cisjordania en la dirección de la complementariedad exclusiva y subordinada, ha moldeado la producción en una lógica de subcontratación, y los capitalistas israelíes se han labrado un mercado cautivo en los Territorios. La burguesía empresarial palestina tiene todas las razones para resentirse de la ocupación: está confinada al sector del tráfico, es una burguesía “compradora”, por utilizar un término acuñado por los trotskistas. ¿Significa esto que sus luchas son las de los proletarios de los Territorios? A menos que creamos en el escurrimiento [ruissellement], debemos dudarlo.

Por otra parte, lo que está en el centro de la dinámica social que atraviesa los Territorios es la burguesía "política" formada en el contexto de los acuerdos de Oslo, cuyo destino está ligado a la gestión del proletariado palestino. En su sociología, ella misma desciende en gran medida de este proletariado. Se ha impuesto a las clases dirigentes tradicionales (las llamadas "grandes familias"), que le han jurado lealtad, y ha penetrado en su mundo. Sus mandos intermedios (de Hamás en Gaza, pero sobre todo de Fatah en Cisjordania) constituyen una fuerza de supervisión del proletariado supernumerario "sobre el terreno". Se encuentran en la intersección del mundo de la militancia y el mundo de las rentas de los donantes internacionales. Son a la vez fuertemente contestados (en la medida en que hacen todo lo posible por "cerrar la puerta detrás de ellos") y solicitados para acceder a los salarios; y han encarnado una forma de ascenso social y de revancha de clase a través de la lucha política.

Hablar de un proletariado supernumerario no implica que la gente no trabaje, sino que ha sido empujada a los márgenes de la explotación capitalista. Muchos trabajan de forma caótica, en pequeñas estructuras, a menudo comerciales, por salarios miserables y sin contrato (unos 10 dólares al día, mientras que el coste de los bienes está indexado a los del mercado israelí).

Otros, en Cisjordania, siguieron trabajando en Israel, en la construcción, la restauración o la agricultura, en condiciones muy precarias, ya fuera cruzando ilegalmente o dependiendo de intermediarios para acceder a permisos que podían ser revocados en cualquier momento (están suspendidos desde el 7 de octubre). Los trabajadores contratados cobraban unos 1.400 euros al mes, de los que había que deducir los prohibitivos costes del "pasaje" y, a menudo, la compra de permisos de trabajo.

En Cisjordania también persiste una economía campesina, a menudo "de reserva" y bajo la presión de la colonización. La dinámica de proletarización del campesinado no ha cesado desde los inicios del sionismo, como consecuencia directa del proceso de acaparamiento de tierras y de rentabilización de las mismas.

Y luego está el mundo de las rentas políticas, derivadas del dinero vertido por los donantes internacionales para defender formas de estabilidad relativa ligadas a sus intereses. Estas rentas mantienen entre un cuarto y un tercio de la población, teniendo en cuenta que el 40% de los empleados del sector público trabajan para las fuerzas de seguridad de la AP. Se les paga según la escala legal de salarios "formales", unos 450 euros al mes, pero los fondos pagados a la AP por sus donantes y por Israel (a través de un sistema de retrocesión de impuestos) están bajo amenaza constante de ser cortados, lo que lleva a suspensiones salariales.

Además, parte de esta renta política es malversada por los cuadros políticos en beneficio propio, para mantener sus clientelas y desarrollar inversiones en el sector informal. Una gran parte del proletariado supernumerario sobrevive gracias a estas malversaciones. Se trata de una población socialmente inquieta, que se integró masivamente en la fuerza de trabajo en Israel en los años 1970-1980, y que se movilizó masivamente durante las dos Intifadas. Se concentra en los campos de refugiados, que históricamente han sido el caldo de cultivo de las "clases peligrosas" palestinas y siguen siéndolo hoy en día. Tanto en Gaza como en Cisjordania, de Jabaliya a Yenín, estos "suburbios dentro de los suburbios" están bajo el fuego constante del ejército israelí.

La volatilidad de la estructura social en los Territorios Ocupados es, por tanto, significativa. La burguesía política y especialmente sus dirigentes están siempre bajo la amenaza de retroceder, es decir, de ser degradados por Israel de la condición de colaboradores a la de combatientes de la resistencia y, por tanto, de ser encarcelados.

• ¿Y en Gaza?

En Gaza, durante el período en que Hamás estuvo en el poder (desde 2007), la centralidad de las rentas políticas y de una burguesía esencialmente "compradora" integrada en los circuitos políticos siguió siendo la misma, pero en un contexto de bloqueo, con inversiones aún más débiles y una volatilidad exacerbada. Las rentas procedían del control de la circulación de mercancías y de las prebendas internacionales de Qatar e Irán. Los empresarios que han amasado fortunas en los últimos años (en la economía de túneles, por ejemplo) lo han hecho en asociación con el aparato de seguridad de Hamás.

¿Podemos hablar siquiera de una estructura de clases en la situación actual de Gaza? Incluso en este tipo de situación, en la que cada mañana es incierto, siempre hay grupos de individuos (vinculados a Hamás, a organizaciones militares basadas en clanes, o formados sobre la base de bandas) que consiguen hacer negocio. Pero eso no constituye una estructura de clases, o bien se trata de una estructura de clases de tipo concentracionario, que no forma parte de ninguna reproducción social a lo largo del tiempo.

2ª parte

Como continuación y profundización del debate que tuvo lugar con Emilio Minassian en los Rencontres Libertaires du Quercy de este verano, para defender una lectura y una perspectiva de clase de la situación en Palestina-Israel, le planteamos algunas preguntas. En la primera parte (CA n° 345), hablamos de la integración de la región Israel/Palestina en el capitalismo mundial y de la composición de clase en Palestina. En este número, queremos discutir las implicaciones de esta composición de clase para las luchas proletarias y la lucha de liberación nacional.

• ¿No puede la lucha de liberación nacional, por muy interclasista que sea, aflojar el dominio de clase de los proletarios palestinos? Porque es posible que la colonización israelí proteja a la burguesía palestina de una extensión de las contradicciones de clase.

¿Cuál es el estado actual de la lucha de liberación nacional en Palestina? ¿Sigue existiendo? La lucha de liberación nacional es ciertamente una perspectiva (un Estado nacional libre del colonizador), y podemos considerar que esta perspectiva sigue siendo válida en Palestina mientras persista el colonialismo. Pero, ¿qué ocurre con el proceso de movilización? Históricamente, la movilización siempre ha tenido lugar en torno a formaciones políticas, actuando al mismo tiempo sobre la estructura de clases.

En Palestina, la lucha por la liberación nacional se encarnó en los partidos de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), actores de lo que se ha dado en llamar la "revolución palestina" tras la guerra de 1967: fue en torno a estos partidos (Fatah, FPLP -Frente Popular para la Liberación de Palestina- y todas las escisiones que surgieron) donde tomó forma un movimiento social que trastocó las jerarquías tradicionales heredadas del mundo feudal. La "revolución palestina" dio lugar a una clase dirigente procedente de la pequeña burguesía intelectual en el exilio que, mediante la circulación de rentas políticas, integró al proletariado de los campos de refugiados de Jordania, Líbano y Siria (y a veces a proletarios no palestinos de esos países) en las organizaciones de lucha. La burguesía tradicional no fue derrocada, pero fue sacudida: fue llevada a negociar con estas organizaciones para protegerse de los proletarios armados que llevaban sus colores. Este es el motor clásico de los movimientos de liberación nacional: la absorción, por una dirección política que aspira a transformarse en aparato de Estado, de un movimiento social proletario o campesino o, las más de las veces -y este fue el caso de Palestina-, de una parte de la proletarización de las masas campesinas resultante de las relaciones coloniales. Luego, en los años 80, el proceso se extendió a Gaza y Cisjordania, pero sin la dimensión militar: la primera Intifada comenzó como una revuelta de los proletarios de los Territorios Ocupados (en gran parte los que vivían en los campos de refugiados) explotados por el capital israelí; sólo más tarde la OLP la "recuperó" para convertirla en un movimiento político nacional.

¿Qué ocurrió después? En el modelo "clásico", cuando la dirección política se hace cargo del Estado, los intereses del movimiento social y de la formación política se desvinculan, y los proletarios vuelven a ser enviados a trabajar por el Estado nacional, supuestamente al servicio de las masas. Lo particular de Palestina es que esta desconexión se produjo sin que se hubiera logrado la independencia: al final del periodo que va de los Acuerdos de Oslo a la segunda Intifada (1993-2004), la dirección nacional abandonó la lucha por la independencia para conformarse con las rentas y los mercados concedidos por Israel. Desde entonces, la opresión de los proletarios sigue tomando la forma de la ocupación y la colonización israelíes, pero sin ninguna perspectiva de lucha ofrecida por las organizaciones políticas surgidas de la lucha de liberación nacional, porque sus dirigentes son ahora subcontratistas de esta configuración. Es la famosa "doble ocupación", omnipresente en el discurso de Cisjordania.

• ¿No ha tomado el poder Hamás?

En algunos aspectos, Hamás ha seguido los pasos de la OLP. La composición social de sus dirigentes es similar: clases medias sin capital propio, licenciados universitarios, que caminan por una fina línea entre una base proletaria y los intereses de la burguesía comercial. Pero Hamás, a diferencia de la OLP, no se basa en un movimiento social. Ha formado una especie de contrasociedad piadosa y jerárquica que respeta el orden social. Ha integrado a los proletarios en sus filas mediante el reclutamiento y nunca ha tratado de captar su actividad autónoma en sus negociaciones con la burguesía.

A este respecto, creo que hay que distinguir, al menos metodológicamente, entre la noción de lucha, que implica una forma de acción autónoma, apuestas materiales y contradicciones sociales, y la de "resistencia" tal y como la utilizan organizaciones militares jerarquizadas como las Brigadas Al-Qassam en Gaza. Hamás puede pretender legítimamente formar parte de la resistencia (como Hezbolá y otros grupos político-militares de la región), pero tiene que basarse en un modelo militar centralizado y jerárquico, separando a la población de sus "tropas" y estando dispuesto a liberar a estas últimas para reprimir las luchas.

A mediados de la década de 2000, algunos dentro de Hamás le empujaron a unirse al marco de los acuerdos de autonomía participando en las elecciones, es decir, a posicionarse, siguiendo a Fatah, como subcontratista de Israel en la gestión de los proletarios de los Territorios. Esto es lo que acabó haciendo cuando se hizo con el poder en Gaza en 2007. Como lo hizo militarmente, y sin negociar con el ocupante, pudo mantener su cara de intransigencia, pero no obstante se convirtió, objetivamente, en un subcontratista local en la gestión de los proletarios excedentes.

Durante dieciséis años, Hamás administró la franja, gestionó las relaciones con Israel (mediante negociaciones y misiles), reprimió las luchas y permitió que una clase de empresarios se enriqueciera bajo su ala. Hasta que, de repente, el 7 de octubre de 2023, abandonó su papel de subcontratista y, me imagino, reinvirtió su dimensión de organización político-militar transnacional del tipo de Hezbolá. Al hacerlo, ha sacrificado a la clase de empresarios gazatíes que se había desarrollado bajo su ala. Podemos suponer que esta reorientación no ha estado exenta de tiras y aflojas internos, que refleja la ruptura de una vieja contradicción en su seno entre su rama político-militar con una fuerte clientela proletaria y su franja insertada en la burguesía empresarial palestina.

• La dominación británica, luego la colonización sionista, la enorme proporción de refugiados, el ejercicio cotidiano de la violencia colonial, etc., han construido materialmente una identificación común de los palestinos y su resistencia expresada bajo la forma del término "pueblo". ¿Refleja esta construcción únicamente el discurso de las élites palestinas?

Esta identificación existe evidentemente, pero hay que preguntarse qué ocurre detrás. No trato de decir a toda costa "los pueblos no existen, es una mistificación de la clase dominante destinada a enmascarar su dominación"; y menos aún "si cayera la máscara, los proletarios tomarían conciencia de sus intereses de clase".

La idea de un pueblo palestino no es exclusiva de las élites palestinas; a veces incluso se utiliza contra ellas. La cuestión es: ¿qué luchas se libran dentro de la categoría "pueblo", abierta o encubiertamente, entre los diferentes segmentos de clase que la esgrimen? No por identificarnos con un pueblo dejamos de luchar desde nuestra posición social.

Y volvemos a lo que decía sobre la lucha de liberación nacional y el interclasismo. En los años 1960-1990, la OLP necesitaba las luchas proletarias para negociar su parte del pastel con Israel, mientras que los proletarios utilizaban su dirección "nacional" como medio para legitimar sus luchas contra las élites. En los Territorios, la primera Intifada fue el apogeo de esta doble lógica de captura del movimiento social por la dirección política y de utilización de la lucha nacional por el movimiento social. Pero entre 2002 y 2005, las luchas proletarias y las de las direcciones nacionales, que hasta entonces habían trabajado juntas (en conflicto), dejaron de hacerlo. Tras el fracaso de la segunda Intifada (que en sus primeros meses continuó la misma lógica interclasista que vinculaba a los proletarios amotinados o armados con los dirigentes políticos), las direcciones nacionales (en Cisjordania e incluso en Gaza) entraron en una lógica de represión de las luchas, incluidas las que movilizaban el lenguaje de la liberación nacional.

Aunque pueda parecer contraintuitivo, desde el fracaso de la segunda Intifada, las luchas proletarias en los Territorios han tenido como principal adversario un marco nacional palestino. Esto se debe sencillamente a que están en conflicto con él, porque desempeñan el papel de amortiguador. Israel se ha liberado de la carga de la reproducción de la población, que ha traspasado a los dirigentes palestinos. Israel interviene en las aglomeraciones de Cisjordania con un enfoque de "redada", y en Gaza con un enfoque de masacre.

• ¿Y las luchas de los últimos 20 años fuera/contra los partidos?

Por hablar de lo que mejor conozco (solo he estado una vez en Gaza, en 2002), en 2015-2016, en el norte de Cisjordania, hubo una insurrección latente del proletariado de los campos de refugiados contra la Autoridad Palestina (AP). En su momento se habló de una Intifada "interna", cuyo epicentro fue el campo de Balata, a las afueras de Nablus. Este movimiento social hizo retroceder a la policía palestina, dejando espacio para que los jóvenes reformaran grupos armados en sus bases, al margen de la jerarquía del partido, y se impusieran socialmente frente a los notables vinculados a la AP en Naplusa y Yenín. Los enfrentamientos de la primavera de 2021 (revueltas en Jerusalén y en las ciudades palestinas de los territorios israelíes "de 1948", ofensiva político-militar de Hamás, anulación de las elecciones por la AP) clavaron el clavo: la AP se encontró debilitada y esto calmó un poco su deseo de gobierno autoritario.

Lo que me pareció interesante del ciclo de disturbios de 2015-2016 fue que mucha gente mantenía un discurso (que solo es contradictorio en apariencia) en el sentido de que la administración palestina impedía tanto la confrontación física con la ocupación como el acceso a la economía israelí como trabajador. Había nostalgia por los días en que "trabajábamos para los israelíes de día y lanzábamos molotov a los israelíes de noche".

Ese mismo año se produjo una importante huelga de profesores empleados por la AP, que ésta consiguió neutralizar recurriendo a la intimidación, la represión y el chantaje, siguiendo el modelo de los regímenes "árabes" de la región, pero que constituyó una secuencia de protesta social que sacudió los cimientos de su control político.

• ¿Por qué nuestro campo político guarda tanto silencio sobre estas luchas?

La AP y la burguesía palestina están omnipresentes en el discurso de Cisjordania como fuente de opresión. Pero hay que tener en cuenta las situaciones de interacción, por supuesto: los activistas blancos de vacaciones en los Territorios nos apropiamos de una función: la de dar testimonio para contrarrestar la máquina de propaganda israelí. Esta apropiación la llevan a cabo esencialmente las clases medias, que de un modo u otro forman parte de una lógica de acceso al capital (material o simbólico) de Occidente, y es un hecho que nadie espera solidaridad en la lucha de clases contra los explotadores palestinos. Así que las personas atrapadas en estas relaciones "internas" de explotación (desde un punto de vista nacional) van a hablar contigo de ello, todo el tiempo incluso, pero no vamos a investir este discurso con la dimensión de un mensaje político - excepto en momentos de extrema tensión, como fue el caso en 2015-2016 en el norte de Cisjordania.

Lo que los proletarios palestinos experimentan como proletarios apenas llega a nuestros oídos, lo que no es de extrañar: esta experiencia no está contenida en la "causa nacional" que los cuadros políticos transmiten a sus relevos en el exterior.

• ¿Qué perspectivas comunes pueden tener los proletarios de esta zona?

Israel representa la imagen de un futuro de pesadilla: el de un Estado perteneciente al bloque central de países capitalistas que ha reproducido en su territorio la zonificación mundial de la fuerza de trabajo observada en la división mundial del trabajo. Esta zonificación social tiene lugar en una cuasi-conurbación: la distancia entre Gaza y Tel Aviv es apenas mayor que la que separa París de Mantes-la-Jolie. Y funciona sobre la base de la etnicidad (se trata de una constante en la historia de Israel y de muchos otros Estados, incluso fuera del contexto de la lucha nacional: antes de la ocupación de Cisjordania y Gaza, eran los proletarios judíos "importados" de los países árabes quienes pagaban el precio).

Pero en los últimos veinte años, el Estado se ha impuesto como garante no sólo de la reproducción social del proletariado judío al que domina, sino de su propia existencia "física", de su supervivencia. Hoy somos testigos de cómo este proletariado "nacional" se ve arrastrado detrás de sus explotadores a una escala nunca vista en la historia, a diferencia de los supernumerarios de Gaza, estacionados en un campo de concentración bajo el fuego constante de las bombas.

Así que hay que tener en cuenta que las luchas forman parte de este universo de pesadilla. Es difícil imaginar que puedan producir una relación de fuerzas capaz de "romper las divisiones". Hasta el año pasado, el simple hecho de que esas luchas siguieran existiendo en los Territorios y forzando la reproducción de las relaciones sociales (una vez más, hablo de luchas, no de resistencias jerárquicas) era en sí mismo algo que, personalmente, me estremecía y me alimentaba. Hoy, el peso de la lógica de la masacre lo aplasta todo: la capacidad de acción autónoma del proletariado palestino está amenazada por los bombardeos y, mientras el proletariado judío siga cautivo del Estado israelí (lo que no va a cambiar), no hay nada que negociar a través de la relación de fuerzas. En efecto, hemos entrado en otra fase, que no ofrece muchas esperanzas.

• ¿Negar la base material del "pueblo" palestino no equivale a dar un "apoyo pasivo" al Estado que lo coloniza y reprime?

Creo que es posible desarrollar un marco de análisis en el que nos sintamos solidarios con las luchas en Palestina sin engañarnos sobre las perspectivas que mantienen los aparatos sociopolíticos "nacionales". Eso es lo que Socialisme ou Barbarie consiguió en parte durante la guerra de Argelia: desarrollar una línea internacionalista capaz de mantener una posición crítica frente al FLN, basada en un análisis de clase.

En Palestina, como en todo el mundo, estamos en un periodo en el que en ninguna parte encontraremos una encarnación política "de clase" del proletariado. Algunos se aferran a una identificación con partidos de izquierda como el FPLP o el FDLP (Frente Democrático para la Liberación de Palestina), o con una hipotética sociedad civil a distancia de los partidos. Comprendo el planteamiento, y me he visto llevado a compartirlo en mis viajes por afinidad "cultural", pero esos partidos y esa sociedad civil están atravesados por contradicciones de clase que los cuadros quieren hacer pasar por secundarias frente a la dominación nacional. Sin embargo, es con el discurso de esos cuadros con el que (generalmente) nos solidarizamos, sin darnos cuenta.

Me aferro a la idea de que las relaciones sociales tienen prioridad sobre las ideologías políticas, y que, tanto emocional como intelectualmente, siempre debemos intentar "empezar desde abajo", socialmente hablando, más allá de las identificaciones políticas, para comprender las luchas que "la" lucha nacional pretende abarcar.

En la identificación con Palestina, con la idea de Palestina, se disciernen distintas lógicas en función de la clase, la relación con la política, el capital militante, el capital cultural, etc. Este es el caso allí, pero también aquí en casa, en las expresiones de solidaridad. Este es el caso allí, pero también aquí en casa, en las expresiones de solidaridad. Estas lógicas diferentes no coexisten, no forman una convergencia o una unidad: son contradictorias, están en lucha, de manera más o menos asumida o silenciosa.

Tengo poco que decir sobre el tema del "qué hacer". En cualquier caso, me parece que, más que las diferentes posiciones políticas mantenidas dentro del movimiento de solidaridad (lo que uno piensa de Hamás, de un Estado binacional o lo que sea), es necesario cuestionar su composición social y las prácticas de lucha que se derivan de ella, para luego posicionarse dentro del movimiento -con la esperanza de "traer la guerra a casa", y de atacar el mantenimiento del orden social allí donde uno está, y así poner fin a las masacres en Gaza.

En Francia, la captura y la gestión de las manifestaciones de solidaridad por los políticos de La France insoumise y los de su calaña, que utilizan la "causa palestina" para favorecer sus propios intereses, o incluso por asociaciones que se posicionan como interlocutores ante las autoridades, apunta, en mi opinión, a una derrota del componente proletario y apolítico del movimiento, que se expresó con más fuerza, por ejemplo, durante la guerra de 2014.