La Oveja Negra
1 de mayo de 2024. Rosario.
INTERNACIONALISTA
Porque la cuestión social no está planteada en términos patrióticos sino de clase. La burguesía, nacional o extranjera, nos explota y nos oprime de diferentes maneras. Tengamos o no trabajo. De cualquier género, de todos los colores y diferentes capacidades.
ANTICAPITALISTA
Porque el ajuste es un ataque contra quienes trabajamos, alquilamos, usamos transporte, salud pública y/o recibimos ayudas sociales.
REVOLUCIONARIO
Porque es momento de explorar nuevas perspectivas, nuevas maneras de luchar. Más allá de la patria, del Estado, de la democracia, de la lógica de la mercancía, de los partidos y los sindicatos.
miércoles, 1 de mayo de 2024
[Argentina] 1° DE MAYO
Por un Primero de Mayo rojo
Grupo Barbaria
1° de mayo de 2024
Pocos recuerdan ahora la huelga de Chicago de 1886 por la jornada laboral de ocho horas, ni la decisión de conmemorar ese momento de lucha, ni los caídos que causó entre el proletariado haber levantado la cabeza y dejar de sufrir de modo pasivo. Desde entonces el Primero de Mayo fue el símbolo de la lucha contra la burguesía, su Estado y la sociedad basada en el trabajo asalariado. Hoy, cuando la propia burguesía lo ha convertido en una parodia de armonía, paz y fraternidad, sigue siendo para todo internacionalista auténtico un símbolo de la lucha revolucionaria del proletariado.
La contrarrevolución convirtió esta fecha histórica para nuestra clase en un paseo sindical por la democracia y la promesa de una buena vida dentro de este sistema. Hoy más que nunca es evidente cómo la única forma de mejorar nuestras condiciones de vida no es con subidas salariales que la inflación se va comiendo y que la siguiente crisis económica se encarga de liquidar, sino con la abolición del trabajo asalariado. Pero la izquierda del capital continúa alimentando la ilusión de que unos buenos gobernantes y algo de presión popular bastarán para acabar con la miseria creciente de este sistema.
Hoy la democracia se muestra cada vez más como lo que es, la gestión más eficaz de la explotación capitalista, pero sigue teniendo suficiente poder como para hacer sonar los tambores de guerra por ella.
Ayer como hoy, la única forma de recuperar lo que fue el Primero de Mayo para nuestro movimiento es la lucha frontal por la abolición del trabajo asalariado y la democracia capitalista, con sus naciones y sus fronteras.
La catástrofe capitalista hace más necesaria que nunca la revolución
Crisis, inflación, miseria, guerra… constituyen el día a día del capital. Estamos entrando ya en esa fase histórica del capitalismo senil descrito por Marx. Esa fase está caracterizada por los procesos de sustitución de trabajo vivo por trabajo muerto a través de la automatización cada vez más generalizada en la producción de bienes y servicios. Todo esto hace que el robo del tiempo de trabajo ajeno sobre el que se funda la riqueza capitalista, es decir, el plusvalor, sea una base miserable y parasitaria. La riqueza humana no se adecúa ya a su medida mercantil a partir de la forma valor. Con el enorme desarrollo del capital ficticio, el capitalismo lanza la pelota hacia delante para encubrir su crisis, pero solo gana tiempo a costa de sacudidas más intensas en el futuro.
Y junto a esto se presenta en el horizonte el fantasma de la guerra imperialista generalizada. La crisis del capital agudiza todas las contradicciones y rivalidades entre las potencias capitalistas. Los actuales conflictos entre Rusia y Ucrania o entre Israel y Palestina no podemos leerlos de manera aislada. El capitalismo es un sistema mundial que se alimenta de la producción y reparto del plusvalor global. En un momento de crisis como el actual, todas las potencias (grandes, medianas o pequeñas) acentúan las rivalidades que les conducen a la guerra. Primero en conflictos más localizados, pero que no son ajenos a la constitución de bloques imperialistas, luego de un modo generalizado. No sabemos los tiempos y los ritmos, pero la propia lógica de la crisis capitalista y de la lucha por el reparto del plusvalor mundial lleva a la guerra.
La lucha hoy es una lucha de clarificación de frentes
Crisis y guerras son las respuestas que nacen de la lógica del capitalismo. En definitiva, son el resultado del desarrollo cada vez más acelerado de la crisis de su modo de producción. La respuesta del proletariado no puede ser sino la de la afirmación del internacionalismo proletario, contra todas las naciones, sean grandes o pequeñas, y por la defensa intransigente de nuestras necesidades históricas. Todo ello pasa por la superación del capitalismo y su lógica catastrófica. Por eso, la independencia de clase es contra todos los aparatos políticos del capital, ya sean de derechas o de izquierdas, porque son todos expresiones de la lógica del capital, incluyendo sus versiones más extremas que han santificado las experiencias de un capitalismo vestido de rojo en Rusia, China, Vietnam o Cuba. Nuestra bandera roja no puede confundirse con las banderas rojas del nacional-comunismo.
La independencia de clase también es contra los sindicatos. Da igual que sean más o menos combativos porque no son ni pueden ser otra cosa que instrumentos al servicio del capital, meros intermediarios de la venta de la mercancía fuerza de trabajo que es su única razón de ser. Y es que como decía un compañero nuestro del pasado:
«Lo que engendra el carácter reaccionario de la organización sindical no es otra cosa que su propia función organizativa. Obtenga o no determinadas mejoras, está directamente interesada en que el proletariado siga siendo indefinidamente proletariado, fuerza de trabajo asalariado, cuya venta negocia ella. Los sindicatos representan la perennidad de la condición proletaria. […] Ahora bien, representar la perennidad de la condición proletaria conlleva aceptar, y de hecho necesitar también, la perennidad del capital».
Munis: Los sindicatos contra la revolución.
Frente a las estructuras sindicales que separan a los trabajadores por carnets y mantienen el conflicto dentro de cauces razonables para la patronal, defendemos la autoorganización real de los trabajadores y trabajadoras en asambleas creadas con ocasión de la lucha. Solo si estas asambleas mantienen las riendas del conflicto, si intentan extenderlo más allá de las fronteras de la fábrica a otras empresas y al propio territorio, pueden convertirse en un lugar propicio para vincular la lucha por las condiciones inmediatas a la batalla más general por la abolición definitiva de la explotación, por la sociedad comunista. Es ese el terreno propicio del que pueden surgir los grupos de vanguardia que, a través de la intervención de las minorías revolucionarias actuales, transitarán hacia el partido de clase.
A día de hoy cada vez más trabajadores/as (sobre todo jóvenes) son conscientes tanto de la necesidad de la lucha por el socialismo/comunismo, como de la total inutilidad de los organismos burgueses de representación como los partidos, los sindicatos e instrumentos similares (ONGs…). Por eso es imprescindible recuperar los principios del programa comunista, forjados por la lucha histórica de nuestra clase. Las minorías revolucionarias de hoy tienen el deber de sostener los elementos fundamentales de nuestro programa: la independencia de clase, el internacionalismo, la lucha revolucionaria, la autoorganización del proletariado, la denuncia de los regímenes “socialistas” como capitalismo de Estado y anticomunistas… Elementos indiscutibles que los movimientos del ahora y del mañana del proletariado retomarán de su propia historia para proseguir el curso de la lucha por la liberación de la humanidad. Pero para hacerlo no podemos engañarnos, no podemos dejarnos llevar por los cantos de sirena de siempre (el parlamentarismo, el voluntarismo…) ni por los nuevos reformismos, esas nuevas formas con viejos contenidos que aparentan radicalidad sin afirmar de forma clara e intransigente los principios.
La recuperación de esos principios programáticos en el seno de los movimientos futuros del proletariado cristalizará en el partido, que es órgano y programa contra todos los partidos de la burguesía, por y para la lucha de nuestra clase. Es en ese momento cuando podrá comenzar a fructificar el enorme patrimonio conservado y elaborado por el partido histórico del pasado. Parte de esta recuperación será retomar esta jornada del Primero de Mayo como una jornada del proletariado mundial en lucha por liberarse de las cadenas que le atan al presente y le impiden actuar como fuerza liberadora del futuro comunista, de un mundo sin mercancía ni dinero, sin clases y sin Estados.
sábado, 29 de abril de 2023
1° de mayo contra el trabajo
Boletín La Oveja Negra
Argentina, 2023
En un nuevo aniversario del 1° de mayo insistimos con una despiadada crítica del trabajo. Sin dudas se trata de una provocación. Pero una provocación justificada, necesaria y revolucionaria (...)
Mientras las mayorías festejan el “día del trabajador” o peor aún el “día del trabajo”, algunos seguimos convencidos de la necesidad de librarnos de este. Es decir, de liberarnos de la forma que ha adquirido la actividad humana bajo el capitalismo.
Miseria material, pero también afectiva, social. La realidad son las terribles condiciones de trabajo, las tareas sumamente alienantes, asquerosas y repetitivas que nos vemos obligados a realizar. La realidad es que no decidimos qué producir, ni disponemos de lo que producimos. Sean gigantescas empresas públicas o privadas, o pequeños productores, siempre se trata de unidades de producción aisladas, unidas únicamente por el intercambio mercantil, basándose en la obtención de la mayor ganancia posible.
Mientras quieren convencernos de las virtudes del trabajo asalariado y que si trabajamos duro podremos disfrutarlas, parecieran olvidar las incesantes guerras, la contaminación, los accidentes laborales, los suicidios, los problemas psíquicos y físicos, la explotación infantil y un largo etcétera. Se dirá que todos estos son “detalles” a eliminar, sin embargo son parte constitutiva del mundo del trabajo asalariado, de su normalidad, y sin estos elementos no sería lo que es.
Índice:
- ¡Abajo el trabajo!
- ¡Abajo el ocio!
- ¡Abajo el desempleo!
- ¡Abajo el trabajo doméstico!
- ¡Abajo el proletariado!
- ¡Viva la revolución social!
Leer artículo completo:
https://boletinlaovejanegra.blogspot.com/2023/04/1-de-mayo-contra-el-trabajo.html
martes, 3 de mayo de 2022
1° DE MAYO CONTRA EL NACIONALISMO
Boletín La Oveja Negra
01/05/2022, Argentina
EnArgentina, Rusia o Ucrania, en Cuba o en Suecia, en “Oriente” u “Occidente” hay explotadores y hay explotados, hay gobernantes y hay gobernados. Nuestra clase, el proletariado, es una clase mundial. Las condiciones para su explotación o la condena al hambre y la escasez son tan mundiales como la necesidad de destruirlas.
Asumir la lucha internacionalista es solidarizarse con las luchas de los proletarios de otros países, asumirla como nuestra y luchar también en “nuestro” país, contra “nuestro” Estado, contra “nuestra” burguesía; en tiempos de guerra y en tiempos de paz, inseparables para el funcionamiento de la sociedad capitalista. La guerra no es algo extraordinario, es constante, y se prepara en la paz social. ¡Para terminar con las guerras hay que destruir el capitalismo!
En Ucrania, al igual que en todas las demás “zonas en conflicto” como Palestina, Siria, Etiopía, Afganistán o Yemen, las consecuencias de la guerra son sufridas de manera brutal por la clase explotada. Las demás naciones implicadas, como es el caso de Rusia, los miembros de la OTAN y demás gendarmes, también depositan sobre los proletarios los costos y consecuencias de la guerra. Aquellos que habitan en Rusia, además de sufrir más duramente las consecuencias económicas debido al papel del país en el conflicto, son reprimidos frente a cualquier intento de oponerse o criticarla. Incluso al margen de los Estados protagonistas, se hace sentir sobre nuestras espaldas el impacto de las disputas interburguesas, con sus sanciones económicas y su correspondiente aumento de precios, o sus medidas de “excepción” en materia de control social que la guerra “justifica”. Nos hablan de paz y nos hacen la guerra, aunque por otros medios. Nuestra paz es la sumisión al dinero.
En épocas de globalización, de empresas multinacionales, de desterritorialización del Capital, el nacionalismo parecía en vías de extinción. Sin embargo, continúa vivo y fuerte. El nacionalismo dejó de ser cosa exclusiva de los conservadores y se convirtió en credo de la izquierda y los progresistas, incluso como falsa salida a los malestares del capitalismo mundial. Este es el marco que comparten con las nuevas derechas que temen y dicen combatir.
Como señala Fredy Perlman en El persistente atractivo del nacionalismo, los nacionalistas izquierdistas insisten en que sus nacionalismos no tienen nada que ver con el nacionalismo de los fascistas o los nacionalsocialistas, y que el suyo es un nacionalismo de los oprimidos que ofrece no solo la liberación individual sino también cultural. Para refutar estas pretensiones es necesario comprender la división de clase de la sociedad capitalista, que mientras exista trabajo o dinero jamás habrá suficiente para todos y que en nombre de la patria se cometen las peores aberraciones.
A 40 años de la guerra de Malvinas vale la pena recordar cómo los milicos torturadores y asesinos, junto a la ciudadanía cómplice, estaban de acuerdo con la izquierda argentina, prácticamente en su totalidad, en que se trataba de una guerra justa. Las diferencias estaban en cómo y quiénes llevarían adelante esa guerra, siendo de este modo responsables de sus consecuencias y –por acción o aval– de la muerte de más de 600 jóvenes.
Este año también seremos censados por el Estado. Según palabras oficiales, esta información estadística sirve para diseñar políticas públicas y para que las empresas planifiquen y lleven adelante proyectos. En la publicación oficial del primer censo, allá por 1869, cuando se erguía esta nación sobre el genocidio indígena, se puede leer: «el indio arjentino [sic] es tal vez el enemigo más débil y menos temible de la civilización; bárbaro, supersticioso, vicioso, desnudo». Hoy el censo contempla a los “pueblos originarios”: la “patria inclusiva” reconoce a los descendientes de aquellos pueblos que habitan este país, aunque sólo de palabra. En incontables ocasiones, dicho reconocimiento no equivale siquiera al acceso a lo requerido por las necesidades más básicas.
Como si fuera poco, este año habrá que soportar el mundial de fútbol. Otra fiesta empresarial de la burguesía que entretiene con nacionalismo, competencia y contemplación no-participativa. Se trata de exaltaciones del más básico nacionalismo y se trata del mundial de fútbol más infame hasta la fecha. Según cifras del informe «Detrás de la pasión», publicado en mayo del año pasado, ya había más de 6.500 trabajadores muertos para la construcción de los estadios y la infraestructura necesaria. Denuncias actuales por parte de diferentes organismos internacionales estiman que esa terrible cifra ya asciende a 10.000. En Qatar hay más de dos millones de migrantes provenientes principalmente de India, Bangladesh, Nepal, Egipto, Pakistán, Filipinas y Sri Lanka que constituyen el 95% de los trabajadores en el país. Alrededor del 40% trabaja en el sector de la construcción, que ha repuntado por el mundial. Trabajando entre 16 y 18 horas diarias, 7 días a la semana, soportando temperaturas de hasta 50°. Sin embargo parece no importar demasiado, porque son pobres, porque están lejos, porque son extranjeros…
Los partidos de la selección nacional son televisados hasta en las escuelas, institución donde se nos inculca desde bien chicos no solo una rutina de trabajo –o teletrabajo durante los pasados dos años–, sino la identidad nacional, marcadamente ficticia en una región con una historia de fuerte inmigración y aniquilamiento de los nativos. Aunque nos hemos acostumbrado generación tras generación, no podemos dejar de señalar lo ridículo de saludar una bandera todas las mañanas y tardes, jurarle lealtad, y someternos a infinitos actos patrios desde los primeros años de vida.
Incluso al 1° de mayo que estamos conmemorando se lo pretende reducir a un feriado patrio: como día del trabajador, con banderitas argentinas, locro y empanadas. Se intentan borrar así sus orígenes y su significado actual, el de una conmemoración de reflexión y de lucha: internacionalista, anticapitalista y revolucionaria. En las resistencias actuales el nacionalismo pareciera proporcionar cierto amparo comunitario o ligazón, algo común entre quienes se disponen a desobedecer y reunirse para bloquear, hacer asambleas, construir proyectos o simplemente destruir. En no pocas ocasiones muchos lo hacen con la bandera de su país en las manos, que no es más que el símbolo del exterminio en la región, e incluso fuera de sus fronteras. Pero los proletarios rebeldes no se disponen a luchar gracias a su patriotismo, sino a pesar de él. Es la propia lucha en actos la que aplasta esos símbolos de mierda impuestos por los poderosos para hacernos creer que dentro de unas fronteras delimitadas artificialmente coincidimos en nuestros intereses, que todos somos “el pueblo” más allá de las diferencias de clase. Sin embargo, pese a las acciones antipatrióticas, ese patriotismo persiste y es un peligro para la extensión y profundización de la revuelta. Y es un peligro también fuera de las revueltas cuando, para salvaguardar a la burguesía nacional, nos dicen por derecha que el inmigrante nos roba el trabajo y por izquierda que el problema son los ricos, pero de otro país.
No lo olvidemos: a la hora de atacarnos, la burguesía actúa como una fuerza internacional, al contrario de los nacionalismos y regionalismos. Comprender la dimensión internacional del capitalismo nos ayuda a combatir las limitaciones que nos impiden accionar desde una perspectiva que no se restrinja al lugar donde vivimos.
Hablamos de proletariado o burguesía porque nos parecen categorías precisas, mientras otros rebeldes prefieren hablar de oprimidos y opresores, o pueblo y élite. No nos preocupan tanto las terminologías, pero sí nos importa comprender la dimensión internacional y de clase de esta sociedad. Por motivos de este tipo es que insistimos en hablar de capitalismo y no simplemente de neoliberalismo, mucho menos de soberanía o liberación nacional, o siquiera de suma de liberaciones nacionales.
Nuestra consigna de agitación y de provocación «El proletariado no tiene patria» no puede olvidar que mientras exista capitalismo sí tendremos patria tal cual la conocemos. Mientras tanto, habitaremos en un país, incluso a pesar de nuestros deseos. La nacionalidad escrita en nuestras identificaciones es una imposición entre tantas otras. Tristemente, hemos naturalizado tanto el modo de vida que llevamos como asalariados que nos olvidamos de que también somos desposeídos, que nuestros ancestros fueron separados de sus tierras, de sus formas de vida y de producir, que fueron llevados a ciudades y barrios marginales para cubrir las necesidades de la vida mercantil. Esto es así, tanto seamos descendientes de “pueblos originarios”, nietos de inmigrantes de cualquier rincón del planeta, mestizos, o mezcla de inmigrantes e indios.
La patria es la organización que se dieron ricos y opresores en sus competencias: ellos crearon Naciones y Estados a costa de miles y miles de vidas proletarias que sucumbieron en trincheras, campos de trabajo, defendiendo fronteras que no eran las suyas. La patria no es más que la excusa para separarnos y oponernos, porque mientras no estemos luchando contra el Capital estaremos luchando entre nosotros y contra nosotros mismos.
En alemán:1. Mai gegen den nationalismus (Traducciones / Übersetzungen)
1ro de Mayo contra la normalidad capitalista
La Caldera
01/05/2022; Buenos Aires
Cuando pisé este lugar por primera vez
sólo deseaba aquella nómina gris del día diez.
Para concederme algún consuelo tardío
Para ello me encadeno a mi esquina y a mis palabras.
Renuncio a faltar, renuncio a enfermar, renuncio a las
faltas por asuntos personales.
Renuncio a llegar tarde, renuncio a irme temprano.
(Fragmento de "Me duermo incluso estando de pie" de Xun Lizhi)
En vísperas de otro 1ro de mayo, del consabido día del trabajador/a y sus consiguientes conmemoraciones, queremos compartir algunas palabras sobre la situación de quienes estamos obligadxs a vender nuestra fuerza de trabajo.
En la región argentina los salarios han perdido entre un cuarto y un quinto de su valor con respecto a 2018; las estadísticas que señalan esto no hacen más que confirmar lo que comprobamos diariamente al intentar adquirir lo necesario para vivir y ver que cuesta (y nos cuesta) cada vez más.
El empleo escasea y es cada vez más precario, esta realidad general nos fuerza a aceptar las cada vez más miserables condiciones que imponen quienes nos contratan, trabajando por sueldos de miseria, hasta cuando estamos enfermxs. Nuestro modo de vida se ha precarizado no solo material sino también socialmente, porque repercute en nuestra salud mental al abocarnos exclusivamente a la supervivencia; convivir con el exceso de trabajo, con no encontrar uno, con siquiera poder consumir aquello que producimos ni eso que llamamos “tiempo libre”.
No es mejor la situación de quienes subsisten fuera del mercado formal de trabajo que, igual que el resto, están atadxs a los vaivenes de la economía. Comprobamos que, sea cual sea la manera en la que trabajamos (contratadxs, de manera informal, de manera autogestionada, subcontratadxs o subsidiadxs por la institución estatal), lo que recibimos a cambio es siempre lo mismo: correr detrás del dinero, entregando nuestro tiempo de vida a cambio de una promesa de progreso que nunca llega.
Por lo tanto, siguen vigentes las preguntas: ¿Para qué y quién trabajamos? ¿Para nosotrxs o para alimentar una carrera insensata que genera ganancias de las que no participamos más allá de lo básico para nuestra supervivencia? Sabemos que abolir esta realidad es improbable hoy en estas condiciones: trabajamos porque no nos queda otra opción y no importa que huyamos a zonas rurales o pretendamos vivir al margen, las relaciones mercantiles rigen hoy la cotidianeidad de nuestras vidas.
A pesar de este sombrío panorama, no todo es normalidad capitalista: ayer y hoy, con avances y retrocesos, aciertos y errores, ha existido y persiste una lucha contra esta dominación y el "sentido común" que se nos ha impuesto. Un rechazo que nos reencuentra con nuestra fuerza colectiva, que a veces sacude ciudades y gobiernos y a veces se muestra en pequeños gestos, pero que a la vez urge mantener vivo, porque sólo desde este rechazo generalizado y expandido contra lo que nos somete y el deseo profundo de otra cosa podemos encarnar la superación de este momento histórico.
No creemos que solamente nuestro rol de portadores de fuerza de trabajo explotable (o de reserva) encarne un rol que puede dar lugar a la revolución social; creemos que, desde la comunidad humana organizada en contradicción a la comunidad del capital, podremos superar y anular esta realidad . Sabemos que somos más que bestias destinadas a mover la desquiciada maquinaria capitalista y tenemos toda la confianza en las capacidades creadoras y realizadoras de la humanidad.
viernes, 7 de mayo de 2021
1° DE MAYO: MEMORIA Y PERSPECTIVAS
Boletín La Oveja Negra
Rosario, Argentina. 2021
Una nueva conmemoración de las jornadas de mayo de 1886 nos encuentra para recordar, compartir, conmovernos, inspirarnos, debatir, reflexionar y agitar.
Nos encontramos otro 1° de mayo en la lucha anticapitalista por la cual hace tantísimos años fueron ejecutados a manos del Estado cinco compañeros y otros tres condenados a cadena perpetua, conocidos luego como los “mártires de Chicago”.
La lucha anticapitalista es tan necesaria como ayer para quienes sufrimos el Capital en carne propia: en cada jornada laboral, sea dentro o fuera de donde vivimos, con o sin salario, con o sin horario fijo, cada vez que buscamos trabajo, cuando padecemos las carencias, cada vez que nos relacionamos con otros seres humanos mediados por el dinero que todo lo cosifica.
Desde hace siglos el proletariado libra combates; sin embargo, aquellas jornadas de mayo en Chicago eran parte de una lucha en la cual proletarios y proletarias se organizaban con una perspectiva emancipatoria. George Engel, tipógrafo y anarquista ahorcado en 1887 lo expresaba de esta manera: «Yo no combato individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da el privilegio. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y quiénes son sus amigos.»
Los compañeros de Chicago y el movimiento del cual formaban parte no lucharon simplemente por las ocho horas. Cuando se referían a “ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de recreación” no se referían al ocio que conocemos actualmente. Querían recuperar ese tiempo para la agitación, el aprendizaje y para confraternizar con sus pares.
Partimos de esta fecha que nos convoca para proponer un breve recorrido a través de las transformaciones de la sociedad capitalista y la incesante lucha por superarla.
El desarrollo industrial
A fines del siglo XVIII el Capital se vuelca definitivamente a la producción y transforma profundamente los procesos de trabajo reorganizándolos, tanto temporal como geográficamente. En Inglaterra se observa patente toda la brutalidad de esta dinámica social en sus inicios. Los propietarios de las fábricas tenían poco éxito para reclutar mano de obra, para ello debían recorrer a menudo largas distancias y privar a los futuros proletarios de sus medios de vida, hacinándolos en las casas que conformarían los barrios obreros.
La constitución del ejército de reserva industrial conllevó, además del despojo, una militarización del conjunto de la vida social. El ludismo, “los destructores de máquinas”, junto a movimientos de resistencia y revueltas fueron respuestas al hambre y la miseria que comenzaba a reinar.
Para frenar a los luditas el Estado debió modernizar su policía; pronto la destrucción de máquinas fue penada con la muerte, mientras que el sindicalismo emergente era tolerado. Se sancionaron leyes para regular tanto el trabajo como algunas libertades civiles. Con esta oscilación entre la violencia y la reforma, el progreso capitalista establecía un método para reconducir la ira de aquellos esclavos modernos, cuyos ataques estaban dirigidos contra los instrumentos materiales de producción y no hacían distinción alguna entre las máquinas mismas y el modo en que eran usadas.
Expresiones luego mayoritarias de los incipientes movimientos obrero y socialista comienzan a expresar gran fe en la ciencia y la maquinaria, o por lo menos a afirmar su supuesta neutralidad.
Las luchas contra la feroz avanzada capitalista comenzaron a reproducirse a lo largo del mundo, muchas de ellas con un claro contenido reformador al interior del capitalismo, otras con una búsqueda más profunda de subversión del orden social.
Fruto de estas luchas surgió la Primera Internacional o Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Fue a partir de las luchas concretas que se desarrollaban, en la práctica masiva de la clase y en el marco de las relaciones de fuerza existentes en cada país, que se pudieron refutar o afirmar las influencias de las distintas tendencias y rupturas. En ese sentido, la segunda mitad del siglo XIX constituye un período de aprendizajes y modificaciones de la lucha revolucionaria.
Los proletarios de diferentes países eran arrojados al trabajo como también a combatir en una trinchera en defensa de la patria. En esta situación de guerras nacionales y competencias interburguesas, decidieron intentar actuar dejando a un lado las fronteras nacionales y uniéndose para enfrentar a la burguesía como una clase internacional.
En los estatutos inaugurales de la AIT nos brindan un gran aporte: «La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos o no será». Es decir, para obtener el triunfo el proletariado necesita de una acción común masiva, a la vez que producir una teoría y una metodología revolucionaria que lo orienten en la lucha. El gran objetivo: la abolición de las clases.
En la misma sentencia podemos leer también que la lucha por «la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase.» Por primera vez el proletariado buscaba tener su propio proyecto revolucionario al margen de la burguesía, pero lo hacía aún cargado de las concepciones burguesas de la política. Si bien era el comienzo de una búsqueda propia, se pensaba mayoritariamente como una continuidad de la revolución francesa, que consideraban inconclusa. La igualdad de derechos y deberes se concebía como un avance hacia el fin de la explotación e incluso como un objetivo revolucionario, como una premisa para la sociedad sin clases. Su “toma de la Bastilla” consistía en vencer a una clase concebida como parasitaria, una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar la misma sociedad, sólo que bajo signo obrero.
En el primer congreso de 1866, en Ginebra, la AIT declaraba que «la restricción de la jornada laboral es una condición previa, sin la cual han de fracasar todos los demás esfuerzos por la emancipación... Proponemos 8 horas de trabajo como límite legal de la jornada laboral». Es decir, se planteaban reivindicaciones concretas inmediatas con una perspectiva revolucionaria. Esta perspectiva es la que fue asumida por trabajadores radicalizados en muchas partes del mundo, tal es el caso del movimiento del que fueron parte los mártires de Chicago.
Reestructuraciones
La reducción de la jornada de trabajo fue el resultado de la lucha de generaciones de proletarios, pero también fue ineludible para el Capital que, a nivel internacional y por sus propias contradicciones internas, estaba atentando contra la base misma de su reproducción. La extensión sin límites de la jornada laboral estaba atacando la reproducción y sobrevivencia de la fuerza de trabajo, de la fuente de plusvalor. Al mismo tiempo que se reducía la jornada, el Capital se transformaba logrando ampliar sus ganancias a partir de la ayuda de la ciencia, con la introducción de maquinarias, disminuyendo el tiempo de producción de las mercancías e intensificando la explotación del trabajo. No obstante es preciso destacar que, ayer como hoy, mientras en algunos países se moderniza, en otros se continúa requiriendo del saqueo y el trabajo esclavo.
En el caso de Argentina, la ley que regulaba las ocho horas se promulgó en 1929, ya como legislación necesaria de la modernización capitalista y su propia regulación. Este ejemplo local evidencia, junto a tantos otros en la historia y en el mundo, que aquello que en un momento puede ser un objetivo de lucha, un ataque directo a la ganancia, una necesidad inmediata impostergable e incluso dinamizadora de potentes expresiones revolucionarias, en otro puede ser simplemente un derecho otorgado para lubricar la maquinaria capitalista.
Esto no significa un desprecio hacia las luchas pasadas, sino un intento por comprenderlas, por poner en tensión aquello considerado una conquista, su relación con una perspectiva de transformación revolucionaria o de reforma al interior del desarrollo capitalista.
Justamente durante las tres primeras décadas del siglo XX el proletariado en Argentina llevó adelante una intensa agitación social. Su máxima expresión se cristalizó en la FORA, con su gremialismo anarquista y sus innumerables iniciativas de propaganda y agitación social, cuya finalidad revolucionaria se orientaba hacia la concreción del comunismo anárquico.
En este contexto la respuesta del Estado argentino a los reclamos sociales y las luchas en curso, ya sea en la ciudad como en el campo, fue siempre la represión, la cárcel, el destierro o la muerte. Ninguna mejora en la vida social fue obtenida sin oponer fuerza a la fuerza y, cuando las energías proletarias se dispersaban, se perdía rápidamente lo conquistado.
Debido quizás a las características geográficas y de organización productiva del país, así como a la fuerte orientación anarquista de federalismo y autonomía en el seno del proletariado, este no realizó una campaña homogénea respecto de la jornada laboral, aunque sí hubo infinidad de huelgas y luchas al respecto.
De la mano dura de la represión se afianzó un proceso de fuerte integración del proletariado en el capitalismo. Esto implica toda una serie de transformaciones en la vida social, en el Estado y sus legislaciones, así como en las organizaciones del proletariado y el contenido de sus luchas. En Argentina es justamente a partir de la década del ‘30 que se cimienta, sobre la derrota de las expresiones revolucionarias, el reformismo sindical y parlamentario que dará luego lugar al peronismo.
Cuando hablamos de integración comúnmente se interpreta un fenómeno ideológico o relativo a la conciencia, algo así como una cooptación, como un engaño o persuasión. Pero nos referimos a las condiciones materiales de existencia: la profundización de la integración de la reproducción de la clase proletaria en la reproducción del Capital, basada fundamentalmente en el desarrollo de la industria y sus elevados niveles de productividad. Este proceso claramente excede lo local y su expresión máxima es aquello que se ha denominado “la edad dorada” del capitalismo, entre el final de la segunda guerra mundial y los años ‘70 con su aumento en los niveles de producción y consumo, con su “Estado de bienestar”.
Los métodos de producción predominantes de este período, junto a una serie de medidas políticas que se implementaron en gran número de países, constituyeron lo que se conoció como el modelo fordista-keynesiano. Como siempre, en el capitalismo conviven diferentes realidades y formas de producción entre las diferentes regiones e incluso en una misma región; por ello tratamos de analizar brevemente sus aspectos determinantes, para acercarnos a la comprensión de las dinámicas sociales, y por ende de lucha, generales en cada momento.
El aumento sostenido de la tasa de ganancia durante varias décadas y el aumento (claramente no en la misma proporción) de los salarios en muchas ramas de la producción posibilitó una pacificación social donde los sindicatos cumplieron un rol importante. Esta situación que podemos comprender como un “pacto de productividad” entre el Capital y el trabajo reforzó el proceso de integración del proletariado. Sin embargo, las barreras puestas por la propia valorización capitalista aparecen una y otra vez. La aceleración de fenómenos como el aumento de la composición orgánica del Capital y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia pusieron en crisis el modelo de desarrollo vigente que comenzó a reestructurarse más ampliamente en la década del ‘70. En el marco de este proceso de agotamiento se desarrollaron importantes expresiones de ruptura en la clase proletaria que decantarían en una nueva e intensa oleada de luchas a nivel internacional en las décadas de los años ‘60 y ‘70.
La derrota del movimiento revolucionario dio vía libre a la reestructuración capitalista de la producción y administración de la economía a través de diferentes procesos. Entre ellos: una renovada introducción tecnológica fundamentalmente apoyada en la “revolución informática”, la aceleración de la industrialización en diferentes regiones consideradas “atrasadas”, la reorganización de los procesos de trabajo y sus correspondientes legislaciones, al tiempo que la expansión de los mercados internacionales. Del mismo modo, la relocalización de fábricas gracias a la introducción de zonas francas permitió el acceso a mano de obra más barata, menos controles laborales, ambientales e impositivos, lo que incentivó una nueva y más eficiente división internacional del trabajo.
Todo esto trajo aparejado una transformación de las condiciones laborales, que dejó atrás muchas de las concesiones y conquistas propias de los niveles de productividad de las décadas anteriores. Se produjo un fuerte aumento de la precarización del trabajo y, por ende, de las condiciones de vida en general. Aquel se estructuró a través de distintas estrategias como flexibilización del uso de la fuerza de trabajo (flexibilidad del contrato de trabajo, pero también de los horarios, de los salarios y de las funciones); aumento de la desocupación y estabilización de un numeroso ejército de reserva que jamás sería incluido al trabajo asalariado; ejecución de procesos laborales estandarizados y simplificados, con la consecuente descalificación de la fuerza de trabajo; ingreso al mercado de trabajo de una cantidad cada vez más masiva de mujeres, que expresa la necesidad de más de un salario por familia; aumento del trabajo no registrado (que comprende desde la implementación de becarios o pasantes en la investigación, hasta la clandestinidad de trabajadores migrantes en talleres textiles); tercerización, subcontratación o externalización de determinadas tareas o fases de los procesos de producción que diseminan y disminuyen las responsabilidades patronales.
Estas transformaciones que el Capital encontró para mantener la explotación y dominación, es decir su propia reproducción, transformaron la reproducción del proletariado quebrando aquella fuerte integración que describíamos anteriormente, dando lugar a transformaciones importantes en las dinámicas de lucha y su contenido.
El presente
Hoy podemos estar seguros de algo que los compañeros en 1886 no podían estarlo tanto. La lucha por las ocho horas fue una lucha por la reducción de la jornada laboral en una situación en la que el capitalista ganaba más haciendo trabajar más tiempo a sus empleados. Los avances tecnológicos y organizativos hicieron que se pueda producir cada vez más en menos horas. Nos indignamos por la situación de aquellos que trabajaban y aún hoy trabajan más de ocho horas, pero no nos sensibiliza de igual forma que alguien trabaje menos de ocho horas bajo modalidades que destruyen cualquier cuerpo humano.
Si bien las categorías básicas del Capital permanecen –valor, trabajo, salario, mercancía, propiedad privada, Estado– mucha agua ha pasado bajo el puente. Las fábricas ya no son el centro de la sociabilidad capitalista, la composición de la clase proletaria no es la misma que antaño, el patrón dólar-oro ya no existe y las culturas proletaria y burguesa se encuentran prácticamente indiferenciadas.
El fin de los “años dorados” supuso la transformación del proletariado en general y una crisis del movimiento obrero en particular. La centralidad del trabajo en la industria y el lugar de la fábrica fue puesta en cuestión e implicó que el obrero industrial ya no fuera visto como el principal protagonista, ni mucho menos como la vanguardia de su clase. Esto significó que toda la experiencia acumulada en base a unas condiciones de trabajo que hacían posible la proliferación de grandes huelgas en los lugares de trabajo, prácticas de sabotaje, rompimiento de máquinas o herramientas, organizaciones de grandes contingentes de hombres y mujeres que compartían la cotidianeidad laboral en el mismo espacio, a veces incluso la vida en el mismo barrio obrero, no sea reproducible bajo las nuevas condiciones.
Evidentemente, estas dieron pie a nuevas formas: cortes de rutas para impedir la circulación de mercancías cuando miles de desocupados ya no pueden impedir la producción, por ejemplo. Por otra parte, y coincidentemente, a partir de ese momento la industria y el progreso capitalista dejaron más que nunca en evidencia la devastación que suponían para el planeta y para quienes lo habitamos. Comenzaron a gestarse cada vez más movimientos contra los efectos nocivos de la producción hacia la salud y el ambiente. Pero el abordaje de nuevas problemáticas o, mejor dicho, el abordaje de problemáticas históricas como novedad no necesariamente desembocan en la crítica y la lucha anticapitalista. Si bien las reivindicaciones salen masivamente de la esfera del trabajo para poner en cuestión diferentes aspectos de la reproducción social en su conjunto, se ha mantenido en la mayoría de los casos una perspectiva que parte de los niveles de la integración de antaño.
El retorno a los inicios del movimiento obrero o del Estado de bienestar no es deseable ni posible. Las luchas del pasado nos inspiran de cara al futuro, pero debemos quitarnos el lastre de la nostalgia progresista.
Hoy el Capital continúa pauperizando nuestras condiciones de vida. La extensión de la informática a cada vez más esferas del trabajo y de la sociabilidad en su totalidad junto a las medidas de aislamiento, profundizan la difícil situación a la que tenemos que hacer frente los proletarios y proletarias en nuestro día a día, y que debemos analizar a la hora de organizarnos si queremos transformar la realidad.
¿Cómo llevar a cabo la resistencia, incluso el más mínimo sabotaje, cuando todas las herramientas son nuestras y el lugar de trabajo es donde vivimos, cuando los niveles de desocupación crecen día a día, cuando no nos podemos encontrar con nuestras compañeras de trabajo más que a través de una pantalla, cuando las horas del día no parecen tener fronteras entre trabajo y no-trabajo, cuando la represión en las calles está legitimada por el discurso del “cuidarnos”? Son algunas de las preguntas que nos hacemos este primero de mayo.
La reestructuración capitalista produce el declive de la identidad obrera y la explosión de múltiples identidades, algunas de ellas vinculadas a las nuevas formas de lucha proletaria.
Las revueltas desatadas en diferentes partes del mundo en las últimas décadas, así como los “nuevos movimientos sociales”, a pesar del carácter interclasista y ciudadanista que observamos en muchas ocasiones, dejan en claro la persistencia de la lucha de clases. Al mismo tiempo nos advierten del carácter diverso que el proletariado tiene y ha tenido. La centralidad de la reproducción social en las luchas nos recuerda que la revolución debe implicar bastante más que la certeza de tener techo y comida. Debe atender, no solo como punto de llegada sino de partida, la denominada cuestión de género, lo racial, la sexualidad, la familia, la naturaleza de la cual formamos parte.
En las revueltas de nuestro tiempo, hoy atravesadas por la declaración mundial de pandemia, está muy claro que no hay una perspectiva de gestionar el objeto de las protestas. Solo los civilizadores progresistas proponen nacionalización, gestión obrera, referéndum, cambios en la administración capitalista. Pero no hay un mismo proyecto que tanto proletariado como burguesía deberíamos defender, gestionándolo de diferentes maneras. No se trata de una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar esta sociedad, sino de luchar contra el Capital en tanto que sociedad, que relación social.
El capitalismo, por sus propias contradicciones internas, no puede mejorar nuestras condiciones de vida. Por otra parte, esta conflictividad social tiende además a sincronizarse porque las medidas de austeridad en épocas de crisis son globales, porque el aumento de la explotación y el empeoramiento de las condiciones de vida no son un problema nacional o de políticas neoliberales. Ni los burgueses eligen este escenario ni los proletarios en lucha elegimos el nuestro. Las fuerzas ciegas de la economía nos han traído hasta acá. Ahora es importante saber qué hacemos, no de cara al futuro ¡sino lo que ya estamos haciendo!
Cada contexto produce condiciones diferentes para la revolución y genera contradicciones (materiales, no morales; sociales, no individuales) particulares. Estas pueden hacernos importantes señalamientos acerca de la sociedad capitalista y su superación, pero la revolución finalmente dependerá de lo que podamos hacer en tanto clase. La lucha es inevitable y necesaria, nos transforma y buscamos transformarla en una definitiva. Nuestra preocupación es que la lucha de clases sea capaz de producir algo más que su propia continuación.
Por esto confiamos en que es tan importante no solo participar sino también comprender, estudiar y debatir el desarrollo de las luchas del presente. Porque en las posibilidades y condiciones de estas luchas, en sus críticas y rupturas, se delinea el horizonte revolucionario del presente.
1° DE MAYO: EL TRABAJO NOS ENFERMA
Biblioteca La Caldera
Buenos Aires, 2021
«Ya está visto que el problema del contagio no está en las fábricas, no está centralmente en los negocios donde con distancia social se puede atender a los clientes; el problema central está en las reuniones sociales, donde la gente se distiende y – en ese momento de distracción, de esparcimiento – es mucho más fácil contraer el virus.» Anuncio del presidente de la Nación, Alberto Fernández sobre nuevas medidas. Jueves 15 de abril - 2021Las condiciones de vida durante este año y medio de pandemia mundial han empeorado para todos. Para quienes nos vemos obligados a trabajar (sea bajo patrón, precarizados, autogestionados o asalariados) esto se siente tanto en la disminución de nuestros ya escuálidos ingresos, como en la necesidad de movilizarnos al trabajo preocupados por cuidar nuestra salud y asfixiados por las exigencias burocrático-sanitarias; al tiempo que nos vamos desgastando entre la angustia porcontagiarse de COVID y la esperanza de que todo esto se acabe pronto para encontrarnos con la gente que queremos.
Pero hay que ser claros, la crisis que estamos atravesando no se debe al virus. Desde antes de su aparición, la precarización, la subida del costo de la vida, el desempleo y la destrucción del entorno natural, eran pan de cada día. Hoy, con pandemia, eso solo se ahonda y nos muestra que el rol del Estado, acá y en todas partes, es mantener el orden para asegurar el desarrollo de los negocios, garantizando que siga girando la rueda del capital. Para fomentar su idea de una “nueva normalidad” (que en lo esencial no es más que la misma vieja normalidad) los gobiernos en todos lados han recurrido tanto a “los palos como a las zanahorias”, para que nosotros, los trabajadores, mantengamos con ritmo el movimiento de sus negocios demostrando cuánto importan nuestras vidas en este sistema capitalista: NADA.
Específicamente en Argentina se nos ha dicho que, ante lo excepcional de la situación, hay que anteponer la salud a la economía. Sin embargo, el discurso colisionó contra la realidad capitalista. Se nos incentiva a no salir y a no usar el transporte público, diciéndonos que este está reservado para los trabajadores definidos como “esenciales”; pero lo realmente esencial para nosotros es conseguir los medios para subsistir. Con permiso o no, nos vemos obligados a movilizarnos para obtener algún dinero u otro medio para acceder a las mercancías que nos aseguren el alimento, el abrigo y alguna otra cosa. Se nos dice que no viajemos hacinados ¡cómo si alguna vez hubiésemos tenido la opción de elegir!
Mientras que, en los trenes, en los colectivos y en los lugares de trabajo estamos en constante contacto con otras personas; se nos dice que lo que tenemos que evitar son las reuniones sociales, que estas son el foco de los contagios. No sólo eso, sino que también se promueve la delación de los vecinos ante cualquier actividad que rompa con esta norma, siendo estas reuniones susceptibles a ser interrumpidas por las fuerzas represivas. Todo esto amplificado y alentado por la mierda de los medios de comunicación.
Así, en su discurso, “el trabajo es salud”, nuestros encuentros afectivos son el peligro y cuidarnos es denunciar al que no cumple. Pero la verdad es que no les importan ni nuestra salud ni nuestras vidas, solo les importa la reproducción de capital garantizada por el estado a través del control de las fuerzas represivas. De casa al trabajo y del trabajo a casa (si es que tenemos casa y trabajo), a morirnos aislados o soportarnos hacinados, enfermos de coronavirus, llenos de impotencia o depresión.
Todo esto que hemos experimentado el último año y medio debería hacer más evidente lo que se oculta detrás de cada mercancía que producimos y consumimos: en la sociedad capitalista lo esencial no es satisfacer nuestras necesidades, sino mantener en movimiento al capital, que aquello que se ha producido sea vendido. ¿No es acaso para eso que dicen cuidarnos? Para seguir trabajando y seguir consumiendo.
Y pese a todo, el trabajo es enaltecido en el imaginario colectivo como “digno”. Sabemos que es tedioso, aburrido, desesperante; pero es la forma que han tomado todas las actividades humanas en la sociedad capitalista, la única forma aparente de satisfacer nuestras necesidades materiales. En este proceso perdemos la perspectiva del conjunto de relaciones y consecuencias en nuestra vida que su naturalización acarrea, porque nos vemos envueltos en su lógica y su razón. Sin embargo, la actividad humana no siempre fue una mercancía a la venta y no tiene por qué seguir siéndolo para siempre.
Por eso, nuestra propuesta debe ir más allá de mejores condiciones laborales, debe cuestionar la normalización del trabajo asalariado y la producción capitalista que solo se nutre del robo de nuestra fuerza y energía vital. Porque lo que esta sociedad llama “saludable” no puede ser vivir para trabajar, con miedo a enfermarse. Nosotros somos quienes llevamos adelante la reproducción de esta realidad, debemos relacionarnos e implicarnos por fuera y en contra de sus lógicas, en la búsqueda colectiva hacia la trasformación radical (desde la raíz) de nuestra existencia. ¡Ese es el verdadero virus que debemos propagar!
¡Con la memoria histórica de nuestras luchas, por la destrucción de la sociedad capitalista!
1 de mayo: Producimos nuestra ruina, arruinemos su producción
Vamos hacia la vida
Santiago de Chile, 2021
Cada primero de mayo es un agridulce recordatorio de nuestra historia como proletarios y proletarias.
Este día resume todas las contradicciones tanto de la sociedad de la explotación mercantil, como de la lucha revolucionaria por la superación de ésta, es decir, por una sociedad que esté más allá de la explotación del trabajo y de producción de mercancías, lucha que sin embargo ha acabado muchas veces con su reforzamiento.
De esta manera, el movimiento obrero tradicional, y sobre todo bajo la conducción de la socialdemocracia, se enfrascó en la lucha contra un polo de la relación social capitalista, es decir, contra el capital personificado en la clase capitalista, en los patrones, enalteciendo su propia identidad de trabajador y postergando, u olvidando, la abolición de la relación capitalista como tal. De allí que durante el siglo XX todas las revoluciones -pese a la existencia de minorías revolucionarias críticas con el proceso- terminaran en la modernización capitalista de los “países atrasados” (Rusia, China, Cuba, etc.).
Desde el origen mismo del capitalismo, su desarrollo y consolidación ha debido sortear la tenaz resistencia de comunidades humanas que se negaban a alimentar con sus vidas el brutal ciclo de producción y acumulación de valor. El primero de mayo nos recuerda esto con claridad: tras la demanda aglutinante de fijar en 8 horas diarias la jornada laboral, se encontraba la necesidad concreta de trabajar menos (recordemos que las jornadas se extendían normalmente por 12 o más horas).
A pesar de los años transcurridos desde mayo de 1886, actualmente el capital en su constante reformulación sigue perpetuando la explotación de la actividad humana ya no mediante las extensas jornadas laborales de doce horas, sino que a partir de la introducción de diversas tecnologías que amplían el espacio y el tiempo del trabajo hasta nuestros hogares con el llamado teletrabajo. Además, la misma dinámica del trabajo, producto del desarrollo tecnológico en las diversas ramas productivas, crea una creciente masa de seres humanos “sobrantes”, expulsad@s de las esferas directamente vinculadas a los ciclos productivos, extremando la precarización que sufren millones de personas alrededor del globo, lo que solo se irá incrementando en el tiempo. Quien pretenda retroceder a los pasados años “dorados” del capitalismo keynesiano, y seguir enalteciendo la ideología del trabajo, está condenado irremediablemente al total fracaso.
Considerando el hecho de que nuestra clase produce con sus esfuerzos toda la riqueza de esta sociedad, la izquierda del capital ha levantado el mito de que el socialismo sería la mera toma de posesión de ésta, de los medios que la producen y de su repartición “más justa”. Es cierto: todo lo que se produce, crea y construye es obra del proletariado, o más bien de su explotación, de su actividad enajenada. Pero el mundo que construimos bajo la dirección ciega de la necesidad de acumulación de capital es cada vez más invivible, la inmensa riqueza producida por esta sociedad es miseria generalizada para la vida de millones de proletari@s. La crítica al capital es necesariamente una crítica a la forma en que se lleva a cabo la producción de mercancías, a la descomunal devastación que genera inevitablemente del entorno natural, a las condiciones cada vez más horribles de subsistencia a la que nos condena: que mejor ejemplo que la actual crisis sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus, a la que solo puede responder llevando al extremo su sistema represivo.
Esta sociedad ha fomentado también, con su culto al trabajo y al productivismo, la acentuación de la jerarquización sexista y de la relegación de las mujeres al plano invisible del capital en donde desaparece al considerar como natural su rol e improductivas sus actividades, inclusos las asalariadas. Silenciando la centralidad que posee su explotación para la creación y subsistencia de la civilización capitalista. La relegación al llamado “trabajo doméstico” y/o de cuidados ha llevado a generaciones de mujeres a buscar la posibilidad de una relativa autonomía de la que gozan la mayoría de los varones en el acceso a diversos ámbitos sociales, políticos y económicos.
La situación de la mujer y la dominación patriarcal no son meros vestigios de antiguas y retrógradas sociedades patriarcales, sino el muy actual resultado lógico y necesario de la presente organización capitalista de nuestro mundo. No es a través de la incorporación de las mujeres en esferas tradicionalmente masculinas como se superan las relaciones patriarcales, sino en la abolición de estas instituciones y las relaciones sociales que las engendran, mediante una lucha que reconoce su especificidad, que no hipoteca sus posibilidades por cantos de sirena que prometen una liberación luego de una revolución mitificada, y que no se reduce a una -por lo demás imposible en las actuales condiciones- participación igualitaria en la administración del mundo existente, como pregonan hoy con más fuerza los aparatos políticos de diferentes colores, que ahora se jactan de tener sus propios brazos feministas, luego de años de silenciamiento y, muchas veces, complicidad y encubrimiento del abuso de mujeres.
Trabajo viene del latín tripalium, que era una herramienta romana con tres puntas que se utilizaba como instrumento de tortura para esclav@s y re@s.
Somos actor@s del mundo. Nuestro acto es también cambio en la naturaleza y con la naturaleza, lo que a veces se confunde con la idea de que el ser humano, al modificar su realidad para sobrevivir, está “trabajando”. El trabajo asalariado, el trabajo que intercambiamos por un salario, es nuestro tripalium. Por eso defendemos nuestra vida frente al trabajo y todo lo que podamos arrancar lo arrancaremos de cuajo, cada mejora que podamos tomar la tomaremos sin dudar, pero también apuntamos a un horizonte llamado comunismo. Este horizonte no contempla el trabajo asalariado, contempla la acción en el mundo sin mediaciones, es decir, la distribución directa de los bienes sin la intervención del dinero, los salarios u otros mecanismos.
Hoy el carácter indispensable del trabajo, de nuestra explotación, para mantener las ganancias de la clase capitalista, se hace mucho más evidente con las medidas represivas y de control social que llevan a cabo todos los Estados en nombre de la crisis sanitaria, donde nos prohíben toda actividad comunitaria que no esté directamente vinculada con la producción y el consumo. Así, las actividades que conllevan mayor riesgo de contagio y expansión del virus, como el transporte hacinado, las condiciones inadecuadas en los lugares de trabajo y los grandes centros comerciales, siguen en funcionamiento, mientras reprimen brutalmente lo que se salga de esos estrechos márgenes. Esta realidad ya no podemos soportarla más.
viernes, 1 de mayo de 2020
[Argentina] 1° DE MAYO: EL TRABAJO ES LA PESTE
En un mundo con trabajo jamás habrá suficiente para todos. El desempleo es una condición del mundo del trabajo. El desempleo es un rasgo permanente y estructural de la sociedad capitalista, que precisa de una masa de desocupados para garantizar bajos costos salariales y condiciones laborales siempre deficientes. En otras palabras, si todos estuviésemos empleados o tuviésemos la posibilidad de cambiar de un empleo a otro podríamos exigir siempre mejores sueldos o mejores condiciones laborales sin el fantasma del desempleo pisándonos los talones.
Sin embargo, nuestra realidad es que quienes somos privados de nuestros medios de producción generalmente debemos vender nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir. Aunque existen otras posibilidades como sobrevivir a costa de ayudas estatales o del robo o la estafa, lo cual se asemeja bastante a un laburo.
El término proletariado es relativamente antiguo, tiene más de 2000 años y se rastrean sus orígenes en el Imperio romano. Los proletarii (los que crían hijos) eran quienes conformaban la clase social más baja (la sexta clase), los pobres sin tierra. Exentos del servicio militar y de impuestos, carecían de propiedades y solamente podían aportar prole (hijos) para engrosar los ejércitos del imperio. El término fue rescatado por Karl Marx, seguramente en sus estudios de Derecho romano, para identificar en el capitalismo a la clase sin propiedades ni recursos más que su fuerza de trabajo y sus hijos. Los proletarios modernos que, privados de medios de producción propios, nos vemos obligados a vender nuestra fuerza de trabajo para poder existir.
En unos viejos manuscritos de Marx, de 1844, señalaba que: «en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. (…) Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a sí mismo, sino a otro.»
Por tanto, es evidente que cuando insistimos otro 1° de mayo con la consigna «¡Abajo el trabajo!» no estamos proponiendo abandonar el empleo mientras existe el mundo del trabajo, sino que proponemos la lucha por abolir la sociedad del trabajo, y por tanto de la propiedad y de su administrador: el Estado. No proponemos dejarnos morir de frío y hambre sino luchar por un mundo sin dinero: el comunismo. Para que nuestra especie pueda satisfacer en común sus necesidades de alimento y techo, así como de goce y creatividad sin convertirlas en una coartada para generar ganancias y jerarquías sociales.
Índice de mortalidad
De acuerdo al Informe Anual de Asesinatos Laborales en Argentina ha muerto más de un trabajador por día en su puesto de trabajo en el año 2019: «Considerando los días laborables, es decir quitando domingos y feriados, la recurrencia se traduce en una trabajadora o trabajador cada 14 horas.»
El espacio Basta de Asesinatos Laborales (BAL), desde el año 2018 y mediante un observatorio propio, realiza un relevamiento de los asesinatos laborales en Argentina, recopilando todas las noticias publicadas por medios de comunicación y relevando las cifras oficiales que publica la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT). Desde el espacio señalan a su vez que en el último informe han logrado incluir buena parte de aquellos perpetrados sobre trabajadores no formales, a la vez que comenzaron a analizar los casos de enfermedades laborales que no concluyen en muertes.(1)
Estiman que aproximadamente 200 de los 534 casos relevados en el presente informe no fueron reconocidos por ninguna patronal ni cubiertos por ninguna Aseguradora de Riegos de Trabajo (ART).
Es importante recordar que en este informe sólo se incluyen las muertes en el lugar de trabajo, excluyéndose los asesinatos llamados in itinere (en el desplazamiento de la casa al trabajo y del trabajo a la casa). Históricamente, sabemos, esos asesinatos, que tampoco accidentes, son de una magnitud semejante a los ocurridos en el trabajo.
La causa más numerosa de muertes laborales es el choque de vehículos. Esto se da especialmente en transporte de cargas pero afecta también a otros trabajadores que desarrollan sus tareas en la vía pública. Y nos es imposible separar esto de la peste urbanística. Los denominados accidentes de tránsito son una de las principales causas de muerte en el mundo entero. La experiencia nos demuestra que mientras existan ciudades y automóviles no se podrán evitar, por más campañas de concientización que se realicen. El automóvil se apropia de las calles de la ciudad con una agresividad comparable a los tanques de guerra en territorio enemigo. No solo las rutas y autopistas, la ciudad está diseñada para el transporte, por tanto es más bien excluyente de los seres vivos o los incluye en tanto que transporte de la mercancía fuerza de trabajo.
Debemos señalar la falta de descanso, el apremio por los tiempos, la falta de personal, el no respeto por el descanso entre jornadas, así como la falta de mantenimiento de los vehículos. Pero tampoco podemos plantear aisladamente el problema del transporte, debemos ligarlo siempre al problema de la ciudad, de la división social del trabajo y la división del espacio capitalista: un lugar para trabajar, otro lugar para alojarse, otro para aprovisionarse, otro para instruirse y otro para divertirse.
En segundo lugar se encuentra la construcción, donde son altamente frecuentes los “accidentes” de todo tipo. Y aquí se deben hacer algunas precisiones. En esta rama, el trabajo no registrado es mucho mayor que en la mayoría de las actividades (abarca más del 40% de los trabajadores asalariados), y además hay un alto porcentaje de falsos cuentapropistas que en realidad trabajan para empresas constructoras. Las principales causas de muerte suelen ser el derrumbe o desplome de edificios y las caídas de altura. Ambas formas son indicadores claros de trabajo en condiciones precarias, sin equipamiento ni instalaciones seguras.
En tercer lugar, nos encontramos con la actividad agropecuaria, donde el trabajo precario es moneda corriente. Aquí debemos tener en cuenta que, al igual que en la construcción, el trabajo no registrado es muy elevado (llegando a casi al 50%), de modo que el subregistro de las muertes también es muy pronunciado en este sector.
También cabe señalar la importante, e inesperada, cantidad de muertes detectadas en la rama de la administración pública y la educación. Demostrando que los asesinatos laborales no se dan sólo en el ámbito privado sino también entre los trabajadores del Estado, y que no es necesario estar en zonas o trabajos de riesgo para morir por las ganancias de un burgués y por el mantenimiento del orden capitalista.
En base al relevamiento del Informe de BAL cerca de la mitad de los trabajadores muertos eran personas jóvenes, menores a los 40 años. La edad promedio es de 42 años. Pero también resaltan aquellos casos de personas de edad avanzada, que deberían estar jubiladas y murieron trabajando para, contradictoriamente, ganarse la vida. Además, como se señaló en el anuario 2019, se conocen casos de personas jóvenes, en su primer empleo o sus primeros días de trabajo, que fueron enviadas por las jefaturas a realizar tareas muy peligrosas, sin la capacitación adecuada y los elementos de seguridad necesarios.
En este marco, quienes confeccionaron el Informe comparten una inquietud respecto de los datos de su observatorio: la baja proporción de mujeres que hay en la totalidad de los asesinatos laborales relevados, los cuales constituyen el 10% de los casos. Señalan también que, al ser mayormente elaborados a partir de las noticias publicadas en distintos medios de comunicación, lamentablemente los datos reproducen la carencia de información sobre otras identidades de género que pueden ser invisibilizadas en la construcción de las noticias.
Podemos agregar que, en Argentina, según datos del 2015, el porcentaje de las mujeres que trabajan o buscan hacerlo se ubicó en 66,6% si se considera a la población de entre 25 y 54 años. Entre los hombres, en cambio, en ese rango de edades el índice llega a 94,3%.
Las cifras en Argentina son muy ilustrativas: en cuanto a las denominadas actividades primarias (agricultura, ganadería, pesca, caza, forestal, minería) la participación de mujeres es mucho menor, al igual que en la industria, el sector de electricidad, agua y gas, así como en la construcción. En el comercio la relación no es tan drástica, y aún más equilibrada en lo que refiere a servicios. En salud y educación la proporción de mujeres es mayor, y alcanza el 99% en el trabajo doméstico. Del mismo modo en la prostituciín la amplia mayoría de quienes la ejercen no son hombres.
Donde sea que miremos podemos observar que los trabajos llevados a cabo por mujeres son generalmente aquellos considerados “femeninos”. Por otra parte, ya que algunas mujeres tienen bebés en algún momento de sus vidas, el mercado considera que todas las mujeres pueden tener bebés y van al mercado de trabajo con una desventaja potencial. En la sociedad capitalista la exaltación de la maternidad convive con su consideración como un obstáculo.(2)
Enfermedad laboral
Así como el trabajo fulmina en minutos o segundos, hay muertes que se producen lentamente. La explotación nos daña física y psíquicamente, si es que vale la pena hacer tal diferencia.
En dicho Informe señalan que el patrón de desgaste, o sea el modo y la velocidad con que las patronales nos enferman, nos accidentan e incluso nos matan, depende del lugar y la forma en que participamos en la producción.
En Argentina la mayoría de las denuncias de enfermedades laborales hechas a las ART son negadas, dadas por preexistentes o se culpabiliza a los mismos trabajadores de sus enfermedades. Del mismo modo que se culpa a los trabajadores en los “accidentes”. Las empresas de salud así como los sindicatos también tienen como prioridad la ganancia ante la vida, esto no hay que olvidarlo jamás. Y cuando se hacen cargo monetarizan las muertes, las mutilaciones, las enfermedades, nada escapa de la lógica capitalista, de la cual son aguerridos defensores.
Y la moral del trabajo naturaliza nuestras molestias y lesiones: “son gajes del oficio”, “no te quejes que este es un trabajo de hombres”, “se queja porque es una histérica”, “el trabajo no es pesado, son vagos”, “le pasó porque se descuidó”, “ya vino loco de antes”.
Y cuando se atienden las enfermedades o lesiones la medicina lo hace, cómo no, desde la ideología dominante. La forma de atender y entender las enfermedades por parte de este modelo es fundamentalmente biologicista, individualista y ahistórica. Y esta concepción no es inocente ni está aislada del resto de explicaciones de la realidad que el capitalismo pretende imponer. No puede más que fundamentar técnicamente la idea de que la enfermedad está causada por agentes externos que causan daños sobre un huésped en un ambiente dado. Es decir, los fenómenos se consideran aislables y de carácter individual lo cual permite identificar los agentes presentes en un ambiente para buscar la corrección de su incidencia. Pero son las condiciones laborales las que nos enferman, su exigencia, su inestabilidad, su rutina, su esfuerzo desmedido, su violencia institucional, sus movimientos repetitivos, sus acosos sexuales, las largas jornadas, el salario que nunca alcanza, la mierda que generalmente producimos.
¡Abajo el trabajo!
Desde el comienzo dijimos que no se trata de accidentes. Porque hay desidia y desprecio de los patrones, sea este un particular o el mismísimo Estado. Estos “accidentes” son responsabilidad absoluta de quienes mantienen y se benefician de este orden capitalista: patrones, empresarios, sindicalistas y gobernantes. Ellos son quienes calculan las pérdidas en dinero, se rompa una maquinaria, se pierda una licitación, pierdan un juicio o se muera un trabajador.
No fueron hechos aislados, son el resultado del ahorro patronal, de la falta de control estatal en connivencia con los sindicatos. Podemos afirmar que si pudieron evitarse no son accidentes, son asesinatos. Pero ¿pueden evitarse completamente? La triste realidad es que no, porque como señalábamos al comienzo de eso se trata el mundo del trabajo: de generar ganancias y no de crear lo necesario para vivir y cuidar a quienes trabajamos. Esto queda demostrado en las denominadas “huelgas a reglamento” (o “huelgas de celo”), la cual consiste en que los trabajadores cumplan estrictamente la normativa laboral de salud e higiene, y con rigurosa aplicación de las disposiciones de los convenios laborales. Esto causa una paralización de la actividad, dejando en evidencia que el trabajo precisa hacerse mal, rápido y a lo bruto para que funcione y genere las ganancias necesarias.
Hay, entonces, una necesidad que nos lleva más allá del trabajo, y es la de generar una profunda transformación social.
Es a partir de nuestras condiciones de existencia que sacamos las lecciones para “hacer teoría” y no tenemos “principios” previos a los hechos. El malestar y la necesidad que padecemos quienes trabajamos, las situaciones de precariedad y peligro a las que nos vemos sometidos, nos fuerzan a tomar conciencia de la sociedad en la que estamos y a la cual contribuimos día a día a mantener. De nosotros depende ampararnos en personajes que nos quieren dirigir y nos llevan a diversos callejones sin salida o comenzar a pensar y explorar otras posibilidades. Para esto es importante que no confundamos la defensa de la fuerza de trabajo con la defensa de la fuente de trabajo. Ni defendamos la ganancia de los explotadores. Ni confiemos en quienes viven de nuestro esfuerzo. No sirve atacar individuos sin atacar su rol social. Es cierto que la injusticia no es anónima, tiene nombre y dirección, pero cambiarle el rostro y mudarla no acaba con la injusticia.
En 1886, los proletarios revolucionarios recordados como “los mártires de Chicago” luchaban en lo inmediato por las 8 horas, es decir, por trabajar menos. Y luchaban también por la revolución social, por el comunismo y la anarquía. La revolución social no es algo diferente de nuestras necesidades urgentes, aunque tampoco es simplemente la suma de nuestras reivindicaciones inmediatas. Las reivindicaciones por menos horas de trabajo o para no exponernos a determinados riesgos en nuestros lugares de trabajo, manteniendo el mismo salario, son un ataque directo a nuestros explotadores, a su ganancia. Asumamos esa lucha hasta el final.
Y eso significa reapropiarnos de los medios para la satisfacción de las necesidades de alimento, techo, vestimenta, placer, comunicación y transporte, con el objetivo de atacar al Capital y abolir las clases sociales y el Estado. El salto entre las revueltas y la revolución no se resuelve con una unificación política o sindical del proletariado sino por las rupturas necesarias con el orden existente.
¡Viva el 1° de mayo! ¡Viva la revolución social!
[Chile] 1 DE MAYO: “ME MATAN SI NO TRABAJO, Y SI TRABAJO ME MATAN”
1 de mayo.
Levantarse en una mañana fría, sin haber descansado bien, pensando con angustia sobre el futuro. Ir a esperar micro o metro, junto a una gran cantidad de personas que, al igual que unx, deben ir al trabajo. El transporte también va lleno. ¿Cuál era la distancia segura? ¿Un metro y medio? ¿Dos metros? Lo único seguro es que es imposible mantenerla. La locomoción colectiva está hecha para transportarnos hacinadxs. Mientras más personas entren en un menor espacio, mejor. Mejor para los que lucran con ello, claro. Pero no importa. Debemos seguir. Llegar al puesto de trabajo, probablemente en un espacio cerrado, con mala ventilación, pocas y limitadas medidas de resguardo, exceptuando las que nacen de la propia iniciativa individual o colectiva. Y así toda la jornada laboral, expuestxs al riesgo que los medios se encargan de convertir en paranoia. Termina el día, vuelta a casa. Una hora o más viajando. Mismas condiciones insalubres que en la mañana. Y el hogar, que por todos los medios oficiales se publicita como un lugar seguro, en el que debiéramos encontrar cariño y refugio, a menudo no es más que una fría reanudación de las relaciones opresivas y mercantilizadas de la sociedad entera. Los casos de violencia y abuso contra mujeres y niñxs se multiplican. Pero no se puede escapar. Afuera, el toque de queda, la amenaza uniformada que hace unos meses ha vigorizado su impune brutalidad. ¿Dejarlo todo? Significaría asumir el hambre, quedarse sin techo, sin acceso a los mínimos servicios que este sistema puede ofrecer. Sí, el trabajo nos mata por acción u omisión. Y esta realidad, atenuados unos aspectos, recrudecidos otros, se repite en todo el país. En todo el planeta.
Y es que este mundo gira en torno al trabajo. Nuestro trabajo. Es decir, nuestra explotación. El riesgo de contagiarnos por COVID-19, de esparcir el virus en la población, no puede poner en riesgo la “vida” de la economía. Así lo han reconocido abiertamente empresarios y políticos. “Hemos optado por seguir operando, (…) parar es una sobrerreacción que no tiene sentido” (Arturo Clement, presidente de SalmonChile). “No podemos matar la actividad económica por salvar vidas” (Carlos Soublette, presidente de la Cámara de Comercio de Santiago). Arranques de honestidad de la clase dominante, que confirman lo que todxs, de una u otra manera, ya sabemos.
Para asegurar la continuidad de este modo de vida basado en la explotación, el trabajado ha sido revestido de un aura de santidad. Existe toda una moral construida en torno a él. Pareciera ser lo más natural del mundo: que nuestras vidas sean consumidas en labores la mayor parte del tiempo desagradables, cuya utilidad desconocemos o no nos interesa conocer, con el único fin de asegurarnos lo mínimo para sobrevivir y volver al día siguiente a producir. Y consumir. Sin parar.
Pero la actividad humana creativa, intelectual y física, no se despliega bajo la forma del trabajo como se nos presenta hoy. Todo lo contrario. Se encuentra secuestrada y sofocada por este. La función del trabajo en la sociedad capitalista es solo generar ganancias para la clase propietaria. De esta forma, la humanidad queda despojada de la capacidad de decidir sobre su presente y porvenir. Se encuentra alienada. Física y mentalmente. Son las cosas que producimos en la explotación del trabajo, las mercancías, las que finalmente nos poseen. No nosotrxs a ellas, aunque paguemos por tenerlas. El salario con el que pagamos es la fracción que la clase capitalista nos asigna, luego de quedarse con buena parte del valor que generamos (plusvalor), para que sobrevivamos y mantengamos en circulación las mercancías y el dinero. A su vez, el trabajo determina roles en la sociedad dependiendo de nuestras características biológicas (sexo, “raza”), que perpetúan y maximizan sus beneficios.
Ahora, quieren acostumbrarnos a su desvergonzadamente anunciada “nueva normalidad”. El show debe continuar, la economía no puede verse amenazada, tenemos que volver a nuestros puestos de trabajo, aunque bajo anuncios de planes de “retorno seguro”.
Son las aglomeraciones directamente relacionadas con la dinámica del trabajo las que concentran el mayor riesgo de contagio de COVID-19: en el transporte público y en los mismos centros laborales. Estos sitios no han detenido su continuidad. Sin embargo, se restringen aquellas actividades que conllevan menos peligro de contagio, como paseos por parques o plazas, que no exigen hacinamiento alguno. Se endurece la dictadura de la economía. Se implementan por la fuerza los sueños de nuestros patrones: de la casa al trabajo, del trabajo a la casa. Se permite en el intertanto un paseo por los templos de consumo. Producir y consumir. Militares en las calles. Aislamiento social. Que no quede rastro de comunidad.
La pandemia del coronavirus ya no deja espacio para dudas. La naturaleza asesina del trabajo ha quedado totalmente al descubierto.
Pero también hace solo unas semanas colmábamos las calles de vitalidad subversiva. No nos hemos olvidado de aquello. La normalidad que nos condena a la enfermedad y la muerte parecía saltar por los aires. Ni la represión ni el encuadramiento demócrata lograban plenamente su objetivo de desactivar la revuelta. Hoy debemos prepararnos para protagonizar un nuevo capítulo en la lucha por recuperar nuestras vidas contra la dictadura del Capital.
Tal como hace más de un siglo el movimiento obrero se alzó en Estados Unidos, como lo hacía en todo el mundo, contra la explotación, exigiendo trabajar menos, hoy retomaremos una nueva oleada revolucionaria, por emanciparnos de nuestra condición de esclavxs asalariadxs.
Combatamos las medidas del Capital, que solo aplicarán represión para intentar contener una crisis que le es inmanente e inevitable. Defendamos la autonomía de clase frente a toda la institucionalidad burguesa y sus agentes que pretenden erigirse como nuestrxs representantes.
No por nada la palabra “trabajo” deriva del latín “tripalium”, instrumento de tortura similar a un cepo. Abajo el trabajo. Viva la actividad humana libre de toda explotación y mercantilización, solidaria, comunitaria y creativa.
¡ABOLICIÓN DEL TRABAJO!
domingo, 11 de mayo de 2014
Comunicado de los convocantes del Bloque Libertario, ante los hechos ocurridos en la manifestación del primero de mayo de 2014 en Barcelona.
En este contexto, el conflicto social y sus manifestaciones surgen de todos los poros del cuerpo social. Desde Río de Janeiro hasta Atenas, desde Sarajevo hasta Londres, las calles arden. No es una cuestión de la iniciativa de una o de otra sino una condición social generalizada, generada por las tensiones que crean las decisiones y las políticas de los dueños de este mundo.
La cuestión para las que luchan contra la barbarie dominante es organizar esta rabia, dotarla de los medios prácticos y teóricos para ser más eficaz en su lucha contra la explotación y la miseria, y así crear la posibilidad de un mundo de libertad e igualdad. Ahora es el momento de la acción; ahora es el momento de organizar y generalizar el conflicto; ahora es el momento de dejar de respetar las leyes y las normas que legitiman y garantizan las violaciones cotidianas impuestas por el capital y sus aliados políticos.
Sólo los que son cómplices de los expolios del Estado y del capital en nuestras vidas, o los que tienen tanto miedo que no pueden asumir la tremenda tarea de organización del proceso revolucionario que la sociedad necesita, pueden emitir «condenas de la violencia», sea cual sea, o caracterizar los ataques a los bancos y a la policía como «vandálicos» o criminales. Sólo los que posponen eternamente el momento de la insurrección de las esclavas, las oprimidas de este mundo, intentan desvincularse de las barricadas que se levantan cada vez más en las calles. ¿Si no ahora, cuándo?
Evidentemente, la necesidad inmediata de crear acontecimientos colectivos y socializados de resistencia, sin el permiso de nuestros adversarios, no equivale a decir que «todo vale» y que cualquier acto y momento de ataque son oportunos. «La improvisación nos ha costado muy cara», decían nuestras compañeras, en estas mismas tierras que pisamos nosotras, y tenían toda la razón. Hay que dejar atrás el espontaneísmo y la adoración del ataque individualizado, sin tener en cuenta a los
demás o las consecuencias. Hay que tomar nuestros deberes y nuestros deseos más en serio.
Y esto es verdad tanto para la manifestación en Barcelona del primero de mayo como para cualquier otra ocasión. No condenamos ningún acto de resistencia y defendemos su legitimidad ética y política. No nos desvinculamos nunca de estos actos, pero podemos cuestionar estrategias y tácticas, si consideramos que éstas son equivocadas. Y esto lo hacemos tanto para la manifestación del primero de mayo como para todas las ocasiones de levantamientos colectivos que vienen, que seguro vendrán. Por nuestra parte, creemos que no hemos sabido canalizar la rabia imperante, hasta el punto de vernos superadas por la situación. Achacamos este hecho a nuestra falta de capacidad organizativa interna, en la que debemos trabajar para, en el futuro, estar a la altura de las circunstancias.
Como convocantes del Bloque Libertario, seguiremos trabajando para promover la autodefensa social y colectiva, que es también una de las semillas de la sociedad que queremos crear, basada en la solidaridad, la horizontalidad y el apoyo mutuo, contra los dictámenenes del Estado y del capital. No cabe duda de que las que caen en las manos de nuestros enemigos, incluidas las detenidas en esta última manifestación, tienen nuestro pleno apoyo. Exigimos su liberación, porque la lucha por la libertad no es un delito sólo suyo sino que es de todas nosotras.
Por la revolución social. Por la libertad.
miércoles, 30 de abril de 2014
Panfleto 1° de Mayo
Los patrones nos quieren
trabajando y trabajando para exprimirnos la mayor ganancia posible
Los sindicatos nos quieren
sumisos para negociar con nuestras cabezas
El Estado nos quiere
reducidos a números en gráficos hechos por imbéciles, asi nos reprimen y asi nos ajustan
Los partidos nos quieren
votando en época de elecciones y como carne de cañón el resto del año
Las religiones nos quieren
arrodillados, siervos, fieles, como tontos que deben esperar el cielo mientras soportan la explotación en la Tierra
¡Nosotros no queremos más!
# Los Amigos del Primero de Mayo, 2014
jueves, 2 de mayo de 2013
Contra los festejos burgueses: Retomemos el combate de clase. ¡¡Frente al reformismo y el sindicalismo, Afirmemos la ruptura proletaria!!
de las limitaciones, reemerge como fuerza internacional e internacionalista, aquí y allá, afirmándonos que mientras no empecemos el pro-ceso de destrucción de esta relación social imperante, no hay modo que descubramos de qué somos realmente capaces como humanidad.

