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viernes, 28 de noviembre de 2025

DE GAZA AL CONFLICTO GLOBAL. GUERRA CAPITALISTA Y SOLIDARIDAD INTERNACIONALISTA

Asamblea Internacionalista contra la Guerra

Este texto fue publicado originalmente en griego el 7 de julio de 2025, luego de la conformación en Atenas de la “Asamblea Internacionalista contra la Guerra”, espacio colectivo conformado por múltiples voluntades provenientes de diversas vertientes revolucionarias del medio antagonista radical —comunistas, anarquistas, antiautoritarios, autónomos, etc.—. L@s compañer@s frente a la masacre perpetrada en Gaza por el Estado de Israel, la guerra entre Ucrania y Rusia y otros conflictos armados, defienden de manera intransigente una perspectiva autónoma proletaria, internacionalista y anticapitalista, rechazando toda lógica de identificación con los bandos beligerantes en confrontaciones interestatales e interimperialistas (EE.UU. / China), que se están intensificando en la actual fase de crisis del capital mundial.

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Gaza: de un ataque genocida a desplazamientos masivos y limpieza étnica

Durante más de 20 meses, Israel ha lanzado un ataque sin precedentes contra la población palestina de Gaza. La guerra librada por Israel se dirige deliberadamente contra objetivos civiles, adquiriendo proporciones genocidas y destruyendo casi por completo infraestructuras, viviendas, hospitales, escuelas y vidas humanas. Ha provocado el desplazamiento masivo de palestinos de sus hogares, con el objetivo final de llevar a cabo una limpieza étnica que facilite la expansión de los asentamientos bajo la visión de establecer un “Gran Israel”. Simultáneamente, las operaciones militares de Israel en Gaza y en la región en general (Líbano, Siria, Irán) sirven de punta de lanza para que el bloque imperialista “occidental” cambie la dinámica de poder e imponga un nuevo orden en Medio Oriente, directamente vinculado al conflicto más amplio entre bloques imperialistas. Evidentemente, estas operaciones militares han dado sus frutos, debilitando a Hezbolá en el Líbano, contribuyendo a la caída de Assad, disminuyendo la influencia de Rusia en Siria y asestando importantes golpes a Irán.

La expansión de la guerra en Medio Oriente: crisis capitalista y rivalidad imperialista

Esta expansión de la guerra en Medio Oriente, con el apoyo activo de Estado Unidos y su participación directa en el conflicto militar, marca una escalada cualitativa. El peligro de una guerra regional más amplia y, posiblemente, mundial es ahora más real que nunca, como lo demuestran la continua guerra entre Ucrania y Rusia, la creciente tensión en el Mar del Sur de China entre China y Taiwán, el conflicto entre Pakistán y la India, el rápido rearme de los países europeos y el intento de fortalecer el militarismo y la militarización de la sociedad en todo el mundo. Es la crisis capitalista la que impulsa el aumento de la rivalidad interestatal y la escalada de los conflictos militares.

La guerra actúa como “destrucción creativa” y como mecanismo para superar el estancamiento y reproducir la dominación capitalista, entre otras cosas, mediante la limpieza violenta de un proletariado excedente.

Los palestinos de Gaza como proletariado excedente y las múltiples facetas del racismo antipalestino

Esto describe con precisión la condición de la abrumadora mayoría de la
población palestina de Gaza. En la década de 1980, casi el 45% de la población de Gaza trabajaba en Israel en empleos mal pagados y sin derechos laborales. Completamente privados de las protecciones otorgadas a la clase trabajadora israelí, los palestinos servían como ejército de reserva de mano de obra barata. Durante la década de 1990, los trabajadores palestinos fueron reemplazados cada vez más por migrantes de Tailandia, Filipinas y Rumania, que hoy representan la mano de obra más explotada en Israel, a menudo ganando incluso menos que los palestinos. Desde 2007, con el bloqueo total de Gaza por parte de Israel y Egipto, y el establecimiento de un estado de sitio, hasta el 7 de octubre de 2023, el número de residentes de Gaza que trabajaban en Israel se redujo a sólo el 1% de la población.

La economía de Gaza sufrió un daño masivo, con importaciones y exportaciones realizadas sólo ilegalmente a través de túneles en la frontera egipcia, lo que llevó a una tasa de desempleo en torno al 50% y a que casi la mitad de la población de Gaza dependiera exclusivamente de programas de ayuda humanitaria para sobrevivir. Es evidente que esta población representa un proletariado excedente totalmente desechable tanto desde la perspectiva de la economía israelí como de la imposición de la “pureza nacional” en la región. Esto ha fomentado un racismo extremo contra la población palestina de Gaza dentro de la sociedad israelí, llegando al punto de deshumanización. Los palestinos son etiquetados como “animales humanos”, e incluso el presidente de Israel, afiliado al Partido Laborista, declaró que en Gaza “no hay inocentes”. Esta ideología nacionalista de Estado legitima aún más la masacre y la guerra dentro de la sociedad israelí, construye la narrativa defensiva que el Estado de Israel necesita para justificar la agresión militar en Gaza y articula las ambiciones expansionistas territoriales de Israel.

Sin embargo, el racismo antipalestino también existe en muchos países árabes. La mayoría de los refugiados palestinos permanecen indocumentados y apátridas en los Estados árabes vecinos, a menudo confinados en campos de refugiados sin libertad de movimiento. Son tratados como forasteros, como una carga para la economía local y como un “cuerpo extraño” frente a la población local, como ocurre hoy con los refugiados en todo el mundo, sirviendo como chivos expiatorios de los males sociales. Además, son vistos como una fuerza desestabilizadora, con segmentos políticamente radicalizados de refugiados palestinos históricamente involucrados en conflictos armados con las autoridades estatales (por ejemplo, “Septiembre Negro” en Jordania), participando en la guerra civil del Líbano, y apoyando a Irak durante la invasión de Kuwait, lo que resultó en el desplazamiento de entre 300.000 a 400.000 palestinos de Kuwait después de 1991 y restricciones migratorias más estrictas en otros Estados del Golfo. Los proletarios palestinos han sido tratados sistemáticamente por los Estados árabes como peones y no como seres humanos en el tablero diplomático y militar de Medio Oriente.

En Europa y, más ampliamente, en el mundo “occidental”, el racismo antipalestino se ha visto reforzado en los últimos años como una versión de un racismo más amplio contra los musulmanes, promovido sistemáticamente en los últimos años tanto por las teorías de extrema derecha del “gran reemplazo”, como por el pánico moral cultivado por los gobiernos —tanto socialdemócratas como de derechas— ante la entrada de musulmanes en Occidente. El descontento por el declive del nivel de vida se dirige así hacia los segmentos más vulnerables de nuestra clase, desviando la ira de las relaciones sociales capitalistas. En estas odiosas narrativas racistas se presenta a Israel como un baluarte de la “civilización occidental” contra la “barbarie islámica”. Esto parece paradójico, dado que la retórica de extrema derecha que atribuye los planes de “sustitución de población” a la “élite global” es estructuralmente antisemita. Por el contrario, la solidaridad con los palestinos, que también ha crecido dentro de los grupos sociales más progresistas, frecuentemente carece de contenido de clase y se articula sobre la base de una mitología reaccionaria acerca del carácter revolucionario de Hamás y sus organizaciones aliadas, que en realidad representan políticas de opresión nacionalistas y capitalistas, a menudo estrechamente vinculadas a una ideología religiosa estatista. Hemos visto cómo esta posición se desarrollaba aún más con el apoyo abierto de Estados como Irán y Rusia, es decir, el apoyo de uno de los campos imperialistas. En cuanto a Hamás, no cabe duda de que es el personal político y militar de una sección de la clase dominante palestina que ejercía el poder en Gaza. Como tal, participó en la explotación del proletariado palestino tanto como fuerza de trabajo —mediante la imposición de impuestos y aranceles sobre el comercio realizado a través de los túneles— como mediante la extracción de ingresos procedentes de la gestión de la “ayuda humanitaria” para las necesidades de la población y el apoyo financiero de Irán y Qatar.

Hamás y sus organizaciones afiliadas tienen el monopolio de la violencia y las armas, en contraste con cualquier tipo de violencia revolucionaria de clase. Por otra parte, la gran mayoría de la población de Gaza sigue siendo un proletariado excedente desechable; carne de cañón.

Hamás y la trampa del “campismo antiimperialista”

Sobre esta base, el ataque del 7 de octubre de Hamás y sus colaboradores en Israel fue un acto de guerra por parte de lo que hasta entonces había sido la autoridad estatal de facto en Gaza. No fue un acto de resistencia por parte de un movimiento, ni tuvo un carácter proletario o revolucionario. No puede servir de modelo ni de brújula para las luchas proletarias. Su objetivo principal era invertir la situación que se estaba configurando con los Acuerdos de Abraham y alterar el equilibrio geopolítico en Medio Oriente. En segundo lugar, sirvió temporalmente para abordar la crisis de legitimidad interna de Hamás en Gaza; como demostraron las recientes manifestaciones masivas contra Hamás. Considerando el resultado, es decir, la respuesta absolutamente atroz del Estado israelí, el ataque no sirvió —ni podría haber servido— a los intereses y necesidades de la población palestina, que ya vivía en condiciones de apartheid y desplazamiento por parte del Estado israelí. Apuntó a objetivos militares y no militares por igual e intentó aterrorizar a la población enemiga, como cualquier acción militar estatal, aunque a una escala mucho menor. Sin embargo, contar cadáveres y comparar masacres es ajeno a cualquier perspectiva proletaria. La inmensa mayoría de los muertos en la guerra capitalista son nuestros propios muertos.

 

Grecia del lado de Israel: intereses económicos y rivalidades geopolíticas

Como ya se ha mencionado, la guerra de Gaza forma parte de un conflicto imperialista más amplio. El Estado griego ya nos está involucrando de lleno dentro de este conflicto, aumentando el gasto militar, proporcionando instalaciones y participando activamente en los planes de batalla del bloque “occidental”. Por un lado, hay razones económicas inmediatas por las que el gobierno griego apoya a Israel: la cooperación entre el capital griego e israelí desde armamento (INTRACOM Defense) hasta bienes raíces y desde el proyecto de interconexión eléctrica Grecia-Chipre-Israel hasta muchas otras colaboraciones sectoriales. Aún más importante es la alianza entre Grecia e Israel contra el creciente poder geopolítico de Turquía. En este contexto, se ha formado un frente informal Grecia-Chipre- Israel con ejercicios militares conjuntos, planes (abortados) para construir un gasoducto de gas natural (EastMed) que sortearía las redes de distribución rusas, intercambio de información, coordinación diplomática sobre la definición de Zonas Económicas Exclusivas, etc. Por otro lado, está el contexto más amplio de la competencia entre los bloques imperialistas “occidentales” y los llamados  “euroasiáticos”. Esto incluye el plan para conectar India, Medio Oriente y Europa (IMEC), que evitará rutas marítimas como el Canal de Suez, el Estrecho de Bab el-Mandeb y potencialmente incluso el Estrecho de Ormuz, quitando poder geopolítico a los Estados que actualmente los controlan. Este plan cuenta con el apoyo de Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e India. Aunque este plan no tenga éxito, como suele ocurrir con este tipo de planes, es un método para ejercer influencia geopolítica sobre las partes implicadas.

De la crisis de la “globalización” al capitalismo de Estado y la economía de guerra

El apoyo de Grecia a Israel no está relacionado únicamente con los intereses económicos directos del capital griego o con los intereses geopolíticos inmediatos del Estado griego. Más bien, refleja cambios más amplios tanto en el sistema global de Estados-nación capitalistas como en los regímenes de acumulación dentro de las
formaciones sociales nacionales económicamente avanzadas. La crisis capitalista desde 2008 también ha sido una crisis del modelo de “globalización”, evidenciada por el resurgimiento del proteccionismo, con la imposición y el aumento de aranceles al comercio internacional.

Esta nueva era de proteccionismo coincide con un aumento de la intervención estatal, lo que señala el surgimiento de una nueva forma de “capitalismo de Estado”, caracterizado por economías de guerra y significativas inversiones desde los llamados “fondos soberanos de riqueza”, que se han expandido enormemente en los últimos años. Las grandes potencias están desarrollando sistemas de planificación destinados a aumentar su poder económico y militar, reemplazando los vínculos económicos mundiales regulados por el mercado e inaugurando una nueva fase de reproducción capitalista. Esta es también la base de la intensificación de la rivalidad imperialista y de los conflictos militares para asegurarse tierras, recursos y mano de obra. Esta es también la razón del consenso entre todos los partidos (excepto el Partido Comunista Griego) sobre el aumento del gasto militar en el marco del programa ReArm Europe. Los principales bloques en la nueva escalada del conflicto por las materias primas, los mercados, el liderazgo tecnológico, las esferas de influencia y la hegemonía cultural son, por un lado, Estados Unidos como potencia hegemónica existente y, por otro, China como potencia imperialista emergente con ambiciones de hegemonía global.

Estados Unidos cuenta con el apoyo de las principales potencias de la Unión Europea, Japón, Reino Unido y Australia, junto con Israel y Arabia Saudí; opuestos a ellos, alineados con China, están Rusia, Bielorrusia, Irán y Corea del Norte. Otros poderosos países del “Sur Global” —India, Brasil, Indonesia y Sudáfrica— aún no se han alineado definitivamente con ninguno de los dos bloques. En este  conflicto, Grecia se alinea con el bloque imperialista “occidental” y lo apoya. Además, con su participación en este conflicto, pretende mejorar su posición y poder regionales, por ejemplo, mediante el posible establecimiento de una Zona Económica Exclusiva (ZEE) más amplia, como lo demuestra la presencia de buques de guerra en el mar de Libia. Por supuesto, estas formaciones no son monolíticas y no excluyen la cooperación entre países pertenecientes a bloques diferentes. Al fin y al cabo, se trata de “hermanos enemigos”: la competencia no excluye la cooperación, que puede ir seguida de un conflicto armado.

Contra el “campismo”: una respuesta de clase internacionalista a la guerra capitalista

Si no resistimos ahora por todos los medios posibles a esta escalada bélica, pronto nos encontraremos entre la espada y la pared. Desde la perspectiva de los intereses proletarios, no existen guerras “justas” o “defensivas”. Tales distinciones son una mistificación que oculta el conflicto entre capitales nacionales y bloques imperialistas por el control de los mercados de capitales y materias primas, esferas de influencia y mano de obra barata. Cada parte envuelta en una guerra presenta su propio papel como “defensivo” y “justo”. Una victoria del Estado más débil lo hace más fuerte, reiniciando de nuevo el círculo vicioso, como lo ha demostrado la experiencia histórica. La derrota de un poder estatal más fuerte implica necesariamente el fortalecimiento del Estado-nación oponente y la movilización de la población en torno a él. Cualquier resistencia de clase debe ser aplastada para imponer la paz social y la unidad nacional.

En el pasado, el apoyo a los nacionalismos “débiles” y a sus respectivos Estados se disimulaba tras el fortalecimiento del llamado campo socialista. Hoy, ausente incluso esta pretensión, se abandona la crítica al capitalismo en favor de las distinciones culturales entre Occidente y Oriente o Norte y Sur, proclamadas por la ideología “anticolonial” y las políticas identitarias contemporáneas. Esta distinción es claramente irracional, mítica y reaccionaria, ya que el capitalismo es un sistema universal y global: “[ha] convertido todo el planeta en su campo de operaciones”, aunque la opresión religiosa, étnica y nacional obviamente sigue existiendo y no es “privilegio” de Estados específicos. La antigua y espectacular pseudo dicotomía, capitalismo versus “socialismo”, ha sido reemplazada por una nueva, desprovista de toda pretensión de emancipación social, como lo ejemplifica el apoyo “antiimperialista” a Irán, Rusia o China, salvo por la invocación de una hueca “teoría de las etapas”. El apoyo a un campo
imperialista, o campismo, es inherente a la ideología antiimperialista porque proporciona un análisis de arriba hacia abajo enfocado en los conflictos entre Estados, en lugar de una perspectiva proletaria arraigada en el conflicto global entre el capital y el proletariado. El apoyo a las fuerzas del “otro bando” y a los movimientos de liberación nacional asociados a ellas ni siquiera puede provocar el derrocamiento del imperialismo, que es inherente al capitalismo. Objetivamente, la posición política de apoyar a un bando imperialista allana el camino para la militarización más amplia de la sociedad y la guerra capitalista. Los antiimperialistas llegan incluso a apoyar los programas nucleares de supuestos “Estados débiles”, lo que puede conducir a la culminación de la guerra capitalista y a la destrucción total.

La única salida a la espiral bélica es la acción proletaria internacionalista con un claro carácter anticapitalista. Nos negamos a ser cómplices de cualquier ejército y de cualquier Estado. No apoyaremos a ninguno de los bandos en guerra. La única solución frente a la guerra es la organización autónoma de clase que lucha contra el capital y el Estado en nuestro propio país y el apoyo práctico a los que se niegan a hacer el servicio militar. También implica el apoyo a los desertores y objetores de conciencia del “otro bando”, así como la solidaridad práctica con los colectivos políticos y sociales que luchan contra la guerra capitalista en Rusia, Ucrania, Israel, Palestina, Irán y en todas partes. En lugar de esta práctica, que es la condición mínima necesaria para no convertirnos en carne de cañón del capital, presenciamos calumnias inaceptables sobre el “colaboracionismo” y la “traición nacional” contra los camaradas anarquistas y comunistas y, más ampliamente, contra los colectivos de la clase trabajadora (por ejemplo, en Irán). Precisamente en este contexto, debemos expresar nuestra solidaridad con los —ciertamente escasos— objetores de conciencia en Israel, así como con aquellas fuerzas dentro de Israel que se resisten al genocidio que se está llevando a cabo en Gaza. La identificación de toda la población con su Estado es falsa, como demuestra el hecho de que 100.000 reservistas no se presentaran a filas tras la ruptura del alto el fuego por parte del Estado israelí. Hay que confrontar los incidentes de odio nacionalista israelí cuando ocurran. La lógica de los ataques indiscriminados contra turistas israelíes es racista, ya que atribuye la responsabilidad colectiva a toda la población, a la vez que debilita la ya débil corriente de oposición a la guerra dentro de Israel.

Estamos en contra de la guerra capitalista y de cualquier implicación del Estado griego en ella, en contra de la militarización de la sociedad y del aumento del gasto militar que se produce a expensas del salario social. Luchamos por la creación de un movimiento proletario internacionalista que no se someta a los intereses nacionales, al Estado y al capital, expresando solidaridad práctica con los colectivos proletarios y políticos —comunistas y anarquistas— que luchan en los países devastados por la guerra.

Nuestro objetivo es construir lazos y comunicación con los proletarios internacionalistas. Sólo a través de la unidad global del proletariado podremos derrocar esta barbarie impuesta por los Estados y el capital. No debemos dejarnos arrinconar, sino acabar con la guerra capitalista luchando contra quienes la provocan. Nuestra guerra no es nacional ni religiosa. Es una guerra de clases social y antiestatal.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

PEQUEÑA CONTRIBUCIÓN PARA LA SALVACIÓN DEL ENEMIGO INTERNO

Asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, octubre de 2024 (Thessaloniki, Grecia)

Original en griego: https://yfanet.espivblogs.net/2024/11/04/mikrh-symvolh-gia-ti-diaswsh-tou-eswterikou-exthrou

Introducción

Desde hace ya varios meses, la guerra sigue causando estragos en toda la región del Oriente Medio, después del ataque del 7 de octubre, con Israel procediendo a la destrucción de Gaza y el exterminio masivo de los palestinos. La guerra se agudiza con la participación de cada vez más agentes. En cuanto al discurso político que circula, parece estar polarizado. La esfera pública se ha dividido en dos bandos y los argumentos desplegados por ambas partes se han aferrado a la convicción de la «justicia» de su lucha: Israel tiene derecho a la autodefensa y los palestinos tienen derecho a la resistencia.

Aquellos que se muestran escépticos ante los polos establecidos, reconociendo una dimensión caótica en el conflicto o, más aún, aquellos que intentan interpretarlo centrándose en el conflicto social, se encuentran en una posición compleja. Por lo tanto, hablar de ello en las circunstancias actuales es una tarea difícil y exigente. Y esto se debe a que no se encuentra en la superficie del conflicto bélico, sino que está oculto por los gritos de la guerra. Lxs interesadxs deben buscar el conflicto social más allá de estos gritos, en un entorno no tan ideal.

Al mismo tiempo, es muy probable que lo que se encuentre en esta búsqueda resulte un poco decepcionante. Puede que los hallazgos no sean motivo de celebración, que no puedan convertirse en banderas e himnos. Es posible que suenen más como un llamado de atención que un toque de corneta para la contraofensiva. Puede que se trate de una historia con muchos callejones sin salida y pocas alternativas. Una historia con pequeñas victorias y grandes derrotas.

Aun así, creemos que vale la pena conservar esta perspectiva. Después de todo, sigue siendo útil para nosotros, precisamente porque lo que aprendemos de aquel conflicto refleja nuestra postura aquí. Sin duda, es un lujo poder ver desde una posición de relativa seguridad las formas en que el nacionalismo y el capital impusieron sus condiciones en la cuestión social en otro lugar. Se te da la oportunidad de ver qué salió mal, qué decisiones se tomaron y qué oportunidades se perdieron, antes de que las cosas se hundieran en el horror de la guerra. Se te da la oportunidad de pensar y actuar, antes de que sea demasiado tarde, antes de que tú también acabes como carne de cañón. Por lo tanto, creemos que debemos aprovechar esta oportunidad para enriquecer el debate público.

El siguiente texto resume algunos puntos que, como asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, consideramos útiles para comprender la situación actual. Se refieren tanto a aspectos del conflicto bélico en la región como a la postura del movimiento de solidaridad local.

Parte A: El estado de guerra en Palestina

 

La continuidad entre la guerra y la paz

Se dice que la guerra es la fiebre del capitalismo. El síntoma de una crisis capitalista, pero al mismo tiempo su cura. Esta comparación tiene puntos fuertes y débiles. Su punto fuerte es que identifica la conexión entre la guerra y la crisis de la acumulación capitalista. Su punto débil es que concibe la guerra (y la crisis) solo como un acontecimiento aislado.

Pero, ¿qué ocurre en un periodo en el que la crisis se agrava, revelando su carácter permanente? Es lo que estamos viviendo en los últimos años. Un periodo en el que la crisis capitalista adopta muchas y diferentes caras, y cada episodio se suma al anterior: crisis económica, «crisis migratoria», crisis sanitaria, crisis medioambiental, y así sucesivamente. Entonces, la guerra deja de percibirse solo como un conflicto entre dos o más ejércitos organizados, se fluidifica y aparece en cada vez más aspectos de la vida social y política. A su vez, también adopta diversas formas, algo que podemos observar fácilmente en la esfera pública: guerra contra la delincuencia, guerra contra la inmigración ilegal, guerra contra las catástrofes naturales, guerra contra el alto costo de vida, ¡guerra en todas partes! Se trata de un proceso de difuminación de los límites entre la guerra y la paz, ya que ambas situaciones se difunden la una en la otra. La preparación de la guerra tiene lugar en tiempos de paz, los estados se lanzan a una carrera armamentística, el ejército se encarga de la gestión de situaciones de crisis (como la migración y las catástrofes naturales), el miedo y la inseguridad se extienden por la sociedad, los «enemigos» acechan en cada esquina, el militarismo impregna la cultura dominante y, sobre todo, predomina la invocación de la unidad nacional. Todos juntos debemos unirnos, hacer sacrificios, para superar las dificultades. Por nuestro bien.

La situación que prevalece en Palestina es un ejemplo característico de la difuminación de los límites mencionados anteriormente. Desde hace varias décadas, se mantiene una tensión bélica en toda la región, con altibajos. Podemos afirmar que esta tensión gira en gran medida en torno a la gestión de una población que se encuentra en una situación de integración a través del aislamiento, en la forma particular que han adoptado las estructuras sociales allí. Pero, ¿qué significa todo esto más concretamente? A continuación, intentaremos esbozar la situación tal y como se había configurado antes del 7 de octubre de 2023.

La gestión de la población palestina por parte del estado israelí

El estado israelí, que tiene la mayor responsabilidad en la gestión de los palestinos, ha impuesto en las zonas de Gaza y Cisjordania un régimen de apartheid que, a su vez, ha provocado miles de fallecidos. Durante décadas, Israel ha marginado a esta población en una especie de prisiones abiertas, bajo estricta vigilancia, mientras que la explota cuando la necesita. Sin embargo, no es solo la mano de obra barata de los palestinos lo que resulta lucrativo para la economía israelí, sino su gestión general como personas prescindibles y peligrosas. Precisamente sobre esta gestión, Israel ha desarrollado a lo largo de los años una industria militar y policial que constituye una parte importante de su economía. Esta industria produce, entre otras cosas, tecnologías de vigilancia y sistemas armamentísticos, que se prueban sobre esta población antes de lanzarse al mercado. Desde esta perspectiva, podemos afirmar que la gestión militar de la población palestina tiene un carácter permanente y se retroalimenta con la industria bélica del estado israelí. Se trata de un ejemplo característico de cómo la guerra se entrelaza con la producción capitalista: la tensión bélica se mantiene, entre otras cosas, gracias a una industria bélica que necesita que la guerra continúe para poder desarrollarse.

Al mismo tiempo, esta población marginada y nacionalizada se utiliza para que Israel construya su cohesión social. El papel que se le reserva es doble: por un lado, se presenta como un elemento intimidatorio para la clase trabajadora israelí, como una reserva de mano de obra infravalorada que la presiona para que se alinee con las exigencias de sus jefes. Por otro lado, también funciona como chivo expiatorio, la figura hacia la que el estado israelí intenta dirigir el descontento social generado por sus políticas. En cualquier caso, su construcción como «extranjero» o incluso «amenaza» funciona como una forma de presión que vincula a la sociedad israelí al estado y a sus intereses. Sin embargo, para comprender mejor este proceso dinámico, debemos señalar también la estratificación racial dentro de la sociedad israelí.

Procesos de nacionalización: el ejemplo de los asentamientos

Con el paso de los años, la explotación de esta población palestina pasó a ser secundaria para el estado israelí, ya que la prioridad era la integración de los judíos que llegaban a Israel procedentes de otras regiones (África, Asia). Israel se vio obligado a cumplir sus promesas de crear un estado abierto a todos los judíos y a conceder derechos políticos y prestaciones sociales a esta nueva población. Sin embargo, su «integración» no fue un proceso sencillo. Los primeros habitantes israelíes disfrutaban de un estatus superior al de los recién llegados, que a menudo eran tratados como ciudadanos de segunda clase. Aún más abajo en la jerarquía se encontraban los árabes israelíes que habían permanecido en territorio israelí y, en la parte inferior, los palestinos en los territorios ocupados desde 1967, así como los/las inmigrantes con o sin papeles. Ante las reivindicaciones de inclusión de la nueva población, el estado israelí optó por enfrentarla a los palestinos. El pasaporte para la participación igualitaria en la comunidad nacional incluía la participación en colonizaciones violentas con el objetivo de desplazar a los palestinos y arrebatarles sus tierras, lo cual fue alentado e incluso organizado por el estado israelí. En resumen, dado que los nuevos ciudadanos no estaban dispuestos a sustituir simplemente a los palestinos como mano de obra barata, tendrían que demostrar por la fuerza que merecían algo mejor. De esta manera, el estado israelí logró no solo satisfacer en parte las demandas de los colonos, sino también encargarles la función de guardianes de la frontera, poniéndolos en una situación de fricción y tensión permanentes con la población palestina desplazada.

Con este ejemplo, podemos comprender mejor el vector que conecta el «dentro» y el «fuera» en esta relación de integración a través de la exclusión. Por lo tanto, no se trata de dos conjuntos homogéneos que se tocan en una línea divisoria. Por el contrario, entre la experiencia de lo «totalmente integrado» y lo «totalmente excluido», existe un espectro de condiciones intermedias de existencia. La vida de una israelí en Tel Aviv es diferente de la vida de un inmigrante judío de Rusia que vive en los asentamientos. Del mismo modo, la subsistencia de un árabe israelí difiere de la de un palestino en Gaza. Clasificaciones similares se encuentran en la mayor parte del planeta, solo que en esta zona concreta están sujetas a una delimitación más militar: diferentes derechos políticos, restricciones de movimiento, zonas separadas, muros, rejas, vigilancia armada, asesinatos. Sin embargo, esto no significa que estas delimitaciones no se renueven. Por el contrario, los violentos procesos de nacionalización de las expectativas sociales se producen de forma incesante, incluso en tiempos de «paz», ya que para los estados la integración nacional sigue siendo una cuestión pendiente. A través de su repetición, estos procesos tratan de integrar en su dinámica las condiciones sociales y políticas que se configuran en cada momento. Las determinaciones de clase, género y raza se refractan a través del prisma nacional y adquieren nuevos significados, creando al mismo tiempo diferentes percepciones sociales del interés nacional.

Las manifestaciones contra el Gobierno que tuvieron lugar en Israel unos meses antes del 7 de octubre fueron indicativas de tal diferenciación1. Aunque limitadas al ámbito de la ciudadania, demostraban que la sociedad israelí, al igual que el resto, no es un conjunto totalmente homogéneo, sino que sigue manteniendo una gran cantidad de divisiones sociales en su interior. El recrudecimiento de la guerra congeló estas manifestaciones e intentó lograr la ansiada unión de toda la sociedad detrás del Estado.

El papel de las organizaciones palestinas

Sin embargo, la responsabilidad de la gestión de la población palestina no se limita al estado de Israel, sino que se distribuye también entre las clases dirigentes palestinas. En esencia, se trata de élites económicas que surgieron de un liderazgo militar-burocrático de la lucha de la liberación nacional palestina y que se reproducen, en su mayor parte, a partir de la gestión de la ayuda económica internacional que llega a la región (Irán, Qatar), la explotación de la clase obrera palestina y el contrabando. Sus intereses están representados por las principales organizaciones que actúan en estos territorios, Hamás y la Autoridad Palestina (con Fatah como su principal organización interna). Estas organizaciones operan en relación directa o indirecta con Israel y desempeñan un papel contradictorio. Por un lado, actúan como guardianes del proletariado palestino y, por otro, como representantes combativos de sus intereses nacionales. En el marco de la relación de «integración mediante la exclusión» y dado que estos territorios no están formalmente anexados a Israel, se aprovechan de los beneficios del trabajo palestino y, al mismo tiempo, tratan de imponer un régimen de unidad nacional. Asegurar la paz social en el interior de su territorio, de modo que el proletariado palestino respalde el desarrollo y las aspiraciones de la clase dominante palestina. Sin embargo, las políticas de ambas organizaciones no coinciden plenamente, por lo que existen diferencias entre el modelo de Gaza y el de Cisjordania ya desde 2007, cuando Hamás ganó el poder en Gaza tras un conflicto armado con Fatah.

En Cisjordania, la clase dominante vinculada a la Autoridad Palestina no logró a lo largo de los años crear una actividad económica autónoma y terminó reproduciéndose en los márgenes de la economía israelí. Por supuesto, no fueron solo las restricciones de Israel las que le asignaron este papel, sino también el temor a exponerse a la competencia de las economías vecinas, que también disponían de mano de obra barata. La exposición a esta competencia la obligaría a entrar en conflicto directo con su clase trabajadora, con el fin de infravalorarla. Los empresarios palestinos asociados a la Autoridad Palestina consideraron que su vinculación con la economía israelí, por un lado, podría ser rentable para ellos mismos, al actuar como subcontratistas, y, por otro, no pondría en peligro su imagen ante la población empobrecida sobre la que ejercían control. Sin embargo, al final, tampoco se logró este objetivo. Con el paso del tiempo, una gran parte de la población palestina comenzó a desaprobar las políticas de la Autoridad Palestina, considerando que básicamente servían a sus propios intereses. Esto, a su vez, contribuyó a la deslegitimación de la Autoridad Palestina como representante de los palestinos2. Una deslegitimación que se expresó también como traición al interés nacional.

En la franja de Gaza, Hamás intentó trazar una política más autónoma, con el objetivo de crear un estado palestino. Invirtió en la creación de una red de túneles bajo su control, con el fin de obtener ingresos del desarrollo de la economía del contrabando. El objetivo era crear así su propia élite económica, que sustituyera a la anterior clase comercial, y constituir una red de reproducción social para la población. Sin embargo, su plan se basaba en la creación de relaciones clientelares y partidistas a través de las cuales se distribuirían los beneficios obtenidos, algo que pronto fue percibido por los habitantes de Gaza. Es más, el hecho de que la red de reproducción social que se creó no lograra satisfacer las expectativas de la población, llevó a Hamás, también, a enfrentarse a una crisis de legitimidad. En los últimos años han estallado en varias ocasiones manifestaciones contra la administración de Hamás, a la que se acusa tanto de mala gestión como de haber dado prioridad a su autorreproducción como mecanismo militar y partidista. Las últimas manifestaciones de este tipo tuvieron lugar en el verano de 2023, pocos meses antes del 7 de octubre3.

Estas organizaciones, aunque no son gobiernos de estados reconocidos, desempeñan la mayoría de sus funciones: organizan la vida social, económica y política de un territorio, tratan de crear estructuras básicas de reproducción social para atar a la población a su poder, se ocupan de la distribución de los recursos disponibles, mantienen el orden y reclaman el monopolio de la violencia. Pero también hacen algo más, quizás más importante: intentan en todo momento generar un «interés general» abstracto de toda la población (de todos los palestinos), con el fin de encubrir los intereses concretos y contradictorios que existen dentro de la sociedad, las relaciones de explotación y opresión. Cada vez que sus políticas provocaban la indignación de los palestinos, estas organizaciones se presentan a sí mismas como las verdaderas representantes de los intereses nacionales y dirigen el descontento social contra el «verdadero enemigo», es decir, Israel. Por otra parte, su historia está ligada a la militarización de las revueltas sociales. Se trata de ejemplos ilustrativos de cómo el estado surge como una relación a partir de los movimientos y se convierte en mecanismo.

La guerra como exportación de los conflictos internos

Hemos decidido exponer algunos aspectos de la situación que prevalecía en la región antes del 7 de octubre, con el fin de destacar algunas cuestiones que consideramos fundamentales. Aunque no es posible desarrollar en este texto toda la historia del conflicto, sí podemos mostrar algunos datos y extraer algunas conclusiones.

Vemos, pues, que en ambos «bandos», el nacionalismo funciona como el medio que oculta las divisiones sociales. A menudo se presenta como un movimiento que reclama la inclusión en el estado, expresando el deseo de una población de participar en una comunidad de «aquellos cuyas vidas tienen importancia». El nacionalismo es la forma en que el pueblo reclama al estado cuando se siente abandonado y con necesidades insatisfechas. Los intereses particulares deben expresarse como nacionales para adquirir validez, ya que es el lenguaje que habla el estado. Al mismo tiempo, el nacionalismo también aparece como ideología estatal, como un marco interpretativo y deontológico que el estado proporciona a la sociedad para comprender el mundo. A través de este punto de referencia, se señala a los culpables de los sufrimientos del pueblo, se demoniza a aquellos que se construyen como enemigos y se mantiene la paz social. Pero, ¿qué ocurre cuando los conflictos sociales han llegado a un punto crítico? Entonces, la guerra se encarga de resolverlos con violencia bruta, destruir a los que se consideran prescindibles y arrastrar por la fuerza a toda la sociedad detrás del estado. A través de la guerra, los asuntos internos de cada territorio se exteriorizan y se internacionalizan aún más, con cada facción del capital mundial proponiendo un modelo diferente de administración de la población para restaurar la acumulación en una región y trazar nuevas vías para la circulación de mercancías.

Existe una lógica capitalista más profunda que impulsa a los estados la necesidad de la guerra, la cual sale a la superficie cuando su capacidad para obtener el consenso social y seguir siendo competitivos a nivel internacional llega a su límite. Esto no significa que los intereses particulares desaparezcan. Por el contrario, las clases dominantes de cada epoca intentan aprovechar la crisis como una oportunidad y promover, en medio de la guerra, su propia agenda particular. Pero en la guerra no hay garantías. Hamás organizó el ataque del 7 de octubre sabiendo que las represalias de Israel serían implacables. Prefirió arriesgar a la población, cuyo apoyo estaba perdiendo, con la esperanza de convertirse en un actor internacional, reforzar su posición como potencia político-militar y romper los acuerdos económicos de Israel con los países árabes. Del mismo modo, el Gobierno de Israel esperaba que, con una guerra que arrasara la región, recordaría a sus aliados lo lejos que estaba un tratado de normalización, reafirmando su papel como responsable de imponer el orden. De esta manera, cree que doblegará el movimiento de oposición que se había desarrollado dentro de Israel y obtendrá acceso a nuevas vías económicas. Podemos afirmar que ninguno de los dos regímenes eligió simplemente la guerra, sino que se vieron obligados a hacerlo. Queda por ver si este salto desesperado los llevará al otro lado o los hará caer al vacío. Por desgracia, lo único seguro es que ambos escenarios se desarrollan a costa del bienestar de sus poblaciones.

Parte Β: «With great resistance comes great responsibility»

A partir de lo anterior, se comprende que el conflicto no se da entre el bando de los «buenos» y el bando de los «malos», a pesar de la evidente asimetría de las fuerzas militares. Es verdad que el ejército israelí, esa máquina ultramoderna de exterminio de proletarios, ha arrasado prácticamente Gaza. Más de 40.000 personas han muerto, miles han emigrado, las infraestructuras han quedado destruidas y la población se hunde en una situación de crisis alimentaria y sanitaria. La resistencia palestina, por su parte, dispone de una máquina de exterminio de proletarios mucho menos desarrollada, lo que se refleja en el campo de batalla. Más allá del ataque del 7 de octubre, que costó la vida a unas 1.200 personas, Hamás solo ha logrado algunos golpes esporádicos dentro de Israel. Entendemos, por supuesto, que la destrucción de Gaza genera sentimientos espontáneos de identificación con la experiencia de los palestinos, ya que funciona como una condensación de la violencia sistemática que han sufrido durante años por parte del estado israelí. Sin embargo, consideramos errónea la petición de igualdad en la guerra. Y ello por dos razones. En primer lugar, porque la guerra capitalista no se libra en términos de caballerosidad, como un duelo en igualdad de condiciones entre dos partes. Esta asimetría es bastante habitual en el contexto de las guerras capitalistas, que rara vez se libran entre dos adversarios iguales. En segundo lugar, porque esta exigencia implica una mayor matanza. Una guerra sin fin. En resumen, no creemos que la solución al horror de la guerra pase por exigir su reparto equitativo, sino por su cese.

La simetría que queremos mostrar se refiere a lo que ya estaba ocurriendo antes de que se agravara el conflicto bélico. Es la simetría de los nacionalismos que se alimentan mutuamente. Existe una compleja red de relaciones de poder y explotación que atraviesa ambas formaciones sociales. Son el nacionalismo y la guerra los que intentan eliminar estas contradicciones en el interior de cada sociedad, con el fin de presentarlas como homogéneas. Esta es la razón por la que no compartimos el entusiasmo de una parte del movimiento por la lucha de liberación nacional palestina, aunque nos posicionamos en contra de la guerra y el régimen de apartheid en la región. Nuestra preocupación no radica solo en la orientación ideológica de Hamás, sino en que esta lucha intenta por la fuerza eliminar las divisiones sociales en el interior de su territorio.

¿Lo discutiremos más adelante?

Por supuesto, una parte del movimiento no parece preocuparse por esto, ya que le preocupan más las cuestiones de maniobras tácticas. Lo que se plantea como prioridad en muchos enfoques es la derrota de las fuerzas imperialistas a cualquier costo. En este contexto, no se considera un problema aliarse con una clase burguesa nacional, ya que se hace hincapié en la distribución del poder entre los estados capitalistas y no en las relaciones de poder y explotación. Del mismo modo, el hecho de que, en el marco de una lucha de liberación nacional, las autoridades locales refuerzan su poder sobre la población que controlan, se presenta como algo secundario, algo que puede resolverse tras la liberación del estado «débil» del «fuerte». Pasos, etapas, programas políticos, planes sobre el papel y alianzas tácticas se enumeran en la esfera pública del movimiento social, como si nunca hubiesen críticas a las visiones que presentaban la revolución como un programa político a aplicar. Estos enfoques olvidan una serie de ejemplos históricos en los que los líderes de los movimientos de liberación nacional se convirtieron en regímenes autoritarios, procedieron a purgas internas de disidentes y extendieron la relación capitalista en su territorio, completando el trabajo que habían dejado a medias los imperialistas. Queda por ver, por supuesto, si la historia se repetirá.

Por nuestra parte, entendemos el capitalismo, ante todo, como una relación cualitativa, más que cuantitativa, basada en la mercantilización coercitiva de las relaciones humanas y la organización de la vida en torno a la producción de beneficios. Dado esto, podemos decir que el imperialismo no es la etapa superior del capitalismo, sino una de sus características fundamentales. La relación capitalista es intrínsecamente expansiva y trata de colonizar cada rincón geográfico del planeta y cada actividad humana. En este proceso expansivo, el estado nacional es la forma que adopta la acumulación de capital en cada región. La distribución desigual del poder entre los estados nacionales está relacionada en gran medida con la forma en que cada uno somete a su población y la integra en los procesos de explotación. En otras palabras, su capacidad de ascender en la jerarquía capitalista depende también de su capacidad para oprimir y explotar en su interior. Por lo tanto, la restauración de la «desigualdad» a nivel transnacional no implica el bienestar de una población. Lamentablemente, muchos enfoques, al centrarse exclusivamente en lo que perciben como «la etapa superior del capitalismo» o «la forma extrema del capitalismo», terminan oscureciendo todas las demás relaciones de poder.

A lo largo de la historia del movimiento social, percibimos las voces que insistían en que el enfoque exclusivo en el movimiento obrero masivo silenciaba la existencia de otras formas de opresión y explotación, como las mujeres, los negros, los estudiantes y los precarios. Del mismo modo, dentro del movimiento feminista, nos inspiramos en las críticas que señalaban la diferencia entre la experiencia de las mujeres blancas y las negras. Además, dentro del movimiento local, intentamos incorporar los enfoques autocríticos que ponían de manifiesto un carácter helenocéntrico (centrado en grecia) que repelía a los inmigrantes. Por último, dentro de nuestros propios procesos políticos, intentamos abrir espacio para todo aquello que nos recuerda que las jerarquías informales siguen reproduciéndose también en nuestro interior. ¿Nos preguntamos, pues, cómo podemos apoyar una perspectiva que afirma que los palestinos constituyen un cuerpo indivisible, sin contradicciones, que tiene un único interés?

Nacionalismo a plazos

No es, por supuesto, la primera vez que nos encontramos con estas opiniones dentro del movimiento social, pero las hemos señalado muchas veces en el pasado reciente, con motivo de los conflictos bélicos en diversos rincones del planeta. Al mismo tiempo, no son las únicas que consideramos problemáticas en la esfera pública del movimiento. Por el contrario, en la coyuntura actual, se complementan con un conjunto de opiniones que tratan de bloquear la mirada crítica de los hechos, acusando a quienes no pueden identificarse con una lucha de liberación nacional de ser privilegiadas occidentales blancas. Por lo que parece, para estos enfoques, no importa que sean igualmente «privilegiado y occidental» apoyar una resistencia bajo Hamás y, además, desde la seguridad. Es decir, sin necesidad de organizarse, luchar y morir por esta organización.

Su pobreza radica en una concepción estrecha que ve el poder solo en su dimensión represiva/opresiva y no en la productiva. De esta perspectiva se deriva también un enfoque puramente afirmativo sobre la cuestión de la identidad nacional. Lo que se deja fuera no es solo cómo se constituye cada identidad nacional, sino también cómo su reproducción conduce a la subordinación de cualquier otra determinación que pueda tener un sujeto. Veamos el ejemplo de la identidad palestina, que surgió a raíz de procesos de racialización violenta: una población se vio sometida a la represión, fue sistemáticamente menospreciada, se le prohibió la libertad de movimiento, sus necesidades se disminuyeron a las básicas, su vida se redujo a la supervivencia y la diversidad que llevaba dentro se eliminó para finalmente encajar en la definición que le atribuían a la fuerza: Palestino. Sin duda, la fuga de la prisión en la que los han encerrado parte de esta definición. Sin embargo, esta identidad ha quedado marcada de forma permanente por la violencia que la engendró. Su reproducción contribuye a la propagación de la violencia y al refuerzo de una percepción mutilada y unívoca de sí mismo por parte de sus portadores. Las décadas de lucha de los proletarios palestinos contra Israel se caracterizan precisamente por esta reproducción de la identidad palestina, a menudo reprimiendo las tendencias que se desarrollaron en el seno de estas luchas para superarla. En pocas palabras: en el momento en que estallan las bombas y el nacionalismo toma el control, cualquier otra identificación social queda sofocada. Nadie puede ser otra cosa (mujer, hombre, queer, trabajador, jefe, derechista, izquierdista, etc.) más allá de palestino (o, respectivamente israelí). O primero hay que ser palestino y luego cualquier otra cosa. Por lo tanto, si criticamos la resistencia palestina, no tiene que ver con el hecho de que sea una «lucha parcial». Por el contrario, tiene que ver con el hecho de que apunta a una universalización abstracta, eliminando por la fuerza cualquier contradicción social particular. Queremos preservar estas contradicciones sociales particulares de ambos bandos.

Por supuesto, reconocemos que muchas de las críticas que hacemos se basan en corrientes teóricas y movimientos que intentaron cuestionar las Grandes Narrativas del pasado y poner de relieve aspectos silenciados de las relaciones de poder que habían quedado marginados. Sin embargo, la ausencia de cualquier rastro de reflexión sobre cómo surge la experiencia de la opresión y la yuxtaposición copulativa de identidades conduce al resultado contrario. Si comparamos el «derecho a la propiedad de la tierra», la defensa de una «cultura oprimida que está siendo alterada», la preocupación por «las costumbres y tradiciones que deben preservarse» y la invocación de «tradiciones que conllevan la sabiduría de siglos», lo que obtenemos son los elementos protoideológicos del nacionalismo. Se trata de los materiales que utiliza el nacionalismo para construir su narrativa, basándose en la condición psíquica de la intimidad perdida, en la tristeza que provoca algo que creemos haber perdido, cuando en realidad nunca nos perteneció. Lo único que consiguen estas concepciones esencialistas, que ven a la nación como algo preexistente detrás de cada comunidad humana, es borrar toda la historia de la humanidad, que incluye mezclas de poblaciones y apropiaciones mutuas de elementos culturales. Al final, terminan sirviéndonos un nacionalismo a plazos.

¿Quién tiene la culpa?

Consideramos que los dos enfoques mencionados anteriormente, el que podríamos llamar antiimperialista y el que intenta organizar de manera fragmentaria un conjunto heterogéneo de puntos de vista, bajo el paraguas de la anti(post)colonialismo, comparten un punto de partida común. Parten de una necesidad que ahora se encuentra ampliamente extendida dentro de los movimientos. Se trata de la necesidad de simplificar, con el fin de explicar el mundo capitalista en sus innumerables expresiones. Existe una inquietud entre muchos activistas por dar rostro a esa fuerza impersonal que domina el mundo y hace que todo gire en torno a la creación de beneficios. Sería muy conveniente que alguien encarne el papel del archicapitalista, el que mueve los hilos y domina nuestras vidas, siendo responsable de nuestros sufrimientos. Nuestra lucha sería así más fácil, tendría un objetivo claro. Del mismo modo, sería preferible que la compleja red de poderes y explotación que nos envuelve en su dinámica se presentara como un dípolo arquetípico: buenos vs. malos. Lo único que se necesitaría entonces, si el conflicto social lograra cristalizarse en dos bandos aislados que se enfrentan cara a cara, sería una identidad ampliada, un punto de referencia simbólico, para que los «buenos» pudieran identificarse entre sí.

Lord Byron de Lidl*

*Lidl: cadena de supermercados baratos

Como nos ha demostrado la larga historia del movimiento social, la construcción de una Gran Narrativa suele ir de la mano de la construcción de un Sujeto Revolucionario. Observamos, pues, una tendencia dentro del movimiento a buscar este sujeto en algún punto, supuestamente, externo al capitalismo. En un punto que parece purificado de la suciedad capitalista y, por lo tanto, ideal para iniciar el ataque al capital. Las llamadas poblaciones excedentes se encuentran cada vez más a menudo en esta posición, lo que supone una inversión del análisis clásico de la clase obrera. Si en el pasado era la clase obrera la que estaba destinada a hacer la revolución debido a su posición objetiva dentro de la producción, hoy en día esta cualidad se transfiere a las poblaciones excedentes por la razón opuesta: porque son expulsadas de la producción capitalista. En otros enfoques, este «fuera» se define en términos retrospectivos, lo que conduce a la idealización de tradiciones, costumbres, culturas y otros elementos culturales que prevalecían en las regiones antes de la acumulación primitiva, con la esperanza de que allí sobreviva un deseo insaciable de las personas por comunidades más allá del capital.

En los casos anteriores, la incapacidad de comprender cómo el «exterior» y el «interior» se producen mutuamente como aspectos complementarios de la totalidad capitalista, conduce al apoyo de una forma capitalista frente a otra o a la idealización de formas precapitalistas del poder: frente a Occidente, se opone Oriente; frente al centro, la periferia; frente a los muertos de un bando, los muertos del otro; frente a las coacciones mediadas por el capital, la violencia directa de los vínculos precapitalistas; frente al capital globalizado, la comunidad de la nación. Se trata de una tendencia de la época. En muchos lugares del mundo se está produciendo un desplazamiento conservador, de tal manera que la nación aparece como un refugio de fortalecimiento frente a la inestabilidad que generan las crisis del capitalismo globalizado. Al parecer, ni siquiera los movimientos permanecen inmunes a este cambio, ya que, no lo olvidemos, también forman parte de la sociedad y son parte integrante de ella.

Epílogo: lo que se puede salvar

El realismo capitalista ha logrado imponer su propio horizonte en nuestro pensamiento y limitarnos a las opciones ya existentes. No es paradójico, por tanto, que surjan voces que rechacen la propuesta de luchas comunes de palestinos e israelíes contra el apartheid, con la justificación de que es algo inalcanzable y poco realista, y a pesar del hecho de que ya existían indicios de tales enfoques en la región hasta antes del inicio de la guerra4. Lo único que se presenta como «realista» es la continuación de la guerra y el aumento del número de muertos, hasta que se convierta en un conflicto generalizado o conduzca al exterminio de los palestinos o la expulsión de los judíos, según el bando que defienda cada uno. Estas son las opciones «realistas» que se nos ofrecen y que nos obligan a elegir bando.

Para nosotros, cualquier cosa que se proponga como «solución», ya sea en su versión más reformista o en la más revolucionaria, ya se trate de la creación de uno, dos o diez estados, ya se trate de confederaciones y comunas, presupone transformaciones sociales radicales. Supone el retroceso de los nacionalismos y el fin del apartheid. No creemos que la solución dependa de si las masas seguirán al pie de la letra la receta inspirada la oficina política de turno. Depende de si la gente de allí quiere y puede imaginar formas de coexistir. Pero para que eso suceda, la guerra debe terminar. Ese es el principal desafío que vemos en este momento. Ya hemos defendido que lo que decimos sobre Palestina se aplica, en primer lugar y ante todo, a nuestro propio estado. Refleja nuestra postura aquí. En este sentido, nos sentimos lo suficientemente seguros como para ser un poco más concretos. Por ello, al final de este texto, nos gustaría destacar tres puntos de escape del sombrío futuro que nos espera.

Primero. La gestión de la población palestina allí se refleja en la gestión de la inmigración aquí. La deshumanización de quienes son etiquetados como «extranjeros» y «peligrosos», el fomento de un clima de apatía social e indiferencia por sus vidas, el desarrollo de un mecanismo policial-militar para controlarlos y reprimirlos, son cosas que están sucediendo en este momento, en el lugar donde vivimos. Este tipo de políticas exacerban el descontento social, vinculan a la población al discurso nacional y alimentan una lucha de «tu muerte es mi vida», ya que se ha consolidado la idea de que cualquiera podría encontrarse marginado y ser considerado prescindible. Desde esta perspectiva, el esfuerzo por construir comunidades de locales e inmigrantes es el único camino si queremos levantar barreras contra el canibalismo social. Una opción que, por difícil que sea, es igualmente necesaria.

Segundo. Debemos oponernos a la participación del estado griego en la guerra, pero también a todos los preparativos bélicos que le gusta anunciar. Los ejercicios conjuntos con fuerzas aliadas, las «carreras armamentísticas», las «batallas» contra los fenómenos naturales y, por supuesto, la participación en el matadero de la guerra, intentan, entre otras cosas, crear un clima social en el que la guerra sea una opción realista para gestionar la cuestión social. Lo que no nos interesa, por supuesto, es hacer política exterior. Sabemos que las alianzas interestatales son volátiles y que no tiene sentido presionar al estado para que cambie de «aliados». Además, la reciente guerra entre rusia y ucrania nos ha demostrado que la «neutralidad» puede ser aceptable en el marco de una política exterior nacionalista («ni con ni con Rusia ni con Ucrania, nuestro enemigo es Turquía»). Las posiciones pacifistas serán antinacionales o no serán nada.

Tercero. El militarismo es el lugar donde van las revueltas para morir. Lo único que garantiza la militarización de los movimientos y las revueltas es la formación de un cuerpo de combatientes dentro de ellos, que desea ascender a su liderazgo. La centralización de la contra-violencia del movimiento social no produce luchadores, sino cuadros partidistas y aplaudidores. Detrás de la postura que afirma que «los medios crean los fines», no solo vemos ingenuidad, sino también deseo de poder. Por lo tanto, si una faceta de nuestra acción se centra en la crítica del ejército como institución, la otra faceta debe erradicar del movimiento el heroísmo, la valentía, el martirio y la necrofilia que nos ha legado la izquierda.

Por último, queremos señalar, una vez más, que las decisiones de los proletarios allí nos conciernen directamente, porque pedirán de nosotros que vayamos a luchar si empiezan a caer bombas también en nuestro territorio. Por nuestra parte, no estamos dispuestos a hacer tal cosa, ni con ejércitos regulares ni con agrupaciones de izquierda. Sin embargo, estamos dispuestos a asumir el papel de enemigo interno, traidoras y desertores. Tanto frente al aparato estatal, que nos pedirá que seamos carne de cañón, como frente a las aspirantes a liderazgos del movimiento que intentarán definir las prioridades de nuestra lucha. En la fase actual, esto es lo mínimo que podemos prometer.

Fabrika Yfanet



CESE INMEDIATO DE LAS ACCIONES BÉLICAS



BOICOT A LA PARTICIPACIÓN DEL ESTADO GRIEGO
EN LA GUERRA



APERTURA DE LAS FRONTERAS – SOLIDARIDAD
CON LAS MIGRANTES



SOLIDARIDAD CON TODOS LOS DESERCTORES



LUCHAS COMUNES DE ISRAELÍES Y PALESTINOS
CONTRA EL APARTHEID







Notas al pie

1 https://www.efsyn.gr/kosmos/mesi-anatoli/400733_oi-israilinoi-epimenoyn-ka-ta-tis-dikastikis-metarrythmisis

2 https://www.aljazeera.com/news/2023/10/11/what-is-the-palestinian-authority-and-how-is-it-viewed-by-palestinians

3 Las mayores manifestaciones de la población palestina contra el gobierno de Hamás tuvieron lugar en 2019 (https://www.aljazeera.com/news/2019/3/19/gaza-rights-groups-denounce-hamas-crackdown-on-protests) y las mas recientes en el verano del 2023 (https://www.lemonde.fr/en/international/article/2023/07/30/thousands-of-marchers-in-gaza-in-rare-public-display-of-discontent-with-hamas_6073136_4.html).

4 Algunas iniciativas recientes de acción conjunta pueden encontrarse en la entrevista de Georges Mehrabian (https://www.aftoleksi.gr/2023/11/14/koinoi-agones-ar-avon-evraion-chtes-amp-to-simera-synenteyxi-ton-zorz-mechrampian) Por supuesto, hay ejemplos de luchas comunes de israelíes y palestinos a lo largo del siglo pasado. Algunos de ellos fueron la colaboración entre trabajadores árabes y judíos que trabajaban en los ferrocarriles durante el periodo de entreguerras (cuando Palestina estaba bajo mandato británico), la huelga conjunta de conductores de autobús árabes y judíos en 1931, la huelga conjunta de trabajadores judíos y árabes de Tempo Beers en 2000, varias organizaciones de mujeres que agrupan a feministas israelíes y palestinas, la organización judía KavLaOved (escisión de Matzpen) que ofrece asistencia jurídica tanto a trabajadores judíos como árabes (pero también a inmigrantes de terceros países), activistas pacifistas, anarquistas judíos que mantienen contactos con organizaciones palestinas y participan en las protestas contra la construcción del muro que separa los territorios palestinos ocupados en enclaves, israelíes que se niegan a alistarse en el ejército o son objetores de conciencia, etc.



* * *



Este texto fue escrito por la asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, en octubre de 2024. Se distribuye gratuitamente en centros sociales, ocupaciones, espacios sociales y los gastos se cubren con aportacion voluntaria. La versión electrónica del folleto se puede encontrar en https://yfanet.espivblogs.net

Para comentarios, críticas o cualquier pregunta, existe la dirección contact@yfanet.net

Alternativamente, todos los martes a las 20:00, en la esquina de Omirou y Perdika, Kato Toumba, Thessaloniki, Grecia.

jueves, 6 de noviembre de 2025

Panfletos internacionalsitas contra la guerra, contra la paz

¡Alto a la Guerra-Alto a la Paz! ¡Parar el genocidio significa muerte al Capitalismo!

México, octubre de 2025

«El momento de emergencia exigía acción, el periodo extraordinario exigía soluciones “reales” (¿?) la gente salía de nuevo a las calles para parar el genocidio perpetrada por Israel, cobijada por múltiples Estados Europeos, aplaudida por sus asquerosos esbirros en Latinoamérica, financiada y dirigida por Estados Unidos. Y cuando paró el bombardeo, ¡¡¡el alto al fuego lo logró Estados Unidos!!! Muchos camaradas preguntaban ¿Qué carajo significa esto?

La presión internacional ha interrumpido el genocidio, por ahora. Pero también ha validado a Hamas como interlocutor del destino de los palestinos, justo cuando los mismos proletarios cuestionaban y atacaban su liderazgo. Justo cuando cientos de israelitas desertaban o se negaban a participar en el genocidio. Es necesario seguir con la presión en las calles, ningún Estado abogará por nuestros intereses. También es imperativo la discusión entre camaradas para afilar el rumbo organizativo. Dirían por ahí: el reagrupamiento y la unificación sólo será a partir de intercambios, más o menos fraternos. Tengamos nervios de acero para lo que se avecina.»

Panfleto completo: https://insurgenciamagisterial.com/alto-a-la-guerra-alto-a-la-paz-parar-el-genocidio-significa-muerte-al-capitalismo


Continúan las deserciones en los frentes de la guerra entre Rusia y Ucrania

Octubre 2025

Sobre las deserciones en el ejército ucraniano; y los motines y desobediencia en el ejército ruso.

Panfletos y entrevistas: https://materialesxlaemancipacion.espivblogs.net/2025/10/18/continuan-las-deserciones-en-los-frentes-de-la-guerra-entre-rusia-y-ucrania

viernes, 27 de junio de 2025

Frente a las guerras: militarismo y masculinismo en la izquierda

por Agnes de Oliveira
Brasil, 18/06/2025
Original: https://quilomboinvisivel.com/2025/06/19/diante-das-guerras-militarismo-e-masculinismo-na-esquerda (traducción no profesional)

«La masculinidad moderna no está hecha de testosterona, sino de gasolina y pólvora.» (Paul Preciado, Disforia Mundi)

«Aunque sólo sea por eso, es precisamente el auge del principio masculino del "trabajo abstracto como fin tautológico en sí mismo" lo que ha provocado el confinamiento doméstico y la represión de las mujeres en la historia occidental, produciendo en última instancia la pérdida de la dimensión sensible de las relaciones humanas, la destrucción de la naturaleza y la amenaza de una guerra nuclear.» (Roswitha Scholz, El valor es el hombre)


El viernes 13 de junio, Israel declaró la guerra a Irán bombardeando una serie de instalaciones nucleares, refinerías de petróleo y zonas residenciales de Teherán, Natanz y otras ciudades, matando a 78 personas, entre civiles (incluidos niños), militares de las Fuerzas Armadas y de la Guardia Revolucionaria, y científicos.[1] En una justificación que recordaba a la guerra de Irak, y anticipándose ya a las represalias, las FDI alegaron "ataques preventivos" contra una supuesta amenaza que suponía el programa nuclear iraní, a pesar de que Irán no había amenazado a Israel ni tenía armas nucleares.[2] Tanto en 2003 como ahora, es el mismo mecanismo el que funciona para crear lo que se pretende matar, en el que la producción de la diferencia racial y cultural realiza su trabajo de autorizar la violencia contra las "fuerzas del mal".

La guerra se declaró dos días antes de la reunión sobre el acuerdo nuclear entre Irán y Estados Unidos. Trump, por su parte, no sólo había sido informado del ataque, sino que se había pronunciado públicamente apoyando a Israel, justificando la "necesidad" de la guerra y culpando a Irán de no abandonar su programa de enriquecimiento de uranio.[3] Merece la pena mencionar otras dos observaciones sobre la fecha del ataque: 1) Pocos días antes del ataque de Israel contra Irán, la coalición de Netanyahu corría el riesgo de disolverse y convocar elecciones anticipadas. No es ningún secreto, por cierto, que Netanyahu utiliza las guerras para mantenerse en el poder y escapar a la posibilidad de ser condenado y encarcelado; 2) Los atentados se llevaron a cabo cuatro días antes de la conferencia de la ONU sobre la solución del conflicto mediante la creación de dos Estados. La conferencia fue aplazada el mismo viernes 13, cuando comenzó la guerra.[4] Tras seis días de guerra, con más de 240 muertos, la mayoría civiles i
raníes, es evidente el interés de EEUU e Israel en una escalada bélica. Trump, por ejemplo, se negó a firmar la declaración del G7 para desescalar la guerra, incluso ordenó la evacuación de Teherán y amenazó de muerte al ayatolá Ali Jamenei. [5] Más que eso, la situación expresa cómo la guerra es tanto un producto como un medio para intensificar la lógica de aniquilación no sólo del Estado de Israel, sino global y autodestructivamente del propio capitalismo, como en el caso de la guerra entre Ucrania y Rusia.[6]

El capital global, en sus diversas "guerras de orden mundial" promovidas por el imperialismo de seguridad, sólo puede preservarse, en medio de su crisis estructural, violando constantemente el derecho internacional.[7] Lo que estamos viendo ahora es una aceleración y profundización del colapso del derecho internacional. En este proceso, el papel de Israel en Oriente Medio ha sido bien definido por el propio canciller alemán: "Este es el trabajo sucio que Israel hace por todos nosotros".[8]

Al mismo tiempo que la guerra, Israel sigue profundizando el genocidio en la Franja de Gaza. También lo ha hecho con el apoyo y la financiación de milicias: tanto en Gaza, para contrarrestar a Hamás, como la milicia Al Shabaab, como en Cisjordania, mediante la formación de milicias de colonos israelíes. También el lunes (16), Israel llevó a cabo un ataque en el que murieron al menos 59 palestinos, y el miércoles (18) hubo otro ataque en el que murieron más de 400 palestinos.

Estamos, pues, ante la intensificación de la producción de muerte, que se ha convertido en un fin en sí mismo a escala ampliada. No en vano, los grandes medios de comunicación, los comentaristas y los expertos se encuentran perdidos en medio de la falta de perspectiva de la guerra.

En este escenario, sin embargo, también podemos ver manifestaciones militaristas y de apoyo a la guerra por parte de la izquierda. Al igual que la extrema derecha, pero con signo inverso, parte de la izquierda ve la guerra como "necesaria" para detener militarmente el genocidio en Gaza, apoyando a Irán en esta escalada militar. En ambos casos, estamos ante un "belicismo moral", referenciado desde un punto de vista nacional, que proporciona legitimación a las propias guerras del imperialismo global. Argumentamos aquí que esta posición de la izquierda no puede entenderse sin su relación con el masculinismo de crisis, el militarismo sacrificial y su economía libidinal subyacente.

Masculinismo de crisis y militarismo de sacrificio

El auge de un "masculinismo de crisis" dentro de la izquierda, que remite a una crisis del propio patriarcado capitalista, es cada vez más observable, por ejemplo, en el crecimiento de las posiciones antiminorías (o "antiidentitarias"), el nacionalismo y, como veremos, la defensa del militarismo. Como ya se ha señalado, el masculinismo no sólo concierne a los "hombres" como individuos empíricos, ni se deriva de ninguna determinación biológica. Más bien, es una forma de relación social de dominación sin un sujeto preexistente, dentro de la cual el sujeto se produce como masculino. Como tales, las mujeres cis y las minorías de género y sexualidad pueden no sólo defender posiciones políticas masculinistas, que refuerzan esta forma de dominación, sino también, al ocupar posiciones políticas estructuralmente patriarcales, llevar a cabo la dominación masculina desde una "doble socialidad", sin que las jerarquías de género dejen de existir. La figura de Ursula Von der Leyen, presidenta de la Unión Europea, personifica bien esta situación, ya que actualmente es la responsable de llevar a la Unión Europea a una carrera armamentística.[9] Pero algo similar podría decirse de figuras políticas como Carla Zambelli y Damares Alves, o del propio feminismo transexcluyente en afinidad con la política de extrema derecha y sus conspiraciones antisemitas, que acaban reforzando el propio patriarcado.

Frente a la guerra, en la izquierda y en la derecha, el masculinismo se manifiesta en su nexo interno con el militarismo, orientando la adhesión inmediata, como espectadores y aficionados, a los procesos (auto)sacrificiales resultantes de la escalada militar global. Esta dinámica sacrificial y su supuesto régimen libidinal no son ajenos a una crisis del propio Sujeto moderno -siempre ya patriarcal- que ve sus bases sociales de autoafirmación cada vez más socavadas por la crisis, descargando, en una dinámica competitiva de aniquilación, la violencia contra el mundo exterior y, al final, contra sí mismo. En consecuencia, la crisis del Sujeto se convierte también en una crisis del "Sujeto Revolucionario" bajo el paradigma de la soberanía y la autodeterminación mediadas por la estatalidad. Esta crisis del sujeto se expresa, por ejemplo, en el crecimiento de las figuras masculinas de los mártires y de los actos de amok suicidas y "sin perspectiva", con los que los hombres de izquierda y de derecha, sobre todo, establecen relaciones de identificación. Del ayatolá Jamenei a Netanyahu, de la Guardia Revolucionaria a las Fuerzas de Defensa de Israel.[10]

En un pasaje poco comentado de Necropolítica, al tratar de la situación de apartheid en Palestina, Achille Mbembe aborda la lógica del martirio, caracterizada por la figura del "terrorista suicida". Lo que caracteriza esta lógica es que "mi muerte va unida a la muerte del otro". El asesinato y el suicidio se llevan a cabo en el mismo acto. Y, en gran medida, resistencia y autodestrucción son sinónimos". El cuerpo, a su vez, ya no tiene valor en sí mismo, sino que se convierte en el soporte de un "proceso de abstracción basado en el deseo de eternidad", dentro del cual "el sujeto triunfa sobre su propia mortalidad". Esta relación entre autodestrucción y libertad, como manifestación de un proceso de abstracción en el que el cuerpo carece de valor determinante, no es el resultado de una codificación islámica y religiosa "arcaica" o "premoderna". Como muestra Mbembe, esta lógica está en la base de la metafísica del sujeto moderno y de su concepción de la libertad como autodeterminación, que en situaciones de terror y excepción alcanza sus formas más brutales de manifestación, en las que coinciden la autoafirmación y la autoaniquilación.

Sin embargo, la tendencia actual a la autoaniquilación se refiere a un proceso social más amplio de autodestrucción del propio patriarcado capitalista y su pulsión de muerte. Como argumentó Kurz en War of World Order: «La 'sed de muerte' no es un motivo específicamente islámico, sino más bien el grito universal de desesperación de una humanidad que se autoejecuta en su forma de mundo capitalista». De ahí el continuum  que encontramos desde las figuras del terrorista suicida, los sujetos masculinos amojamados y los adolescentes asesinos, hasta la propia dinámica de los Estados con sus aparatos de violencia y el imperialismo de seguridad "democrático", que se ha convertido en un "amok global ideal" y nuclear: «La pulsión de muerte del capitalismo se manifiesta como un amok policial mundial, que amenaza con adquirir dimensiones capaces de destruir el planeta.»

Tal es el masculinismo de crisis, que adopta la forma tanto de una guerra civil molecular (auto)destructiva como de una escala militar global, que llevamos tiempo viendo desarrollarse, adquiriendo escalas cada vez mayores y más peligrosas.

Masculinismo, militarismo y antiimperialismo

En este contexto, la guerra que ahora se recrudece se convierte en un momento de desescalada para la manifestación del deseo patriarcal de aniquilación, que adquiere un aire de fascinación espectacular a medida que las bombas rasgan el cielo y se producen muertes. Por parte de la izquierda occidental, la adhesión inmediata y la inversión libidinal en estas formas de aniquilación violenta llevadas a cabo por los Estados-nación acaba compensando su propia impotencia política ante el genocidio de Gaza.[11] Y, no por casualidad, en el contexto de la guerra entre Israel e Irán, la racionalización de esta adhesión va acompañada también de un aumento de las manifestaciones explícitamente antisemitas y de la legitimación del exterminio masivo de israelíes.

Para pintar la escala militar capitalista con los colores de la liberación, resultado de un proceso social global que se desarrolla a ciegas y mediado por la competencia entre Estados y bloques de poder, una parte de la izquierda presenta la guerra Israel-Irán como una guerra antiimperialista de liberación nacional. En este punto, el discurso de la izquierda se acerca -y se adapta- al discurso nacionalista antiimperialista de los duginistas (Cuarta Teoría Política) y de la extrema derecha prorrusa (Nazbols).[12] Desde los anarquistas hasta la Nueva Resistencia, se repite la misma justificación de la guerra y de su "necesidad", que tienen en común la posición del Eje de la Resistencia, así como la alianza euroasiática, como fuerza antiimperialista a la que hay que apoyar en la lucha por la liberación palestina. Así, mientras que del lado de la extrema derecha occidental la guerra se justifica como el "derecho a la defensa" de Israel, para la izquierda occidental y la extrema derecha prorrusa, se justifica a través de un "antiimperialismo" nacional, estructuralmente patriarcal, en el que los aliados, según criterios materialistas "objetivos" y "necesarios", se convierten en las élites políticas y los señores de la guerra de los regímenes de las naciones "aliadas". Es entonces cuando los regímenes nacionales, por el simple hecho de oponerse a Estados Unidos, no son mistificados como "anticapitalistas".[12]

La "pérdida de la historia" no podría ser aquí más explícita. Frente a un proceso de fragmentación y escalada militar global, en cuyo seno se intensifica la competencia entre Estados y bloques de poder, la izquierda "antiimperialista" evoca la constelación de la primera mitad del siglo XX, marcada por las guerras mundiales entre potencias imperiales, y las guerras de liberación nacional, responsables de la expansión de las formaciones estatales nacionales en un contexto de "capitalismos de Estado".[14] Como resultado, perdemos de vista que, en lugar de que el "antiimperialismo" traiga condiciones para la liberación, estamos frente a un proceso de profundización de la crisis global de la propia forma social dentro de la cual las luchas de liberación nacional tuvieron sentido y fueron históricamente concluidas. En lugar de una expansión de las formaciones y soberanías nacionales a través de las guerras de liberación nacional, lo que estamos presenciando es la descomposición de los propios Estados modernos formados en este proceso histórico. La escalada militar en curso es una de las formas en que se procesa esta descomposición social-global, resultado de la competencia patriarcal entre estados y bloques de poder en un contexto de agravamiento de la crisis estructural de la reproducción social capitalista.[15] Esto es difícil de aceptar en los análisis "realistas", que pretenden fundamentar la necesidad y objetividad de la guerra recurriendo a la constelación de guerras de liberación. Tales análisis no sólo se aferran a teorías cuyo punto de referencia histórico se ha agotado, sino a una visión del capitalismo como el "eterno retorno" de lo Mismo, como si ciertas formas de mediación social y de dinámica social tuvieran un poder infinito de regeneración y no estuvieran ellas mismas sometidas a una profunda crisis que plantea desafíos a la izquierda. Este punto ciego del "antiimperialismo", sin embargo, es coherente con el encuadramiento nacional de los conflictos, aislándolo de su pertenencia a un plan social mundial dinámico y cualitativamente modificado, caracterizado por una mundialización de las cadenas de producción y de los flujos de capital monetario, que es al mismo tiempo una crisis estructural de acumulación.

Sin embargo, y a pesar del "realismo" de las posiciones antiimperialistas, no es exagerado afirmar que uno de los efectos más probables de esta guerra será la profundización de la crisis económica y social de Irán, sumiéndolo en una guerra civil y en un proceso de descomposición del Estado-nación similar a lo ocurrido en Siria y Ucrania, aumentando la fragmentación social y la formación de máquinas de guerra. Algo que también está en marcha en el propio Estado de Israel, actualmente impulsado por el proyecto mesiánico y fundamentalista del "Gran Israel". La intensificación del genocidio y la escalada militar de Israel han profundizado la crisis de sus propias condiciones políticas, económicas y sociales, al tiempo que han ampliado las formas militantes de control territorial. Este proceso es sintomático de cómo la violencia de la aniquilación se ha convertido en un "fin en sí mismo" que contradice sus propios cálculos de intereses (económicos, políticos y militares), y no puede explicarse simplemente por ellos.

La retirada de Trump de la reunión del G7 y su negativa a firmar la declaración de alto el fuego es un síntoma de este nuevo momento de globalización y crisis del imperialismo, que intensifica la fragmentación y la competencia. Esto está en continuidad con el abandono de EEUU del apoyo militar a Ucrania, la posibilidad de retirar tropas de Europa y las tensiones con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Lo que estamos viendo, en este sentido, es toda la estructura del patriarcado capitalista y su imperialismo de seguridad, bajo la hegemonía estadounidense, desmoronándose a un ritmo acelerado, arrastrando al mundo a una espiral de destrucción.

Este proceso de escalada militar no produce en sí mismo más que guerras sin fin y sin perspectiva, dentro de las cuales el patriarcado capitalista transforma el globo en una enorme máquina competitiva y sacrificial de cuerpos reducidos a carne.

 

Notas:

1 https://g1.globo.com/mundo/noticia/2025/06/12/israel-realiza-aereo-contra-ira.ghtml

2 La relación fue puesta de manifiesto por el propio ministro de Defensa israelí, Israel Katz, quien afirmó que el ayatolá Jamenei podría correr la misma suerte que Sadam Husein.

3 Trump incluso comentó que la guerra "tenía que ocurrir". https://noticias.uol.com.br/internacional/ultimas-noticias/2025/06/15/trump-guerra-israel-ira-eua-se-envolver.htm

4 https://pt.euronews.com/my-europe/2025/06/14/crise-irao-israel-faz-adiar-conferencia-da-onu-sobre-solucao-de-dois-estados

5 https://www.reuters.com/business/aerospace-defense/trump-urges-tehran-evacuation-iran-israel-conflict-enters-fifth-day-2025-06-17/

6 https://quilomboinvisivel.com/2025/01/21/o-ascenso-do-masculinismo-na-esquerda/

7 En Wars of World Order, Kurz diagnostica el proceso de colapso del derecho internacional en la guerra de Kosovo de 1998, a la que siguió la de Irak.

8 https://www.dw.com/pt-br/israel-faz-trabalho-sujo-no-ir%C3%A3-por-n%C3%B3s-diz-chanceler-alem%C3%A3o/a-72955873

9 https://www.bbc.com/portuguese/articles/cj671j4g42lo

10 Según el relato de un activista anarquista iraní sobre la guerra y la fragmentación de la población iraní, la posición de una parte de la izquierda occidental, que ve los bombardeos de Tel Aviv como presagios de liberación, está más cerca de los fundamentalistas islámicos y de su lógica de mártires que de la izquierda iraní. Sobre esto, véase: https://quilomboinvisivel.com/2025/06/19/teera-sob-bombas-testemunho-de-uma-companheira-anarquista/

11 Se trata de un "amor desinteresado", de una alegría por participar en un poder deseante de aniquilación que no se posee ni se autonomiza en forma de poder capitalista. Algo que ya presupone una "impotencia"/carencia inscrita en el propio deseo.

12Esta deriva del antiimperialismo hacia una posición abiertamente de extrema derecha y un discurso de legitimación belicista basado en el pathos nacional no es reciente. Kurz había diagnosticado esta transformación en 2003: "La orientación hacia la nación como punto de referencia supuestamente anticapitalista y antiimperialista se ha convertido, liberada de su lastre marxista, en parte en una ideología y una política abiertamente nacionalistas de extrema derecha (como, por otra parte, lo ha hecho el patriotismo "socialista" en toda Europa del Este, incluida Alemania Oriental). La mutación de algunos de los tribunos del radicalismo izquierdista alemán de 1968 en nacionalistas reaccionarios (por ejemplo, Bernd Rabehl) e incluso en neonazis declarados (por ejemplo, Reinhold Oberlercher u Horst Mahler) es, en esta medida, más coherente de lo que podría parecer a primera vista." (World Order War, p.252). En nuestra opinión, esto sólo debe explicarse adecuadamente cuando se refiere al agotamiento de la fuerza histórica progresiva del capitalismo, sacando a la luz los elementos reaccionarios constitutivos del propio antiimperialismo de "liberación nacional", que se convierte, en un contexto de crisis, en una guerra sin perspectiva por la autoafirmación en la forma social capitalista, confundiéndose en muchos casos con el autosacrificio.

13 Es precisamente la toma de la nación (una construcción capitalista en sí misma) como punto de referencia supuestamente antiimperialista y anticapitalista lo que permite, por ejemplo, a la extrema derecha duginista presentarse como "anticapitalista"

14 Incluso se ha convertido en un lugar común en la izquierda, ante la profundización de la crisis del "imperialismo de seguridad" bajo la pax americana, volver a la constelación del imperialismo policéntrico. Cuando, sin embargo, está en curso una descomposición de los propios Estados nacionales y, más ampliamente, de la matriz de la socialidad moderna, que no merece que derramemos lágrimas sobre su final.

15 Según el Índice de Paz Global 2024, hay 56 conflictos armados activos en el mundo, incluida la guerra en Ucrania y el genocidio en Palestina. Se trata de la cifra más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de un claro proceso de escala militar global.

¡Parar la guerra! ¿Anti-imperialismo o lucha de clases?

por Instituto de Balística
México, 26/06/2025

Una nueva guerra, otra vez…

1. La campaña militar israelita en Palestina no solo tiene un carácter salvaje, sino que también presenta cualidades racistas y de limpieza étnica, por lo cual no es exagerado llamarla una práctica genocida sin necesidad de entrar en debates estadísticos. Sin embargo, su naturaleza no corresponde a ninguna excepcionalidad, es una empresa social de destrucción[1] como el resto de conflictos bélicos modernos, que tiene como objetivo final la conquista del territorio de la Franja de Gaza primero, y de Cisjordania después.

2. Por muy desgarradoras que resulten las imágenes, no cambia el hecho de que es una más de las guerras del capitalismo. Aunque las modalidades pueden cambiar, a veces por materias primas, a veces por expansión de mercados o como en este caso, por un espacio desde donde posicionarse en la guerra entre imperios.

3. Lo iniciado en octubre de 2023 ha desencadenado un reacomodo en la geopolítica de Oriente Medio y el mundo, pero la geometría tradicional no alcanza para explicarlo.  El capitalismo ha tenido varias olas exitosas de globalización, desde el comercio marítimo del s. XVI hasta la conquista del telón de acero soviético a finales del s. XX, hoy podemos afirmar que domina todas las esquinas del planeta y que ya no hay oposiciones regionales, dado que la única oposición a la burguesía podría ser el proletariado insurrecto y ese no “gobierna” en ningún lugar del mundo (mucho menos en China).

4. Los regímenes a los que se les suele atribuir alguna diferencia, ya sea por su forma o por su cultura, no dejan de ser capitalistas. No existen “vacíos” a resguardar. La producción material de la vida en el lugar más apartado de la tierra ya forma parte de una cadena de valorización, y el producto de esta es forzosamente gestionado por la burguesía que domina ese territorio a través de su forma política, el Estado. Las imágenes de Rafah antes de la guerra lo demuestran, con su comercio de mercancías bajo[2] el dominio policiaco no solo del ejercito sionista, también de la policía de la ANP o de Hamás.

¿Y nosotros?

5. Cómo posicionarse ante las guerras capitalistas es un tema que ha dividido a los elementos organizados del proletariado desde hace dos siglos, esto porque asumimos que no hay tal cosa como una lucha nacional, dado que ambas clases son mundiales, y los proletarios somos compañeros que luchan en cualquier parte del mundo[3]. Consignas como “si luchas aquí, luchas allá” no son solo versos, expresan una realidad material.

6. Las formas de solidaridad se han adaptado a las condiciones históricas de cada guerra. En un inicio fueron forajidos románticos al estilo Bakunin cruzando el mundo para socorrer los levantamientos, llegando a Paris, a Bolonia o a Cuautla. Pero en tiempos de la II Internacional, partidos y sindicatos obreros le otorgaron un lugar central en sus discusiones. No participar de la guerra, sino parar su maquinaria era una obligación de los revolucionarios, y para ello se llamaría a una huelga general internacional[4]. En la práctica todos estos esfuerzos fracasaron, ya que estas organizaciones fueron absorbidas por sus enemigos. No solo fue la socialdemocracia aprobando las declaraciones de guerra, incluso algunos patriarcas del anarquismo declararon que era preferible que la guerra la ganara el bando aliado (aquellas democracias que ejecutaban revolucionarios a la menor provocación)[5].

7. Sin embargo, en 1918, en plena carnicería mundial, el primer asalto proletario comenzó con los motines y deserciones de conscriptos en ambos frentes. Lo que los bolcheviques y espartaquistas sintetizaron como “derrotismo revolucionario”, que no es otra cosa que los soldados volteando sus armas contra sus generales como forma de parar la guerra, fue la lección más importante del periodo [6].

8. Después de la 2ª guerra mundial, esta consigna mutó colosalmente. Al existir dos bandos, los países coloniales tendrían un carácter progresista y derrotar a las metrópolis abriría procesos revolucionarios en ambos lados. Esto aplicaba a los partisanos de Europa, a los maoístas en Asia, a los panarabistas, africanistas y latinoamericanos. El esquema de liberación nacional duró tres décadas.

9. La solidaridad fue una práctica generalizada del proletariado alrededor del mundo. Ya sea suministrando recursos (financieros o humanos) a través de sus respectivas burocracias militantes (comités en apoyo al tercer mundo), ya sea a través de una condena moral y pidiendo una paz abstracta (hippies y new age) o en algunos casos cuestionando el papel de la propia burguesía ya sea como agresora o como cómplice. La consigna “traer la guerra a casa” sintetiza la lección del 2º asalto[7].

10. Lo cierto es que estos procesos anticoloniales fueron rápidamente secuestrados, abriendo en algunos casos feudos despóticos para nuevas burguesías locales (muchas veces en su forma militar) o siendo nuevos eslabones para algún bando imperialista, ya sea la URSS o USA. En la mayoría de ellos, los grupos revolucionarios fueron liquidados y el proletariado desmovilizado para volver a la producción.

¿Y ahora?

11. Lo que el conflicto en Oriente Medio nos permite reflexionar es la limitante que presentan las actuales posiciones ante la guerra. Aunque existen algunas aberraciones como la izquierda alemana pro-sionista, sabemos que el rechazo de la población a esta guerra es masivo, pero se expresa en la forma de un moralismo sentimental (positivo pero insuficiente) y que en el seno de las organizaciones militantes aun abunda con fuerza una postura peligrosa: el defensismo, que significa tomar partido por alguno de los bandos estatales del conflicto.

12. Este anti-imperialismo[8], parte del supuesto de que existen naciones buenas y naciones malas, cuando en realidad solo hay fuertes y débiles. Ya sea en la guerra ——Ucrania VS Rusia o Israel VS Irán, o el próximo USA VS China—, sus respectivos gobiernos funcionan oprimiendo a su población y sus ejércitos en cualquier momento se vuelven verdugos internos. Los trabajadores de estas naciones pasan de ser bestias de carga a carne de cañón.

13. La ofensiva que desató el régimen criminal de Netanyahu sobre Teherán ha traído de nuevo esas voces a la arena. Los llamados a defender el régimen de los ayatolás olvidan tanto el origen como la función de dicha teocracia, la contrarrevolución islámica. En 1979 hubo un levantamiento popular de enormes dimensiones para derrocar al Sha, encabezado por los consejos obreros (shoras) que no solo buscaban un cambio político sino una revolución social, ante lo cual la burguesía tuvo que recurrir a Jomeini y su grupo político para encauzarla y mantener la estabilidad necesaria para el desarrollo capitalista en Persia. Su supuesto anti-imperialismo quedó desmoronado cuando iniciaron aquella guerra santa contra el Irak del partido Baaz[9].

14. Hoy en día, Irán ha construido una imagen de “resistencia” a Occidente a través de su conflicto con USA, pero en el fondo sólo es una guerra económica más, donde los ayatolás construyen un frente regional a través de su apoyo a milicias islámicas, como en Líbano y Palestina, además de masacrar poblaciones kurdas. Justo antes de este conflicto, el gobierno estaba siendo sumamente cuestionado por su población, incluyendo las protestas en contra de la policía moral a raíz de la muerte de Amini, lo cual ahora será sepultado en medio los llamados a la unidad nacional, igual que ocurrió con los opositores a Netanyahu de Tel Aviv.

Ninguna guerra, más que la de clases

15. Llamar a defender al país pequeño para quebrar al imperio ha sido una estrategia no solo absurda, sino inútil, que ha llevado incluso a enrolarse bajo la dictadura de Videla en Argentina[10] o bajo el manto de los talibanes. Los estragos que ha dejado esta política en el movimiento revolucionario aún se siguen sufriendo [11], ya que la guerra no solo se libra en el frente, sino también la retaguardia, lo que implica aumentar los niveles de explotación para garantizar recursos al ejército, reforzar la vigilancia y la represión de la vida cotidiana.

16. Ahora, las críticas de todos estos grupos al derrotismo revolucionario son de tan bajo nivel que piensan que es un llamado a que los proletarios invadidos deben dejarse desarmar y abrir paso a las fuerzas de ocupación, pero eso es ridículo. Sabemos que los ejércitos no son de conscriptos, sino de mercenarios y profesionales y no esperamos que estos se conmuevan, dejen de disparar y den marcha atrás. No es 1917, las formas han cambiado [12], mantenemos este principio.

17. Lo que aquí se está defendiendo no es un invento, sino es el espíritu de las acciones que tienen lugar ya en contra de la guerra: desertar del ejército, como hacían los refuzniks hebreos, frenar el envío de suministros como los estibadores de Francia, parar la fabricación de armamento como los obreros ingleses, o incluso las acampadas de los universitarios de Boston. Conocer los límites propios de estas acciones no impide reconocer su potencia. Pasar de la suplica de la sociedad civil y el boicot de los consumidores, a la ruptura y el bloqueo de las cadenas que hacen posible las acciones militares.

18. El llamado a “romper relaciones diplomáticas” que sigue imperando en las manifestaciones se debe convertir en una acción encaminada al corto circuito de las condiciones que hacen posible la guerra. Aumentar la reflexión, la discusión y la conspiración. esto hasta que las armas de la crítica puedan convertirse en la crítica de las armas, en todos los frentes, el de Trump y Netanyahu, pero también el de los Ayatolás[13], desde el Ártico, hasta la Antártida.

 

Notas:

[1] Además de los clásicos sobre el estudio social de la guerra, recomendable la obra del sociólogo surrealista Roger Caillois, La cuesta de la guerra.

[2] Varios grupos y estudiosos presentan a Gaza como una suerte de campo de refugiados, una sociedad de clases atípica, sin embargo hasta antes de la guerra existía una industria de la construcción que movilizaba trabajadores hacia Israel, así como una agricultura y un mercado locales

[3] Este tema quizá es el que más polémica puede levantar. Desde los grupos que se reclaman decoloniales hay una crítica sobre qué tan solidaria puede ser la clase obrera de los países desarrollados frente a la de sus excolonias, de las cuales se siguen beneficiando para mantener un alto nivel de vida, y mostrándose indiferentes hacia la población que migra ya sea por trabajo, ya sea por seguridad. El caso de los colonos israelitas es acaso el más escandaloso.

[4] Existen muchos textos sobre “la bancarrota de la internacional”, recomendamos el de James Joll, La segunda Internacional, Barcelona, Icaria, 1976, por el énfasis que pone en el tema de la guerra y los debates entre personajes como el anarquista Domela Niewenhius.

[5] Nos referimos al famoso Manifiesto de los dieciséis, que firmaron Kropotkine y Grave, fuertemente criticado por Malatesta.

[6] Existen diversos textos sobre lo que significó esta estrategia de lucha, como los del grupo Bilan. Incluso hay un episodio que ha sido recreado en películas, la famosa tregua de navidad.

[7] En los USA se utilizó esta consigna por grupos radicales para instigar a la revuelta por medio de disturbios y saboteos masivos, de tal manera que las tropas tuvieran que volver de Vietnam, el episodio es recordado como Los días de furia.

[8] A manera de anti-crítica, no solo desde el norte global se ha denunciado este concepto como anacrónico y reaccionario, ya Raphael Pallais lo hizo a propósito de su uso por la burocracia sandinista en Nicaragua hace más de 40 años.

[9] El texto Fuego a la polvora, de Bardo ediciones incluye una introducción al respecto del insurreccionalista Wolfi Lanstreicher.

[10] Existieron excepciones dignas que, a diferencia de la ola leninista, no se enrolaron en la guerra patriotera, como el grupo Emancipación Obrera.

[11] Los grupos denominados anarquistas siguen cayendo en esa trampa, como muestra la última declaración conjunta de los restos del plataformismo latinoamericano.

[12] En el sitio de Proletarios Revolucionarios podemos encontrar un estado actual del debate, invitamos a su lectura.

[13] Al momento de escribir estas líneas, celebramos el hecho de que nos han llegado varios textos contra la guerra de proletarios iranís, feministas, sindicalistas, etc,,  destacando el testimonio de un anarquista: Teheran bajo las bombas.