jueves, 22 de julio de 2021

[Cuba] Primera declaración del Grupo Anarquista de Intervención (GAI)

 Recibido el 16/07/2021 ContraInfo

LANZAMOS ESTA BOTELLA AL MAR
(PRIMERA DECLARACION DEL GAI)

Frente a un país que incrementa el control social; con la invasión policiaca y militar de nuestros pueblos y ciudades; frente al asedio de los esbirros en nuestros barrios; frente al colapso de la mentira discursiva; en medio de la impotencia y la rabia anti-sistema de la juventud que ha perdido el miedo; bajo la amenaza de ser debut y despedida pero sin auto-victimización, nos presentamos en el ámbito cubano, latinoamericano y caribeño, y en general ante nuestrxs hermanxs anarquistas en el mundo.

El GRUPO ANARQUISTA DE INTERVENCION (GAI), lo conformamos cuatrx gatxs que nos hemos asociado libremente. Venimos caminando hace algunos meses. Huyéndole al aislamiento pero también desmarcándonos de toda la muela política y del optimismo democrático pagado que habita en algunos rincones disidentes. Este recorrido ha sido solxs, sin líderes ni dirigentes. Huérfanos de toda tutela o subvención, con la intención de promover acciones de intervención junto a la gente que ha perdido el miedo y de quienes aún sueñan con perderlo. No pretendemos hacerle el juego a ningún grupo político, ni de adentro ni de afuera. Somos apolíticxs. Nuestra propuesta de intervención es crear espacios amplificadores de lucha, conformando una lucha diferente a la actual polarización dicotómica de «izquierda-derecha», «gusanos-revolucionarios», «mercenarios-patriotas», «comunistas-anticomunistas».

Para nosotrxs todas esas palabras son palabras huecas a disposición del discurso del poder, de cualquier poder. Para nosotrxs todxs son la misma mierda demagógica.

Por eso proponemos una revuela generalizada contra todo poder, contra cualquier autoridad, mediante la practica creativa de la lucha y el impulso libertario de todxs lxs espíritus rebeldes que están dispuestos a ponerle punto final a esta dictadura pero que también están dispuestos a no dejar que nadie se encarame en el poder. No luchamos por sustituir a nuestrxs malos opresores por buenos opresores. No queremos malos gobiernos ni buenos gobiernos. Luchamos contra este gobierno y lucharemos contra el que venga. Luchamos por la destrucción del poder; luchamos por la anarquía.

A 48 horas de la explosión social, todxs cuentan su «verdad» de las revueltas, y lxs que no la inventan, tratando de sacarle partido a la lucha de lxs excluidxs. Unxs dicen que fueron unxs cuantos «mercenarixs violentxs», manipuladxs y pagadxs por el gobierno de los Estados Unidos, que agredieron en las calles a los «revolucionarixs», incluso con armas blancas. Otrxs hablan de millones de cubanxs en las calles tomando instalaciones gubernamentales y edificios de radio y televisión, a lxs que se unían en masa militares y policías que se quitaban el uniforme para abrazar al «heroico pueblo». Unxs dicen que lo que nos hizo salir a las calles fue el «bloqueo genocida» impuesto por el gobierno americano.» Otrxs que fue la Covid; la falta de medicamentos y vacunas; los apagones…

La verdad la conocemos lxs protagonistas. Lxs miles de mujeres y hombres de todas las edades, pero mayoritariamente jóvenes, que el domingo pasado nos tiramos para la calle en las 14 provincias, con un grito claro y terminante: «¡libertad!», y «abajo la dictadura», hartos de tanta mentira y demagogia. También muchxs gritaron con gran expectación «Patria y Vida», anticipando el mundo que quieren y disputándole el terreno al nacionalismo necrológico que domina. Otrxs cantaban la vieja consigna chilena que alienta las manifestaciones cotidianas de la izquierda en América Latina.

Las protestas fueron pacíficas. Casi todxs lxs manifestantes estaban dispuestxs a poner primero una y luego la otra mejilla. Casi todxs querían demostrar que la violencia solo la ejercería la policía y los agentes de seguridad del estado. Cuando fuimos atacadxs por los esbirros del régimen, muchxs seguían pidiendo no caer en la provocación de la violencia y se conformaban con gritarle a los verdugos «abusadores» y «asesinos». Pero lxs jóvenes enfrentamos la represión. A las balas respondimos con piedras. Y viramos patrullas y tuvieron que mandarse a correr los pnrs. Por primera vez sintieron el mismo miedo que nos infunden.

En los barrios más calientes salieron a confrontar al estado lxs habitantes de las cloacas del país; lxs pobladores de las franjas marginales que no se ven en el noticiero ni en los afiches turísticos ni en las portadas de cds; lxs que habitan las calles en la noche y malviven acinadxs; los más pobres de los pobres; lxs excluidxs del sistema. Salieron a recuperar su dignidad pero también a satisfacer el hambre. Asaltaron las tiendas en MLC donde nunca han podido comprar. Esa catarsis colectiva se transformó en un potencial libertador porque todxs habían perdido el miedo.

Ahora vivimos una calma chicha. Pueblos y ciudades están militarizados. Se desconoce el número de muertos y heridxs que dejó la represión; el gobierno sólo reconoce un muerto entre lxs manifestantes. Hay miles de detenidxs y cientos de desaprecidxs pero tampoco se conoce la cantidad exacta. Las organizaciones independientes de Derechos Humanos indican que sólo en La Habana hay más de 3000 detenidxs, y que rebasan los 15 000 en toda la isla. Aún no han sido trasladadxs a las prisiones sino se encuentran en los calabozos de las estaciones de policías y en algunas unidades militares mientras los procesan por «vandalismo» y «contra-revolución».

Lxs comunistas son tan cínicxs que acusan «qué mal agradecido son los negrxs con tanto que les hemos dado y todavía protestan»; y desde las altas esferas del partido, hablan del «populacho reaccionario», de la «chusma», lxs «delincuentes», «desadaptadxs sociales» y «sectores marginados», todxs pagados por el imperio.

Nuestro anarquismo hermanxs, lo aprendimos en la calle confrontando el único bloqueo que tenemos; el que los esbirros imponen y nos lo jamamos a pulso en el cotidiano represivo. Nuestro anarquismo nos llegó con el punk y el hiphop latinoamericano. No tuvimos tiempo de leerlo en los libros. Nos nació de las entrañas y desde las entrañas continuaremos promoviendo la anarquía; procurando mantener la guardia en alto; aprendiendo de nuestrxs hermanxs anarquistas chilenxs que nos enseñaron que la lucha no es de un día y que todo los días podemos hacer que viva la anarquía.

Gracias a nuestrxs hermanxs chilenxs, italianxs y españoles que nos han acompañado en el camino y nos han oído, ayudándonos a romper el mito del bloqueo y toda la mierda comunista que también consumen algunxs que se auto titulan anarquistas.

GAI
Julio, 2021

Lista parcial de lxs presxs de la revuelta en el sitio de ContraInfo

Informe semanal de N+1 (extracto)

 
N+1, julio de 2021
Traducción tomada de facebook

Desde hace unos días se están produciendo en Cuba numerosas manifestaciones, expresión, según la televisión y la prensa, de una demanda de democracia. Profundizando un poco más, se descubre que las motivaciones que han empujado a los cubanos a salir a la calle tienen su origen en el empeoramiento de las condiciones económicas, debido al alto coste de la vida, el aumento de la pobreza y las dificultades relacionadas con la pandemia (reducción del turismo). También hay quienes sospechan del posible papel de los servicios de inteligencia norteamericanos en la difusión de la protesta, y/o quienes se sorprenden de que esto pueda ocurrir en la "Cuba socialista" (los izquierdistas de Il Manifiesto titularon un artículo: "Insólita manifestación en Cuba"). Pero más allá de la posible influencia del país de las barras y estrellas, y de las mismas reivindicaciones expresadas por los manifestantes, lo cierto es que en la base del descontento hay determinaciones materiales. Y es en estas situaciones cuando se producen los cortocircuitos antes mencionados: miles de personas que salen a la calle para protestar contra nuevos impuestos o recortes de subvenciones y para exigir más democracia, luego acaban incendiando el parlamento. Son dinámicas que hemos visto muy a menudo en los últimos años.

La polarización de la riqueza y el aumento de la pobreza también están detrás de las violentas protestas que han estallado en algunas grandes ciudades de Sudáfrica. Las manifestaciones y los saqueos comenzaron tras la detención del ex presidente Jacob Zuma, pero se enmarcan en una situación económica muy precaria, agravada recientemente por el Coronavirus. El Líbano también atraviesa una violenta crisis. El país está técnicamente en bancarrota, la población se muere de hambre, y los vídeos que circulan por la red muestran al ejército obligado a abandonar algunos barrios de la capital porque la población les ha hecho retroceder con piedras (y más). En Cisjordania, el asesinato de Nizar Banat, un conocido miembro de la oposición a Abu Mazen, ha desencadenado protestas y manifestaciones en Hebrón y otras ciudades más pequeñas contra la Autoridad Nacional Palestina y su corrupción.

Las palabras de moda de las revueltas pueden ser de lo más dispares, corrupción, dictadura, represión, democracia, coste de los billetes de transporte, impuestos, etc., pero lo que realmente importa es que las masas se pongan en movimiento y se autoorganicen, mientras que las reivindicaciones iniciales de las que nació la revuelta suelen trascender a otra cosa o se abandonan en las calles. En tales contextos, el matón global del capitalismo, EE.UU., no puede eludir su tarea de prevenir y gestionar el conflicto social, utilizando toda la influencia que pueda reunir, pero sólo hasta cierto punto. En el artículo "El caos social y la guerra" (abril de 2011), escribimos que la ola de revueltas iniciada en el norte de África, y "el intento estadounidense de cabalgarla debe leerse como una acción de retaguardia, defensiva, y no como la de unos titiriteros ocultos, propulsores de improbables revoluciones 'de color'".

Disturbios en Cuba: Ni con la “oposición democrática” ni con el régimen castrista. El proletariado cubano sólo tiene una salida: la lucha de clase

Partido Comunista Internacional (El Proletario)
15/07/2021

Desde hace varios días, las principales ciudades de Cuba, especialmente La Habana, viven enfrentamientos continuos entre manifestantes y policía. De acuerdo a la información que proporciona la prensa internacional, que siempre debe ser tomada con cuidado dada la especial tendenciosidad que anima siempre sus noticias sobre Cuba, a las manifestaciones que desde el fin de semana pasado tienen lugar en la isla, el gobierno de Díaz-Canel ha respondido mediante la militarización de las ciudades, ya que la policía no se bastaba para contener a la marea de amotinados. La misma prensa señala que el gobierno cubano se ha visto obligado a reconocer que en los disturbios ha muerto al menos una persona, cuando protestaba delante de una comisaría en la periferia de La Habana. Mientras la represión, a la que el propio presidente Díaz-Canel ha arengado en sus redes sociales, intenta calmar la tensión a base de porras y disparos, el gobierno ha comenzado una serie de repartos de comida en los barrios más desfavorecidos de La
Habana y Santiago a la vez que ha hecho cesar los apagones eléctricos que estaban en el origen de las protestas.

Más allá de estos hechos, la realidad para la mayor parte de la población cubana es que sus condiciones de existencia han caído drásticamente en los últimos años. Los efectos del embargo que Estados Unidos mantiene contra cualquier actividad comercial con Cuba se agravaron con la llegada de Donald Trump a la presidencia porque revirtió todas las medidas de apertura que su antecesor, Obama, había puesto en marcha. Con la victoria electoral de Biden el pasado mes de noviembre, las cosas no han cambiado y las consecuencias de la política de restricciones se hacen notar en forma de carencia de prácticamente todo tipo de bienes de primera necesidad. Pero el embargo norteamericano sólo es una de las causas de la situación por la que atraviesa la mal parada economía cubana. Como es sabido, Cuba depende casi por completo del turismo para subsistir. La crisis de la Covid 19 ha liquidado bruscamente los viajes turísticos a la isla y esto ha implicado la pérdida de una fuente de ingresos de primera necesidad dado que con las divisas provenientes de estos viajes se financiaba la compra de buena parte de los bienes de equipo, especialmente agrícolas, que necesita el país.

Finalmente, el tradicional apoyo venezolano, que vendía a bajo precio petróleo y otras materias primas de primer orden, también se ha visto restringido drásticamente, agudizando la carencia de fuentes de energía que está detrás tanto de la subida del precio de la luz como de los apagones que las grandes ciudades han vivido en los últimos meses.

A la crisis económica el gobierno cubano respondió, en enero de 2021, con una serie de medidas financieras que únicamente lograron agravar la situación de la clase proletaria: el tradicional sistema de dos monedas (peso cubano, de uso normal en la isla y peso convertible, utilizado para el comercio internacional) ha desaparecido, quedando en pie únicamente el peso cubano fijado a una tasa de convertibilidad de 24 pesos por dólar. Con ello se genera una devaluación de la moneda para el sector económico estatal, que es el único en condiciones de importar los bienes necesarios para la vida diaria en Cuba, y por lo tanto una drástica subida de precios de estos bienes. Así, el gobierno “socialista” de Díaz-Canel procedió a eliminar las subvenciones a casi todos los productos básicos. Como compensación, el gobierno incrementó salarios y pensiones hasta en un 450%... una medida del todo inútil cuando existe un problema fundamental de carestía de bienes y servicios y que por lo tanto no mejora el poder adquisitivo de los proletarios cubanos.

Esta situación catastrófica algunos comentaristas internacionales la comparan con lo que supuso en términos económicos el famoso “periodo especial”, es decir la larga década que transcurrió después de que la implosión del bloque del Este dejase a Cuba sin su principal fuente de abastecimiento y su principal comprador en el mercado internacional. Entonces los disturbios del conocido como “maleconazo” en 1.994 y la “crisis de los balseros” en los años posteriores fueron la respuesta que los proletarios cubanos dieron a la crisis económica y social que vivía el país. Una respuesta desesperada, que llevó a la muerte a decenas de cubanos que se ahogaban en el mar Caribe, y que fue rápidamente sofocada dentro del país por una combinación muy conocida de fuerza represiva y persuasión a cargo de los principales líderes del gobierno.

Hoy la realidad es completamente diferente a la de entonces. En primer lugar porque los años transcurridos tanto desde la revolución castrista de 1959 como de la caída del bloque de países del Este en 1991 han contribuido a diluir la ilusión, que tanto pesó, en el supuesto “socialismo cubano”: las medidas económicas, políticas y sociales con las que se salió de la crisis del “periodo especial” han debilitado enormemente la creencia en que gobierno y proletariado cubano marchan juntos hacia el socialismo o, si quiera, hacia la derrota del imperialismo norteamericano.

En segundo lugar porque precisamente esas medidas, que se aceleraron a partir de la llegada al poder de Raúl Castro y que iban destinadas a favorecer una “apertura” de la economía cubana tanto a los mercados internacionales (principalmente al turismo) como a pequeño comercio local, mediante la liberalización de ciertas actividades de compra venta ha provocado un incremento de la polarización social. Por un lado, la casta conformada por la cúpula militar y los líderes del Partido “comunista” que controlan las empresas nacionales no han dejado de reafirmar un poder inamovible que a medida que pierde su ascendente entre las masas debe reaccionar con mayor violencia contra estas. En segundo lugar, una pequeña pero consistente capa de clase media, de pequeña burguesía, enriquecida con la apertura comercial y que ha sido capaz de utilizar la liberalización del comercio para mejorar su posición económica mediante los establecimientos que compran y venden sólo en dólares, etc. Finalmente, una masa proletaria en el campo y la ciudad, tradicionalmente empleada por una u otra rama del sector público, que padece los vaivenes económicos sin ninguna perspectiva de mejora, sin posibilidad de organizarse sindical o políticamente y por supuesto sin poder acceder a las “ventajas” de los espacios de libre comercio que se abrieron durante los últimos seis años

Las revueltas de los últimos días han puesto en juego tanto a esta clase proletaria como a la pequeña burguesía. Esta última se ha visto afectada también con dureza por las medidas financieras del pasado enero, lo cual ha contribuido a acrecentar un enfrentamiento contra el gobierno que maduraba lentamente a través de grupos artísticos, de opinión, etc. como el llamado “movimiento San Isidro”. Es esta clase media la que lanza las consignas de “democracia” y “libertad” o la de “patria y vida” (por contraposición al célebre “patria o muerte”), que se escucharon en las protestas. Todo su interés está puesto en capitanear el descontento social, en lograr ponerse al frente de los proletarios que salen espontáneamente a la calle para imponer sus propias exigencias, que obviamente difieren tanto en lo político como en lo económico de las de la clase obrera. Esta pequeña burguesía, que aspira únicamente a ver reconocido su estatus económico mediante una entrada moderada en las estructuras estatales, que a su vez le permita reforzar ese estatus, es también la coartada de todas las potencias imperialistas europeas y americanas que tienen interés en forzar un cambio de gobierno en Cuba.

Por su parte, la clase proletaria se presenta a la lucha con las manos desnudas. Y esto no sólo porque de nuevo ha puesto su cuerpo desarmado frente a policías y militares, sino porque sobre ella todavía pesa con demasiada fuerza el falso mito del “socialismo nacional” cubano. La presión de más de sesenta años de gobierno de los Castro, líderes antaño de la revolución, y de alineamiento con este gobierno y contra la presión del imperialismo norteamericano, todavía es capaz de evitar que los proletarios cubanos reconozcan en ese régimen capitalista disfrazado de “socialismo” y en ese falso partido “comunista” en el cual se organiza su enemigo de clase, el verdadero enemigo a abatir. Es por ello que, más allá de los disturbios espontáneos, las dificultades que afronta el proletariado cubano para romper con la política de colaboración entre clases que supone la defensa del “Estado socialista” son inmensas: ni sobre el terreno de la lucha económica inmediata, en el cual el Estado controla todas las organizaciones sindicales existentes, ni sobre el terreno de la lucha política, consigue ir más allá.

Pero cada una de estas explosiones sociales, de las que auguramos habrá muchas más, cada una de estas revueltas, contribuyen a mostrar la cruda realidad: en Cuba existe el capitalismo, existe por lo tanto la clase proletaria y existen sus enemigos de clase, la clase burguesa dominante cubana, por reducida que sea, y los estratos de la pequeña burguesía urbana y rural que han desarrollado la función de pegamento social durante el dominio político castrista y falsamente socialista y que, una vez se acabaron las ayudas provenientes de Rusia y de los países del Este europeo a ligados a esta y aquellas del chavismo, se refiere siempre a un protector de más altura, el imperialismo de los Estados Unidos, que no es otra cosa que uno de los grandes enemigos de los proletarios de todos los países. A medida que esta realidad se hace más visible, el mito del “socialismo cubano” se va erosionando y la presión, ideológica y material, que ejercía sobre los proletarios se va debilitando. La importancia de este hecho no tiene un alcance únicamente nacional cubano: el mito de la Cuba “socialista” se extiende mucho más allá de sus fronteras. En primer lugar a América Latina, donde el propio Estado cubano de una manera u otra ha hecho valer este mito para defender sus intereses nacionales y donde ha encontrado siempre un gran arraigo entre la clase proletaria y las masas populares. En segundo lugar al resto del mundo, empezando por España, donde la adhesión, aunque sea en términos “humanitarios” y contra el bloqueo norte americano, sigue siendo una referencia de primer orden para las fuerzas locales del oportunismo político y sindical.

El valor de los motines de los últimos días está, por lo tanto, en son expresión de una fuerza social que tiende inevitablemente a mostrar que la lucha de clase del proletariado, en cualquier país y en cualquier circunstancia, continúa siendo la gran cuestión en el mundo burgués. Que incluso allí donde la burguesía ha tenido que disfrazar su dominio bajo el disfraz del falso socialismo, este tiende a caer a medida que las exigencias de la propia sociedad burguesa, que llevan a crisis periódicas y a fases de miseria cada vez más frecuentes para el proletariado, vuelve a poner la lucha de clase en primer lugar.

¡Contra el falso “socialismo” nacional!
¡Contra las exigencias democráticas de la pequeña burguesía!
¡Por el retorno de la lucha de clase del proletariado!
¡Por la reconstitución del Partido comunista, internacional e internacionalista!

viernes, 7 de mayo de 2021

Colombia ha Perdido el Miedo. Continúa un Levantamiento a Nivel Nacional Frente a la Violencia Estatal

Crimethinc, primera semana de mayo de 2021

Después de décadas de conflicto armado y violencia paramilitar, durante el último año y medio Colombia ha visto cómo los movimientos de protesta regresaban con fuerza. Las poderosas manifestaciones que tuvieron lugar la semana pasada, superan incluso los puntos álgidos del levantamiento nacional de noviembre y diciembre de 2019. En respuesta, el gobierno más fuertemente armado de América Latina ha llevado a cabo una brutal represión.

  • Un Pueblo sin Piernas, Pero que Camina
  • COVID-19 El Menor de Nuestros Problemas
  • Si la Reforma Tributaria nos Arruina, la Reforma a la Salud nos Mata
  • Cinco Días de Movilización, Protestas y Huelga General
  • Cali: Capital de la Resistencia
  • Las Herramientas de lxs Enemigxs: Respuesta Militar a la Protesta Social
  • Calles Desbordadas

Texto completo: https://es.crimethinc.com/2021/05/05/colombia-ha-perdido-el-miedo-continua-un-levantamiento-a-nivel-nacional-frente-a-la-violencia-estatal

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CORRESPONDENCIA DESDE COLOMBIA

Anónimo. Recibido y publicado por Biblioteca Alberto Ghiraldo
Rosario, Argentina. Primer semana de mayo de 2021

La olas de protestas actuales inicia desde el 28 de abril donde se inició el paro en ocasión a una reforma tributaria con la intención de tapar el hueco fiscal del Estado y evitar que la deuda externa del país tenga más puntos en las calificadoras de riesgo, lo cual subiría la inflación. De lo que no se habla es de que la deuda del país pertenece a los grupos empresariales, banqueros, empresas de infraestructura, lo cual se reduce a los ricos del país, que son quienes no pagan impuestos.

Esta reforma buscaba gravar con el IVA del 19% un producto de uso básico y servicios básicos en un país donde el 43% de la población sobrevive con menos de un sueldo mínimo y come entre una o dos veces al día; donde el gobierno ha gastado dinero en 23 camionetas para su esquema de seguridad 9.600 millones de pesos, 18 tanquetas para las fuerzas represivas por 12.000 millones de pesos, 24 aviones de guerra f16 por 14 billones de pesos; donde el programa periodístico que el presidente emite todos los días para lavar su imagen cuesta 3.200 millones de pesos. Todo esto sin contar los robos por sobrecostos en la compra de mercados por parte de alcaldías y gobernaciones en muchas partes del país para la asistencia a las familias en crisis; sin contar con el pago de los auxilios de pandemia a personas inexistentes y muertxs; con el dinero destinado a la salud que se queda en las arcas de las empresas privadas, en un país donde 50 billones de pesos anuales se pierden en corrupción. Esto lo hace el segundo país más desigual de la región después de Haití.

Por esto inicia la protesta en la actualidad y se sale a las calles masivamente. No es sólo la reforma tributaria; es la reforma al sistema de salud que fortalece el sistema privado de salud, la tercerización de los trabajadores de salud, la crisis en el sistema pensional, el asesinato de defensores y activistas de derechos campesinos, indígenas, afros, ambientalistas, desplazados, mujeres (630) y excombatientes firmantes del acuerdo de paz (272), el asesinato el 4 de marzo de 14 menores víctimas de reclutamiento forzado por parte del bloque 1 (no desmobilizado) de la extintas FARC por bombardeo del ejército encubierto por el gobierno, el asesinato de 7 menores también en un bombardeo del ejército en Caquetá el 2 de septiembre del año pasado, la denominada “Masacre de Bogota”, la noche de protestas del 9 de septiembre en Bogotá con el asesinato de 12 jóvenes a raíz del asesinato de José Ordoñez por parte de la policía, la masacre de la cárcel La Modelo, donde fueron asesinados a manos de la guardia penal y el ejército 24 presos y donde hubo 80 heridos entre el 21 y el 22 de marzo de 2020 (protestas iniciadas por la falta de garantías de atención médica en ocasión de la pandemia, lo cual generó una crisis en todas las cárceles del país), el desplazamiento forzado de 27.431 personas en lo que va del 2021 por cuenta de actores armados legales e ilegales asociados al narcotráfico, la reanudación de la fumigación con glifosato en la zonas rurales del país, el imcumplimiento de los acuerdos de paz con la guerrilla de las FARC y un largo etcétera. Todo esto es lo que exacerba la protesta, consecuencia de la medida inoperancia del gobierno que mantiene los intereses de una clase política que se ha valido del paramilitarismo y el narcotráfico para posicionarse en el poder desde la llegada de Uribe Velez en el 2001 y sus candidatos presidentes. Eso representa el partido del gobierno de ultraderecha: una mafia narco-paramilitar, funcional a los intereses del capitalismo, de los terratenientes y banqueros, quienes se han beneficiado de los últimos 70 años de guerra interna.

El trato de guerra a la protesta obedece al miedo que ejerce el pueblo a los que controlan los privilegios, el crecimiento de la pobreza y la urbanidad de la población, resultado del empobrecimiento generado por los intereses de los ricos, y evidencia el postulado principal del escrito de “el ejército en las calles”. Lo vemos con el trabajo de exterminio coordinado entre los comandos de operaciones especiales de la policía (GOES), el Escuadrón Móvil Antidisturbios (Esmad) y los grupos de operaciones urbanas del ejército. El fin es controlar a los pobres de manera sistemática porque los ricos tienen miedo, y el control se ejerce de la única manera que saben: construyendo terror a través de masacrar al pueblo. Ya sabemos quién dio la orden de masacrar la protesta desde Twitter: fue Uribe, al decir que se debía apoyar el derecho de policías y soldados de utilizar armas contra el terrorismo y el vandalismo.

Inmediatamente su títere Duque decretó la “asistencia militar” en las ciudades. Desde el día 3 de mayo se militarizó Cali, la ciudad más empobrecida en esta pandemia, y que presentó enfrentamientos en diferentes sectores populares de la ciudad. El mando de la ciudad fue tomado por el general Zapateiro, el aeropuerto es manejado por militares y la acción genocida inicia desde ese día principalmente en los barrios Siloe (histórico barrio popular habitado en su mayoría por población afro que ha venido desplazada desde el Pacífico por la guerra) y el barrio Puerto Resistencia (Puerto Rellena), al sur de Cali. Se ha cortado el suministro eléctrico en la noche, se ha bloqueado la señal de Internet para que la gente no pueda mostrar la masacre continua que se está realizando. Al 4 de mayo son 31 lxs asesinadxs por armas de fuego en todo el país, 814 detenciones arbitrarias, 10 víctimas de violencia sexual, 21 victimas de agresión en los ojos, 216 víctimas de violencia física. Estos son datos que han logrado verificar las organizaciones de DDHH, las cuales también han sido perseguidas y tiroteadas por la policía.

La militarización durante la protesta es más evidente al día de hoy, 5 de mayo, en las ciudades más grandes al suroeste de Bogotá. El ejercito utilizó helicópteros para movilizar tropas en Bosa, Kennedy. Se creó un centro de detención y tortura en el Portal de las Américas (terminal de transporte de transmilenio). Al igual que en Cali, cortaron la luz eléctrica y empezaron a disparar contra la población. Se están bloqueando los medios de comunicación de las organizaciones de DDHH y de víctimas para ocultar lo que está  pasando, y se inicia la persecución sistemática de todxs.

En Medellín el sector de extrema derecha está llamando a marchar en contra de la protesta y a favor de defender al ejército y la policía. Hay llamamientos de activistas de ultraderecha a salir armados a las calles para “defender la democracia”.

El tema es que ya nadie se come el cuento. En todos los rincones del país hay movilización. Desde Leticia en el punto más sur de la Amazonía hasta la Guajira en el Caribe. Todxs salimos a protestar. Poco a poco se van organizando los comités de apoyo y de protesta. Hemos visto en estos días que la esperanza está en las calles y la hacemos entre todxs.

Es necesario que poco a poco se geste una discusión desde la movilización sobre qué se quiere con el paro, pues el problema es estructural y no se resolverá con el cambio de politicas, ni de títeres de la burguesia. La gran mayoría que está en las calles comprende que el problema es el capitalismo. ¿Pero hasta qué punto asumimos esta lucha?

Con una juventud sin futuro y siendo esta “patria” una fosa común oculta por más de 200 años bajo la máscara de la democracia, es necesario desenmascarar totalmente al poder, para trascender mas allá de la protesta en una sociedad dominada por la ultraderecha y construida por la guerra.

Más que nunca, es en este momento urgente la solidaridad, la movilización y la denuncia de lo que está pasando actualmente. Por esto lxs invitamos a movilizarse en solidaridad con la protesta en Colombia y a evidenciar la masacre ordenada por Álvaro Uribe.

En Colombia todas las noches son la Noche de los Lápices.

Solidaridad con la revuelta en Colombia: Abajo el genocidio estatal

Vamos hacia la vida
Santiago de Chile, 04/05/2021

¡Proletarixs del mundo, uníos!

Colombia es, desde hace cuatro días, escenario de una revuelta proletaria con características similares a la que sacudió a la región chilena durante las jornadas de octubre-noviembre del 2019. La continuación del ciclo de lucha abierto por las revueltas en Ecuador y Chile es un síntoma de que el capital, en su reestructuración postpandemia, está en una crisis de magnitudes históricas.

El impulso que volcó a las multitudes a la calle es una reforma tributaria (impuesto a la renta e IVA), que el proletariado colombiano comprendió, en una lúcida crítica práctica, como un modo de dirigir el costo de la catástrofe hacia la población.

La crisis del capital, que la pandemia sólo ha acelerado, es un proceso que se manifiesta de diversas formas, siendo las reformas tributarias una de ellas, que se suma a la destrucción acelerada y extendida de la naturaleza y a la expulsión de grandes masas de asalariados fuera del proceso productivo -con la creación de población descartable para el capital- y sus secuelas encarnadas en oleadas migratorias y un creciente crimen organizado alimentado por la miseria, entre otras manifestaciones que se harán cada vez más cotidianas. En este sentido, es prioritario comprender que cualquier intento de reforma es sólo un mecanismo para eternizar a este verdadero zombi que es el capital, perpetuando la relación social fetichista, superponiendo la producción de valor por sobre las necesidades humanas, en síntesis, destruyendo en el altar del capital todo a su paso.

La respuesta del Estado colombiano -como también ha sido la del Estado chileno, y la de todos los Estados del mundo- no puede ser otra que la represión sangrienta contra nuestr@s herman@s: al momento de escribir estas palabras de solidaridad ya van más de 20 muert@s, much@s compañer@s pres@s y herid@s, además de inmigrantes expulsad@s por participar activamente de las protestas.

Cali, una de las ciudades más grande de Colombia, ha sido militarizada el 30 de abril. Se han desplegado 3.000 policías: un verdadero déjà vu del 19 de octubre en Santiago de Chile. El problema no es solo Iván Duque, es el sistema productor de mercancías, que se ha mostrado tal y como es, evidenciando que el verdadero rostro de la democracia no es más que la forma que asume el capital para imponer su dominación, criminalizando y dejando sentir toda su brutalidad sobre quienes luchan por la liberación de esta forma nefasta de relación social.

La necesidad de articular la lucha a nivel internacional, de vislumbrarla contra todas las separaciones que se nos ha impuesto como humanidad con la irracionalidad genocida, es una realidad que nos explota en las manos: urge generar lazos de apoyo y continuar la lucha en los territorios para superar este mundo. El movimiento del capital sólo seguirá produciendo miseria y, frente a esto, la lucha de clases estalla, y seguirá estallando, en distintos tiempos y espacios producto de este movimiento: sólo el proletariado es capaz de frenar este sinsentido en que se ha convertido este mundo.

¡Sólo la revolución comunista internacional nos hará libres!

1° DE MAYO: MEMORIA Y PERSPECTIVAS

Boletín La Oveja Negra
Rosario, Argentina. 2021

Una nueva conmemoración de las jornadas de mayo de 1886 nos encuentra para recordar, compartir, conmovernos, inspirarnos, debatir, reflexionar y agitar.

Nos encontramos otro 1° de mayo en la lucha anticapitalista por la cual hace tantísimos años fueron ejecutados a manos del Estado cinco compañeros y otros tres condenados a cadena perpetua, conocidos luego como los “mártires de Chicago”.

La lucha anticapitalista es tan necesaria como ayer para quienes sufrimos el Capital en carne propia: en cada jornada laboral, sea dentro o fuera de donde vivimos, con o sin salario, con o sin horario fijo, cada vez que buscamos trabajo, cuando padecemos las carencias, cada vez que nos relacionamos con otros seres humanos mediados por el dinero que todo lo cosifica.

Desde hace siglos el proletariado libra combates; sin embargo, aquellas jornadas de mayo en Chicago eran parte de una lucha en la cual proletarios y proletarias se organizaban con una perspectiva emancipatoria. George Engel, tipógrafo y anarquista ahorcado en 1887 lo expresaba de esta manera: «Yo no combato individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da el privilegio. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quiénes son sus enemigos y quiénes son sus amigos.»

Los compañeros de Chicago y el movimiento del cual formaban parte no lucharon simplemente por las ocho horas. Cuando se referían a “ocho horas de trabajo, ocho de sueño y ocho de recreación” no se referían al ocio que conocemos actualmente. Querían recuperar ese tiempo para la agitación, el aprendizaje y para confraternizar con sus pares.

Partimos de esta fecha que nos convoca para proponer un breve recorrido a través de las transformaciones de la sociedad capitalista y la incesante lucha por superarla.

El desarrollo industrial

A fines del siglo XVIII el Capital se vuelca definitivamente a la producción y transforma profundamente los procesos de trabajo reorganizándolos, tanto temporal como geográficamente. En Inglaterra se observa patente toda la brutalidad de esta dinámica social en sus inicios. Los propietarios de las fábricas tenían poco éxito para reclutar mano de obra, para ello debían recorrer a menudo largas distancias y privar a los futuros proletarios de sus medios de vida, hacinándolos en las casas que conformarían los barrios obreros.

La constitución del ejército de reserva industrial conllevó, además del despojo, una militarización del conjunto de la vida social. El ludismo, “los destructores de máquinas”, junto a movimientos de resistencia y revueltas fueron respuestas al hambre y la miseria que comenzaba a reinar.

Para frenar a los luditas el Estado debió modernizar su policía; pronto la destrucción de máquinas fue penada con la muerte, mientras que el sindicalismo emergente era tolerado. Se sancionaron leyes para regular tanto el trabajo como algunas libertades civiles. Con esta oscilación entre la violencia y la reforma, el progreso capitalista establecía un método para reconducir la ira de aquellos esclavos modernos, cuyos ataques estaban dirigidos contra los instrumentos materiales de producción y no hacían distinción alguna entre las máquinas mismas y el modo en que eran usadas.

Expresiones luego mayoritarias de los incipientes movimientos obrero y socialista comienzan a expresar gran fe en la ciencia y la maquinaria, o por lo menos a afirmar su supuesta neutralidad.

Las luchas contra la feroz avanzada capitalista comenzaron a reproducirse a lo largo del mundo, muchas de ellas con un claro contenido reformador al interior del capitalismo, otras con una búsqueda más profunda de subversión del orden social.

Fruto de estas luchas surgió la Primera Internacional o Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Fue a partir de las luchas concretas que se desarrollaban, en la práctica masiva de la clase y en el marco de las relaciones de fuerza existentes en cada país, que se pudieron refutar o afirmar las influencias de las distintas tendencias y rupturas. En ese sentido, la segunda mitad del siglo XIX constituye un período de aprendizajes y modificaciones de la lucha revolucionaria.

Los proletarios de diferentes países eran arrojados al trabajo como también a combatir en una trinchera en defensa de la patria. En esta situación de guerras nacionales y competencias interburguesas, decidieron intentar actuar dejando a un lado las fronteras nacionales y uniéndose para enfrentar a la burguesía como una clase internacional.

En los estatutos inaugurales de la AIT nos brindan un gran aporte: «La emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos o no será». Es decir, para obtener el triunfo el proletariado necesita de una acción común masiva, a la vez que producir una teoría y una metodología revolucionaria que lo orienten en la lucha. El gran objetivo: la abolición de las clases.

En la misma sentencia podemos leer también que la lucha por «la emancipación de la clase obrera no es una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino por el establecimiento de derechos y deberes iguales y por la abolición de todo privilegio de clase.» Por primera vez el proletariado buscaba tener su propio proyecto revolucionario al margen de la burguesía, pero lo hacía aún cargado de las concepciones burguesas de la política. Si bien era el comienzo de una búsqueda propia, se pensaba mayoritariamente como una continuidad de la revolución francesa, que consideraban inconclusa. La igualdad de derechos y deberes se concebía como un avance hacia el fin de la explotación e incluso como un objetivo revolucionario, como una premisa para la sociedad sin clases. Su “toma de la Bastilla” consistía en vencer a una clase concebida como parasitaria, una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar la misma sociedad, sólo que bajo signo obrero.

En el primer congreso de 1866, en Ginebra, la AIT declaraba que «la restricción de la jornada laboral es una condición previa, sin la cual han de fracasar todos los demás esfuerzos por la emancipación... Proponemos 8 horas de trabajo como límite legal de la jornada laboral». Es decir, se planteaban reivindicaciones concretas inmediatas con una perspectiva revolucionaria. Esta perspectiva es la que fue asumida por trabajadores radicalizados en muchas partes del mundo, tal es el caso del movimiento del que fueron parte los mártires de Chicago.

Reestructuraciones

La reducción de la jornada de trabajo fue el resultado de la lucha de generaciones de proletarios, pero también fue ineludible para el Capital que, a nivel internacional y por sus propias contradicciones internas, estaba atentando contra la base misma de su reproducción. La extensión sin límites de la jornada laboral estaba atacando la reproducción y sobrevivencia de la fuerza de trabajo, de la fuente de plusvalor. Al mismo tiempo que se reducía la jornada, el Capital se transformaba logrando ampliar sus ganancias a partir de la ayuda de la ciencia, con la introducción de maquinarias, disminuyendo el tiempo de producción de las mercancías e intensificando la explotación del trabajo. No obstante es preciso destacar que, ayer como hoy, mientras en algunos países se moderniza, en otros se continúa requiriendo del saqueo y el trabajo esclavo.

En el caso de Argentina, la ley que regulaba las ocho horas se promulgó en 1929, ya como legislación necesaria de la modernización capitalista y su propia regulación. Este ejemplo local evidencia, junto a tantos otros en la historia y en el mundo, que aquello que en un momento puede ser un objetivo de lucha, un ataque directo a la ganancia, una necesidad inmediata impostergable e incluso dinamizadora de potentes expresiones revolucionarias, en otro puede ser simplemente un derecho otorgado para lubricar la maquinaria capitalista.

Esto no significa un desprecio hacia las luchas pasadas, sino un intento por comprenderlas, por poner en tensión aquello considerado una conquista, su relación con una perspectiva de transformación revolucionaria o de reforma al interior del desarrollo capitalista.

Justamente durante las tres primeras décadas del siglo XX el proletariado en Argentina llevó adelante una intensa agitación social. Su máxima expresión se cristalizó en la FORA, con su gremialismo anarquista y sus innumerables iniciativas de propaganda y agitación social, cuya finalidad revolucionaria se orientaba hacia la concreción del comunismo anárquico.

En este contexto la respuesta del Estado argentino a los reclamos sociales y las luchas en curso, ya sea en la ciudad como en el campo, fue siempre la represión, la cárcel, el destierro o la muerte. Ninguna mejora en la vida social fue obtenida sin oponer fuerza a la fuerza y, cuando las energías proletarias se dispersaban, se perdía rápidamente lo conquistado.

Debido quizás a las características geográficas y de organización productiva del país, así como a la fuerte orientación anarquista de federalismo y autonomía en el seno del proletariado, este no realizó una campaña homogénea respecto de la jornada laboral, aunque sí hubo infinidad de huelgas y luchas al respecto.

De la mano dura de la represión se afianzó un proceso de fuerte integración del proletariado en el capitalismo. Esto implica toda una serie de transformaciones en la vida social, en el Estado y sus legislaciones, así como en las organizaciones del proletariado y el contenido de sus luchas. En Argentina es justamente a partir de la década del ‘30 que se cimienta, sobre la derrota de las expresiones revolucionarias, el reformismo sindical y parlamentario que dará luego lugar al peronismo.

Cuando hablamos de integración comúnmente se interpreta un fenómeno ideológico o relativo a la conciencia, algo así como una cooptación, como un engaño o persuasión. Pero nos referimos a las condiciones materiales de existencia: la profundización de la integración de la reproducción de la clase proletaria en la reproducción del Capital, basada fundamentalmente en el desarrollo de la industria y sus elevados niveles de productividad. Este proceso claramente excede lo local y su expresión máxima es aquello que se ha denominado “la edad dorada” del capitalismo, entre el final de la segunda guerra mundial y los años ‘70 con su aumento en los niveles de producción y consumo, con su “Estado de bienestar”.

Los métodos de producción predominantes de este período, junto a una serie de medidas políticas que se implementaron en gran número de países, constituyeron lo que se conoció como el modelo fordista-keynesiano. Como siempre, en el capitalismo conviven diferentes realidades y formas de producción entre las diferentes regiones e incluso en una misma región; por ello tratamos de analizar brevemente sus aspectos determinantes, para acercarnos a la comprensión de las dinámicas sociales, y por ende de lucha, generales en cada momento.

El aumento sostenido de la tasa de ganancia durante varias décadas y el aumento (claramente no en la misma proporción) de los salarios en muchas ramas de la producción posibilitó una pacificación social donde los sindicatos cumplieron un rol importante. Esta situación que podemos comprender como un “pacto de productividad” entre el Capital y el trabajo reforzó el proceso de integración del proletariado. Sin embargo, las barreras puestas por la propia valorización capitalista aparecen una y otra vez. La aceleración de fenómenos como el aumento de la composición orgánica del Capital y la tendencia decreciente de la tasa de ganancia pusieron en crisis el modelo de desarrollo vigente que comenzó a reestructurarse más ampliamente en la década del ‘70. En el marco de este proceso de agotamiento se desarrollaron importantes expresiones de ruptura en la clase proletaria que decantarían en una nueva e intensa oleada de luchas a nivel internacional en las décadas de los años ‘60 y ‘70.

La derrota del movimiento revolucionario dio vía libre a la reestructuración capitalista de la producción y administración de la economía a través de diferentes procesos. Entre ellos: una renovada introducción tecnológica fundamentalmente apoyada en la “revolución informática”, la aceleración de la industrialización en diferentes regiones consideradas “atrasadas”, la reorganización de los procesos de trabajo y sus correspondientes legislaciones, al tiempo que la expansión de los mercados internacionales. Del mismo modo, la relocalización de fábricas gracias a la introducción de zonas francas permitió el acceso a mano de obra más barata, menos controles laborales, ambientales e impositivos, lo que incentivó una nueva y más eficiente división internacional del trabajo.

Todo esto trajo aparejado una transformación de las condiciones laborales, que dejó atrás muchas de las concesiones y conquistas propias de los niveles de productividad de las décadas anteriores. Se produjo un fuerte aumento de la precarización del trabajo y, por ende, de las condiciones de vida en general. Aquel se estructuró a través de distintas estrategias como flexibilización del uso de la fuerza de trabajo (flexibilidad del contrato de trabajo, pero también de los horarios, de los salarios y de las funciones); aumento de la desocupación y estabilización de un numeroso ejército de reserva que jamás sería incluido al trabajo asalariado; ejecución de procesos laborales estandarizados y simplificados, con la consecuente descalificación de la fuerza de trabajo; ingreso al mercado de trabajo de una cantidad cada vez más masiva de mujeres, que expresa la necesidad de más de un salario por familia; aumento del trabajo no registrado (que comprende desde la implementación de becarios o pasantes en la investigación, hasta la clandestinidad de trabajadores migrantes en talleres textiles); tercerización, subcontratación o externalización de determinadas tareas o fases de los procesos de producción que diseminan y disminuyen las responsabilidades patronales.

Estas transformaciones que el Capital encontró para mantener la explotación y dominación, es decir su propia reproducción, transformaron la reproducción del proletariado quebrando aquella fuerte integración que describíamos anteriormente, dando lugar a transformaciones importantes en las dinámicas de lucha y su contenido.

El presente

Hoy podemos estar seguros de algo que los compañeros en 1886 no podían estarlo tanto. La lucha por las ocho horas fue una lucha por la reducción de la jornada laboral en una situación en la que el capitalista ganaba más haciendo trabajar más tiempo a sus empleados. Los avances tecnológicos y organizativos hicieron que se pueda producir cada vez más en menos horas. Nos indignamos por la situación de aquellos que trabajaban y aún hoy trabajan más de ocho horas, pero no nos sensibiliza de igual forma que alguien trabaje menos de ocho horas bajo modalidades que destruyen cualquier cuerpo humano.

Si bien las categorías básicas del Capital permanecen –valor, trabajo, salario, mercancía, propiedad privada, Estado– mucha agua ha pasado bajo el puente. Las fábricas ya no son el centro de la sociabilidad capitalista, la composición de la clase proletaria no es la misma que antaño, el patrón dólar-oro ya no existe y las culturas proletaria y burguesa se encuentran prácticamente indiferenciadas.

El fin de los “años dorados” supuso la transformación del proletariado en general y una crisis del movimiento obrero en particular. La centralidad del trabajo en la industria y el lugar de la fábrica fue puesta en cuestión e implicó que el obrero industrial ya no fuera visto como el principal protagonista, ni mucho menos como la vanguardia de su clase. Esto significó que toda la experiencia acumulada en base a unas condiciones de trabajo que hacían posible la proliferación de grandes huelgas en los lugares de trabajo, prácticas de sabotaje, rompimiento de máquinas o herramientas, organizaciones de grandes contingentes de hombres y mujeres que compartían la cotidianeidad laboral en el mismo espacio, a veces incluso la vida en el mismo barrio obrero, no sea reproducible bajo las nuevas condiciones.

Evidentemente, estas dieron pie a nuevas formas: cortes de rutas para impedir la circulación de mercancías cuando miles de desocupados ya no pueden impedir la producción, por ejemplo. Por otra parte, y coincidentemente, a partir de ese momento la industria y el progreso capitalista dejaron más que nunca en evidencia la devastación que suponían para el planeta y para quienes lo habitamos. Comenzaron a gestarse cada vez más movimientos contra los efectos nocivos de la producción hacia la salud y el ambiente. Pero el abordaje de nuevas problemáticas o, mejor dicho, el abordaje de problemáticas históricas como novedad no necesariamente desembocan en la crítica y la lucha anticapitalista. Si bien las reivindicaciones salen masivamente de la esfera del trabajo para poner en cuestión diferentes aspectos de la reproducción social en su conjunto, se ha mantenido en la mayoría de los casos una perspectiva que parte de los niveles de la integración de antaño.

El retorno a los inicios del movimiento obrero o del Estado de bienestar no es deseable ni posible. Las luchas del pasado nos inspiran de cara al futuro, pero debemos quitarnos el lastre de la nostalgia progresista.

Hoy el Capital continúa pauperizando nuestras condiciones de vida. La extensión de la informática a cada vez más esferas del trabajo y de la sociabilidad en su totalidad junto a las medidas de aislamiento, profundizan la difícil situación a la que tenemos que hacer frente los proletarios y proletarias en nuestro día a día, y que debemos analizar a la hora de organizarnos si queremos transformar la realidad.

¿Cómo llevar a cabo la resistencia, incluso el más mínimo sabotaje, cuando todas las herramientas son nuestras y el lugar de trabajo es donde vivimos, cuando los niveles de desocupación crecen día a día, cuando no nos podemos encontrar con nuestras compañeras de trabajo más que a través de una pantalla, cuando las horas del día no parecen tener fronteras entre trabajo y no-trabajo, cuando la represión en las calles está legitimada por el discurso del “cuidarnos”? Son algunas de las preguntas que nos hacemos este primero de mayo.

La reestructuración capitalista produce el declive de la identidad obrera y la explosión de múltiples identidades, algunas de ellas vinculadas a las nuevas formas de lucha proletaria.

Las revueltas desatadas en diferentes partes del mundo en las últimas décadas, así como los “nuevos movimientos sociales”, a pesar del carácter interclasista y ciudadanista que observamos en muchas ocasiones, dejan en claro la persistencia de la lucha de clases. Al mismo tiempo nos advierten del carácter diverso que el proletariado tiene y ha tenido. La centralidad de la reproducción social en las luchas nos recuerda que la revolución debe implicar bastante más que la certeza de tener techo y comida. Debe atender, no solo como punto de llegada sino de partida, la denominada cuestión de género, lo racial, la sexualidad, la familia, la naturaleza de la cual formamos parte.

En las revueltas de nuestro tiempo, hoy atravesadas por la declaración mundial de pandemia, está muy claro que no hay una perspectiva de gestionar el objeto de las protestas. Solo los civilizadores progresistas proponen nacionalización, gestión obrera, referéndum, cambios en la administración capitalista. Pero no hay un mismo proyecto que tanto proletariado como burguesía deberíamos defender, gestionándolo de diferentes maneras. No se trata de una guerra de un bando contra otro para administrar y gestionar esta sociedad, sino de luchar contra el Capital en tanto que sociedad, que relación social.

El capitalismo, por sus propias contradicciones internas, no puede mejorar nuestras condiciones de vida. Por otra parte, esta conflictividad social tiende además a sincronizarse porque las medidas de austeridad en épocas de crisis son globales, porque el aumento de la explotación y el empeoramiento de las condiciones de vida no son un problema nacional o de políticas neoliberales. Ni los burgueses eligen este escenario ni los proletarios en lucha elegimos el nuestro. Las fuerzas ciegas de la economía nos han traído hasta acá. Ahora es importante saber qué hacemos, no de cara al futuro ¡sino lo que ya estamos haciendo!

Cada contexto produce condiciones diferentes para la revolución y genera contradicciones (materiales, no morales; sociales, no individuales) particulares. Estas pueden hacernos importantes señalamientos acerca de la sociedad capitalista y su superación, pero la revolución finalmente dependerá de lo que podamos hacer en tanto clase. La lucha es inevitable y necesaria, nos transforma y buscamos transformarla en una definitiva. Nuestra preocupación es que la lucha de clases sea capaz de producir algo más que su propia continuación.

Por esto confiamos en que es tan importante no solo participar sino también comprender, estudiar y debatir el desarrollo de las luchas del presente. Porque en las posibilidades y condiciones de estas luchas, en sus críticas y rupturas, se delinea el horizonte revolucionario del presente.

1° DE MAYO: EL TRABAJO NOS ENFERMA

Biblioteca La Caldera
Buenos Aires, 2021


«Ya está visto que el problema del contagio no está en las fábricas, no está centralmente en los negocios donde con distancia social se puede atender a los clientes; el problema central está en las reuniones sociales, donde la gente se distiende y – en ese momento de distracción, de esparcimiento – es mucho más fácil contraer el virus.»     Anuncio del presidente de la Nación, Alberto Fernández sobre nuevas medidas. Jueves 15 de abril - 2021
Las condiciones de vida durante este año y medio de pandemia mundial han empeorado para todos. Para quienes nos vemos obligados a trabajar (sea bajo patrón, precarizados, autogestionados o asalariados) esto se siente tanto en la disminución de nuestros ya escuálidos ingresos, como en la necesidad de movilizarnos al trabajo preocupados por cuidar nuestra salud y asfixiados por las exigencias burocrático-sanitarias; al tiempo que nos vamos desgastando entre la angustia porcontagiarse de COVID y la esperanza de que todo esto se acabe pronto para encontrarnos con la gente que queremos.

Pero hay que ser claros, la crisis que estamos atravesando no se debe al virus. Desde antes de su aparición, la precarización, la subida del costo de la vida, el desempleo y la destrucción del entorno natural, eran pan de cada día. Hoy, con pandemia, eso solo se ahonda y nos muestra que el rol del Estado, acá y en todas partes, es mantener el orden para asegurar el desarrollo de los negocios, garantizando que siga girando la rueda del capital. Para fomentar su idea de una “nueva normalidad” (que en lo esencial no es más que la misma vieja normalidad) los gobiernos en todos lados han recurrido tanto a “los palos como a las zanahorias”, para que nosotros, los trabajadores, mantengamos con ritmo el movimiento de sus negocios demostrando cuánto importan nuestras vidas en este sistema capitalista: NADA.

Específicamente en Argentina se nos ha dicho que, ante lo excepcional de la situación, hay que anteponer la salud a la economía. Sin embargo, el discurso colisionó contra la realidad capitalista. Se nos incentiva a no salir y a no usar el transporte público, diciéndonos que este está reservado para los trabajadores definidos como “esenciales”; pero lo realmente esencial para nosotros es conseguir los medios para subsistir. Con permiso o no, nos vemos obligados a movilizarnos para obtener algún dinero u otro medio para acceder a las mercancías que nos aseguren el alimento, el abrigo y alguna otra cosa. Se nos dice que no viajemos hacinados ¡cómo si alguna vez hubiésemos tenido la opción de elegir!

Mientras que, en los trenes, en los colectivos y en los lugares de trabajo estamos en constante contacto con otras personas; se nos dice que lo que tenemos que evitar son las reuniones sociales, que estas son el foco de los contagios. No sólo eso, sino que también se promueve la delación de los vecinos ante cualquier actividad que rompa con esta norma, siendo estas reuniones susceptibles a ser interrumpidas por las fuerzas represivas. Todo esto amplificado y alentado por la mierda de los medios de comunicación.

Así, en su discurso, “el trabajo es salud”, nuestros encuentros afectivos son el peligro y cuidarnos es denunciar al que no cumple. Pero la verdad es que no les importan ni nuestra salud ni nuestras vidas, solo les importa la reproducción de capital garantizada por el estado a través del control de las fuerzas represivas. De casa al trabajo y del trabajo a casa (si es que tenemos casa y trabajo), a morirnos aislados o soportarnos hacinados, enfermos de coronavirus, llenos de impotencia o depresión.

Todo esto que hemos experimentado el último año y medio debería hacer más evidente lo que se oculta detrás de cada mercancía que producimos y consumimos: en la sociedad capitalista lo esencial no es satisfacer nuestras necesidades, sino mantener en movimiento al capital, que aquello que se ha producido sea vendido. ¿No es acaso para eso que dicen cuidarnos? Para seguir trabajando y seguir consumiendo.

Y pese a todo, el trabajo es enaltecido en el imaginario colectivo como “digno”. Sabemos que es tedioso, aburrido, desesperante; pero es la forma que han tomado todas las actividades humanas en la sociedad capitalista, la única forma aparente de satisfacer nuestras necesidades materiales. En este proceso perdemos la perspectiva del conjunto de relaciones y consecuencias en nuestra vida que su naturalización acarrea, porque nos vemos envueltos en su lógica y su razón. Sin embargo, la actividad humana no siempre fue una mercancía a la venta y no tiene por qué seguir siéndolo para siempre.

Por eso, nuestra propuesta debe ir más allá de mejores condiciones laborales, debe cuestionar la normalización del trabajo asalariado y la producción capitalista que solo se nutre del robo de nuestra fuerza y energía vital. Porque lo que esta sociedad llama “saludable” no puede ser vivir para trabajar, con miedo a enfermarse. Nosotros somos quienes llevamos adelante la reproducción de esta realidad, debemos relacionarnos e implicarnos por fuera y en contra de sus lógicas, en la búsqueda colectiva hacia la trasformación radical (desde la raíz) de nuestra existencia. ¡Ese es el verdadero virus que debemos propagar!

¡Con la memoria histórica de nuestras luchas, por la destrucción de la sociedad capitalista!

1 de mayo: Producimos nuestra ruina, arruinemos su producción

Vamos hacia la vida
Santiago de Chile, 2021
    
Cada primero de mayo es un agridulce recordatorio de nuestra historia como proletarios y proletarias.

Este día resume todas las contradicciones tanto de la sociedad de la explotación mercantil, como de la lucha revolucionaria por la superación de ésta, es decir, por una sociedad que esté más allá de la explotación del trabajo y de producción de mercancías, lucha que sin embargo ha acabado muchas veces con su reforzamiento.

De esta manera, el movimiento obrero tradicional, y sobre todo bajo la conducción de la socialdemocracia, se enfrascó en la lucha contra un polo de la relación social capitalista, es decir, contra el capital personificado en la clase capitalista, en los patrones, enalteciendo su propia identidad de trabajador y postergando, u olvidando, la abolición de la relación capitalista como tal. De allí que durante el siglo XX todas las revoluciones -pese a la existencia de minorías revolucionarias críticas con el proceso- terminaran en la modernización capitalista de los “países atrasados” (Rusia, China, Cuba, etc.).

Desde el origen mismo del capitalismo, su desarrollo y consolidación ha debido sortear la tenaz resistencia de comunidades humanas que se negaban a alimentar con sus vidas el brutal ciclo de producción y acumulación de valor. El primero de mayo nos recuerda esto con claridad: tras la demanda aglutinante de fijar en 8 horas diarias la jornada laboral, se encontraba la necesidad concreta de trabajar menos (recordemos que las jornadas se extendían normalmente por 12 o más horas).

A pesar de los años transcurridos desde mayo de 1886, actualmente el capital en su constante reformulación sigue perpetuando la explotación de la actividad humana ya no mediante las extensas jornadas laborales de doce horas, sino que a partir de la introducción de diversas tecnologías que amplían el espacio y el tiempo del trabajo hasta nuestros hogares con el llamado teletrabajo. Además, la misma dinámica del trabajo, producto del desarrollo tecnológico en las diversas ramas productivas, crea una creciente masa de seres humanos “sobrantes”, expulsad@s de las esferas directamente vinculadas a los ciclos productivos, extremando la precarización que sufren millones de personas alrededor del globo, lo que solo se irá incrementando en el tiempo. Quien pretenda retroceder a los pasados años “dorados” del capitalismo keynesiano, y seguir enalteciendo la ideología del trabajo, está condenado irremediablemente al total fracaso.

Considerando el hecho de que nuestra clase produce con sus esfuerzos toda la riqueza de esta sociedad, la izquierda del capital ha levantado el mito de que el socialismo sería la mera toma de posesión de ésta, de los medios que la producen y de su repartición “más justa”. Es cierto: todo lo que se produce, crea y construye es obra del proletariado, o más bien de su explotación, de su actividad enajenada. Pero el mundo que construimos bajo la dirección ciega de la necesidad de acumulación de capital es cada vez más invivible, la inmensa riqueza producida por esta sociedad es miseria generalizada para la vida de millones de proletari@s. La crítica al capital es necesariamente una crítica a la forma en que se lleva a cabo la producción de mercancías, a la descomunal devastación que genera inevitablemente del entorno natural, a las condiciones cada vez más horribles de subsistencia a la que nos condena: que mejor ejemplo que la actual crisis sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus, a la que solo puede responder llevando al extremo su sistema represivo.

Esta sociedad ha fomentado también, con su culto al trabajo y al productivismo, la acentuación de la jerarquización sexista y de la relegación de las mujeres al plano invisible del capital en donde desaparece al considerar como natural su rol e improductivas sus actividades, inclusos las asalariadas. Silenciando la centralidad que posee su explotación para la creación y subsistencia de la civilización capitalista. La relegación al llamado “trabajo doméstico” y/o de cuidados ha llevado a generaciones de mujeres a buscar la posibilidad de una relativa autonomía de la que gozan la mayoría de los varones en el acceso a diversos ámbitos sociales, políticos y económicos.

La situación de la mujer y la dominación patriarcal no son meros vestigios de antiguas y retrógradas sociedades patriarcales, sino el muy actual resultado lógico y necesario de la presente organización capitalista de nuestro mundo. No es a través de la incorporación de las mujeres en esferas tradicionalmente masculinas como se superan las relaciones patriarcales, sino en la abolición de estas instituciones y las relaciones sociales que las engendran, mediante una lucha que reconoce su especificidad, que no hipoteca sus posibilidades por cantos de sirena que prometen una liberación luego de una revolución mitificada, y que no se reduce a una -por lo demás imposible en las actuales condiciones- participación igualitaria en la administración del mundo existente, como pregonan hoy con más fuerza los aparatos políticos de diferentes colores, que ahora se jactan de tener sus propios brazos feministas, luego de años de silenciamiento y, muchas veces, complicidad y encubrimiento del abuso de mujeres.

Trabajo viene del latín tripalium, que era una herramienta romana con tres puntas que se utilizaba como instrumento de tortura para esclav@s y re@s.

Somos actor@s del mundo. Nuestro acto es también cambio en la naturaleza y con la naturaleza, lo que a veces se confunde con la idea de que el ser humano, al modificar su realidad para sobrevivir, está “trabajando”. El trabajo asalariado, el trabajo que intercambiamos por un salario, es nuestro tripalium. Por eso defendemos nuestra vida frente al trabajo y todo lo que podamos arrancar lo arrancaremos de cuajo, cada mejora que podamos tomar la tomaremos sin dudar, pero también apuntamos a un horizonte llamado comunismo. Este horizonte no contempla el trabajo asalariado, contempla la acción en el mundo sin mediaciones, es decir, la distribución directa de los bienes sin la intervención del dinero, los salarios u otros mecanismos.

Hoy el carácter indispensable del trabajo, de nuestra explotación, para mantener las ganancias de la clase capitalista, se hace mucho más evidente con las medidas represivas y de control social que llevan a cabo todos los Estados en nombre de la crisis sanitaria, donde nos prohíben toda actividad comunitaria que no esté directamente vinculada con la producción y el consumo. Así, las actividades que conllevan mayor riesgo de contagio y expansión del virus, como el transporte hacinado, las condiciones inadecuadas en los lugares de trabajo y los grandes centros comerciales, siguen en funcionamiento, mientras reprimen brutalmente lo que se salga de esos estrechos márgenes. Esta realidad ya no podemos soportarla más.

lunes, 26 de abril de 2021

Conspiracionismo en general y la pandemia en particular

Théorie Communiste
Enero de 2021
Original en francés: https://dndf.org/?p=19292
Traducción: https://edicionesextaticas.noblogs.org/post/textos-y-traducciones/conspiracionismo-en-general-y-la-pandemia-en-particular/


Nos ocultan todo, no nos dicen nada
Cuanto más aprendemos, menos sabemos
Realmente no nos informan de nada
¿Tenía Adán un ombligo?
Nos ocultan todo, no nos dicen nada
[…]
El caso de fulano y el caso de mengana
Cuyo asesino no se encuentra
Nos ocultan todo, no nos dicen nada
Nos lo ocultan a nosotros y te lo ocultan a ti
Somos el escondite y frío-caliente
La gallinita ciega y fulano
Son los reyes de la información.
Jacques Dutronc, 1967

Imagina que nos han mentido, durante siglos y siglos / Que ciertas comunidades de alto rango conocen las recetas / Los secretos de la vida, no la que nos dejan ver.
Keny Arkana

Algunas consideraciones preliminares

En el modo de producción capitalista, la población no es un hecho de la «naturaleza», su producción, reproducción, gestión y las categorías que la constituyen son producto de las relaciones de clase y de género que estructuran su conformación y evolución. Esta población sólo existe socialmente y se reproduce en función del capital. No hay un sustrato intacto o puro que pueda servir de prefiguración de nada, no hay felicidad o sufrimiento, ni buena salud o enfermedad, ni forma de vivir o morir que pueda entenderse como algo distinto a una expresión de estas relaciones de clase y de género. Hay que añadir, dado el tema, que esta expresión constantemente renovada —porque es un producto histórico— de las relaciones de clase y de género existe en la vida cotidiana del pensamiento y de la acción de todas las clases, y más aún sin el conocimiento (pero «por propia voluntad») de sus actores en lo que respecta a las clases dominantes o superiores.

Esta reproducción no es una mecánica ideal y fría de las relaciones de producción que pone en movimiento sus propios materiales ideales. Las relaciones de clase y de género como relaciones de producción no están dadas, existen en una complejidad que puede entenderse conceptualmente como un despliegue dinámico de las categorías de explotación (la relación del trabajo excedente con el trabajo necesario) sobre todas las facetas de la existencia que el modo de producción capitalista pone en marcha por su carácter total. Así, la población se produce y existe, por supuesto, en las relaciones de producción propiamente dichas, pero, por lo mismo, en la existencia cotidiana a través de la cual se constituye la (re)producción de la relación de explotación en su conjunto como condición de la existencia de esas relaciones de producción estrictas (a través de las ideologías, los pensamientos, la afectividad, la sociabilidad, el ocio, la salud, la relación con el hábitat, la alimentación, los síntomas, el registro institucional, la identificación de género en la tarjeta de la seguridad social…).

Hacer encajar estos elementos aparentemente dispares o heterogéneos no es obra de un Macron o de un lobby, aunque sea poderoso, ni es fruto de la casualidad ni está desprovisto de intenciones, voluntades y decisiones. Pero las estructuras que siempre dominan a los individuos o grupos de individuos y sus acciones, pensamientos, ideologías, etc. son en sí mismas la expresión de esas relaciones de clase y de género que producen y reproducen, y que también se ven reproducidas por ellas.(1)

Empecemos con una idea sencilla, incluso simplista

Ningún Estado, ninguna burguesía va a fastidiar su economía (que ya no es ejemplar) para reforzar el «control» y la «esclavización» de la población o para favorecer a los laboratorios y los gigantes tecnológicos. Como mínimo, puede ser una oportunidad, pero debe ser manejada con extremo cuidado por esta clase dominante para evitar los efectos perversos sobre el trabajo, la producción general, la reproducción de la fuerza de trabajo, la circulación, el consumo y, de manera global, la vida social cotidiana que alimenta el modo de producción.

Un nivel un poco más elaborado, relativo a la mecánica del discurso conspiracionista

  •     Nunca acusar a la institución, al poder o al objetivo general de «conspiración». No utilizar nunca el término.
  •     Posicionarse como una vanguardia ilustrada.
  •     Apoyarse en la ciencia y la razón (proliferación de notas a pie de página, oscuras referencias académicas, hipervínculos, gráficos, mapas, etc.).
  •     Plantear siempre la pregunta: «¿quién se beneficia del delito?» Designar para cada suceso un líder, una organización (a ser posible una cábala) y una causa única. Así, podría decirse que, dado que la revolución bolchevique de 1917 deriva en parte de las condiciones de la Primera Guerra Mundial, el nacionalista serbio que asesinó al archiduque de Austria en Sarajevo era un agente de Lenin.
  •     Acumular «detalles inquietantes», conectándolos.
  •     Rechazar la casualidad, viendo sólo las correlaciones necesarias («¿Sabes que…?»; «No es una casualidad que…»).
  •     Apoyarse en la historia y encontrar todo tipo de acontecimientos similares como dispares, pero «parecidos» entre sí.
  •     Considerar que el enemigo (organizaciones ocultas, servicios secretos, Goldman Sachs, etc.) nunca se equivoca. Todo lo que ocurre es deliberado y no se puede evitar.
  •     Considerar lo contrario, que el enemigo comete errores de principiante (aquí volvemos a los «detalles preocupantes»).
  •     Rechazar la contradicción descalificándola automáticamente en la medida en que sólo puede provenir de fuentes con intereses vinculados al gobernante o gobernantes que la orquestan.
  •     Construir el mundo como una «totalidad expresiva» (la totalidad está presente en todos sus elementos y partes). Pero, por desgracia, no todo el mundo es Leibniz, por lo que debemos conformarnos con algunas correlaciones poco razonables.
  •     La totalidad expresiva se expresa en una «teoría del caos» (el revoloteo de las alas de una mariposa australiana y un huracán en Jamaica), pero sin entropía, ya que todo se resuelve en la realización de un objetivo único y bien concebido.


Concluyamos aquí: el sistema es cerrado, infalsificable y teleológico.

Vayamos a los hechos

Más concretamente, en el contexto de la actual pandemia, la ira inspirada en la conspiración tiene varias fases:

  1.     La ira contra ciertas medidas sanitarias adoptadas por los gobiernos y consideradas como liberticidas. Estas medidas son: el uso de mascarillas —especialmente para los niños—, el cierre de negocios «no esenciales» con la suave crítica de la división esencial/no esencial, las restricciones a la movilidad, el control policial mediante atestados, la implementación de la aplicación gubernamental Stop Covid y otra versión, la marginación de los investigadores que cuestionan las estrategias gubernamentales contra la epidemia, la creación de un Consejo de Defensa y el estado de emergencia para evitar pasar por la Asamblea, los toques de queda, la perspectiva de la vacunación obligatoria en nombre de la libertad de tratamiento, pero al mismo tiempo la crítica a la negativa de las autoridades médicas a suministrar sistemáticamente hidroxicloroquina y otros tratamientos antibióticos utilizados a veces, especialmente en los Estados Unidos.
  2.     Esta ira crea vínculos con toda una serie de fuentes de información, intelectuales e investigadores diversos y variados cuyo punto común es dar un punto de vista disonante pero revanchista hacia los intelectuales mainstream.
  3.     La explicación por una voluntad deliberada del gobierno de esclavizar a la gente a través de las llamadas medidas liberticidas y de hacerla servil a través del miedo coagula todos los elementos dispares. El miedo se convierte, por lo general, en la emoción más burlada y denigrante para los que no temen a la covid.
  4.     La conclusión es que el gobierno y los lobbies forman una camarilla prepotente que consigue dirigir a la población aturdida por el miedo sobre un virus que apenas existe, manipular las cifras, paralizar la economía con el simple objetivo de esclavizar a la población con el único propósito de enriquecer a la industria farmacéutica.

Sin embargo,

  •     Este apego y promoción de las libertades individuales,
  •     este reflejo de afirmar la legitimidad de un punto de vista por referencia a un mundo de intelectuales más o menos en marcha, pero siempre revestido de títulos más prestigiosos que los demás,
  •     este énfasis en la esclavitud de todos y en el miedo que los atenaza y del que esta vanguardia ilustrada logra escapar para llevar valientemente la palabra libre y desenmascarada contra todos los peligros,
  •     y, por último, esta visión de la población como mero forraje de consumo para algún lobby industrial, mediático y farmacéutico.


Todos estos elementos indican violentamente hasta qué punto este pensamiento sólo puede provenir de una categoría de la población cuya existencia entera se basa en su capacidad de producir y reproducir una parte de la ideología capitalista tomándola literalmente. Es decir, en una versión que se ajusta y no contradice su propia existencia, que se refiere al lugar que ocupa en las relaciones de producción.

La experiencia de esta categoría en cuanto a su inscripción social es :

  •     Una relación que no es contradictoria con la libertad individual de la que gozan. Su inscripción en la comunidad del capital como sociedad capitalista es tal que su existencia como individuos aislados no es contradictoria con su dependencia de esta comunidad, porque esta dependencia no existe sobre todo como una coacción violenta, sino espontáneamente como una participación, como una solidaridad total con sus instituciones (véase más adelante sobre los órganos del aparato de Estado). Es el individuo aislado de la libertad y la elección lo que tenemos aquí y no el individuo aislado cuya libertad de elección se convierte inmediatamente en vagabundeo, desafiliación, precariedad.
  •     Una visión normativa de la sociedad que debe promover el libre desarrollo del individuo, a través de la libertad educativa, la libertad sanitaria, la libertad alimentaria, la libertad artística, con una intervención del Estado, en el peor de los casos, reducida al mínimo en estos ámbitos, que son los que les permiten reproducirse como individuos aislados en conformidad con la ideología capitalista. En efecto, es el ideal capitalista el que remite la reproducción de los trabajadores a su cuidado privado. Salvo que, para el proletariado, esta asunción privada de responsabilidad no funciona, para las clases altas tampoco, pero ahí se basa en la posibilidad de un libre albedrío realmente vivido. Es gracias a esta seguridad y a esta homogeneidad de reproducción que este pensamiento puede denunciar la intervención del Estado como un sistema totalitario y engañoso.

Este libre desarrollo del individuo en la sociedad se enfrenta a la pertenencia de clase como una restricción internalizada que es efectivamente liberticida en su base contractual de compra y venta de fuerza de trabajo libre. Así, el chantaje de retirar a los hijos de la escuela, o de oponerse a una política sanitaria, sólo existe para las personas cuya afiliación social no sólo está garantizada de hecho, sino también en su plena adhesión a la ideología del contrato social capitalista y en la función que tienen como cemento en la reproducción de las relaciones sociales capitalistas. Algunos pueden permitirse el lujo de amenazar con retirar a sus hijos de la escuela cuando otros saben que las murallas hacia el destierro de la escuela republicana se están reduciendo por la falta de medios, la falta de control del «mapa escolar» y/o por el paso de las políticas de integración a las de lucha contra la «radicalización» y el «separatismo».

Esta visión de las poblaciones como masas atontadas de consumidores cautivos de los lobbies muestra lo ideológicamente dominantes, productivamente inútiles y tan estúpidos que son los que la defienden que están ciegos ante el hecho de que es el trabajo productivo el que está en la base del mundo que celebran con sus denuncias.

Hay que tener cierta relación con la existencia para afirmar que el miedo es un freno, como si fuera una elección. No hay que saber nada de los meandros más o menos violentos y «aprisionantes» de la pertenencia de clase para verlo como una cuestión de manipulación ideológica. Por último, hay que ser capaz de vivir una existencia mareada en la que la indignación intenta hacerse pasar por lucha social para pensar que el miedo impide pensar.

Vayamos a la razón de ser externa de la ideología conspirativa

La sociedad se descompone en una suma de elementos discretos, separados e independientes: el trabajo, la educación, la salud, el salario, el consumo, el ocio, la intimidad, la familia, las relaciones amorosas, etc., como lo son ahora. Hay que considerar entonces que estos elementos y funciones, tal y como son en la actualidad, no estarían organizados como deberían debido a la actividad, las prácticas, las intenciones, la manipulación, la publicidad y los intereses malintencionados de un cierto número de individuos que forman una casta que incluye a los bancos, a los grandes patronos, a los medios de comunicación, a los laboratorios farmacéuticos, a los gobiernos no como un Estado sino como una banda organizada. En una palabra: las élites. El orden que emana espontáneamente de estos elementos es una versión corrupta del orden necesario.

El conspiracionismo opera sobre una concepción bastante banal del Estado, que es el fundamento de la ideología jurídica y democrática, pero que es nuestra suerte cotidiana. Por un lado, está el poder del Estado, por otro el aparato del Estado o la máquina del Estado como la llama Marx. El problema radica en que el aparato estatal, que materializa en sus órganos, su división, su organización, su jerarquía, el poder estatal de una clase (y de una sola clase), es al mismo tiempo la organización de la clase dominante (como poder estatal detentado por la fracción momentáneamente hegemónica de la clase dominante en nombre de toda esta clase) y la organización de toda la sociedad bajo la dominación de esta clase. Pero, si por un lado, el estado del modo de producción capitalista realiza completamente la fusión de estas dos funciones,(2) por otro lado se convierte en la necesidad «natural» de toda reproducción social. Mientras que es su propia división y su separación fundamental (real e ideológica) de las relaciones de producción lo que los convierte en los órganos de un aparato de Estado que es necesariamente un aparato de clase (véase Marx, La guerra civil en Francia), todos los órganos del aparato de Estado (ejército, policía, administración, tribunales, parlamento, burocracia, educación, bienestar social, información, partidos, sindicatos, etc.) sólo aparecen como instrumentos que pueden plegarse a la voluntad de quienes son sus amos. De esta doble función del aparato estatal (no dos funciones, sino una doble función) como dictadura de una clase y reproducción del conjunto de la sociedad nacen tanto su fusión como la neutralidad de los órganos. Para el conspirador, respondiendo al pensamiento espontáneo, estos órganos son neutrales y no, en su propia existencia y forma, los de una dictadura de clase. En consecuencia, si no funcionan «como deben», como «servicio público», como «bien común», es porque están aventajados, secuestrados y pervertidos por una camarilla, una casta. El conspiracionista es el ciudadano ideal.

Según esta concepción «natural» del Estado, la conspiración no es la «psicopatología de unos pocos descarriados», es el «síntoma necesario de la desposesión política» y de la «confiscación del debate público». Responde a la «monopolización del discurso legítimo» por parte de «representantes» asistidos por «expertos», cualquier crítica se convierte en una aberración mental inmediatamente descalificada como «conspiración». Es cierto que si la conspiración se ha convertido en el nuevo índice del imbécil, es porque es el nuevo lugar común de la estupidez periodística y de muchos filósofos y sociólogos que todavía se cuidan de no inmovilizar a un presidente de la República sosteniendo que los Chalecos Amarillos son el resultado de una maniobra de Moscú (Le Point, febrero 2019). Lordon, que vuelve regularmente sobre el tema en Le Monde diplomatique, lo resume así: «Pero más que la desposesión, la conspiración, que las élites convierten en el signo de una minoría irremediable, podría ser el signo paradójico de que el pueblo, de hecho, se acerca a la mayoría, ya que está cansado de escuchar con deferencia a las autoridades y se compromete a imaginar el mundo sin ellas.» (Diplo, junio de 2015).

El conspiracionismo no sería un sistema de respuestas con determinaciones sociales propias, sino una simple reacción justificada negativamente. Esto no puede ser suficiente, hay que captar la naturaleza de la «reacción» positivamente como un sistema de respuestas adecuadas a lo que la provoca.

El conspiracionismo aparece entonces como un desafío al orden dominante, casi como una lucha de clases. Pero no lo es. Al igual que el antisemitismo era el socialismo de los tontos, la conspiración es la lucha de clases de los expertos en pericia que no están ubicados en ningún lugar, ni en la sociedad ni en el espectro político-ideológico.

La «respuesta conspirativa» quiere exactamente el mismo mundo, el mismo Estado, pero liberado de la «casta»: «imagina el mundo sin ella». Sólo se trata de preservar todos los elementos de esta sociedad apartándolos de las prácticas de estos individuos «malévolos» y «manipuladores» que los pervierten y corrompen. Un verdadero asalariado, una verdadera educación, una verdadera política sanitaria, una verdadera democracia, una verdadera información, una verdadera agricultura, un verdadero consumo, una verdadera economía, un verdadero Estado.

El conspiracionismo critica todo, queriendo que lo que existe se convierta en «verdad». Pero al concebir su objeto como un «lado oscuro» y un secuestro demoníaco, esta crítica hace de este objeto un mero accidente de este mismo mundo. De este modo, afirma que sólo desea la continuación del mundo tal y como es. El conjunto de lo que existe podría ser tan hermoso si no estuviera manipulado, secuestrado. La clase dominante, su reproducción, sus prácticas, la persecución de sus intereses, la producción ideológica ya no son el producto natural de todas las relaciones sociales que el conspiracionista quiere preservar, sino la obra de un grupo de matones que intentan tomarnos por tontos. El teórico de la conspiración es un tipo inteligente y es un experto en todo. Es notable observar (ha habido algunos estudios al respecto) que la teoría de la conspiración afecta en primer lugar a la clase media educada, a los que aman su «espíritu crítico», presumen de él y lo llevan a todas partes. Para quienes viven a diario con todas las humillaciones y la miseria de las relaciones sociales capitalistas, las «conspiraciones» destinadas a esclavizar nuestra libertad para controlarnos tienen poco sentido. Hay que amar este mundo para no querer que te mienta.

¿A qué generalidad se refiere la conspiración?

Lo anterior es un pequeño análisis del discurso conspirativo como sistema crítico proveniente de una parte, que se considera desatendida, de las categorías dominantes de la población sobre la gestión estatal y más ampliamente sobre el mundo circundante. Una vez hecho esto, hay que reconocer que muchos temas y características del discurso conspirativo se movilizan de forma más o menos dispersa mucho más allá de estas categorías dominantes. Por lo tanto, la cuestión es también saber qué estatus adquiere esta crítica no sistematizada cuando es llevada por una franja significativa de las clases proletarias. ¿De dónde viene este deseo de «rescatar» al Estado capitalista, y es del mismo orden que el descrito anteriormente? Pero esta cuestión, para ser correctamente planteada, debe entender también que estos temas tomados aisladamente tienen un significado diferente al que les da el sistema conspirativo precisamente por el bucle propio de este sistema y que, en última instancia, hace del conspiracionista el ciudadano ideal, como defensor del Estado democrático y del trabajador libre.

No vamos a dar una respuesta, sólo algunas pistas, algunas de las cuales ya están dispersas en estas notas.

Hay ladrillos en la teoría de la conspiración que recuerdan al democratismo radical: la comunidad de ciudadanos en el Estado como forma concreta y participativa de su comunidad de individuos aislados. Pero la situación ha cambiado desde los años 90 y principios de los 2000.

En el capitalismo surgido de la reestructuración de los años 70 y 80, la reproducción de la fuerza de trabajo ha sido objeto de una doble desconexión. Por un lado, hay una desconexión entre la valorización del capital y la reproducción de la fuerza de trabajo, y por otro lado, hay una desconexión entre el consumo y el salario como ingreso.

La ruptura de una relación necesaria entre la valorización del capital y la reproducción de la fuerza de trabajo rompe los ámbitos coherentes de reproducción en su delimitación nacional o incluso regional. De lo que se trata es de separar, por un lado, la reproducción y la circulación del capital y, por otro, la reproducción y la circulación de la fuerza de trabajo.

Como identidad de una crisis de sobreacumulación y subconsumo, la crisis de 2008 fue una crisis de la relación salarial que se convirtió en una crisis de la sociedad salarial al poner en movimiento a todas las capas y clases de la sociedad que viven del salario. En todas partes, la sociedad salarial tiene que ver con la política y la distribución. Como precio del trabajo (forma fetiche), el salario apela a la injusticia de la distribución, que es normal. La injusticia de la distribución tiene un responsable que ha «fracasado en su misión»: el Estado. Lo que está en juego es la legitimidad del Estado frente a su sociedad. El proletariado participa en todo esto, su propia estructuración como clase lo embarca.

En la crisis de la sociedad salarial, las luchas que tienen lugar en torno a la distribución designan al Estado como responsable de la injusticia. Este estado es el estado desnacionalizado, atravesado por y agente de la globalización. En contraste con la «desnacionalización», las políticas keynesianas se basaban en un nacional integrado: una combinación de economía nacional, consumo nacional, formación y educación de la mano de obra nacional y control del dinero y el crédito. En el «periodo fordista», el Estado también se había convertido en «la llave del bienestar», y fue esta ciudadanía la que se perdió en la reestructuración de los años 70 y 80. Si la ciudadanía es una abstracción, se refiere a contenidos muy concretos: pleno empleo, familia nuclear, orden-proximidad-seguridad, heterosexualidad, trabajo, nación. Es en torno a estos temas que, en la crisis de la sociedad salarial, se reconstruyen ideológicamente los conflictos de clase y se deslegitiman todos los discursos oficiales. La ciudadanía se convierte entonces en la ideología bajo la que se desarrolla la lucha de clases. Hay una relación evidente entre el éxito de las teorías conspirativas y buena parte de las expresiones, por ejemplo, de los Chalecos Amarillos. Además de las similitudes de forma en los discursos, encontramos un cuestionamiento de la incompetencia del Estado, la crítica a la globalización y el Estado desnacionalizado.

A primera vista, esta deslegitimación e ideología ciudadana (pues el conspiracionista es el arquetipo del buen ciudadano) es crítica, pero sólo en la medida en que es el lenguaje de la reivindicación en el espejo que le tiende la lógica de la distribución y la necesidad del Estado. Las prácticas que operan bajo esta ideología son eficaces porque reflejan a los individuos una imagen plausible y una explicación creíble de lo que son y lo que experimentan, son constitutivas de la realidad de su vida cotidiana. La reconstrucción ideológica de los conflictos de clase pasa a ser el pueblo frente a las élites que monopolizan el discurso legítimo (que siempre ha sido así), pero un discurso que ya no tiene sentido. El conflicto muta en un conflicto cultural llevado a cabo en nombre de los valores: el artificio y la mentira frente a la autenticidad y la verdad (lo que se nos oculta, como cantaba irónicamente Dutronc y como tontamente canta hoy Arkana).

Lo que, en la conspiración, se juega de forma totalmente perversa como «conflicto» es la relación del Estado —de todos sus aparatos ideológicos, de la clase dominante en su conjunto— con su sociedad. En la crisis de los Estados y de todos sus aparatos frente a la sociedad, el descrédito social en el que ha caído esta relación confiere una generalidad a las denuncias de tipo conspirativo. De forma totalmente perversa, porque el propio funcionamiento de la conspiración se basa en el deseo de preservar esta sociedad tal y como es. Esto, en la medida en que la clase dominante sólo sería una élite parasitaria que se mantiene a través de la mentira, y no, como clase dominante, la necesidad misma de esta sociedad y de todas sus relaciones.

Que las principales empresas de Wall Street se dirijan a la agencia reguladora del mercado de capitales en Estados Unidos para obtener un cambio en una ley o alguna otra ventaja no es una «conspiración», aunque la acción sea concertada y encubierta. Que los representantes económicos generales de la clase capitalista americana (y mundial) se dirijan a los representantes generales de la legalidad de la misma clase no es una «conspiración», es el Estado. O se imagina que el Estado es o debería ser «otra cosa». En lugar de las relaciones sociales capitalistas (que queremos preservar), sólo habría un pequeño número de hombres cínicos que establecen su dominación y su explotación del «pueblo» mediante una representación distorsionada del mundo que han imaginado para esclavizar sus mentes. Hace falta esta concepción simplista de la ideología, del modo de producción y del Estado para que la teoría de la conspiración sea lo que es: la apología y la conservación de las condiciones actuales de existencia. Por desgracia, o por suerte, como práctica cotidiana, la ideología es otra cosa: la práctica de los sujetos que, como tales, pueden imaginarse engañados y ser engañados (lo que es evidente para un sujeto). El modo de producción, algo distinto a la búsqueda del «máximo beneficio». El Estado, a través de su aparato, algo más que una «camarilla».

La conspiración es un enfoque global de la sociedad. Para responder a la pregunta de la generalidad de algunas de sus características, los desarrollos anteriores presentan algunas pistas, rastros y elementos de comprensión que sólo buscan plantear la pregunta «correctamente» sin lograr aún formalizar la respuesta.
 

Concluyamos (de momento)

Las maniobras, las intrigas, los giros de la mesa de billar de tres pisos existen pero no explican nada; ellas mismas deben ser explicadas como acontecimientos históricos intersticiales. En la historia, a la teoría de la conspiración no le gusta el «largo plazo». Davos es un escenario decisivo de la globalización, pero es la globalización la que ha hecho Davos, no al revés. Si, contrariamente a lo que nos dicen Marx y Engels en las primeras páginas de La ideología alemana, el «mundo» no es un «libro abierto», es porque su comprensión requiere la producción de conceptos y no porque oculte una corporación, una casta de gobernantes e Illuminati.

Notas:
1.     Como anécdota a estas consideraciones sobre la población, durante esta festividad de Todos los Santos 2020, dos hechos llamativos —el segundo confinamiento y el asesinato de Samuel Paty— pusieron en primer plano dos tipos de agentes fundamentales en esta reproducción de las categorías de la población que son los padres: los que se indignaron contra la voluntad de esclavizar y deshumanizar a sus vástagos mediante el uso de mascarillas en la escuela a partir de los 6 años, amenazando con dejar de enviar a sus hijos a la escuela; otros para los que la prioridad era defender a la desesperada la conformidad de sus vástagos con la escuela republicana a través de una necesidad urgente de hacer que sus hijos —digamos de origen inmigrante— entendieran la prohibición de hablar, de reaccionar, de referirse, al asesinato del profesor al inicio del curso escolar, a riesgo de expulsión y de multas institucionales y financieras para las familias afectadas.
2.     En esto se diferencia del estadio feudal o del «Antiguo Régimen».