lunes, 9 de marzo de 2026

[Irán] Declaración sobre la guerra en curso y la urgencia de la acción revolucionaria

Confederación del Trabajo Iraní en el Extranjero (ILC)
1 de marzo de 2026
Traducción automática desde https://communaut.org/de/angriffe-auf-den-iran-angriffe-auf-das-leben

El asesinato de Alí Jamenei, junto con varios miembros de alto rango del llamado Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Iraní (CGRI) y del aparato gobernante, constituye un acontecimiento extraordinario en Irán. Constituye un duro golpe al corazón de la maquinaria represiva y a la columna vertebral de la República Islámica. Para millones de iraníes, la muerte de un hombre que durante décadas representó masacres, opresión, pobreza, militarismo y un régimen sangriento ha desencadenado un momento de liberación: una mezcla de ira reprimida durante mucho tiempo y un alivio explosivo. La presencia de gente en las calles y la reacción social en general demuestran la profundidad del odio acumulado en la sociedad durante años de crímenes y masacres.

Esto no es alegría por la guerra. No es alegría por los bombardeos ni por la muerte de niños. No es alegría por la intervención extranjera. Es el sombrío alivio de que estén apareciendo grietas en un monstruo que, hace apenas dos meses, en el Dey [Nota: el décimo mes del calendario iraní], empapó el país en sangre, disparando y aplastando a decenas de miles y transformando la sociedad en un océano de dolor y rabia. Las personas que hoy respiran son las mismas que fueron golpeadas, fusiladas y encarceladas ayer.

Sin embargo, debemos dejar clara la realidad: este golpe contra la cúpula del Estado se produjo en el contexto de una guerra librada desde arriba y sin la voluntad popular. Una guerra que amenaza vidas, transforma ciudades en zonas de muerte y busca paralizar la sociedad mediante el miedo y la destrucción. Estados Unidos e Israel desempeñaron un papel directo con sus ataques militares y deben ser condenados incondicionalmente. Ninguna narrativa de "rescate" ni ninguna representación "defensiva" puede justificar la matanza de civiles. Al mismo tiempo, debe quedar claro: la República Islámica y el CGRI no son víctimas de esta guerra, sino que se encuentran entre sus principales artífices. Un Estado que durante años utilizó a la sociedad como escudo para sus proyectos militares y nucleares ahora está pagando el precio de esta política con un colapso interno. La muerte de Jamenei no significa que la crisis haya terminado, pero demuestra inequívocamente que este sistema ya no puede reproducir su antigua autoridad. Una estructura cuyo líder ha sido destituido, que ahora está en guerra y se enfrenta a una sociedad llena de ira y odio, ha entrado en una fase de inestabilidad irreversible.

También debemos ser conscientes de un hecho crucial: una ruptura en la cúpula no implica automáticamente que la voluntad popular se haga realidad. Es precisamente en momentos como estos que se activan los proyectos que buscan controlar la sociedad: la "transición controlada", la reorganización de las élites y la promoción de alternativas desde arriba que buscan secuestrar la revolución y arrebatarle al pueblo el control de los acontecimientos. Los pactos secretos, la reproducción de la misma estructura con una nueva cara o la instauración de gobiernos títeres bajo la bandera de la "estabilidad" y la "transición" son intentos de neutralizar la dinámica revolucionaria y bloquear el poder directo del pueblo. Estos escenarios no significan el fin de la República Islámica, sino la continuación del mismo orden represivo bajo una nueva forma.

La única fuerza que puede evitar este desenlace es una organización democrática de base, independiente y nacional. En un momento como este, la cuestión central no es simplemente la "resistencia a la guerra". La verdadera pregunta es si la sociedad puede aprovechar conscientemente la brecha creada por la ruptura en la cúpula para impulsar la revolución. La guerra tiene como objetivo intimidar a la sociedad y detener la revolución; la respuesta del pueblo debe ser reconstruir y organizar su poder social en medio de esta crisis.

Los trabajadores, los asalariados, los jóvenes, las mujeres y todas las fuerzas sociales deben comprender una verdad fundamental: ninguna potencia extranjera les traerá la libertad. La única fuerza que puede finalmente derrocar este sistema es una sociedad organizada. Unirse a las organizaciones sociales existentes, fortalecer las organizaciones obreras independientes y crear consejos, comités locales y redes de ayuda mutua ya no es una "opción", sino una necesidad urgente, tanto para proteger vidas humanas en tiempos de guerra como para asumir el control colectivo del futuro de la sociedad.

La República Islámica está herida e inestable. Este no es momento de observar ni dudar, sino de actuar. El verdadero fin de esta guerra no llegará mediante acuerdos entre estados, sino mediante el derrocamiento revolucionario de un orden que ha convertido la vida misma en un campo de muerte. Hacemos un llamamiento a la gente de todo el mundo, a los movimientos obreros y a todas las fuerzas que aman la libertad a solidarizarse con el pueblo iraní, no con los estados ni con las máquinas de guerra. La verdadera solidaridad significa apoyar el derecho del pueblo a derrocar a la República Islámica y construir un orden humano, libre e igualitario. La lucha ha entrado en una nueva fase. Se ha roto la opresión, se ha desvanecido el miedo y se ha abierto la posibilidad de avanzar. Una sociedad que ha derramado tanta sangre tiene el derecho —y el deber— de forjar su propio futuro.

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