domingo, 4 de septiembre de 2022

[Chile] «No hemos perdido nada»

por Luther Blisset
5 de septiembre 2022, Chile

No hemos perdido nada, porque nada en ese proceso era nuestro: todo era sobre la oligarquía y sus lacayos intentando reordenar el juego para perpetuar su dominación sobre la mayoría.

Cuando en el plebiscito de entrada el Apruebo ganó con el 80% de los votos, nadie salió a celebrar: esa fue una noche lúgubre, porque todo el mundo sabía que lo que se estaba aprobando era el menos malo de los chanchullos impuestos por los ricos mediante el terrorismo de estado y el confinamiento masivo.

Lo que vino después, la campaña del terror con que hicieron ganar a Boric, y la reciente algarabía histérica de la campaña del Apruebo, no ha sido otra cosa que el efecto amplificado del delirio de la burguesía, obligada a creer rabiosamente en sus propias mentiras. Tan sumergidos están en sus propios fluidos ideológicos, que llegaron a creer que ganarían si obligaban a todo el mundo a votar.  

Si alguien ha salido victorioso hoy, fueron las más de 2 millones de personas que a pesar de las amenazas no acudieron a las urnas. Si a ellos sumamos los votos nulos y en blanco -cuatro veces más numerosos que en el plebiscito de entrada-, resulta que un 16% de los inscritos, cerca de 2 millones y medio de personas, o bien se rehusaron a responder al interrogatorio fariseo de la casta política, o bien respondieron con un digno silencio.

Esa rebeldía elemental, esa voluntad de desertar de la política burguesa, es el piso mínimo para cualquier ambición emancipadora. Quienquiera que se pretenda revolucionario o anticapitalista, debe partir por fomentar y potenciar esa evasión. Esa evasión, la de quienes saltan sin miedo el torniquete del sistema de representación política burguesa, fue y seguirá siendo nuestro gesto primordial de rebelión, y es la condición previa de toda política independiente de las clases explotadas.

sábado, 3 de septiembre de 2022

[Chile] El acá y el allá se piensan juntos

Una respuesta al desasosiego ultraizquierdista del MIT

por Luther Blisset
3 de septiembre 2022, Chile

“Si el partido lo exige, un auténtico bolchevique está dispuesto a creer que lo negro es blanco y que lo blanco es negro.” (Gueorgui Piatakov)

Un pequeño partido trotskista, el MIT, acaba de publicar a través de su fanzine La voz de los trabajadores, un extraño y divertido artículo, firmado por un tal Hank Escorpio, acerca del plebiscito del 4 de septiembre. El autor dice que quienes han llamado a la abstención y al voto nulo, viendo en el proceso constituyente una restauración del poder oligárquico, son “ultraizquierdistas”, y que por lo tanto sus llamados muestran, además de una actitud “estudiantil”, una inclinación criminal, patológica, violenta y fascista.

Lo primero que llama la atención es que en el título se nos conmina a que “aprendamos a pensar”, mientras que el artículo es tan confuso, retorcido y alusivo, que si uno realmente piensa en lo que está leyendo, no puede tomárselo en serio. Aludiendo arbitrariamente a uno que otro concepto filosófico, el autor intenta dar la impresión de un pensamiento profundo y complejo, cuando en realidad su único propósito es demonizar una realidad con tal de poner al lector en contra de ella. Es decir: para que el artículo cumpla su propósito, es necesario que el lector no piense mucho, y más bien reaccione visceralmente ante la amenaza que le están proponiendo.

Vamos a dedicar algunas líneas a demostrar que la amenaza ultraizquierdista retratada por el MIT es más una fantasía que una realidad, y de paso aprenderemos dos o tres cosas quizás hasta ahora inadvertidas sobre la mentalidad y la política del trotskismo de derecha.

Despejando una niebla terminológica

Primero aclaremos: ¿qué es la ultraizquierda? En breve: es el nombre que los dirigentes de la Tercera Internacional le dieron, despectivamente, a los marxistas que se apartaron de su línea oficial porque la consideraban peligrosamente centralista y autoritaria. De hecho, alrededor de 1920 tanto los comunistas de consejos alemanes y holandeses, como también un variado archipiélago de grupos marxistas y anarquistas, pensaban que los jefes rusos de la Internacional, embriagados de poder, se habían vuelto ciegos a las aspiraciones y necesidades del movimiento obrero real, estando dispuestos a aplastar cualquier expresión de lucha que no se sometiera a sus órdenes (como efectivamente hicieron en numerosas ocasiones).

El movimiento obrero ya había sido advertido de esto cuando los jefes socialistas alemanes ordenaron asesinar a Rosa Luxemburgo, a principios de 1919: a su manera, esos jefes políticos habían expresado una temprana preocupación por la amenaza del “ultraizquierdismo”, aunque no utilizaran esa palabra. El término empezó a ser usado cuando Lenin dio a conocer su famoso libelo La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, escrito para denostar a las mismas corrientes políticas que los carniceros Ebert y Noske habían ahogado en sangre en Alemania, un año antes. En lo sucesivo el texto de Lenin ha sido utilizado como un manual doctrinario por todos los defensores del estado policial estalinista, y hoy sigue siendo útil a los izquierdistas que buscan salvar la institucionalidad burguesa, erigirse ellos en jefes políticos del pueblo, y demonizar la autoactividad proletaria.

El MIT, por su parte, sin ningún rigor, de forma obviamente malintencionada, y nada menos que en nombre de Lenin, reduce el ultraizquierdismo a la lucha armada, identificándolo con tendencias tan dispares como el guerrillerismo castro-guevarista y maoista, la ETA, el IRA, las Brigadas Rojas, el MIR, el FPMR, el MJL, la RAF y el anarquismo insurreccional… ocultando que la mayoría de esas expresiones son profundamente leninistas, y sin mencionar que en la ultraizquierda hay grupos que han criticado a ese lucharmadismo, precisamente por ser una forma extrema de leninismo. El MIT está delirando.

Volvamos a la realidad. Hoy en día, quienes se identifican con las tendencias que Lenin denigró como “ultraizquierdistas” (el comunismo de consejos, básicamente) tienden a formar sectas aisladas con muy poca o ninguna influencia social, y que tienden a replicar en miniatura las lógicas alienadas de los partidos burocráticos. Hay, por otro lado, quienes han roto con esa tendencia y la han criticado, en textos como Contribución a la crítica de la ideología de ultraizquierda de Jean Barrot, o De la ultraizquierda a la teoría de la comunización del grupo Thèorie Communiste, por citar sólo dos ejemplos.

El abstencionismo no es de sectas, es de masas

Lejos de las pocas sectas ultraizquierdistas que aún sobreviven, y de los escasos teóricos que les han dedicado críticas que casi nadie lee, hay un campo social bastante amplio y diverso que, sin saber nada de todo eso, encarna un fuerte rechazo a cualquier política burocrática y autoritaria, sea de izquierda o de derecha. Con el correr de los años, esa desconfianza del pueblo hacia los partidos y su política se ha ido convirtiendo en un asunto de sentido común y de decencia, tanto como lo es su rechazo a los carteles del narcotráfico o al tráfico de personas, por ejemplo.

Por lo tanto, es completamente natural que ese ánimo antipartidista forme parte constitutiva de una gran parte de la militancia poblacional, de la lucha medioambiental, del activismo sindical, del rescate historiográfico y de la experimentación cultural, prácticas que no se reconocen ni en la ultraizquierda ni en sus críticos, pero sí en la historia del poder popular y la autonomía obrera, en las luchas de los pueblos originarios y en la idea, vaga pero enérgica, de un “buen vivir” opuesto al capitalismo.

Es de este campo de donde vienen consignas tales como “el pueblo unido avanza sin partido”, “sólo el pueblo ayuda al pueblo”, y “que se vayan todos”, las cuales expresan el ánimo de la mayoría de la población; y es ahí donde más se ha hecho sentir el escepticismo y el asco frente a un proceso constitucional visto como fraudulento. Cuando encontramos llamamientos organizados a no validar ese proceso, o iniciativas en pro de la desobediencia civil, estamos viendo tan sólo la punta del iceberg de una disposición de ánimo que es masiva: la misma que irrumpió en octubre del 2019, y que hoy sigue madurando en el subsuelo de la sociedad, aún cuando parezca haberse extinguido. Atribuir la voluntad de abstención frente al proceso constitucional a la acción de “la ultraizquierda”, como hace el MIT a través de Hank Escorpio es, por decir lo menos, disparatado.

Disparatado, pero predecible. Porque el MIT es una organización que gravita en torno al siguiente artículo de fe: la emancipación de la clase trabajadora no será obra de ella misma, porque sólo puede ser obra de un partido que la dirija. Este dogma refleja fielmente el pensamiento de la burguesía, que se ve a sí misma como protagonista, como agente activo y pensante de la historia, y al proletariado como comparsa, mero músculo ejecutor de las decisiones de la élite dirigente. A quienes ven el mundo de esta forma, simplemente no les entra en la cabeza que las personas comunes puedan forjar sus propias ideas a partir de sus experiencias, ni que actúen por iniciativa propia movidas por sus intereses y necesidades. Según los partidos de derecha, si el pueblo se levanta y protesta en masa es porque unos conspiradores chavistas deben haberlo instigado. Según los partidos de izquierda, si el pueblo se abstiene de votar o acude de mala gana a las urnas para anular su voto, es porque además de ser apático, unos cuantos ultraizquierdistas lo han persuadido. Por lo tanto, si una brisa de escepticismo y desconfianza popular empieza a soplar en torno al plebiscito del 4 de septiembre, si mucha gente empieza a hablar de abstención, de anular y de desobediencia civil… trayendo a la memoria la altísima abstención electoral de años anteriores, lo que el MIT hace no es tratar de explicar todo eso, sino echarle la culpa al ultraizquierdismo. ¡Plop!

La verdadera soberanía es el comunismo

En todo caso, la contundente “explicación” del MIT para la abstención electoral de 58% alcanzada en Chile hace unos años, es ésta: “la gente siente apatía, desinterés, rechazo a la política”. Esto podría haberlo dicho cualquier político de cualquier partido de izquierda o de derecha, sin distinción, por cierto. Ni por un segundo se les ocurre que ese desinterés sea la condición previa para que los proletarios se planteen tomar su destino en sus propias manos, sin abdicar su soberanía en representante alguno. Al contrario, el MIT ve en esa apatía sólo una condición defectuosa que el partido debe corregir, haciendo que el pueblo vuelva a entusiasmarse con una política de dirigentes.

Lo que el MIT no entiende, porque de no entenderlo depende su propia existencia, es esto: la soberanía es una facultad indelegable, es decir que sólo puede ejercerse directamente y no a través de representantes; por lo tanto en un contexto sociohistórico como el nuestro, para que un verdadero ejercicio de soberanía popular sea posible, es necesario que el pueblo haya experimentado antes, frente a la política representativa de los partidos, una apatía y un desinterés total, absoluto y definitivo.

Tal como lo explicamos en un artículo anterior, Lenin y Trotsky (que dicho sea de paso son los principales referentes intelectuales del MIT), daban por sentado que para hacer la revolución el pueblo debe delegar su soberanía en sus representantes políticos, en un partido. Pensaban que con eso el pueblo no abdica de su soberanía, sino que simplemente la transfiere a gente capacitada para ejercerla en su nombre. Esta forma de ver las cosas es inseparable de la deficiente comprensión del capitalismo que aquejó al movimiento socialdemócrata de esa época en general, y a los dirigentes bolcheviques en particular. Ellos pensaban que antes de poder superar el capitalismo había que incrementar en un sentido cuantitativo las fuerzas productivas, multiplicando la industria pesada, las infraestructuras logísticas, de comunicación y transporte, expandiendo al mismo tiempo la reproducción de la fuerza de trabajo asalariada. Todo esto, por supuesto, sólo podía responder a un plan concebido por expertos, el cual para ser ejecutado requería firmes cadenas de mando jerárquico en que los obreros seguían ocupando los escalafones inferiores, tanto en ingresos como en poder de decisión, por debajo de los dirigentes políticos, intelectuales, funcionarios y profesionales.

Nos guste o no, hemos alcanzado el punto en que cualquier incremento cuantitativo de la fuerza productiva tal como ha sido configurada por el capital, sólo nos acerca un paso más hacia la catástrofe global y la extinción de la especie humana. Por lo tanto, en adelante cualquier noción de un mundo post-capitalista debe obligatoriamente contemplar una economía de estado estacionario como mínimo, si no un decrecimiento material acompañado de un incremento exponencial de la fuerza productiva entendida -a la manera de Marx- como la socialización misma, es decir, como praxis subjetiva.

Si la dinámica socioeconómica que los bolcheviques implantaron en Rusia era absolutamente incompatible con el ejercicio de la soberanía popular, porque la soberanía no es una mera gestualidad simbólica sino el ejercicio directo del poder sobre las propias condiciones de existencia, nosotros en cambio no podemos pensar en ninguna transición más allá del capitalismo, sin que ella implique la soberanía popular real. A este tipo de soberanía, que es el dominio consciente y directo de la población sobre sus condiciones de existencia, es a lo que se refieren expresiones como “la organización de los productores libremente asociados”, o la “administración de las cosas y no de los hombres”; y sólo sobre ese trasfondo de soberanía tiene sentido pensar en una vida colectiva que recibe “de cada cual según su capacidad” y da “a cada cual según su necesidad”.

Pensamiento dialéctico e historia

Por más que estas consideraciones puedan parecer abstractas y lejanas de nuestros problemas inmediatos, son sumamente importantes, porque según qué entendamos por capitalismo y cómo concibamos lo opuesto del capitalismo, así serán nuestras ideas sobre la contingencia política y sobre los fenómenos sociales que se agitan bajo ella. Una abstención electoral de casi dos tercios de la masa votante, y la actitud de esa masa frente a un sistema político en el que cree sólo a medias o no cree en absoluto, son fenómenos que significan cosas muy distintas según cómo se entienda la soberanía, el capitalismo, el comunismo, y el paso de uno a otro.

Quienes piensan que la revolución ya fue suficientemente explicada por los líderes bolcheviques en 1920 y que no hay mucho más que agregar, interpretan esa abstención como una “apatía y desinterés” que habría que corregir restableciendo la vieja confianza en los partidos. Esa rigidez tan poco dialéctica, esa fijación en la lógica formal que equipara las condiciones de la lucha de clases de hace un siglo con las de hoy, les iguala quieran o no a todos los partidos burgueses que hoy se parten la cabeza buscando el modo de restablecer la legitimidad perdida del sistema de representación burguesa.

Quienes, por el contrario, pensamos por nosotros mismos de acuerdo con la realidad que vivimos y no según lo que Lenin y Trotsky dijeron sobre Rusia en 1920, vemos esa misma abstención, esa apatía y desinterés frente al sistema de partidos como una evolución positiva, una que habilita problemas y aprendizajes que tienden potencialmente a la soberanía popular, y por tanto hacia el comunismo. Es sobre ese terreno que pensamos y actuamos, y eso no nos convierte en ultraizquierdistas.

Por cierto, es curioso que haya que explicarle esto a gente que se jacta de ser leninista, cuando es bastante sabido que el mayor mérito de Lenin fue precisamente haber mostrado que el contenido de la revolución debe guiar las actitudes políticas de los revolucionarios en todo momento, independientemente de cuán lejos parezca estar el horizonte comunista. Si el propio Lenin no pudo extraer de esta base metodológica correcta conclusiones mejores que las que sacó, no es por un “error” que haya cometido, sino porque en su época no había nada que le permitiera ver más allá de lo que vio, siendo la persona que él era.

De nuevo, pese a su declarado leninismo, el MIT parece necesitar que le refresquen la memoria respecto de la dialéctica histórica que Lenin quiso expresar: nosotros no analizamos la historia para encontrar culpables ni para reprochar defectos, sino para entender los límites que cada período histórico impone a las mentes y a los actos de sus protagonistas, porque sólo así podemos entender hasta qué punto esos límites no son los nuestros, y cómo los límites que nos impone nuestra propia época exigen respuestas que ellos no podrían haber siquiera imaginado. En este punto, estamos obligados a preguntarnos quién es el que “habla por los muertos y es incapaz de pensar por sí mismo”, cuando es Hank Escorpio quien se exaspera porque “cierta ultraizquierda” cita a Lenin y a Trotsky para demostrar que la época de ellos no volverá jamás, mientras que no parece inquietarle que su propio partido los cite constantemente para erigirlos en una voz de autoridad.

Por último, estas observaciones deberían bastar para que quede descartada la acusación hecha por Hank, respecto de que quienes hemos llamado a la abstención estaríamos motivados por un desprecio moral y puritano hacia la “servidumbre voluntaria” de quienes sí votan. Pues no, las cosas no son tan sencillas: uno puede apreciar el tratado de Etienne de la Boetie y seguir haciendo la crítica materialista del mundo del capital, sabiendo que quienes participan del sistema político burgués lo hacen porque las condiciones materiales de su existencia se los impone, tal como mañana esas mismas condiciones les impondrán hacer lo contrario, del mismo modo que hoy nuestro ser social objetivo nos hace captar y expresar tal movimiento contradictorio. De eso se trata el pensamiento dialéctico, en caso de que hiciera falta ilustrarlo.

Pseudofilosofía para incautos

El MIT afirma que reivindicar el voto nulo y la abstención, denunciando el proceso constitucional como un fraude y una derrota, equivale a “renunciar a la lucha gris y cotidiana” en nombre de “criterios absolutos” basados en una “lógica lineal y formal de tipo aristotélico”. Uno no sabe si reír o simplemente menear la cabeza cuando lee estas frases. Es como leer a esos militantes izquierdistas de los años setenta que en sus encarnizadas (e irrisorias) peleas por dominar la opinión ajena se acusaban mutuamente de abandonar “el materialismo dialéctico”, enrostrándose unos a otros una verborrea pastosa y vacía aprendida en los manuales de la Academia de Ciencias de la URSS, o de Marta Harnecker, sin que esas discusiones llegaran nunca a nada.

Dejémoslo claro de una vez: cuando uno reivindica la abstención, la apatía y el desinterés respecto de la política burguesa, como condiciones necesarias para la autoactividad proletaria y el poder popular, en eso no hay ninguna falta a la dialéctica, ninguna concesión a la lógica formal aristotélica, ningún “criterio absoluto” y ninguna renuncia “a la lucha gris y cotidiana”. Las razones históricas, sociales, políticas que sustentan una posición abstencionista frente al proceso constitucional de la burguesía son profundas, pesan, y han sido expuestas tanto en lenguaje teórico como en consignas, así como en un sinnúmero de expresiones populares cotidianas. Hay una comprensión dialéctica de los procesos históricos, hay razones fundantes de una decisión política responsable, madura y argumentada. Lo que no hay, es indulgencia ante el oportunismo y la demagogia, y es esto lo que molesta al MIT, no la falta de rigor filosófico. Decir que la nueva constitución traerá mejores condiciones para el pueblo y que había que llamar a aprobar en el plebiscito, no es más dialéctico que decir lo contrario. Sólo es más cómodo. Sólo hace parecer que la gris lucha cotidiana tiene más sentido porque se la ha acompañado con un posicionamiento político que ofrece ventajas comparativas a corto plazo.

Una justificación post festum

Quienes afirman que la defensa de la abstención y del voto nulo es “ultraizquierdista”, que responde a un “método estudiantil”, a una “iluminación pedagógica” cercana al fascismo, que es “vanguardista”, que es “criminal” y que es “patológica”… quienes dicen todo eso tal vez consigan dar de buenas a primeras una impresión superficial de adultez política, de responsabilidad histórica y de certeza científica, pero basta con remover un poco esas hileras de frases grandilocuentes puestas una detrás de otra, para ver que ahí no hay nada: sólo la voluntad de denostar, de demonizar una opción política que es contraria a la de ellos y que ellos son incapaces de refutar con verdaderos argumentos. Después de todo, ¿para qué cansarse pensando en argumentos cuando eso entraña el riesgo de no encontrarlos, y además resulta más fácil convencer a una audiencia de lectores desatentos movilizando sus temores y antipatías?

El punto es, justamente, que muchísima gente ya decidió votar Apruebo, que el MIT ya decidió sumarse a esa movilización política de masas respondiendo a cálculos que le conciernen en tanto partido político, y que una vez tomada esa decisión, están obligados a combatir con ferocidad cualquier oposición o crítica. Acá “ferocidad” significa: con mentiras, con tergiversaciones, con trucos retóricos. Que la abstención/voto nulo es ultraizquierdista, que es fascista, criminal, enferma. Esto en psicología se llama proyección: le atribuyen a otros lo que ellos temen encontrar en el fondo de sí mismos.

Todo el artículo de Hank Escorpio está plagado de ese mecanismo neurótico. El objetivo: aplastar la opción abstencionista en cuanto empiece a mostrarse como algo más que un fenómeno periférico, marginal e insignificante. Porque eso es exactamente lo que ha sucedido en estas últimas semanas: que ante la pasividad y postración de las masas populares, la casta política y la oligarquía se desataron, mostraron sin tapujos lo que el proceso constitucional siempre ha sido, un fraude total, y en respuesta a eso la sospecha que anidaba en mucha gente empezó a convertirse en inquietud, en malestar y finalmente en la decisión política de abstenerse o de votar nulo.

Frente a ese tenue, incipiente regreso de la desobediencia civil que estalló en octubre de 2019, el MIT se ha visto enfrentado al siguiente dilema: o admite que se equivocó al sumarse al Apruebo y reconoce la legitimidad del rechazo popular al fraude constitucional, o justifica su decisión a sabiendas de lo que implica, huyendo hacia adelante. Ya sabemos: ha preferido huir hacia adelante, y para justificarse va a echar mano a lo que sea, incluso a insinuar que sus detractores son extremistas armados locos y peligrosos. Lo importante es mostrarse serios y respetables ante el partido del orden, con la esperanza de ser admitido en sus filas.

Sí, lo queremos todo

Hasta aquí sólo hemos esbozado algunas ideas que esperamos ayuden a despejar la neblina de malos entendidos y tergiversaciones ofrecidas por Hank Escorpio en su artículo para el MIT. Sobre todo, nos ha interesado desmentir algunas deformaciones bastante groseras que Hank hizo pasar bajo un barniz aparentemente filosófico, dialéctico, realista, optimista y asertivo… y que en realidad denotan exactamente lo contrario: un pensamiento superficial, rígido, voluntarista y acomodaticio. Sólo para dejar consignado el grado de hostilidad que el abstencionismo electoral puede suscitar: Hank ha llegado al extremo de decir que quienes no votan en elecciones, esos ultraizquierdistas dementes, profesan un “odio patológico” a la clase obrera, buscan deliberadamente vivir en la pobreza, padecen de personalidades narcisistas, y usan el anonimato debido a sus acciones violentas, clandestinas e ilegales.

Por supuesto, no vale la pena ocuparnos de acusaciones tan estrambóticas, pero sí es relevante mencionar, respecto del anonimato, que la gran mayoría de los anticapitalistas que no revelan su identidad en internet, lo hacen simplemente porque desdeñan la figuración pública, no tienen ningún interés en el prestigio autoral, y en cualquier caso son lo bastante prudentes para no olvidar que llegado el momento de la represión política no hace falta cometer ninguna ilegalidad para ser blanco de ella. Como sea, no es muy común encontrar a anticapitalistas que le den demasiada importancia a la presencia de su Yo virtualizado en el mundo de internet. Por si fuera poco, existe una abundante producción literaria, filosófica y política que ha puesto en tela de juicio el valor de la identidad egoica y de su publicidad, pero es obvio que Hank Escorpio la ignora o no la entiende; sin pensarlo dos veces, se contenta con el absurdo de diagnosticarle narcisismo precisamente a quienes por motivos que nada tienen que ver con la ilegalidad, han renunciado de buena gana al reconocimiento de una sociedad que produce narcisismo en masa.

En cualquier caso, sería muy raro que en ese esfuerzo por justificar su adhesión al partido del orden, el MIT no hubiera acertado en una que otra descripción de los elementos políticos que hoy día están posicionados en torno al plebiscito. A saber: en los sectores que defienden la abstención y el voto nulo sí hay, efectivamente, un componente impresionista que aísla algún aspecto de la lucha social y la eleva a categoría suprema, suplantando el todo por una parte. Tampoco se puede negar que existe un elemento voluntarista, empirista, inmediatista, que tiende a reemplazar el análisis sociohistórico por los deseos personales y las inclinaciones emotivas del momento. Estos rasgos son límites inherentes al movimiento social tal como existe en este momento, y no van a desaparecer por un acto de voluntariosa denuncia retórica. Por lo mismo, son también rasgos notorios de los sectores militantes que no han sabido aún romper con las lógicas de la ultraizquierda. Pero por más que estos rasgos existan, y constituyan un límite a las luchas, deducir de ello que la abstención electoral es una manía de ultraizquierdistas, es una estupidez. No vamos a insistir en los motivos que el MIT tiene para incurrir en ella.

Por último, queda comentar, aunque sea muy rápido y para rematar, ciertas acusaciones que la izquierda partidista -no sólo el MIT- ha dejado caer últimamente sobre quienes han puesto en duda su vía institucional. Existencialismo, milenarismo, maximalismo, ultimatismo. Sería interesante ver cómo experimentarían esos izquierdistas estas evocaciones si no estuvieran cegados, ensordecidos e insensibilizados por su necesidad de justificar las míseras cuotas de poder que ya les han sido concedidas dentro del orden burgués. Tal vez, sólo tal vez, descubrirían que antes que ellos llegaran a solicitar su admisión en el negocio de la representación política, el existencialismo, el milenarismo, el maximalismo y el ultimatismo ya se habían consolidado como fuerzas motrices definitivas e insustituibles de toda transformación histórica. No las escuelas filosóficas ni las corrientes literarias, sino las vivencias compartidas por masas de gente que en determinados momentos no pudieron tolerar más la miseria, el vacío y el sinsentido de una existencia reducida a una variable del mercado. Sin esas disposiciones de ánimo, que una y otra vez actúan como fuerzas elementales de lo humano frente a la alienación de lo real cosificado… sin esas proyecciones subjetivas y sociales hacia un más allá de la alienación cotidiana, jamás habríamos oído una palabra sobre Espartaco, ni sobre Thomas Müntzer, ni sobre Marx, Bakunin, Lenin o Mao, ni sobre los Cordones Industriales o el poder popular. Tampoco habríamos vivido en primera persona un levantamiento social como el de octubre de 2019, ni habría en este momento ningún “político realista” buscando que le concedan un puesto en la gestión racional de la barbarie neoliberal.

El MIT, el Frente Amplio, y todos los demás partidos que ya están o aspiran a ser admitidos en la administración del capitalismo, le deben todo a esas pulsiones existencialistas, milenaristas, maximalistas, tan emparentadas con la poesía, con la alegría de vivir, con el amor y el espíritu de aventura y de descubrimiento. Sin esas pulsiones, el politicismo rencoroso y gris, burocrático y sin imaginación, de los militantes del conformismo, se ahogaría en su propia insignificancia, aparte de que no tendría nada que reprimir, nada que controlar, nada que acallar ni administrar. Así que un consejo: cuando perciban un aire de romanticismo revolucionario, existencialista y utópico, deberían como mínimo observar el mundo de pesadilla en el que apenas sobreviven, examinarse a sí mismos vegetando dentro de él, y al menos por pudor, callarse la boca, porque en ese aire inconformista está la semilla de toda revuelta, de toda revolución futura.

Lo que fue y lo que vendrá

Dicho esto, concluyamos con una advertencia, por la que podrán acusarnos de muchas cosas pero no de un exceso de humildad: pese a todo lo que esta breve pausa pueda sugerir, en Chile no se va a restablecer la legitimidad del sistema de dominación política de la burguesía. Así como hoy avanza a paso acelerado en varias regiones del planeta una marea de recesión económica, colapso climático y derrumbe de los estados nacionales; así como las clases dominantes se aprestan para la guerra civil generalizada confiando en que esta vez, contra toda evidencia pasada, la destrucción física alcanzará para detener la historia; así como hoy los humillados y ninguneados de siempre aguardan pacientemente el resultado de su último acto de confianza en el orden de las cosas, sabiendo que no van a esperar indefinidamente… asimismo aquí y en todas partes hay quienes han llevado el conocimiento dialéctico de la historia a la conclusión lógica que en este momento es evidente por sí misma: no es el momento de ceder ninguna fuerza, ningún gesto, ninguna esperanza, a la continuación de las cosas tal como han sido hasta hoy.

La vieja ensoñación constitucional, democrática, representativa, hoy restaurada por un rato, va a durar muy poco. El agua y la electricidad, el trigo y las hortalizas, las correas de transmisión y los microchips, las camillas y medicamentos, las señales inalámbricas y las armas, pronto empezarán a imponer sin mediaciones sus propias leyes inapelables, y toda convocatoria a “la razón” ilustrada y a “la razón” política, se va a revelar como una abstracción insignificante y ridícula, frente a la razón concreta de los pueblos vivientes, reales, buscando subsistir. Cualquiera que observe con atención las curvas de datos macroeconómicos, climáticos y sociales, y que acompañe esas curvas con informaciones frescas sobre desempleo, automatización, inundaciones, sequías e incendios catastróficos, hambrunas, guerras civiles y derrumbe de estados-nación, sabe que este es el curso inevitable a seguir, y que si bien no hay nada que podamos hacer para evitarlo, sí podemos hacer esta simple, modesta y crucial elección vital -que es a la vez política e histórica-: o dedicamos nuestras fuerzas a alimentar ilusiones vanas, o a destruirlas.

La mayoría de la gente que se abstiene de votar o vota nulo, sin importar cuán intenso haya sido el asedio propagandístico, lo hace por hastío, apatía y desinterés, que son las actitudes más saludables que alguien puede tener en estos tiempos frente al capitalismo real. Entre ellos, hay unos cuantos que pese a estar también hastiados del capitalismo y de los embusteros izquierdistas y ultraizquierdistas, promueven la abstención no por hastío, sino por economía de fuerzas. Mientras menos ilusiones existan sobre la capacidad de la política burguesa para mejorar nuestras condiciones de vida, mejores serán nuestras probabilidades de salir del capitalismo, hacerlo por nosotros mismos, y a partir de ahí, ser dueños soberanos de lo que sea que vaya a venir después.

martes, 23 de agosto de 2022

[Chile] ¿Qué es un plebiscito?

por Luther Blisset
23 de agosto 2022, Chile

Aunque en su raíz latina el vocablo plebiscito designa la decisión soberana de la plebe, su uso moderno se refiere a algo muy distinto. En nuestros días el plebiscito, al igual que todos los actos eleccionarios de las democracias modernas, no pasa de ser un simple interrogatorio: un acto unilateral en que los gobernantes le exigen a la masa gobernada que se pronuncie sobre un tema planteado por ellos. Por supuesto, cuando los gobernantes plantean un asunto a plebiscitar, es únicamente en interés de ellos mismos: necesitan saber qué tipo de dominación toleran mejor los gobernados, para poder ejercer sus funciones de mando con menos incertidumbre.

En algunos casos, la resistencia de los gobernados a responder interrogatorios -Chile alcanzó hace algunos años el 58% de abstención electoral, la más alta del mundo-, es síntoma de una indisciplina más profunda, que puede llegar a convertirse en rebelión abierta -como en este mismo país, a fines de 2019-. Llegado ese extremo, el poder debe simplificar y exacerbar al máximo las preguntas, al punto de que los gobernados no tengan escapatoria. Tras haberse visto sorprendidos por la desobediencia civil, y tras haberla desactivado o ahogado en sangre, los gobernantes deben poner a los gobernados entre la espada y la pared, obligándoles a opinar sobre una disyuntiva aparentemente lapidaria, definitiva.

Eso y no otra cosa es un plebiscito: un acto que representa ficcionalmente la soberanía de la plebe, pero que en realidad exhibe ante la vista de todos la soberanía sin rival de los gobernantes, capaces de reducir la cuestión social a un “sí” o un “no” inofensivo frente a la dominación, mientras restringen casi por completo la libertad de decir “no” al propio plebiscito.

El plebiscito, dado que es un interrogatorio, no tiene otra función que reafirmar la superioridad de quienes hacen las preguntas.

 

[Chile] El hombre de paja del apruebismo y el progrefascismo inconsciente

por Luther Blisset
21 de agosto 2022, Chile

Se sabe que una posición política es falsa cuando sus defensores sólo pueden responder a la crítica adulterándola, y caricaturizando a quienes la plantean. Para no caer en el mismo error, partamos reconociendo que entre los partidarios del Apruebo hay de todo: desde el pragmatismo frío y calculador de los políticos burgueses, hasta el pragmatismo irónico de los izquierdistas derrotados, arribistas y sin imaginación, pasando por una heterogénea hinchada que incluye a realistas apáticos, obedientes desganados, entusiastas ingenuos, frívolos irresponsables y muchos otros elementos imposibles de clasificar.

Dentro de ese amplio espectro, está el Apruebista de Primera Línea (APL), ese que se dedica principalmente a defender el plebiscito de las críticas venidas desde sectores anticapitalistas. Este es el tipo de apruebista que nos interesa acá, porque es el que no sabe responder a las críticas a menos que las tergiverse y haga una caricatura de quienes las plantean. Vamos a analizar el procedimiento de adulteración que el APL utiliza de forma estandarizada contra sus críticos, y así veremos que en realidad sus “argumentos” son dardos lanzados contra un monigote que sólo existe en su imaginación. Cuando el APL lanza esas acusaciones, incurre en lo que en filosofía y psicología se conoce como “falacia del hombre de paja”.

¿Un modo de producción abolido por decreto?

El primer recurso desesperado del APL consiste en caricaturizar a los críticos como imbéciles que si desaprueban la nueva constitución es porque han descubierto que ésta no va a desmantelar el capitalismo. Este es un recurso infame, porque la realidad es que en el difuso campo del anticapitalismo actual, nadie en su sano juicio piensa que de ésta o de cualquier otra constitución democrática se pueda esperar que ponga fin al modo de producción capitalista. Si alguien insinuara tal disparate, discutirlo sería una pérdida de tiempo. El punto es que no hay anticapitalistas afirmando tal cosa, por lo tanto ese “contra-argumento” del APL no es más que un distractor: busca desviar la atención hacia una discrepancia falsa y sin consecuencias.

Si hay anticapitalistas que desaprueban la nueva constitución, no es porque estén decepcionados al descubrir que esta carta magna no les va a ahorrar el duro trabajo de abolir el capitalismo. La desaprueban porque piensan que ni a corto, mediano o largo plazo, ni en sentido táctico ni estratégico, ni material ni simbólicamente, representa ninguna mejoría o ventaja ni siquiera en lo tocante a las condiciones de vida inmediatas o a las capacidades de lucha elementales de la clase trabajadora. Esto, ciertamente, está muy lejos de cualquier creencia ingenua en que una constitución podría contribuir a abolir el capitalismo. En vez de caricaturizar a sus críticos por un delirio que ellos nunca han manifestado, el APL más bien debería ofrecer algún argumento que respalde su estrafalaria idea de que la nueva constitución favorecerá de alguna manera las condiciones de vida inmediatas o las capacidades de lucha del proletariado. Hasta ahora no ha ofrecido ninguno, ni remotamente.

Otro procedimiento que el APL utiliza es afirmar que si un anticapitalista desaprueba la nueva constitución, es porque cree que lo único válido sería lanzarse a la conquista armada del poder estatal, sin preámbulos ni mediaciones. Esta caricatura es incluso más idiota que la anterior, por dos razones. Primero, porque sólo un idiota podría creer que en las actuales condiciones sociohistóricas, en ausencia de un movimiento social revolucionario y de un partido putchista, exista la más remota posibilidad de esa toma brusca del poder. Pero incluso si admitimos que hay uno que otro subnormal por ahí planeando un asalto al palacio de invierno para el próximo verano, lo cierto es que en el campo anticapitalista lo que predomina hoy en día es un extendido escepticismo respecto de la fórmula bolchevique, una relativa indiferencia hacia un poder político visto como vacío y sólo funcional a la dominación burguesa, y una empecinada atención al contenido social de un anticapitalismo concebido como horizontal, proliferante y descentralizado.

Los anticapitalistas que desaprueban la nueva constitución no la desaprueban porque ésta los vaya a desviar de una inverosímil conquista del poder estatal, sino porque ofrece un mísero sustituto ilusorio del acceso a un poder que no está donde dice estar. O sea: desaprueban la nueva constitución porque ésta es un reflejo engañoso de un espejismo. Por la misma razón que La Moneda es el símbolo vacío de un poder que está en otra parte, una constitución no es más que el papel mojado en que se da aires de solemnidad un sistema que se define por sistemáticamente desbordar y vaciar sus propios códigos normativos.

Una filantropía extraña

A continuación, el Apruebista de Primera Línea acusa a los críticos de creer que da lo mismo cuál de las dos opciones triunfe en el plebiscito. Esto indicaría que son indiferentes a los beneficios que la nueva constitución le traerá al pueblo y, lo más grave, sería una clara muestra de que, en realidad, los anticapitalistas-que-no-aprueban son seres tan fanáticos e ideologizados, que su duro y frío corazón se ha vuelto completamente insensible a las penurias de la gente común. Pasemos por alto la aburrida manipulación emocional que hay detrás de este “argumento”, y concentrémonos en su inconsistencia lógica e histórica.

En realidad, lo que hay que discutir no es si da lo mismo o no el resultado del plebiscito. La discusión que hay que dar es en qué consisten los efectos sociales y políticos dispares que una u otra opción tendrán. Una vez esbozados esos efectos, una vez asumido que una opción o la otra conducen a escenarios políticos diferentes, lo que hay que discernir es si de esto se desprende que todo proletario, poblador y obrero debería imperiosamente tomar partido por una de esas opciones. La respuesta de los anticapitalistas es no, y esto por una razón muy sencilla: los escenarios políticos que se abren a partir de cada una de las opciones plebiscitarias atañen fundamentalmente a la política hecha por, para y desde los partidos políticos, en una arena institucional que existe y está diseñada expresamente para esa política de élite y para ninguna otra. En esa arena política el único papel que le cabe a los proletarios, obreros y pobladores, es contemplar los matinales para conocer las aventuras de los protagonistas políticos de turno, y concurrir periódicamente a las urnas para manifestar su conformidad con alguna de las alternativas ofrecidas.

Cuando los apruebistas en general, y el APL en particular, se enfrentan a esta evidencia que no pueden refutar, hacen aparecer dentro de su falacia del hombre de paja un nuevo truco, la falacia circular. Dicen: “sí, es una política donde el protagonismo lo tiene la élite y donde la élite siempre se sale con la suya, pero sólo entrando en esa política podemos quitarle protagonismo a la élite y salirnos con la nuestra”. Él ama tanto al pueblo, y le desea el bien con tanto ardor, que ante la evidencia de una biopolítica democrática que ha llevado la dominación de clase a grados de eficacia hasta hace poco inimaginables, no se le ocurre nada mejor que decirle al pueblo que no tiene más remedio que integrarse en esa gestión totalitaria o perecer.

Las referencias marxistas y el ejemplo de la Unidad Popular que el APL saca a relucir en esta parte de la discusión, quizás serían aceptables si no estuviéramos inmersos en una distopía biotecnopolítica que en tiempos de Lenin y de Allende sólo los escritores de ciencia ficción podían imaginar. En cambio, para poder esgrimir su falacia circular como si fuera un argumento de peso, el APL está obligado a olvidar por un momento el mundo en que vive, borrar cualquier idea sobre reestructuración capitalista, post-fordismo y subsunción real, y así poder trasladarse en su imaginación a 1920 o 1970, donde el resultado del plebiscito probablemente alteraría de un modo significativo las vidas de los votantes. Hay que tener esto en cuenta cuando el Ministerio de la Verdad deja caer sobre todos nosotros una espesa neblina de evocaciones emotivas que dejan la vaga impresión de que la coyuntura actual se asemejaría al ascenso popular de 1970, con Apruebo Dignidad evocando a la Unidad Popular, con Boric encarnando a Allende, y con el 4 de septiembre siendo… bueno, el 4 de septiembre.

El tiempo desarticulado

Ahora, si nos adentramos en la fantasía ahistórica del Apruebista de Primera Línea y nos quedamos por un momento acurrucados ahí con él, al poco rato tendremos que admitir que al menos en una cosa tiene razón: efectivamente, la nueva constitución establece derechos que no figuraban en la constitución anterior. El APL considera esto una razón más que suficiente para ver en la nueva constitución “un avance”. ¿Hacia dónde? Nunca lo dice. Pero asumamos que está pensando en una una sociedad más justa, más equitativa, más humana, etc. Cuando al APL se le pide alguna evidencia que respalde, aunque sea tenuemente, esa expectativa tan optimista, nos responde que dentro del capitalismo ha habido períodos muy malos para la clase obrera, y otros no tan malos. Un período no tan malo sería, por ejemplo, la época en que el gobierno del Frente Popular propició los derechos de los trabajadores, leyes de protección social, la educación pública y una economía nacional. Por razones similares, el gobierno de la Unidad Popular sería un período mejor que, digamos, el de González Videla o el de la junta militar de Pinochet.

El APL piensa, entonces, que si la nueva constitución entra en vigencia, esto podría significa para el pueblo un período mejor que el actual, dado que gozará de más derechos que hoy. Ahora bien, un rápido vistazo a la historia moderna nos enseña que el movimiento de la acumulación capitalista es al mismo tiempo una alternancia cíclica entre períodos de bonanza y períodos de penuria para la clase trabajadora. Cada fase de prosperidad económica es seguida por una fase de ruina, con la misma regularidad que cada fase de permisividad liberal es seguida por un período de autoritarismo represivo. Como sea, todos los indicadores señalan que esta progresión cíclica ha implicado -y seguirá implicando- a la larga un deterioro paulatino de las condiciones de vida de la mayoría de la población, un empobrecimiento relativo creciente, y la destrucción de la biosfera. Pero seamos generosos, omitamos dicha tendencia apocalíptica y supongamos que la alternancia seguirá dándose en el futuro tal como se ha venido dando hasta hoy. En ese caso, abanderarse con una política presumiendo que nos llevará a un período de bonanza es inútil si eso no forma parte de una estrategia que prevea cómo los usuarios de esos derechos los preservarán cuando el péndulo vuelva a oscilar, o cómo esos derechos les ayudarán a poner fin a la eterna oscilación pendular entre prosperidad y miseria, entre democracia y dictadura.

¿Hay algún partidario del Apruebo que esté planteando una proyección estratégica de ese tipo? No, no hay ninguno. Y si lo hubiera, tendría que demostrar que, tal como se imagina, la ampliación de derechos sociales conduce a un fortalecimiento de las capacidades de lucha y de la autonomía de la clase obrera, lo cual está muy lejos de ser evidente.

Tienes derecho a pedir derechos

Porque, ¿qué es un derecho, al fin y al cabo? Es la expresión formal, codificada, de un ejercicio de la violencia.

Todo derecho es siempre otorgado por un poder soberano: el acto mismo de otorgar un derecho ratifica el poder soberano de quien lo otorga, y con ello confirma la posición subordinada de quien lo recibe.

La izquierda por lo general no ha prestado atención a las implicaciones sociohistóricas de esta dinámica, porque nunca ha ido más allá del marxismo vulgar del 1900. En efecto, hace un siglo la mayoría de los marxistas habían leído tan pocas obras de Marx, y las habían leído tan mal, que estaban seguros de que para superar el capitalismo bastaba con distribuir mejor los resultados de la producción, sin cuestionar el carácter alienado del proceso de producción mismo. Según esa óptica, la subordinación política de los obreros era un mal inevitable que a lo sumo se podía mitigar, o compensar mediante la elevación de su calidad de vida efectuada por el estado socialista. El socialismo, por lo tanto, era visto como una prolongación de los derechos que los trabajadores hubieran logrado conquistar dentro del capitalismo.

Dado el nivel de desarrollo de la clase obrera y el estado general de la socialización en esa época, no es sorprendente que Lenin concibiera el partido revolucionario como un instrumento para educar y conducir a los obreros desde arriba, y que entendiera la lucha de los obreros por arrancarle derechos al estado burgués como un medio idóneo para construir ese instrumento. Por la misma razón, no hay que sorprenderse de que Trotsky abogara por la militarización del trabajo industrial, que Gramsci elogiara al taylorismo por alejar a los obreros del vicio, y que en general -aunque con notables excepciones- la propia clase obrera aceptara someterse a un poder político que decía representarla, a cambio de trabajo, salud, educación, vivienda y jubilación aseguradas. Vamos, a cambio de buenos y abundantes derechos.

El alfa y omega de la autoactividad proletaria

Esa realidad histórica -hoy superada por un grado de socialización de las fuerzas productivas que apenas si hemos empezado a entender- es la base del marxismo vulgar que la mayoría de los izquierdistas sigue profesando hoy, y que excluye a priori conceder alguna importancia a la autoactividad proletaria. Ese anacronismo es, por cierto, la base epistemológica del Apruebista de Primera Línea. Ahora bien, él en el fondo está consciente de que basar una estrategia política en la dinámica social de hace cien años es un poco problemático. Para escamotear ese fallo, deja entrever de manera ambigua que si bien hoy la autoactividad proletaria es muy débil o inexistente, en el futuro podría crecer y fortalecerse, pero que para llegar a eso los proletarios, obreros y pobladores deben previamente conquistar sus derechos sociales, arrebatándoselos al estado burgués. Por eso es importante que en el próximo plebiscito triunfe la opción Apruebo, compañero. Este llamado optimista parte, sin embargo, de una suposición que no ha sido demostrada en lo más mínimo: la suposición de que en el pasado la autoactividad de los proletarios fue posible porque la burguesía antes les había concedido derechos.

Según esta lógica, entonces, las numerosas tomas de terreno, huelgas y formaciones militantes de los años 40, 50 y 60, habrían sido un efecto más o menos directo de las políticas sociales impulsadas por Alessandri y Pedro Aguirre Cerda. Asimismo, en 1972 los Cordones Industriales y Comandos Comunales, los comités y coordinadoras del poder popular, habrían sido posibles gracias a las políticas públicas del gobierno de Allende; mientras que la movilización de masas de los años 80 contra el régimen de Pinochet y la rebelión social del 2019 serían secuelas de derechos conquistados con anterioridad (?). Desde luego, podemos preguntarnos de dónde saca el Apruebista de Primera Línea esta extraña causalidad, en que los derechos otorgados por la burguesía serían la fuente de la fuerza y autonomía de los trabajadores. Para ser francos, ese razonamiento es una falacia causal: ve una causalidad allí donde sólo hay una correlación, o bien atribuye un poder causal a lo que sólo es una consecuencia de otra cosa. De acuerdo con esta falacia, la fuerza y autonomía proletaria serían resultado de los derechos concedidos de buena o mala gana por la burguesía, y la lucha por obtener esos derechos sería la garantía de que los proletarios ganen fuerza y autonomía.

Pues bien, la única forma de salir de una falacia de causa circular, es introducir un tercer término o ampliar la acepción de los términos implicados. Partamos introduciendo un tercer término: la crisis periódica de la acumulación capitalista, debida al aumento de la plusvalía relativa y a la reducción de la tasa de ganancia. Una vez introducido este elemento, las fases intermitentes de prosperidad y penuria de la clase obrera se explican como consecuencia de la necesaria y periódica reestructuración de la relación de explotación. Tanto la ampliación de derechos sociales como su contracción aparecen entonces como resultado de la correlación de fuerzas que opera en la implicación recíproca entre capitalistas y trabajadores, siendo esa correlación de fuerzas a veces favorable a unos, a veces favorable a otros, dependiendo esto de innumerables factores contingentes.

Por lo tanto, la vigencia o no de tales derechos -que, recordémoslo, son meras formalizaciones codificadas del ejercicio de una violencia soberana- no es la causa de una correlación de fuerzas dada, sino su consecuencia. Debido a que en un momento dado de la relación de explotación la clase trabajadora despliega una potencia independiente y disruptiva, la burguesía le otorga derechos que codifican la relación tal como se presentó en ese momento, a fin de cristalizar la situación y hacerla gobernable. Si las crisis periódicas no fueran codificadas en términos de derechos, la burguesía sería incapaz de proyectar estrategias de gobierno a largo plazo, ni de reestructurar la relación de explotación para restaurar la tasa de ganancia y proseguir la acumulación de capital.

Tener en cuenta esta dinámica material nos permite comprender de manera más amplia la autoactividad proletaria, con lo cual terminamos de romper la falacia de causa circular. Si el otorgamiento de derechos por parte de la burguesía es tan sólo un dispositivo de codificación y captura del antagonismo de clases, entonces la obtención de esos derechos no puede ser para los trabajadores un fin en sí mismo, y sólo bajo condiciones muy específicas -que veremos más abajo- la lucha por derechos puede operar algún tipo de sinergia con la autoactividad proletaria.

La autoactividad proletaria no puede nunca ser un simple medio para obtener algo. En cuanto se convierte en medio para algo más, se enajena. Es decir: la única forma de que los proletarios experimenten algo que no sea alienación, es desplegando su actividad como un fin en sí mismo. A la inversa, cada vez que su propia actividad se les presenta como un medio para obtener derechos, recursos escasos o cualquier otra cosa, están reproduciendo su propia alienación. Cuando los proletarios sustituyen la lucha directa por sus intereses vitales por una lucha indirecta en pos de derechos otorgados por la burguesía, sólo replican en la esfera de la representación política la alienación que ya han naturalizado en la esfera de la producción.

Cómo convertir la autoactividad en alienación

Hasta ahora, cuando los proletarios encuentran la necesidad de trascender los límites espacio-temporales de sus luchas, terminan de un modo u otro traduciéndolas a los términos de la política burguesa, de la representación abstracta, de la soberanía abdicada. Por el contrario, la única forma en que la lucha puede trascender sus límites sin volverse actividad alienada, es extendiéndose en el tiempo y el espacio, proliferando, vinculándose a otras luchas en tanto lucha directa por apropiarse de la materialidad del mundo.

Por supuesto, el interés supremo de la burguesía es que los proletarios incurran incesantemente en la auto-alienación, que no puedan concebir la vida de otra manera, porque sólo así el estar separados de la tierra, del proceso social de producción y de su propia potencia colectiva se les puede aparecer como un hecho natural e inevitable.

Con todo, y como mencionamos más arriba, hay que atender al carácter contradictorio de todo proceso social, y hacer la siguiente distinción: en ocasiones la lucha por derechos puede tener como efecto colateral la autoactividad proletaria, o ser simplemente la expresión formalizada de una autoactividad ya consolidada. Esto es lo que ocurrió, por mencionar un ejemplo, en la lucha de los negros contra la segregación racial en EE.UU. durante la primera mitad del siglo XX, lucha que propició la formación de comunidades organizadas que a la larga desembocaron en un movimiento revolucionario de masas. Por el contrario, la lucha por derechos que se reduce a una mera concurrencia electoral, no contiene ni el más mínimo rastro de autoactividad, ni como factor subyacente previo ni como efecto secundario. En tal situación, la causa a favor de los derechos se vuelve en contra de sus propios defensores: en vez de propiciar la autoactividad proletaria, lo que hace es amplificar y profundizar los alcances de su actividad alienada. En vez de fortalecer la confianza de los proletarios en sus propias capacidades, poniéndolas a prueba en la lucha directa, traslada esa confianza al estado de la burguesía, y a su capacidad para otorgarnos mejoras ahorrándonos la necesidad de luchar por nosotros mismos.

El Apruebista de Primera Línea suele insistir en que una cosa no quita la otra: afirma que la concurrencia electoral no impide en absoluto organizarse y luchar directamente y con autonomía. De nuevo, para afirmar esto tiene que borrar la historia, plagada de ejemplos en que la autoactividad proletaria alcanzó niveles altamente disruptivos para a continuación ser sofocada por medio de represión directa, y por último apaciguada mediante salidas institucionales en que a los proletarios se les ofreció remediar sus males de manera mucho más cómoda y segura que la peligrosa e impredecible autoactividad… simplemente concurriendo a votar.

Aún si concediéramos al APL que no hay contradicción entre la autoactividad proletaria y abanderarse por un plebiscito convocado por la burguesía, todavía tendríamos que averiguar por qué él se empeña en levantar esa bandera, la misma bandera que la burguesía ya está levantando con sus abundantes recursos materiales y simbólicos. ¿No haría mejor nuestro proletario apruebista en dejar que la burguesía haga su trabajo, mientras él se dedica apasionadamente a defender la causa de la autoactividad proletaria?

El sentido de la vida y el mandato ascensional

La razón es que, habiendo interiorizado el mandato ascensional que empapa hasta los huesos la socialización capitalista, teniendo los ojos clavados en lo alto, sin poder quitar la vista del deslumbrante poder ostentado por la burguesía, el Apruebista de Primera Línea es incapaz de identificarse con la autoactividad de su clase, y así queda condenado a identificarse con la autoactividad de la burguesía, es decir, con el poder del Estado.

Esta es la tragedia íntima del apruebista en general, y del APL en particular: quiere identificarse con su clase social, la de los explotados y oprimidos, pero no lo consigue porque en ella sólo ve impotencia y miseria.

Dado que ignora que los derechos son meras codificaciones burguesas de la lucha de clases, ignora también que para la clase trabajadora la obtención de derechos no puede ser nunca el foco principal de su lucha, sino que sólo puede aparecer como un efecto posterior, eventualmente beneficioso (aunque no siempre), de su lucha inmediata por condiciones de existencia mejores. En otras palabras: ignora que si hay derechos, es porque antes hubo una lucha directa y autodeterminada de los trabajadores en pos de sus intereses vitales. Lo que el APL no consigue aprehender es que, pese a las apariencias, el corazón de la lucha de las personas comunes no es la ganancia que ellas obtienen, sino el hecho mismo de luchar, el hecho de desplegar juntos sus propias potencias vitales en pos de algo que necesitan y quieren.

Por supuesto, todos aquí necesitamos de una buena provisión de salud, alimentación adecuada, viviendas confortables, aprendizajes significativos… pero por sobre todo, para que todo eso tenga sentido, lo que necesitamos es autodeterminar nuestra propia actividad, ser dueños de nuestro destino. La necesidad de sentido es la necesidad más elevada del ser humano, la única que nos permite contemplar la existencia animal desde el ángulo de una existencia que no es del todo animal. A eso se refería Marx cuando escribió que la forma de vida capitalista nos reduce a la animalidad, mientras hace de nuestra potencia humana una fuerza hostil y un espectáculo distante. A eso se refería cuando escribió que los obreros necesitan pan, pero sobre todo necesitan respeto.

Esto no es filosofía libresca, es una cuestión de sentido común. En el fondo todo el mundo lo sabe. Es por eso que en la rebelión del 2019 las consignas que invocaban dignidad y respeto predominaron sobre las que reclamaban mejoras económicas puntuales. Dignidad, respeto, autodeterminación. En una palabra: autoactividad. Tal es el foco principal para los proletarios, y lo es porque todos se dan cuenta, sin necesidad de leer demasiados libros, de que sólo así se sale de la alienación. Podemos tener hospitales y escuelas bien equipadas, viviendas amplias y bien calefaccionadas, jubilaciones generosas, y aún así sobrevivir en medio de una alienación abominable (¿cuáles son los países con tasas de suicidio más altas del mundo?). Pero cuando el foco de la lucha es la autoactividad y la autodeterminación, entonces la consecuencia obvia es que cosas como la salud, la educación, la vivienda, la vejez, dejan de ser vistos como “derechos” otorgados por la burguesía, y pasan a ser redefinidas libremente en términos de apropiación directa de las condiciones de existencia (la famosa “expropiación de los expropiadores”).

Si algo ha aprendido la burguesía de la lucha de clases del último siglo, es que está obligada a definir el destino de las clases explotadas en términos de “superación de la pobreza”, con tal de que ellas no definan su propio destino en términos de autoemancipación. En cuanto la lucha de clases es concebida como superación de la pobreza, entonces sucede que la socialización misma, y toda lucha por mejores condiciones de vida, son determinadas por un inconsciente mandato ascensional, una irresistible pulsión hacia la movilidad social. Ya no se trata de la libertad para transformar el orden dado, suprimir el capitalismo y reemplazarlo por un orden diferente; en cambio, de lo que se trata es de progresar, ascender, integrarse, obtener reconocimiento… dentro de este orden de cosas. La codificación de todo antagonismo, de toda lucha, en términos de derechos a ser reclamados y otorgados, consuma esta clausura de la imaginación política en torno al mandato ascensional, quedando así atascada la lucha de clases en una eterna auto-replicación que no produce jamás los elementos de su propia superación revolucionaria.

Este atascamiento histórico no puede ser alterado por la ampliación de derechos, porque es la misma traducción del conflicto social al lenguaje de los derechos lo que atasca la dialéctica de la lucha de clases. Necesitamos romper la dinámica de la alienación social, pero esa ruptura no depende del ejercicio de derecho alguno. Lo que abre grietas en la alienación es la experiencia de la autoactividad, y sólo hay una forma de tener esa experiencia y de aprender a amplificarla: a través de la lucha directa por los intereses vitales. Quienes ponen en primer lugar el reclamo de derechos sociales, insinuando que la autoactividad aparecería a posteriori como resultado de esos derechos, invierten completamente los términos del problema, y con ello sólo demuestran una cosa: que en su visión del mundo, el factor determinante de los cambios sociales es el poder de la burguesía.

Razonan así: “si votamos Apruebo, entonces la burguesía tendrá que concedernos una apetecible lista de derechos -salud, educación, vivienda-, y gracias a eso nos haremos más saludables, más educados y más autónomos, y podremos así luchar por nuestra emancipación”. Aún cuando esa relación causal es, como ya demostramos, una falacia que no encuentra sustento ni en la historia ni en el presente, al Apruebista de Primera Línea la otra alternativa, “luchemos por nuestros intereses inmediatos y que la burguesía se defienda como pueda codificando derechos”, no se les ocurre ni por asomo.

Que apaguen solos sus incendios

La objeción más torpe de los Apruebistas de Primera Línea es la de que los anticapitalistas piensan que la clase trabajadora no debería luchar por reformas. Lo cierto es que por más que uno busque, hoy en día uno no encuentra por ninguna parte a esos imaginarios anticapitalistas enemigos de las reformas. Ese hombre de paja, que los apruebistas acaban de tomar prestado de unas controversias políticas vulgares y ya superadas hace décadas, simplemente no existe: nadie está diciendo que el motivo para desaprobar la nueva constitución sea que “las reformas son malas”. De nuevo, si en la actualidad hay algo así como un sentido común anticapitalista -por difuso que sea-, éste está mucho más cerca de las opiniones de Rosa Luxemburgo sobre la dialéctica reforma/revolución, que de las rabietas de los nihilistas asociales.

Por supuesto que si en el próximo plebiscito estuviera efectivamente en juego una lucha por reformas, se podría reprochar a los anticapitalistas que se resten de esa lucha emprendida valerosa y realistamente por la clase trabajadora. El problema -y esto sí que es ser realista- es que el plebiscito no implica en absoluto lucha alguna. Acudir a votar el día de elecciones no es un tipo de lucha, es simplemente concurrencia electoral; así como presentarse a trabajar en el turno de la mañana no es participar en la lucha de clases, es sólo concurrir a la competencia económica. La idea de que el contenido explícito de la nueva constitución demandará la apertura de un ciclo de reformas, y que ese ciclo de reformas suscitará la lucha de la clase trabajadora, es una conjetura infundada, por decir lo menos. Más precisamente: la primera mitad de la conjetura es cierta, porque la nueva constitución sí obligará al poder legislativo a reformar una serie de cuestiones. Pero la segunda mitad de la conjetura es completamente falsa: tal agenda legislativa no tiene por qué suscitar algún tipo de lucha por parte de los trabajadores y el pueblo. Quienes se imaginan que así sucederá, viven en un mundo de fantasía. En ese mundo imaginario, fueron los estudiantes universitarios los que iniciaron una lucha para derogar la ley LOCE, la que finalmente empujó a los secundarios a reclamar por el pase escolar y formar la ACES. En ese universo alternativo de los apruebistas, las comunidades mapuche primero demandaron una ley de reparación, y sólo como consecuencia de ello terminaron ocupando las tierras usurpadas. Y en ese mundo de fábula, los habitantes de las zonas de sacrificio partieron pidiéndole al Congreso que promulgara buenas leyes ambientales, y sólo después de no ser escuchados decidieron bloquear las carreteras y tomarse sus territorios para expulsar a las empresas contaminantes.

La realidad es completamente opuesta a esas fantasías: en los últimos veinte años todas las oleadas de lucha popular en Chile tuvieron su origen en exigencias materiales inmediatas, y sólo después de haber sido reprimidas y canalizadas por los partidos progresistas dieron lugar a agendas legislativas de reforma. Y más importante aún: todos esos ciclos de lucha partieron afirmando la autoactividad proletaria como principal agente de cambio, y en todas ellas su canalización institucional y legislativa tuvo el efecto de neutralizar esa autoactividad, interrumpiendo el ciclo de aprendizaje de la lucha directa y la independencia de las comunidades afectadas.

Desde luego, esto no significa que las reformas sean fútiles o innecesarias. El punto es el mismo que ya enunciamos más arriba: a los proletarios lo único que les concierne es su propia autoactividad. En cuanto se confían a sus propias fuerzas y luchan de manera intransigente por sus condiciones de vida, lo demás viene por sí solo. Para decirlo de otra manera: de las reformas, de la legislación, de los ajustes institucionales que permiten superar una crisis cualquiera, se ocupan perfectamente bien los agentes de la burguesía. Por más que esos ajustes y reformas terminen a veces mitigando los males que aquejan al pueblo, al pueblo no le atañen más que como capitulaciones parciales de la burguesía, siempre reversibles y precarias. Los proletarios ya tienen bastante de qué ocuparse con la colosal tarea de sacudirse de encima la socialización alienante en la que están inmersos a diario, como para además ir en auxilio de la burguesía cuando ésta se ve obligada a reformar tal o cual cuestión a fin de apagar un incendio. Reformas, sí, siempre y cuando llevarlas a cabo no exija subordinar la autoactividad proletaria a la agenda del estado.

Lo obvio inconfesable

Precisamente, la subordinación de la actividad proletaria a la agenda política burguesa, es lo que el actual ciclo de reforma ha puesto a la orden del día. Si a comienzos de noviembre del 2019 varias coordinadoras de asambleas territoriales se planteaban impulsar un proceso constituyente basado en su propio poder soberano, todo lo que estranguló ese proyecto y lo que vino después -represión sangrienta, rearme político transversal de la burguesía, estado de excepción sanitario, militarización, medidas económicas de apaciguamiento- buscó reducir la autoactividad proletaria a algo irrelevante e innecesario, y tuvo éxito.

El plebiscito de septiembre es simplemente el hito culminante de un ciclo electoral que en estos dos años se puso en marcha para reajustar el caduco sistema de representación política, sin comprometer sus cimientos socioeconómicos. Una operación de tal envergadura sólo era posible si se frenaba en seco la rebelión social, reduciendo la movilidad de la población, y sometiéndola a un bombardeo mediático incesante -una auténtica operación de guerra psicológica-, todo esto sobre el trasfondo de una brutal degradación de las condiciones de vida de la mayoría. Dado el carácter represivo de todo este proceso de restauración del orden, la defensa del plebiscito a través de la defensa del Apruebo contiene ella misma una inconfensada inclinación represiva, que parte por ignorar o relativizar la naturaleza fascista de este reordenamiento político. Y es que tanto el plebiscito de septiembre como todos sus antecedentes institucionales previos, así como las consecuencias institucionales previstas a futuro, forman parte de un esfuerzo sistemático de la burguesía por recuperar la iniciativa y destruir de raíz la iniciativa y la autoactividad de las clases oprimidas en este país.

Afirmar que el plebiscito es una oportunidad para hacer reformas favorables al pueblo, para obtener derechos y para “avanzar” (sin decir hacia dónde), decir todo esto sin mencionar que estamos en medio de un ciclo de restauración de la dominación de clase, sin mencionar que esta restauración tiene un carácter fascista, y sin mencionar los cerrojos que la propia restauración constitucional contiene para blindarse frente a todo nuevo brote de autoactividad proletaria… En fin, hablar de las reformas y de los derechos sociales que el triunfo del Apruebo traería, sin referirse al fascismo que la izquierda progresista comanda al día de hoy, y sin mencionar su contenido de clase, es hablar con un cadáver en la boca. Ninguna cita de Lenin, de Marx o de cualquier otro clásico del pensamiento revolucionario, y ninguna apelación a sentimientos piadosos y paternalistas, puede endulzar ese hedor.

jueves, 11 de agosto de 2022

Contra la guerra y el militarismo

Resolución del Congreso Fundador de la AIT (Asosciación Internacional de los Trabajadores)
1922

El militarismo es el sistema de violencia monopolística del Estado con el propósito de defender y expandir el teatro nacional de explotación (guerra defensiva o guerra de agresión), para poner bajo control nuevos teatros de explotación (guerra colonial) y para reprimir con dureza a las masas populares rebeldes (huelgas, disturbios, revueltas).

En todos los casos, el objetivo es preservar y aumentar los beneficios de las clases dominantes, es decir, la clase enemiga del proletariado.

El militarismo es el último y más poderoso recurso de que dispone la burguesía para mantener a la clase obrera bajo su control y sofocar sus luchas por la libertad.

En todos los lugares en los que se ha moldeado un nuevo militarismo en las luchas nacionales o de liberación (Rusia, China), siempre ha rebotado contra los propios trabajadores, porque, por su propia naturaleza, es un instrumento para reprimir a las masas en beneficio de una clase privilegiada y tiene que oponerse a toda libertad.

Por lo tanto, la tarea primordial de la clase obrera no es sólo combatir el materialismo capitalista del presente, sino también acabar con el militarismo como tal. Los mejores medios para combatir el militarismo serán los que mejor se adapten a la mentalidad antimilitarista.

Se trata, sobre todo, de romper la mentalidad del militarismo, la disciplina y la sumisión mediante una propaganda activa, educando a los soldados y minando los fundamentos de los ejércitos para que pierdan su eficacia contra los trabajadores. Los ejércitos voluntarios, los ejércitos blancos, los ejércitos fascistas, etc., deben ser objeto de boicot incluso en tiempos de paz.

Dado que el grueso del ejército está formado por trabajadores y que la tecnología de la guerra moderna, en su estado actual, depende totalmente de las industrias bélicas, los trabajadores tienen en su mano detener toda la actividad militarista mediante la negativa a prestar servicio, las huelgas, el sabotaje y el boicot, incluso si esa acción militar la llevan a cabo las tropas blancas.

La mejor manera de sentar las bases aquí y ahora para esa acción de masas es la negativa individual a servir y que el proletariado organizado se niegue a fabricar armamento.

Por encima de todo, el objetivo es frustrar el estallido de una nueva guerra y, para ello, desterrar las principales causas de la guerra y el militarismo mediante la realización de una transformación económica de nuestro actual orden social (revolución social).

Por lo tanto, el Congreso hace un llamamiento a todas las organizaciones afiliadas a la AIT

  1. Difundir, por medios prácticos y con efecto inmediato, el rechazo a la fabricación de material bélico.
  2. Persuadir a los trabajadores de las fábricas de armamento o de las empresas susceptibles de convertirse en tales, de que la clase obrera tiene el deber de responder a la amenaza de guerra con la amenaza de huelga, de incautar los materiales de guerra y todos los demás materiales que puedan ser utilizados para su fabricación; y de inutilizar las fábricas para el capitalismo.
  3. Las organizaciones afiliadas deben constituir, siempre que puedan, Comités de Huelga General, cuya tarea consistirá en buscar los medios para tomar las fábricas, retenerlas y, en caso de que estén en peligro de ser recuperadas por los capitalistas, destruirlas. Deben buscar también los medios de apoderarse de los centros neurálgicos de la organización nacional; de los centros ferroviarios y de las líneas de ferrocarril, de las minas, de las centrales eléctricas, de los correos y telégrafos, de los puntos de distribución de agua, de los servicios sanitarios y de los productos farmacéuticos; deben tomar rehenes entre la burguesía, los políticos, el clero y los banqueros.


En resumen, deben trabajar a fondo para convertir la huelga general insurreccional en una revolución exitosa.

Original: https://autonomies.org/2022/02/against-war-international-workers-association
Traducción: https://libertamen.wordpress.com/2022/08/10/contra-la-guerra-asociacion-internacional-de-trabajadores-ait-2022-julius-gavroche

miércoles, 10 de agosto de 2022

Manifiesto internacionalista contra la guerra y la paz capitalista en Ucrania…

Guerra de clases / TŘÍDNÍ VÁLKA
31 de julio de 2022

“¡Sus guerras! ¡Nuestros muertos!”. Bajo esta bandera, los proletarios radicales se distanciaron de las marchas pacifistas organizadas en marzo de 2004 en las calles de España tras los atentados de la masacre de Madrid que dejaron más de 200 muertos. Fue esta consigna derrotista la que plantearon en respuesta al compromiso militar de España en Irak y a la “guerra contra el terrorismo” impuesta por el Estado capitalista mundial y su rama española, haciéndose así eco de las muchas manifestaciones históricas del derrotismo revolucionario que marcan el desarrollo de las sociedades de clase y, por tanto, de la lucha de clases, de la guerra de clases.

Como proletarios social-revolucionarios, comunistas, anarquistas…, no tenemos absolutamente ningún interés material en ponernos del lado del Estado capitalista y su democracia, sea cual sea, de nuestros enemigos de clase, de nuestros explotadores, de aquellos que, con la bayoneta en la mano, siempre nos han devuelto “plomo, metralla, cárcel” cuando luchamos y salimos a la calle a reivindicar nuestra humanidad. Y esto es cierto independientemente de la naturaleza y la orientación política del régimen de la patria A o de la patria B, que luchan en un conflicto interestatal por sus propios intereses de conquista y poder. Jamás nos solidarizaremos con ninguno de nuestros explotadores.

¡Sus intereses! ¡Nuestros muertos! No nos posicionamos a favor de ninguno de los estados en conflicto, ya sea que uno sea categorizado según la moral política burguesa dominante como “el agresor” y el otro como “el agredido” o viceversa. Sus respectivos intereses en juego son exclusivamente suyos y están en total oposición a los de la clase explotada, es decir, nosotros, los proletarios; por eso, fuera y en contra de todo nacionalismo, de todo patriotismo, de todo regionalismo, de todo localismo, de todo particularismo, ¡afirmamos alto y claro nuestro internacionalismo!

El proletariado, como clase revolucionaria, no muestra ninguna neutralidad hacia ninguno de sus explotadores que se enfrentan en la redistribución de sus cuotas de mercado, sino que, por el contrario, los envía de vuelta como si fueran las dos caras de una misma realidad, el mundo de la explotación de una clase por otra, y expresa su profunda solidaridad con todos los sectores de nuestra clase que sufren los asaltos multiplicados de uno u otro de sus enemigos históricos. Pero seamos claros, nunca jamás negaremos a los proletarios la necesidad imperiosa de defenderse de cualquier agresión, represión, tortura, masacre…

Y aquí, en este caso, los proletarios de Ucrania ya no tienen delante sólo a su enemigo habitual y cotidiano, es decir, el “atacado” Estado ucraniano y sus burgueses locales (llamados “oligarcas” para ocultar mejor su verdadera naturaleza de clase, como si fueran diferentes de todos los demás capitalistas del mundo), ya no sólo tienen que sufrir los ataques de su propia burguesía (con recortes salariales, despidos, economía de guerra, represión de los movimientos huelguísticos que se suceden), sino que desde el 24 de febrero de este año, también tienen que enfrentarse a la ofensiva militar del estado “agresor” de los capitalistas rusos con su ejército, sus bombardeos, sus misiles, sus masacres diarias…

¡Sus naciones! ¡Nuestros muertos! Y a todos los belicistas de la izquierda y de la extrema izquierda del Capital que acusarán una vez más a los revolucionarios de ser “neutrales” y de no “tomar partido”, les contestamos que es todo lo contrario lo que proponemos en este manifiesto y en nuestra actividad militante en general: tomamos partido sin fisuras por el partido del proletariado y la defensa de sus intereses históricos e inmediatos, tomamos partido por su acción de subversión de este mundo de guerra y de miseria, tomamos partido por el desarrollo, la generalización, la coordinación y la centralización de los actos de confraternización, de deserción, de motín ya existentes a ambos lados del frente, contra los dos beligerantes, contra los dos estados, contra las dos naciones, contra las dos fracciones locales de la burguesía mundial… Apoyamos la extensión de estas luchas y su vinculación orgánica como momentos de una totalidad con todas las luchas que se llevan a cabo desde hace varios meses, en todas partes bajo el sol negro de la dictadura social del Capital, ya sea en Sri Lanka, Perú, Irán, Ecuador o Libia…

Tomamos partido por el desarrollo del tercer campo, el único que defiende los intereses globales del proletariado en su lucha inmediata e histórica contra la explotación, el trabajo asalariado, la miseria y la guerra. Este tercer campo es el del proletariado revolucionario internacionalista que se opone a todos los campos belicistas burgueses presentes, es el campo de nuestros hermanos de clase que luchan por sus propios intereses, que son antagónicos a los intereses de todos aquellos que defienden la propiedad privada, el dinero y el orden social que lo acompaña…

¡Su paz! ¡Nuestra explotación! Si rechazamos categóricamente todas las guerras burguesas, en las que el proletariado sólo sirve de carne de cañón, sea cual sea el bando al que se incorpore, rechazamos igualmente y con la misma fuerza la “paz”, que nunca es más que el momento invertido pero complementario de la “guerra”. La paz es sólo un momento de reconstrucción entre dos guerras, porque la guerra es necesaria para que el Capital resuelva temporalmente las crisis inherentes a su modo de producción. Pero la guerra es también el momento supremo de la paz social, y ésta no es más que la materialización de la guerra permanente que se libra contra nuestra clase mediante la explotación de nuestra fuerza de trabajo, la mercantilización de nuestras vidas y la alienación de nuestras existencias.

Volviendo a Ucrania, queremos subrayar aquí que si nos oponemos firmemente al apoyo de cualquier bando en la guerra actual, que no es más que una guerra interestatal, si nos negamos a tomar partido por cualquiera de los beligerantes burgueses, tanto el “agredido” ucraniano “ocupado” como el “agresor” ruso “ocupante”, nuestro juicio es diferente e incluso antagónico a la hora de analizar los acontecimientos que tuvieron lugar pocas semanas antes del inicio de la guerra en Ucrania. Nos referimos a la represión militar en Kazajistán y a la “ocupación” de este país por parte de las tropas de élite del ejército ruso: ¡una “ocupación” no equivale necesariamente a otra!

¡Nuestras revueltas! ¡Nuestras muertes! Evidentemente, nadie se escandalizó, o muy pocos lo hicieron, por la represión de la revuelta obrera en Kazajistán el pasado mes de enero, y con razón. Ni siquiera en Occidente, donde finalmente los capitalistas comprendieron muy rápidamente que la burguesía rusa, al “invadir” Kazajstán, que se había vuelto socialmente incontrolable, al aplastar al proletariado en revuelta, al restablecer por el terror el orden de los buenos negocios, el orden de los negocios internacionales, estaba de hecho trabajando objetivamente para los intereses de todos los capitalistas, y por lo tanto también de las multinacionales que tienen su sede en Occidente. Aquí radica toda la diferencia de naturaleza entre, por un lado, la “ocupación” de Kazajistán para reprimir un movimiento social que ponía parcialmente en peligro el actual orden de cosas, el orden capitalista, y, por otro lado, la “ocupación” de una parte de Ucrania en un conflicto que responde a intereses geoestratégicos entre distintas fracciones del mismo Capital mundial.

Todo el mundo comprenderá fácilmente que el enfoque proletario de estos dos tipos de ocupación, y la forma de tomar partido, será totalmente diferente. En el caso, como en Ucrania, de que haya dos actores burgueses que se enfrenten, tomar posición y comprometerse contra uno, contra el “agresor” (aquí en este caso, el Estado ruso), pero no contra el otro, el “agredido” (el Estado ucraniano), equivale objetivamente, y sobre todo de manera eminentemente práctica, a quererlo o no, a pesar de su propia voluntad, a pesar de lo que se afirma, para comprometerse y apoyar a este último, y esto tanto más en ausencia de una verdadera dinámica de autonomía frente a las estructuras militares, las estructuras de abastecimiento, que enmarcan este compromiso. Porque no nos engañemos, no había antes del estallido de la guerra, y no hay por el momento, ningún movimiento revolucionario fuerte en Ucrania, suficientemente antagónico para que pueda afirmar el poder social de nuestra clase y defender sus intereses inmediatos, así como los históricos.

En cambio, en el caso de un levantamiento proletario en una región determinada que la burguesía se ve obligada a reprimir mediante la aportación de una fuerza de intervención “externa” (debido al derrotismo que mina las fuerzas locales de represión), la “ocupación” resultante adquiere un carácter completamente diferente. Nuestro enemigo es nuestra propia burguesía, por supuesto, pero es sobre todo la burguesía que tenemos directamente enfrente, la que nos reprime, la que nos bombardea, la que nos masacra, la que ocupa el lugar de la fracción burguesa que inicialmente nos explotaba, la que se sustituye por ella. Por supuesto, entendemos que ante la “agresión”, ante la “ocupación”, ante las masacres y la represión, los proletarios quieran resistir, tomar las armas, defenderse… Pero tanto como en Kazajstán esta resistencia armada tendría por objetivo defender el levantamiento social, defender un embrión de dinámica revolucionaria, tanto en Ucrania la resistencia de los proletarios, una vez más si ésta se dirige a uno solo de los protagonistas del enfrentamiento bélico, corre el riesgo de ser rápidamente aniquilada en los brazos del Estado ucraniano, de sus aliados y de sus intereses burgueses. Esto es al menos lo que la historia de las luchas de nuestra clase nos ha mostrado siempre, hasta que se demuestre lo contrario… y el ejemplo histórico de España 1936-37 es revelador al respecto ya que allí se sacrificó la revolución en nombre de un “mal menor” a defender, la república burguesa, el frente popular antifascista, frente a lo que se representaba como “el mal absoluto”, el fascismo.

Tanto en España ayer como en Rojava y Ucrania hoy, “el pueblo en armas” no es, ni mucho menos, el proletariado armado; armado con las armas de la crítica que permiten el desarrollo de la crítica real por las armas…

Por lo tanto, sólo podemos saludar a los proletarios que se niegan a situarse en uno u otro de los campos burgueses presentes y que, por el contrario, afirman su internacionalismo y se organizan para oponerse a los dos hermanos enemigos. Como en los años 80 del siglo pasado cuando los desertores “iraquíes” se organizaron con los desertores “iraníes” durante la terrible carnicería que duró ocho largos años y cuando se unieron para luchar juntos contra los dos ejércitos burgueses.

Saludamos a las mujeres proletarias de Ucrania, tanto en la región occidental de Transcarpacia (por tanto, bajo administración militar ucraniana) como en el Donbass, en las “provincias orientales” (por tanto, bajo administración militar rusa), que salieron a la calle para expresar su desprecio por la “defensa de la patria” y exigir el regreso de sus hijos, de sus hermanos, de sus familiares enviados a cualquiera de los frentes para defender intereses que no son los suyos.

Saludamos a los proletarios de Ucrania que acogen clandestinamente a los soldados rusos que han desertado, por su cuenta y riesgo, porque cuando son detenidos, ya sea por las autoridades militares rusas o por las ucranianas, se les hace comprender dónde está la fuerza legal en este asqueroso mundo, qué bando y qué patria deben defender y que no se tolerará ninguna confraternización.

Saludamos a los proletarios de Ucrania, que a pesar del reclutamiento obligatorio, huyen de su incorporación a las unidades militares por todos los medios a su alcance, legales o no, y se niegan así a sacrificarse y a servir bajo los pliegues del trapo nacional ucraniano.

Saludamos a los soldados rusos que, desde el inicio de las “operaciones especiales” en Ucrania, huyen de la guerra y de sus masacres, abandonando tanques y vehículos blindados en condiciones de uso, y buscando su salvación en la huida, a través de redes de solidaridad con desertores de ambos ejércitos.

Saludamos también (¡aunque la información sobre este tema es menos segura, debido a la guerra de comunicados y propaganda militar!) a los 600 soldados de la Infantería de Marina rusa que se negaron a desembarcar al principio del conflicto, frustrando así una operación anfibia en la región de Odessa.

Saludamos también (con las mismas reservas) a los soldados rusos que supuestamente se amotinaron y se negaron a asaltar Kharkov, también al principio del conflicto.

Saludamos a los soldados del ejército de la “República Popular de Donetsk”, incorporados a la fuerza y enviados al frente de Mariupol, que se negaron a seguir luchando, a servir de “carne de cañón” (¡según su propia expresión!), aunque esta vez fueron enviados a defender la vecina “República Popular” de Lugansk

Saludamos a los rebeldes y saboteadores que en la Federación Rusa ya han quemado decenas de oficinas de reclutamiento militar y otras oficinas de cerdos en todo el país.

Saludamos a los trabajadores ferroviarios de Bielorrusia que han saboteado repetidamente las vías férreas que son esenciales para mantener las líneas de suministro del ejército ruso desplegado en Ucrania.

Saludamos a los proletarios de Ucrania que tan pronto como los primeros bombardeos comenzaron a organizar saqueos colectivos de tiendas abandonadas por sus propietarios, supermercados y centros comerciales como se informó en Melitopol, Mariupol, Kherson e incluso Kharkov, planteando así la satisfacción de sus necesidades elementales de supervivencia en contra de todas las leyes y la moral que protegen la propiedad privada.

Saludamos a todos los proletarios, en el frente, que organizan huelgas y se niegan a ofrecer su trabajo y sudor a la economía de guerra, a la economía de la paz social y, por tanto, a la economía en general, sean conscientes de ello o no.

Por último, saludamos a los proletarios, a los ferroviarios, a los estibadores… en Europa, en Grecia, en Inglaterra… que se niegan a transportar material militar para la OTAN a Ucrania.

Saludamos a todos los que se niegan a sacrificarse en el altar de la guerra, la miseria y la patria.

Y el día, que esperamos esté muy cerca, en que los proletarios salgan a las calles de Moscú y Kiev, y de todas las grandes zonas urbanas de Rusia y Ucrania, coreando a una sola voz “¡Putin y Zelenski, fuera!”, entonces responderemos a nuestro vez, haciendo referencia a los compañeros que blandían en las calles de Argentina hace unos veinte años la consigna “¡Que se vayan todos!” Los Biden, los Johnson, los Macron, los Scholz, los Sánchez, los von der Leyen, los Michel, los Stoltenberg… todos estos hacedores de guerras y miserias… ¡y todos aquellos, absolutamente todos, que llegan a la puerta de la alternancia política!

Pero seamos claros: sólo son intermediarios en este sistema de prostitución generalizada que es el trabajo asalariado, la venta obligatoria de nuestra fuerza de trabajo. Más allá de todas las personas que encarnan la dictadura social del Capital, es sobre todo una relación social impersonal que puede ser, es y ha sido reproducida por cualquier elemento, burgués o proletario, cooptado para ello. Así pues, aunque compartamos plenamente la alegría de los proletarios de Sri Lanka que, tras derrocar al presidente en funciones hace unos días, invadieron su palacio presidencial y se zambulleron en su piscina de lujo, la pregunta que debemos hacernos es: cómo llevar la dinámica revolucionaria hasta sus últimas consecuencias, cómo expropiar a la clase poseedora y reapropiarse de nuestros medios de existencia… ¡y sobre todo cómo no volver atrás! Aquí es donde comienza la verdadera aventura humana…

 

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