jueves, 8 de enero de 2026

[irán] ¿Qué no queremos? ¿Qué queremos? ¿Cómo conseguirlo?

Trabajadores anticapitalistas activos del movimiento por la abolición del trabajo asalariado
18 de Dey de 1404 (8 de enero de 2026) 

 

Todo el mundo habla de lo que no queremos, pero la cuestión vital es: ¿qué queremos y cómo lograrlo?
El “qué no queremos”, tal como lo gritan los insurgentes en las calles, es una lista larga: hambre, desnudez, falta de vivienda, asesinato de las libertades y de los derechos fundamentales, apartheid de género, contaminación ambiental, privación de medicamentos, atención médica y educación. Todos estos encabezan la lista de lo que “no queremos”.

Pero estos “no queremos” se cruzan en su camino hacia la explosión con ejércitos de salteadores: saqueadores que los devoran, los tergiversan, los transforman en demandas antihumanas de su propia clase y grupo; les estampan el sello de la democracia y la civilización de la esclavitud salarial; los convierten en alimento mental de la masa trabajadora; los transforman en el eje de sus levantamientos; someten a la masa rebelde y maldita para proclamarse ellos vencedores.

Así ha sido toda la historia del capitalismo. Cuanto más nos alejamos en el tiempo, más dolorosa ha sido la situación, más terrible el sacrificio de los trabajadores. Hoy mismo estamos al borde de repetir esta tragedia.

Se dirigen a los insurgentes y les gritan: “Vosotros sois los conquistadores de las ciudades, los dueños de las calles; solo quedan unos pasos para la victoria. Derribad el régimen religioso y nosotros instauraremos el poder moderno del capital. ¡Lloveremos democracia por todas partes!”
¡No digáis qué queremos!
“¡Va contra el juicio de los sabios!”
“¡Es divisivo!”
“¡Hay que lavar el cerebro de quien lo dice!”
El grito correcto —dicen— es solo “¡qué no queremos!”.
Eso es lo que debe hacer la masa; los “competentes” decidirán qué hay que querer.
Eso dice la oposición existente. Pero toda la cuestión gira precisamente en torno a qué queremos y cómo conseguirlo.

La respuesta que brota del corazón y del grito existencial de la masa trabajadora es esta:
el régimen debe ser derrocado para que, de inmediato:

Primero: demandas y expectativas

1. Alimentación, vestimenta, vivienda con todas sus condiciones, medicamentos, atención sanitaria, educación, agua, electricidad, gas, internet, transporte, ocio, viajes y todos los bienes básicos de la vida deben ser completamente sustraídos del dominio del intercambio mercantil y monetario, y ponerse a disposición de todas las personas, en todos los lugares, sin exigir ningún pago.
2. Prohibir cualquier intervención del Estado en cualquier ámbito de la vida humana: desde la vestimenta, la vida en pareja, las relaciones entre mujeres y hombres, chicas y chicos, hasta las creencias, la cultura, las costumbres, las tradiciones y la actividad política.
3. Abolir el trabajo doméstico y sustituirlo por servicios sociales fuera de cualquier forma de intercambio monetario.
4. Liberar a todos los presos y destruir de raíz la institución misma de la prisión.
5. Prohibir absolutamente toda forma de pena de muerte.

Segundo: estrategia de realización

Organizarnos de manera cada vez más amplia, más consejista, más anticapitalista.
No supeditar la obtención de nuestras demandas a una expresión perfectamente unificada y totalmente organizada de nuestra existencia colectiva. En cada momento, utilizar la fuerza unida de la que dispongamos para imponer las demandas a la clase capitalista y a su Estado. A medida que crecemos, debilitar al enemigo, imponer paso a paso expectativas cada vez más grandes a los capitalistas y a su Estado feroz, y reducir su capacidad de enfrentarse a nosotros.

Tercero: vías y tácticas

El alarido de que “la calle es la verdadera trinchera de la lucha” es un engaño de las oposiciones internas de la clase capitalista.

La calle es importante, pero no es en absoluto el campo principal. Hay que paralizar de la forma más generalizada posible el ciclo del trabajo y la producción; desafiar el orden económico, político, civil y jurídico del capital en todos los niveles.

Ocupar las propiedades vacías de los capitalistas y ponerlas a disposición de las personas sin hogar.
Arrebatar los centros de trabajo a la clase capitalista y colocarlos bajo el control de consejos obreros capaces de planificar libremente, fuera de la esclavitud salarial.

Avanzar por el camino de la hegemonía de un movimiento consejista generalizado, contrario al trabajo asalariado, sobre todo el ciclo del trabajo, la producción y la vida.

Apropiarse de los centros comerciales y de las cadenas de tiendas, y convertirlos en centros de distribución de los bienes básicos de la población sin ningún tipo de intercambio mercantil.

Cuarto: rechazar a los oportunistas mercaderes del poder

Con el terremoto del levantamiento de la masa trabajadora y de millones de hijos e hijas de trabajadores, se han abierto también viejas tumbas. De ellas salen murciélagos fosilizados que se deslizan entre la multitud. Estos desenterradores de la monarquía envenenan el ambiente con sus lamentos.

No se trata de expulsarlos, pero hay que decirle al mundo entero que no son nada.

¡Abajo el capitalismo, la República Islámica y todo Estado capitalista!
¡Viva una sociedad consejista sin explotación, sin clases, sin esclavitud salarial!

miércoles, 7 de enero de 2026

Artículos y panfletos sobre la cuestión Venezuela-EE.UU.

 

Venezuela, agresión imperial colonialista
por Rolando Astarita (Argentina, 05/01/2026)
https://rolandoastarita.blog/2026/01/05/venezuela-agresion-imperial-colonialista

Venezuela – La lucha de clases contra el imperialismo y el mito de la independencia nacional
por Angry Workers (04/01/2026)
https://materialesxlaemancipacion.espivblogs.net/2026/01/06/venezuela-la-lucha-de-clases-contra-el-imperialismo-y-el-mito-de-la-independencia-nacional

Guerra civil global y el nuevo reparto del mundo: A propósito de Venezuela y Estados Unidos.
por Colapso y Desvío (Chile, 03/01/2025)
https://colapsoydesvio.noblogs.org/post/2026/01/03/guerra-civil-global-y-el-nuevo-reparto-del-mundo-a-proposito-de-venezuela-y-estados-unidos

Sobre Venezuela: Apoyo acrítico al proletariado
por The Sonoran Internationalists
https://barbaria.net/2026/01/07/the-sonoran-internationalists-sobre-venezuela-apoyo-acritico-al-proletariado

martes, 6 de enero de 2026

NO ES SOLO POR EL PETRÓLEO: DIEZ TESIS SOBRE VENEZUELA

Traducción, intro y selección de extracto: Biblioteca Laín Diez, Chile

Desde Brasil llegan estas tesis del compañero Gabriel Teles (miembro de “Crítica Desapiedada” y coordinador del “Centro de Estudos sobre o Colapso Social), recién traducidas y que compartimos aquí. Están formuladas a partir de la actual coyuntura provocada por los movimientos militares de EEUU en Venezuela, y que parecen abrir un nuevo capítulo en el Cono Sur como espacio de pugnas interimperialistas entre los fragmentos y potencias de dominación capitalista global. Hacemos circular esta perspectiva, que, sin plantear verdades concluyentes, incita a la reflexión crítica y a una clarificación de nuestra condición presente.

«El discurso dominante volvió a girar en torno a un viejo argumento (confortable tanto para los gobiernos como para parte de la izquierda) según el cual todo se explicaría por el petróleo. Esta lectura, en verdad, oscurece más de lo que revela. En mi opinión, despolitiza el conflicto, apaga sus mediaciones de clase y desvía el foco de las transformaciones más profundas en curso del sistema internacional y en la propia América Latina. Lo que está en juego en Venezuela no es solo un recurso natural, ni un régimen específico, sino un nuevo patrón de tutela imperial, articulado con la reorganización interimperialista y la fragilidad estructural de las soberanías periféricas.»

Tesis 1. Venezuela como expresión de una transición en la dinámica internacional
Tesis 2. Recursos estratégicos y mediaciones geopolíticas
Tesis 3. Límites históricos de la soberanía periférica
Tesis 4. Las fracturas internas como condición para la injerencia externa
Tesis 5. La lawfare como técnica de legitimación de la excepción
Tesis 6. Selectividad estructural del derecho internacional
Tesis 7. La tutela imperial como forma contemporánea de dominación
Tesis 8. Administración de la crisis y vaciamiento de la soberanía
Tesis 9. El autoritarismo como efecto de la crisis internacional
Tesis 10. Centralidad del criterio de clase

Artículo completo:

PDF diagramado https://drive.google.com/file/d/1sM1xNERRpMjJqRj9N2wJBQGsU4xVdLel

PDF sin diagramar https://drive.google.com/file/d/1dYBFJXUMITFYEMvP5z4xOtMaFJRp6CBr

Xenofobia marxista. La izquierda de espaldas a la clase obrera venezolana

tomado de La Caja: Herramientas para el debate (Facebook)
Argentina, 06/01/2026



Es sabido, como ya hemos comentado muchas veces en ocasión de eventos sociales o electorales en Latinoamérica donde el pequeño capital nacional se enfrenta a los capitales medios de origen extranjero bajo las formas políticas propias, que la izquierda suele hocicar ante el nacionalismo burgués.

Es decir, toda movilización social contra un gobierno populista enseguida es degradado a “golpe de estado” de la “derecha aliada al imperialismo” mientras que el mismo fenómeno contra un gobierno de “derecha” recibe el beneplácito de la categoría de “rebelión”, mientras que en el terreno electoral todo gobierno no populista rápidamente es llamado “fascista”.

En ese acto, claro, en el primer caso no solo se defiende gobiernos hambreadores que expresan capitales impotentes sino que se sanciona la acción política de una fracción obrera, como pasó en Bolivia, como pasó en Perú contra Castillo, contra Dilma y, obviamente, contra la dictadura de Maduro.

Y poco importa que este último haya encabezado un régimen hambreador y represivo, que tiene salarios africanos y que cometió crímenes de lesa humanidad. Ese gobierno no es fascista, porque fascista es Patricia Bullrich por poner un protocolo que prohíbe el corte de calles. O sea, fascista no es encarcelar, torturar, fusilar y hasta desaparecer opositores, fascista es una medida administrativa que pone orden.

Esta cuestión ambivalente desnuda que la izquierda, aún cuando cacarea no apoyar a Maduro o menea el ficticio voto “crítico” en los ballotages, se coloca en el campo político del pequeño capital nacional. ¿Por qué? En términos ideológicos, porque considera que el enemigo es el capital más grande y extranjero que oprime y bloquea el desarrollo de los países latinoamericanos donde el nacionalismo, por acción u omisión, cumple un rol progresivo. Acción: si enfrenta al imperialismo; omisión: si no lo enfrenta, quedaría “expuesto” como que no va a fondo en la tarea esencial que la izquierda considera para la región, la liberación nacional. Ese no ir a fondo, imaginan, puede volcar las masas a la izquierda que aparecen como los verdaderos defensores de la nación.

Ahora bien, ese esquema, cuyo anclaje es la teoría del imperialismo, olvida varias cuestiones. Uno, el capital es una unidad mundial donde cada país cumple un rol en la acumulación global, esto es, realiza una porción privada del trabajo social según las características propias de cada espacio nacional.

Dos, el capitalismo es una forma histórica de organizar la producción social basada en la producción de valor sobre la base de la producción de plusvalía relativa (esto es, incrementar la productividad por innovación tecnológica para abaratar la fuerza de trabajo) y no “saquear” o “acumular” recursos o valores de uso como los modos de producción precapitalistas. Ningún recurso vale por sí solo, el valor está dado cuando media el trabajo. Por lo tanto, en el capitalismo los capitales más eficientes, más productivos, tienden a imponerse y liquidar a los capitales ineficientes.

Tres, señalar que el problema de los países latinoamericanos está dado por la opresión extranjera que bloquea sus desarrollos implica una formidable apología del capital mismo, en tanto se está diciendo que de no mediar la injerencia extranjera, todo país podría ser una potencia. Además de ser falso, puesto que los países centrales viven de producir más valor y comerciar entre ellos, no de “saquear” a países periféricos.

Cuatro, plantear la contradicción nación-imperio en lugar de obreros-capitalistas, esto es, atar a los obreros a capitales parásitos e impotentes, además de condenar a esa fracción obrera, los educa en la ideología enemiga y los lleva a un callejón sin salida al plantear una tarea, la nacional, que no existe. Por ende, es reaccionario.

Embanderada en la defensa de capitales chatarreros nacionales, la izquierda, por último, termina reproduciendo la fragmentación de la clase obrera, en tanto suele despreciar a las fracciones obreras que están del otro lado bajo la etiqueta de “cipayos”, “alienados” o “desclasados”. Se perdona que los obreros voten o apoyen al nacionalismo burgués, esos son “compañeros confundidos”, pero se rechaza y desprecia a los obreros que votan al no populismo. Nace así la imagen del “pobre de derecha”. Y ahí se ingresa en un terreno pantanoso y miserable.

Porque no sólo esa cuestión pone a la izquierda de espaldas a la clase en ocasiones donde la misma, con las armas que tiene y la conciencia que puede, se cansa y se lanza a luchar contra el populismo o festeja su caída, tal como ocurre ahora en el caso de Venezuela. Además de ello, digo, aparecen actitudes miserables como desear o reírse de que un votante de Milei perdió el trabajo, de que los venezolanos ahora creen que fueron liberados.

Y, acaso lo peor, la xenofobia que se está viviendo detrás de la burla sobre que los venezolanos que celebran la captura de Maduro, “se vuelvan a su país” o que son idiotas que celebran “bombardeos” contra su territorio, incluso hasta la burla sobre el grupo de inmigrantes venezolanos que fueron deportados cuando festejaban en Nueva York.

Hasta este extremo, la xenofobia, llega la izquierda en el afán de defender al capital chatarrero nacional y sus gobiernos hambreadores.

Puede que, obreros al fin, caigan presos del contenido reaccionario que predomina en épocas de crisis, al cabo la xenofobia es una relación de solidaridad entre obreros de un mismo país que compiten contra obreros de otros países. O puede, simplemente, que sea una canallada, un escalón más en el descenso y la degradación a la que conduce toda expresión política de capitales parásitos condenados a desaparecer.

Por ello urge construir una herramienta política que rompa la dinámica del binarismo burgués y pueda plantear los intereses universales de la clase.

Panfleto internacionalista

Anónimo, 05/01/2026

 

PROLETARIOS DE VENEZUELA Y DE TODO EL MUNDO:

NICOLÁS MADURO Y DONALD TRUMP! SON BASURA! ENEMIGOS DE NUESTRA CLASE POR IGUAL! 

OPOSICIÓN DERECHISTA Y OFICIALISMO = FALSO ANTAGONISMO Y PUGNA INTERBURGUESA

CONTRA EL INTERVENCIONISMO IMPERIALISTA Y CONTRA TODA DEFENSA DE LA NACIÓN 

A ORGANIZARNOS EN NUESTRO PROPIO TERRENO HISTÓRICO: EL DE LA REVOLUCIÓN SOCIAL MUNDIAL 

EL PROLETARIADO NO TIENE PATRIA

NUESTRA SALVACIÓN NO VENDRÁ DE FUERA, NI DE NINGÚN ESTADO 

ANTE LA CATÁSTROFE CAPITALISTA, NUESTRA ÚNICA ALTERNATIVA: LA REVOLUCIÓN SOCIAL MUNDIAL 

POR EL DERROCAMIENTO DEFINITIVO DEL CAPITALISMO, EL VALOR Y LA MERCANCÍA

Algunas notas rápidas sobre Venezuela

Anónimo
Chile, 04/01/2026


• El antiimperialismo reducido a un simple "anti EE.UU." es un problema, cuando existe más de un polo imperialista en la actualidad (China-Rusia). No hay imperialismo bueno.

• Hablar de soberanía nacional (desarrollo del capital local), autodeterminación de los pueblos (que ignora la existencia de clases sociales) y defensa de la democracia (siempre burguesa) es reforzar la ideologia de la clase dominante.

• El desastre de la gestión del capital del "Socialismo del Siglo XXI" es patente hace años, la degradación del nivel de vida del proletariado y la enorme migración, es una consecuencia material de dicho "proceso".

• Hoy somos testigos de una nueva reestructuración interimperialista del capital en el mundo por medio de las armas (Venezuela, Ucrania, Palestina, etc) en donde no podemos perder de vista que el principal enemigo siempre está en casa, y es "nuestra" propia burguesía. 


--------------------------------------------------


Análisis del conflicto en Venezuela desde una PERSPECTIVA MATERIALISTA HISTÓRICA

1.- La naturaleza del Estado venezolano:
El gobierno de Maduro representa una burguesía estatal petrolera que surgió del proceso bolivariano, que aunque inicialmente incorporó elementos antiimperialistas, se consolidó como una fracción burguesa con intereses particulares. La “izquierda del capital” como categorización es precisa: un proyecto que administra elcapitalismo nacional mientras disputa márgenes de autonomía dentro de la división internacional del trabajo.

2.- Intervención estadounidense:
Las sanciones económicas, el reconocimiento de gobiernos paralelos y la presión militar constituyen formas de intervención que responden a:
- Control estratégico de recursos energéticos
- Contención de influencias extra-hemisféricas (China, Rusia) en zona tradicionalmente bajo hegemonía estadounidense
- Disciplinamiento para impedir que modelos alternativos de gestión capitalista (aún dentro del marco burgués) ganen legitimidad

3.- Dimensión interimperialista:
Efectivamente, Venezuela se ha convertido en campo de competencia entre EE UU. (potencia hegemónica en declive relativo) - China (potencia ascendente mediante inversiones, préstamos y , acuerdos petroleros) Rusia (apoyo militar y energético como forma de proyección geopolítica).

Ante el conflicto en Venezuela, el programa histórico proletario debería afirmar:

Independencia de clase absoluta y Derrotismo revolucionario: Ni apoyo a Maduro (burguesía estatal con retórica antiimperialista), ni a Guaidó/EE.UU. (burguesía prooccidental).

Unidad internacionalista: La crisis venezolana muestra la bancarrota del capitalismo nacional como solución. Solo la revolución obrera internacional puede resolver las contradicciones interimperialistas.

Autoorganización obrera: Apoyar solo las iniciativas que surjan de la clase trabajadora venezolana independientemente de ambos bloques estatales.

lunes, 5 de enero de 2026

El castillo de naipes del progresismo. La caída de Maduro y la impotencia del pequeño capital

tomado de La Caja: Herramientas para el debate (Facebook)
Argentina, 05/01/2026

 

La reciente caída de Nicolás Maduro sin oposición relevante, ni militar ni social, es otra estación de la seguidilla de derrotas que el progresismo, como paraguas ideológico del nacionalismo antinorteamericano y el populismo, viene sufriendo en el mundo desde hace una década. Pero, acaso, lo que distingue a las derrotas seriales del progresismo es la facilidad con la cual es vencido en una abierta contradicción con los discursos inflamados, las diatribas que buscan invocar una épica al estilo espartano en las Termópilas y las promesas de comerse el mundo que los sectores que forman aquel continente político suelen esgrimir.

En suma, no resulta extraño que pierdan, puede pasar. Resulta extraño que caigan sin luchar o sin una oposición digna.

¿Por qué pasa eso? ¿Falta de coraje? ¿O, más bien, es una expresión de la impotencia que representan? Veamos.

El cambio en la materialidad del proceso de trabajo, operado a mediados de los ‘70, que vimos bajo la forma de la internacionalización de la gran industria vía la informática, robótica y automatización del proceso productivo y, sobre todo, las consecuencias profundas que produjo a escala planetaria (la fragmentación del proceso productivo mismo, el desplazamiento del capital manufacturero a Asia, la fragmentación de la clase obrera y una nueva división internacional del trabajo) tomaron la forma ideológica y política del llamado “neoliberalismo” en los países centrales y en Latinoamérica, pero también reformas similares se dieron en la URSS (Perestroika) y en la China de Deng.

Esto es, todo el mundo salió de la autarquía propia de la manufactura y avanzó hacia la inevitable fragmentación y descentralización que el capital demandaba, donde dos tipos de países serían los ganadores: aquellos que producían tecnología y aquellos otros que podían explotar una abundante mano de obra barata. Los países que no contaban con esos aspectos, en cambio, se hundieron (URSS, Yugoslavia, Checoslovaquia, Argentina).

A su turno, dada la revolución técnica en la base del trabajo permitió, por un lado, abaratar las mercancías (entre ellas, las materias primas, clave para Latinoamérica) y, por el otro, degradar la otrora mano de obra calificada y expandir una porción de trabajadores que directamente sobraban para el capital. De esta manera, las dictaduras militares y la ola neoliberal en los ‘90, en LATAM, tuvieron por función adaptar el continente a la nueva etapa, incluyendo la caída salarial y la liquidación de capitales ineficientes (la llamada “desindustrialización” en Argentina).

Dos décadas, por lo tanto, de plenas transformaciones que parieron un nuevo mundo tras la larga noche “neoliberal” como forma política de la fase contractiva.

Larga noche que, en los 2000, empezó a clarear de la mano del fenomenal ascenso de China como taller del mundo y la expansión de una clase obrera fabril que demandaba mejores condiciones de vida, entre ellas, mejor alimentación. O sea, carne de cerdo y soja para alimentar a los cerdos. El crecimiento exponencial chino produjo un ciclo alcista en las materias primas y Latinoamérica ingresó en una fase expansiva.

En ese contexto, entonces, aparece la forma política que representa esa fase expansiva: el populismo y, dadas las transformaciones en la clase obrera, su correlato ideológico, el progresismo. De esta forma, apalancados en una montaña de riqueza social producto de los altos precios de las materias primas, el populismo incorporó fracciones enteras de obreros que estaban fuera del circuito de producción y consumo bajo la forma de trabajo precarizado, empleo privado subsidiado y, sobre todo, empleo estatal. Todo ello, naturalmente, financiado con el agro (kirchnerismo, Lula), petróleo (Chávez, Correa), gas (Evo Morales).

Sin embargo, pese a los discursos inflamados sobre transformaciones e, incluso, revoluciones (Venezuela), lo cierto es que no existió nada de ello fuera del despilfarro de riqueza social para sostener un esquema social de corto vuelo.

La crisis de 2008 y el desplome de las materias primas en 2012-14 fueron el canto del cisne del populismo y entonces aparecieron los heraldos negros: Macri, Piñera, Temer, Bolsonaro y, aunque simulaba continuidad, Maduro.

A partir de entonces, el populismo empieza a perder, una a una, todas las fichas en el continente, no sin antes destruir lo que había construido. El kirchnerismo, Evo Morales, Dilma y el propio Maduro protagonizaron ellos mismos el declive de su propia construcción y agotaron el proceso que les dio vida. Cuánto más agotado lucían más crecía la asociación con China que, de esta manera, ingresa en territorio que EEUU considera propio.

Expansión que no solo alcanza a Latinoamérica sino que también se dio en África y, naturalmente, en Asia, un poco facilitado por el giro internista que dio el primer gobierno de Trump. Nace así el BRICS, que no era una alianza con otra perspectiva comercial ni todas las pavadas que dlce el progresismo, sino un bloque que responde a la necesidad del desarrollo chino y la garantía de tener acceso a materias primas abaratadas a cambio de manufacturas, emulando el esquema de Gran Bretaña en el siglo XIX.

Es esta razón, por la cual, en forma contradictoria con el discurso productivo e industrialista que tiene el populismo (Argentina y Brasil), que la alianza con China conduce a liquidar la estructura industrial y transformarnos en meros productores de materias primas, tal como se puede ver que pasó en Venezuela con Maduro y que explica el éxodo de 8 millones de venezolanos.

Y es por esto, junto a la ausencia de transformación alguna en la etapa populista y el regreso de la fase contractiva, que vemos caer a todo ese personal político sin que se arme el quilombo que prometían en las canciones.

También por aquello vemos la agresiva intervención de EEUU en la región, en parte porque disputa a nivel global con el capital chino y entiende que necesita una acumulación continental para competir, en parte porque el avance chino amenaza los capitales norteamericanos que operan en la región. He aquí la otra paradoja, la alianza con EEUU permite la supervivencia de los capitales industriales chatarreros, tanto locales como extranjeros. Porque el carácter chatarrero de los capitales industriales no es una anomalía ni un plan extranjero para bloquear el desarrollo, es una necesidad de los capitales avanzados para reciclar su maquinaria obsoleta en nuestros países, seguir amortizando y obteniendo ganancias. Esto es, cumple un rol en la acumulación mundial del capital.

Y son estos motivos por los cuales EEUU está decidido a barrer con los gobiernos prochinos en la región, aún si necesita intervenir militarmente. Pero no interviene por el petróleo ni va a venir por el litio. Interviene porque necesita la región alineada para emplear una escala continental como forma de competir con los capitales chinos. No ver la unidad mundial del capital, seguir pensando la realidad a partir del hecho nacional no sólo educa a los trabajadores en la ideología de nuestro enemigo, además es reaccionario porque ata a la clase a capitales parásitos y plantea problemas que no son reales.

Por otro lado, el carácter chatarrero de los capitales locales, su impotencia para competir a escala mundial es la razón que explica la fácil caída del populismo ahora sintetizada en la captura de Maduro.

No es cierto que el populismo no quiso desarrollar la región por demagogia distributiva, no pudo porque expresa capitales ineficientes que dependen del auxilio de los ingresos de las materias primas y que están condenados a ser fagocitados por capitales más eficientes. Por ello, una vez agotado el ciclo alcista, el populismo se derrumbó como un castillo de naipes sin pena ni gloria.

La caída de Maduro

tomado de La Caja: Herramientas para el debate (Facebook)
Argentina, 03/01/2026

 

La captura de Nicolás Maduro tras una intervención militar norteamericana debe inscribirse como otro episodio más de la disputa global entre el capital norteamericano y el chino. Esa disputa, de índole comercial, ya ha trascendido al escenario militar tal como vimos en Ucrania, Irán, Gaza y, tarde o temprano, veremos en Taiwán.

Hasta el momento, EEUU sigue imponiéndose en aquel terreno, como vimos en la paliza a Irán y acabamos de ver en Venezuela, en una operación similar pero, acaso, más sencilla que aquella donde Bush Padre capturó a Noriega, presidente panameño. No obstante, la fragmentación a la cual está destinada Ucrania, en una guerra que sólo continúa para desgastar al eje chino-ruso, anticipa la suerte que puede correr Taiwán, esto es, su anexión a China.

Por ello mismo, como parte de una disputa donde EEUU parece declinar en lugares estratégicos ante el ascenso chino, la política para Latinoamérica se muestra más agresiva, sobre todo porque pareciera que EEUU piensa en una acumulación de capital a escala continental como forma de competir con el capital chino.

En este sentido, no es diferente el salvataje del Tesoro norteamericano a Milei que la captura de Maduro, esto es, la administración de Trump parece estar dispuesta a no admitir gobiernos prochinos, si es necesario poner la friolera de 20 mil millones de dólares, lo ponen, si es necesario secuestrar en forma ilegal al líder del gobierno de un país, lo hacen.

Queda por ver cómo se desarrolla la situación, si hay una transición encabezada por elementos de la propia dictadura venezolana o asume la oposición con algún acuerdo con aquellos elementos, sostenidos por Estados Unidos, hasta un llamado a elecciones libres. La posibilidad de un contraataque del régimen parece lejana, habida cuenta que en Caracas no hay, al momento, movilización social en favor de Maduro y, ante todo, porque la facilidad del ataque estadounidense mostró que la oposición militar no existe.

Esto no quita que el chavismo, como forma de gobierno, se haya terminado, en tanto la enorme porción de obreros sobrantes para el capital que deja la “revolución bolivariana” requerirá la continuidad de políticas asistencialistas.

Por otro lado, mucho se habla, en estos momentos, de que el interés, en verdad, es el petróleo. Pues bien, primero, Estados Unidos consume 25 millones de barriles de petróleo diarios y produce unos 14 millones de bpd. Tiene un déficit de 11 millones de bpd.

Segundo, Venezuela, actualmente, produce 1 millón de bpd. ¿Cuánto producía antes? Previo a Maduro la producción era de 2.5 millones de bpd y el pico se alcanzó previo a Chávez con una producción de 3.5 millones de bpd. Esto es, aún si Venezuela triplicara la producción petrolera actual y toda ella fuera para el consumo norteamericano, el déficit sería de 7.5 millones de bpd.

Tercero, ya hay capitales norteamericanos explotando petróleo venezolano, como por caso Chevron, que produce unos 300 mil bpd, siendo la empresa individual que más produce y también está Citgo, la empresa de capital estadounidense que realiza el refinamiento del crudo venezolano.

Cuarto, dado que el 90% de la producción petrolera venezolana se destina a la exportación y, a su vez, que el 90% de las exportaciones son a China, resulta difícil pensar en que la intervención responde al interés petrolero.

Quinto, al margen de todo aquello, hay una razón más de peso sobre la conveniencia del petróleo venezolano. Puesto que ese crudo es pesado, existe un costo adicional para su refinado. Por caso, el crudo de Arabia Saudita precisa un costo adicional de 5 dólares por barril para el refinado, el de Irán, Irak, Kuwait unos 8 dólares por barril. El ruso unos 15 dólares. ¿Y el venezolano? Unos 20-30 dólares por barril. Con un precio internacional de 65 dólares en la actualidad, no parece muy rentable.

Sexto, sería conveniente, cuando se denuncia injerencia extranjera o imperialismo en torno al petróleo, que se investigue el acuerdo que Maduro firmó con China Concord Resources Corp (CCRC), empresa privada y no estatal.

Por último, es necesario en estos casos despejar la maleza ideológica si lo que intentamos es comprender la realidad con vistas a intervenir en la misma lejos del binarismo burgués que suele dominar todo análisis político: pequeño capital o capitales más eficientes, donde el interés universal de la clase obrera está ausente.

Obviamente que la acción de EEUU no se debe al combate al narco ni busca llevar “libertad”, obvio que es violatoria de la autonomía nacional, es cierto que es una agresión al derecho internacional y todas las aberraciones institucionales que quieran, pero ya debiera quedar claro que el derecho internacional no existe, en tanto ante igualdad de derechos, prima la fuerza.

Pero no menos obvio es que la dictadura venezolana no sólo produjo una catástrofe económica que llevó a una diáspora de 7 millones de personas, redujo la producción de petróleo a un tercio de lo que producía hace tres décadas, llevó adelante un régimen represivo que transforma a Patricia Bullrich y a Sergio Berni en Heidi y Pedro en los Alpes, con 18 mil presos políticos y más de 10 mil ejecuciones extrajudiciales por parte de las fuerzas de seguridad del régimen. Esto es, estamos ante un gobierno reaccionario en toda la línea que no se puede defender y así lo prueba la propia clase obrera venezolana, tanto la que festeja en el exilio como aquella que no está moviendo un dedo en Caracas.

Lamentablemente, para terminar, la propaganda será que el “socialismo” hundió a Venezuela y EEUU la salvó. Lamentablemente EEUU hizo la tarea que no pudo no supo hacer la propia clase obrera venezolana. Esa limitación debemos atender si lo que buscamos es desplegar una acción política revolucionaria.

Comunicado sobre el ataque americano sobre Venezuela

  por GIIC (Grupo Internacional de la Izquierda Comunista) - 04/01/2026

 

“Primero es América. Es la paz por la fuerza. Bienvenidos al 2026.” (Pete Hegseth, Secretariado a la defensa, en la rueda de prensa de Trump del 3 de enero)

El ataque estadounidense contra Venezuela y el secuestro de su presidente Maduro en la noche del 2 al 3 de enero marcan una nueva etapa en la carrera hacia una guerra imperialista generalizada. Nadie lo duda realmente. “Nadie volverá a cuestionar el dominio estadounidense en el hemisferio occidental”, proclamó Trump en esa misma rueda de prensa. La intervención estadounidense fuera de cualquier marco legal internacional e incluso nacional significa que ha llegado el momento del uso exclusivo de la fuerza militar, sin pretensión de legalidad, y que se ha vuelto definitivo. Al igual que la Sociedad de Naciones a mediados de la década de 1930, especialmente a partir de la invasión de Etiopía por la Italia de Mussolini, se había convertido en una cáscara vacía, la ONU ya no cuenta. Ya no existe. No habrá vuelta atrás. El derecho del más fuerte y de la cañonera ya no se disimula, ya no se esconde detrás de ningún derecho internacional.

Las reglas del juego imperialista que prevalecían desde 1945 ya no existen. Y muchos ya no pueden participar en él. Solo Estados Unidos, China y, en menor medida, Rusia tienen ahora las cartas para sentarse a la mesa de juego, para gran disgusto de las antiguas potencias europeas, que han quedado excluidas desde el estallido de la guerra en Ucrania. Teniendo en cuenta los precedentes establecidos por la política exterior de Trump, no existe ninguna norma formal que impida a China imponer un bloqueo naval o, en última instancia, incluso invadir Taiwán y las amenazas militares estadounidenses sobre…

Groenlandia entran en el ámbito de lo posible, si no de lo probable, para gran consternación de Dinamarca y los europeos. Trump también amenazó a México, Colombia y Cuba (1) . Incluso la burguesía canadiense, que desde hace mucho tiempo forma parte integrante del bloque imperialista dirigido por Estados Unidos, debe empezar a preocuparse dada la disposición de Estados Unidos a tomar por la fuerza lo que tiene los medios para tomar.

El asalto a Caracas no tenía como único objetivo apoderarse del petróleo venezolano y privar de él a China y, de paso, a Cuba. También se trata de presionar y aislar aún más a los gobiernos de América central y del sur que aún no se han alineado con las políticas trumpianas. En particular, el Brasil de Lula está en el punto de mira. Después de Panamá, luego la Argentina de Millei, luego Chile, Ecuador, Perú, etc., el continente sudamericano y centroamericano está siendo sometido. La garra estadounidense se extiende y amenaza. El acceso de China y otros competidores, en particular europeos, a los mercados de América del Sur será cada vez más difícil y su influencia y presencia imperialistas disminuirán en la misma medida.

En el momento de redactar, el destino de Venezuela aún no está definido en lo que respecta al equipo en el poder. Sin embargo, este episodio puso de manifiesto la incapacidad de Rusia y China para proyectar su poder más allá de sus fronteras, una capacidad que, por ahora, solo tiene Estados Unidos. Por lo tanto, fueron incapaces de impedir el bombardeo estadounidense y el secuestro de Maduro, que se había reunido con un enviado del Gobierno chino horas antes de ser capturado por las fuerzas estadounidenses. Esto solo puede animar a los sucesores de Maduro, ya sean del régimen actual o de la oposición proestadounidense – igualmente corrupta y desde siempre (2)– a aceptar los dictados estadounidenses. “Estados Unidos brindará una visión de cómo debe gestionarse Venezuela y esperará que el gobierno provisional la lleve a cabo en un periodo de transición, bajo la amenaza de una nueva intervención militar (3).”

A cambio, las demás potencias imperialistas, empezando por China y sin duda también los europeos, se verán reforzados en su convicción de que para sobrevivir hay que tomar medidas militares, ya que al final solo cuenta la fuerza. La carrera armamentística mundial se acelerará aún más. Peor aún, la ofensiva estadounidense para excluir a China del continente americano forma parte de la política clásica del imperialismo estadounidense conocida como “containment”, la misma que estranguló cada vez más a Japón en la década de 1930 y lo llevó a embarcarse en la aventura de Pearl Harbor. No podemos prejuzgar aquí la eficacia de esta política de estrangulamiento de China en la actualidad. Sin embargo, no cabe duda de que esta no podrá sino reaccionar de una forma u otra, incluso acelerando el desarrollo de su propio poder naval, so pena de aceptar los dictados estadounidenses.

El ataque de Estados Unidos a Venezuela hace que Taiwán se vea más directamente amenazado. Aunque China carece de la capacidad de proyección de poder de Estados Unidos, tiene los medios y los incentivos para utilizar el poder duro cerca de sus propias costas. Puede estrangular económicamente a Taiwán y ejercer presión mediante la incautación de buques mercantes. También puede ejercer presión sobre Estados Unidos restringiendo las exportaciones de galio y minerales de tierras raras, ambos estratégicos y que son materias primas importantes para cualquier plan de Estados Unidos de relocalizar la fabricación de chips avanzados, que actualmente se concentra en Taiwán. Incluso antes de la última escalada con Venezuela, China anunció la construcción de nueve portaaviones para 2035. La carrera hacia la guerra está en marcha y el asalto a Venezuela no puede sino convencer a los últimos indecisos sobre su realidad.

En el caso de Venezuela, el proletariado local e internacional debe abstenerse de apoyar a cualquiera de los bandos, tanto al bando de Maduro, denominado “bolivariano”, como al bando proestadounidense, denominado “democrático”. Apoyar a uno u otro bando solo empeoraría aún más la situación de los trabajadores y asalariados del país, aunque solo fuera porque no podrían servir más que como carne de cañón en caso de conflicto armado. La participación, o incluso el mero apoyo pasivo, a uno u otro bando no haría más que perjudicar cualquier resistencia futura a las condiciones de explotación, salarios, empleo, represión, etc., que no harán más que empeorar, independientemente del gobierno que esté en el poder.

Lo mismo ocurre con los proletarios de los países vecinos de América Central o del Sur, en particular Colombia o Brasil, así como con el proletariado internacional en general. Es probable que las fuerzas de izquierda intenten organizar manifestaciones de apoyo contra el “imperialismo yanqui”. Ya es el caso en Estados Unidos, donde el 3 de enero se celebraron manifestaciones contra la intervención estadounidense en las principales ciudades, como Nueva York, Chicago, San Francisco, Washington, etc. Lo mismo ocurre en Europa y Canadà. A instancias de las fuerzas de izquierda “La France insoumise” y del PCF, se celebró en París una manifestación en la que participaron varios cientos de personas. Sin duda, no es participando en ella como los proletarios pueden aportar una solidaridad efectiva a los trabajadores de Venezuela, ni siquiera a su población en su conjunto. El único terreno en el que pueden expresar su solidaridad de clase es en la lucha contra su propio capitalismo, incluidos contra los gobiernos de izquierda antiamericanos, al menos antitrumpistas, de los presidentes Lula (Brasil) y Gustavo Preto (Colombia).

Pero, sobre todo, el ataque estadounidense interpela un poco más al proletariado de las principales potencias imperialistas que nos precipitan hacia el drama, empezando por Estados Unidos, por supuesto.

La burguesía estadounidense se embarca en una huida hacia adelante que, a pesar de las bravuconadas de Trump y su equipo, apenas disimula una especie de pánico ante su declive y la creciente y masiva afirmación del poder chino. “Estados Unidos nunca permitirá que potencias extranjeras roben a nuestro pueblo (4) y nos expulsen de nuestro hemisferio”, afirma Trump. Pero para defender hoy sus intereses imperialistas al nivel que exige la situación, la burguesía estadounidense también tendrá que redoblar sus ataques contra su propio proletariado. Lo mismo ocurrirá inevitablemente con los demás rivales imperialistas si quieren tener siquiera un asiento en la mesa de juego.

Es una carrera contra el tiempo entre el capitalismo y el proletariado cada vez más empobrecido. El primero, en una situación desesperada, nos está sumiendo en la guerra. El segundo debe hacer frente al empeoramiento de las condiciones de vida y de trabajo como resultado de esta preparación general para la guerra. Revolución proletaria internacional o guerra imperialista generalizada, esa es la alternativa a la que se enfrenta la humanidad. La responsabilidad histórica del proletariado, clase explotada y revolucionaria a la vez, así como la de sus minorías comunistas, se ve aún más comprometida.



Notas

(1) https://www.axios.com/2026/01/03/trump-maduro-venezuela-mexico-sheinbaum 2 .

(2)La burguesía venezolana siempre ha sido una burguesía parasitaria, que vive de las rentas del petróleo. Como resultado, el personal con el que se dota para gobernar el país siempre ha sido de lo más corrupto.

(3) New York Times, Con Venezuela, Trump abre una nueva era de riesgo para EE. UU, January 3th 2026.

(4) Es decir, la burguesía estadounidense considera que el petróleo venezolano le pertenece.

Venezuela: No ser tontos útiles de las oligarquías (de izquierda)

por Rafael Uzcátegui, 04/01/2026

 

El ataque de Estados Unidos a Venezuela es condenable desde muchos ángulos. Por primera vez, el país es bombardeado en su propio territorio por un gobierno extranjero. Pero en política las apariencias suelen engañar. Con la poca información disponible —y observando los hechos y el comportamiento de los actores— la trama del conflicto venezolano parece haber dado un giro inesperado: un golpe interno dentro del chavismo, facilitado por el “imperialismo”.

Los acontecimientos siguen en desarrollo, pero hasta el momento de escribir esta nota hay cuatro hechos que permiten sostener una hipótesis preliminar: el ataque en sí, las declaraciones de Donald Trump, las declaraciones de Delcy Rodríguez y la decisión del Tribunal Supremo de Justicia.

1) El ataque: fuerza aplastante, defensa inexistente

Luego de meses de asedio y presión, y tras ataques contra lanchas que dejaron más de 100 víctimas, el ejército de Estados Unidos atacó Venezuela en la madrugada del sábado 2 de enero. No existe un parte oficial de daños. Según reportes, fueron bombardeados al menos varios puntos de naturaleza militar en Caracas, La Guaira, Aragua y Miranda, con especial foco en Fuerte Tiuna, donde se encontraba Nicolás Maduro.

Hasta ahora, el gobierno no ha publicado cifras de muertos y heridos. El New York Times habla de al menos 40 fallecidos, entre militares y civiles. Se especula que la mayoría de las bajas ocurrieron durante la captura de Maduro.

Lo más llamativo no es solo el ataque, sino la ausencia de respuesta militar venezolana. Pese a que se había anunciado la posibilidad de un operativo de extracción, la reacción fue nula —por no decir inexistente—: no hay imágenes de fuego defensivo ni señales de resistencia sostenida. Algunos analistas ironizaron con que “los helicópteros gringos se pasearon como Pedro por su casa”. La periodista especializada Sebastiana Barráez afirmó que, para ese momento, la mitad del personal militar estaba en “permiso navideño”. Trump, por su parte, aseguró que no hubo pérdidas de equipamiento ni incidentes con el personal estadounidense durante la operación.

2) Trump: la confesión implícita de un nuevo guion

El segundo acto fue la rueda de prensa de Donald Trump, donde ratificó la captura de Nicolás Maduro y de Cilia Flores. Ahí soltó frases que, juntas, suenan menos a propaganda y más a señales de un arreglo: dijo que había “hablado largamente con Delcy Rodríguez”, que “Rodríguez haría todo lo que ellos dijeran”, que “gobernaría a Venezuela durante un tiempo”, y remató desestimando a María Corina Machado con una frase deliberadamente humillante: “una mujer bonita, pero sin respaldo dentro de Venezuela”.

Más allá del tono, el mensaje central fue claro: Trump ubicó a Delcy como interlocutora y como pieza de transición.

3) Delcy: antiimperialismo de trámite, omisiones cruciales

Después habló Delcy Rodríguez. Usó, sí, la jerga antiimperialista típica del chavismo y dijo que Venezuela “no sería una colonia”. Pero su discurso tuvo un centro distinto: exigir una fe de vida de Maduro y exhibir una carpeta con el supuesto decreto de “estado de conmoción exterior” —un articulado cuyo texto nadie conoce— para pedirle al TSJ [Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela] una interpretación.

Y, sobre todo, su primera alocución estuvo llena de omisiones y giros difíciles de ignorar:

- Desconvocó las movilizaciones que otros voceros chavistas habían promovido contra el ataque, y pidió “calma” y “quedarse en casa”.

- No dio cifras de muertos y heridos ni habló de la magnitud de los daños.

- Se apartó de la narrativa de “ataque contra la población” y, pese a algunas frases duras, sonó inusualmente condescendiente con Estados Unidos luego de una agresión de esa escala.
En una situación así, lo que no se dice suele decir más que lo que se pronuncia.

4) El TSJ: el atajo para no llamar elecciones

Finalmente, la decisión del Tribunal Supremo de Justicia. Meses antes, Nicolás Maduro había hablado de activar un “decreto de estado de conmoción exterior” en caso de agresión. Su contenido, hasta ahora, se mantiene en secreto. Lo relevante no es el misterio: es la utilidad política. Ese decreto, supuestamente, incluiría una fórmula para definir quién ejerce funciones presidenciales en caso de ausencia.

Delcy pidió una “interpretación” al TSJ y el tribunal respondió con velocidad: la nombró “presidente encargada”.

El problema es que la Constitución no contempla la figura de “presidencia encargada”, “provisional” o “interina” en caso de ausencia del presidente. El artículo 233 establece que si hay falta absoluta antes de cumplirse cuatro años del período, el Vicepresidente Ejecutivo asume para convocar nuevas elecciones en 30 días (y juramentar al electo, según el procedimiento). Con la simulación del “decreto de conmoción”, Delcy evita el punto decisivo: no declara la falta absoluta y no convoca comicios.
Dicho de forma simple: el TSJ fabricó una salida para conservar el poder sin pasar por la ruta constitucional.

El trasfondo: una facción preparada para administrar la continuidad

Delcy Rodríguez y su hermano Jorge Rodríguez han sido piezas centrales de la cúpula chavista durante años. A Jorge se le atribuye inteligencia fría, capacidad de maniobra y talento para negociar: ha dirigido la parte oficial en distintos procesos, incluido el Acuerdo de Barbados. También ha tejido puentes con empresarios, partidos “opositores” y sectores de sociedad civil que han sido calificados como “normalizadores”.

En los últimos meses, además, se habría promovido en Estados Unidos una operación de posicionamiento —incluyendo entrevistas en medios— para presentar a Delcy como una figura “confiable” y “moderada”. Si esto es así, entonces lo ocurrido no sería un accidente: sería la fase operativa de un plan.

Conclusión: no es la “clásica invasión”; es algo más turbio
Tendremos más datos en las próximas horas, pero hasta ahora todo apunta a una situación sorprendente: una facción del chavismo habría entregado a Maduro para conservar el control del poder, con apoyo o aval de Estados Unidos.

Si en este momento estás genuinamente indignado por la incursión estadounidense —y con razón: el precedente es terrible—, no te conviertas en tonto útil de las oligarquías de izquierda. Esto no parece la postal simplona de una “invasión imperialista” tradicional. Huele más bien a reacomodo interno, a sustitución controlada y a continuidad maquillada. Una traición negociada.
No me creas a mí. Busca, contrasta, conecta los puntos, hazte preguntas. Y, sobre todo: piensa por ti mismo.

viernes, 28 de noviembre de 2025

DE GAZA AL CONFLICTO GLOBAL. GUERRA CAPITALISTA Y SOLIDARIDAD INTERNACIONALISTA

Asamblea Internacionalista contra la Guerra

Este texto fue publicado originalmente en griego el 7 de julio de 2025, luego de la conformación en Atenas de la “Asamblea Internacionalista contra la Guerra”, espacio colectivo conformado por múltiples voluntades provenientes de diversas vertientes revolucionarias del medio antagonista radical —comunistas, anarquistas, antiautoritarios, autónomos, etc.—. L@s compañer@s frente a la masacre perpetrada en Gaza por el Estado de Israel, la guerra entre Ucrania y Rusia y otros conflictos armados, defienden de manera intransigente una perspectiva autónoma proletaria, internacionalista y anticapitalista, rechazando toda lógica de identificación con los bandos beligerantes en confrontaciones interestatales e interimperialistas (EE.UU. / China), que se están intensificando en la actual fase de crisis del capital mundial.

contacto:
/Biblio Laín Díez (facebook)
@bibliolaindiez (insta)
bibliotecaautonomalaindiez@gmail.com

DESCARGAR PDF MAQUETADO

Gaza: de un ataque genocida a desplazamientos masivos y limpieza étnica

Durante más de 20 meses, Israel ha lanzado un ataque sin precedentes contra la población palestina de Gaza. La guerra librada por Israel se dirige deliberadamente contra objetivos civiles, adquiriendo proporciones genocidas y destruyendo casi por completo infraestructuras, viviendas, hospitales, escuelas y vidas humanas. Ha provocado el desplazamiento masivo de palestinos de sus hogares, con el objetivo final de llevar a cabo una limpieza étnica que facilite la expansión de los asentamientos bajo la visión de establecer un “Gran Israel”. Simultáneamente, las operaciones militares de Israel en Gaza y en la región en general (Líbano, Siria, Irán) sirven de punta de lanza para que el bloque imperialista “occidental” cambie la dinámica de poder e imponga un nuevo orden en Medio Oriente, directamente vinculado al conflicto más amplio entre bloques imperialistas. Evidentemente, estas operaciones militares han dado sus frutos, debilitando a Hezbolá en el Líbano, contribuyendo a la caída de Assad, disminuyendo la influencia de Rusia en Siria y asestando importantes golpes a Irán.

La expansión de la guerra en Medio Oriente: crisis capitalista y rivalidad imperialista

Esta expansión de la guerra en Medio Oriente, con el apoyo activo de Estado Unidos y su participación directa en el conflicto militar, marca una escalada cualitativa. El peligro de una guerra regional más amplia y, posiblemente, mundial es ahora más real que nunca, como lo demuestran la continua guerra entre Ucrania y Rusia, la creciente tensión en el Mar del Sur de China entre China y Taiwán, el conflicto entre Pakistán y la India, el rápido rearme de los países europeos y el intento de fortalecer el militarismo y la militarización de la sociedad en todo el mundo. Es la crisis capitalista la que impulsa el aumento de la rivalidad interestatal y la escalada de los conflictos militares.

La guerra actúa como “destrucción creativa” y como mecanismo para superar el estancamiento y reproducir la dominación capitalista, entre otras cosas, mediante la limpieza violenta de un proletariado excedente.

Los palestinos de Gaza como proletariado excedente y las múltiples facetas del racismo antipalestino

Esto describe con precisión la condición de la abrumadora mayoría de la
población palestina de Gaza. En la década de 1980, casi el 45% de la población de Gaza trabajaba en Israel en empleos mal pagados y sin derechos laborales. Completamente privados de las protecciones otorgadas a la clase trabajadora israelí, los palestinos servían como ejército de reserva de mano de obra barata. Durante la década de 1990, los trabajadores palestinos fueron reemplazados cada vez más por migrantes de Tailandia, Filipinas y Rumania, que hoy representan la mano de obra más explotada en Israel, a menudo ganando incluso menos que los palestinos. Desde 2007, con el bloqueo total de Gaza por parte de Israel y Egipto, y el establecimiento de un estado de sitio, hasta el 7 de octubre de 2023, el número de residentes de Gaza que trabajaban en Israel se redujo a sólo el 1% de la población.

La economía de Gaza sufrió un daño masivo, con importaciones y exportaciones realizadas sólo ilegalmente a través de túneles en la frontera egipcia, lo que llevó a una tasa de desempleo en torno al 50% y a que casi la mitad de la población de Gaza dependiera exclusivamente de programas de ayuda humanitaria para sobrevivir. Es evidente que esta población representa un proletariado excedente totalmente desechable tanto desde la perspectiva de la economía israelí como de la imposición de la “pureza nacional” en la región. Esto ha fomentado un racismo extremo contra la población palestina de Gaza dentro de la sociedad israelí, llegando al punto de deshumanización. Los palestinos son etiquetados como “animales humanos”, e incluso el presidente de Israel, afiliado al Partido Laborista, declaró que en Gaza “no hay inocentes”. Esta ideología nacionalista de Estado legitima aún más la masacre y la guerra dentro de la sociedad israelí, construye la narrativa defensiva que el Estado de Israel necesita para justificar la agresión militar en Gaza y articula las ambiciones expansionistas territoriales de Israel.

Sin embargo, el racismo antipalestino también existe en muchos países árabes. La mayoría de los refugiados palestinos permanecen indocumentados y apátridas en los Estados árabes vecinos, a menudo confinados en campos de refugiados sin libertad de movimiento. Son tratados como forasteros, como una carga para la economía local y como un “cuerpo extraño” frente a la población local, como ocurre hoy con los refugiados en todo el mundo, sirviendo como chivos expiatorios de los males sociales. Además, son vistos como una fuerza desestabilizadora, con segmentos políticamente radicalizados de refugiados palestinos históricamente involucrados en conflictos armados con las autoridades estatales (por ejemplo, “Septiembre Negro” en Jordania), participando en la guerra civil del Líbano, y apoyando a Irak durante la invasión de Kuwait, lo que resultó en el desplazamiento de entre 300.000 a 400.000 palestinos de Kuwait después de 1991 y restricciones migratorias más estrictas en otros Estados del Golfo. Los proletarios palestinos han sido tratados sistemáticamente por los Estados árabes como peones y no como seres humanos en el tablero diplomático y militar de Medio Oriente.

En Europa y, más ampliamente, en el mundo “occidental”, el racismo antipalestino se ha visto reforzado en los últimos años como una versión de un racismo más amplio contra los musulmanes, promovido sistemáticamente en los últimos años tanto por las teorías de extrema derecha del “gran reemplazo”, como por el pánico moral cultivado por los gobiernos —tanto socialdemócratas como de derechas— ante la entrada de musulmanes en Occidente. El descontento por el declive del nivel de vida se dirige así hacia los segmentos más vulnerables de nuestra clase, desviando la ira de las relaciones sociales capitalistas. En estas odiosas narrativas racistas se presenta a Israel como un baluarte de la “civilización occidental” contra la “barbarie islámica”. Esto parece paradójico, dado que la retórica de extrema derecha que atribuye los planes de “sustitución de población” a la “élite global” es estructuralmente antisemita. Por el contrario, la solidaridad con los palestinos, que también ha crecido dentro de los grupos sociales más progresistas, frecuentemente carece de contenido de clase y se articula sobre la base de una mitología reaccionaria acerca del carácter revolucionario de Hamás y sus organizaciones aliadas, que en realidad representan políticas de opresión nacionalistas y capitalistas, a menudo estrechamente vinculadas a una ideología religiosa estatista. Hemos visto cómo esta posición se desarrollaba aún más con el apoyo abierto de Estados como Irán y Rusia, es decir, el apoyo de uno de los campos imperialistas. En cuanto a Hamás, no cabe duda de que es el personal político y militar de una sección de la clase dominante palestina que ejercía el poder en Gaza. Como tal, participó en la explotación del proletariado palestino tanto como fuerza de trabajo —mediante la imposición de impuestos y aranceles sobre el comercio realizado a través de los túneles— como mediante la extracción de ingresos procedentes de la gestión de la “ayuda humanitaria” para las necesidades de la población y el apoyo financiero de Irán y Qatar.

Hamás y sus organizaciones afiliadas tienen el monopolio de la violencia y las armas, en contraste con cualquier tipo de violencia revolucionaria de clase. Por otra parte, la gran mayoría de la población de Gaza sigue siendo un proletariado excedente desechable; carne de cañón.

Hamás y la trampa del “campismo antiimperialista”

Sobre esta base, el ataque del 7 de octubre de Hamás y sus colaboradores en Israel fue un acto de guerra por parte de lo que hasta entonces había sido la autoridad estatal de facto en Gaza. No fue un acto de resistencia por parte de un movimiento, ni tuvo un carácter proletario o revolucionario. No puede servir de modelo ni de brújula para las luchas proletarias. Su objetivo principal era invertir la situación que se estaba configurando con los Acuerdos de Abraham y alterar el equilibrio geopolítico en Medio Oriente. En segundo lugar, sirvió temporalmente para abordar la crisis de legitimidad interna de Hamás en Gaza; como demostraron las recientes manifestaciones masivas contra Hamás. Considerando el resultado, es decir, la respuesta absolutamente atroz del Estado israelí, el ataque no sirvió —ni podría haber servido— a los intereses y necesidades de la población palestina, que ya vivía en condiciones de apartheid y desplazamiento por parte del Estado israelí. Apuntó a objetivos militares y no militares por igual e intentó aterrorizar a la población enemiga, como cualquier acción militar estatal, aunque a una escala mucho menor. Sin embargo, contar cadáveres y comparar masacres es ajeno a cualquier perspectiva proletaria. La inmensa mayoría de los muertos en la guerra capitalista son nuestros propios muertos.

 

Grecia del lado de Israel: intereses económicos y rivalidades geopolíticas

Como ya se ha mencionado, la guerra de Gaza forma parte de un conflicto imperialista más amplio. El Estado griego ya nos está involucrando de lleno dentro de este conflicto, aumentando el gasto militar, proporcionando instalaciones y participando activamente en los planes de batalla del bloque “occidental”. Por un lado, hay razones económicas inmediatas por las que el gobierno griego apoya a Israel: la cooperación entre el capital griego e israelí desde armamento (INTRACOM Defense) hasta bienes raíces y desde el proyecto de interconexión eléctrica Grecia-Chipre-Israel hasta muchas otras colaboraciones sectoriales. Aún más importante es la alianza entre Grecia e Israel contra el creciente poder geopolítico de Turquía. En este contexto, se ha formado un frente informal Grecia-Chipre- Israel con ejercicios militares conjuntos, planes (abortados) para construir un gasoducto de gas natural (EastMed) que sortearía las redes de distribución rusas, intercambio de información, coordinación diplomática sobre la definición de Zonas Económicas Exclusivas, etc. Por otro lado, está el contexto más amplio de la competencia entre los bloques imperialistas “occidentales” y los llamados  “euroasiáticos”. Esto incluye el plan para conectar India, Medio Oriente y Europa (IMEC), que evitará rutas marítimas como el Canal de Suez, el Estrecho de Bab el-Mandeb y potencialmente incluso el Estrecho de Ormuz, quitando poder geopolítico a los Estados que actualmente los controlan. Este plan cuenta con el apoyo de Estados Unidos, la Unión Europea, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos e India. Aunque este plan no tenga éxito, como suele ocurrir con este tipo de planes, es un método para ejercer influencia geopolítica sobre las partes implicadas.

De la crisis de la “globalización” al capitalismo de Estado y la economía de guerra

El apoyo de Grecia a Israel no está relacionado únicamente con los intereses económicos directos del capital griego o con los intereses geopolíticos inmediatos del Estado griego. Más bien, refleja cambios más amplios tanto en el sistema global de Estados-nación capitalistas como en los regímenes de acumulación dentro de las
formaciones sociales nacionales económicamente avanzadas. La crisis capitalista desde 2008 también ha sido una crisis del modelo de “globalización”, evidenciada por el resurgimiento del proteccionismo, con la imposición y el aumento de aranceles al comercio internacional.

Esta nueva era de proteccionismo coincide con un aumento de la intervención estatal, lo que señala el surgimiento de una nueva forma de “capitalismo de Estado”, caracterizado por economías de guerra y significativas inversiones desde los llamados “fondos soberanos de riqueza”, que se han expandido enormemente en los últimos años. Las grandes potencias están desarrollando sistemas de planificación destinados a aumentar su poder económico y militar, reemplazando los vínculos económicos mundiales regulados por el mercado e inaugurando una nueva fase de reproducción capitalista. Esta es también la base de la intensificación de la rivalidad imperialista y de los conflictos militares para asegurarse tierras, recursos y mano de obra. Esta es también la razón del consenso entre todos los partidos (excepto el Partido Comunista Griego) sobre el aumento del gasto militar en el marco del programa ReArm Europe. Los principales bloques en la nueva escalada del conflicto por las materias primas, los mercados, el liderazgo tecnológico, las esferas de influencia y la hegemonía cultural son, por un lado, Estados Unidos como potencia hegemónica existente y, por otro, China como potencia imperialista emergente con ambiciones de hegemonía global.

Estados Unidos cuenta con el apoyo de las principales potencias de la Unión Europea, Japón, Reino Unido y Australia, junto con Israel y Arabia Saudí; opuestos a ellos, alineados con China, están Rusia, Bielorrusia, Irán y Corea del Norte. Otros poderosos países del “Sur Global” —India, Brasil, Indonesia y Sudáfrica— aún no se han alineado definitivamente con ninguno de los dos bloques. En este  conflicto, Grecia se alinea con el bloque imperialista “occidental” y lo apoya. Además, con su participación en este conflicto, pretende mejorar su posición y poder regionales, por ejemplo, mediante el posible establecimiento de una Zona Económica Exclusiva (ZEE) más amplia, como lo demuestra la presencia de buques de guerra en el mar de Libia. Por supuesto, estas formaciones no son monolíticas y no excluyen la cooperación entre países pertenecientes a bloques diferentes. Al fin y al cabo, se trata de “hermanos enemigos”: la competencia no excluye la cooperación, que puede ir seguida de un conflicto armado.

Contra el “campismo”: una respuesta de clase internacionalista a la guerra capitalista

Si no resistimos ahora por todos los medios posibles a esta escalada bélica, pronto nos encontraremos entre la espada y la pared. Desde la perspectiva de los intereses proletarios, no existen guerras “justas” o “defensivas”. Tales distinciones son una mistificación que oculta el conflicto entre capitales nacionales y bloques imperialistas por el control de los mercados de capitales y materias primas, esferas de influencia y mano de obra barata. Cada parte envuelta en una guerra presenta su propio papel como “defensivo” y “justo”. Una victoria del Estado más débil lo hace más fuerte, reiniciando de nuevo el círculo vicioso, como lo ha demostrado la experiencia histórica. La derrota de un poder estatal más fuerte implica necesariamente el fortalecimiento del Estado-nación oponente y la movilización de la población en torno a él. Cualquier resistencia de clase debe ser aplastada para imponer la paz social y la unidad nacional.

En el pasado, el apoyo a los nacionalismos “débiles” y a sus respectivos Estados se disimulaba tras el fortalecimiento del llamado campo socialista. Hoy, ausente incluso esta pretensión, se abandona la crítica al capitalismo en favor de las distinciones culturales entre Occidente y Oriente o Norte y Sur, proclamadas por la ideología “anticolonial” y las políticas identitarias contemporáneas. Esta distinción es claramente irracional, mítica y reaccionaria, ya que el capitalismo es un sistema universal y global: “[ha] convertido todo el planeta en su campo de operaciones”, aunque la opresión religiosa, étnica y nacional obviamente sigue existiendo y no es “privilegio” de Estados específicos. La antigua y espectacular pseudo dicotomía, capitalismo versus “socialismo”, ha sido reemplazada por una nueva, desprovista de toda pretensión de emancipación social, como lo ejemplifica el apoyo “antiimperialista” a Irán, Rusia o China, salvo por la invocación de una hueca “teoría de las etapas”. El apoyo a un campo
imperialista, o campismo, es inherente a la ideología antiimperialista porque proporciona un análisis de arriba hacia abajo enfocado en los conflictos entre Estados, en lugar de una perspectiva proletaria arraigada en el conflicto global entre el capital y el proletariado. El apoyo a las fuerzas del “otro bando” y a los movimientos de liberación nacional asociados a ellas ni siquiera puede provocar el derrocamiento del imperialismo, que es inherente al capitalismo. Objetivamente, la posición política de apoyar a un bando imperialista allana el camino para la militarización más amplia de la sociedad y la guerra capitalista. Los antiimperialistas llegan incluso a apoyar los programas nucleares de supuestos “Estados débiles”, lo que puede conducir a la culminación de la guerra capitalista y a la destrucción total.

La única salida a la espiral bélica es la acción proletaria internacionalista con un claro carácter anticapitalista. Nos negamos a ser cómplices de cualquier ejército y de cualquier Estado. No apoyaremos a ninguno de los bandos en guerra. La única solución frente a la guerra es la organización autónoma de clase que lucha contra el capital y el Estado en nuestro propio país y el apoyo práctico a los que se niegan a hacer el servicio militar. También implica el apoyo a los desertores y objetores de conciencia del “otro bando”, así como la solidaridad práctica con los colectivos políticos y sociales que luchan contra la guerra capitalista en Rusia, Ucrania, Israel, Palestina, Irán y en todas partes. En lugar de esta práctica, que es la condición mínima necesaria para no convertirnos en carne de cañón del capital, presenciamos calumnias inaceptables sobre el “colaboracionismo” y la “traición nacional” contra los camaradas anarquistas y comunistas y, más ampliamente, contra los colectivos de la clase trabajadora (por ejemplo, en Irán). Precisamente en este contexto, debemos expresar nuestra solidaridad con los —ciertamente escasos— objetores de conciencia en Israel, así como con aquellas fuerzas dentro de Israel que se resisten al genocidio que se está llevando a cabo en Gaza. La identificación de toda la población con su Estado es falsa, como demuestra el hecho de que 100.000 reservistas no se presentaran a filas tras la ruptura del alto el fuego por parte del Estado israelí. Hay que confrontar los incidentes de odio nacionalista israelí cuando ocurran. La lógica de los ataques indiscriminados contra turistas israelíes es racista, ya que atribuye la responsabilidad colectiva a toda la población, a la vez que debilita la ya débil corriente de oposición a la guerra dentro de Israel.

Estamos en contra de la guerra capitalista y de cualquier implicación del Estado griego en ella, en contra de la militarización de la sociedad y del aumento del gasto militar que se produce a expensas del salario social. Luchamos por la creación de un movimiento proletario internacionalista que no se someta a los intereses nacionales, al Estado y al capital, expresando solidaridad práctica con los colectivos proletarios y políticos —comunistas y anarquistas— que luchan en los países devastados por la guerra.

Nuestro objetivo es construir lazos y comunicación con los proletarios internacionalistas. Sólo a través de la unidad global del proletariado podremos derrocar esta barbarie impuesta por los Estados y el capital. No debemos dejarnos arrinconar, sino acabar con la guerra capitalista luchando contra quienes la provocan. Nuestra guerra no es nacional ni religiosa. Es una guerra de clases social y antiestatal.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

PEQUEÑA CONTRIBUCIÓN PARA LA SALVACIÓN DEL ENEMIGO INTERNO

Asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, octubre de 2024 (Thessaloniki, Grecia)

Original en griego: https://yfanet.espivblogs.net/2024/11/04/mikrh-symvolh-gia-ti-diaswsh-tou-eswterikou-exthrou

Introducción

Desde hace ya varios meses, la guerra sigue causando estragos en toda la región del Oriente Medio, después del ataque del 7 de octubre, con Israel procediendo a la destrucción de Gaza y el exterminio masivo de los palestinos. La guerra se agudiza con la participación de cada vez más agentes. En cuanto al discurso político que circula, parece estar polarizado. La esfera pública se ha dividido en dos bandos y los argumentos desplegados por ambas partes se han aferrado a la convicción de la «justicia» de su lucha: Israel tiene derecho a la autodefensa y los palestinos tienen derecho a la resistencia.

Aquellos que se muestran escépticos ante los polos establecidos, reconociendo una dimensión caótica en el conflicto o, más aún, aquellos que intentan interpretarlo centrándose en el conflicto social, se encuentran en una posición compleja. Por lo tanto, hablar de ello en las circunstancias actuales es una tarea difícil y exigente. Y esto se debe a que no se encuentra en la superficie del conflicto bélico, sino que está oculto por los gritos de la guerra. Lxs interesadxs deben buscar el conflicto social más allá de estos gritos, en un entorno no tan ideal.

Al mismo tiempo, es muy probable que lo que se encuentre en esta búsqueda resulte un poco decepcionante. Puede que los hallazgos no sean motivo de celebración, que no puedan convertirse en banderas e himnos. Es posible que suenen más como un llamado de atención que un toque de corneta para la contraofensiva. Puede que se trate de una historia con muchos callejones sin salida y pocas alternativas. Una historia con pequeñas victorias y grandes derrotas.

Aun así, creemos que vale la pena conservar esta perspectiva. Después de todo, sigue siendo útil para nosotros, precisamente porque lo que aprendemos de aquel conflicto refleja nuestra postura aquí. Sin duda, es un lujo poder ver desde una posición de relativa seguridad las formas en que el nacionalismo y el capital impusieron sus condiciones en la cuestión social en otro lugar. Se te da la oportunidad de ver qué salió mal, qué decisiones se tomaron y qué oportunidades se perdieron, antes de que las cosas se hundieran en el horror de la guerra. Se te da la oportunidad de pensar y actuar, antes de que sea demasiado tarde, antes de que tú también acabes como carne de cañón. Por lo tanto, creemos que debemos aprovechar esta oportunidad para enriquecer el debate público.

El siguiente texto resume algunos puntos que, como asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, consideramos útiles para comprender la situación actual. Se refieren tanto a aspectos del conflicto bélico en la región como a la postura del movimiento de solidaridad local.

Parte A: El estado de guerra en Palestina

 

La continuidad entre la guerra y la paz

Se dice que la guerra es la fiebre del capitalismo. El síntoma de una crisis capitalista, pero al mismo tiempo su cura. Esta comparación tiene puntos fuertes y débiles. Su punto fuerte es que identifica la conexión entre la guerra y la crisis de la acumulación capitalista. Su punto débil es que concibe la guerra (y la crisis) solo como un acontecimiento aislado.

Pero, ¿qué ocurre en un periodo en el que la crisis se agrava, revelando su carácter permanente? Es lo que estamos viviendo en los últimos años. Un periodo en el que la crisis capitalista adopta muchas y diferentes caras, y cada episodio se suma al anterior: crisis económica, «crisis migratoria», crisis sanitaria, crisis medioambiental, y así sucesivamente. Entonces, la guerra deja de percibirse solo como un conflicto entre dos o más ejércitos organizados, se fluidifica y aparece en cada vez más aspectos de la vida social y política. A su vez, también adopta diversas formas, algo que podemos observar fácilmente en la esfera pública: guerra contra la delincuencia, guerra contra la inmigración ilegal, guerra contra las catástrofes naturales, guerra contra el alto costo de vida, ¡guerra en todas partes! Se trata de un proceso de difuminación de los límites entre la guerra y la paz, ya que ambas situaciones se difunden la una en la otra. La preparación de la guerra tiene lugar en tiempos de paz, los estados se lanzan a una carrera armamentística, el ejército se encarga de la gestión de situaciones de crisis (como la migración y las catástrofes naturales), el miedo y la inseguridad se extienden por la sociedad, los «enemigos» acechan en cada esquina, el militarismo impregna la cultura dominante y, sobre todo, predomina la invocación de la unidad nacional. Todos juntos debemos unirnos, hacer sacrificios, para superar las dificultades. Por nuestro bien.

La situación que prevalece en Palestina es un ejemplo característico de la difuminación de los límites mencionados anteriormente. Desde hace varias décadas, se mantiene una tensión bélica en toda la región, con altibajos. Podemos afirmar que esta tensión gira en gran medida en torno a la gestión de una población que se encuentra en una situación de integración a través del aislamiento, en la forma particular que han adoptado las estructuras sociales allí. Pero, ¿qué significa todo esto más concretamente? A continuación, intentaremos esbozar la situación tal y como se había configurado antes del 7 de octubre de 2023.

La gestión de la población palestina por parte del estado israelí

El estado israelí, que tiene la mayor responsabilidad en la gestión de los palestinos, ha impuesto en las zonas de Gaza y Cisjordania un régimen de apartheid que, a su vez, ha provocado miles de fallecidos. Durante décadas, Israel ha marginado a esta población en una especie de prisiones abiertas, bajo estricta vigilancia, mientras que la explota cuando la necesita. Sin embargo, no es solo la mano de obra barata de los palestinos lo que resulta lucrativo para la economía israelí, sino su gestión general como personas prescindibles y peligrosas. Precisamente sobre esta gestión, Israel ha desarrollado a lo largo de los años una industria militar y policial que constituye una parte importante de su economía. Esta industria produce, entre otras cosas, tecnologías de vigilancia y sistemas armamentísticos, que se prueban sobre esta población antes de lanzarse al mercado. Desde esta perspectiva, podemos afirmar que la gestión militar de la población palestina tiene un carácter permanente y se retroalimenta con la industria bélica del estado israelí. Se trata de un ejemplo característico de cómo la guerra se entrelaza con la producción capitalista: la tensión bélica se mantiene, entre otras cosas, gracias a una industria bélica que necesita que la guerra continúe para poder desarrollarse.

Al mismo tiempo, esta población marginada y nacionalizada se utiliza para que Israel construya su cohesión social. El papel que se le reserva es doble: por un lado, se presenta como un elemento intimidatorio para la clase trabajadora israelí, como una reserva de mano de obra infravalorada que la presiona para que se alinee con las exigencias de sus jefes. Por otro lado, también funciona como chivo expiatorio, la figura hacia la que el estado israelí intenta dirigir el descontento social generado por sus políticas. En cualquier caso, su construcción como «extranjero» o incluso «amenaza» funciona como una forma de presión que vincula a la sociedad israelí al estado y a sus intereses. Sin embargo, para comprender mejor este proceso dinámico, debemos señalar también la estratificación racial dentro de la sociedad israelí.

Procesos de nacionalización: el ejemplo de los asentamientos

Con el paso de los años, la explotación de esta población palestina pasó a ser secundaria para el estado israelí, ya que la prioridad era la integración de los judíos que llegaban a Israel procedentes de otras regiones (África, Asia). Israel se vio obligado a cumplir sus promesas de crear un estado abierto a todos los judíos y a conceder derechos políticos y prestaciones sociales a esta nueva población. Sin embargo, su «integración» no fue un proceso sencillo. Los primeros habitantes israelíes disfrutaban de un estatus superior al de los recién llegados, que a menudo eran tratados como ciudadanos de segunda clase. Aún más abajo en la jerarquía se encontraban los árabes israelíes que habían permanecido en territorio israelí y, en la parte inferior, los palestinos en los territorios ocupados desde 1967, así como los/las inmigrantes con o sin papeles. Ante las reivindicaciones de inclusión de la nueva población, el estado israelí optó por enfrentarla a los palestinos. El pasaporte para la participación igualitaria en la comunidad nacional incluía la participación en colonizaciones violentas con el objetivo de desplazar a los palestinos y arrebatarles sus tierras, lo cual fue alentado e incluso organizado por el estado israelí. En resumen, dado que los nuevos ciudadanos no estaban dispuestos a sustituir simplemente a los palestinos como mano de obra barata, tendrían que demostrar por la fuerza que merecían algo mejor. De esta manera, el estado israelí logró no solo satisfacer en parte las demandas de los colonos, sino también encargarles la función de guardianes de la frontera, poniéndolos en una situación de fricción y tensión permanentes con la población palestina desplazada.

Con este ejemplo, podemos comprender mejor el vector que conecta el «dentro» y el «fuera» en esta relación de integración a través de la exclusión. Por lo tanto, no se trata de dos conjuntos homogéneos que se tocan en una línea divisoria. Por el contrario, entre la experiencia de lo «totalmente integrado» y lo «totalmente excluido», existe un espectro de condiciones intermedias de existencia. La vida de una israelí en Tel Aviv es diferente de la vida de un inmigrante judío de Rusia que vive en los asentamientos. Del mismo modo, la subsistencia de un árabe israelí difiere de la de un palestino en Gaza. Clasificaciones similares se encuentran en la mayor parte del planeta, solo que en esta zona concreta están sujetas a una delimitación más militar: diferentes derechos políticos, restricciones de movimiento, zonas separadas, muros, rejas, vigilancia armada, asesinatos. Sin embargo, esto no significa que estas delimitaciones no se renueven. Por el contrario, los violentos procesos de nacionalización de las expectativas sociales se producen de forma incesante, incluso en tiempos de «paz», ya que para los estados la integración nacional sigue siendo una cuestión pendiente. A través de su repetición, estos procesos tratan de integrar en su dinámica las condiciones sociales y políticas que se configuran en cada momento. Las determinaciones de clase, género y raza se refractan a través del prisma nacional y adquieren nuevos significados, creando al mismo tiempo diferentes percepciones sociales del interés nacional.

Las manifestaciones contra el Gobierno que tuvieron lugar en Israel unos meses antes del 7 de octubre fueron indicativas de tal diferenciación1. Aunque limitadas al ámbito de la ciudadania, demostraban que la sociedad israelí, al igual que el resto, no es un conjunto totalmente homogéneo, sino que sigue manteniendo una gran cantidad de divisiones sociales en su interior. El recrudecimiento de la guerra congeló estas manifestaciones e intentó lograr la ansiada unión de toda la sociedad detrás del Estado.

El papel de las organizaciones palestinas

Sin embargo, la responsabilidad de la gestión de la población palestina no se limita al estado de Israel, sino que se distribuye también entre las clases dirigentes palestinas. En esencia, se trata de élites económicas que surgieron de un liderazgo militar-burocrático de la lucha de la liberación nacional palestina y que se reproducen, en su mayor parte, a partir de la gestión de la ayuda económica internacional que llega a la región (Irán, Qatar), la explotación de la clase obrera palestina y el contrabando. Sus intereses están representados por las principales organizaciones que actúan en estos territorios, Hamás y la Autoridad Palestina (con Fatah como su principal organización interna). Estas organizaciones operan en relación directa o indirecta con Israel y desempeñan un papel contradictorio. Por un lado, actúan como guardianes del proletariado palestino y, por otro, como representantes combativos de sus intereses nacionales. En el marco de la relación de «integración mediante la exclusión» y dado que estos territorios no están formalmente anexados a Israel, se aprovechan de los beneficios del trabajo palestino y, al mismo tiempo, tratan de imponer un régimen de unidad nacional. Asegurar la paz social en el interior de su territorio, de modo que el proletariado palestino respalde el desarrollo y las aspiraciones de la clase dominante palestina. Sin embargo, las políticas de ambas organizaciones no coinciden plenamente, por lo que existen diferencias entre el modelo de Gaza y el de Cisjordania ya desde 2007, cuando Hamás ganó el poder en Gaza tras un conflicto armado con Fatah.

En Cisjordania, la clase dominante vinculada a la Autoridad Palestina no logró a lo largo de los años crear una actividad económica autónoma y terminó reproduciéndose en los márgenes de la economía israelí. Por supuesto, no fueron solo las restricciones de Israel las que le asignaron este papel, sino también el temor a exponerse a la competencia de las economías vecinas, que también disponían de mano de obra barata. La exposición a esta competencia la obligaría a entrar en conflicto directo con su clase trabajadora, con el fin de infravalorarla. Los empresarios palestinos asociados a la Autoridad Palestina consideraron que su vinculación con la economía israelí, por un lado, podría ser rentable para ellos mismos, al actuar como subcontratistas, y, por otro, no pondría en peligro su imagen ante la población empobrecida sobre la que ejercían control. Sin embargo, al final, tampoco se logró este objetivo. Con el paso del tiempo, una gran parte de la población palestina comenzó a desaprobar las políticas de la Autoridad Palestina, considerando que básicamente servían a sus propios intereses. Esto, a su vez, contribuyó a la deslegitimación de la Autoridad Palestina como representante de los palestinos2. Una deslegitimación que se expresó también como traición al interés nacional.

En la franja de Gaza, Hamás intentó trazar una política más autónoma, con el objetivo de crear un estado palestino. Invirtió en la creación de una red de túneles bajo su control, con el fin de obtener ingresos del desarrollo de la economía del contrabando. El objetivo era crear así su propia élite económica, que sustituyera a la anterior clase comercial, y constituir una red de reproducción social para la población. Sin embargo, su plan se basaba en la creación de relaciones clientelares y partidistas a través de las cuales se distribuirían los beneficios obtenidos, algo que pronto fue percibido por los habitantes de Gaza. Es más, el hecho de que la red de reproducción social que se creó no lograra satisfacer las expectativas de la población, llevó a Hamás, también, a enfrentarse a una crisis de legitimidad. En los últimos años han estallado en varias ocasiones manifestaciones contra la administración de Hamás, a la que se acusa tanto de mala gestión como de haber dado prioridad a su autorreproducción como mecanismo militar y partidista. Las últimas manifestaciones de este tipo tuvieron lugar en el verano de 2023, pocos meses antes del 7 de octubre3.

Estas organizaciones, aunque no son gobiernos de estados reconocidos, desempeñan la mayoría de sus funciones: organizan la vida social, económica y política de un territorio, tratan de crear estructuras básicas de reproducción social para atar a la población a su poder, se ocupan de la distribución de los recursos disponibles, mantienen el orden y reclaman el monopolio de la violencia. Pero también hacen algo más, quizás más importante: intentan en todo momento generar un «interés general» abstracto de toda la población (de todos los palestinos), con el fin de encubrir los intereses concretos y contradictorios que existen dentro de la sociedad, las relaciones de explotación y opresión. Cada vez que sus políticas provocaban la indignación de los palestinos, estas organizaciones se presentan a sí mismas como las verdaderas representantes de los intereses nacionales y dirigen el descontento social contra el «verdadero enemigo», es decir, Israel. Por otra parte, su historia está ligada a la militarización de las revueltas sociales. Se trata de ejemplos ilustrativos de cómo el estado surge como una relación a partir de los movimientos y se convierte en mecanismo.

La guerra como exportación de los conflictos internos

Hemos decidido exponer algunos aspectos de la situación que prevalecía en la región antes del 7 de octubre, con el fin de destacar algunas cuestiones que consideramos fundamentales. Aunque no es posible desarrollar en este texto toda la historia del conflicto, sí podemos mostrar algunos datos y extraer algunas conclusiones.

Vemos, pues, que en ambos «bandos», el nacionalismo funciona como el medio que oculta las divisiones sociales. A menudo se presenta como un movimiento que reclama la inclusión en el estado, expresando el deseo de una población de participar en una comunidad de «aquellos cuyas vidas tienen importancia». El nacionalismo es la forma en que el pueblo reclama al estado cuando se siente abandonado y con necesidades insatisfechas. Los intereses particulares deben expresarse como nacionales para adquirir validez, ya que es el lenguaje que habla el estado. Al mismo tiempo, el nacionalismo también aparece como ideología estatal, como un marco interpretativo y deontológico que el estado proporciona a la sociedad para comprender el mundo. A través de este punto de referencia, se señala a los culpables de los sufrimientos del pueblo, se demoniza a aquellos que se construyen como enemigos y se mantiene la paz social. Pero, ¿qué ocurre cuando los conflictos sociales han llegado a un punto crítico? Entonces, la guerra se encarga de resolverlos con violencia bruta, destruir a los que se consideran prescindibles y arrastrar por la fuerza a toda la sociedad detrás del estado. A través de la guerra, los asuntos internos de cada territorio se exteriorizan y se internacionalizan aún más, con cada facción del capital mundial proponiendo un modelo diferente de administración de la población para restaurar la acumulación en una región y trazar nuevas vías para la circulación de mercancías.

Existe una lógica capitalista más profunda que impulsa a los estados la necesidad de la guerra, la cual sale a la superficie cuando su capacidad para obtener el consenso social y seguir siendo competitivos a nivel internacional llega a su límite. Esto no significa que los intereses particulares desaparezcan. Por el contrario, las clases dominantes de cada epoca intentan aprovechar la crisis como una oportunidad y promover, en medio de la guerra, su propia agenda particular. Pero en la guerra no hay garantías. Hamás organizó el ataque del 7 de octubre sabiendo que las represalias de Israel serían implacables. Prefirió arriesgar a la población, cuyo apoyo estaba perdiendo, con la esperanza de convertirse en un actor internacional, reforzar su posición como potencia político-militar y romper los acuerdos económicos de Israel con los países árabes. Del mismo modo, el Gobierno de Israel esperaba que, con una guerra que arrasara la región, recordaría a sus aliados lo lejos que estaba un tratado de normalización, reafirmando su papel como responsable de imponer el orden. De esta manera, cree que doblegará el movimiento de oposición que se había desarrollado dentro de Israel y obtendrá acceso a nuevas vías económicas. Podemos afirmar que ninguno de los dos regímenes eligió simplemente la guerra, sino que se vieron obligados a hacerlo. Queda por ver si este salto desesperado los llevará al otro lado o los hará caer al vacío. Por desgracia, lo único seguro es que ambos escenarios se desarrollan a costa del bienestar de sus poblaciones.

Parte Β: «With great resistance comes great responsibility»

A partir de lo anterior, se comprende que el conflicto no se da entre el bando de los «buenos» y el bando de los «malos», a pesar de la evidente asimetría de las fuerzas militares. Es verdad que el ejército israelí, esa máquina ultramoderna de exterminio de proletarios, ha arrasado prácticamente Gaza. Más de 40.000 personas han muerto, miles han emigrado, las infraestructuras han quedado destruidas y la población se hunde en una situación de crisis alimentaria y sanitaria. La resistencia palestina, por su parte, dispone de una máquina de exterminio de proletarios mucho menos desarrollada, lo que se refleja en el campo de batalla. Más allá del ataque del 7 de octubre, que costó la vida a unas 1.200 personas, Hamás solo ha logrado algunos golpes esporádicos dentro de Israel. Entendemos, por supuesto, que la destrucción de Gaza genera sentimientos espontáneos de identificación con la experiencia de los palestinos, ya que funciona como una condensación de la violencia sistemática que han sufrido durante años por parte del estado israelí. Sin embargo, consideramos errónea la petición de igualdad en la guerra. Y ello por dos razones. En primer lugar, porque la guerra capitalista no se libra en términos de caballerosidad, como un duelo en igualdad de condiciones entre dos partes. Esta asimetría es bastante habitual en el contexto de las guerras capitalistas, que rara vez se libran entre dos adversarios iguales. En segundo lugar, porque esta exigencia implica una mayor matanza. Una guerra sin fin. En resumen, no creemos que la solución al horror de la guerra pase por exigir su reparto equitativo, sino por su cese.

La simetría que queremos mostrar se refiere a lo que ya estaba ocurriendo antes de que se agravara el conflicto bélico. Es la simetría de los nacionalismos que se alimentan mutuamente. Existe una compleja red de relaciones de poder y explotación que atraviesa ambas formaciones sociales. Son el nacionalismo y la guerra los que intentan eliminar estas contradicciones en el interior de cada sociedad, con el fin de presentarlas como homogéneas. Esta es la razón por la que no compartimos el entusiasmo de una parte del movimiento por la lucha de liberación nacional palestina, aunque nos posicionamos en contra de la guerra y el régimen de apartheid en la región. Nuestra preocupación no radica solo en la orientación ideológica de Hamás, sino en que esta lucha intenta por la fuerza eliminar las divisiones sociales en el interior de su territorio.

¿Lo discutiremos más adelante?

Por supuesto, una parte del movimiento no parece preocuparse por esto, ya que le preocupan más las cuestiones de maniobras tácticas. Lo que se plantea como prioridad en muchos enfoques es la derrota de las fuerzas imperialistas a cualquier costo. En este contexto, no se considera un problema aliarse con una clase burguesa nacional, ya que se hace hincapié en la distribución del poder entre los estados capitalistas y no en las relaciones de poder y explotación. Del mismo modo, el hecho de que, en el marco de una lucha de liberación nacional, las autoridades locales refuerzan su poder sobre la población que controlan, se presenta como algo secundario, algo que puede resolverse tras la liberación del estado «débil» del «fuerte». Pasos, etapas, programas políticos, planes sobre el papel y alianzas tácticas se enumeran en la esfera pública del movimiento social, como si nunca hubiesen críticas a las visiones que presentaban la revolución como un programa político a aplicar. Estos enfoques olvidan una serie de ejemplos históricos en los que los líderes de los movimientos de liberación nacional se convirtieron en regímenes autoritarios, procedieron a purgas internas de disidentes y extendieron la relación capitalista en su territorio, completando el trabajo que habían dejado a medias los imperialistas. Queda por ver, por supuesto, si la historia se repetirá.

Por nuestra parte, entendemos el capitalismo, ante todo, como una relación cualitativa, más que cuantitativa, basada en la mercantilización coercitiva de las relaciones humanas y la organización de la vida en torno a la producción de beneficios. Dado esto, podemos decir que el imperialismo no es la etapa superior del capitalismo, sino una de sus características fundamentales. La relación capitalista es intrínsecamente expansiva y trata de colonizar cada rincón geográfico del planeta y cada actividad humana. En este proceso expansivo, el estado nacional es la forma que adopta la acumulación de capital en cada región. La distribución desigual del poder entre los estados nacionales está relacionada en gran medida con la forma en que cada uno somete a su población y la integra en los procesos de explotación. En otras palabras, su capacidad de ascender en la jerarquía capitalista depende también de su capacidad para oprimir y explotar en su interior. Por lo tanto, la restauración de la «desigualdad» a nivel transnacional no implica el bienestar de una población. Lamentablemente, muchos enfoques, al centrarse exclusivamente en lo que perciben como «la etapa superior del capitalismo» o «la forma extrema del capitalismo», terminan oscureciendo todas las demás relaciones de poder.

A lo largo de la historia del movimiento social, percibimos las voces que insistían en que el enfoque exclusivo en el movimiento obrero masivo silenciaba la existencia de otras formas de opresión y explotación, como las mujeres, los negros, los estudiantes y los precarios. Del mismo modo, dentro del movimiento feminista, nos inspiramos en las críticas que señalaban la diferencia entre la experiencia de las mujeres blancas y las negras. Además, dentro del movimiento local, intentamos incorporar los enfoques autocríticos que ponían de manifiesto un carácter helenocéntrico (centrado en grecia) que repelía a los inmigrantes. Por último, dentro de nuestros propios procesos políticos, intentamos abrir espacio para todo aquello que nos recuerda que las jerarquías informales siguen reproduciéndose también en nuestro interior. ¿Nos preguntamos, pues, cómo podemos apoyar una perspectiva que afirma que los palestinos constituyen un cuerpo indivisible, sin contradicciones, que tiene un único interés?

Nacionalismo a plazos

No es, por supuesto, la primera vez que nos encontramos con estas opiniones dentro del movimiento social, pero las hemos señalado muchas veces en el pasado reciente, con motivo de los conflictos bélicos en diversos rincones del planeta. Al mismo tiempo, no son las únicas que consideramos problemáticas en la esfera pública del movimiento. Por el contrario, en la coyuntura actual, se complementan con un conjunto de opiniones que tratan de bloquear la mirada crítica de los hechos, acusando a quienes no pueden identificarse con una lucha de liberación nacional de ser privilegiadas occidentales blancas. Por lo que parece, para estos enfoques, no importa que sean igualmente «privilegiado y occidental» apoyar una resistencia bajo Hamás y, además, desde la seguridad. Es decir, sin necesidad de organizarse, luchar y morir por esta organización.

Su pobreza radica en una concepción estrecha que ve el poder solo en su dimensión represiva/opresiva y no en la productiva. De esta perspectiva se deriva también un enfoque puramente afirmativo sobre la cuestión de la identidad nacional. Lo que se deja fuera no es solo cómo se constituye cada identidad nacional, sino también cómo su reproducción conduce a la subordinación de cualquier otra determinación que pueda tener un sujeto. Veamos el ejemplo de la identidad palestina, que surgió a raíz de procesos de racialización violenta: una población se vio sometida a la represión, fue sistemáticamente menospreciada, se le prohibió la libertad de movimiento, sus necesidades se disminuyeron a las básicas, su vida se redujo a la supervivencia y la diversidad que llevaba dentro se eliminó para finalmente encajar en la definición que le atribuían a la fuerza: Palestino. Sin duda, la fuga de la prisión en la que los han encerrado parte de esta definición. Sin embargo, esta identidad ha quedado marcada de forma permanente por la violencia que la engendró. Su reproducción contribuye a la propagación de la violencia y al refuerzo de una percepción mutilada y unívoca de sí mismo por parte de sus portadores. Las décadas de lucha de los proletarios palestinos contra Israel se caracterizan precisamente por esta reproducción de la identidad palestina, a menudo reprimiendo las tendencias que se desarrollaron en el seno de estas luchas para superarla. En pocas palabras: en el momento en que estallan las bombas y el nacionalismo toma el control, cualquier otra identificación social queda sofocada. Nadie puede ser otra cosa (mujer, hombre, queer, trabajador, jefe, derechista, izquierdista, etc.) más allá de palestino (o, respectivamente israelí). O primero hay que ser palestino y luego cualquier otra cosa. Por lo tanto, si criticamos la resistencia palestina, no tiene que ver con el hecho de que sea una «lucha parcial». Por el contrario, tiene que ver con el hecho de que apunta a una universalización abstracta, eliminando por la fuerza cualquier contradicción social particular. Queremos preservar estas contradicciones sociales particulares de ambos bandos.

Por supuesto, reconocemos que muchas de las críticas que hacemos se basan en corrientes teóricas y movimientos que intentaron cuestionar las Grandes Narrativas del pasado y poner de relieve aspectos silenciados de las relaciones de poder que habían quedado marginados. Sin embargo, la ausencia de cualquier rastro de reflexión sobre cómo surge la experiencia de la opresión y la yuxtaposición copulativa de identidades conduce al resultado contrario. Si comparamos el «derecho a la propiedad de la tierra», la defensa de una «cultura oprimida que está siendo alterada», la preocupación por «las costumbres y tradiciones que deben preservarse» y la invocación de «tradiciones que conllevan la sabiduría de siglos», lo que obtenemos son los elementos protoideológicos del nacionalismo. Se trata de los materiales que utiliza el nacionalismo para construir su narrativa, basándose en la condición psíquica de la intimidad perdida, en la tristeza que provoca algo que creemos haber perdido, cuando en realidad nunca nos perteneció. Lo único que consiguen estas concepciones esencialistas, que ven a la nación como algo preexistente detrás de cada comunidad humana, es borrar toda la historia de la humanidad, que incluye mezclas de poblaciones y apropiaciones mutuas de elementos culturales. Al final, terminan sirviéndonos un nacionalismo a plazos.

¿Quién tiene la culpa?

Consideramos que los dos enfoques mencionados anteriormente, el que podríamos llamar antiimperialista y el que intenta organizar de manera fragmentaria un conjunto heterogéneo de puntos de vista, bajo el paraguas de la anti(post)colonialismo, comparten un punto de partida común. Parten de una necesidad que ahora se encuentra ampliamente extendida dentro de los movimientos. Se trata de la necesidad de simplificar, con el fin de explicar el mundo capitalista en sus innumerables expresiones. Existe una inquietud entre muchos activistas por dar rostro a esa fuerza impersonal que domina el mundo y hace que todo gire en torno a la creación de beneficios. Sería muy conveniente que alguien encarne el papel del archicapitalista, el que mueve los hilos y domina nuestras vidas, siendo responsable de nuestros sufrimientos. Nuestra lucha sería así más fácil, tendría un objetivo claro. Del mismo modo, sería preferible que la compleja red de poderes y explotación que nos envuelve en su dinámica se presentara como un dípolo arquetípico: buenos vs. malos. Lo único que se necesitaría entonces, si el conflicto social lograra cristalizarse en dos bandos aislados que se enfrentan cara a cara, sería una identidad ampliada, un punto de referencia simbólico, para que los «buenos» pudieran identificarse entre sí.

Lord Byron de Lidl*

*Lidl: cadena de supermercados baratos

Como nos ha demostrado la larga historia del movimiento social, la construcción de una Gran Narrativa suele ir de la mano de la construcción de un Sujeto Revolucionario. Observamos, pues, una tendencia dentro del movimiento a buscar este sujeto en algún punto, supuestamente, externo al capitalismo. En un punto que parece purificado de la suciedad capitalista y, por lo tanto, ideal para iniciar el ataque al capital. Las llamadas poblaciones excedentes se encuentran cada vez más a menudo en esta posición, lo que supone una inversión del análisis clásico de la clase obrera. Si en el pasado era la clase obrera la que estaba destinada a hacer la revolución debido a su posición objetiva dentro de la producción, hoy en día esta cualidad se transfiere a las poblaciones excedentes por la razón opuesta: porque son expulsadas de la producción capitalista. En otros enfoques, este «fuera» se define en términos retrospectivos, lo que conduce a la idealización de tradiciones, costumbres, culturas y otros elementos culturales que prevalecían en las regiones antes de la acumulación primitiva, con la esperanza de que allí sobreviva un deseo insaciable de las personas por comunidades más allá del capital.

En los casos anteriores, la incapacidad de comprender cómo el «exterior» y el «interior» se producen mutuamente como aspectos complementarios de la totalidad capitalista, conduce al apoyo de una forma capitalista frente a otra o a la idealización de formas precapitalistas del poder: frente a Occidente, se opone Oriente; frente al centro, la periferia; frente a los muertos de un bando, los muertos del otro; frente a las coacciones mediadas por el capital, la violencia directa de los vínculos precapitalistas; frente al capital globalizado, la comunidad de la nación. Se trata de una tendencia de la época. En muchos lugares del mundo se está produciendo un desplazamiento conservador, de tal manera que la nación aparece como un refugio de fortalecimiento frente a la inestabilidad que generan las crisis del capitalismo globalizado. Al parecer, ni siquiera los movimientos permanecen inmunes a este cambio, ya que, no lo olvidemos, también forman parte de la sociedad y son parte integrante de ella.

Epílogo: lo que se puede salvar

El realismo capitalista ha logrado imponer su propio horizonte en nuestro pensamiento y limitarnos a las opciones ya existentes. No es paradójico, por tanto, que surjan voces que rechacen la propuesta de luchas comunes de palestinos e israelíes contra el apartheid, con la justificación de que es algo inalcanzable y poco realista, y a pesar del hecho de que ya existían indicios de tales enfoques en la región hasta antes del inicio de la guerra4. Lo único que se presenta como «realista» es la continuación de la guerra y el aumento del número de muertos, hasta que se convierta en un conflicto generalizado o conduzca al exterminio de los palestinos o la expulsión de los judíos, según el bando que defienda cada uno. Estas son las opciones «realistas» que se nos ofrecen y que nos obligan a elegir bando.

Para nosotros, cualquier cosa que se proponga como «solución», ya sea en su versión más reformista o en la más revolucionaria, ya se trate de la creación de uno, dos o diez estados, ya se trate de confederaciones y comunas, presupone transformaciones sociales radicales. Supone el retroceso de los nacionalismos y el fin del apartheid. No creemos que la solución dependa de si las masas seguirán al pie de la letra la receta inspirada la oficina política de turno. Depende de si la gente de allí quiere y puede imaginar formas de coexistir. Pero para que eso suceda, la guerra debe terminar. Ese es el principal desafío que vemos en este momento. Ya hemos defendido que lo que decimos sobre Palestina se aplica, en primer lugar y ante todo, a nuestro propio estado. Refleja nuestra postura aquí. En este sentido, nos sentimos lo suficientemente seguros como para ser un poco más concretos. Por ello, al final de este texto, nos gustaría destacar tres puntos de escape del sombrío futuro que nos espera.

Primero. La gestión de la población palestina allí se refleja en la gestión de la inmigración aquí. La deshumanización de quienes son etiquetados como «extranjeros» y «peligrosos», el fomento de un clima de apatía social e indiferencia por sus vidas, el desarrollo de un mecanismo policial-militar para controlarlos y reprimirlos, son cosas que están sucediendo en este momento, en el lugar donde vivimos. Este tipo de políticas exacerban el descontento social, vinculan a la población al discurso nacional y alimentan una lucha de «tu muerte es mi vida», ya que se ha consolidado la idea de que cualquiera podría encontrarse marginado y ser considerado prescindible. Desde esta perspectiva, el esfuerzo por construir comunidades de locales e inmigrantes es el único camino si queremos levantar barreras contra el canibalismo social. Una opción que, por difícil que sea, es igualmente necesaria.

Segundo. Debemos oponernos a la participación del estado griego en la guerra, pero también a todos los preparativos bélicos que le gusta anunciar. Los ejercicios conjuntos con fuerzas aliadas, las «carreras armamentísticas», las «batallas» contra los fenómenos naturales y, por supuesto, la participación en el matadero de la guerra, intentan, entre otras cosas, crear un clima social en el que la guerra sea una opción realista para gestionar la cuestión social. Lo que no nos interesa, por supuesto, es hacer política exterior. Sabemos que las alianzas interestatales son volátiles y que no tiene sentido presionar al estado para que cambie de «aliados». Además, la reciente guerra entre rusia y ucrania nos ha demostrado que la «neutralidad» puede ser aceptable en el marco de una política exterior nacionalista («ni con ni con Rusia ni con Ucrania, nuestro enemigo es Turquía»). Las posiciones pacifistas serán antinacionales o no serán nada.

Tercero. El militarismo es el lugar donde van las revueltas para morir. Lo único que garantiza la militarización de los movimientos y las revueltas es la formación de un cuerpo de combatientes dentro de ellos, que desea ascender a su liderazgo. La centralización de la contra-violencia del movimiento social no produce luchadores, sino cuadros partidistas y aplaudidores. Detrás de la postura que afirma que «los medios crean los fines», no solo vemos ingenuidad, sino también deseo de poder. Por lo tanto, si una faceta de nuestra acción se centra en la crítica del ejército como institución, la otra faceta debe erradicar del movimiento el heroísmo, la valentía, el martirio y la necrofilia que nos ha legado la izquierda.

Por último, queremos señalar, una vez más, que las decisiones de los proletarios allí nos conciernen directamente, porque pedirán de nosotros que vayamos a luchar si empiezan a caer bombas también en nuestro territorio. Por nuestra parte, no estamos dispuestos a hacer tal cosa, ni con ejércitos regulares ni con agrupaciones de izquierda. Sin embargo, estamos dispuestos a asumir el papel de enemigo interno, traidoras y desertores. Tanto frente al aparato estatal, que nos pedirá que seamos carne de cañón, como frente a las aspirantes a liderazgos del movimiento que intentarán definir las prioridades de nuestra lucha. En la fase actual, esto es lo mínimo que podemos prometer.

Fabrika Yfanet



CESE INMEDIATO DE LAS ACCIONES BÉLICAS



BOICOT A LA PARTICIPACIÓN DEL ESTADO GRIEGO
EN LA GUERRA



APERTURA DE LAS FRONTERAS – SOLIDARIDAD
CON LAS MIGRANTES



SOLIDARIDAD CON TODOS LOS DESERCTORES



LUCHAS COMUNES DE ISRAELÍES Y PALESTINOS
CONTRA EL APARTHEID







Notas al pie

1 https://www.efsyn.gr/kosmos/mesi-anatoli/400733_oi-israilinoi-epimenoyn-ka-ta-tis-dikastikis-metarrythmisis

2 https://www.aljazeera.com/news/2023/10/11/what-is-the-palestinian-authority-and-how-is-it-viewed-by-palestinians

3 Las mayores manifestaciones de la población palestina contra el gobierno de Hamás tuvieron lugar en 2019 (https://www.aljazeera.com/news/2019/3/19/gaza-rights-groups-denounce-hamas-crackdown-on-protests) y las mas recientes en el verano del 2023 (https://www.lemonde.fr/en/international/article/2023/07/30/thousands-of-marchers-in-gaza-in-rare-public-display-of-discontent-with-hamas_6073136_4.html).

4 Algunas iniciativas recientes de acción conjunta pueden encontrarse en la entrevista de Georges Mehrabian (https://www.aftoleksi.gr/2023/11/14/koinoi-agones-ar-avon-evraion-chtes-amp-to-simera-synenteyxi-ton-zorz-mechrampian) Por supuesto, hay ejemplos de luchas comunes de israelíes y palestinos a lo largo del siglo pasado. Algunos de ellos fueron la colaboración entre trabajadores árabes y judíos que trabajaban en los ferrocarriles durante el periodo de entreguerras (cuando Palestina estaba bajo mandato británico), la huelga conjunta de conductores de autobús árabes y judíos en 1931, la huelga conjunta de trabajadores judíos y árabes de Tempo Beers en 2000, varias organizaciones de mujeres que agrupan a feministas israelíes y palestinas, la organización judía KavLaOved (escisión de Matzpen) que ofrece asistencia jurídica tanto a trabajadores judíos como árabes (pero también a inmigrantes de terceros países), activistas pacifistas, anarquistas judíos que mantienen contactos con organizaciones palestinas y participan en las protestas contra la construcción del muro que separa los territorios palestinos ocupados en enclaves, israelíes que se niegan a alistarse en el ejército o son objetores de conciencia, etc.



* * *



Este texto fue escrito por la asamblea de la ocupación de Fabrica Yfanet, en octubre de 2024. Se distribuye gratuitamente en centros sociales, ocupaciones, espacios sociales y los gastos se cubren con aportacion voluntaria. La versión electrónica del folleto se puede encontrar en https://yfanet.espivblogs.net

Para comentarios, críticas o cualquier pregunta, existe la dirección contact@yfanet.net

Alternativamente, todos los martes a las 20:00, en la esquina de Omirou y Perdika, Kato Toumba, Thessaloniki, Grecia.